Domingo 8 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

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El Evangelio de este domingo continúa con el discurso evangélico del monte, en que Jesús proclama las actitudes básicas del discípulo para asimilar el nuevo horizonte del Reino de Dios. Cristo define la actitud del cristiano ante el dinero y la subsistencia material que en él se fundamenta. Nos parece oír el eco de la Bienaventuranza primera: la de los pobres de espíritu.

1. Oración:

Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 49, 14-15

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.» ¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Aunque el texto se explica suficientemente por sí mismo, no está de más recordar que es un oráculo de consolación dirigido a Jerusalén, triste y abandonada. Al fondo, y de lejos, suena todavía el estruendo de su caída en tiempos de Nabucodonosor. Más de cerca, la amarga y prolongada experiencia de una ausencia incomprensible de su Dios. La ciudad, en otro tiempo, santa y populosa, continúa derruida, poco habitada, sentada al borde del camino llorando su viudez y soledad. Han sido muchos los años de abandono. Pero, al fin, suena, amiga, la voz del Esposo, que se le acerca recreativo y conso­lador, rebosando buenas nuevas y fecundas bendiciones. ¡Dios no ha olvi­dado a su pueblo! Quizás, por el recelo, comprensible por tan larga ausencia, extrema el Señor sus muestras de cariño en imágenes verdaderamente emo­tivas. Dios, tu Señor, Jerusalén, se presenta ¡como una madre! Más, como una ¡supermadre! Tenemos ante los ojos uno de los textos proféticos clásicos más atrevidos y expresivos sobre el amor de Dios a su pueblo. ¿Cómo com­prender un amor tan grande? Nos encontramos con el misterio del amor de Dios. No hay imagen humana que la agote o enmarque. Dirá por Oseas: Que no soy hombre, sino Dios. Su afecto maternal supera indefinidamente al de todas las madres. ¿Quién osará dudar de él? Habrá que concluir con Juan: Hemos creído en el amor que Dios nos tiene. En Cristo es sin parangón.

2.2. Salmo responsorial Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab (R.: 6a)

R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación; mi alcázar: no vacilaré. R.

Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré. R.

De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón. R.

La Iglesia quiere manifestar su confianza en Dios. Nuestra Roca y Alcázar es Cristo Jesús, Hijo del Dios Vivo, que se hizo hombre y acampó entre nosotros, llamándonos hermanos. Es Roca inconmovible y salvación segura. Tratemos de apoyarnos tan sólo en él. No sean meras palabras, sino actitud de vida y confianza fiel.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Podría ser una de las más bellas y acertadas definiciones de Pablo sobre sí mismo y su apostolado: ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios. ¿Se puede decir algo más? Solo nos entretenemos en descender al sentido original de los términos que emplea Pablo -pongamos en primer lu­gar ministro-, podríamos, quizás, encontrarnos con una imagen sugerente y atractiva, no privada de expresividad: Cristo sería el capitán y Pablo, sujeto a su nave, uno de sus remeros. Pues ése es el sentido raíz del término griego que trae Pablo. Pablo remero en la barca de Cristo. Un oficio, una dedica­ción, una entrega total a empujar la barca, a la voz sonora y límpida de Cristo. ¿No afirma en cierta ocasión ya no vivo, sino que es Cristo quien vive en mí? Y ¿no está su vida dedicada al servicio de la Iglesia? Y si nos dete­nemos en la palabra castellana ministro que la traduce, y descendemos también hasta su raíz, nos topamos con un -menos- que cuadra per­fectamente con el concepto que Pablo tiene de sí mismo respecto a la persona de Jesús: el menor de los apóstoles, aunque entregado, como ninguno, en cuerpo y alma a su servicio.

También el término administrador, ecónomo en el original, ilumina, a su vez, la imagen. Pablo cumple en la casa de Dios -el domingo pasado se dijo que éramos templo de Dios- la misión de administrador. Administrador de los misterios de Dios, de las realidades divinas que conducen a la salvación. Entregado remero, y dedicado y fiel administrador. Así Pablo y todo cris­tiano, en especial aquéllos que ocupan un puesto de pastoreo en el pueblo santo de Dios.

Pablo tiene conciencia clara de su oficio y misión, y de la rectitud con que los ejerce. Pero, aun en esto también, es remero y administrador: no es su conciencia ni la opinión de los demás sobre él lo que definitivamente cuenta: es el Señor. Hasta en el juicio de sí mismo descarga Pablo su conciencia en la bondad y rectitud de Dios. El juez de todos es Dios. Esperemos, para juz­gar, al último día.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. »

Para poder acercarnos con inteligencia a estos versículos, conviene no perder de vista, entre otras cosas, la orientación fundamental que lleva todo el sermón del monte: el reino de los cielos. No se trata aquí, en este texto, de una ascesis sin más, ni de un determinado concepto filosófico de la vida, ni de una visión de infantil ingenuidad. Bien sabemos que el mundo ha sido creado por Dios, que sus manos formaron al hombre y que éste ha trastornado, en parte, por el pecado el orden estable­cido por Dios. Hay que trabajar, y hay que trabajar para mantenerse en vida.

Se trata, pues, según el contexto, de la incidencia o irrupción en este mundo de una realidad divina y de su presencia en nosotros, llamada reino de los cielos. El reino de los cielos transforma al hombre y, a través de él, al mundo, en múltiples relaciones. Tomemos como ejemplo al discípulo. El dis­cípulo, oyente y seguidor de Jesús, miembro del reino, ha de hacer del reino de los cielos y de su justicia salvífica carne de su carne y sangre de su san­gre, dedicado totalmente a él, como si fuera su misma alma. Pues en eso consiste, por una parte, ser realmente discípulo, y, por otra, la existencia real en el hombre del reino de Dios. Y el discípulo no lo conseguirá, si sirve al dinero, si se preocupa con menoscabo del reino, de todo aquello que cree que necesita… Porque, además de poder desviar su vida -ella es más que el ali­mento y el vestido- a otros fines indebidos a su dignidad -prestigio, fama, ho­nores…-, desgarra lamentablemente la relación filial con Dios y fraternal con los hermanos. El discípulo, entregado en cuerpo y alma al reino, cuenta con la especial providencia de Dios, como Padre solícito. Nótese, para su con­firmación, la frecuencia, en estos versículos, del término Padre referido a Dios. Es, precisamente, lo que caracteriza al reino de Dios: convivencia entraña­ble de Dios con los hombres en un abandono filial absoluto a su voluntad por parte de éstos y en solicitud paternal por parte de aquél.

Y, en verdad, cuánta solicitud inútil y desorientadora hay en el hombre. Busquemos el amor de Dios y a los hermanos, tal como lo muestra Jesús, y no permitamos que se encalle el corazón en las preocupaciones en que se desgastan las gentes. También el mañana, y precisamente por ser mañana, está en manos de Dios. Él es nuestro descanso y la razón de toda nuestra existencia.

Reflexionemos:

Podemos encaminar la reflexión en dos direcciones bien señala­das y relacionadas entre sí: la solicitud de Dios por sus fieles y la actitud vi­tal de confianza de éstos como respuesta.

a) Solicitud de Dios. La imagen que ofrece Isaías es emocionante, ade­más de expresiva. ¿Podrá alguna vez alguna madre olvidar por un momento al hijo de sus entrañas? Pues, aunque se diera el caso -madre desnaturali­zada-, yo no, dice el Señor. Hijos somos en su Hijo querido, ¿cómo podrá ja­más olvidarnos? Somos templos de su Espíritu y habitación de su presencia, ¿cómo no ha de cuidar de nosotros, si él mismo nos ha consagrado para él? Todo es nuestro, decía Pablo el domingo pasado, la vida, la muerte, el pre­sente, el futuro, y nosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Que somos suyos! También los versillos del salmo, experiencia de Israel y de la Iglesia, pro­claman y acreditan la solicitud de Dios por nosotros. El evangelio, por úl­timo, lo declara en boca de Jesús. Así es nuestro Dios: Padre entrañable, siempre atento a nuestra auténtica necesidad.

b) Actitud del discípulo. Identifiquemos, sin más, al discípulo con el fiel. El evangelio manifiesta cuál ha de ser la relación del fiel con el reino y con su Señor. Por encima de todo, el reino y su justicia. Son la auténtica rea­lidad válida. En torno a ella han de girar todas las otras realidades, para que no pierdan su concepto de validez y necesidad. Debemos conocer y apre­ciar las verdaderas necesidades. ¡Cuántas en el mundo que llevan ese nom­bre y no lo son! Dinero, fama, prestigio, comodidad, buen tipo y figura, do­minio, etc. No gastemos la vida en aquello que vale menos que ella. Si bien necesitamos alimento y vestido, no han de ser ellos el sentido único o princi­pal de la vida. Nuestra existencia aquí viene, al fondo, determinada de arriba. No lo perdamos de vista y actuemos en consecuencia. Busquemos el reino de Dios y su justicia y confiemos en Dios, nuestro Padre.

Con relación al discípulo, Pablo nos da una bella imagen del compromiso por el reino: ministro y dispensador de los misterios de Dios.

¿Cómo vivir este evangelio? La entrega al reino y la oración nos irán progresivamente abriendo el conocimiento de las auténticas necesidades y del va­lor de nuestra vida en Cristo Jesús, que tenía, por alimento, hacer la volun­tad del Padre. Nosotros, debemos tomar las palabras de Jesús con seriedad mayor, ya que por vocación nos hemos consagrado especial­mente al reino. Si no lo hacemos  nosotros, ¿quién en la Iglesia? Conviene reflexionar so­bre esto. ¿No será de esta falta práctica de entrega y confianza que langui­decen nuestras comunidades? ¿Qué imagen de entrega al reino y su justicia ofrecen nuestras comunidades y personas?

3. Oración

Señor, gracias por permitirnos escuchar y meditar tu palabra. Concédenos la gracia de poner en práctica cuanto tú has inspirado en nuestras mentes, a fin de que podamos servirte con auténtica entrega, y tu reino crezca y llegue a su plenitud, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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