Domingo 3 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO TERCERO DE PASCUA (ciclo B)

La escena que presenta hoy san Lucas tiene muchos puntos de contacto con la que el pasado domingo nos ofrecía san Juan: en el marco de una reunión fraternal de los discípulos, Jesús se manifiesta vivo, les convence de la realidad de su resurrección, y les confía la misión de anunciar la buena noticia a todos los pueblos. Lucas hace hincapié en el realismo de la presencia de Cristo, e insiste en dos puntos -Jesús come delante de ellos, Jesús les ilumina el sentido de las Escrituras- que nos pueden ayudar a comprender el paralelismo de esta escena evangélica con lo que hacemos los cristianos cada domingo en la celebración eucarística.

  1. 1.      Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Amén.

Como pueblo debemos exultar siempre, porque Jesucristo Resucitado no es solamente eso, sino que, además, es resucitador: nos ha resucitado y rejuvenecido la vida. El cristiano que celebra la pascua no puede hacer otra cosa que alegrarse siempre y ser comunicador de esa alegría.

  1. 2.      Textos y reflexión:

2.1.Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 12-15. 17-19

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: –Israelitas, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

Se trata del discurso que Pedro dirige al pueblo de Jerusalén, estupefacto ante la curación del tullido de la Puerta Hermosa. Las palabras de Pedro nos ofrecen el esquema del kerigma primitivo. El milagro, aparte del beneficio que reporta al individuo agraciado, tiene un valor de signo. Allí donde se realiza el milagro, allí se reúne la multitud. El milagro delata la presencia de Dios; llama, por eso, la atención de los que lo contemplan. Los apóstoles deben aprovechar la oportunidad que se les pre­senta para interpretar la maravilla, para explicar el milagro. Sin duda al­guna tiene un sentido; hay que explicarlo. El Nombre de Cristo es poderoso. Las maravillas surgen a su paso. Dios ha exaltado a Jesús.

 

He aquí el esquema:

Dios -el Dios que se manifestó a los patriarcas los condujo durante toda su vida, y a quienes hizo solemnes promesas- ha vuelto a realizar signos y maravillas estupendas. Esta vez en Jesús de Nazaret. Jesús es el siervo por excelencia. Siervos fueron los patriarcas, siervos los profetas. El gran Siervo, de quien ya hablara Isaías (cap. 53) es Jesús de Nazaret. El es el Santo; en él habita la divinidad. El es el Justo. Todas las figuras del Antiguo Testamento se quedan pequeñas junto a él. Él es quien cargó con nuestras faltas y pecados. El gran profeta que anunció a Dios de modo definitivo.

 

El es el Mesías, el gran Rey, el gran Señor. Debía padecer. Con sus sufrimientos debían ser curadas todas nuestras llagas y perdonados nuestros pecados. A ese Dios lo ha resucitado. He aquí la gran señal. Lo ha constituido Señor de todo. Por eso en su nombre ha sido curado este tullido que pedía la limosna. Por eso se perdonan los pecados en su nombre. El es el Autor de la vida.

 

Somos pecadores. Es parte del Kerigma. Debemos reconocer a Cristo como Mesías. Debemos reconocer que la salud nos viene de él, no de noso­tros, Por eso la conversión. Cambio de dirección. Arrepentimiento. Los genti­les deben abandonar el culto a los ídolos; los judíos deben reconocer a Jesús como Mesías.

Es curioso notar cómo sin dejar de ser culpables, aunque ignorantes, lle­varon a cabo la disposición de Dios, que Cristo padeciera. Este es el testimonio que deben proclamar los apóstoles. La Resurrección de Cristo compromete a todo hombre. Nos obliga a una conversión y a un arrepentimiento, a comenzar una nueva vida.

 

2.2.Salmo responsorial:

«Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro». Es una petición de tipo general, fundada en la experiencia pasada. La confianza es firme. De Dios la luz, el resplandor, la tranquilidad, la dicha, el favor. En el fondo la maravilla de Cristo resucitado. Ello nos da tranquilidad y sosiego. Haz bri­llar tu rostro sobre nosotros, Señor.

Sal. 4,2. 4. 7. 9 R: Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío,
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mi y escucha mi oración.

Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros ?

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

2.3.Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 1-5a

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él.

De nuevo aparece el título de justo aplicado a Cristo. Este apelativo evoca inmediatamente al justo perseguido -frecuente en los salmos de súplica y en los libros sapienciales-, al justo que muere, al siervo que da la vida por los demás, al justo, en último término, que justifica. Víctima de propiciación por todos los pecados y pecadores, aboga eficazmente por nosotros.

El cristiano no se halla inmune de todo mal, por el mero hecho de haber abrazado la fe. Su vocación lo debe mantener, ciertamente, alejado de todo pecado. Pero en realidad no siempre sucede así. También el cristiano peca, por desgracia. No desespere. Conviértase; vuelva a comenzar. El perdón nos viene de Cristo. Cristo aboga por nosotros.

La conversión dura toda la vida. La vida cristiana abarca: la aceptación plena de la persona de Cristo, como Señor y Mesías, y el seguimiento o cum­plimiento de los preceptos. A esta actitud se le llama conversión. Debe durar toda la vida. Conviene examinar nuestra conducta y ver si nuestra actitud se refiere tan sólo a la fe, especulativamente considerada, y no al segui­miento de sus preceptos. Quien no le sigue, no le conoce. Ese todavía no se ha convertido plenamente.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo  reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: –Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: –¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: –¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: –Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mi, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: –Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por  Jerusalén.

Los discípulos han sido testigos de la muerte de Cristo. Lo han visto mo­rir y lo han visto sepultar. De ello están seguros todos, desde Pedro que lo negó hasta las piadosas mujeres. Precisamente ellas fueron aquella mañana del domingo a embalsamarlo. No hay duda de ello; el Señor ha muerto. El habló, en vida, de resurrección. Sin embargo, ésta no parece creíble. Puede que ni piensen en ello. Los discípulos, unidos en el amor del maestro, se en­cuentran solos, separados de él. Cristo ha muerto. Esta es la situación.

La mañana del domingo está llena de sobresaltos. Han ocurrido cosas inauditas. Las mujeres que fueron al se­pulcro, lo encontraron vacío. Allí no estaba el cuerpo del Señor. Cunde la alarma. Sigue la aparición del Señor a las mujeres. Los discípulos no creen. No son testimonio suficiente ni la confesión de las mujeres ni las palabras del Maestro, antes de morir. Así piensan también los discípulos que se dirigen a Emaús. Pero en el camino, aquel transeunte que se les une les reprende y acaban por ver en él a Cristo resucitado, precisamente en la fracción del pan. También a Pedro se le ha manifestado. Con todo, hay quien rehúsa creerlo. Es demasiado extraño para creerlo. Por úl­timo, todos son testigos de la resurrección.

Cristo se manifiesta a los suyos. Las pruebas se multiplican. El hecho se impone. Allí su figura, sus cicatrices, su voz conocida, su semblante; su participación en la comida, el recuerdo de sus palabras antes de morir, la Escritura… Todo da testimonio del hecho. La duda, la incredulidad no pueden resistir más. La realidad se impone. Los discípulos están plenamente convencidos de ella.

Sobresalen los siguientes elementos:

a) Paz a vosotros. Un saludo. Un don. Cristo trae la paz.

b) Cristo vive. Está con los suyos. Ya no estarán jamás huérfanos. Per­manecerá con ellos para siempre. De aquí el gozo y la seguridad.

c) La Escritura lo anunciaba. ¿Dónde? En su conjunto. Estaba implícita­mente en las promesas antiguas. De hecho era necesaria una inteligencia más profunda de las escrituras. Los Apóstoles la poseen ahora. La Escritura fue escrita por hombres movidos por Dios. Ahí los Apóstoles, nuevos profe­tas; ahí la Iglesia, donde Cristo el Señor vive, donde el Espíritu Santo da testimonio de verdad.

d) Los últimos versículos nos dan un compendio del kerigma primitivo. Así lo anunciaron los Apóstoles; así lo anuncia la Iglesia. Cristo ha sido consti­tuido Señor. Cristo vive; en Cristo está la salvación. Conversión aceptación completa de su persona perdón de los pecados en su Nombre.

Reflexiones para la celebración litúrgica:

En las oraciones se pide insistentemente a Dios haga permanentes en el pueblo santo el gozo, la exultación y la alegría de verse renovado y rejuve­necido. Es don que procede de la resurrección de Cristo. Dios nos ha hecho hijos de Cristo. De ahí el gozo. El Espíritu habita en nosotros. El es garantía de nuestra futura resurrección.

Dentro, pues, de la alegría pascual, donde Dios nos ha enriquecido con multitud de dones, pedimos continúe en nosotros la obra comenzada, conser­vando la alegría y manteniendo viva la esperanza en la consecución del fin.

Temas:

A) Misterio pascual. Cristo ha resucitado.

Cristo vive. Dios lo ha resucitado. De esta forma ha cumplido Dios las promesas hechas a los antiguos, comenzando desde el Génesis, pasando por los patriarcas para llegar a Cristo mismo. Jesús es el santo por excelencia. De él nos viene la santidad; santos los que les pertenecen. El es el Justo; de él la justicia. El nos justifica. El es Autor de la vida. Alejado el hombre como estaba de Dios desde el primer pecado, encuentra en Cristo su reconcilia­ción. Somos hijos de Dios, santos, justos, herederos de la gloria. La paz y el perdón de él.

B) Las tres lecturas hablan de la salvación, como procedente de Cristo. Arrepentimiento-conversión. El hombre debe volver, debe cambiar de direc­ción. La escala de valores no está ya en el mismo hombre, sino en Cristo. Hay que aceptar a Cristo y seguirle. Esa es la conversión. No hay salvación fuera de Cristo. Los pecados se nos perdonan en su nombre.

1) Hay que predicar la conversión. Está dentro del Kerigma cristiano. Se olvida con suma frecuencia.

2) La conversión dura toda la vida. El hombre debe mirar siempre a Cristo y seguirle. Está siempre convirtiéndose.

3) El cristiano es un hombre que debe luchar siempre contra el pecado. En Cristo se nos perdonan los pecados. Debemos acudir a él siempre que nos sintamos pecadores.

4) Juan da la señal de si estamos unidos o no a Cristo: el cumplimiento de sus mandamientos. Muy importante.

C) Estamos en camino, somos conscientes del don recibido. De ahí el gozo y la alegría. Pero nos queda todavía camino. Por eso la esperanza. Pedimos que Dios nos conceda el gozo perfecto: la resurrección eterna. El cris­tiano es hombre de esperanza, rebosante de gozo, pero en lucha con el pecado. Dios resucitando a su Hijo ha resucitado a los hombres.

3. Oración final:

Me asomaré al sepulcro, Señor. Como Pedro, que te negó como yo tantas veces te niego, entenderé que, mucho nos ama Dios, cuando desea para mí VIDA ETERNA, cuando, me freno para no llegar a la hora del alba, y dejo que la Resurrección no sea primera noticia en mi vida.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, si por lo que sea, en la nada sigo sin ver nada, haz que recuerde aquello a lo que tantas veces me resisto: que has resucitado entre los muertos, que vuelves para devolvernos a la vida, que resucitas para que seamos semilla de eternidad.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, entonces, sólo entonces, me alegraré de haberlo encontrado vacío, con vendas y sudario por el suelo, pues, al asomarme y ver todo eso, estaré intuyendo lo que me aguarda en el futuro: ¿Tú has resucitado? ¡También yo resucitaré, Señor! ¡Gracias, Señor!

¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO!

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