Domingo 4 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DE PASCUA ciclo B

Cada año en el cuarto domingo de Pascua leemos un fragmento del capítulo 10 de san Juan, que muestra la misión de Jesús a través de diversas imágenes referidas al tema de las ovejas y el pastoreo. En este ciclo B leemos la parte central de este capítulo que nos presenta a Jesucristo  como buen pastor y destaca sus principales características, las cuales no son estrictamente las que podríamos deducir si nos imaginamos lo que es un pastor. Nótese también que en este domingo del buen pastor se nos invita a pensar y a orar por las vocaciones: un tema eclesial que vale la pena tener presente.

En el evangelio de hoy Jesús se presenta como el Buen Pastor, como que da su vida por sus ovejas. En cuanto piedra rechazada por los constructores, se ha convertido en piedra angular de la Iglesia que reúne en sí a todos los que caminan con el gozo de reconocerse hijos de Dios.

1.      Oración:

«Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,8-12

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: -«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante ustedes. Jesús es la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Podemos notar, en primer lugar, la valiente decisión de Pedro. ¿Se trata del mismo Pedro que aseguraba, en la noche del prendimiento de Jesús, no conocer a «ese hom­bre»? Verdaderamente sorprende el cambio. Se trata, sin duda alguna, de la misma persona, pero profundamente transformada. Pedro está ahora «lleno del Espíritu Santo». Basta comparar las dos posturas, la pasada y la pre­sente, para percatarse del cambio operado. No es una mujerzuela la que ahora, de pasada, sin mayor interés, le pregunta. Es el supremo Tribunal del judaísmo, que puede condenar y expulsar de la sinagoga. La respuesta de Pedro es clara y radical, sin concesiones ni pretextos. Así obra el Espíritu. ¡Quién lo tuviera!

 

Magnífica respuesta la de Pedro. Pedro no se limita a responder y a dar cuenta de su fe. Va más allá. Les interpela valientemente: el milagro que tanto ha conmovido a la muchedumbre es obra del «Cristo a quien ustedes crucificaron»; ese «Jesús es la piedra que ustedes desecharon». En efecto, los maestros de Israel y sus dirigentes han cometido un grave error: han dado muerte al Autor de la vida. Han desechado la Piedra angular. Pedro confiesa e interpela al mismo tiempo. En la interpelación, una llamada a la conversión.

Cristo ha sido devuelto por Dios a la vida, exaltado. Su Nombre es pode­roso. Como proclama Pablo, Cristo ha heredado un «nombre sobre todo nom­bre». Ha sido colocado cobre toda criatura. Ha adquirido una posición que lo eleva por encima de los hombres y los constituye, a la derecha del Altísimo, causa de salvación. Cristo es la Piedra Angular del Edificio que Dios ha de­terminado levantar. Para integrarse en este Edificio es menester adosarse a esta Piedra de Dios. Quien choca contra esta Piedra, se estrella sin remedio. En ella la vida y la muerte, en ella la salvación y la condenación. Fuera de él nadie se salva. Los edificantes la han desechado: se han desechado así mis­mos. Atrevida respuesta la de Pedro. Tras él la voz del Espíritu Santo. Así de clara y firme la respuesta del cristiano a las pretensiones del mundo. De­cisión, claridad, valentía. Y en la claridad y valentía, la decisión de «curar» en Nombre del Señor. El cristianismo es un grito a la penitencia.

 

2.2.Salmo reponsorial: Sal 117.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes. 

Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación.  La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor. Tu eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

El salmo goza desde antiguo de un manifiesto sabor mesiánico: Mt 21,42; Hch 2,33; 1 Pe 2,4-7. Las estrofas avanzan en acción de gracias -comienzo y fin- y el es­tribillo proclama el «acontecimiento».

La piedra. La piedra angular. No hay más que una, como uno es el edifi­cio. El Edificio de Dios descansa sobre la Piedra Angular «elegida» por él mismo. Todo descansa en Cristo. Han errado los arquitectos. Los jefes de Is­rael han elegido mal. Desecharon al Justo y aclamaron al malhechor. Pero Dios ha intervenido, Dios ha actuado: Dios ha resucitado a su Hijo de entre los muertos. Ha sido un milagro patente. Y patente y milagro permanece hasta la consumación de los siglos. Cristo Salvador supremo. Es el refugio seguro que nos ha deparado Dios. Es una magnífica obra de misericordia. Alabemos, demos gracias. Recurramos a él. Es el único que ofrece confianza y seguridad. Dios está con él.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-2

Queridos hermanos: Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

El amor de Dios es creativo. La palabra de Dios es eficaz por naturaleza. Eco de su voz son las cosas: la luz, los cielos, el agua, la tierra, los peces, los animales terrestres, el hombre, todo. Todo lo hizo Dios por amor. Esa misma voz, la voz que declaró a Jesús Hijo de un modo inefable en el bautismo, y lo llamó de entre los muertos, esa misma voz nos ha llamado a nosotros hijos. No es una ficción jurídica. Es una realidad inefable. Realmente somos hijos de Dios. Jesús nos mandó llamar a Dios en verdad, movidos por el Espíritu, «Padre nuestro». Dios es nuestro Padre y nosotros, hermanos unos de otros. Aquí también la causa de todo es el amor que Dios nos tiene. ¡Nos ha hecho hijos suyos! Es ciertamente un misterio. Pero no por eso deja de ser una rea­lidad. Ese es el don que nos trae Cristo. El, Hijo; nosotros, hijos. El mundo no puede comprenderlo, ya que no posee el Espíritu de filiación. Se mofará de nosotros, nos tachará de embusteros, de blasfemos quizás, nos perseguirá y nos hará la vida imposible. Pero nosotros lo vivimos en fe y en amor.

Este precioso don, que nos eleva a la dignidad de «hijos de Dios», es, al mismo tiempo, bajo un aspecto, objeto de esperanza. Somos realmente hijos; pero queda por revelarse lo que esto significa. «¡Seremos semejantes a él!». ¿A Cristo Glorificado? ¿A Dios mismo? Los autores no están de acuerdo en la interpretación. En el fondo la verdad es una. Cuando aparezca -ya sea Cristo, ya sea «lo que seremos»- nuestra semejanza con Dios, pues somos hi­jos, se realizará en Cristo. Cristo es la Imagen de Dios. En él recibimos noso­tros la filiación, la imagen, la salvación… de Dios. Cristo glorioso es la mani­festación de Dios mismo. Todo ello tendrá lugar al fin de los tiempos, cuando Cristo aparezca, cuando Cristo venga. Es una condición semejante a la de Cristo. Hijos como él, poseedores de la gloria como él. Envueltos de su gloria veremos a Cristo en Dios, a Dios en Cristo y a todos nosotros en él. «Veremos a Dios tal cual es». Además de una contemplación inefable de «cara a cara», se trata aquí de una «convivencia familiar con Dios». Partici­paremos de la «comunión» maravillosa que el Padre tiene con el Hijo. Sentido vital no meramente especulativo. Participaremos, como sujetos y objeto, de la vida trinitaria. Amaremos y nos sentiremos amados; veremos y nos ve­remos vistos… Lo que nos espera es grande. De aquí la alegría. Es para alabar a Dios y darle gracias. El don es mag­nífico. El término nos hará intensamente felices. Ello nos ayudará a sobrelle­var las molestias de la vida. Las penalidades de este mundo no se pueden comparar con el premio que Dios ha reservado a los que aman, asegura Pa­blo. Así de firme y así de grande es la fe cristiana. Somos hombres llamados a convivir en Dios con Dios. Hombres llenos siempre de optimismo. ¡Somos hijos de Dios! ¡Lo veremos tal cual es!

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús: – «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

«Yo soy el buen pastor». Jesús se ha presentado como la puerta única de y a las ovejas. Jesús se proclama también buen pastor. El único que puede llevar las ovejas a pastos abundantes. Como no hay otra Vida, ni otra Verdad, ni otro Camino, ni otra Luz que él, así tampoco existe otro Pastor que conduzca a la vida eterna. Muchos pastores han aparecido en el mundo. Son de muchos tipos. Todos los que han tratado y tratan de ofrecerle a la humanidad el señuelo de un término brillante y definitivo, son falsos. Sólo hay un Pastor, y ese es Jesús. El tiene palabras y hechos de vida eterna. Sus palabras revelan al Padre y sus hechos lo comunican. Jesús da la vida por las ovejas. Muere en favor de los hombres. Y su muerte nos acerca a Dios. No solamente es una donación de la vida como expresión de amor, sino que esa donación produce de verdad el efecto admirable de unirnos a Dios, de concedernos la Vida. Más aun, Jesús, muerto, ha resucitado. La Resu­rrección una vida para siempre, señala la vida de Jesús entregada por noso­tros como fuente de vida. En la vida de Jesús somos salvos. Por eso es el único Pastor. A Jesús le importan las ovejas. Tocamos, en el fondo, el miste­rio de la Encarnación del Verbo: se encarnó por nosotros pecadores. Obra de amor. El YO SOY apunta a su naturaleza divina.

 

«Conozco a las mías » Remontémonos un momento a la vida trinitaria. El Padre conoce al Hijo; el Hijo conoce al Padre. Por connaturalidad, por natu­raleza. Es natural a ellos el conocimiento recíproco, porque es natural y co­mún a ambos la participación de la naturaleza divina. Es tan íntima la unión de ambos que solo los distingue la propia persona. En esa comunica­ción tan inefable ha surgido, por amor, la comunicación a los hombres. El Padre que conoce al Hijo se alarga en el conocimiento del hijo, al conoci­miento de los fieles. Los fieles conocen a Jesús, y en Jesús al Padre. El Padre conoce a Jesús, y en Jesús a los fieles. El Padre se comunica en Jesús a los fieles. Los fieles alcanzan en Jesús la comunicación del Padre. Si el »conocimiento» que el Hijo tiene del Padre lo colocamos en la linea de la co­municación divina, y esta comunicación divina es su vida, no nos será difícil comprender que, al conocernos Jesús en el »conocimiento» que tiene del Pa­dre, nos comunique su vida: »doy mi vida por los ovejas». La donación de su vida natural-humana señala- es signo eficaz- la donación de su vida natural-divina. El que nosotros conozcamos a Jesús en el»conocimiento» que lo une con el Padre, revela en nosotros la acción de Dios a través de Jesús que nos eleva a las relaciones trinitarias.

 

»Por eso me ama el Padre…» No podía menos de aparecer el amor en este precioso mensaje, implícito en el concepto de »conocimiento. Las relaciones entre Padre e Hijo vienen a ser las mismas. Existe, con todo, una particula­ridad: que la relación amorosa del Hijo al Padre no se suele expresar con el término »amor» sino con el de »obediencia» la perspectiva parte del Verbo Encarnado del Hombre-Verbo. El Padre ama al mundo y entrega en expre­sión fecunda a su Hijos. El Hijo hace suyo el amor del Padre »entregándose» con toda libertad a la muerte. Amor con dos vertientes en una misma linea: amor del Verbo-hombre a Dios, amor del Verbo-hombre a los hombre. Amor de tal calibre no puede morir: Jesús tiene poder para entregar la vida y re­cuperarla. La obra de Jesús es una obre de amor. Nace del Padre y a través del Hijo llega al mundo; el mundo -los fieles- recibe el impacto en el Hijo y a través de él y en él se remonta al Padre.

 

»Tengo además otras ovejas…» Breve pero solemne alusión al universa­lismo. Jesús muere por todos. Todos están llamados a gozar de Dios. Jesús redentor universal como universal es el amor del Padre.

 

Reflexionemos

 

Las oraciones de este domingo apuntan, por un lado, al gozo pascual, que debe continuar hasta la consumación de los tiempos. Por otro lado, se habla del «rebaño de Cristo: … Que tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Según esto, partiendo de Cristo Pastor, Piedra Angular, conviene hacer referencia a su puesto, siempre presente es verdad, pero no siempre en primer plano, de Cabeza de la Iglesia.

 

A) Cristo Resucitado, causa de la salvación para todos, reúne en torno a sí a los hombres (Iglesia).

Cristo Buen Pastor, Cristo Piedra Angular. Tanto el evangelio como los Hechos recuerdan, uno como anuncio, otro como acontecimiento, la resurrec­ción del Señor. Uno y otro se detiene en la consideración de la muerte como expresión de amor inefable a los hombres y de obediencia absoluta a Dios. El Buen Pastor da la vida por las ovejas y da la vida a las ovejas. Esto a tra­vés de aquello. Pastor poderoso y magnífico. Muerte libre en expresión de amor. Los Hechos se detienen en considerar los efectos de la maravillosa exaltación de Jesús: «No se nos ha dado otro nombre que pueda salvar­nos». Tanto el Buen Pastor como la Piedra Angular señalan la existencia en su «poder» de un «cuerpo»: de un rebaño y de un edificio. Rebaño de Dios y Edificio de Dios. Si de Dios, Rebaño y edificio de contextura divina: vida di­vina. La carta de Juan lo comenta con regodeo: ¡Somos Hijos! Ella y el evangelio se detienen en recordar de una forma u otra nuestra incorporación a la vida trinitaria. Amor, conocimiento, semejanza con él…

 

B) La Iglesia. Se presenta como rebaño y como edificio. Como rebaño, grupo de fieles que siguen de cerca al Pastor; que lo «conocen»; que lo aman; que lo imitan. Como rebaño cabe y debe preguntarse hasta qué punto la Iglesia -todos nosotros- nos esmeramos por conocerlo, amarlo y seguirlo. Co­nocer, amar y seguir es una misma cosa. Como edificio, conviene examinar nuestra actitud respecto a él. ¿Estamos edificados en Cristo?

Dentro de este tema cabe pensar en los «pastores». Pensemos en Jesús y de reojo en los asalariados. ¿Dónde nos encontramos? Admiremos a Pedro, valiente y fervoroso seguidor de Jesús. Es un ejemplo para los pastores y para todo cristiano.

También aquí cabe el tema de la alegría. La Iglesia alegre y gozosa y en la resurrección del Señor. El salmo nos invita a cantar y a dar gracias. Como hijos en espera de la revelación perfecta. La Iglesia que espera y ca­mina en el Espíritu. Pidamos con la Iglesia la consecución del fin. Cristo nos lleva. Conviene señalar y subrayar el objeto de la esperanza cristiana (segunda lectura). Cristo resucitado es la garantía y causa.

 

C) Eucaristía. En ella aparece Cristo dando la vida por las ovejas. «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Recordamos su muerte y participamos de su resurrección. En ella Cristo nos comunica sus dones: conocimiento, amor, vida. En ella palpamos a Dios Padre: nos en­trega a su hijo, y nosotros lo aceptamos en la fe y en el amor (Padre nues­tro). En ella nos sentimos hijos suyos y hermanos unos de otros: rebaño y edificio de Dios. En ella, Sagrado Convite, recibimos la prenda de la vida eterna: aumenta nuestro deseo y se fortalece nuestra esperanza.

3.      Oración final:

 

«Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino».

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