Domingo 26 del tiempo ordinario – Ciclo C

 

Fuenteycumbre

El aprendizaje cristiano es difícil. Cada cual tiene el peligro de acomodarse a su propio confort, a su estilo, olvidándose de los demás, aunque estén a nuestra puerta. No hay nadie más difícil de ver que aquel a quien no queremos ver, porque nos complicaría la vida. Se puede encontrar uno muy bien entre los amigos y no ver a los que están fuera: se está tan bien en el comedor, que ya no miramos por la ventana.

1. Oración

 Señor Jesús, nos dejas una parábola que nos despierta ante una realidad que más tarde o más temprano  tendremos que experimentar como es nuestro encuentro definitivo contigo; y así nos haces tomar conciencia que cada uno recogerá lo que ha sembrado, que será el momento del premio o del castigo, y para ayudarnos a vivir en sintonía de amor contigo,  nos has dejado tu Palabra para a vivir como quieres y esperas de nosotros, y así dar testimonio de ti, mostrando nuestra fe con nuestra vida. Ayúdanos Señor, a ser sensible ante los que tenemos a nuestro lado y así busquemos dar testimonio de lo que creemos, amando y sirviendo como Tú. Amén.

 

2. Texto  comentario

2.1. Lectura de la profecía de Amós 6, 1a. 4-7

Así dice el Señor todopoderoso: « ¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Se acuestan en lechos de marfil; arrellenados en divanes, comen carneros del rebaño y terneras del establo; canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; beben vino en copas, se ungen con perfumes exquisitos y no les duele el desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos.»

Continuamos leyendo al profeta Amós. Y conti­nuamos en el mismo pensa­miento: condenación del pueblo de Israel. La seguridad de este pueblo es la seguridad del avestruz, que esconde la cabeza para no ver el peligro. El pueblo de Israel no quiere ni puede ver: se ha quedado ciego. No quiere ni puede sen­tir: su corazón se ha endurecido, está duro. Su culto es una constante provoca­ción, y sus obras una constante injuria a todo lo divino y humano. Su con­fianza, como su culto y sus obras, es vana e irri­tante. El monte de Samaría, un puñado de viento. La ira de Dios lo va a dispersar a otros reinos.

La lectura de hoy comienza con un ¡Ay de…! para terminar con un drástico Se acabó… El ¡Ay de…! es lamento, es acusación, es amenaza y es duelo. De todo hay en la voz del profeta, de todo hay en la voz de Dios. Dios condena la conducta de Israel, se duele de su ceguera y lamenta las injusticias que lo han minado. Dios acusa y Dios amenaza. Dios acusa a los magnates, a los ricos, a los viciosos. La vida licenciosa que llevan es una constante provo­cación a su ira. La orgía, el lujo desmesurado, lo depravado han llegado ya a un límite irre­basable. El escándalo va a terminar muy pronto, muy pronto. Dios ha decre­tado ya el destierro. Los licenciosos irán a la cabeza de los cautivos.

Hombres que han hecho de este siglo «su siglo». Hombres que han cifrado en el disfrute de los bie­nes de este mundo su ideal y su gloria. Hombres que han vivido tan sólo para el placer y la orgía. A esos hombres les espera la más do­lorosa y desga­rradora sorpresa: ¡Ay de ellos! ¡Todo se acabó! Va a cambiar la suerte: se los tragará el destierro, la esclavitud, la necesidad y la ruina. Po­bres los que llenaron su corazón de tierra: todo se ha convertido en barro. Po­bres los que amontonaron, con la opre­sión del pobre, tesoros en sus quintas y palacios. Ha llegado el día de la cuenta: se acabó la orgía. Queda tan sólo el dolor y la muerte. El lujo se le había hecho a Dios insoportable.

2.2. Salmo responsorial Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 (R.: 1b)

R. Alaba, alma mía, al Señor.

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos, él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

Salmo de alabanza. El estribillo la recuerda y la actúa: Alaba, alma mía, al Señor. Los motivos la fundamentan. En este caso muy significativos: Dios atiende al necesitado. Dios es libertad para el cautivo, justicia para el opri­mido, pan para el hambriento, luz para el ciego, firmeza para el dé­bil, cobijo de la viuda, sustento del huérfano y de­fensa del peregrino. ¡Qué maravilla! Dios reina sirviendo al necesitado, salvando. Dios reina sem­brando el consuelo y la vida. Ese es nuestro Dios. La misma idea aparecía en el salmo del do­mingo pasado. ¿Por qué no ganarnos nosotros la alabanza de Dios imitando sus obras? Sería el revés de la queja de Amós. Jesús lo realizará plenamente. La mejor alabanza es encarnar los motivos de ala­banza.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

Timoteo recibe un hermoso título de boca de Pa­blo: hombre de Dios. Título que conviene a todo cristiano consciente de su vocación y de su destino. El cris­tiano se sabe nacido de Dios, por la fe en Je­sús, en el bautismo. Camina hacia Dios y reposará un día en Dios para siempre. Siervo de Dios en todo momento y ocasión. Si esto vale de todo cris­tiano, más todavía de Timoteo, pastor de la Igle­sia.

El hombre de Dios camina en Dios, vive en Dios, suspira y trabaja por Dios. Dios es todo en todo momento. El hombre de Dios no es hombre de este mundo. Su vida transcurre bajo otro signo. Es expresión viva de la más radical consagración a Dios. El hombre de Dios vive la fe de Abraham, la esperanza de Moisés, la dedicación del profeta. El hombre de Dios reproduce, en cuanto cabe, la ima­gen del Siervo de Dios por excelencia, de Jesús, el Testigo Fiel.

El hombre de Dios es hombre de fe y de reli­gión. Toda su vida lo transpa­renta: Dios en todas y sobre todas las cosas. Dios en quien cree, Dios en quien espera, Dios a quien obedece aun en los mo­mentos más duros de la vida, es el que impregna su ser y su conducta. El hombre de Dios es fiel. Y por­que es fiel es también hombre de paciencia. La fe se prueba en la paciencia. El hombre de Dios la po­see y la practica. Ha de librar un fiero combate. Y el hombre de Dios lo libra con coraje y lealtad. Es todo un combate que lo llevará a la vida eterna. La paciencia lo sustentará en la lu­cha.

El hombre de Dios practica la justicia: obra el bien. El hombre de Dios es misericordioso, sabe tratar con delicadeza y respeto. Su norma es el amor, el amor en sus mil expresiones y formas. Sabe compadecer, sabe atender, sabe perdonar.

El hombre de Dios es un testigo de lo alto, es la voz del Señor. Su vida grita y vocea el mundo di­vino al que por la fe en Cristo ya pertenece. Es un testimo­nio vivo de la transcendencia y del destino sobrenatural del hombre. El bau­tismo lo ha consa­grado a ello. La ordenación (Timoteo) lo ha com­prometido de forma especial. Es un Cristo en pe­queño. Es en cierto sentido la encarnación de Cristo. A Timoteo le compete de forma especial conservar sin tacha ni man­cha, hasta la muerte, el Evange­lio de Cristo. Ha de dar testimonio de él ante pro­pios y extraños. Hasta delante de los poderes pú­blicos, como lo hizo Cristo. Cristo Jesús, el Señor, le otorgará el premio merecido.

Surge, al fondo, con tal ocasión la figura de la Parusía del Señor. Y ante ella se ilumina el rostro del creyente, salta el corazón del amante y cantan los labios del apasionado siervo del Señor un himno sentido al Rey y Soberano del universo: a Cristo Jesús, a quien sea la gloria y el poder por siempre jamás. Amén. Así nuestra vida cristiana toda.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. ” Pero Abraham le contestó:”Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Parábola singular bajo di­versos aspectos. No es una semejanza en forma de relato; es más bien un re­lato que sirve de ejemplo. No se trata tampoco, al parecer, de un caso concreto conocido por los oyentes, por más que aparezca, de forma sorpren­dente, el nombre propio de Lázaro. ¿Quién conoce, en efecto, los misterios de ultra­tumba? Jesús tam­poco quiere revelarlos. Se mueve, además, toda ella dentro de la mentalidad religiosa judía del tiempo: el hades, el seno de Abraham… Falta la conclusión a modo de aplicación. Uno echa de me­nos también los mo­tivos de la condenación del rico y de la salvación del pobre. No aparecen explí­ci­tamente. No vemos por ninguna parte tampoco los rasgos típicamente cris­tianos. Al menos no apare­cen de forma expresa. Veamos, con todo, lo más sa­liente.

Resalta, en primer lugar, la figura del rico. La parábola lo llama epulón. Queda así suficiente­mente caracterizado. El rico es un hombre de este mundo y para este mundo. Come, bebe, banquetea, se entrega de todo corazón a los placeres que le de­para esta vida. No parece que tratara mal u odiara a este pobre mendigo. En realidad, ni siquiera existe en su vida, teniéndolo tan cerca. Que esta conducta implica una actitud moral degradada viene de­cla­rado por el hecho de que, una vez en el Sheol, ad­mite como justa su suerte. No piensa que se le haya hecho injusticia alguna. Este rico es un impío, un ateo práctico. La opinión, común entonces, de que la abundancia de bienes es expresión de la benevolen­cia divina o premio de las buenas acciones, queda aquí malparada. El rico de esta parábola parece completar la figura de aquel hacendado rico que se consolaba diciendo Come, bebe… y a quien se le dijo Idiota… (Lc 12, 19).

Como contraste, la figura del pobre Lázaro. Po­bre, y pobre bajo todo con­cepto. No tiene bienes, no tiene comida; pasa necesidad extrema. Por no te­ner, no tiene ni quien le dé las migas que se arrojan al suelo. No hay quien se inte­rese por él. Le falta la salud; está lleno de llagas. Hasta el pedir li­mosna le resulta difícil, pues está enfermo, y la en­fermedad le dificulta el caminar y le hace abomi­nable ante los demás. Los perros, incapaz de de­fenderse, son sus asiduos compañeros. El perro no es aquí el fiel amigo del hombre sino el ani­mal in­mundo que vive medio salvaje, se alimenta de des­perdicios y porque­rías, en contacto siempre, como aquí, con inmundicias. El pobre Lázaro pasa­ría para muchos por un maldito de Dios. La parábola, no obstante, al colo­carlo en el seno de Abraham, supone tratarse de un hombre de Dios, de un hom­bre piadoso. Es en todos los aspectos la figura con­traste del rico.

Cambio de suerte.- El rico no pudo llevarse nada de sus riquezas. Todos sus goces y deleites quedaron atrás, aquí en la tierra. Todo cambió. Hasta su despreocupación quedó trastornada. Ahora sufre y sufre indeciblemente. Tiene sed y no puede apagarla él, que banqueteaba diariamente. Está sumido en los tormentos más horribles él, que no desperdiciaba placer alguno. Ahora re­cuerda a Lázaro, a quien no se dignó mirar en vida. Ahora suplica angustiado al pobre mendigo, a quien no se molestó por dar las migajas caídas de su mesa. Ahora invoca a Abraham, a quien desconoció prác­ticamente durante su vida. Ahora se preocupa de la suerte de sus hermanos, quien en vida no entre­tuvo el menor pensamiento sobre ello. No le ha va­lido ser rico, ni ser tenido por bendito, ni ser hijo de Abraham. Abraham no puede escucharle. El tenor de vida que ha llevado en este mundo, lo ha sepul­tado en el abismo de la deses­peración y del sufrimiento más horrible. El rico ha acabado desastro­samente.

El pobre Lázaro, que se arrastraba impotente por los caminos y puertas ajenas, está sentado en el seno de Abraham. Ha sido recibido en las eternas moradas; ha obtenido el puesto de honor; está a la cabeza de los comensales, junto al padre Abraham. El que pasaba necesidad se ve colmado de dicha. El enfermo y abandonado aparece glorioso y glori­ficado. Fue pobre, ahora es rico. Sufrió mucho, ahora goza indeciblemente. Fue humillado -los perros le hacían compañía-, ahora es honrado y glorificado. Es solicitado como ayuda aquél a quien nadie miraba en vida. Dejó de ser pobre; es rico para siempre.

Ha habido, pues, un cambio. Un cambio radi­cal, impensado, sorprendente. Los dos han entrado en la realidad nueva, en la auténtica, en la que queda. La vida en la tierra huyó como un sueño; queda ahora la verdad eterna. Un abismo infran­queable separa para siempre a estos dos protago­nistas. El con­traste de situaciones responde, sin duda alguna, aunque no se diga explícita­mente, a otro contraste de actitudes. El rico vivió impía­mente; el pobre en pie­dad.

Las riquezas son inútiles, no garantizan la vida, no aseguran el más allá (parábola del 12, 19). Más aún -parábola presente- las riquezas son pernicio­sas, pueden perder, y perder para siempre. Así le sucedió a este rico. La abundancia lo mate­rializó, lo endureció, lo hizo impío. ¡Pobre de él! La ense­ñanza es clara: ¡Atención a las riquezas! ¡Son perniciosas!.

Es interesante la respuesta de Abraham a la repentina solicitud del rico por sus hermanos. Es inútil recurrir a milagros. Han de ser malamente enten­didos por aquél que tiene endurecido el cora­zón. Por otra parte, la voluntad de Dios, expre­sada en la revelación, basta para orientar y mover al individuo a un comportamiento digno y reli­gioso. Al hombre materializado no le mueven ni los milagros. Situación, pues, dramática, por no decir trágica, la del que vive de y para este mundo. ¡Ay de los ricos! dirá Jesús. Conservemos ese ¡Ay de! como una seria advertencia. La pará­bola la subraya.

 

Reflexionemos:

El evangelio ofrece hoy el pensamiento base. La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, como aquella del rico hacendado a quien se le dijo ¡tonto!, expresa un juicio, una sentencia divina. Ante Dios nada cuentan las riquezas, los honores y los poderes. Más aún, las riquezas comprometen, con suma fre­cuencia, la salvación eterna del hom­bre. Las riquezas lo hacen, por lo común, impío e irreligioso. Es el caso de la parábola. ¡Cuidado con las riquezas! Dios condena la vida del rico epulón, la vida de lujo, de placer, de orgía y de disoluto (primera lectura). Todo pasa. Sólo el Juicio de Dios queda. Se acabaron las or­gías de Samaría, se acabaron las comilonas del epulón. No supieron atender al pobre, respetar al humilde, compadecer al necesitado. ¿Qué queda ahora? La ruina eterna. Es un serio aviso, es una grave advertencia.

En nuestras comunidades, en nuestros pueblos, en nuestras naciones de adelanto ¡cuánto lujo no hay! Pensemos en los necesitados, que quizás yacen a nuestras puertas. Pensemos en los pueblos que llamamos subdesarrollados. ¿No es todo ello un escándalo? ¿No nos estamos materializando miserablemente? ¿No estamos perdiendo el sen­tido de lo religioso, de lo bueno y piadoso, por el aferro desenfrenado a las riquezas y disfrute de este mundo? Nos vendrá la ruina. Nos lo aseguran, para este mundo la primera, para el otro la ter­cera de las lecturas. Dios atiende al desvalido (Salmo).

El hombre de fe se comporta de otra forma. Una buena descripción la en­contramos en la se­gunda lectura. Basta leerla para deducir algunas conse­cuencias. ¿Dónde está nuestro testimonio? ¿Somos hombres de Dios, hombres de justicia, de fe, de amor y delicadeza? ¿Tenemos la valentía de vivir cristia­namente? ¿Guardamos vivo en nues­tra vida el evangelio recibido? De nuestro testimo­nio han de vivir otros. No lo olvidemos. Al final de la vida nos espera Cristo, el Señor. Entonces el premio o el castigo. La moderación es también una virtud cristiana. Sepamos observarla.

No estará de más fijarse en la figura de Lázaro, pobre pero piadoso. El salmo puede adornar ese pensamiento. Dios atiende al necesitado que con­fía en él. Es una gran enseñanza y un gran con­suelo. Dios es la esperanza del po­bre. Al fin de los tiempos lo veremos.

3. Oración final

 Señor Jesús, viendo la actitud del rico insensible, que teniendo todo no ha conseguido aquello que es eterno como es la salvación, por no haber escuchado a Moisés y los profetas, te pedimos que nos ayudes, a que conociendo tu palabra escrita, aquello que nos has dejado para ayudarnos a conocerte y seguirte, vivamos tus enseñanzas, hagamos vida tus actitudes, que demos testimonio de nuestra fe en ti, siendo sensibles y solidarios con los que más necesitan, que seamos generosos y desprendidos, con los que tenemos junto a nosotros, y así abramos nuestro corazón buscando hacer vida  lo que nos pides, mostrando nuestra fe  con nuestra vida y nuestras actitudes. Amén.

 

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