Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

tiempordinario

Nos reunimos  y lo hacemos en silencio y con recogimiento para expresar el respeto que nos merece la presencia de Dios aquí. Sin embargo, la verdadera razón es que somos templo de Dios “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” El Señor está en nosotros y con nosotros, que nos hemos reunido en su nombre y celebraremos el memorial de su muerte y resurrección. Por eso, la celebración debe ser expresión del respeto y amor que nos debemos los unos a los otros. Y de otra parte, la eucaristía debe ser el punto de arranque para llevar al mundo el calor y el testimonio del amor cristiano, amor que debe llegar incluso al enemigo.

1. Oración inicial

Tú nos has concedido, Padre,
la ley nueva que nos hace libres
en Cristo tu Hijo amado…

Otórganos también el poder comprender
que son tus preceptos eternos
el camino luminoso de la vida.

Danos la sabiduría que pueda conocerte,
el amor que no cese de buscarte,
la fe necesaria para poder encontrarte.

Así ayudaremos a que en el mundo
prevalezcan la justicia y el derecho.
el respeto a la vida y la paz,
para gloria eterna de tu nombre.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18

El Señor habló a Moisés: -«Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos,  porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. ” »

Cuando los autores comentan los versículos 1-18 del capítulo 19 del Leví­tico, suelen evocar el tema del decálogo. Y no es que estos versículos lo sean formalmente, como son los capítulos 20 y 5 del Éxodo y Deuteronomio res­pectivamente; pero se acercan mucho; tanto que sin una referencia a él re­sultaría el comentario deficiente. Por eso, siguiendo ese camino, invito a leer, en privado, todos esos versículos 1-18, de los que la liturgia nos ofrece el co­mienzo (1-2) y el fin (17-18). Podríamos definir su contenido y sentido como decalogal: leyes morales y religiosas. No olvidemos, al fondo, la institución sagrada del pacto: ¡Yo, Yahvé, tu Dios!

Un yo enfático, solemne y soberano, abre el pasaje y lo cierra. Las estipu­laciones encuentran fundamento, sentido y valor en el Yo santo de Dios. Un Yo santo que ofrece su santidad y personalidad al pueblo de Israel en convi­vencia amistosa y benéfica. Pueblo santo. Y si bien ese término conserva vivo en sí el sentido, eminentemente teológico, de consagrado, separado, de­dicado al transcendente, se abre, con todo, en el contexto, a un campo más ancho que naturalmente le pertenece: bueno, con Dios bueno. Conviene seña­lar, en efecto, que, aunque con peculiares matices, estos conceptos de santo, bueno y misericordioso coinciden fundamentalmente. Por eso, el pueblo lla­mado a convivir familiarmente con el Dios santo y bueno ha de ser bueno y santo como él; es decir, misericordioso.

Las exigencias del Decálogo son expresiones vivas del ser y vivir con Dios. La referente al prójimo, la cláusula del versículo 18, viene a ser la ex­presión más lograda en la antigüedad: se le llamó la regla de oro. La asam­blea de Dios debe transparentar a Dios santo y bueno; y tanto la santidad como la bondad apuntan aquí a las relaciones con los hermanos. Envuelto por el amor de Dios, debe el fiel envolver en él al hermano. Es una implica­ción natural.

El Nuevo Testamento hablará con decisión, claridad y aplomo divino so­bre ello. El pueblo de la nueva alianza ha de ser, como Dios, santo y perfecto en lo tocante a las relaciones con los hombres. La consumación viva y eficaz, sin parangón alguno, de este misterio es Cristo Jesús.

2.2. Salmo responsorial Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 (R.: 8a)

R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. R.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. R.

Este es un Salmo de alabanza. Que tiene por motivo, la misericordia de Dios, manifestada especialmente en el perdón de los pecados. La celebran la experiencia colectiva y personal del Israel de todos los tiempos. También nosotros con toda la Iglesia.

La imagen de Dios misericordioso, con orlas de Padre, se ensancha y ahonda hasta su encarnación en Cristo Jesús, Dios y hombre: viva e inefable misericordia de Dios a los hombres. Celebrémoslo con él y en él.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23

Hermanos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia.» Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.» Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Cuelgan todavía en el aire, sensiblemente sonoros, los ecos más salientes -sabiduría y fuerza- del discurso de la cruz. Se acerca el acorde final. Y efec­tivamente, a modo de inclusión-conclusión, aparecen de nuevo los temas sa­biduría y división de la comunidad. Pero a la inversa: si, allá por el capítulo 1, 11s, la división en la comunidad suscitaba el pensamiento de la cruz de Cristo, su sabiduría y poder, aquí el tema sabiduría-necedad desemboca en la unión y compenetración de todo lo creado en favor de los fieles en Cristo Jesús. Es uno de los párrafos más conseguidos de Pablo. Vayamos por par­tes.

El primer pensamiento, consolador por cierto, empalma litúrgicamente con el versículo último de la lectura segunda del domingo pasado: la presencia del Espíritu Santo en nosotros, que nos introduce en el misterio de Dios, aparece aquí bajo una imagen nueva: templos del Espíritu Santo. Natural­mente con cierto matiz parenético -¡ay de quien lo profane! La imagen se ex­tiende a la Iglesia como comunidad, universal y local, y a cada uno de los miembros que la componen. La Iglesia es templo del Espíritu y todos noso­tros en particular, también. No por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué dignidad la nuestra! ¡Qué responsabilidad! El Dios Santo no puede, por definición, tolerar la profanación de su morada. Tarde o temprano echará fuera de sí a los profanadores, avivando con su espíritu el fuego que los consuma. A los justos, en cambio, los envolverá con el fuego vivificante de su ternura y amor.

El segundo párrafo, de marcado carácter parenético, tiene aires de final. Vuelve la imagen paradójica sabio-necio y se inculcan, como de necesidad vi­tal, la asimilación de la sabiduría de Dios, necedad del hombre, y la oposi­ción radical y constante a una infiltración de la sabiduría del mundo, idiotez ante Dios. La Cruz de Cristo ha de señalar los linderos que demarcan los campos de este modo de ser: de Dios o del mundo. No olvidemos que el pri­mero lleva a la vida eterna y el segundo a la muerte sin fin.

Los versículos 21-23, por último, son un verdadero logro de Pablo, literaria y teológicamente hablando. Como un capullo abierto en flor, el tema de la ri­queza surge del de la sabiduría. Ser sabio y ser rico es lo mismo. Y es sabio y es rico quien se apoya en Dios, rico y sabio por excelencia. Quien se apoya en sí mismo -es la sabiduría del mundo-, en su fama, poder, dinero, belleza física, atractivo…, se asienta sobre arena movediza; se derrumbará en cualquier momento. De todas maneras, no podrá, en modo alguno, levantar un edificio sobrehumano, templo de Dios, que se alce realmente hasta el cielo. Gloriarse en sí mismo es necio y destructivo. En cambio, gloriarse en Dios es creativo e inteligente: alcanzará la vida eterna. Y bien sabemos que gloriarse en Dios es dejarse invadir por su gloria y poder transformantes, en Cristo, su Hijo, muerto en la cruz. ¡Lejos de mí gloriarme, si no es en la cruz de Cristo! Él es todo para nosotros y nosotros todo para él; con él todo y to­dos con él; todo un todo en él. Los apóstoles, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro… ¡vosotros de Cristo, y Cristo de Dios! ¿No es esto ex­trema sabiduría y riqueza sin parangón? Todo ello gracias a Dios en Cristo Jesús.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Se trata aquí, fundamentalmente, de superar el mal con el bien. No es tan sólo que haya que hacerse el bien, lo bueno; es que no se llegará, muchas veces, a lo bueno, a hacer el bien, si no es respondiendo al mal con el bien. Así son las cosas. Y que así son las cosas, nos lo descubre el mismísimo comportamiento de Dios, que está a la base de todo comportamiento humano digno. Nuestro Padre celestial llueve para los que le aman y para los que le odian y levanta el sol para buenos y para malvados. ¡Porque Dios, gran Padre, quiere la salvación de todos!

Así también nosotros. Somos, aquí, su reino; y su reino se caracteriza, sobre todo, por su presencia eficiente paternal en el mundo. Nosotros, su reino, hemos sido llamados, por gracia, a convivir con él, él como Padre y nosotros como hijos. Hijos, pues, de tal Padre hemos de compartir su con­ducta y participar de sus mismas entrañas de misericordia. Queremos, como él, la salvación de todos y nos hemos de esforzar por llover sobre unos y otros la gracia recreadora que hemos recibido. Perfectos como él es per­fecto. No hay otra alternativa, porque en realidad no hay otro Dios que éste, nuestro Padre, manifestado entraña viva de misericordia en Cristo Jesús. Renunciar a ello de plano o no aspirar con todas nuestras fuerzas a conse­guirlo es claudicar de nosotros mismos y del único destino que nos espera y define: ser como Dios.

Reflexionemos:

Debemos insistir en las implicaciones, especialmente morales, que en­traña la presencia de Dios entre nosotros, sabiendo que son de vida o muerte. Su pueblo y su rebaño, su casa y su nación, Dios ha tenido a bien compartir con nosotros su misterio: su misericordia, santidad y bondad. Y esto nos eleva a una dignidad no soñada jamás por espíritu humano y a una responsabilidad de todo punto insoslayable: ser santos y misericordiosos como es él.

La primera lectura lo proclama solemnemente: Sed santos como soy yo, el Señor, vuestro Dios. Santidad ontológica y moral, de pertenencia a su per­sona y de comunión con su voluntad, de consagración elevante y de conducta irreprochable. El texto de la liturgia apunta decididamente al amor al pró­jimo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¡Yo soy el Señor! Justos, pues, y misericordiosos como justo y misericordioso es Dios. Recordemos los versículos del salmo y apreciaremos cómo la figura soberana de Dios se acerca a la tierna imagen de padre.

En la segunda lectura se insiste, a partir de otro contexto, en la misma verdad fundamental: templos del Espíritu Santo. Las palabras de Pablo mi­ran a la exhortación. Miremos también nosotros. ¡Cuidado con la profana­ción! Sería tremendo caer en las manos del airado Dios. Esta metáfora puede, además, florecer en múltiples consideraciones: alabanza, acción de gracias, respeto…

El evangelio va más allá, sin salirse de esa línea, de lo que el espíritu humano pudiera haber encontrado en el antiguo decálogo: participación viva de la conducta de Dios manifestada en Cristo. Quedaría coronado el pensa­miento con aquello de Jesús: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Este arte de amar no es humano, es divino. Es en virtud del Espíritu Santo y supone una forma de ver y sentir las cosas más allá de toda sabidu­ría humana. En realidad hemos sido introducidos en las relaciones paterno-filiales de Dios. Hijos suyos, hemos de ser perfectos como él lo es. Bendita condición y vocación la nuestra. De alguna forma hacemos palpable entre los hombres la misericordia paternal de Dios. Debemos insistir; es de vida o muerte. 

3. Oración final

Padre Santo, te damos gracias
porque Tú siempre buscas nuestra felicidad.
Nosotros no siempre estamos atentos
a tus mandamientos y por ese motivo, fallamos.
A veces nos confundimos y queremos encontrar la felicidad por otros caminos que no son los que Tú nos Señalas.
Padre Santo, te pedimos que abras nuestro duro corazón a las enseñanzas de tu Hijo,
Nuestro Señor Jesús. Que entendamos que él nos reprende cuando hacemos las cosas que nos llevan por un camino lejano de ti.
Que no sólo conozcamos tu Evangelio, que es Buena Noticia en nuestras vidas, sino que aprendamos a vivirlo con plenitud.
Amén

 

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