Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

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La asociación de la figura del pastor con el oficio de gobernar es una tradición milenaria en el Antiguo Oriente. De esa figura se vale el profeta Jeremías para denunciar los equívocos y desaciertos de los gobernantes de Israel. Siendo las ovejas animales gregarios necesitan de la compañía del rebaño para subsistir, por eso no tiene sentido alguno que un pastor se ocupe de dispersarlas, eso equivale a convertirlas en víctima de lobos y ladrones. Los pastores descuidados pierden toda la confianza. En el Evangelio el Señor Jesús revierte la relación expuesta en el texto del profeta Jeremías, puesto que al encontrarse con una muchedumbre de personas desorientadas y dispersas, de inmediato las atiende, organiza e instruye. La profecía de Jeremías apuntaba a la llegada de un pastor modelo. La esperanza se ha cumplido en Jesús.

  1. ORACIÓN COLECTA

Sé propicio, Señor, con tus siervos y multiplica, bondadoso, sobre ellos los dones de tu gracia, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y la caridad, perseveren siempre fieles en el cumplimiento de tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. Texto y comentario

2.1. Primera lectura: Jeremías 23,1-6

Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño -oráculo del Señor-. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: “A los pastores que pastorean mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones -oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá -oráculo del Señor-.

Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia.”

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, desperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han desperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de vosotros, malos pastores! Dios os va a exigiros cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido, si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

2.2. Salmo responsorial: 22

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan. R.  

Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término. R.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versículo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versículo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versículo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versículo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versículo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versículo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

2.3. Segunda lectura: Efesios 2,13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Los fieles de Éfeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 6,30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.” Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Estos versículos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio. Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre? Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Reflexionemos:

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» – la Cruz – es cobijo y orientación, por una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran desperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz? Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, desperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.

Actualmente no es fácil despojar del poder a quienes lo han usado en beneficio propio durante décadas. Lo que pasa actualmente en nuestro país, en particular, la deshonesta conducción de los asuntos públicos por parte de políticos de todos los partidos, ha generado una sensación de indignación, rabia y empacho que hace eco de las palabras del profeta Jeremías. Algunos creyentes imaginan que esta situación crítica traerá cambios radicales en cuanto a la organización social, semejantes a los que supuso la ruina del imperio romano o del mundo medieval. Sin embargo, también advierten de lo lento e incierto de estos periodos de profunda transformación. La función educadora y evangelizadora tampoco se ha realizado con acierto. Ningún proyecto de cambio verdadero puede construirse sobre personas encallecidas en la simulación y la doble moral. Los ciudadanos tampoco estamos libres de responsabilidad en este desastre, también nos urge la autocrítica profunda.

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