3 Domingo de Adviento – Ciclo B

3 dom Adviento

La profecía de Isaías irradiaba optimismo en relación a la misión liberadora que iba a emprender. Su proyecto no nacería de su capricho o su temeridad. Había experimentado la fuerza del Espíritu en su vida y con esa confianza comenzaría a visitar a la gente afligida para llevarle esperanza y consuelo. El pasado no tendría que perpetuarse, Dios estaba dispuesto a terminar con el tiempo del luto y el llanto; había sonado la hora de la fiesta y el gozo. Los vestidos de gala saldrían otra vez a relucir, la esperanza se percibía por cualquier lugar. Juan Bautista también sentía la brisa fresca de la salvación cuando vio aparecer al joven carpintero venido de Nazaret. Ubicó su misión en relación con Jesús y se convirtió en su profeta y pregonero: todo lo pasado quedaría atrás; con la fuerza del Espíritu Jesús renovaría a Israel y reconciliaría a los hermanos por antiguos pleitos.

  1. ORACIÓN COLECTA

Dios nuestro, que contemplas a tu pueblo esperando fervorosamente la fiesta del nacimiento de tu Hijo, concédenos poder alcanzar la dicha que nos trae la salvación y celebrarla siempre, con la solemnidad de nuestras ofrendas y con vivísima alegría. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

  1. Textos y comentario

2.1. Del libro del profeta Isaías: 61, 1-2. 10-11

El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros, y a pregonar el año de gracia del Señor. Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia, como el novio que se pone la corona, como la novia que se adorna con sus joyas. Así como la tierra echa sus brotes y el jardín hace germinar lo sembrado en él, así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.

Esta lectura primera la componen un par de fragmentos del capítulo 61 de Isaías. Estamos, pues, en el tercer Isaías. Para tener una idea más com­pleta del mensaje profético es menester leer todo el capítulo. El tema funda­mental es un anuncio solemne de la salvación.

El tema profeta siente en sí, vigoroso, el espíritu de Dios que lo mueve e impulsa a proclamar abiertamente, a los cuatro vientos, el plan divino de salvación. Esta, la salvación, en manifiesto crescendo va extendiéndose desde la liberación de los males, que aquejan al pueblo, hasta la promesa de posesión segura de todos los bienes. Termina con una explosión de júbilo ante el estupendo plan de bendición que Dios promete poner por obra.

Los dos fragmentos que se leen en la Santa Misa son el principio y el fin del poema. He ahí los puntos más importantes:

1) Se trata de un profeta -«el Espíritu del Señor Yavé sobre mí»- que se siente movido por Dios. La unción de que se habla, es su consagración como profeta. Es un enviado cualificado, un profeta auténtico.

2) Su misión va dirigida a los pobres, desamparados, abatidos, esclavos, injustamente oprimidos. Les anuncia la liberación, el consuelo, la bendición de Dios. Esa es la Buena Nueva: gracia de Dios para los pobres, día de ven­ganza del Señor. Nótese: Jesús se aplicó a sí mismo este pasaje. Identificó su misión con la misión del profeta en Isaías 61. Léanse los vv. 16- 20 del capí­tulo 4 de Lucas. Nótese por otra parte también la presencia de este texto en la formulación de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-10). A ellos dirigió Jesús su mensaje, su Buena Nueva.

3) Conocido el plan de Dios, el gozo invade el alma del profeta. ¡Dios va a hacer justicia, Dios va a darnos la salvación! Con unas palabras semejantes comienza María el Magnificat

2,2, Salmo responsorial: Lucas 1

R/. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la humildad de su esclava. R/.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. R/.

A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo. R/.

Un cántico; acción de gracias. Aire jubiloso con tendencia a la alabanza. Incontenible en la persona se extiende a la comuni­dad. El mundo entero da gracias y alaba al Señor. El cántico es de la Madre de Dios.

Dios ha obrado una maravilla. Sabemos a qué se refiere el canto: el Mis­terio de la encarnación. La Virgen María ha sido «elegida» madre de Dios: «Ha hecho obras grandes en mí (por mí)». La obra, en lo personal, encumbra al humilde: «Ha mirado la humillación de su esclava». Pero se desborda y al­canza a todas las generaciones: «De generación en generación».

Dios es grande porque es bueno. Bueno en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Se acuerda siempre de su misericordia. Y su misericordia es salvar. Salvar al humilde, al hambriento, al pobre. Dios, bueno y poderoso, invierte los esquemas del mundo. Una verdadera maravilla.

La Virgen explota de alegría. Le ha envuelto la gloria de Dios y la ha en­cumbrado: «Me felicitarán todas las generaciones». La nueva y excelsa «Abraham». Y la bendición se alarga y alarga hasta tocarnos a todos. Si nos asemejamos a ella, naturalmente. Hemos de recoger la Palabra de Dios con devoción y dedicación. ¿No dijo Jesús que seríamos «madre» y «hermanos» suyos si cumplimos la voluntad de Dios? La Iglesia es la «virgen» de Cristo. Y la Virgen María la mejor expresión de la Iglesia. La veneramos en el canto y la acompañamos en la acción de gracias. El misterio de la encarna­ción nos llega a todos: «Bendito sea el Señor».

2.3. De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses: 5, 16-24

Hermanos: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal. Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa.

Casi todo el fragmento es una exhortación, a la que sigue un deseo y una certeza final. Frases breves pero eficaces y salpicadas de indicaciones que Pablo desea que se traduzcan inmediatamente en la vida cotidiana de los cristianos.

Para enseñar a los suyos a vivir como «hijos de la luz» (1 Tes 5,6) que esperan la venida del Señor Jesús (v. 23), Pablo expone en primer lugar cierta doctrina de fondo (vv. 16-18), pasando luego a los consejos para la vida comunitaria (vv. 19-22), para dar una panorámica final de la obra santificadora de Dios en el hombre (vv. 23-24).

Las exhortaciones de fondo son a la alegría, a la oración, a la acción de gracias, resumidas todas en la «voluntad del Dios» (v. 18), ya que estas actitudes constituyen una tríada connatural al cristiano que busca la voluntad de Dios «siempre, incesantemente, en todo lugar».

En cuanto a la vida comunitaria, una traducción literal nos hace percibir su carácter “insistente”, de urgencia: «No apaguéis la fuerza del Espíritu: no menospreciéis los dones proféticos. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Apartaos de todo tipo de mal» (vv. 19-22). Como se puede ver, la exhortación principal para una buena vida de comunidad aparece al comienzo: «No apaguéis la fuerza del Espíritu» (v. 19).

Finalmente el discurso vuelve a la acción de Dios, apareciendo sobre todo como el Dios «fiel», tema favorito en la teología de san Pablo, que se preocupará personalmente de guardar al creyente, no permitiendo que nadie lo sustraiga de su mano.

2.4. Del santo Evangelio según san Juan: 1, 6-8. 19-28

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. Él reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” Él les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?”. Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”. Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿Por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?”. Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.

La última frase de este fragmento (v. 28) nos indica que Juan desarrolla su ministerio en «Betania, en la otra orilla del Jordán». El significado mismo del nombre del lugar -«casa del testimonio»- puede tener valor simbólico, porque indica exactamente lo que debe llegar a ser toda comunidad: una verdadera casa del testimonio.

Cualquier página evangélica ilustra en qué consiste concretamente el testimonio. A una “comisión de encuesta” enviada desde Jerusalén para identificar su identidad, el Bautista responde remitiendo a Jesús: «No era él la luz, sino testigo de la luz» (v. 6); y luego: «No lo soy, yo soy la voz» (vv. 21-22). El Bautista, según el evangelio de Juan, no es un predicador o un asceta, sino exactamente el modelo por excelencia del testigo: en la casa de la comunidad cristiana, el comportamiento que debe distinguir a todos es precisamente el suyo. Nadie puede decir: «Yo soy», pero cada uno debe remitir más allá de sí mismo, a Jesucristo. Cada uno puede y debe ser “signo” de Jesús para el otro, manteniendo la capacidad de desaparecer, exactamente como el Bautista.

Cada uno es un signo útil, incluso necesario, pero precisamente por ser signo no es algo definitivo. Para ser testigos es preciso ser antes oyentes. Poniendo en escena a Juan Bautista que señala a Jesús, el evangelista quiere decir que la verdad está ya presente: «En medio de vosotros hay uno que no conocéis». Esta expresión recuerda el tema veterotestamentario de la sabiduría escondida, que no puede conocerse si ella misma no se manifiesta. Jesús es esta sabiduría que se manifiesta al hombre.

Reflexionemos:

  1. A) Cristo se aplicó a sí mismo el pasaje de Isaías, según nos cuenta Lu­cas, en el discurso habido en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esto en Mí». El es el «Profeta» de que habla Juan. El está lleno del Espíritu Santo; El es el Ungido; El es el Enviado; El es el Prometido; El es el Esperado de las naciones.
  2. B) Ahí están sus dones: para el encarcelado, para el esclavo, para el oprimido injustamente, para el sujeto a poderes despóticos, la liberación; para el agobiado, para el triste, para el angustiado, para el que sufre, para el que llora, Gozo y Consuelo; Fuerza y Salud para el enfermo, para el débil: Luz para el ciego, para el ignorante, para el que yerra; para el pusilánime, para el apocado, para el paralítico e inmóvil, Vida y Espíritu.
  3. C) El tema del gozo invade este domingo. El gozo es un fruto del Espíritu. ¿Hasta dónde llega nuestro gozo? Debemos gozarnos en el Señor. El es nues­tro Padre; El habita en nosotros. Somos hermanos de Cristo; esperamos y nos gozamos de su Venida. Un gozo así se hace comunitario. ¿Dónde está nuestra alegría; dónde nuestro gozo de ser cristianos? ¿No damos la sensa­ción muchas veces de que caminamos agobiados por el peso de nuestra reli­gión? Probablemente el Espíritu de Dios no actúa considerablemente en no­sotros; no le damos facilidades.

La unión con Dios, la oración, la acción de gracias. Son también fruto del Espíritu. El trato afectuoso con Dios ¿dónde está? La oración será una buena preparación para la Venida del Mesías. Así mismo la práctica de las buenas obras.

  1. D) Visión secundaria. ¿Somos luz, somos consuelo, somos alegría y fuerza para los demás? Nuestra conducta será la voz que clame, será la antorcha que ilumine, el dedo que indique: ¡Aquí está Cristo! Hay que hacer vivir al Espíritu. Pidamos al Señor nos llene de su Espíritu. Sería una buena peti­ción, al mismo tiempo que preparación para la Venida del Mesías.

La primera agraciada con la salvación es la Virgen. Llena de gracia y de alegría, es la primera en proclamar la grandeza de Dios y en comunicar la salvación divina, llena del Espíritu.

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Un comentario sobre “3 Domingo de Adviento – Ciclo B

  1. Hay un error en la imagen.. fuera de la imagen dice 3 Domingo de Adviento – Ciclo B, y dentro de la imagen dice II Domingo de Adviento y el texto corresponde al Evangelio del 2o domingo !! Date: Thu, 11 Dec 2014 16:08:20 +0000 To: padregarrido@hotmail.com

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