Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“Dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás…” Esta es la enseñanza de fondo en el evangelio que leemos hoy.

Hay un piadoso fariseo que ayuda dos veces por semana, aunque sólo estaría obligado a ayunar una vez al año, no roba, no adultera ni comete injusticias; este fariseo es un modelo de “hombre religioso”. Lo malo es que se autoproclama bueno, mejor que otros y, lo peor, desprecia a los demás, especialmente al recaudador de impuestos que está con él, orando en el mismo templo.

El recaudador de impuestos, todo lo contrario, en su oración comienza reconociéndose pecador y culpable ante Dios, en su presencia descubre que debe cambiar su mala vida, no tiene mucho que presentar a Dios, tan sólo sus robos a pobres, huérfanos y viudas, su avaricia, su estafa, su falta de respeto a la ley; está perdido sin remedio.

1. Oración:

Señor Jesús, Tú que tantas veces nos has invitado a rezar, a encontrarnos contigo, a buscarte en la oración, ahora nos haces ver la disposición y la actitud que debemos tener cuando te buscamos en ese encuentro; por eso, Señor, ya que eres Tú el que nos atraes a ti, ayúdanos ahora, a que tengamos la sencillez y la humildad de llegar a ti con el corazón abierto y confiado sabiendo de nuestra fragilidad, esperando todo de ti, siendo conscientes de que Tú puedes cambiar nuestro corazón y darnos las gracias que necesitamos para adherirnos siempre más a ti, viviendo como nos pides. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Jesús Ben Sirac es el autor del libro que, desde muy antiguo, ostenta el tí­tulo de «Eclesiástico». El autor pertenece, sin duda alguna, al grupo de pia­do­sos varones que, en vísperas ya de la sublevación macabea, oponían decidida resistencia al aspecto que iban tomando las cosas en Palestina, debido a la infil­tración helénica. A la sabiduría helénica, basada en la razón y pasiones hu­manas, oponen la Sabiduría tradicional, basada en la revelación divina. El li­bro tiene esa orientación; pertenece a la corriente sapiencial. Es el último libro que la representa en Israel (Palestina). El libro de la «Sabiduría» es posterior, pero en Alejandría.

Por vez primera aparece equiparada la sabiduría a la Ley de Moisés. En este punto el libro aporta una novedad no pequeña. El autor, conoce­dor pro­fundo de los profetas y de las más valiosas tradiciones de Israel, tanto cultuales como políti­cas, no duda en declarar que el mejor modo de dar culto a Dios es el cumplimiento de la Ley. Jesús Ben Sirac no abroga el culto, ni siquiera lo condena. Todo lo contrario. El autor describe orgulloso y exaltado las funciones del culto israelítico, como suave ofrenda a Dios. El culto, sin embargo, no es una mera formalidad. El culto debe estar animado de religiosidad profunda, esto es, acompañado por la justicia y el buen comportamiento. Acercarse a Dios con presentes y no obrar con justicia y miseri­cordia es intentar corromper a Dios. Sería un doble pecado. Dios no se deja corromper; Dios no es par­cial. Dios es auténticamente Justo.

La justicia de Dios sobrepasa, de manera abso­luta, la justicia humana. La justicia de Dios no es parcial. Dios juzga justamente. El más pobre, el más desvalido, el más desafortunado, encuentra en él su refugio, su abogado, su Justo Juez. La voz su­plicante del oprimido, los gritos angustiosos del huér­fano, las quejas entrecortadas por sollozos de la viuda encuentran en él aco­gida y respuesta. Dios los atiende. Entre ellos y Dios no se interpone nada en absoluto: ni el oro, ni la distancia, ni las nubes. Dios les hace justicia, en el sentido más pleno de la palabra. La respuesta de Dios acalla los deseos y ne­cesidades más perentorias. Así es Dios.

2.2. Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23(R.: 7a)

R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.

Salmo de acción de gracias, con abundantes con­sideraciones sapienciales, o salmo sapiencial, en cuadrado en una acción de gracias.

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. El salmista lo ha experimentado personalmente; de ahí la acción de gracias, la gratitud. También la secular experiencia de Israel da testimonio de ello. El Señor salva a los abatidos. Así de justo y de compasivo es Dios. Por tanto la alabanza, la acción de gracias. La mejor forma de alabarle es declarar, confesar, proclamar la misericordia, la justicia de Dios. Ahí están sus atributos. Para sen­tir su mano bondadosa sólo basta invocarle, ro­garle, pedirle. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

2.3. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.
Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Graves, serenas, con cierta musicalidad y no privadas de cierta cadencia, suenan las postreras palabras del gran apóstol Pablo. El fin se perfila próximo; la voz del Señor, que lo llama, se oye cada vez más cerca; la partida es inminente; Pablo está a punto de ser sacrificado. Pablo va a morir. La cer­canía de la muerte, no obstante, no lo estre­mece. Pablo ha luchado bien, ha combatido con todas sus fuerzas. Pablo ha proclamado a los cuatro vientos el evangelio de Cristo. ¿Por qué ha de te­merla? Tan acostumbrado a ver la cara de la muerte en cada recodo del camino, en cada esquina de las calles del im­perio, en cada vaivén de los veleros que lo llevaron hasta las más lejanas cos­tas del «mare nostrum», ahora, cuando la ve de cerca e inseparable, casi le sonríe. Un íntimo, sose­gado, pero seguro gozo lo invade. No se inquieta: el Dios a quien ha servido, el Cristo a quien ha predicado lo esperan, lo llaman, lo llevan hacia sí. Ahí está su premio, su galardón, su corona suspirada y al­canzada. Así es el justo Juez. Él lo ha prometido, él lo cumple. La misma re­compensa es­pera a todos los que cumplen su voluntad.

En este momento pasan por Pablo, sin turbulen­cias ni estridencias, las fi­guras del pasado. Solo con Cristo en el primer cautiverio; solo con Cristo en la hora de la muerte. Él lo librará de la ruina eterna. Pablo goza ya, en pensa­miento, del reino celeste. Perdón para aquellos que lo abandonaron ¿no lo hizo así Cristo?; justicia de Dios para el que se opone al evangelio. Así muere un cristiano, sin temor, sin miedo; allí está Cristo para reci­birlo. Así el apóstol Pablo: ¡Gloria a Dios por los siglos!

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

También en esta ocasión nos ofrece el mismo evangelio la intención de la parábola: algunos se creían justos, seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Los personajes de la parábola son dos figuras perfectamente conocidas en la vida social y reli­giosa de Palestina: el Fariseo y el Publicano. Cristo los en­frenta.

El Fariseo ostenta el distintivo de la religiosi­dad. Instruido, piadoso, lleno de celo, perfecto, trata escrupulosamente de llevar a cumplimiento, hasta en los más insignificantes detalles, lo pre­ceptuado por la Ley y por las tradiciones que lega­ron los mayores. Ante el pueblo sencillo, el fariseo es el prototipo, al mismo tiempo que el abande­rado, de la piedad y del celo por todo lo religioso. Los fariseos son los maestros y los guías espiritua­les de Israel. Son ejemplo vivo de religiosidad y devoción a lo religioso y a lo mandado por la Ley. Son as­cetas y dirigentes. Son respetados, admirados y honrados, hasta temidos, pú­blicamente por su adhesión a las tradiciones patrias y por su acendrado celo por la Ley. Se destacan visible­mente del pueblo fiel. Ellos mismos se hacen des­tacar de la gente común. Aparecen en las plazas, en las esquinas más con­curridas, en el atrio del Tem­plo, sumidos en oración. Arrastran largas filacte­rias, que les recuerdan su ahínco en conocer la Ley. Dan limosna con visible ostentación. Pagan diezmo de todo. Ellos son los puros y los perfectos. La clase baja, el pueblo de la tierra, dista mucho de ser como ellos. Son impuros y se arrastran a una altura de piedad y de religiosidad que merecen su despre­cio. Ellos no son como los demás. El orgullo los domina. Así en boca de Cristo. Seguramente no todos eran así, pero sí muchos de ellos.

El Publicano es también otra de las figuras típi­cas de la vida religiosa y so­cial de Israel. Es el antípoda del fariseo. De oficio, cobrador de impues­tos; por costumbre, extorsionador del pueblo. A su cargo estaba confiada la recauda­ción del tributo a Roma. Para no perder, y no hacer así un mal nego­cio, al en­tregar al gobierno de Roma lo estipulado como impuesto, solía exigir más y de forma, a ve­ces, violenta, al pueblo indefenso. El pueblo natu­ralmente los odiaba. Su trabajo les recordaba la odiada sujeción a Roma. Por otra parte no parece que fueran excesivamente piadosos al estilo farisaico. Su nombre apa­rece con frecuencia unido al de pecadores, meretrices, gentiles. Hablar y tratar con ellos era considerado como una infamia y bal­dón. A Cristo se le acusó de ser amigo de publicanos y pecadores. Eran públicos pecadores y debían ser evitados y despreciados. Que algunos habían co­metido, y seguían cometiendo, injusticias es fácil de comprender. No parece, sin embargo, que todos fueran así. A Cristo le escuchaban con atención. Lo mismo hicieron con Juan Bau­tista. Algo había en ellos que los hacía menos despreciables. Zaqueo es un ejemplo.

La parábola de Cristo tuvo que suscitar en el pueblo sencillo una profunda admiración y sor­presa; hasta desconcierto, diría yo. El pueblo es­taba acos­tumbrado a ver con otros ojos. El Fariseo, el piadoso modelo, sube a orar. Su oración resulta vacía; no alcanza nada. El Publicano, proverbial pecador, al­canza misericordia. Duro golpe para los fariseos. Respiro aliviador para los publica­nos. El soberbio es humillado; el humillado es enaltecido. El fariseo, con toda su piedad, ora mal; el publicano, con todo su pecado, ora bien. Admi­ra­ción para todos.

El Fariseo dice verdad en lo que ora. Realmente cumple la Ley, pero lo hace más bien materialmente. La actitud del fariseo es la de aquél que exige o re­clama a pleno derecho. Dios le es deudor. Las palabras de gratitud hacia Dios encubren un absoluto desprecio de los demás. Él nada necesita, nada pide; está sano, es justo, se encuentra limpio, perfecto. Naturalmente salió de la presencia del Señor como había entrado, tan presuntuoso, tan perfecto, tan sano, tan justo. La justicia de Dios no le alcanzó, como tampoco su misericor­dia. Salió sin justificar.

También el Publicano dice verdad en sus pala­bras. Se reconoce malhechor y pecador. Su actitud ante Dios es diferente. No intenta levantar los ojos del suelo, sabiendo que es indigno de presentarse ante Dios. Confía, no obstante, en la misericordia del Señor. A ella se acoge. Se reconoce enfermo y ruega la salud. Dios usó de misericordia; Dios lo sanó. Salió de allí justificado. Sus palabras recuerdan el salmo 50.

La soberbia ciega. La soberbia encierra a uno en sí mismo, opone resisten­cia a la bondad divina. El soberbio no ve, no se ve, no se conoce, se oculta a sí mismo. De ahí su desprecio y la absoluta incons­ciencia de su mal. Muy mala situación.

La humildad es el conocimiento exacto de sí mismo. La humildad abre a uno a la misericordia de Dios. El humilde se ve como es, se siente como es, en­fermo y necesitado. Dios levanta al depri­mido; en cambio abaja al presumido.

Reflexionemos:

La lectura del evangelio nos impone hoy un im­portante tema a nuestra consideración: la oración. El interés recae más bien en el modo. Modo que ma­nifiesta dos formas de ser, dos actitudes dife­rentes frente a Dios; en el fondo dos teologías di­versas. La palabra de Cristo revela cómo es el hombre y cómo debe comportarse ante su Crea­dor. Así, de rechazo, se nos revela también quién y cómo es el mismo Dios. Se trata de la verdadera o falsa piedad mani­festada en la oración.

A) Postura del hombre ante Dios. Dos formas de orar.

a) El Fariseo. El fariseo dice verdad, no miente, al enumerar delante de Dios, las obras buenas que realiza. Hasta el diezmo de lo más insignificante paga al Señor. Él no es como los demás. Él cum­ple la Ley y las tradiciones pa­trias. Pero algo anda mal en el fondo. El Fariseo se cree artífice de su propia salvación, de su propia justicia; el Fariseo exige a Dios un reconocimiento de sus obras. El Fariseo no implora misericordia, no se siente ne­cesitado de la compasión divina ¡es mejor que los demás! El Fariseo no pide, no ruega, no necesita. Salió sin justificar. El Fariseo se halla en una situa­ción lamentable. No se da cuenta, o por lo menos no quiere reconocerlo, de que ante Dios somos unos pobres necesitados, todos y cada uno de nosotros. Somos pecadores y de­ficientes; necesi­tamos de su perdón y de su gracia para obrar bien. Esto no lo ve el Fariseo. San Agustín comenta: ¡Ocultaba los miembros enfer­mos, mostraba los sanos! ¿Cómo le iba a curar el médico?

b) El Publicano. Es verdad también lo que dice: es un pecador. Ha obrado el mal. No ve otra solución que implorar misericordia. Salió justificado. San Agustín comenta: Los que cubren los pecados, quedan desnudos; éste, en cambio, se des­nuda para ser cubierto.

Nuestra actitud ante Dios debe ser la del que pide, la del que ruega, la del que necesita, la del que implora. Así es el hombre ante Dios. Depen­demos to­talmente de él. Somos lo que somos por su misericordia. La aceptación de esta verdad le obliga a uno a no despreciar a los demás, pues nosotros somos des­preciables. Así todos los san­tos. Los santos se han visto pecadores. Nuestro mal consiste en que no nos vemos así, siendo como somos pecadores. Es me­nester vernos tal cual somos. Hay que pedirlo; nosotros no nos ve­mos como somos.

El hombre actual está un tanto insensibilizado a esta realidad. El hombre actual tiende fácilmente a justificarse -personalidad, libertad, responsabili­dad-. Difícilmente se ve miserable, injusto, peca­dor. Se halla en una grave si­tuación. Hoy día nadie se acusa de nada. Todo el mundo hace las cosas bien. Los «otros» son los que hacen las cosas mal. El hombre actual no se reconoce enfermo, no necesita de la misericordia divina. Más aún, a veces se insolenta con Dios. La actitud no es cristiana. Conviene meditar sobre ello. Todos tene­mos mu­cho de fariseo y poco de humilde pecador.

El Sirácida (Eclesiástico) y el Salmo también hablan de la oración. Se trata de la oración del po­bre, de la oración del desvalido, de la oración del que im­plora misericordia. Esa oración es siempre escuchada. Dios hace justicia, au­téntica justicia, y «justifica». El reconocimiento a tal misericordia de Dios se manifiesta en la alabanza. La postura de Pablo se diferencia radicalmente de la del fariseo: El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje. Pablo cumplió perfectamente con la gracia de Dios.

B) Pablo.- Pablo cree en la justicia de Dios que recompensa el esfuerzo y el trabajo realizados en su nombre y honor. Pablo cree merecida la corona que Dios misericordiosamente le ha prometido. Pablo no se apoya en último tér­mino en sí mismo, sino en Dios: El Señor me librará, el Señor me lle­vará a su reino. Por eso, surge espontánea la ala­banza. Es consolador pensar que esa corona nos espera a todos.

 

3. Oración final:

Señor Jesús, Tú que nos dices que el que engrandece será humillado y que él se humille será engrandecido, viendo como Tú viviste, lo que hiciste, cómo te relacionaste con tus discípulos, siendo el Maestro lavaste los pies de tus seguidores, así te pedimos que viendo tu manera de ser, busquemos nosotros en todo momento, amar y servir, siendo sensibles y solidarios con los que tenemos a nuestro lado, buscando identificarnos siempre más contigo, actuando y viviendo como lo hiciste Tú, mostrando con nuestras acciones y actitudes, que te seguimos y que buscamos imitarte. ´Danos un corazón sensible y abierto a tu presencia en nuestra vida, para que así buscándote con sencillez y apertura en la oración, Tú vayas moldeando nuestro corazón, uniéndonos siempre más a ti, viviendo como Tú, asumiendo tus actitudes y tus sentimientos. Que así sea. 

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