4 Domingo de Adviento – Ciclo B

4 de adviento

La promesa dinástica que Dios comunica por medio del profeta Natán a David ha marcado un salto importante en la reflexión sobre el mesianismo y las instituciones monárquicas en Israel. El rey pretendía erigir un templo al Señor, y luego del oráculo del profeta recibió una mejor noticia: Dios le construiría a él un templo, pero no hecho de piedra, sino una casa reinante, que se consolidaría para siempre. La narración de san Lucas que nos refiere el anuncio del nacimiento de Jesús incluye el cumplimiento de la promesa: el recién nacido restablecerá la dinastía de David. No desenvainará la espada, ni acaudillará ejércitos para adueñarse de Jerusalén. Ejercerá un nuevo modelo de realeza, donde prevalecerá el servicio, la empatía y la comunión con los más necesitados como las actitudes propias de la nueva época.

  1. ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Señor, que infundas tu gracia en nuestros corazones, para que, habiendo conocido, por el anuncio del ángel, la encarnación de tu Hijo, lleguemos, por medio de su pasión y de su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

  1. Textos y comentario
    • Del segundo libro de Samuel: 7, 1-5. 8-12. 14. 16

Tan pronto como el rey David se instaló en su palacio y el Señor le concedió descansar de todos los enemigos que lo rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: “¿Te has dado cuenta de que yo vivo en una mansión de cedro, mientras el arca de Dios sigue alojada en una tienda de campaña?”. Natán le respondió: “Anda y haz todo lo que te dicte el corazón, porque el Señor está contigo”. Aquella misma noche habló el Señor a Natán y le dijo: “Ve y dile a mi siervo David que el Señor le manda decir esto: ‘¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa, para que yo habite en ella? Yo te saqué de los apriscos y de andar tras las ovejas, para que fueras el jefe de mi pueblo, Israel. Yo estaré contigo en todo lo que emprendas, acabaré con tus enemigos y te haré tan famoso como los hombres más famosos de la tierra. Le asignaré un lugar a mi pueblo, Israel; lo plantaré allí para que habite en su propia tierra. Vivirá tranquilo y sus enemigos ya no lo oprimirán más, como lo han venido haciendo desde los tiempos en que establecí jueces para gobernar a mi pueblo, Israel. Y a ti, David, te haré descansar de todos tus enemigos. Además, yo, el Señor, te hago saber que te daré una dinastía; y cuando tus días se hayan cumplido y descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente’ “.

El interés principal de la perícopa reside en el último versículo. El resto del pasaje viene a ser como el marco histórico donde las palabras de Dios – su decisión irrevocable de favorecer a la Casa de David, reciben sentido y vida. Para la mejor inteligencia del texto, léanse también los versículos 12. 14-15; nos ayudarán a comprender mejor la tercera lectura y a relacionarla con la primera. Es, pues, de notar:

1) Religiosidad del rey David: En agradecimiento al Señor de los Ejérci­tos, que le ha ayudado a someter a sus enemigos, ha determinado el piadoso rey edificar a su Dios una Casa, un Templo. La Casa ha de ser amplia, construida con materiales nobles, firme, duradera, perenne; una Casa que desafíe la intemperie de los tiempos; en lo más conspicuo de la ciudad.

2) Disposición divina: Dios responde a esta buena voluntad del rey con una disposición paralela, pero muy superior. Él también ha dispuesto hacer duradera, perenne, firme, para siempre la Casa de David. Ha determinado colocarla en un lugar conspicuo, en lo más conspicuo de la historia de la hu­manidad. «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente». Así el versillo 16. Pero el v. 14 asegura a sus descendientes: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo». De aquí parten principalmente las profecías mesiánicas. La revelación posterior irá apun­tando hacia un Rey, Hijo de Dios (salmos 2 y 110). Se perfila ya claramente la figura del Mesías, Rey descendiente de David.

2.2. Salmo Responsorial (salmo 88)

R/. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.

Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos. R/.

Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: ‘Consolidaré tu dinastía para siempre y afianzaré tu trono eternamente’. R/.

El me podrá decir: ‘Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva’. Yo jamás le retiraré mi amor, ni violaré el juramento que le hice”. R/.

Salmo real. Un tanto complejo. La primera parte es un himno; la se­gunda, con cierto aire jubiloso, el canto-recuerdo de las disposiciones divinas sobre la casa de David; la tercera y última, una queja o lamentación. La li­turgia toma del himno su primera estrofa y la segunda y tercera de la «disposición» de Dios en favor de David. En esta liturgia no hay lugar para las quejas; todo lo contrario, Dios fiel y misericordioso merece un canto por todas las edades.

Dios ha prometido especial providencia a su «elegido», el «ungido» de Is­rael. Es una promesa estable como estable es el sol. Dios lo declara «hijo» y se deja llamar por él «padre». Esta maravillosa «disposición» apunta al futuro. Y el futuro nos lo revela en Cristo, Ungido hijo de Dios. Cristo es el Rey de Dios. Es la fidelidad de Dios hecha carne. Cantemos eternamente las miseri­cordias del Señor. Es bueno y guarda su alianza. Bendito sea por siempre: nos dio a Cristo, el Señor.

  • De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 16, 25-27

Hermanos: A aquel que puede darles fuerzas para cumplir el Evangelio que yo he proclamado, predicando a Cristo, conforme a la revelación del misterio, mantenido en secreto durante siglos, y que ahora, en cumplimiento del designio eterno de Dios, ha quedado manifestado por las Sagradas Escrituras, para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe, al Dios único, infinitamente sabio, démosle gloria, por Jesucristo, para siempre. Amén.

Nos encontramos en los últimos versillos de la carta. Se trata de una pre­ciosa y sentida doxología. ¡Gloria a Dios por los siglos y los siglos! He ahí, pues, el tema: ¡Gloria a Dios! Nótese: el sujeto a quien debe darse gloria es Dios.

«Dios, que es el Único Sabio. Por Cristo Jesús».

Según esto, el grito de admiración y de entusiasmo, que brota jubiloso de la boca de Pablo, nace de la consideración del magnífico plan de Dios «Misterio». Dios ha revelado por fin su «Misterio»; Dios ha puesto en marcha de forma sorprendente su plan de salvación; Dios ha hablado definitiva­mente, como dice la Epístola a los Hebreos, y perfectamente a su Hijo. «Misterio» éste dispuesto a ser manifestado desde todos los siglos. Dios lo ha hecho todo maravillosamente, sabiamente.

Piénsese en toda la historia de la salvación, diseñada a través de todo el A. T.: La creación del universo, comprendido el hombre; la elevación del hombre a la amistad con Dios; su pecado, la promesa de una redención; la vocación de Abraham; la liberación de Egipto; la predicación mesiánica de los profetas…, etc.

Todo ello necesitaba de una aclaración, pedía un cumplimiento. Y esto ha sucedido ahora, al presente, en la revelación realizada en Cristo. He aquí el «Misterio», Cristo. Cristo revelador del Padre: en Cristo Dios se muestra mi­sericordioso, bueno, compasivo, atento a nuestras necesidades: Cristo Sal­vador de la humanidad: en Cristo nos ofrece Dios la salvación, el favor, la gracia. Cristo Principio y Fin de la Creación: En Cristo cobran sentido todas las cosas; el hombre, alejado de Dios, vuelve al estado primitivo de amistad con Dios, las cosas están en paz; Cristo las ha pacificado unas con otras.

En Cristo se ha manifestado la Sabiduría de Dios – Cristo es nuestra Sa­biduría, dirá Pablo – de forma sorprendente. Los caminos de Dios son mara­villosos; distan mucho del pensar de los hombres. (Léanse los versículos 17- 31 del cap. 1 de la 1 Cor). De ahí la sorpresa y la admiración mezclada de entu­siasmo de Pablo. ¡Dios da salvación en Cristo a los gentiles! ¡Y esto mediante la fe en Cristo muerto en la Cruz! He ahí, pues, la Sabiduría de Dios: la sal­vación en Cristo por la fe.

  • Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vasa concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”. María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo no conozco varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Se trata del precioso pasaje de la Anunciación. Texto profundo y denso de su sencillez. No es momento este de anotar en detalle todas las particulari­dades de esta escena y de aducir todos los textos-promesa del A. T. a que se alude y se trata de responder, dándoles exacto cumplimiento, en este pasaje. Sería muy largo el camino a recorrer. He aquí lo más saliente:

Dos son los centros de interés fundamentales en el texto lucano de la anunciación a María: el anuncio del nacimiento de Jesús y la vocación de María a ser sierva del Señor.

Jesucristo se presenta como el «signo» de la fidelidad de Dios, que mantiene las promesas hechas a David: «Se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (w. 32-33). Todos los elementos de la promesa a David se funden y realizan en Jesucristo porque es el Mesías perteneciente a la familia davídica y es el Hijo hecho hombre, el nuevo templo, la casa que Dios ha preparado para que Dios y el hombre se encuentren. Además el pueblo de Dios, la casa de Jacob, encuentra finalmente en Jesús al rey que lleva a cabo el verdadero ideal del Reino, un ideal de justicia, de paz y fraternidad.

Por consiguiente, la obra de Dios, su fidelidad y su don es lo que constituye el centro. Pero el evangelio narra las cosas observando la actitud de María, como la que hace posible este don con su «sí». Es el polo opuesto a David: sin sueños de grandeza, no ocupa en la sociedad una posición que le permita influir en los grandes proyectos humanos, sino que su casa está abierta de par en par cuando el ángel «entra a su presencia» como mensajero divino. María cree firmemente en la fidelidad de Dios y se pone a disposición de su designio: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (v. 38).

Revisando los textos veterotestamentarios:

  1. A) Las palabras del Ángel. Para la mejor comprensión de ellas léase como fondo So 3, 14-17 y Za: 9, 9.

«Alégrate… No temas…»: Estas palabras no serían, según autores compe­tentes, expresión de un saludo de corte griego; algo así como el «Salve» de los romanos. Se trata aquí, por el contrario, de una referencia a aquellas profe­cías antiguas, donde se anuncia un gran gozo a Jerusalén en los tiempos me­siánicos. En concreto sería una referencia a Sofonías y Zacarías en los pasa­jes ya citados. Se trata entonces de una invitación a la alegría, a la alegría mesiánica. Ha llegado el momento de alegrarse con toda el alma: Dios cum­ple ahora su promesa, ahí está el Mesías.

Para nuestra meditación: enumeramos algunos elementos que nos orienten

1) Dios es bondadoso. Dios es misericordioso. Dios es fiel a sus promesas de salvación. Dios es justo. ¡Dios nos ha dado la salvación.

2) Dios es magnífico. Dios es sorprendente en sus obras. Dios nos ha dado la salvación de una forma insólita: una Virgen Madre, un Dios Hombre, un Rey siervo, una Vida que Muere, una Muerte que nos da la Vida, un Espí­ritu que engendra, una humanidad llamada a la divinidad. No es extraño que Pablo se quede atónito ante tanta maravilla.

3) El papel importante de la fe. Fe que está unida a la esperanza y a la caridad.

4) Debemos Contemplar este Misterio, cantando: « ¡Gloria a Dios por los siglos de los siglos. Amén!». Esa debe ser nuestra actitud.

5) ¿No es asombrosa la dignidad de María?

6) María modelo y Madre de la Iglesia.

 

 

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