Domingo 6 de Pascua – Ciclo B

Domingo sexto de pascua ciclo B

En la medida que vamos leyendo la historia del cristianismo más se comprende el significado central del mandamiento del amor. Nos damos cuenta que cuando marginamos y relativizamos la vivencia del amor, se desorienta nuestra comunidad cristiana; entonces terminamos por defender valores secundarios, como si fueran principales. El amor produce vida. La muerte, no puede presentarse ni justificarse como expresión del amor. Quienes eliminaron a Jesús creían dar gloria a Dios. La narración de los Hechos de los Apóstoles nos documenta como se iba abriendo camino el amor incluyente del Padre hacia los extranjeros. A regañadientes comprendió Pedro esa novedad y acogió en la comunidad cristiana al oficial llamado Cornelio. De inmediato el Espíritu ratificó aquella decisión, realizando una nueva efusión del Espíritu Santo.

  1. 1.     ORACIÓN

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor y alegría la victoria de Cristo resucitado, y que el misterio de su Pascua transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. 2.     Texto y comentario

2.1.Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 15, 25-26. 34-35. 44-48

En aquel tiempo, entró Pedro en la casa del oficial Cornelio, y éste le salió al encuentro y se postró ante él en señal de adoración. Pedro lo levantó y le dijo:”Ponte de pie, pues soy un hombre como tú”. Luego añadió: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere”. Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que estaba escuchando el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas desconocidas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos. Entonces Pedro sacó esta conclusión: “¿Quién puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?. Y los mandó a bautizar en el nombre de Jesucristo. Luego le rogaron que se quedara con ellos algunos días.

La gran extensión del relato y la profusión de detalles dejan entrever la importancia que tuvo para Lucas y para la Iglesia primi­tiva la conversión de Cornelio. Lucas insiste en el carácter milagroso del su­ceso: visión de Pedro, visión de Cornelio, irrupción del Espíritu… El relato guarda relación con los acontecimientos posteriores, en especial con las de­terminaciones tomadas en el Concilio de Jerusalén. La presencia del «judío» Pedro en la casa de «pagano» Cornelio, sancionada por la visión de los ani­males impuros que descendían del cielo, y el subsiguiente bautismo del cen­turión romano con su familia son elementos que tuvieron una resonancia transcendente. Los apóstoles entreveían, sin duda alguna, en el mensaje de Cristo una extensión universal. Ignoraban, no obstante, el modo y el mo­mento de realizarlo. Todavía judíos, sus relaciones con los paganos eran re­almente distanciadas. El acontecimiento de Cornelio los obligó a acortarlas. En el Concilio de Jerusalén volverá a presentarse la cuestión. Aquí se da ya una solución adelantada. Y la da, desde arriba y desde dentro, el Espíritu Santo.

Es importante anotar lo siguiente:

1) La disposición divina. Dios llama a todos. Dios no hace distinciones: ofrece sus dones al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. El llamamiento es universal. La misericordia de Dios se extiende a to­dos. El acontecimiento Cristo, sellado por la acción del santo Espíritu, ha de­rribado el muro que separaba a gentiles y judíos. La fuerza del Espíritu Santo desciende también sobre los paganos y los constituye hijos de Dios.

2) La figura de Cornelio. Nos cae simpática. Es un centurión; militar, por tanto. Lucas lo califica de «temeroso de Dios». Daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios. Un hombre piadoso y caritativo; también modesto y sencillo. Reconoce en Pedro la autoridad que viene de lo alto. Todo un centu­rión romano postrado a los pies del judío Pedro. Era un hombre abierto a Dios.

3) La figura de Pedro, reconoce que su per­sona, a pesar de la autoridad que ostenta, príncipe de la Iglesia, no se eleva por encima de los demás. Los prejuicios judíos no le impiden ver en el acon­tecimiento la mano de Dios. Siervo fiel en el ministerio que le ha encomen­dado, acepta la disposición del Señor y la ejecuta con acatamiento. No es él quien dispone, sino Dios. Para un judío de aquel tiempo hubiera sido muy di­fícil confesar «soy un hombre como tú», tratándose de un pagano que le re­cordaba la sujeción a Roma. Pedro reconoce que la salvación no se limita a una raza o nación. ¡Dios imparte su gracia libremente! Pedro obra en conse­cuencia.

2.2. Salmo responsorial Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4 c£ 2b)

El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Dios se muestra Rey en sus intervenciones. Una de ellas en particular lo ha manifestado con mayor relieve. El salmista parece pensar en la vuelta del destierro. Dios reveló ante todos los pueblos su fidelidad y amor a Israel. Por eso un cántico nuevo. La intervención pasada, con todo, era un esbozo de la intervención futura: Dios ha intervenido de forma suprema y definitiva en Cristo Jesús.

2.3. De la primera carta del apóstol san Juan: 4, 7-10

Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, y todo el que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su hijo unigénito, para que vivamos por Él. El amor consiste en esto: no en nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.

Comienza la lectura con una cordial exhortación al amor fraterno. Juan intenta declarar las señales más ciertas de la comunión con Dios: el amor fraterno. El que ama vive en unión con Dios. El amor encuentra su raíz en Dios y su expresión, como garantía de autenticidad, en la entrega y servicio a los hermanos. Hay que advertir, por eso, que todo amor, aun el que se pro­fesa al enemigo, es amor fraterno. El mundo, que no cree y no ama, está lejos de Dios; más, enfrentado a él. Los movimientos religiosos del tipo que sean que no muestren amor, no conocen a Dios, son realmente falsos.

¿Por qué tanto valor al amor? Porque Dios es amor. He ahí la gran reve­lación. Si Dios es amor, habrá que comprender que todo lo que hace Dios lo hace por amor. Pues el amor es su naturaleza. Con esta definición se alarga de forma ilimitada el concepto de la bondad de Dios, tan fuertemente subra­yada ya en el A. Testamento. La expresión más bella y acabada, con todo, de su amor- de sí mismo- es la entrega de su Hijo para nuestra salvación. En la entrega de su Hijo Dios revela la naturaleza de su amor y el amor como naturaleza. No hay otro amor que ese. El amor humano, se es amor de ver­dad, será como él y se fundirá en él. Con otras palabras: Dios nos amó pri­mero. El amor que Dios nos tiene nos capacita para amarle. El amor que le profesamos está sustentado, y es al mismo tiempo su expresión, por el amor que nos tiene. El amor de Dios nos hace capaces de amar. La salvación, pues, está en dejarse amar y amar en Cristo Jesús.

El amor de Dios es creativo: nos constituye hijos. Poseemos la capacidad de amarlo como hijos. El amor a Dios filial es respecto a los hombres fra­terno. Dios nos capacita para amarle y para amarnos. El amarnos es ga­rantía segura de la permanencia en su amor. Nuestro amor a él y a los her­manos es del mismo signo que el suyo: es en el Espíritu Santo. Si la natura­leza de Dios es amar, el amor que se nos concede, nos naturaliza con él: amaremos por naturaleza. En otras palabras: todos nuestros actos han de ser expresión de nuestra filiación de Dios y de nuestra fraternidad con los hermanos, nacidos todos del amor. Por eso el que ama muestra dónde está -en Dios- y qué es: hijo de Dios y hermano de todos. En Jesús se ha mostrado Dios amor, que ama y cómo ama. El amor que profesamos y cómo lo profe­samos mostrará si estamos en Jesús y, por tanto, en Dios. Amemos a los hermanos: quien no ama no conoce a Dios.

2.4. Del santo Evangelio según san Juan: 15, 9-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mí alegría esté en ustedes y su alegría sea plena. Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quién los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”

La exhortación se expresa con las palabras mismas que explicitan la imagen y se centra en el verbo “permanecer”; los discípulos están llamados a permanecer en Jesús así como lo hacen los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto. El tema de dar fruto, pero también el tema de pedir y obtener que vamos a encontrar en los versículos que comentamos, ha sido anticipado aquí, ofreciéndonos un ejemplo del estilo de Juan, que retoma los temas profundizándolos.

 

Ciertamente en el verso n. 9 en el tono del discurso se percibe un cambio: no hay imágenes, sino la referencia directa a una relación: “Como el Padre me amó, yo también os he amado”. Jesús se pone en medio de un recorrido descendiente que va de Dios a los hombres. El verbo “amar” lo habíamos encontrado ya en el capítulo 14 al hablar de la observancia de los mandamientos; y ahora despunta de nuevo para llevar a una nueva síntesis en nuestro relato allí donde los “mandamientos” dejan paso al “mandamiento” que es el de Jesús: “Esto es lo que os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). La relación de reciprocidad se retoma inmediatamente tras un imperativo: “Permaneced en mi amor”; se pasa del verbo “amar” al sustantivo “amor” para indicar que la acción procedente del Padre y que pasa por el Hijo a los hombres ha creado y crea un nuevo estado de cosas, una posibilidad que era impensable hasta ese momento.

 

Y en el verso 10 la reciprocidad se realiza en sentido contrario: la observancia de los mandamientos de Jesús es para los discípulos la manera de responder a su amor, en analogía y en continuidad real con la actitud del Hijo que ha observado los mandamientos del Padre y por esto él también permanece en su amor. Entonces, la perspectiva es muy distinta de aquel legalismo que había monopolizado los conceptos de “ley” y “mandamientos”: Jesús vuelve a colocar todo en su perspectiva más verdadera: una respuesta de amor al amor recibido, el anuncio de la posibilidad de estabilidad en la presencia de Dios.

 

También la frase en el v. 11 se convierte en una salida ulterior de la perspectiva legalista: el fin es el gozo, un gozo, eso sí, de relación; el gozo de Jesús en sus discípulos, su gozo presente en plenitud.

 

En el v. 12, como ya se ha dicho, el discurso se hace más apremiante: Jesús afirma que sus mandamientos se reducen a uno sólo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”; notamos como la línea relacional sea la misma, siempre en clave de respuesta: los discípulos se amarán como Jesús los ha amado. Pero lo que sigue restablece en términos absolutos el primado del don de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida para los amigos” (v. 13). Es ésta la obra insuperable de su amor, una acción que levanta a su nivel más alto el grado de implicación: el don de la vida. De aquí una importante digresión sobre este nuevo nombre dado a los discípulos: “amigos”; un término que se ve ulteriormente circunstanciado en contraposición con otra categoría, la de los “siervos”; la diferencia está en la falta de conocimiento del siervo respecto de los proyectos de su señor: el siervo es llamado a ejecutar y basta. El discurso de Jesús sigue su lógica: justamente porque ha amado a sus discípulos y está a punto de dar la vida por ellos, él les ha revelado el proyecto suyo y de su Padre, lo ha hecho mediante signos y obras, lo hará en su obra más grande, su muerte en la cruz. Una vez más Jesús señala su íntima relación con el Padre: “Os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (v. 15). Y sin embargo, en el corazón de la afirmación de Jesús sobre los discípulos como amigos no se olvida lo que se ha expresado antes: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (v. 14).

 

Los últimos versículos de nuestro texto vuelven a lanzar la imagen de la vid, con además lo que ha sido afirmado: es Jesús que ha elegido a sus discípulos, no el contrario, la iniciativa sale de él. Sin embargo la imagen se ha dinamizado un poco: al contrario de una vid plantada en tierra, los discípulos están llamados para que vayan y para que en este ir den fruto; el fruto está destinado a permanecer (mismo verbo usado para invitar a permanecer en el amor de Jesús), otra calificación de estabilidad que vuelve a dar equilibrio al dinamismo.

 

Su identidad de discípulos se fundamenta en la elección hecha por Jesús y presenta un camino que recorrer, un fruto que dar. Entre el pasado de la llamada, el presente de la escucha y el futuro de la fructificación, el cuadro del discípulo parece completo. Sin embargo, hay que arrojar luz sobre Alguien, hay todavía una actitud que proponer. “Dar fruto” puede llevar a los discípulos a un actuar unilateral; la partícula “para que” enlaza el fruto con lo que sigue: pedir y recibir, experimentar la indigencia y el don dado con abundancia (“todo lo que pediréis”) y gratuitamente. Aquel Alguien que Jesús revela es el Padre, fuente del amor y de la misión del Hijo, el Padre al cual es posible dirigirse en nombre del Hijo ya que hemos permanecido en su amor. Y la conclusión se plantea de manera solemne y lapidaria: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.

 

Oración final

Señor Jesucristo, te damos gracias por el amor con que has instruido y sigue instruyendo a tus discípulos. Alabado seas, Señor, vencedor del pecado y de la muerte, porque te has entregado totalmente, implicando también tu infinita relación con el Padre en el Espíritu. Tú nos has puesto esta relación delante y nosotros corremos el riesgo de no comprenderla, de achatarla, de olvidarla. Nos has hablado de ella para que comprendiéramos ese gran amor que nos ha engendrado. Haz, Señor, que permanezcamos en ti como los sarmientos a la vid que los sostiene y los alimenta y que por ello dan fruto. Danos, Señor, una mirada de fe y de esperanza que sepa pasar de las palabras, de los deseos a lo concreto de las obras, a tu imagen, Tú que nos amaste hasta el fin, dándonos tu vida para que tuviéramos vida en ti. Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor.

La Iglesia sabe muy bien que nada hay digno de ser presentado ante el divino acatamiento, como ofrenda que esté a la altura de su grandeza y santidad.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que, en Cristo resucitado, nos has hecho renacer a la vida eterna, haz que este misterio pascual en el que acabamos de participar por medio de la Eucaristía, dé en nosotros abundantes frutos de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Dios hecho hombre es Jesús de Nazaret, el enviado del Padre presencia viva de Dios, es él el sacramento del Padre entre nosotros. Ahora nosotros somos el sacramento de Jesucristo presencia de Dios en el mundo, por ello pedimos que seamos en el mundo signos de Dios y, con la vitalidad que nos da el estar unido como los sarmientos a la vid, podamos dar los frutos que el Señor quiere.

 

Domingo 5 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (ciclo B)

 

Un cristiano es el que ha experimentado a Cristo. Esto no quiere decir que todo cristiano tenga que ver a Cristo. No le han visto y creen en él, es una bienaventuranza. No lo hemos visto, pero lo hemos experimentado. Desde la experiencia a la fe, desde la fe a la experiencia. Nada mejor nos puede suceder. Que es creer en Cristo desde la experiencia, es empezar a ver, a vivir, a ser como Cristo. San Agustín con su expresividad acostumbrada nos lo dice, no somos cristianos, somos Cristo.  Las lecturas de hoy nos invita a encontrarnos una vez más con Cristo, a renovar nuestra fe en Cristo, a vivir el amor de Cristo y a intensificar nuestra unión con Cristo.

1.      Oración:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Amén.

 

2.      Lectura y comentario de los textos:

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 9,26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles. Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.

Aparece en la primitiva comunidad un personaje de cualidades e impor­tancia excepcionales: Pablo de Tarso, gran predicador de Cristo y Apóstol de las gentes. Pablo da «testimonio de Cristo resucitado», predicando públicamente el nombre del Señor. Él lo ha visto glorioso en su camino a Damasco. Su vida ha dado un cambio de rumbo. Iba perseguidor, vuelve ferviente y entregado propagador de su mensaje y de su persona. Se ha verificado una «conversión» completa.

El celo que lo anima es extraordinario. Hasta tal punto, que los hermanos temen por su vida. Pablo predica pública­mente a Cristo en Damasco y en Jerusalén, en lengua griega y en lengua aramea, a ilustrados y a sencillos. Es un siervo del Señor que no desperdicia ocasión para manifestar su convicción y dar testimonio de Cristo resucitado. La actitud de Pablo, convertido al margen de los Doce, es un testimonio ex­traordinario, que motiva la admiración y la estupefacción de los racionalis­tas.

 

Los hermanos lo recuerdan perseguidor. El recuerdo no se borra fácilmente.; du­rará por un tiempo, bien es verdad que no entre los más notables. Así se purificará más. Su testimonio será más sincero.

La Iglesia se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. El incremento lo da el Señor, dirá después Pablo. Los apóstoles lanzan la semilla. El Espí­ritu se encarga de que fructifique. Así es la Iglesia, vivo testimonio, animada por el Espíritu.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32 (J_26a)

El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor.

«Todo lo hizo el Se­ñor», es una alusión a la gran maravilla realizada por Dios en la resurrec­ción de Cristo. Cristo resucitado da testimonio de su poder y de su gloria. La «asamblea», la Iglesia, reconoce el testimonio y lo trasmite de generación en generación hasta la consumación de los siglos. Ahí con Cristo que da gracias a Dios, estamos todo nosotros. ¿No es el sacrificio de la misa un recuerdo de esta maravilla, una presen­cia del Señor en la asamblea, y una contínua acción de gracias, una perpe­tua «eucaristía»?

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Refiere san Jerónimo que san Juan, aun en la más avanzada edad, no de­jaba de repetir ante la asamblea cristiana la misma amonestación: «Amaos los unos a los otros». Cansados los discípulos de escuchar siempre la misma exhortación, le preguntaron el porqué de tanta insistencia en aquel precepto. La respuesta, digna del apóstol, subraya San Jerónimo, fue la siguiente: «porque es un precepto del Señor, y si se cumple, todo está cumplido; mas si falta, todo falta». Es la mejor introducción a este pasaje.

Este parece ser el orden de las ideas. El amor de Dios a los hombres se ha manifestado en la muerte de Cristo en nuestro favor (v. 16-17). «…dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar la vida por los hermanos». La caridad fraterna nace del amor de dios a los hombres; y Cristo es el modelo que debe regir vuestras relaciones cristianas. Por eso nuestro amor debe ser obra y en verdad. Es decir, obrado y nacido de la verdad revelada que está en no­sotros, correspondiente a la fe en Cristo, a la aceptación de su mensaje, y por consiguiente, a la caridad que habita en nosotros. La fe y las obras de­ben estar en armonía. Se trata de una fe viva en la práctica de la caridad y de una caridad fundada y nacida en la aceptación de Cristo, que habita en nosotros por la fe.

 

La práctica del amor fraterno, mostrado en obras, basado en la verdad, será la señal de que nuestro amor es auténtico, digno de la fe que hemos concebido. Una conducta semejante nos tranquilizará ante la conciencia (ante Dios en resumidas cuentas). Aunque nuestra conciencia nos acuse de otro tipo de faltas, podemos estar tranquilos. Dios, misericordioso, conoce la auténtica caridad que tenemos; si la practicamos según lo dicho, tendrá piedad de no­sotros. La caridad cubre la multitud de los pecados. (1 Pe 4,8) Si nuestro amor nace de la verdad, también nuestra oración será escu­chada. La atención de Dios a las oraciones de los hombres está en estrecha relación con la unión que estos guardan con él. Unidos a El por la caridad verdadera y por el cumplimiento de los preceptos, vividos en fe, Dios escu­chará nuestras oraciones.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

La alegoría de la vid. Pasaje denso y profundo, sumamente teológico. Nos encontramos en el contexto de la Cena. Más exactamente hablando, el pasaje forma parte del discurso -segundo- de Cristo a los suyos, momentos antes de ser entregado. Son momentos de efusión y de comunicaciones ínti­mas. Temas: la unión, el amor.

 

Los discípulos deben permanecer unidos a Cristo, si no quieren perderse como tales y como hombres- «echados al fuego». La unión con Cristo garan­tiza el «éxito» en el plan de Dios. Unidos a Cristo, quedamos por lo mismo unidos a los hermanos-miembros de una misma planta por la que corre la misma savia; de este modo también se asegura el fruto -actividad del Espí­ritu Santo.

 

En unión con Cristo, el éxito en la oración al Padre está asegurado. Natu­ralmente la oración no puede ser otra que la que va dirigida al cumplimiento de la voluntad de Dios, que, a su vez, no intenta otra cosa que manifestar su gloria-comunicarla- a los hombres. Los apóstoles cumplirán perfectamente su misión de anunciadores, de reveladores, de santificadores en unión con Cristo. Unidos a él la actividad del Espíritu será amplia y poderosa; se lle­narán de la gloria de Dios. Si pensamos todavía en los frutos, el primero, sin duda alguna, el del amor en toda su extensión, que va de Cristo a los sar­mientos. Esa es la vida de Dios; no otra la vida de cristianismo. Sin em­bargo, los sarmientos necesitan de una poda. La imagen es sugestiva. Hay que eliminar lo superfluo, lo inútil, para dar paso a la fuerza de la savia que irrumpe de la vid, a la fuerza del Espíritu que viene de Cristo. Es un cuidado de la vid, no un castigo. La poda es necesaria. Así es la disciplina divina. Vale para todo cristiano.

Los autores ven en la alegoría de la vida una alusión a la Eucaristía. Efectivamente, los sinópticos traen un texto, dentro del contexto de la Cena, altamente sugestivo: «En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día que lo beba de nuevo en el Reino de Dios». La Didajé: «Te damos gracias Padre nuestro, por la vida santa de David tu siervo, que nos revelaste por David tu siervo». Estas palabras en las preces eucarísticas. Recuérdese el vino superior y abundante de las bodas de Caná. No está, pues, demás, una alusión a la Eucaristía.

 

La imagen de la Vid nos recuerda también múltiples pasajes del Antiguo Testamento. Baste el salmo 80,9-16. El Pueblo de Dios es comparado a una vid frondosa. San Pablo lo compara a un olivo. Entonces la idea es clara. El pueblo nuevo -el Pueblo de Dios- no es otro que aquel formado en Cristo. No hay pueblo, no hay fiel fuera de la unión con Cristo. La Vid auténtica, la que el Padre cuida, la que el Padre reconoce como propia, es la que tiene por tronco y principio a Dios. La salvación viene por El. La purificación nos llega a través de su Palabra, a través de sus Revelación. Ella nos libera y nos santifica mediante la aceptación por nuestra parte, en fe y amor, de Cristo como Hijo del Padre y salvador único. Quien se aparta de El está condenado a la ruina. El mismo se pierde. El nuevo pueblo es Cristo entero que se ex­pande y lleva su fruto a todas partes. El sarmiento llegará a su fin si per­manece unido a la Vid. De esta forma fructificará.

 

Reflexionemos

 

La antífona de entrada nos recuerda la Resurrección de Cristo, centro y fuente del Cristianismo, como doctrina y como vida. Las oraciones nos men­cionan, como corporación, los dones recibidos: «nos has redimido», «nos has hecho hijos», «partícipes de la divinidad», «nos has iniciado en los misterios del reino», y nos lanzan a una petición sincera:«libertad verdadera y herencia eterna», viviendo según la vocación que tenemos, alejados del pecado y co­menzando aquí ya la vida eterna. Unión con Dios, pues somos hijos, amor fraterno, pues somos hermanos. La imagen de la Vid lo recalca

 

A) Cristo es la Vid. La verdadera, la auténtica. Sin él nada. Las expre­siones del Evangelio son tajantes. En el Prólogo aparece el Verbo centro de la creación.«Todo fue hecho por él, y nada de lo que fue hecho fue hecho fuera de él». Función cosmológica. Todo depende de él en la misma existencia. Los signos cristológicos de Fili­penses y Colosenses revela la misma verdad. En estrecha relación con el papel cosmológico está la función soterioló­gica. La salvación nos viene de él. Todo con él, nada sin él. Dios nos da la salvación sólo y dentro de Cristo. Cristo es la fuente y el centro. El hombre recibe, sólo unido a él, la filiación divina. Cristo es el Hijo .Unidos a él llegamos a ser hijos. Sin él el fracaso. Llamado el hombre a una herencia eterna, no la conseguirá sino unido a Cristo glorioso, dador de la gloria eterna. Se nos exige naturalmente la permanencia en él. El hombre, pues, no conseguirá el fin en cuanto hijo de Dios -don recibido- ni en cuanto hombre -creatura de Dios- si nos separamos de él. Vendrá sobre nosotros la perdición. Así el sarmiento que muere. Lo mismo el Apóstol, como el simple fiel, fracasan como tales en su vocación de herederos de la vida eterna y como hombre, separados de él.

 

La iglesia es la unión de los que creen y viven en Cristo. No es la iglesia un movimiento sociológico, filosófico, humano. La Iglesia tiene como cabeza a Cristo con el que mantienen los fieles una unión mística, vital y divina. No son nuestras obras las que nos salvan, sino nuestra vida unida a Cristo. La vida desciende de arriba, de Dios mediante Cristo, se agita en nosotros, fructifica en nosotros en tanto nos mantengamos unidos a él. No es obra nuestra, es obra de Dios en nosotros y con nosotros.

B) Cooperación humana No basta ser llamados. Es menester vivir la vo­cación. Fe en Cristo, amor a los hermanos, dentro del amor a Dios en él. Esta es la vocación del cristiano. La unión con Cristo nos hará vivir la voca­ción -cumplir- y el cumplimiento de los preceptos nos mantendrá unidos a él. La unión con él garantiza la unión con los demás, así como el amor a los hermanos demuestra la unión con él. De ello nos habla la segunda lectura: amarnos como él nos amó. No podremos hacerlo sino unidos a él; y cuanto más nos amamos, más nos unimos a él. Quien quiera construir una vida propia al margen de esta verdad, está seco; su destino es desastroso. Ahí está el ejemplo del sarmiento seco. Quien no ama al hermano se aparta de Cristo y muere.

 

C) Garantía de «éxito». Hay que entenderlo bien. El éxito consiste principalmente en realizar en nosotros, y también en el mundo entero, el plan de Dios de salvación. De esta forma llegaremos a la salvación eterna. Así se hará presente el reino de Dios, cuyos misterios es­tamos ya ahora participando (oración). No se trata de otro éxito. El «éxito» es que viva en nosotros Cristo, según la voluntad del Padre. No quiere decir esto que nuestras obras van a palpar ya ante los hombres el fruto de los trabajos. Sería engañoso. El «éxito» es cumplir la voluntad de Dios sea cual sea, ya cruz, ya gloria, ya en silencio, ya en esplendor. La primera lectura nos ofrece un ejemplo. Pablo, apóstol de Cristo, entregado totalmente al ser­vicio divino, anhelando tan solo vivir en sí la vida de Cristo. Así también la Iglesia, movida por el Espíritu.

 

D) La Poda. El tema es sugestivo. Dios no mata; es el Dios de la vida. Dios cura, vivifica, vigoriza, enriquece, perfecciona. Hay que contar con la acción purificadora de Dios. Puede ser dolorosa, pero en todo caso saludable. Es condición indispensable, dad nuestra condición actual. Como advertencia saludable no olvidemos el sentido de «desecho» que puede encerar el término poda.

 

E) Petición. El tema de la petición es también interesante. Conocemos el precepto del Señor: «Permaneced en mí». Poseemos los dones. Debemos res­ponder a ellos. Hay que vivir el don recibido. Hay que pedirlo también. Se nos concederá a medida de la unión con él, y mayor la unión cuanto más la pidamos y la vivamos. El deseo se convierte en oración y la oración en vida.

 

F) Eucaristía. Buen momento para recordar el «Permaneced en mí». «Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida en mí y yo en él», dice Cristo. La virtud del sacramento nos une a él y nos hace una misma cosa con él. En ella su fortaleza, en ella su amor, en ella su gracia; en ella la co­munión fraterna. El don del Espíritu se nos comunica en ella. La imagen de la Vid nos recuerda a la Iglesia entera que se mueve en torno a Cristo, pre­sente en la Eucaristía. Allí el vino de la vida; de allí la fuerza de expansión de los sarmientos; de allí la valentía de Pablo y la virtud entera de la Igle­sia. La eucaristía ha de ser vivida con entereza y amplitud: nuestro pensa­miento, nuestra voluntad, toda nuestra persona; en el momento cultual y en la vida entera: fe y amor a Dios en Cristo; amor profundo al hermano. La eucaristía lo expresa y realiza; lo expresamos y lo realizamos.

3.      Oración final:

 

Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya, que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Domingo 4 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DE PASCUA ciclo B

Cada año en el cuarto domingo de Pascua leemos un fragmento del capítulo 10 de san Juan, que muestra la misión de Jesús a través de diversas imágenes referidas al tema de las ovejas y el pastoreo. En este ciclo B leemos la parte central de este capítulo que nos presenta a Jesucristo  como buen pastor y destaca sus principales características, las cuales no son estrictamente las que podríamos deducir si nos imaginamos lo que es un pastor. Nótese también que en este domingo del buen pastor se nos invita a pensar y a orar por las vocaciones: un tema eclesial que vale la pena tener presente.

En el evangelio de hoy Jesús se presenta como el Buen Pastor, como que da su vida por sus ovejas. En cuanto piedra rechazada por los constructores, se ha convertido en piedra angular de la Iglesia que reúne en sí a todos los que caminan con el gozo de reconocerse hijos de Dios.

1.      Oración:

«Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,8-12

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: -«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante ustedes. Jesús es la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Podemos notar, en primer lugar, la valiente decisión de Pedro. ¿Se trata del mismo Pedro que aseguraba, en la noche del prendimiento de Jesús, no conocer a «ese hom­bre»? Verdaderamente sorprende el cambio. Se trata, sin duda alguna, de la misma persona, pero profundamente transformada. Pedro está ahora «lleno del Espíritu Santo». Basta comparar las dos posturas, la pasada y la pre­sente, para percatarse del cambio operado. No es una mujerzuela la que ahora, de pasada, sin mayor interés, le pregunta. Es el supremo Tribunal del judaísmo, que puede condenar y expulsar de la sinagoga. La respuesta de Pedro es clara y radical, sin concesiones ni pretextos. Así obra el Espíritu. ¡Quién lo tuviera!

 

Magnífica respuesta la de Pedro. Pedro no se limita a responder y a dar cuenta de su fe. Va más allá. Les interpela valientemente: el milagro que tanto ha conmovido a la muchedumbre es obra del «Cristo a quien ustedes crucificaron»; ese «Jesús es la piedra que ustedes desecharon». En efecto, los maestros de Israel y sus dirigentes han cometido un grave error: han dado muerte al Autor de la vida. Han desechado la Piedra angular. Pedro confiesa e interpela al mismo tiempo. En la interpelación, una llamada a la conversión.

Cristo ha sido devuelto por Dios a la vida, exaltado. Su Nombre es pode­roso. Como proclama Pablo, Cristo ha heredado un «nombre sobre todo nom­bre». Ha sido colocado cobre toda criatura. Ha adquirido una posición que lo eleva por encima de los hombres y los constituye, a la derecha del Altísimo, causa de salvación. Cristo es la Piedra Angular del Edificio que Dios ha de­terminado levantar. Para integrarse en este Edificio es menester adosarse a esta Piedra de Dios. Quien choca contra esta Piedra, se estrella sin remedio. En ella la vida y la muerte, en ella la salvación y la condenación. Fuera de él nadie se salva. Los edificantes la han desechado: se han desechado así mis­mos. Atrevida respuesta la de Pedro. Tras él la voz del Espíritu Santo. Así de clara y firme la respuesta del cristiano a las pretensiones del mundo. De­cisión, claridad, valentía. Y en la claridad y valentía, la decisión de «curar» en Nombre del Señor. El cristianismo es un grito a la penitencia.

 

2.2.Salmo reponsorial: Sal 117.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes. 

Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación.  La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor. Tu eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

El salmo goza desde antiguo de un manifiesto sabor mesiánico: Mt 21,42; Hch 2,33; 1 Pe 2,4-7. Las estrofas avanzan en acción de gracias -comienzo y fin- y el es­tribillo proclama el «acontecimiento».

La piedra. La piedra angular. No hay más que una, como uno es el edifi­cio. El Edificio de Dios descansa sobre la Piedra Angular «elegida» por él mismo. Todo descansa en Cristo. Han errado los arquitectos. Los jefes de Is­rael han elegido mal. Desecharon al Justo y aclamaron al malhechor. Pero Dios ha intervenido, Dios ha actuado: Dios ha resucitado a su Hijo de entre los muertos. Ha sido un milagro patente. Y patente y milagro permanece hasta la consumación de los siglos. Cristo Salvador supremo. Es el refugio seguro que nos ha deparado Dios. Es una magnífica obra de misericordia. Alabemos, demos gracias. Recurramos a él. Es el único que ofrece confianza y seguridad. Dios está con él.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-2

Queridos hermanos: Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

El amor de Dios es creativo. La palabra de Dios es eficaz por naturaleza. Eco de su voz son las cosas: la luz, los cielos, el agua, la tierra, los peces, los animales terrestres, el hombre, todo. Todo lo hizo Dios por amor. Esa misma voz, la voz que declaró a Jesús Hijo de un modo inefable en el bautismo, y lo llamó de entre los muertos, esa misma voz nos ha llamado a nosotros hijos. No es una ficción jurídica. Es una realidad inefable. Realmente somos hijos de Dios. Jesús nos mandó llamar a Dios en verdad, movidos por el Espíritu, «Padre nuestro». Dios es nuestro Padre y nosotros, hermanos unos de otros. Aquí también la causa de todo es el amor que Dios nos tiene. ¡Nos ha hecho hijos suyos! Es ciertamente un misterio. Pero no por eso deja de ser una rea­lidad. Ese es el don que nos trae Cristo. El, Hijo; nosotros, hijos. El mundo no puede comprenderlo, ya que no posee el Espíritu de filiación. Se mofará de nosotros, nos tachará de embusteros, de blasfemos quizás, nos perseguirá y nos hará la vida imposible. Pero nosotros lo vivimos en fe y en amor.

Este precioso don, que nos eleva a la dignidad de «hijos de Dios», es, al mismo tiempo, bajo un aspecto, objeto de esperanza. Somos realmente hijos; pero queda por revelarse lo que esto significa. «¡Seremos semejantes a él!». ¿A Cristo Glorificado? ¿A Dios mismo? Los autores no están de acuerdo en la interpretación. En el fondo la verdad es una. Cuando aparezca -ya sea Cristo, ya sea «lo que seremos»- nuestra semejanza con Dios, pues somos hi­jos, se realizará en Cristo. Cristo es la Imagen de Dios. En él recibimos noso­tros la filiación, la imagen, la salvación… de Dios. Cristo glorioso es la mani­festación de Dios mismo. Todo ello tendrá lugar al fin de los tiempos, cuando Cristo aparezca, cuando Cristo venga. Es una condición semejante a la de Cristo. Hijos como él, poseedores de la gloria como él. Envueltos de su gloria veremos a Cristo en Dios, a Dios en Cristo y a todos nosotros en él. «Veremos a Dios tal cual es». Además de una contemplación inefable de «cara a cara», se trata aquí de una «convivencia familiar con Dios». Partici­paremos de la «comunión» maravillosa que el Padre tiene con el Hijo. Sentido vital no meramente especulativo. Participaremos, como sujetos y objeto, de la vida trinitaria. Amaremos y nos sentiremos amados; veremos y nos ve­remos vistos… Lo que nos espera es grande. De aquí la alegría. Es para alabar a Dios y darle gracias. El don es mag­nífico. El término nos hará intensamente felices. Ello nos ayudará a sobrelle­var las molestias de la vida. Las penalidades de este mundo no se pueden comparar con el premio que Dios ha reservado a los que aman, asegura Pa­blo. Así de firme y así de grande es la fe cristiana. Somos hombres llamados a convivir en Dios con Dios. Hombres llenos siempre de optimismo. ¡Somos hijos de Dios! ¡Lo veremos tal cual es!

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús: – «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

«Yo soy el buen pastor». Jesús se ha presentado como la puerta única de y a las ovejas. Jesús se proclama también buen pastor. El único que puede llevar las ovejas a pastos abundantes. Como no hay otra Vida, ni otra Verdad, ni otro Camino, ni otra Luz que él, así tampoco existe otro Pastor que conduzca a la vida eterna. Muchos pastores han aparecido en el mundo. Son de muchos tipos. Todos los que han tratado y tratan de ofrecerle a la humanidad el señuelo de un término brillante y definitivo, son falsos. Sólo hay un Pastor, y ese es Jesús. El tiene palabras y hechos de vida eterna. Sus palabras revelan al Padre y sus hechos lo comunican. Jesús da la vida por las ovejas. Muere en favor de los hombres. Y su muerte nos acerca a Dios. No solamente es una donación de la vida como expresión de amor, sino que esa donación produce de verdad el efecto admirable de unirnos a Dios, de concedernos la Vida. Más aun, Jesús, muerto, ha resucitado. La Resu­rrección una vida para siempre, señala la vida de Jesús entregada por noso­tros como fuente de vida. En la vida de Jesús somos salvos. Por eso es el único Pastor. A Jesús le importan las ovejas. Tocamos, en el fondo, el miste­rio de la Encarnación del Verbo: se encarnó por nosotros pecadores. Obra de amor. El YO SOY apunta a su naturaleza divina.

 

«Conozco a las mías » Remontémonos un momento a la vida trinitaria. El Padre conoce al Hijo; el Hijo conoce al Padre. Por connaturalidad, por natu­raleza. Es natural a ellos el conocimiento recíproco, porque es natural y co­mún a ambos la participación de la naturaleza divina. Es tan íntima la unión de ambos que solo los distingue la propia persona. En esa comunica­ción tan inefable ha surgido, por amor, la comunicación a los hombres. El Padre que conoce al Hijo se alarga en el conocimiento del hijo, al conoci­miento de los fieles. Los fieles conocen a Jesús, y en Jesús al Padre. El Padre conoce a Jesús, y en Jesús a los fieles. El Padre se comunica en Jesús a los fieles. Los fieles alcanzan en Jesús la comunicación del Padre. Si el »conocimiento» que el Hijo tiene del Padre lo colocamos en la linea de la co­municación divina, y esta comunicación divina es su vida, no nos será difícil comprender que, al conocernos Jesús en el »conocimiento» que tiene del Pa­dre, nos comunique su vida: »doy mi vida por los ovejas». La donación de su vida natural-humana señala- es signo eficaz- la donación de su vida natural-divina. El que nosotros conozcamos a Jesús en el»conocimiento» que lo une con el Padre, revela en nosotros la acción de Dios a través de Jesús que nos eleva a las relaciones trinitarias.

 

»Por eso me ama el Padre…» No podía menos de aparecer el amor en este precioso mensaje, implícito en el concepto de »conocimiento. Las relaciones entre Padre e Hijo vienen a ser las mismas. Existe, con todo, una particula­ridad: que la relación amorosa del Hijo al Padre no se suele expresar con el término »amor» sino con el de »obediencia» la perspectiva parte del Verbo Encarnado del Hombre-Verbo. El Padre ama al mundo y entrega en expre­sión fecunda a su Hijos. El Hijo hace suyo el amor del Padre »entregándose» con toda libertad a la muerte. Amor con dos vertientes en una misma linea: amor del Verbo-hombre a Dios, amor del Verbo-hombre a los hombre. Amor de tal calibre no puede morir: Jesús tiene poder para entregar la vida y re­cuperarla. La obra de Jesús es una obre de amor. Nace del Padre y a través del Hijo llega al mundo; el mundo -los fieles- recibe el impacto en el Hijo y a través de él y en él se remonta al Padre.

 

»Tengo además otras ovejas…» Breve pero solemne alusión al universa­lismo. Jesús muere por todos. Todos están llamados a gozar de Dios. Jesús redentor universal como universal es el amor del Padre.

 

Reflexionemos

 

Las oraciones de este domingo apuntan, por un lado, al gozo pascual, que debe continuar hasta la consumación de los tiempos. Por otro lado, se habla del «rebaño de Cristo: … Que tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Según esto, partiendo de Cristo Pastor, Piedra Angular, conviene hacer referencia a su puesto, siempre presente es verdad, pero no siempre en primer plano, de Cabeza de la Iglesia.

 

A) Cristo Resucitado, causa de la salvación para todos, reúne en torno a sí a los hombres (Iglesia).

Cristo Buen Pastor, Cristo Piedra Angular. Tanto el evangelio como los Hechos recuerdan, uno como anuncio, otro como acontecimiento, la resurrec­ción del Señor. Uno y otro se detiene en la consideración de la muerte como expresión de amor inefable a los hombres y de obediencia absoluta a Dios. El Buen Pastor da la vida por las ovejas y da la vida a las ovejas. Esto a tra­vés de aquello. Pastor poderoso y magnífico. Muerte libre en expresión de amor. Los Hechos se detienen en considerar los efectos de la maravillosa exaltación de Jesús: «No se nos ha dado otro nombre que pueda salvar­nos». Tanto el Buen Pastor como la Piedra Angular señalan la existencia en su «poder» de un «cuerpo»: de un rebaño y de un edificio. Rebaño de Dios y Edificio de Dios. Si de Dios, Rebaño y edificio de contextura divina: vida di­vina. La carta de Juan lo comenta con regodeo: ¡Somos Hijos! Ella y el evangelio se detienen en recordar de una forma u otra nuestra incorporación a la vida trinitaria. Amor, conocimiento, semejanza con él…

 

B) La Iglesia. Se presenta como rebaño y como edificio. Como rebaño, grupo de fieles que siguen de cerca al Pastor; que lo «conocen»; que lo aman; que lo imitan. Como rebaño cabe y debe preguntarse hasta qué punto la Iglesia -todos nosotros- nos esmeramos por conocerlo, amarlo y seguirlo. Co­nocer, amar y seguir es una misma cosa. Como edificio, conviene examinar nuestra actitud respecto a él. ¿Estamos edificados en Cristo?

Dentro de este tema cabe pensar en los «pastores». Pensemos en Jesús y de reojo en los asalariados. ¿Dónde nos encontramos? Admiremos a Pedro, valiente y fervoroso seguidor de Jesús. Es un ejemplo para los pastores y para todo cristiano.

También aquí cabe el tema de la alegría. La Iglesia alegre y gozosa y en la resurrección del Señor. El salmo nos invita a cantar y a dar gracias. Como hijos en espera de la revelación perfecta. La Iglesia que espera y ca­mina en el Espíritu. Pidamos con la Iglesia la consecución del fin. Cristo nos lleva. Conviene señalar y subrayar el objeto de la esperanza cristiana (segunda lectura). Cristo resucitado es la garantía y causa.

 

C) Eucaristía. En ella aparece Cristo dando la vida por las ovejas. «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Recordamos su muerte y participamos de su resurrección. En ella Cristo nos comunica sus dones: conocimiento, amor, vida. En ella palpamos a Dios Padre: nos en­trega a su hijo, y nosotros lo aceptamos en la fe y en el amor (Padre nues­tro). En ella nos sentimos hijos suyos y hermanos unos de otros: rebaño y edificio de Dios. En ella, Sagrado Convite, recibimos la prenda de la vida eterna: aumenta nuestro deseo y se fortalece nuestra esperanza.

3.      Oración final:

 

«Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino».

Domingo 3 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO TERCERO DE PASCUA (ciclo B)

La escena que presenta hoy san Lucas tiene muchos puntos de contacto con la que el pasado domingo nos ofrecía san Juan: en el marco de una reunión fraternal de los discípulos, Jesús se manifiesta vivo, les convence de la realidad de su resurrección, y les confía la misión de anunciar la buena noticia a todos los pueblos. Lucas hace hincapié en el realismo de la presencia de Cristo, e insiste en dos puntos -Jesús come delante de ellos, Jesús les ilumina el sentido de las Escrituras- que nos pueden ayudar a comprender el paralelismo de esta escena evangélica con lo que hacemos los cristianos cada domingo en la celebración eucarística.

  1. 1.      Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Amén.

Como pueblo debemos exultar siempre, porque Jesucristo Resucitado no es solamente eso, sino que, además, es resucitador: nos ha resucitado y rejuvenecido la vida. El cristiano que celebra la pascua no puede hacer otra cosa que alegrarse siempre y ser comunicador de esa alegría.

  1. 2.      Textos y reflexión:

2.1.Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 12-15. 17-19

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: –Israelitas, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

Se trata del discurso que Pedro dirige al pueblo de Jerusalén, estupefacto ante la curación del tullido de la Puerta Hermosa. Las palabras de Pedro nos ofrecen el esquema del kerigma primitivo. El milagro, aparte del beneficio que reporta al individuo agraciado, tiene un valor de signo. Allí donde se realiza el milagro, allí se reúne la multitud. El milagro delata la presencia de Dios; llama, por eso, la atención de los que lo contemplan. Los apóstoles deben aprovechar la oportunidad que se les pre­senta para interpretar la maravilla, para explicar el milagro. Sin duda al­guna tiene un sentido; hay que explicarlo. El Nombre de Cristo es poderoso. Las maravillas surgen a su paso. Dios ha exaltado a Jesús.

 

He aquí el esquema:

Dios -el Dios que se manifestó a los patriarcas los condujo durante toda su vida, y a quienes hizo solemnes promesas- ha vuelto a realizar signos y maravillas estupendas. Esta vez en Jesús de Nazaret. Jesús es el siervo por excelencia. Siervos fueron los patriarcas, siervos los profetas. El gran Siervo, de quien ya hablara Isaías (cap. 53) es Jesús de Nazaret. El es el Santo; en él habita la divinidad. El es el Justo. Todas las figuras del Antiguo Testamento se quedan pequeñas junto a él. Él es quien cargó con nuestras faltas y pecados. El gran profeta que anunció a Dios de modo definitivo.

 

El es el Mesías, el gran Rey, el gran Señor. Debía padecer. Con sus sufrimientos debían ser curadas todas nuestras llagas y perdonados nuestros pecados. A ese Dios lo ha resucitado. He aquí la gran señal. Lo ha constituido Señor de todo. Por eso en su nombre ha sido curado este tullido que pedía la limosna. Por eso se perdonan los pecados en su nombre. El es el Autor de la vida.

 

Somos pecadores. Es parte del Kerigma. Debemos reconocer a Cristo como Mesías. Debemos reconocer que la salud nos viene de él, no de noso­tros, Por eso la conversión. Cambio de dirección. Arrepentimiento. Los genti­les deben abandonar el culto a los ídolos; los judíos deben reconocer a Jesús como Mesías.

Es curioso notar cómo sin dejar de ser culpables, aunque ignorantes, lle­varon a cabo la disposición de Dios, que Cristo padeciera. Este es el testimonio que deben proclamar los apóstoles. La Resurrección de Cristo compromete a todo hombre. Nos obliga a una conversión y a un arrepentimiento, a comenzar una nueva vida.

 

2.2.Salmo responsorial:

«Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro». Es una petición de tipo general, fundada en la experiencia pasada. La confianza es firme. De Dios la luz, el resplandor, la tranquilidad, la dicha, el favor. En el fondo la maravilla de Cristo resucitado. Ello nos da tranquilidad y sosiego. Haz bri­llar tu rostro sobre nosotros, Señor.

Sal. 4,2. 4. 7. 9 R: Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío,
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mi y escucha mi oración.

Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros ?

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

2.3.Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 1-5a

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él.

De nuevo aparece el título de justo aplicado a Cristo. Este apelativo evoca inmediatamente al justo perseguido -frecuente en los salmos de súplica y en los libros sapienciales-, al justo que muere, al siervo que da la vida por los demás, al justo, en último término, que justifica. Víctima de propiciación por todos los pecados y pecadores, aboga eficazmente por nosotros.

El cristiano no se halla inmune de todo mal, por el mero hecho de haber abrazado la fe. Su vocación lo debe mantener, ciertamente, alejado de todo pecado. Pero en realidad no siempre sucede así. También el cristiano peca, por desgracia. No desespere. Conviértase; vuelva a comenzar. El perdón nos viene de Cristo. Cristo aboga por nosotros.

La conversión dura toda la vida. La vida cristiana abarca: la aceptación plena de la persona de Cristo, como Señor y Mesías, y el seguimiento o cum­plimiento de los preceptos. A esta actitud se le llama conversión. Debe durar toda la vida. Conviene examinar nuestra conducta y ver si nuestra actitud se refiere tan sólo a la fe, especulativamente considerada, y no al segui­miento de sus preceptos. Quien no le sigue, no le conoce. Ese todavía no se ha convertido plenamente.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo  reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: –Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: –¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: –¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: –Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mi, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: –Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por  Jerusalén.

Los discípulos han sido testigos de la muerte de Cristo. Lo han visto mo­rir y lo han visto sepultar. De ello están seguros todos, desde Pedro que lo negó hasta las piadosas mujeres. Precisamente ellas fueron aquella mañana del domingo a embalsamarlo. No hay duda de ello; el Señor ha muerto. El habló, en vida, de resurrección. Sin embargo, ésta no parece creíble. Puede que ni piensen en ello. Los discípulos, unidos en el amor del maestro, se en­cuentran solos, separados de él. Cristo ha muerto. Esta es la situación.

La mañana del domingo está llena de sobresaltos. Han ocurrido cosas inauditas. Las mujeres que fueron al se­pulcro, lo encontraron vacío. Allí no estaba el cuerpo del Señor. Cunde la alarma. Sigue la aparición del Señor a las mujeres. Los discípulos no creen. No son testimonio suficiente ni la confesión de las mujeres ni las palabras del Maestro, antes de morir. Así piensan también los discípulos que se dirigen a Emaús. Pero en el camino, aquel transeunte que se les une les reprende y acaban por ver en él a Cristo resucitado, precisamente en la fracción del pan. También a Pedro se le ha manifestado. Con todo, hay quien rehúsa creerlo. Es demasiado extraño para creerlo. Por úl­timo, todos son testigos de la resurrección.

Cristo se manifiesta a los suyos. Las pruebas se multiplican. El hecho se impone. Allí su figura, sus cicatrices, su voz conocida, su semblante; su participación en la comida, el recuerdo de sus palabras antes de morir, la Escritura… Todo da testimonio del hecho. La duda, la incredulidad no pueden resistir más. La realidad se impone. Los discípulos están plenamente convencidos de ella.

Sobresalen los siguientes elementos:

a) Paz a vosotros. Un saludo. Un don. Cristo trae la paz.

b) Cristo vive. Está con los suyos. Ya no estarán jamás huérfanos. Per­manecerá con ellos para siempre. De aquí el gozo y la seguridad.

c) La Escritura lo anunciaba. ¿Dónde? En su conjunto. Estaba implícita­mente en las promesas antiguas. De hecho era necesaria una inteligencia más profunda de las escrituras. Los Apóstoles la poseen ahora. La Escritura fue escrita por hombres movidos por Dios. Ahí los Apóstoles, nuevos profe­tas; ahí la Iglesia, donde Cristo el Señor vive, donde el Espíritu Santo da testimonio de verdad.

d) Los últimos versículos nos dan un compendio del kerigma primitivo. Así lo anunciaron los Apóstoles; así lo anuncia la Iglesia. Cristo ha sido consti­tuido Señor. Cristo vive; en Cristo está la salvación. Conversión aceptación completa de su persona perdón de los pecados en su Nombre.

Reflexiones para la celebración litúrgica:

En las oraciones se pide insistentemente a Dios haga permanentes en el pueblo santo el gozo, la exultación y la alegría de verse renovado y rejuve­necido. Es don que procede de la resurrección de Cristo. Dios nos ha hecho hijos de Cristo. De ahí el gozo. El Espíritu habita en nosotros. El es garantía de nuestra futura resurrección.

Dentro, pues, de la alegría pascual, donde Dios nos ha enriquecido con multitud de dones, pedimos continúe en nosotros la obra comenzada, conser­vando la alegría y manteniendo viva la esperanza en la consecución del fin.

Temas:

A) Misterio pascual. Cristo ha resucitado.

Cristo vive. Dios lo ha resucitado. De esta forma ha cumplido Dios las promesas hechas a los antiguos, comenzando desde el Génesis, pasando por los patriarcas para llegar a Cristo mismo. Jesús es el santo por excelencia. De él nos viene la santidad; santos los que les pertenecen. El es el Justo; de él la justicia. El nos justifica. El es Autor de la vida. Alejado el hombre como estaba de Dios desde el primer pecado, encuentra en Cristo su reconcilia­ción. Somos hijos de Dios, santos, justos, herederos de la gloria. La paz y el perdón de él.

B) Las tres lecturas hablan de la salvación, como procedente de Cristo. Arrepentimiento-conversión. El hombre debe volver, debe cambiar de direc­ción. La escala de valores no está ya en el mismo hombre, sino en Cristo. Hay que aceptar a Cristo y seguirle. Esa es la conversión. No hay salvación fuera de Cristo. Los pecados se nos perdonan en su nombre.

1) Hay que predicar la conversión. Está dentro del Kerigma cristiano. Se olvida con suma frecuencia.

2) La conversión dura toda la vida. El hombre debe mirar siempre a Cristo y seguirle. Está siempre convirtiéndose.

3) El cristiano es un hombre que debe luchar siempre contra el pecado. En Cristo se nos perdonan los pecados. Debemos acudir a él siempre que nos sintamos pecadores.

4) Juan da la señal de si estamos unidos o no a Cristo: el cumplimiento de sus mandamientos. Muy importante.

C) Estamos en camino, somos conscientes del don recibido. De ahí el gozo y la alegría. Pero nos queda todavía camino. Por eso la esperanza. Pedimos que Dios nos conceda el gozo perfecto: la resurrección eterna. El cris­tiano es hombre de esperanza, rebosante de gozo, pero en lucha con el pecado. Dios resucitando a su Hijo ha resucitado a los hombres.

3. Oración final:

Me asomaré al sepulcro, Señor. Como Pedro, que te negó como yo tantas veces te niego, entenderé que, mucho nos ama Dios, cuando desea para mí VIDA ETERNA, cuando, me freno para no llegar a la hora del alba, y dejo que la Resurrección no sea primera noticia en mi vida.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, si por lo que sea, en la nada sigo sin ver nada, haz que recuerde aquello a lo que tantas veces me resisto: que has resucitado entre los muertos, que vuelves para devolvernos a la vida, que resucitas para que seamos semilla de eternidad.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, entonces, sólo entonces, me alegraré de haberlo encontrado vacío, con vendas y sudario por el suelo, pues, al asomarme y ver todo eso, estaré intuyendo lo que me aguarda en el futuro: ¿Tú has resucitado? ¡También yo resucitaré, Señor! ¡Gracias, Señor!

¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO!

Domingo 2 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA CICLO B

El primer día de la semana, y de nuevo el día octavo, o sea, siempre en domingo, la comunidad apostólica experimentó la presencia de su Señor, primero sin Tomás y luego con él, y «se llenaron de alegría». El Señor les dio su Espíritu, les envió como el Padre le había enviado a Él, les dio el encargo de la reconciliación.

 

1.      ORACIÓN:

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por Jesucristo..

 

         2. Textos bíblicos y comentario:

2.1. Primera Lectura: Hch 2,42-47

 

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

 

Nos encontramos ante un «sumario», semejante a 2,42-47. Así lo llaman los especialistas. Lucas nos pinta la vida de la primitiva comunidad con un par de pinceladas que la ca­racterizan. El pensamiento  arranca de atrás, de los versículos 30-31. Se ha «reunido» la asamblea, ha «orado» en común, ha «llenado» a los presen­tes el Espíritu Santo, se ha visto «sacudido» el edificio, han comenzado a «predicar» los apóstoles. A partir del último versículo 31, el tiempo del verbo permanece en «imperfecto». Lo rompe el «caso» de Bernabé (36). No es, pues, un «momento», un acontecimiento aislado. Es una repetición de hechos, una acción continuada. Es un «carácter». La primitiva comunidad «era» así. Toca el «ideal». Y como ideal luminoso para todos los tiempos se ha eterni­zado en la palabra de Dios.

Son creyentes y son multitud. Y la multitud es variopinta: distintas cla­ses sociales, diversos países, varias lenguas. Reina la unidad más profunda: un mismo sentir y un mismo pensar. Un solo corazón y una sola alma. Sin divisiones, sin desgarramientos. Una fuerza superior centrípeta los aúna y compenetra en torno a Jesús. Un querer, un pensar, un obrar Hasta la pro­piedad privada recibe el impacto de una ordenación a lo común. Con entu­siasmo, con libertad. Así de gigante irrumpía el Soplo de lo alto, así de apremiante el fuego de su amor. Con las manos unidad y entrelazados lo brazos. Se sostenían unos a otros, sin que nadie se viera en situación de pa­sar necesidad. Fuerza poderosa de cohesión. Pero la fuerza iba también ha­cia fuera. Fuerza de expansión. Los apóstoles daban testimonio de la resu­rrección de Jesús con audacia y «libertad». Son los «profetas» de la nueva creación. El Espíritu sostiene la debilidad del hombre predicador y mantiene abierta la sed del oyente. El lanza con vigor la semilla y él fecunda el campo que recoge. La palabra del apóstol, en el Espíritu Santo, se mostraba pode­rosa: operaba maravillas externas e internas, milagros y conversiones. Así será por siempre. La iglesia dispondrá, de ahora en adelante, de una pre­ciosa «libertad» interna que la capacitará para la empresa. No es de extra­ñar que la comunidad gozara de ascendiente. Las gentes la admiraban. Al fin y al cabo, era un portento. Y había gestos heroicos para situaciones ex­cepcionales. Había quien vendía todo para socorrer a los necesitados. Se desprendían voluntariamente y libremente de la «sagrada» herencia familiar para mantener viva la nueva familia que les había tocado en gracia. El bien común se miraba y valoraba por encima del bien personal. Fue una época de gran fervor. El Espíritu hizo tal maravilla. No parece, sin embargo, que tu­viera gran repercusión en las demás comunidades. Estas, a pesar de ejerci­tar la caridad con magnanimidad, no llegaron a esa altura. La comunidad de Jerusalén se encontraba en especiales circunstancias. Veremos a Pablo que hace frecuentes colectas para socorrer a sus miembros. También ello era acción del Espíritu Santo. Esta estampa, como «ideal», ha ejercitado du­rante la historia de la Iglesia poderoso influjo sobre fundadores y reformado­res. Pensemos tan solo en san Agustín.

 

2.2. Salmo responsorial:

 

Salmo de acción de gracias. El estribillo, con la primera estrofa, da la tó­nica: acción de gracias. Sonora, jubilosa, exultante. Comunitaria, universa: toda la asamblea santa. Díganlo todos, cántenlo todos, divúlgenlo todos. Is­rael, Aarón, fieles: ¡Dios ha intervenido! ¡Es eterna su misericordia!

La iglesia se congrega, de fiesta, en el día de la Fiesta del Señor. Del Se­ñor que con su poder ha instituído la Fiesta. Porque la Fiesta es obra del Señor. Y la obra del Señor es el Señor obrando. Obrando maravillas. Y ma­ravilla de maravillas es su resurrección gloriosa. Gran actuación, soberbia manifestación de poder. Cristo que, muerto, surge a la vida; que, sepultado, escapa a la tierra; que, desechado, se presenta Elegido; que, castigado, se levanta triunfante; que, mortal, resplandece inmortal para siempre. Elegi­dos en él, muertos con él, resucitaremos con él. Lo recordamos y celebramos en la Fiesta; lo cantamos, lo aplaudimos, lo vivimos en pregusto. Alegría y alborozo. No hemos de morir, ¡viviremos! La Diestra del Señor es poderosa; la Diestra del Señor es excelsa. Ha comenzado el Milagro patente. Dad gra­cias a Dios, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Sal 117, 2-4. 16ab-18. 22-24
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna en su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo Ya hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

2.3. Segunda Lectura: 1 Jn 5,1-6.

 

Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

 

La caridad proviene de Dios:«Dios nos amó primero» (4,19). Se ha mani­festado espléndidamente en el envío de su Hijo (4, 9-10). El amor de Dios se recibe en la fe. La fe es la respuesta del hombre al amor de Dios: aceptación vital de amor que Dios nos profesa en su Hijo. La fe tiene, en éste más que en ningún otro texto, un sentido complexivo, pleno: obediencia a Dios y reco­nocimiento práctico de su presencia en el prójimo. Quien cree en Jesús, y creer es hacer lo que él hace, es hijo de Dios, ha nacido de Dios.

 

El amor de Dios es un «don». Un «don» sobrenatural, concedido en Cristo. Como tal nos capacita para amar a Dios de forma semejante, guardadas las distancias, a como Dios nos ama. Toma la forma de «obediencia», como en Cristo, y nos lanza, como en él, a dar la vida por los hermanos, en forma de «entrega». No en vano recomendó Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Es el mandamiento radical del cristianismo. El amor al pró­jimo-hermano está dentro del amor de Dios, es su expresión vital, pues en el prójimo-hermano habita Dios con su amor. El amor así entendido y la fe así vivida vencen al mundo, como venció al mundo el amor de Cristo, obediencia total al Padre y entrega total por los hermanos. Así se entiende que nos lla­memos y seamos «hijos» de Dios, pues habita y actúa en nosotros. La filiación se considera, por tanto, de forma dinámica: odio al odio y enemistad con el pecado. Toda una vida de amor. Que por ser de tal amor -amor de Dios- vence a la muerte y supera las tinieblas. Como en Cristo Jesús. ¿No es el pe­cado del mundo falta de fe en Cristo, amor del Padre, y ausencia de amor a los «hermanos»? La fe del cristiano vence al mundo.

 

Jesús aparece en este edificio divino como pieza imprescindible. En Jesús somos hijos, en Jesús nos engendra el Padre. Tocamos en él la misma vida trinitaria. Jesús es, por tanto, objeto de fe: confesamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, la causa de nuestra salvación por su muerte. El autor recuerda su paso por este mundo, como Verbo Encarnado: Bautismo (agua), consagrado Siervo; Muerte expiatoria (sangre). No se puede confesar la una sin la otra, ni a Jesús sin alguna de las dos. La Iglesia da testimonio perenne de este misterio en virtud del Espíritu Santo. Y el tes­timonio revela la presencia del Espíritu Santo en la iglesia.

2.4. Tercera Lectura: Jn 20,19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: – «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: – «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Dos preciosas escenas, unidas entre sí externamente por la figura de To­más. Internamente por la de Jesús, figura central. Cada una de ellas con un centro de interés propio. Interés cristológico y eclesiológico. Jesús resucitado vive en la Iglesia y la Iglesia vive en Jesús. Jesús resucitado abre poderoso el futuro y la Iglesia corre hacia él para revelar al Revelador del Padre. Primera conclusión del evangelio.

 

Es el día primero. El día, que por el acontecimiento, resulta ser el más grande, el Primero. El Día del Señor, creador y redentor. El Día de la Resu­rrección. La luz ha madrugado resplandeciente y creadora. Los discípulos, como grupo, «duermen» todavía. Han oído hablar a la Magdalena. Pedro y el «otro discípulo» han «visto» la maravilla del sepulcro vacío. Pero no han «visto» a nadie. El grupo no «ve» todavía. Y como no ve, tiene miedo. Y como sienten miedo, se cierran por dentro y permanecen juntos. Faltaba la fe ro­busta.

 

Jesús se puso en medio. Jesús constituye el centro y la vida de la Iglesia de todos los tiempos. Jesús, en el centro, disipa las dudas y ahuyenta los miedos. Jesús Resuci­tado, lleno de luz y de fuerza, infunde seguridad y firmeza. Jesús irradia alegría. Sin Jesús en el centro no existe la Iglesia, ni la seguridad, ni la fir­meza ni la alegría.

 

Jesús saluda con la paz. Jesús trae la paz. Es un saludo cordial. Por ser de Jesús resucitado, un saludo doblemente significativo y eficaz. Es la paz del resucitado. Paz de Dios que  alarga hasta la vida eterna. ¡Jesús ha re­sucitado! Allí sus manos, allí su costado: las cicatrices sagradas que testi­monian la obra redentora. No es solamente el Jesús vivo, sino el Jesús vivifi­cante. El cordero que murió por los pecados, el Hijo que se entregó por amor hasta la muerte. Seguridad y alegría que se levantan, por encima del Jesús «vivo», al Jesús, Señor y Dios de la confesión de Tomás. La Iglesia recoge tan precioso saludo. Muestra su alegría y satisfacción. Nadie se las podrá arrebatar, como nada ni nadie podrá impedir ni arrebatar a Jesús su estado y poder de resucitado.

 

Vuelve a sonar la «paz». Más honda, más trascendente, más divina. Apunta a una comunicación misteriosa e indecible de Jesús. Jesús, la Paz, se entrega como «paz» a los suyos para todos los tiempos. Jesús, enviado del Padre, envía. Jesús, redención de Dios, confiere el poder de perdonar. Sos­pechamos lo que encierra el título de Enviado. Por una parte indica la unión íntima e inefable con Dios en la propia naturaleza: relaciones trinitarias. Por otra, respecto al mundo, señala la «misión» de revelar al Padre. La «misión» cumplida -Jesús exaltado- implica el poder de cumplir la «misión» a través de todos los tiempos. El Verbo, que nace del Padre, y Encarnado asume la «misión» salvadora de este mundo, se alegra, en virtud de su resurrección, en la «misión» que confía a los suyos, hasta el fin del mundo. Los discípulos reciben la misión de Jesús y gozan de ella: en su nombre y en su poder, que es el nombre y el poder del Padre, pueden y deben continuar la obra de Je­sús. Jesús resucitado ha sido transformado; Jesús enviado, ha sido investido de todo poder. Los discípulos reciben el poder de Jesús que los trasforma y capacita para dar la paz, para “revelar” al Padre, para en él, Jesús, conti­nuar su obra. He ahí la fuerza trasformante que exhala la boca del resuci­tado: el Espíritu Santo. El aliento de Jesús, el amor del Padre. Como aliento, fuerza creadora; como amor, perdón y paz. Es la fuerza para creer, es la fuerza para perdonar, es la fuerza para revelar al Padre que ama. Es la obra de Jesús, es la obra de la Iglesia.

 

Tomás no se encontraba allí. Tomás no acepta el testimonio de sus com­pañeros. Tomás no cree. Tomás exige, para creer, “ver” personalmente a Je­sús. Y no de cualquier manera. Tomás “tiene” que tocar por sí mismo al Je­sús muerto en la cruz: palpar las llagas de sus manos y de su costado. Y Je­sús le da la oportunidad. Y le recrimina su falta de fe. Jesús bendice la fe. La Iglesia vivirá de la fe. He ahí su “bendición” y bienaventuranza. La Iglesia vive de la palabra de Jesús y del testimonio de los apóstoles. Ahí descasa todo el edificio. Edificio sostenido por la acción del Espíritu Santo. La iglesia que vive de la fe delata la presencia de Dios salvador.

 

Tomás “ve” a Jesús. Ve y “cree”. Y como creyente, confiesa confundido: “Señor y Dios mío”. Señor y Dios. Intuición profunda y certeza del carácter divino de Jesús. La resurrección lo ha manifestado. A Jesús resucitado se llega por la fe. La iglesia debe predicarla y en su acción facilitarla. Dios opera por dentro. Jesús es Señor y Dios nuestro.

Reflexión:

 

A) Jesús ha resucitado. Este es el hecho. No es una invención. Es una rea­lidad. Ahí el testimonio de Juan, de Pedro, de la Magdalena, de Tomás, de los discípulos… Ahí el testimonio de toda la iglesia hasta nuestros días. Tes­timonio rubricado en sangre.

 

Jesús vive. Coronado de honor y de gloria. Poderoso, sentado a la diestra de Dios omnipotente. Su gloria es la divina, su poder el de Dios. Es el en­viado del Padre par todas las gentes y para todos los tiempos. Es el centro de las edades. Irradia, como precioso abanico, prerrogativas divinas y su­blimes realidades. Es la paz y trae la paz. Paz que se alarga hasta la vida eterna. En él encontramos la paz con Dios, la paz de Dios, encontramos a Dios. En él se comunica el Padre y en él nos comunicamos con Dios. Fuente de gozo, causa de alegría. Jesús resucitado es el Jesús que murió por noso­tros. Con su muerte alcanzó el perdón, con su entrega, el don del Espíritu Santo. La iglesia se reúne en torno a él y lo celebra y confiesa: “Señor y Dios mío”. Gritemos, cantemos, alabemos, demos gracias a Dios. El salmo nos in­vita incontenible. Es nuestra Fiesta, la Fiesta del Señor. Se hace imprescin­dible la “contemplación” del misterio. Las palabras se declaran impotentes de expresarlo.

 

B) El Espíritu Santo. Es el don de Jesús resucitado. La paz y el perdón los frutos más preciados. Recordemos la caridad y la fe con su multiplicidad de matices. La lectura segunda se extiende en ello. La presencia del Espíritu demuestra la verdad de la Resurrección de Jesús. Y testimonia la presencia de Jesús en su Iglesia. Tanto el individuo como la comunidad cristianos vi­ven en virtud de su fuerza.

 

C) La Iglesia. La Iglesia es obra de Dios. La Iglesia continúa la obra sal­vadora de Jesús. De él recibe el poder y la fuerza, de él la «misión» de reve­lar al Padre. Expande la paz y procura el perdón. Paz que el mundo no puede dar y perdón que los hombres no pueden por sí mismos conseguir. Esa es su misión y no otra. Para ello el Don de lo alto. El Espíritu Santo la dirige y gobierna, la vivifica y sostiene. Dispuesta a correr la historia hasta el fin, Dios le ha concedido en Cristo su propio Espíritu.

 

La Iglesia revela a Dios creador y salvador: a Dios-padre bueno que ama al hombre. La Iglesia se esforzará en predicarlo, en confesarlo, en practi­carlo. La Iglesia es, dentro de los límites humanos, expansión del amor de Dios a los hombres. Su principal virtud y forma de vida ha de ser la «caridad». La Iglesia vive de amor. La Iglesia ama a Dios y ama a los hom­bres como ve y encuentra que Jesús los ama. La primera y segunda lectura nos lo recuerda.

 

La Iglesia, que se esfuerza por amar al Padre, se esmera por amar al Hijo. La Iglesia proclama la Resurrección del Jesús. La confiesa y la cele­bra. Aclama a Jesús como Señor y Dios, como Dios y como hombre verda­dero. Se adhiere a él con todas sus fuerzas. Toda para él, como él todo fue para ella. Obediente al Padre como Jesús, entregada a los hombres como su Señor. Fe robusta y amor sincero. La Iglesia favorecerá la acción del Espí­ritu Santo. Propugna la paz cristiana y el perdón divino. Se prepara la «visión» en una vida de profunda fe y de encendido amor.

 

La Iglesia ama a sus hijos. Sus hijos la componen. La primera lectura nos ofrece la bella imagen de los hermanos unidos. Conviene detenerse en esto. Amor práctico y real con los necesitados. Es la Familia de Dios, es el Cuerpo de Cristo. El que ama a Cristo ama a los hermanos. La estampa nos invita a una revisión y reforma.

 

  1. ORACIÓN FINAL

Padre resucitado, que sienta la paz que me muestras,
Que no se cierren mis “puertas” por el miedo,
Que me aferre al Espíritu que me regalas,
Para vivir intensamente el compromiso de sentirme enviado…
Señor mío y Dios mío, perdona mis debilidades, mis dudas, mis temores…
Porque aun siendo a veces como Tomás, deseo buscarte, estar contigo…
Porque aunque me encierre en mis silencios o en mis ruidos, en mis comodidades o en mis ocupaciones…
Tú sabes cómo entrar en mi vida, como hacerla distinta, como insuflar aire en mis vacíos y oxigenar mi alma endurecida.
Que el Espíritu renovado de la resurrección,
Nacido de la victoria sobre la muerte y alimentado por el Amor más generoso…
Impulse mi fe, mi permanencia en Ti, y aliente el ánimo modesto de quien quiere quererte, seguirte y responderte, Padre…

Tu Amor es mi paz, mi paz es tu perdón, y tu perdón es mi camino de testimonio al amparo de tu Fuerza.

AMEN

 

Reflexiones de Semana Santa

Pueden encontrar material en nuestro archivo:

Lunes Santo

Martes Santo

Miércoles Santo

Jueves Santo

Viernes Santo

Sábado Santo – Vigilia Pascual

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Material de la Jornada Litúrgica Marzo 2012 – Celebrar la Pascua

Celebrar la pascua

Ya en el siglo segundo se sabe de una celebración anual de la Pascua. La gran vigilia anual era precedida por un tiempo de ayuno, al principio uno o dos días, luego una semana, después cinco semanas. Al mismo tiempo, ese día de Pascua era prolongado durante cincuenta días de fiesta, celebrados como un solo día.

En esta forma se fue estructurando en las Iglesias el Triduo Pascual. Se habla del viernes como la memoria de la Pasión, del sábado como el descenso al sepulcro y del domingo como la memoria de la Resurrección.

Tres aspectos de una sola fiesta

El Triduo Pascual de la muerte y resurrección de Jesús constituyó el centro de toda la vida de fe de las comunidades cristianas y del año litúrgico. Con su celebración, durante tres días, se hace presente y se realiza, para la vida de las comunidades, el misterio de la Pascua de Cristo, es decir, de su paso de este mundo a la vida del Padre.

Ya san Agustín, en el siglo IV, llamaba a esta celebración el “Triduo del crucificado, sepultado y resucitado”. De hecho el Triduo Pascual tiene una unidad, en la que cada día es entendido como momento progresivo de la única Pascua: la Pascua de la Cena, la Pascua de la Cruz, la Pascua de la Resurrección. El jueves se hace memoria de la Cena de la nueva Pascua. El viernes se celebra la Pascua del Cordero Inmolado. En la Vigilia Pascual, celebramos el tránsito glorioso de Cristo, la victoria sobre la muerte, la realización plena del Éxodo.

Una tiempo de prolongación

En la Vigilia Pascual, que ya es el Domingo de Resurrección, nace el día nuevo que la Iglesia prolonga en renovada alegría durante cincuenta días del Tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el «gran domingo»[1]

 

Presenta dificultades pero merece la pena. Disfrutar y hacer disfrutar de los cincuenta días de la Pascua como celebración de lo que da gozosamente sentido a nuestro ser cristiano: el mal vencido, el pecado vencido, la muerte vencida por Jesús y el amor del Padre que es más fuerte que todo, y nos libera, y nos ofrece una vida plena y renovada. En realidad, celebra la Pascua es celebrar que el mismo Espíritu que movía a Jesús nos mueve ahora a nosotros, como dice ya la oración del domingo de Pascua: “concede a quienes celebramos hoy la Pascua de resurrección, resucitar también a una nueva vida, renovados por al gracias del Espíritu Santo”.

 

Bueno será, por tanta, que todo el tiempo de pascua esté impregnado por la presencia del Espíritu: no hay que forzar los textos ni el sentido de las celebraciones para lograrlo, solamente resaltar la presencia del Espíritu y no acordarnos solamente el último día, domingo de Pentecostés.

Algunos elementos que conviene tener en cuenta pueden ser los siguientes: Cuidemos, junto con los responsables de las celebraciones, los signos externos de estos días.

1.  La alegría del presidente y demás ministros: quizá se la condición más básica para una buena celebración de la cincuentena pascual. Que quien preside la celebración y todos los demás ministros, sientan la alegría de celebrar la victoria de Jesús resucitado, y el inmenso amor  del Padre, y el don del Espíritu derramado sobre nosotros. Y, sintiéndola puedan y deseen hondamente ayudar a todos los hermanos y hermanas cristianos a experimentarla también. Este no es tiempo para centrarse mucho en las exigencias del comportamiento cristiano (no es tiempo de homilías moralizadoras), sino en la alegría de serlo y en el deseo de compartirlo con los demás cristianos y con los que no lo son.

2. Una ambientación relevante y constante: como la Pascua no se nota en la calle tiene que notarse mucho dentro de la Iglesia. Y tiene que notarse a lo largo de los cincuenta días, sin dejar que el ambiente decaiga. Aunque, por muchos motivos la presencia de la feligresía disminuya. Ello no implica que no pueda mantenerse el clima y la ambientación que entra por los ojos (el cirio pascual, la aspersión, luces, flores, carteles, etc.) y que el último día, el domingo de Pentecostés se intensifique esa ambientación. El domingo siguiente tiene que notarse también que la ambientación pascual ha desaparecido.

3. La ambientación que crean los cantos: durante todo el tiempo de pascua hay que cantar cantos de pascua. Sin cansarse y empezar a sustituirlos por cantos más genéricos al llegar a la mitad de la cincuentena. Además bueno será que desde el principio esos cantos de Pascua incluyan también los cantos del Espíritu.

4. Los sacramentos: la pascua es tiempo de los sacramentos: son signos visibles del resucitado, son los dones de su Espíritu en La  Iglesia. Conviene también celebrar de modo especial la vigilia de Pentecostés. Las confirmaciones también son oportunas en tiempo de pascua. La Semana del Espíritu Santo. “Para aquellos adultos que han recibido la iniciación cristiana durante la Vigilia pascual, este tiempo ha de considerarse como un tiempo de «mistagogia»”. (102)

5. Los testimonios del Espíritu del Resucitado: también a través de carteles o de otro modo, recordar cada domingo alguna acción que el Espíritu de Jesús nos  impulsa a realizar en el mundo: en el servicio de los necesitados, en la ecuación de niños, adolescentes, en la vida cívica. Etc.

6. El directorio sobre la piedad popular y la liturgia No 153, recomienda la realización del Vía Lucis  “en él, como sucede en el Vía crucis,  los fieles, recorriendo un camino, consideran las diversas apariciones en las que Jesús (desde la resurrección a la Ascensión, con perspectiva a la Parusía) manifestó su gloria a los discípulos, en espera del Espíritu prometido, confortó su fe, culminó sus enseñanzas sobre el Reino y determinó aún más la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia”.

Conclusión

Celebrar el Tiempo Pascual, es festejar, aquí y ahora, como un acontecimiento del presente, la Resurrección de Jesús como una nueva energía de vida y de libertad para cada persona, para nuestras comunidades y para la humanidad entera en comunión con la creación, restaurada por el Espíritu del Resucitado.

Celebrar la Pascua es celebrar nuestra participación en la Resurrección de Jesús y testimoniar que la fuerza resucitadora de dios actúa en las comunidades y en el universo.

Celebramos la Resurrección del Señor para que vivamos de una manera nueva, creyendo que Dios nos lleva de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, dándonos fuerza para una conversión continua en nuestras vidas, suscitando en nosotros una mayor hambre y sed de justicia y la alegría de participar en la comunión de los santos, miembros de la familia de Cristo, parte integrante de la nueva creación, viviendo en la libertad de los hijos de Dios.

El libro del Apocalipsis describe así la experiencia pascual: ¡Hagamos una fiesta alegre y démosle gloria, porque llegó la boda del Cordero, y está engalanada su esposa! (Ap. 19,7)

EL TRIDUO PASCUAL

INTRODUCCION

 

La Iglesia celebra cada año el triduo pascual, que comienza con la misa vespertina del jueves «en la cena del Señor», tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección. Este período de tiempo se denomina justamente el «triduo del crucificado, sepultado y resucitado» o triduo pascual.

 

La PFP recomienda encarecidamente a los pastores que no dejen de explicar a los fieles del mejor modo posible el significado y estructura de las celebraciones, preparándoles a una participación activa y fructuosa; recomienda también especialmente el canto del pueblo, ministros y sacerdote celebrante durante el triduo pascual, por la solemnidad de estos días y también porque los textos adquieren toda su fuerza precisamente cuando son cantados (PFP 41-42).

 

I LA MISA VESPERTINA EN LA CENA DEL SEÑOR: LOS CANTOS

 

La misa vespertina en la cena del Señor no es ni más ni menos que una eucaristía, celebrada con toda la dignidad, autenticidad y emotividad por celebrarse en la noche en que fue entregado nuestro Señor. Pero la eucaristía central en el triduo pascual es la de la vigilia pascual. El canto nos ayudará a celebrar con mayor autenticidad y sentido.

 

Canto de entrada

La antífona propia de esta misa es: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado». Podemos resaltar el canto y la procesión de entrada con el incienso.

 

Gloria

Hoy podemos destacar el gloria con una oportuna pero breve monición. CE 300 y PFP 50 nos dicen que durante el canto del gloria se pueden hacer sonar las campanas, de acuerdo con las costumbres locales, y no volverán a sonar hasta el gloria de la vigilia pascual. El órgano y cualquier otra música instrumental pueden usarse sólo para sostener el canto.

 

Lavatorio de los pies

Conviene que esta tradición se mantenga y que se explique según su propio significado, el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28). Los cantos podrían ser: Un Mandamiento Nuevo (Adapt. A.Alcalde) Os doy un mandato nuevo (F. Palazon)

 

Procesión de los dones

En este día podemos destacar la procesión de los dones realzando el pan y el vino como los dones escogidos por Cristo para su autodonación. Conviene que a la procesión de los dones y a la colecta le demos un claro sentido de solidaridad con los más necesitados. Esta colecta de solidaridad recobra todo su sentido, sobre todo, si los donativos para los pobres son el fruto de nuestra penitencia cuaresmal.

 

Canto de comunión

En la comunión podemos cantar cantos alusivos a la pascua como: Acerquémonos todos al altar (F. Palazón); los salmos 22 y 33, con las distintas musicalizaciones;

 

Traslado del Santísimo al lugar de la reserva

Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión en la que se lleva el Santísimo por la iglesia hasta el lugar de la reserva. Mientras tanto se canta el himno Pange lingua u otro canto eucarístico, y se termina con el Tantum ergo mientras se inciensa el Santísimo. – Tantum Ergo (Santo Tomas de Aquino)

VIERNES SANTO

 

Este día está completamente centrado en la cruz. La comunidad cristiana proclama la pasión del Señor y ejercita su función sacerdotal rogando por todos los hombres, adora la cruz y comulga de la reserva del día anterior. «Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el oficio de lectura y las laudes, con participación de los fieles» (PFP 62).

 

En la celebración de la pasión del Señor, «el sacerdote y los ministros se dirigen en silencio al altar sin canto alguno» (PFP 65). La pasión según san Juan se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho el domingo anterior. Durante la lectura de la pasión podemos intercalar unas antífonas o cantos breves como el domingo de ramos.

 

La oración universal ha de hacerse según el texto y la forma establecida por la tradición. Es conveniente que la respuesta del pueblo sea cantada, dada su importancia. Entre las respuestas cantadas podemos seleccionar:

– Señor, escúchanos, Señor, óyenos (Popular – Escucha Señor y ten piedad (Adapt. C. Gabaráin)

 

Para la adoración de la cruz úsese una única cruz, tal como lo requiere la verdad del signo.

Durante la adoración, cántense las antífonas, los «improperios» y el himno Oh cruz fiel, que evocan con lirismo la historia de la salvación, o bien otros cantos apropiados, como pueden ser:

– Pueblo mio (F. Palazon)

 

El padrenuestro es mejor que hoy sea cantado por toda la asamblea. No se da el signo de la paz, y sería más expresivo hacer la comunión en silencio, sin canto alguno.

 

En cuanto a los ejercicios piadosos, como el viacrucis, las procesiones de la pasión y el recuerdo de los dolores de la Santísima Virgen María, nos recuerda el documento PFP 72 que en modo alguno pueden ser descuidados, dada su importancia pastoral; pero los textos y los cantos utilizados en los mismos han de responder al espíritu de la liturgia del día.

SABADO SANTO

Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. «Se recomienda con insistencia la celebración del oficio de lectura y de las laudes, con participación del pueblo» (PFP 73,40; OGLH 210). Es un día de silencio, lleno de oración, esperanza y gozosa expectativa. Día de serenidad, recogimiento, sosiego y sobriedad. Todo el peso espiritual de este día recae en la Liturgia de las Horas. Si el Viernes santo es «la hora de Cristo», hoy, Sábado santo, es «la hora de la Madre», la Hija de Sión, la Madre de la Iglesia, que vivió la prueba suprema de la fe y de la unión con el Dios redentor.

 

Para una celebración de la Palabra en torno a la Virgen dolorosa y esperanzada podemos contemplar junto a la imagen de Cristo crucificado la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores o un icono de la Virgen que nos recuerde el misterio que se celebra. Como lecturas evangélicas podemos escoger Lc 2,25-35: Simeón predice los dolores de María; Jn 19,25-27: Jesús nos da a María por Madre.

Como cantos a la Virgen apropiados para una celebración de la Palabra podemos escoger:

– Dolorosa (J.A.Espinosa) – Estabas junto a la cruz (A. Alcalde) – Stabat Mater dolorosa (gregoriano)

El Canto Litúrgico en el tiempo de Pascua

SI LA CUARESMA era un tiempo de austeridad y silencio musical, la pascua es el tiempo de realce musical, de abundancia y florecimiento del canto. Es un tiempo de alegría y de gozo para entonar cantos de fiesta en honor de Cristo resucitado.

 

No cantemos cualquier canto, algunos cantos, ni de cualquier manera. No cantemos «a palo seco». Cantemos los cantos de pascua, todos los posibles, y hagámoslo bien, acompañándolos «al son de instrumentos, con clarines y al son de trompetas» (Sal 97), «con platillos sonoros, con platillos vibrantes» (Sal 150). Todo ser que alienta alabe al Señor, porque es la pascua. En Pascua tenemos que conseguir que la liturgia, en su conjunto, suene y resuene como una gran obra sinfónica: la sinfonía de la nueva creación en Cristo, afinados y vibrantes todos sus instrumentos. Una de las actividades principales de la comunidad cristiana durante el tiempo pascual es el canto al Señor resucitado, vivo y glorioso. «Sólo el hombre nuevo puede cantar el cántico nuevo» (san Agustín). La pascua es la fiesta de las fiestas y «Cristo resucitado – nos dice san Atanasio – viene a animar una gran fiesta en lo más íntimo del hombre».

 

La palabra clave es Aleluya

La hemos omitido en cuaresma. No se trata de prohibir por prohibir. El rubrum (las rúbricas) tienen también su espíritu, que hemos de descubrir. Se trataba de omitir para reservarnos para pascua y poder cantar el aleluya con una alegría desbordante, para que resuene más festiva y mejor afinada, llenando con su sonido el silencio de la noche pascual. No podemos olvidar ni separar de la pascua los cantos al Espíritu Santo, pues pentecostés no es una fiesta aparte. Es la plenitud y el cumplimiento de lo inaugurado en la noche de pascua: el Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos. Es el culmen de la pascua.

 

Cantos tradicionales pascuales hay muy pocos o casi ninguno. De los cantos modernos se ha popularizado. No podemos permitir ni aprobar que se gasten todas las energías en preparar bien la cuaresma y que lleguemos a la pascua cansados y agotados y la celebremos de cualquier manera, porque estamos cansados de tantas cosas como hemos preparado en cuaresma.

 

El órgano y otros instrumentos en pascua

Entre los distintos instrumentos debemos destacar y potenciar el órgano: es el instrumento litúrgico por excelencia. El órgano crea fiesta y alegría; acompaña, arropa, sostiene y envuelve el canto de la asamblea; favorece la participación y la unanimidad. En pascua tiene momentos muy especiales para sonar: en los procesionales de entrada, ofrendas y comunión, y a la salida del templo. Pascua es el tiempo de tocar piezas alegres y festivas; es el tiempo de los metales del órgano. Que el órgano resuene con toda su grandeza y majestuosidad envolviendo de sonoridad festiva el ambiente donde la comunidad cristiana celebra.

 

El canto en la vigilia pascual

«Aquel a quien cantamos resucitado mientras celebramos la vigilia, hará que vivamos reinando con él para siempre» (San Agustin, Sermón Guelferbytano, n. 5,4, PL 2,552). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (Cf CE 332). La vigilia pascual, «la madre de todas las santas vigilias» (San Agustín, Serm. 219, PL 38, 1088) , es una noche de vela de la comunidad cristiana en honor del Señor. Con ser la noche más importante del año, no es muy popular, aunque poco a poco la comunidad cristiana se va centrando en esta noche.

 

Es importante que preparemos bien la vigilia para ir creando ambiente y tradición. Los signos de la luz, la Palabra, el agua bautismal, el pan y vino eucarísticos, anunciados en la cuaresma, alcanzan su culmen y realización en la noche pascual. La vigilia pascual es un crescendo continuo orientado dinámicamente hacia su culmen: la celebración de la eucaristía como «memorial» de la pascua del Señor. Una buena preparación y celebración de la vigilia pascual será el modelo de las celebraciones durante la pascua.

 

El canto del lucernario

Es el comienzo de la vigilia. La comunidad reunida en torno al fuego puede cantar un canto a la luz:

El diácono proclamará: «Luz de Cristo» y los fieles responderán: «Demos gracias a Dios».

Esta proclamación debe ser cantada con su respuesta. Mientras caminamos en procesión al templo podemos cantar.

 

El canto del pregón

El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono, o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor.

 

El canto de los salmos en la noche pascual

En la noche pascual se da un gran diálogo entre Dios y su pueblo. La liturgia de la Palabra es más abundante en esta noche. Dios habla a su pueblo por medio de las lecturas y su pueblo le responde con los salmos y oraciones. Lecturas, salmos y oraciones son abundantes (siete más la epístola y el evangelio).

El ideal está fijado en cantar todos los salmos enteros. Cuando, por diversas razones, esto no es posible, podemos cantar sólo las antífonas, incluso algunas antífonas y recitar los salmos. Entre todas las antífonas tendríamos que destacar en esta noche la de la tercera lectura: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

También deberíamos lograr unos silencios meditativos entre lecturas.

 

El canto del aleluya en el tiempo pascual

Después del silencio cuaresmal, oímos resonar, con el corazón henchido de alegría, el aleluya en la noche pascual. «El sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces el aleluya, elevando gradualmente la voz y repitiéndolo la asamblea» (Cf CE 352) Una vez entonado en la noche pascual, ya no se volverá a omitir durante todo el tiempo pascual. Su canto será uno de los distintivos de las celebraciones pascuales. ¡Qué buenas catequesis podemos hacer a nuestro pueblo explicándole el significado, el sentido y la importancia de cantar «aleluya»!

 

Otros cantos para destacar en pascua

 

El canto en los ritos iniciales

En pascua podemos destacar el canto de entrada en primer lugar con un corazón renovado, pero además por unos signos externos que nos indican que es un tiempo especial. El tiempo de pascua es un tiempo bautismal. Ya en cuaresma se aludía al bautismo. Destacamos el rito de entrada con la aspersión del agua durante todos los domingos de pascua, recuerdo de nuestro propio bautismo, mientras la asamblea canta: la antífona – Agua viva (A. Taulé)

 

El rito penitencial se puede suprimir. Ya en cuaresma lo hemos destacado bastante. El presidente saluda a la asamblea y se inicia el canto del gloria, himno trinitario que debemos destacar en pascua a ser posible con una música nueva.

 

El canto del Credo

También el credo, como profesión de fe, podemos destacarlo en pascua cantando el Credo 111, o bien, de otra forma más sencilla, el presidente proclama el símbolo apostólico y la asamblea responde con una antífona al final de la parte atribuida a cada persona trinitaria:

– Creo, Señor. Creo, Señor (Lerchundi-Gabaráin)

 

 

El canto del «Regina Coeli»

No tendríamos que perder de nuestro repertorio esta antífona mariana para el tiempo pascual. En la eucaristía la podemos cantar como antífona final, antes de la bendición final y del saludo de despedida «Podéis ir en paz», con el celebrante aún en el presbiterio. Es una antífona, breve, sencilla y popular. Tanto si la cantamos en latín como en castellano, podemos sacarle mucho provecho, pues podemos cantarla no sólo al final, sino en la bendición de la mesa, sustituyendo el rezo del Ángelus, al final de completas, durante el mes de mayo, que es devocionalmente mariano pero litúrgicamente pascual.

 

 


[1] Carta circular de la Congregación para el Culto Divino sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales (16 de enero de 1988) No. 100

 

Domingo de Ramos – Ciclo B

DOMINGO DE RAMOS ciclo B

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos (la de Juan se lee el viernes). Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la ciudad santa, poco antes de ser crucificado.

1.      Oración:

Dios, Padre nuestro, tú enviaste a tu Hijo entre nosotros, para que descubramos todo el amor que nos tienes. Y cuando nosotros respondemos a ese amor con nuestro rechazo, matando a tu hijo, Tú no te echaste atrás sino que seguiste adelante con tu plan de ser nuestro mejor amigo. Ablanda nuestros corazones para que sepamos responder a tu amor con el nuestro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de Isaias 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Dentro del contexto general, cuatro misteriosos poemas que, por acuerdo más o menos unánime, vienen llamándose del «Siervo»: Cánticos del Siervo de Yahvé. Aquí, en la lectura de hoy, nos encontramos con uno de ellos; con el tercero, en concreto. Y del tercero, con unos versículos, los más significativos. Conviene, no obstante, alargarse, en la lectura privada, a los versículos 8 y 9 por los menos, y con un poco de interés, a los cánticos que le han precedido; pues, en opinión de la mayoría, se iluminan unos a otros: 42, 1-9; 49, 1-13. El cuarto vendrá más tarde y los desbordará a todos: 52, 13-53, 12.

El personaje del canto no lleva nombre, ni siquiera el título de «siervo». Lo que importa es la misión. Y ésta se encuadra en la vocación profética: voca­ción-llamada para la palabra, sufrimiento en el desempeño de la misión, con­fianza en el Señor. Detrás del profeta sin nombre se encuentra Dios con todo su poder. Llamada para hablar: lengua de iniciado. El Siervo ha de hablar; ha de hablar bien, ha de hablar en nombre del Señor. En este caso ha de ha­blar para consolar, al abatido. También el profeta sabrá de abatimiento; es su vocación. Pero para hablar, hay que escuchar. Dios afina el oído de su Siervo, agudiza su sensibilidad y lo capacita para sintonizar con su volun­tad. Suponemos en el Siervo una intensa actividad auditiva.

La misión se presenta, además, dolorosa: ultrajes e injurias personales. Un verdadero drama. En el fondo, participación del drama de Dios en la sal­vación del hombre. La persona del Siervo tiende a confundirse con el men­saje que debe anunciar. Valor y aguante. Y así como no resiste a la palabra que lo envía, así tampoco al ultraje que ella le ocasiona. Dios lo mantendrá inquebrantable en el cumplimiento de su misión. Misteriosa vocación la del Siervo. Todos los profetas experimentaron algo de lo que aquí se nos narra. Con todo la figura del Siervo los sobrepasa. ¿Quién es? ¿Quién llena su imagen? Miremos a Cristo Jesús y encontraremos la respuesta más cumplida. Vivió en propia carne el inefable drama de Dios con el hombre: lengua de iniciado: gran profeta; oído atento: gran hombre de Dios; ultrajes, presencia de Dios… misión cumplida.

2.2.Salmo responsorial Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.» 

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.

Salmo de súplica, salmo de acción de gracias. ¿Psicológicamente incom­prensible? Teológicamente, al menos, no: tras la súplica, siempre, la acción de gracias, porque Dios, al fondo, siempre escucha la oración. El salmo vive los dos momentos. Hoy, el primero.  La súplica toca los límites extremos en que puede encontrarse el fiel de Dios. Es el justo; y es el justo perseguido; y es el justo perseguido por ser justo; y la persecución lo ha llevado hasta las puertas de la muerte; ¡y el Señor no le escucha! El justo sufre sobre sí el abandono de Dios; las imáge­nes son vivas y reflejan una situación límite. También la confianza es ex­trema y total.

¿Quién llena el salmo? Situaciones semejantes, pero parciales, las han vi­vido con frecuencia los siervos de Dios. Como ésta, en profundidad insospe­chada, solamente uno: El Señor Jesús. Los evangelistas recogen de su boca el estribillo del salmo en el momento de su muerte; también aparecen cum­plidos algunos versículos en la ejecución en la cruz. Pensemos, pues, en Jesús; él desborda el salmo, en dolor, abandono y esperanza. Unámonos a él, a todo justo, que en el cumplimiento de la voluntad de Dios pasa por trance seme­jante.

Dios, el Padre, dejó paradójicamente morir a su Hijo; pero lo resucitó al tercer día. La oración fue escuchada, como comenta la carta a los hebreos, por su« reverencia»

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 25 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

En una carta -Pablo a los Filipenses-, una recomendación entrañable; y en la recomendación entrañable- «manteneos unidos»-, la motivación más cordial y personal del apóstol: Cristo Jesús. Es toda nuestra lectura. Y es toda una pieza. Pieza, que, según la crítica más aceptada, se remonta a los albores de la comunidad cristiana, a unos años, quizás, antes de Pablo. Se le suele caracterizar como himno. Pero hay que advertir que, sin dejar de serlo, el pasaje admite otras denominaciones, secundarias quizás, pero simultáneas, que la colocan en su debido puesto: fórmula de fe, catequesis… Debemos mantener viva la alabanza, recordar piadosamente el misterio y profesar confiados nuestra fe. Los autores distinguen estrofas. No nos vamos a enzarzar en la polémica de su diferenciación y número. Vamos a seguir tan sólo el pensamiento de tan preciosa profesión de fe, el movimiento de tan justificada alabanza y la estructura básica de tan profundo misterio.

El himno lleva, en el contexto actual de la carta, un movimiento de exhor­tación. No lo perdamos de vista, pues nos conviene aprender- catequesis- y nos interesa dejarnos mover- parenesis. El ejemplo es Cristo; el cristiano ha de acercarse a él para conocer y vivir su propio misterio.

En cuanto al himno mismo, podemos proceder a su inteligencia, apoyán­donos en los contrastes. Y el primero que se nos ofrece es el llamado de la «kénosis» o anonadamiento. Jesús, en efecto, siendo de condición divina, no ambicionó conducirse, al venir a este mundo, a la manera que como a ser di­vino correspondía. Todo lo contrario, se despojó de sí mismo totalmente: res­pecto a Dios en obediencia absoluta y respecto a los hombres, llevando por amor, la condición de hombre débil, hasta el extremo de morir, como siervo, en una cruz: condenado como malhechor y blasfemo -¡él, que era Hijo de Dios!; por odio y envidia- ¡él, que era la misma misericordia!; por propios y extraños -¡él, que no se avergonzó de llamarnos hermanos!; impotente y en­tre criminales -¡él, que era poderoso y justo por excelencia!; abandonado de Dios -¡él, que era «Dios con nosotros!» ¿Quién no recuerda, como falsilla teo­lógica inspirada, el canto cuarto del Siervo de Yahvé?

El segundo contraste, que se origina y enraíza en el primero, como carne de su carne, es: Dios lo exaltó y le dio un «Nombre-sobre-todo-nombre». Un Nombre divino: el de ¡Kyrios! Jesús, como hombre, por encima de toda la creación, unido al Padre en poder y majestad. ¿Qué otro Nombre podía ser éste que el de Dios? Por eso todos deben postrarse ante él: en el cielo, en la tierra y en el abismo, y proclamar: «¡Jesucristo es el Señor!» Y ello, como lo señala el himno «por» haberse humillado hasta la muerte en cruz. Pablo nos invita a imitar al Señor; también, a alabarlo, bendecirlo y adorarlo. Es el papel que desempeña el himno en la liturgia. Acerquémonos, pues, piadosa­mente, y bendigamos, alabemos y adoremos al Señor.

2.4. Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15, 1-39

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
– «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. – «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S. -«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. -«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Pilato les dijo:
S. – «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio – al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron.
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.»

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. -«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
-«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
-«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. – «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.  El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. -«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Son relatos y son Evangelio. Como Evangelio, Buena Nueva: proclama­ción salvífica de la salvífica acción de Dios. Como relatos, composición litera­ria de características peculiares: una serie de pequeñas escenas-unidades de notable largura y de excepcional trabazón entre sí. Destacan, por cierto, en ambos aspectos, del resto del evangelio. Vienen a ser un relato uno, aun den­tro de los respectivos evangelistas, por más que uno deseara encontrar en ellos, o más detalle o más precisión, o ambas cosas a la vez, en algún mo­mento. Quedan así indicados los problemas que pueden surgir, ya dentro de un mismo relato, ya en el cotejo de un evangelista con otro: lagunas, despla­zamientos de lugar…

No son, pues, crónica o retrato preciso de un acontecimiento; ni pueden serlo en realidad. Con todo, se parecen mucho a ello. Son el acontecimiento, sí; pero, animados los relatos y coloreados por la reflexión y el afecto: de gran objetividad y de entrañable devoción: devoción, porque son la Pasión del Señor. Y objetivos, por la misma razón. El acontecimiento ha fundado la fe y la fe, devota, se ha volcado sobre el acontecimiento. Sorprenden su ex­tensión y detalle, habida cuenta, en consideración neutra, del acontecimiento que narran: la horrorosa y horrible muerte de Cristo en la Cruz. ¿No hu­biera sido mejor olvidarlos, después de la experiencia de la gloriosa resu­rrección, con la que, al parecer, nos guardan en común? Pues no. Los relatos parten de testigos oculares y se han mantenido y mantienen vivos en el ám­bito eclesial, especialmente litúrgico, de todos los tiempos. Es la Pasión del Señor. Y sabemos que la Pasión del Señor no es algo que pueda olvidarse como una pesadilla o pasarse por alto como un escollo, sino que es, nada más y nada menos, el relato de los acontecimientos reveladores de la Salvación de Dios: el gran combate de la luz contra las tinieblas y la estrepitosa victoria de Dios sobre el diablo, en su propio terreno, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. La muerte. La muerte mordió su propia entraña, el odio quemó sus enconadas iras, el demonio perdió su do­minio y las tinieblas huyeron despavoridas. Y las armas singulares en ver­dad, la muerte en cruz de Jesús.

Con esto queda abierta la inteligencia como Buena Nueva. Estos relatos anuncian, proclaman, revelan la salvación de Dios en su siervo Jesús. Y también lo celebran -aspecto litúrgico- y la presentan como objeto de con­templación y veneración -misterio de Dios y su obra-. En ellos nos acercamos a Dios y Dios se acerca a nosotros. Y el acercamiento es, naturalmente, sal­vífico: la Pasión del Señor, dispuesta por Dios, para salvarnos a nosotros, pecadores. Es su sentido y verdad fundamental. En torno a ellos, y enrique­ciéndolos, múltiples verdades parciales de la gran verdad que desprenden de los relatos como totalidad unitaria y unidad total.

Por eso, tanto la comunidad -acto litúrgico- como el individuo -relación personal con el Señor- han de moverse en dirección teologal: fe, esperanza y caridad. Y es que, al fondo, está Dios: Dios salvador del mundo a través de la muerte de si Hijo. Fe en su amor, esperanza en su perdón y benevolencia, y afecto entrañable a su persona. Su dolor físico y moral, su soledad y aban­dono; su voluntad de sumisión y su obediencia extrema; su abrumador silen­cio y sus divinas palabras… Por nuestros pecados; por mis pecados… Las escenas, todas ellas reveladoras del misterio de Dios y de nuestro misterio: la Ultima Cena, la Eucaristía… La traición de Judas -¿nunca lo he traicio­nado yo?-, la negación de Pedro -¿nunca lo he negado yo?-, la oración en Get­semaní, los falsos acusadores, los gritos del populacho, la envidia de las au­toridades, la debilidad de Pilato, las mujeres… Y, sobre todo, el mismo acontecimiento: ¿es posible que aquel hombre, Hijo Unigénito de Dios, muriera así? El misterio del pecado enfrentado con el misterio del amor de Dios. Uno tiembla, se conmueve, llora, pide perdón y alaba. Pues temblemos de emoción, lloremos por nuestros pecados y alabemos a Dios por Gracia: es la Pasión y Muerte del Señor.

A pesar de ser uno, en el fondo, el relato de la Pasión, son cuatro, tres para esta celebración, los evangelistas que lo encuadran en sus respectivos evangelios. Por supuesto, que nos ofrecen, al tomarlo de la tradición consa­grada de la Iglesia, su propia impronta, su huella, su visión ligeramente eclesial-personal del acontecimiento, que, lejos de desfigurar los hechos, lo enriquecen. A Juan lo relegamos para la celebración del Viernes Santo. Los otros tres quedan para hoy, según la división en ciclos. Podemos comenzar con Marcos, considerado por los estudiosos como el primero y más cercano al relato tradicional. Señalemos lo más llamativo. Las anotaciones, con todo, no eximen de la lectura atenta, personal y afectuosa de todo su relato. Lo mismo, respecto a los otros evangelistas.

Los autores subrayan el carácter «kerigmático» del evangelio de Marcos, concretamente, en el relato de la Pasión. Marcos proclama el plan de salva­ción de Dios. Y lo proclama con peculiar rudeza y objetividad; sin paliativos, ni explicaciones atenuantes, ni pulimiento de artistas. Marcos ama el con­traste desnudo y la paradoja desconcertante. No teme herir la sensibilidad; antes bien, parece que lo intenta: el escándalo de la cruz. Es como quien corta el madero a hachazos, sin cuidarse de suavizar los cantos, de endere­zar las líneas o de lijar los nudos, y levanta con él la cruz del Señor. He aquí, como Cristo despojado de sus ropas, el misterio de la muerte del Hijo de Dios que nos salva. Ante él, se desnuda la fe y se postra el corazón. Esta misma despreocupación de arreglo alguno abre el campo a cierta viveza en el lenguaje y a cierta improvisación. Esto último, debido, quizás, a la tradi­ción oral mantenida por Pedro. Los versículos 43-52 del cap. 14 -comenzamos por el Prendimiento de Jesús- ofrecen un claro ejemplo de lo que acabamos de decir. Estilo brusco y directo: la venida, casi de improviso, de Judas, su beso al Maestro, la escapada, la huída de los discípulos… Nada de Jesús a Judas, nada, tampoco, al que saca la espada y nada al siervo herido por ella. Desconcertante. Tan sólo, y por ello desconcierta más, las palabras de Jesús «Como a un ladrón habéis venido a apresarme… » y la escueta y des­teñida mención de la escritura. Y el rasgo pintoresco del joven que le seguía envuelto en una sábana. Cuesta a uno sobreponerse del impacto: breve, di­recto y desnudo como el muchacho que huye despojado de su envoltura.

Los versículos 53-72 –El proceso de Jesús ante el Sanedrín- ofrece nuevas consideraciones en esa línea. Continúa el contraste y el desconcierto. En cuanto a las personas que intervienen podemos notar: a las autoridades, dispuestas sin más a enviarlo a la muerte -¿eso es autoridad?-; para ese fin, la búsqueda de testigos falsos y, tras encontrarlos, la ineficacia de su come­tido: ¡no se ponen de acuerdo! Con ellos, a su manera, podemos distinguir a Pedro. De hecho es nombrado inmediatamente después de las Autoridades, deseosas de condenarlo, y de los que maltratan a Jesús, versillo 54 y 66, respectivamente. Parece que Pedro, esta es la paradoja, es uno más de los que injurian a Jesús, ¡y es su discípulo primero!

El centro, con todo, del pasaje, por la brevedad también y el peso, van los versículos 60-64. Jesús debe morir, y no se encuentra causa. Obligado a mani­festarse, su confesión y sinceridad precipitan la condena, y a la máxima re­velación de la más alta dignidad responden, por contraste, la más vil con­dena y defraudante trato. Podríamos titular el cuadro el cuadro como «la dignidad mesiánica de Jesús y los malos tratos». La nota de vivacidad y pin­toresca -testigo ocular- la dan, además del detalle sobre los falsos testigos de que no se ponían de acuerdo, los pormenores de la negación de Pedro: desta­can el juramento y el llanto. Sobre las palabras de Jesús al sumo sacerdote volveré más tarde, al tratar de introducirnos en el misterio de la persona de Jesús: su muerte en el Calvario.

Los versículos 1-20 del capítulo 15 presentan el Proceso romano de Jesús. Breve, conciso, esquemático. Pilato pregunta, ex abrupto, «¿Eres tú el rey de los judíos?» y Jesús, sin mayor explicación o detenimiento del evangelista, responde: «Tú lo has dicho». Proceso, pues, del «Rey de los judíos». El título aparece tres veces en tan pocos versículos. Impresiona el silencio de Jesús. Hasta Pilato se admira; nosotros también. La comparación con Barrabás pone de relieve la inocencia de Jesús, y la decisión de Pilato de condenarlo a muerte, por los gritos del pueblo, su miserable debilidad. Los malos tratos y burlas de los soldados, relatados con crudeza y brevedad, contrastan con el título de rey de los judíos que aparece en su boca: ¿así se trata a un rey? ¡Nuestro Rey entre malhechores!

Los versículos 21-41 nos conducen al centro del acontecimiento misterio; Crucifixión y Muerte de Jesús. Es la ejecución del veredicto romano; total­mente injusta como él. Señalemos, para empezar, la nota pintoresca del Ci­reneo con los nombres de sus dos hijos, Alejandro y Rufo. Son testigos ocula­res los que están al fondo del relato. La siguiente escena, la Crucifixión, evoca, de alguna manera, el proceso ante Pilato: en el centro el título «Rey de los Judíos» y la ejecución -cuatro veces el término «crucificar». Jesús, Rey de los Judíos, muere en la cruz, entre ladrones. ¿Cabe mayor contraste?. Desnudo por completo, en un suplicio horroroso. Terrible.

La siguiente escena evoca el Proceso ante los judíos. El primer grupo de transeuntes recuerda a los testigos falsos: repiten la acusación, con el agra­vante de blasfemia y burla: «¡Yaya! Tú que destruyes el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo bajando de la cruz». Un segundo grupo, sumos sacerdotes y escribas, reavivan la sentencia sobre Jesús por su declaración mesiánica, anteriormente habida: «Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. El Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos». Naturalmente, entre gracias y burlas. Pero no era ese su mesianismo; todo lo contrario, morir por nosotros en la cruz. El evangelista no lo explica; deja correr los acontecimientos. (Sólo al final, en boca del centurión – ¡un pagano!- aparecerá la filiación divina como revela­ción del misterio). La fe debe cubrir al desnudo, sostener al crucificado y adorarlo como Rey.

Pero son los versículos inmediatamente siguientes los que nos introducen más en el misterio. El relato corre, otra vez, negro y desnudo: las tinieblas desde la hora sexta hasta la nona; la voz de Jesús con palabras del salmo 22- «Dios mío, ¿por qué me has abandonado? – el gran grito y la muerte; la ruptura del velo del templo y la confesión del centurión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Como testigos mudos, pero testigos figuras en aquellas inesperadas tinieblas prepara la resurrección. Serán ellas las pri­meras que sepan del Resucitado. La sepultura de Jesús va también en esa dirección: la tumba certifica la muerte de Jesús y será, una vez vacía, la boca abierta que anuncie a todos los siglos la Resurrección de Jesús. Nadie la podrá cerrar jamás. El Crucificado la ha abierto para siempre.

Reflexión:

Podemos señalar algunos temas teológicos. Comencemos por las palabras de Jesús en respuesta a las del sumo sacerdote «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»: «Tú lo has dicho; en ver­dad os digo que desde ahora podréis ver al Hijo del hombre sentado a la de­recha del Padre y venir sobre las nubes del cielo». El eco solemne de esta manifestación la encontramos en boca del centurión: «verdaderamente éste era Hijo de Dios». Apuntemos para la primera manifestación -respuesta de Jesús al sacerdote- la conjunción de las tradiciones «mesiánica» y «apocalíptica» en la persona de Jesús: Jesús, el Mesías-Rey descendiente de David, salvador del pueblo, y Jesús, el Hijo del hombre, ser celeste y supe­rior, anunciado por Daniel. El título de Hijo de Dios, que algún evangelista pone en este momento, está en alto: el hijo de David, rey, es el Rey Ungido por Dios, perteneciente a la esfera divina, hijo de Dios en sen­tido propio. El venir sobre las nubes, en efecto, lo asimila a Dios; ¿quién otro que Dios puede venir sobre las nubes? De esta forma se precisa y explícita también la naturaleza de su trono: a la derecha de Dios en las alturas, en el trono de Dios.

A estas tradiciones debemos añadir otra, la más chocante quizás, ava­lada por el acontecimiento-cumplimiento en Jesús de las Sagradas Escritu­ras- y será: Jesús, el Siervo Paciente de Yahvé. Todas ellas redondean el misterio, al mismo tiempo que se integran plenamente entre sí.

Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. La carta a los Hebreos comentará que Jesús «fue perfeccionado por el sufrimiento». Jesús es el Siervo de Dios; pero su servicio redundó en beneficio de todos. Fue «disposición de Dios, comenta así mismo otra vez la carta a los hebreos, que gustara la muerte en favor de todos». Un triunfo a través de la pasión – que lo recalca Jesús, en Lucas, a los discípulos de Emaús – y una pasión que llevó adelante el que era «Hijo». Este último término nos descubre la identidad del sujeto que sobrellevaba el peso de las injurias, abandono y muerte, y despertó en la resurrección : Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

Otro elemento singular es el tema del «templo». Dos veces aparece la acu­sación; -en el proceso judío y ya clavado en la cruz- de querer Jesús destruir el templo y levantar otro no hecho de manos humanas. El evangelio la llama acusación falsa. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta el desarrollo de la Pasión. Jesús acaba, de hecho, con la Economía Antigua y comienza la Nueva. El Templo nuevo será él. Juan lo afirmará expresamente en 2, 20-22 y Pablo lo insinuará suficientemente al decir que «habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente». Es pues la Tienda más amplia y más perfecta, no hecha por manos hu­manas, dará a entender la carta a los Hebreos, es su Cuerpo Glorioso (9, 11ss). El detalle de la ruptura del velo al momento de morir Jesús favorece esta interpretación.

El tema del Templo nuevo, aquí brevemente esbozado, abre la perspec­tiva hacia la Iglesia, Templo de Dios y Cuerpo de Cristo. Es su Reino y su Pueblo. ¿Y no fue de su costado, abierto por la lanza – estamos ya en Juan -, de donde, según los Padres, nació la Iglesia, Esposa del Señor? Iglesia so­mos, y no podemos menos de vernos integrados en la Pasión y Resurrección del Señor.

3.      Oración final:

 

 “Dios todopoderoso y eterno,  tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre  y muriese en la cruz,  para mostrar al género humano  el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad;  concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su gloriosa resurrección” Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

Pueden encontrar algunos de los cantos propios de Domingo de Ramos y Triduo Pascual en esta página.

Domingo 5 de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA CICLO B

 

Hoy resuena el grito esperado de Jesús: «Ya ha llegado la hora.» Sí, ha llegado la hora, y estamos viviendo en ella, en que la antigua alianza cede el paso a la nueva, la alianza por la sangre de Cristo.

En esta nueva alianza vivimos hoy los cristianos. Pero, ¿en qué consiste realmente? ¿Cuál es su esencia? ¿En qué se distingue de la antigua? Para que todo no quede en buenas palabras, una vez más la liturgia nos urge a una profunda reflexión a partir de los textos bíblicos, para que la realidad de la alianza sea lo mismo que fue para Cristo: filial obediencia al Padre y generosa ofrenda por la liberación de los hombres.

  1. 1.      Oración

 

Dios Padre Nuestro, te pedimos que nos mantengas nuestra fe, nuestra caridad, y sobre todo nuestra esperanza, para que nos comprometamos crecientemente en hacer crecer la vida, aunque para ello debamos entregar la nuestra cada día. Que con ello podamos acelerar la llegada de tu Reino de Justicia, Paz y Solidaridad. Te lo pedimos en nombre de Jesucristo nuestro hermano mayor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del profeta Jeremías 31,31-34

 

«Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor -oráculo del Señor-. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días -oráculo del Señor-: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: «Reconoce al Señor.» Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande -oráculo del Señor-, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.»

 

Jeremías, el profeta del dolor y de la ruina, de la devastación y del desas­tre, es también el profeta de la esperanza. Su misión no se limitó a conminar a su pueblo pecador con el desencadenamiento de la ira divina. En aquella misma mano que esparcía amarguras y muerte se advirtió, para el futuro, un designio salvífico irrevocable. La ira de Dios no dura para siempre; el castigo no es su última palabra: habrá un perdón. El texto revela la volun­tad salvadora de Dios. Se anuncia un gran cambio.

La experiencia secular de Israel ha llevado al convencimiento de que la alianza antigua, sin dejar de ser una cosa buena, no ha conducido práctica­mente, por falta de una correspondencia humana adecuada, a la estrecha unión con Dios. Podemos hacer desfilar por la mente reyes «pecadores», pue­blo de dura cerviz, idolatría, injusticia, olvida de Dios. El pueblo no ha mejo­rado. Desde que salió de Egipto hasta los días del profeta, unos y otros, el pueblo en su conjunto no sigue a su Dios. Buena era la alianza, pero era dé­bil el hombre; el culto, auténtico pero miserable el hombre; Dios fiel pero el hombre olvidadizo. Dios ha dispuesto por pura misericordia, advierte a Je­remías, cambiar la situación: una Alianza Nueva, más eficaz que la primera. Dios va a tocar el corazón del hombre. Lo va a modelar a su voluntad; lo hará sensible a sus toques, irresistible a su amor. Jeremías pone de relieve, como característico el elemento subjetivo humano. Precisamente lo que le faltaba a la Economía antigua. La visión, con todo, es parcial. Veamos las características más salientes. Es una Alianza Nueva. Tomemos el título en sentido propio y riguroso. No se trata de una repetición o una renovación de la ya existente. Algo así como la renovación de la Alianza en tiempos de Josué, Nehemías… Jeremías es el único que emplea el término «nueva» y da a en­tender una realidad enteramente nueva. La comparación, como contraste, con la alianza del Sinaí, deja bien en claro el pensamiento del profeta. Alianza nueva significa unión con Dios «nueva». Unión de inteligencia, de co­razón y de acción. La antigua no llegó a tanto; ésta sí. El pueblo será pueblo de Dios no por una designación externa, sino por una comunicación interna transformante de Dios (del Espíritu). La fórmula -«Yo seré su Dios y el será mi pueblo» llegará al corazón del hombre. Dios cambiará el corazón, sede de la vida espiritual del hombre, a su «gusto», a su querer y voluntad. Tornará la entraña del pueblo capaz de ver, querer y sentir como él. Así movido e imbuido de Dios, «conocerá» a Dios: le seguirá fielmente. Pasarán de «pecadores» a santos; se «duros» a fieles. Profunda santificación y purifica­ción del hombre. El profeta subraya como abundante la deficiencia de la alianza antigua: conocimiento de Dios. Esta realidad la alcanzará el hombre en el Don de Cristo: el Espíritu Santo. Hebreos 8, 8-12 y Pablo recuerdan las palabras del profeta cumplidas en la obra de Cristo. Es de notar la profunda religiosidad del pasaje. No se prometen riquezas, no glorias, ni honores. Se anuncia y promete como don supremo la unión íntima con Dios. Y eso lo al­canzamos en Cristo.

 

2.2.Salmo responsorial: 50

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, / por tu inmensa compasión borra mi culpa; / lava del todo mi delito, / limpia mi pecado. R.

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, / renuévame por dentro con espíritu firme; / no me arrojes lejos de tu rostro, / no me quites tu santo espíritu. R.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación, / afiánzame con espíritu generoso: / enseñaré a los malvados tus caminos, / los pecadores volverán a ti. R.

 

El gran salmo y la gran súplica. Y grande el primero porque grande y profunda la segunda. Y profunda y admirable ésta por de­jar al descubierto en toda su pequeñez y amplitud, el alma enferma y peca­dora del hombre y su sed insoportable de encontrar curación y descanso en Dios. Es doloroso cuando se quiebra el cuerpo; indecible, cuando es el espí­ritu. Un espíritu quebrantado no encuentra desprecio. Un corazón que nece­sita respirar y se ahoga; un espíritu que quiere volar y no arranca… Lim­pia, borra, lava… Renueva, crea… Una súplica intensa y continua. El estri­billo da la pauta. No solamente el perdón. Con el perdón una creación nueva: un corazón nuevo. Una nueva forma de ser que lo incline e incruste para siempre en el querer y sentir de Dios. Dios puede hacerlo. Dios quiere ha­cerlo. Pidámoslo con humildad y constancia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 5,7-9

 

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando es su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

 

Cristo, hijo de Dios, Rey, Señor, Hermano de los hombres… es el Sumo Sacerdote. Con él y en él ha comenzado la nueva Economía, superior en todo punto a la An­tigua superior la víctima, superior el sacri­ficio, superior el efecto. El hombre no llega a Dios, a su Santo Templo, sino en Cristo, Sacerdote y Señor. La exigencia para el hombre, de tal intervención de Dios es única y total. La carta se encargará de recordarlo en cada momento. Unos versículos arriba, muy próximos al texto lo han intentado con las siguientes palabras: «Acerquémonos… al trono de la gracia, para que obtengamos misericor­dia…» (4, 16).

El capítulo 5 no tiene otra misión en su parte doctrinal (1-10), que expo­ner el misterio más detalladamente. Jesús es el pontífice fiel y misericor­dioso. Se establece la definición-descripción de «sacerdocio» y se aplica a Cristo. Ahí se encuentran nuestras líneas. El sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, debe estar revestido para con sus representados de compren­sión y misericordia. Y nadie mejor que quien ha experimentado la necesidad. Jesús «experimentó» la «prueba», el acoso del enemigo y la debilidad de la condición humana. Recordémoslo en el huerto de Getsemaní, orando con in­tensidad asombrosa; recordemos sus voces, sus ruegos, su sudor, el llanto y las lagrimas; recordemos el suplicio de la cruz, su oración al Padre, su per­dón a todos … Jesús (era sacerdote) presentó oraciones y súplicas. Y fue es­cuchado: Dios intervino. E intervino de forma sorprendente. Jesús pasó por la muerte, sintió y vivió sus horrores, pero Dios lo levantó al tercer día. He ahí la eficacia de su acción sacerdotal. Dios lo libró de la Muerte para siem­pre y lo constituyó Señor de la Vida. Quedarán en él para siempre las hue­llas de su «obediencia»: muerte en cruz. Misterio profundo que no se deja comprender totalmente, pero sí gustar y saborear en la contemplación. Era Hijo y ¡aprendió a obedecer! La obediencia -«sacerdote fiel»- lo «perfeccionó»: lo constituyó Sacerdote-Autor de la salvación. A través de su muerte -obediencia a Dios y amor a los hermanos- ha sido exaltado: ha sido -en cuanto hombre- transformado. Ha sido colocado al frente de la humanidad: salvador e intermediario único y perfecto: Sumo Sacerdote. La obediencia lo encumbró a ese puesto; la obediencia lo «capacitó» para comprendernos amarnos y salvarnos; la obediencia por tanto, es el requisito imprescindible para alcanzar en él a Dios. El misterio de la pasión del Señor -al fondo de la Encarnación- en su función salvadora con términos cultuales.

 

2.4.Lectura del santo Evangelio según san Juan 12,20-33

 

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.» Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.» Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 

Estamos al cabo de la vida pública de Jesús. Final de la primera parte del evangelio. Término del «libro de los signos». Jesús, luz del mundo, ha tra­bajado por disipar las tinieblas; Verdad divina, ha combatido la mentira; Vida, se ha encarnado con la muerte; el Hijo, ha revelado al Padre. Se acerca el momento supremo: La hora de su glorificación: misterio profundo de piedad y de amor. La presencia de los gentiles hace la escena un tanto simpática, dentro del dramatismo que le caracteriza. La hora de Jesús en­globa a todo el mundo y a la divinidad, Su glorificación alcanza a todas las gentes. Muerte de Jesús: realidad trascendente.

El cuadro comienza de forma festiva. Se perfila próxima la «fiesta». La Fiesta no puede ser otra cosa que la Pascua. Gran fiesta la Pascua, en la que se «recordaba» la salvación pasada y se anunciaba la futura salud. La muerte de Jesús -morirá al comienzo de la Fiesta- hará de la fiesta fiesta y de la pascua pascua: la gran Fiesta de Dios salvador. La Iglesia celebra como fiesta y pascua la muerte del Señor. Dios operó en ella la salvación.

 

En la Fiesta, los gentiles quieren ver a Jesús. Los gentiles, extraños a la fiesta, participan de la fiesta. Jesús anuncia para ellos la gran manifesta­ción de la gloria del Señor. Dios va a pasar delante de ellos envolviéndolos de su resplandor. Quieren ver. Ver a Jesús. Y Jesús se dejara ver: todas las miradas convergerán en él. La Cruz será de ahora en adelante, el punto de encuentro de Dios y los hombres y de los hombres entre sí. Los gentiles en virtud de la muerte de Cristo, celebrarán la pascua, viendo a Jesús, en­vuelto en la gloria de Dios. Es la fiesta de todos.

Jesús va a morir. Y va a morir en Cruz. Va a morir «elevado». La muerte de Jesús es una elevación. La elevación, una exaltación. La exaltación, una glorificación. Jesús, en su muerte, va a ser elevado, exaltado, glorificado. Glorificación de Jesús y glorificación del Padre. Dios se manifiesta comuni­cado sin reservas al Hijo; el Hijo acoge la presencia gloriosa del Padre y la extiende a toda la criatura. Jesús muere en obediencia al Padre. Y el Padre acoge aquella muerte en su honor y la convierte en Resurrección gloriosa. Muere el grano y se multiplican las espigas. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre. Y el padre acoge aquella muerte en su honor y la convierte en Resurrección gloriosa. Muere el grano y se multiplican las es­pigas. El padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre. Y en esta mara­villosa glorificación encuentran los hombres que se arriman al misterio, la propia y excelsa glorificación encuentran los hombres que se arriman al misterio, la propia y excelsa glorificación. Es la hora de Jesús. Para eso ha venido, y a ello camina con toda decisión. Son sus palabras. Es la voz de lo alto.

 

La muerte de Jesús, glorificación de Dios, es un triunfo sobre el príncipe de este mundo. Un triunfo soberano. El mundo, que creía triunfar dando muerte el Justo, sucumbe paradójicamente bajo su propio intento. El prín­cipe del mal, que se ufanaba de su «principado» condenado al hombre de Dios, es machacado vivo por la justicia de Dios en Cristo-Hombre. La Cruz, expresión y signo de ignominia, destrucción y muerte, irradia luz, mana vida y dispensa salvación. La muerte de Jesús da poder a Jesús para arro­par en sí a todos los que se adhieren a él: la salvación y la vida.

Jesús anuncia su Hora. Hora para la que ha venido. Hora de su muerte, que es elevación, que es participación perfecta y profunda de la voluntad del Padre, que es posesión de su gloria. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo de­vuelve la gloria al Padre, pasando por todos aquellos que como él odian el mundo y acceden a Dios. El poder hacerlo es ya expresión y efecto de su glo­rificación. Es la Gran Fiesta del Señor.

 

Reflexión:

 

Celebración de los misterios pascuales. Celebración es meditación, es re­flexión, es contemplación. Es también acción de gracias, adoración, alabanza y petición. La persona entera se vierte, gozosa y sentida, en los misterios del Señor. Porque en ellos, como misterio, encontramos nuestra salvación. Cristo en el centro:

 

Glorificación. Aparece en primer plano en el evangelio. Jesús va a ser glorificado por el Padre. la glorificación es la comunicación de la gloria del Padre. La gloria de Dios es Dios mismo. Dios mismo se comunica de forma indecible a la humanidad del Hijo. Dios mismo opera en Jesús. Y la opera­ción, como era de esperar, es algo tan grandioso que supera nuestras cate­gorías. Podemos pensar en una nueva creación. Jesús acepta la voluntad del Padre; asume la gloria del Padre. Y el Padre lo glorifica en sí. La glorifica­ción de Jesús pasa a todos los que le siguen. Es la gran Fiesta de Pascua. Pasa el Señor transformándolo todo. Celebremos la Fiesta con devoción y afecto, con acción de gracias e exultación.

 

Muerte. La muerte es concretamente el momento de la acción maravillosa de Dios en Jesús. Jesús «obedece» y muere. Jesús «ama» y muere. Y la muerte es muerte de Cruz. Y la muerte de Cruz es elevación. Y la elevación es vida -grano de trigo- y atracción. El hombre que se deja «glorificar» en Je­sús, seguirá los mismos pasos: obediencia y amor hasta la muerte.

 

Triunfo. La muerte-glorificación de Jesús es un triunfo sobre el demonio y el mundo. Y es triunfo personal y colectivo. Es ya triunfo dar el poder de triunfo a los demás. Y triunfo es aceptar y secundar la «glorificación» en sí: capaces de dar la vida en obediencia a Dios y en amor a los hermanos. Como triunfo, fiesta. Y como fiesta, la gran Fiesta de Dios y del hombre. Jesús es Dios y hombre.

 

La primera lectura y el salmo responsorial, declaran la renovación del hombre en el Pacto de dios en Cristo. Renovación de alma y cuerpo; de en­trañas y corazón. El hombre, «glorificado», puede amar con el amor de Dios, sentir con el sentir de Dios, ver y entender como Dios ve y entiende. Es el hombre nuevo a la altura de Dios. Jesús ha realizado el maravilloso trueque. La convivencia con Dios es real. En misterio ahora; en claridad después.

La segunda lectura se alinea con el evangelio en el misterio de Cristo que muere y es glorificado: Jesús Sumo Sacerdote. Sacerdote que abre el camino a Dios. La muerte lo acerca a nosotros y nos acerca a Dios. La obediencia de Jesús y su aprendizaje en la debilidad humana, lo hizo «experimentado» para interceder por nosotros con toda eficacia y validez. La muerte de Je­sús, expresión de su Sacerdocio y camino para llegar a Dios.

 

Dios Todo-bondadoso: en Jesús nuestro hermano mayor vemos realizado el ejemplo del grano de trigo que se entregó a sí mismo y supo dar la vida por amor. A nosotros que nos confesamos seguidores de su misma actitud ante la vida, ayúdanos a reproducir en nuestra existencia su entrega generosa, creadora de vida y de fecundidad. Por el mismo Jesucristo nuestro hermano mayor. Amén.

 

 

Domingo 4 de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (CICLO B)

Dios es rico en misericordia, escribe san Pablo. En el Antiguo Testamento, Dios mostró esta misericordia a un pueblo infiel: le perdonó sus faltas y los trajo de vuelta a la tierra cuando estuvo deportado. Este es el sentido de la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas. La bondad y la misericordia de Dios se manifiestan de manera sorprendente en Cristo Jesús. Elevado sobre el madero de la Cruz, Jesús ofrece la vida eterna a lo que creen en Él.

 

1.      Oración comunitaria

Dios «todo-bondadoso», Padre de la Humanidad, que en Jesús has levantado ante el mundo una y muchas señales, para que todos los hombres y mujeres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad: te expresamos nuestro agradecimiento al descubrir que tú actúas a favor de toda la Humanidad y a toda ella la conduces, «por caminos sólo por ti conocidos». Ello nos hace sentirnos llenos de una alegría y una confianza, que para nosotros concretamente se apoyan en Jesucristo, nuestro hermano, predilecto tuyo.

 

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.» En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:  «El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra.
Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!»»

Los libros de las Crónicas vienen a ser como un duplicado de los libros de los Reyes. Pertenecen al género histórico. Historia, naturalmente, antigua y religiosa. Con sus más o menos extensas lagunas, desfilan ante nuestros ojos los hechos más significativos de la historia de Israel bajo la monarquía. Aparecen los dos reinos, el Reino del norte y el Reino del sur. Allí los reyes que han dirigido los destinos de sus respectivos pueblos. Allí sus hazañas, sus buenas y malas obras. Pero sobre todo, allí la mano de Dios que premia y castiga. Las consideraciones del autor interesan en gran manera. Es un hombre religioso e inspirado.

El pasaje es el epílogo de la obra. El autor contempla, en visión retrospec­tiva, la historia de su pueblo. Su mirada se detiene en dos momentos: la ruina sufrida con la destrucción de Jerusalén y la vuelta del desierto. Los dos momentos son iluminadores. Uno cierra, por decirlo así, el pasado y otro abre el futuro. Un fragmento de teología de la historia. Podemos, pues, dis­tinguir dos partes.

Primer tema: la ruina de Judá. Nabucodonosor arrasó la ciudad santa, arrojó en prisión al rey, se incautó de lo mejorcito del reino y deportó lejos del país al pueblo santo de Dios. La fe se quedó tambaleando: las institucio­nes más queridas y sagradas yacían por tierra inculcadas por el invasor. Judá había sido terriblemente castigada (Jr 52). El autor, creyente, consi­dera merecida la catástrofe: infidelidad a Dios. Los dirigentes, en efecto, y con ellos el pueblo todo, obraron el mal a los ojos de Dios: impiedades, injus­ticias, idolatrías… Dios les había venido avisando repetidas veces por sus mensajeros los profetas. Lejos de obedecer, se mofaron de él. Dios intervino, en consecuencia. Dios amaba a su pueblo, y el amor lo llevó a la advertencia. No hay duda que en aquel castigo le dolió la mano.

La paciencia de Dios tiene un límite. Dios no puede ser indiferente al pe­cado. Dios tiene un honor: Dios es Santo. Dios descargó sobre aquel pueblo «irresponsable» su ira. Jeremías fue el encargado de anunciarla. Se le persi­guió; alguien intentó matarlo. ¡Matar la palabra de Dios! Es matar a Dios mismo. Nada ni nadie puede detener su palabra. Y nada ni nadie pudieron dete­ner la indignación divina. La ruina vino al fin. Fue horrible. La posteridad lo recordará temblando. El pueblo había roto el pacto sagrado con su con­ducta; había sido infiel. Por ello llovieron sobre él las maldiciones que ya anunciara el Deuteronomio. La enseñanza es clara: Dios castiga el pecado. La infidelidad a Dios es horrible.

Segundo tema: la vuelta del desierto. Aunque el pueblo se ha mostrado in­fiel a Dios, éste, no obstante, no aparta para siempre su mano salvadora. El plan de salvación sigue adelante. El hombre no podrá romperlo. La bendi­ción de Dios, prometida en Abrahán, descansará sobre los descendientes de aquella generación. El Dios que anuncia el castigo, promulga el perdón. El que llevó al pueblo al destierro, lo trae de nuevo al país. Dios otorga la gra­cia. Nueva ciudad, nuevo templo, nueva nación. La acción de Dios continúa adelante. El pueblo, purificado y «educado», dócil y sumiso, debe seguir de nuevo a su Dios. Dios lo llevará muy lejos. Hasta los confines del mundo. Todo queda como advertencia para el porvenir. Dios es un Dios de espe­ranza y perdón. Pero también el Dios Santo que no transige con el pecado. Dios salva graciosamente. Dos reyes, dos imperios: Nabucodonosor, Ciro. Al fondo, Dios. El destrozo del pueblo Abrahán después de Cristo tuvo una mo­tivación semejante. ¡Cuidado con apartarse de Dios!

 

 

2.2.Salmo responsorial Sal 136, 1-2. 3. 4. 5. 6 (J.: 6a)

Profundamente poético, recuerda el tema de la lectura primera. Babilo­nia, lugar de destierro, por una parte; Sión, lugar de bendición, por otra. Objeto de odio, la primera; objeto de amor, la segunda. Símbolo de ruina, aquélla; expresión de gracia, ésta. Repulsa, una; deseo ardiente, otra. Ol­vido de Dios, Babilonia; amistad con Dios, Sión bendita. ¡Qué asco, la pri­mera! ¡Qué delicia, la segunda! Terrible, vivir lejos de Dios; holgura, estar con él.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R/

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión.» R/

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R/

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre mis alegrías.R/

 

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Podríamos colocar como encabezamiento de esta lectura el título: «Dios nos salva graciosamente en Cristo». Efectivamente, la alusión a Cristo en esta obra de salvación es continua. Es de interés considerar el alcance y la modalidad de la salvación. Notamos en el pasaje, además de entusiasmo, cierto aire litúrgico. 1) Dios nos amó. Dios se ha mostrado misericordioso, lleno de gracia y de bondad. Reparte magnánimo los dones de su riqueza. El nos ha hecho. De él es la iniciativa. Y la iniciativa es de amor. 2) La obra de Dios se realiza en Cristo. En él su misericordia, en él su amor, en él sus dones de su riqueza infinita, en él al salvación. El él la nueva creación. En él somos y en él nos movemos. Nada fuera de Cristo. El misterio de Cristo que muere y resucita determina el don de Dios en nosotros. La Obra de Dios es Cristo. 3) Ese don es vida, resurrección, exaltación. Éramos muertos, somos vivos en Cristo. La fe juega un papel muy importante en esta nueva creación. No es obra nuestra, es obra de Dios. No es merecimiento, es obra de Dios en Cristo. A nosotros nos toca proseguir en su Espíritu la obra comenzada. De­bemos practicar las obras buenas que él determinó practicásemos. Como «vivos» en Cristo, debemos vivir de Cristo. Se exige fidelidad y colaboración.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: – «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

El pasaje está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo. Ha precedido, aunque breve, una verdadera instrucción sobre el bautismo. Hay que nacer de nuevo; hay que nacer de arriba: hay que nacer del agua y del Espíritu. El bautismo nos confiere una vida nueva: la Vida. Y es en Cristo Jesús. La efi­cacia de los sacramentos brota del Verbo Encarnado, muerto y resucitado por nosotros. El discurso de Jesús tiene un movimiento propio: avanza a modo de espiral. Veamos los asertos más fundamentales. 1) El Hijo del Hombre debe ser «elevado»: para la salvación de los hom­bres. El sentido de la palabra «elevado» es doble, físico y espiritual. Se alude a la muerte en cruz (elevación física), a través de la cual Jesús es glorificado (elevación espiritual). La misma crucifixión es ya glorificación. Es frecuente este modo de ver en Juan. Las particularidades de la vida de Jesús -acontecimientos, palabras, «signos»- revelan el misterio de su persona. 2) Todo obedece a una admirable disposición divina. Disposición que a su vez, nace del gran amor que Dios tiene a los hombres. Dios entrega a su Hijo -¡a su Hijo Único!- para que los hombres tengan «vida», y la tengan en abun­dancia. Jesús no ha venido para juzgar, para condenar,. Jesús ha venido para salvar. El juicio, después, no será otra cosa que la repulsa consciente y recalcitrante del amor que Dios nos ofrece. 3) La salvación, no obstante, puede llegar a todos. La acción de Dios, en sí amorosa y universal, se torna condenación si las disposiciones requeridas no se hallan en el sujeto. Se hace imprescindible la fe: la adhesión total a Je­sús, a su mensaje, a su obra. Deben acompañar las buenas obras. Son ex­presión de la fe. Se trata de una adhesión viva y vital. La infidelidad y la falta de buenas obras acarrean al hombre la condenación. La condenación se la dictamina uno a sí mismo. Quien no cree ya está condenado. Es como de­cir, quien no vive está muerto. 4) Aparece el antinomio, tan de Juan, de LUZ-TINIEBLAS. Dios es la Luz. Jesús es la Luz, que viene a este mundo. Luz son también, por partici­pación, los que a él se arriman y le siguen. Se arriman y le siguen los que creen en él y obran la verdad. El que obra la «verdad» y sigue a la «luz», se hace hijo de la Verdad e hijo de la Luz. La Verdad y la Luz destruyen la mentira y las tinieblas que puede haber en los hombres. Luz y Verdad es la presencia operante y salvífica del Hijo en los hombres: la presencia de Dios a través del Hijo. En él somos «hijos de Dios». Quien no se acerca a Jesús, se encierra en las tinieblas y vive en la mentira. Prefiere obrar al margen de Dios: en contra de Dios. Y obrar al margen de Dios es caer en la muerte. No se acercan a Dios porque obran mal y obran mal porque no se acercan a Dios. Ellos mismos se apartan de la Luz-Verdad-Vida-Jesús-Dios. El encuen­tro con Dios es Cristo. Sin Cristo no llegamos a Dios.

Reflexión

En la oración colecta del día se pide para el pueblo cristiano «una cele­bración digna de las próximas fiestas, con fe viva y entrega generosa». La oración última se dirige a Dios-Luz, pidiendo «tenga a bien iluminar nuestro espíritu con la gracia para que los pensamientos y afectos sean dignos de él». En el prefacio se habla del esplendor de la fe»; del género humano, «peregrino en las tinieblas»; de la «nueva creación»; de «hijos de Dios» en el bautismo. No conviene apartarse de estos temas. La mejor preparación para la celebración de las fiestas será meditar y contemplar el gran misterio de la salvación que las lecturas de hoy nos proponen, con todas sus consecuencias. Por eso:

A) La Elevación. «El Hijo del debe ser elevado, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». La Muerte-Exaltación de Jesús es, por una parte, causa de nuestra salvación. Tal acontecimiento es, por otra, expresión del amor de Dios a los hombres. Lo entregó para que tuviéramos vida. Ese es el plan de Dios: que nos salvemos en Cristo. Por ahí van las palabras de Pablo: «Dios… por el gran amor con que nos amó… estando muertos, nos ha hecho vivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él…» La salvación es: a) una «nueva creación», un nuevo nacimiento de arriba (bautismo), vida, resurrección, luz, filiación divina; b) gracia, don, obra del amor de Dios. La salvación viene de arriba por Cristo; nosotros la recibimos en Cristo para gloria de Dios. Al fin y al cabo es la participación de la gloria divina en Cristo Jesús.

B) Valor de la Fe. La salvación se hace realidad en nosotros por la fe en Cristo. Sin la fe no podemos salvarnos. Se trata de la fe viva, acompañada de obras de amor. La segunda y tercera lectura lo pone de relieve. «Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras», declara Pablo. Dios es Luz, Dios es salvación. El que obra perver­samente, huye de la luz, huye de Dios, enseña Juan. Convendrá, por tanto, insistir en la necesidad de la fe viva, es decir, de las obras buenas nacidas de la fe, para conseguir la salvación. Esa será la mejor preparación para las fiestas. Un buen repaso de nuestra conducta cristiana: fe y buenas obras en Cristo Jesús.

C) Juicio-Condenación. El plan de Dios muestra un reverso serio: conde­nación y repulsa por parte de Dios. La primera y la tercera lectura nos lo recuerdan. La luz está reñida con las tinieblas; Dios con el pecado; la vida con la muerte; Jesús con el mal. El que no tiene fe, el que no obra el bien, se halla en las tinieblas, está lejos de Dios, es de Satán. El mismo se condena. Hay que insistir en ello. Como el amor de Dios al hombre es grande, así la responsabilidad de éste hacia aquél.

Dios no es indiferente al pecado. Ni puede serlo: es negación de Dios. Dios lo castiga con severidad. Dios no puede dejar impune el desprecio, consciente y rotundo, a su amor. Dios entregó a su Hijo -¡Único!- por nosotros. Es muy serio y muy grave mofarse de Dios. Cuán grande es su amor, así su repulsa. Esto nos debe infundir un santo temor de Dios. Recordemos el destierro del pueblo de Israel y la catástrofe de Jerusalén en tiempos de Cristo. Para no­sotros será más terrible, pues despreciamos, una vez gustado, mayor y me­jor don: despreciamos a su propio Hijo, muerto por nosotros en cruz. La carta a los Hebreos nos advierte con insistencia del peligro que corremos si nos apartamos de Dios: Hb 2, 2-4; 6, 4-8; 10, 26-31.

 

 

3.      Oración final:

Es la sed insaciable y ardiente de sólo verdad; dame, ¡oh, Dios!, a beber en la fuente de tu eternidad. Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Amén.