Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Segundo Ordinario

Entre la despedida y la vuelta del Señor, los cristianos tenemos una tarea que realizar. Iniciamos un ciclo litúrgico, Domingos del Tiempo Ordinario, porque siguen y realizan la pascua pentecostal que viene a expandir la fe fuera de la Iglesia, y que manifiesta que los cristianos tenemos que ser los realizadores de la extensión del Reino de Dios. Su vida se ha convertido en misión de testimonio. Nace el tiempo del testimonio. Domingos verdes, les llaman otros; en definitiva domingos de maduración cristiana, de afirmación cristiana desde el mayor conocimiento y compromiso con la fe en Jesús. Las lecturas de hoy nos cuestionan el concepto de misión. Nos alertan acerca de una concepción raquítica y limitada de lo que significa ser seres cristianos, siervos y seguidores.

1. Oración inicial

Señor Jesús, Tú el que nos bautizas con Espíritu Santo, que eres el Cordero de Dios, el que quitas el pecado del mundo, el que nos das vida con tu vida, el que has venido a revelarnos al Padre y a llevarnos a Él, te pedimos que nos ayudes a conocerte más, a saber quién eres, y que conociéndote demos testimonio de ti, dándote a conocer como lo hizo Juan para que viviendo con alegría, nuestra fe en ti, busquemos que otros te conozcan y te sigan, para que Tú nos des vida uniéndonos a ti, para vivir como Tú, teniendo de ti vida y salvación. Que así sea.

 

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6

El Señor me dijo «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

La voz del Señor en boca del profeta. Y la voz, por ser de quien es, se pre­senta constitutiva, creadora: Tú eres mi siervo… Vocación-elección. El título de siervo entraña honor, honra, gloria; pero, primero, la de Dios en el hom­bre, y, después, la del hombre en Dios: Dios se manifiesta en el hombre y el hombre se mueve en el poder de Dios. Dios llama, consagra y envía; el hom­bre escucha, recibe y desempeña la misión de lo alto, transformado por el poder de Dios. Algo divino-humano; así también, la misión y palabra del pro­feta. Quien le escucha a Dios y quien desprecia al siervo desprecia a Dios. El siervo es palabra viva de Dios.

Tras la vocación-consagración, la misión. Ha de ser salvífica: la restau­ración de Israel, como objetivo inmediato; tras ella y, quizás, a través de ella, la salvación-restauración de todas las gentes. Bella y expresiva la me­táfora de la luz. El panorama es universal y la misión también. La misión del siervo se destaca abiertamente de la de todos los otros siervos, los profe­tas. El siervo se alinea con los profetas y, en su línea, los desborda. ¿Quién es este siervo? Los textos fluctúan, a veces, entre lo colectivo y lo personal. Nosotros sabemos, por la ulterior y definitiva intervención de Dios, quién llevó a cabo semejante misión: Jesús de Nazaret, Siervo-Hijo del Dios Altí­simo. Su nombre significa salvador, y, en boca de Simeón, luz de las na­ciones, personificación viva y misteriosa del pueblo de Dios. Lo colectivo y lo personal se integran en él maravillosamente: él es el nuevo Israel y en él se aglutina y edifica el Israel auténtico, integrado por todas las naciones. La vocación y misión del siervo, eminente y causativa en Jesús, se hace exten­siva, según la participación de su misterio, a cada uno de sus fieles, pues ellos forman con él un solo cuerpo. Siervos en el Siervo y luz en la Luz.

2.2. Salmo responsorial Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor;

Él se inclinó y escuchó mi grito;

me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R.

Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R.

Salmo de acción de gracias con elementos de súplica. Función esencial de la acción de gracias es agradecer a Dios el beneficio recibido: y expresión concreta de ello, su proclamación gozosa ante toda la asamblea. La asamblea comparte agradecida el gozo del salmista y aprende de su experiencia el camino de la dicha. El aspecto personal y colectivo se in­tegran. El agraciado es un miembro de la comunidad, y la comunidad es un ser vivo que vive exultante en sus miembros.

La experiencia del beneficio le ha proporcionado al salmista una intuición válida del misterio de las relaciones del hombre con Dios en el marco del pacto. El aquí estoy para hacer tu voluntad supera todo sacrificio ritual; debe, además, informar toda ofrenda prescrita, y expresa, por último, el auténtico y único sacrificio agradable a Dios: compartir su voluntad y que­rer y confundirse con ella. Es el ideal. Podemos, y debemos, recordar a Cristo en el cumplimiento de su misión salvífica recibida del Padre, como lo hace la carta a los Hebreos 10, 1-10: Aquí estoy para hacer tu voluntad. Junto a él y con él, nuestro sacrificio de acción de gracias: nuestra eucaristía en la suya. Somos otros cristos y de­bemos encarnar la voluntad paternal de Dios. Será la mejor oración: Ensé­ñanos a hacer tu voluntad. La Eucaristía implica una real y vital participa­ción en el misterio de Cristo que está aquí para hacer la voluntad del Padre.

2.3. Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Primera carta de Pablo a los corintios. Exordio. Los primeros versillos. Y éstos, como saludo. Misiva enteramente cristiana: cuatro veces Jesucristo, precedida dos veces por el título Kyrios-Señor; tres veces el nombre de Dios, completado una de ellas por el de Padre; los nombres de Pablo y Sóstenes; la presencia subyacente de la Iglesia, santa y santificada por Cristo y un sobe­rano gracia y paz que une al Padre y al Hijo con la Iglesia y sus apóstoles.

Pablo, apóstol por voluntad de Dios, es cristiano hasta lo más recóndito de sus entrañas; sus gestos, sus palabras, sus acciones lo rezuman entera­mente. Inmerso en el misterio de Cristo, no puede menos de recordar al Pa­dre, venerar al Hijo, servir a la Iglesia, santificada y santa, extendida por toda la tierra. La Iglesia de Pablo es católica, universal. Al fondo, sin men­cionarlo, el Espíritu Santificador.

La gracia y la paz son el don supremo de Dios en Cristo. Con él se esta­blecen y ahondan las relaciones filiales con el Padre, serviciales con el Hijo y fraternales con los miembros de la comunidad. Que Dios nos conceda su gra­cia y paz.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: – «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: – «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

El evangelista ha desdoblado magistralmente en dos facetas complemen­tarias este primer testimonio de Juan: una, más bien indirecta, sostenida por una resuelta serie de noes: yo no soy, yo no… el que viene detrás de mí; y otra, que apunta decidida al misterio de la persona de Jesús. Y es precisa­mente ésta última la que nos ofrece la liturgia de hoy: el testimonio sucinto, pero denso, del Bautista, coloreado, sin duda alguna, por la confesión cris­tiana de la comunidad del apóstol Juan. Notemos lo más saliente.

a) He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Suena a aclamación, aunque la orientación fundamental es de testimonio. De hecho ha entrado en la liturgia de la plegaria eucarística en el momento de la co­munión. ¿Cuál es su alcance?

Los Padres griegos acuden al cuarto cántico del siervo –Is 52, 13-53, 12- para ilustrar el contenido de la confesión. Tendríamos, pues, que pensar que, de una forma o de otra, la frase, en la mente del evangelista, querría dirigir nuestra atención hacia el misterio de la obra redentora de Cristo mediante su sacrificio, en la cruz, por nuestros pecados: cordero sacrificado en expia­ción de los pecados de todos. Según esto, se nos descubre ya desde un prin­cipio, en forma un tanto misteriosa, el misterio y la obra de Jesús. En él coinciden persona y misión. Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Los Padres latinos, en cambio, se detienen gustosos en la consideración de Jesús como cordero pascual. Jesús murió, en efecto, como indica el evangelista, en el momento en que eran sacrificados los corderos para la ce­lebración de la Pascua. Detalle éste que el mismo evangelista parece subra­yar, al anotar, en el momento de la lanzada, como complemento escriturís­tico aquel texto del Éxodo, referente al cordero pascual, de no le quebrarán ningún hueso.

Otros autores recurren a tradiciones apocalípticas, donde el cordero apa­rece como caudillo al frente de su rebaño defendiéndolo de los enemigos. No tenemos por qué limitarnos a una interpretación; una implica a otra y reve­lan el profundo misterio de Jesús.

b) El bautismo de Jesús. Realmente Juan no nos relata el bautismo de Jesús, pero lo recuerda e interpreta. Naturalmente, a su estilo y manera. Nótese, por ejemplo, la repetición, muy del gusto del evangelista, en boca de Juan de la frase y yo no lo conocía, para manifestar, en pasos sucesivos y casi circulares, su misterio. Se hace hincapié, en la primera vez, en el conte­nido sustancial del episodio: la venida sobre Jesús del Espíritu, como pa­loma, desde el cielo y su permanencia sobre él para siempre, y secundaria­mente, aunque esté en primer lugar, del sentido del bautismo de agua admi­nistrado por él (Juan). Este último, por muy divino que sea, no tiene valor en sí, sino tan sólo en referencia a la persona de Jesús.

El segundo y no lo conocía nos adentra más profundamente en Jesús po­seedor y comunicador del Espíritu mediante el bautismo: Jesús bautiza en el Espíritu Santo, llenando de su Espíritu al bautizado.

c) Personalidad de Jesús. Éste que posee al Espíritu y bautiza en su poder ha de ser, por fuerza, mayor que Juan: existe antes que él, está sobre él y es nada más y nada menos que el Hijo de Dios. El testimonio de Juan ha tocado el meollo del misterio de la persona y obra de Jesús, Hijo de Dios, Salvador, desentrañando algunos elementos: cordero de Dios, poseedor del Espíritu y verdadero Hijo de Dios.  Estos apartados, así dispuestos para mejor inteligencia del mensaje, forman todos ellos un mismo y único misterio de Jesús. No se entiende el uno sin los otros. Jesús es el Cordero de Dios, Siervo que se en­trega en sacrificio expiatorio por nuestros pecados y realiza la redención como acontecimiento pascual. No podemos desvincular de su misión la pre­sencia desbordante en él del Espíritu Santo. El Espíritu lo conduce a la cruz y el sacrificio en ella lo desata sobre todos los hombres, con el efecto particu­lar, verdadero acontecimiento pascual, de perdonar los pecados y levantar un pueblo nuevo. No puede ser otro que Dios. El bautismo nos introducirá en su misterio sin quebrar ninguna de sus facetas.

Reflexionemos:

Podríamos considerar este domingo, a tenor de las lecturas, como puente que enlaza las últimas escenas del tiempo de Navidad -ecos de la Epifanía- con el comienzo del tiempo ordinario -Bautismo de Jesús-. Y, aunque ya se le dedicó una fiesta especial en el domingo pasado, sus resonancias, con todo, se alargan a la vida de Jesús, que culmina con su triunfo glorioso en la cruz y en la resurrección, como Hijo de Dios y Salvador. Por una parte, pues, mi­ramos hacia atrás y, por otra, hacia adelante. Como iniciamos el tiempo or­dinario, insistamos más en esta última faceta, sin perder, naturalmente, la vista de la otra. Según esto señalemos:

a) La figura central es Jesús: Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; antes y por encima de Juan; poseedor y dador del Espíritu; Hijo de Dios. Al fondo, como anuncio implícito, su muerte redentora y su paso -Pascua- hacia el Padre en una acción salvadora para toda la humanidad. La lectura primera lo presenta como promesa: Siervo, querido de Dios -¡es su predilecto!-, con la misión de restaurar en un nuevo abrazo de Dios a todo Israel, constituido Luz de las gentes y Salvador universal. El salmo respon­sorial nos recuerda su actitud ante Dios y el modo y manera -sacrificio- de llevar a cabo su obra: He aquí que estoy para hacer tu voluntad.

b) Bautismo: de Jesús, primeramente, como inicio y compendio, en pro­mesa, de su obra, y, participadamente, de todos nosotros. Cristo, bautizado, bautiza; Cristo, poseedor del Espíritu, espiritualiza; Cristo, Hijo predilecto de Dios, nos hace, en el Espíritu, hijos predilectos de Dios; Cristo, Siervo, nos enrola en su servicio salvador. El bautismo nos incardina en él, y en él, Sal­vador, seremos salvados y cumpliremos, salvadores, la misión de poseer y compartir el don precioso del Espíritu de Dios, su gracia y su paz.

c) La Iglesia. En torno a Cristo se aglutinan los fieles; en Cristo son san­tos; en Cristo Dios y en Cristo Siervo, somos siervos predilectos. La Iglesia participa, por gracia, del misterio salvífico del Señor. El comienzo y la ca­racterización es el bautismo en el Señor. Conviene, pues, hablar del bau­tismo; de su realidad misteriosa y de su impacto vital en nosotros.

3. Oración final

Señor Jesús,  Tú el Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, Tú que has derramado tu sangre por nosotros, para que tengamos en ti y de ti vida y salvación, te pedimos tu ayuda, para que podamos hacer vida tus enseñanzas, para seguirte e imitarte buscando ser como Tú, teniendo tus mismos sentimientos, para que así se note nuestra fe en ti, y así podamos vivir con alegría, tu propuesta de vida, buscando amar y servir como Tú, dar la vida como Tú, y hacer la voluntad del Padre, así como lo hiciste Tú. Señor, danos la gracia que así como Juan, demos testimonio de ti y que otros puedan creer en ti, por medio de lo que Tú haces en mí. Que así sea. 

 

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