Domingo 3 del tiempo ordinario – Ciclo A

tiempordinario

Tras el encuentro, conversión y fe en Jesús, viene el seguimiento de su persona. Así lo pide tanto la dinámica de la vida como las mismas palabras del Señor: “¡Sígueme!”. A pesar de la voluntad sincera de andar tras los pasos del Maestro, el error y la infidelidad hacen acto de presencia. Por eso, el discípulo va ajustando siempre su rumbo al pensamiento y a la acción del Maestro.

1. Oración

Señor Jesús, Tú que has venido a darnos a conocer la Buena Nueva del Reino para que nosotros te pudiéramos seguir y así aprender de ti, a vivir como Dios quiere, para imitarte y asumir tus actitudes para vivir como Tú, te pedimos que derrames en nosotros la gracia de tu Espíritu Santo, para que como esos primeros discípulos tengamos el corazón totalmente abierto y bien dispuestos para seguirte, para buscarte, para dejar todo por ti, y así encontrar en ti el sentido pleno de nuestra vida, viviendo y actuando como Tú, haciendo vida el Reinado de Dios en nosotros, como lo hiciste Tú. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Libro primero de Isaías, profeta de Dios. Isaías, natural, al parecer, de Jerusalén, se muestra especialmente sensible a las tradiciones religiosas del lugar, tales como las referentes a la dinastía de David y a la ciudad de Je­rusalén -poemas mesiánicos y cánticos de Sión-.

La lectura de hoy nos acerca a los primeros: poema mesiánico. En reali­dad, habría que extender el pasaje hasta el versículo 6. La liturgia, con todo, rompe la composición en el versículo 4, dejando el tema, hasta cierto punto, cortado. No olvidemos, pues, que se trata de un poema mesiánico en el marco del libro del Enmanuel. El acontecimiento del nacimiento del niño es la razón de la intervención salvífica de Dios que celebran los versículos 1-4.

Es un anuncio de paz. De paz, que nosotros podemos entender mesiánica. Leído el texto desde el 8, 23b, versículo inmediatamente precedente, podemos observar lo siguiente: tras la humillación viene la exaltación; una luz intensa irrumpe en las tinieblas; el gozo colma los espíritus. La razón inmediata pa­rece ser la retirada del opresor. El agente principal, Dios. Dios, que ha ac­tuado como en el día de Madián -recuerdo de la victoria de Gedeón sobre los madianitas con el estruendo de los cántaros y a la luz de las antorchas-. En el opresor podríamos reconocer al ejército asirio, cruel en extremo.

2.2. Salmo responsorial Sal 26, 1. 4. 13-14 (R.: la)

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. R.

Salmo de confianza en su primera parte (1-6) y de súplica en su segunda (7-12) con un oráculo del Señor al final (14). Los versículos que ha elegido la liturgia pertenecen todos al primer movi­miento: confianza y esperanza. Miran al presente y miran al futuro. Y el uno como el otro -presente y futuro- descansan en el Señor. Su palabra lo con­firma como remate, con un oráculo, al final (14).

Alarguemos nosotros la visión hasta la vida eterna y así tendrán los versículos cumplido sentido cristiano. El oráculo final se hace carne y sangre en Cristo Jesús. ¿No son suyas aquellas palabras No temáis, creed en Dios y creed también en mí? Él es el fundamento de nuestra confianza presente y de nuestra esperanza futura. El salmo, por lo demás, corre transparente y emotivo. Recémoslo en Cristo Jesús.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo. » ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Continúa la carta primera de Pablo a los corintios. Y continúa todavía en el comienzo; pero no ya en el saludo o exordio, sino en la serie de temas. Y el primero y más entrañable, quizás, para Pablo es: el peligro que corre unidad de la Iglesia.

Uno es Cristo y una también la Iglesia; uno el Crucificado y una, y firme en él, la cohesión de los bautizados. El pecado y el escándalo de la división se ciernen amenazadores sobre ellos: Yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Pablo… Sin duda alguna no se ha llegado a entender bien el misterio de Cristo. La variedad de ministros no debe comprometer, antes bien, debe con­firmar la unidad y exclusividad del gran Ministro, Cristo. Uno es el Salva­dor. El bautismo cristiano no nos consagra y articula al ministro sino al Se­ñor; pues él murió por nosotros, y es en virtud de su muerte por lo que unos bautizan en su nombre y todos somos salvados. Se perfila, al fondo, la cruz del Señor, causa de nuestra salvación.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron., pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Podemos distinguir cómodamente en la lectura de hoy dos pequeñas uni­dades: los versículos 12-16, por una parte, y, por otra, los versículos 17-23. Los primeros pertenecen a la gran introducción-proemio del evangelio, 1, 1-4, 16, y los restantes al comienzo de la primera parte. En el evangelio, con todo, siguen, sin más, los unos a los otros.

En cuanto a los primeros, nótese el estilo de Mateo de cerrar pequeñas unidades con textos de la Escritura. Este modo de componer desempeña va­rias funciones. Entre otras, aquí y en general, la siguiente: encuadrar la misteriosa e inesperada forma de actuar de Jesús en el plan salvífico de Dios. Mateo muestra con ello que Jesús cumple, llena, las promesas anti­guas y que se mueve dentro, estrictamente, de la palabra de Dios. De esta forma se muestra más divinamente comprensible su misterio y más com­prensiblemente divino su actuar: con él está Dios. En este caso, en particu­lar, la mención de Galilea y su mar quiere presentar la actividad de Jesús como la luz salvífica para aquellas regiones y para el mundo entero, y poner en evidencia que Jesús, por más que sea galileo, es el Mesías de Dios, Vás­tago de la casa de David, dado por Dios al mundo para la salvación de todos.

Todos deben escuchar su palabra, pues Dios habla en él. Respecto a la segunda mitad, cabe señalar, como temas importantes, le predicación de Je­sús y la vocación de los primeros discípulos. El primero empalma directa­mente con la unidad anterior: Jesús es la luz que salva a las gentes. Y el segundo, con esto último: discípulos son los primeros salvados por la luz de Je­sús. Su predicación ofrece temas capitales del evangelio de Mateo: la con­versión y la proximidad del reino. Inseparables uno del otro y de la función iluminadora de Jesús: la conversión va orientada al reino, y no se concibe la realidad del reino sin la conversión, y ni una ni otra sin tener por centro -de la conversión y el reino- a Cristo Jesús. Y aun la misma vocación de los dis­cípulos se hace ininteligible sin relacionarla debidamente con los tres.

La vocación, en efecto, de los discípulos y el subsiguiente seguimiento parte y se consuma en la adhesión a Cristo, predicador de la proximidad del reino y de la conversión. La respuesta radical de los discípulos a la voz de Jesús es su conversión y su entrada en el reino. Una admiración por la persona de Jesús sin un seguimiento tal cual él lo requiere no es conversión ni, por lo tanto, acceso al reino. Los discípulos, al pronunciar ese sí vital, dejan las redes, siguen a Jesús y se convierten en pescadores de hombres. Partici­pan -reino de Dios- en la misión de Jesús de ser predicadores, convertidos, de la conversión y, miembros del reino, de la proximidad y presencia del mismo. Salvadores en el Salvador Jesús y luz en la Luz. Nótese, por lo de­más, el poder soberano de convocación que tiene Jesús. Le siguieron.

Reflexionemos:

a) Jesús. Predica la conversión, anuncia el Reino y llama para el ministerio apostólico a los primeros discípulos. No hay conversión sin Jesús, no hay reino sin Jesús ni hay llamada sin Jesús. No podremos comprender el alcance y sentido de los tres conceptos, unidos o separados, sin una referen­cia central a Jesús. Se impone, pues, acercarse a Jesús en cuerpo y alma. Así lo hicieron los discípulos y quedaron, convertidos, hombres nuevos: se convirtieron de las redes, se convirtieron a Jesús, se convirtieron en pesca­dores de hombres. He ahí las tres preposiciones que señalan el movimiento de la conversión. Convertidos a Jesús, entran en el reino; y, ya en el reino, por su gracia, administradores de sus misterios: luz y salvación. Hay que escuchar a Jesús, hay que seguir a Jesús, hay que tornarse en Jesús. Re­cordemos, por contraste, al joven rico: no siguió a Jesús, no se convirtió.

b) La Iglesia. Continúa la misión de Cristo y polariza, en su poder y nombre, la conversión y la presencia del reino. Debe, convertida, predicar la conversión; transformada en reino, anunciar y transparentar el reino de Dios; con su respuesta radical a la llamada de Jesús, ser llama­miento vivo y constante para todas las gentes a un pronto y decidido segui­miento al Señor. Ella actualiza, por fuerza de Dios, la conversión, la Buena Nueva y la vocación. Y, dentro de este contexto, recordando a Pablo, su constante conversión a Cristo y su ininterrumpido esfuerzo por la unidad en él.

c) El cristiano. Cada uno de nosotros debe tomar partido positivo en el proceso de convertirse y predicar la conversión, de ser reino y anunciarlo con su vida, de escuchar la palabra de Cristo y seguirla con prontitud. To­dos estos tres aspectos pueden recibir, por las lecturas, la forma concreta de un esfuerzo vital por la unidad en Cristo y por una lucha sin cuartel contra todo lo que ponga en peligro la unidad vital del cuerpo del Señor: celotipia, envidia, codicia, orgullo, egoísmo… La promesa del Señor -salmo responso­rial- descansa sobre sus fieles y los levanta con fuerza hasta la cumbre de la plenitud.No es difícil integrar en el misterio y celebración de la Eucaristía el pro­ceso de adhesión a Cristo y de nuestra conversión en él.

3. Oración final: 

Señor Jesús, Tú que llamaste a Pedro, Santiago y Juan, para seguirte y estar contigo, para hacer de ellos pescadores de hombres, te pedimos que también mires nuestro corazón y pronuncies nuestro nombre para invitarnos a seguirte, pero danos también la gracia de creer en ti, de creerte a ti, y así abandonar nuestras redes, nuestras barcas, todo lo que nos ata y nos aleja o separa de ti, para ser libres para vivir la misión que nos dejas. Danos la gracia de darte a conocer con nuestra vida, mostrando que ese proyecto de amor, que Tú has venido a revelarnos por medio del Reinado de Dios, Tú ya lo realizaste y que nosotros buscamos realizarlo a su vez con nuestra vida, con nuestras acciones, dando testimonio de ti, anunciándote con nuestra vida, con nuestra manera de ser, con nuestras actitudes. Que así sea.

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