Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo B

Domingo tercero de cuaresma ciclo B

 

Contemplando este tiempo litúrgico como conjunto, podemos ver cómo a lo largo de estos domingos la Palabra de Dios nos ofrece una doble línea de reflexión: la Alianza que Dios ha sellado reiteradamente con la humanidad, y la marcha de Cristo Jesús hacia su muerte y su glorificación.
1. Oración:

 

Dios de la Vida, Padre «todo-bondadoso», que nos has señalado como Ley suprema el Amor: ayúdanos construir una comunidad mundial de hermanos y hermanas que, más allá de toda diferencia religiosa o cultural, te den siempre culto en espíritu y en verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

2. Lecturas y reflexión:

2.1. Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17

 

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios,  que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos,  cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas,  pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno,  ni tú, ni tu hijo, ni tu hija,  ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar  y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días  en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

 

Nace un pueblo a la vida, sale un pueblo al escenario de la historia. Co­mienza un pueblo singular. Un pueblo con personalidad propia. Dios lo ha llamado a la existencia. Su mano poderosa lo ha plantado en el desierto como oasis dispuesto a crecer y vivir. Instituciones, tradiciones, experien­cias, leyes, culto…propios. Pueblo único en la historia antigua. Dios lo ha pronunciado y él ha respondido: «Aquí estoy». Un pueblo sale y camina. Camina hacia Dios. Dios lo lleva «hacia sí». Era esclavo de un pueblo culto. Ahora es «amigo» del Dios Santo. Amigo, por parte de Dios, para siempre. Un pueblo que encuentra a Dios. Un pueblo que hará historia, en tanto se mantenga unido a Dios. Dios y el hombre (individuo-sociedad) que se encuentra a sí mismo en Dios. Escenario el de­sierto, lugar adecuado para comenzar a andar. Salida-maravilla. Salida digna de cantar. Libro del Éxodo.

Península del Sinaí. Macizo montañoso y rústico. Monte santo. Lugar de peregrinación. Allí Dios, allí Moisés, allí, en la llanura, el pueblo de Israel. Dios desciende y toca la cumbre. Tremendo, imponente. Lo cubre la niebla, lo defienden los rayos, lo anuncian los truenos, que rodando barranco abajo, se estrellan en la llanura, dejando sin aliento a la naturaleza entera. Dios habla a Moisés. Dios habla al pueblo a través de Moisés. Moisés es su he­raldo y mensajero. Moisés, hombre de Dios, se hace respetar. El hombre sa­lido de la esclavitud debe aprender a vivir en libertad. Dios hace un «trato» con su pueblo. El pueblo debe dejarse atraer por Dios. El pueblo es desde ahora pueblo santo de Dios. Amistad para siempre. Convivencia, destino común, como se expresa el hombre. No será «Dios» aquel que borre el Decálogo para expresarse. No será «hombre» quien lo derribe a voluntad. En él la vida, en él la libertad. En él Dios, en él la humanidad digna. Señala el marco elemental de amistad y convivencia con Dios. Quien lo salta, rompe con Dios, consigo mismo y con la sociedad. En el libro de la Salida, la Salida de sí mismo y un abrigo en Dios.

Estos preceptos son los pilares donde se asienta la humanidad si no quiere perecer. Quitemos tan solo uno de ellos, y la sociedad humana como tal, imagen de Dios, se verá en peligro de desaparición. Tienen valor univer­sal; valen para todos los hombres. La literatura posterior les rendirá un culto especial. La ley es la obra maestra de Dios. Ahí se encuentra plas­mada su sabiduría.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 18, 8-11: Señor. tú tienes palabras de vida eterna.

 

El salmo responsorial es un ejemplo. Todo estudio y re­flexión es poca. Celebremos y admiremos la ley, expresión de la voluntad y amabilidad de Dios. Jesús es la voluntad de Dios y es el monte santo.

Es un salmo de alabanza. Gustemos su presencia. La primera parte del salmo -la naturaleza canta a Dios- está ausente del rezo. La litur­gia ha elegido la segunda: elogio de la ley. Así empalma, a modo de canto, con la lectura primera. Las estrofas son una «declaración» y una «invitación». Como declaración, una revelación: La Ley de Dios es como Dios mismo. Es su voluntad al alcance humano, es su mano tendida para salvar. Dios se muestra en la Ley bueno, gracioso, firme, dulce, descanso… Es tam­bién una «invitación», un reto: gustad y ved que bueno es el Señor. Gustadlo en su Ley, en su voluntad comunicada al hombre. Ley, Dios en ella, busca y es nuestra salvación y nuestra perfección: es dulce, es firme, es luz… Para nosotros la Ley, la voluntad de Dios, es Cristo. Gustémoslo, saboreémoslo, contemplémoslo. Pensemos en su Santo Espíritu. Cuaresma, tiempo de gus­tar a Dios.

 

 

Sal 18, 8. 9. 10. 11 R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

 

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R.

 

 

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 22-25

 

Hermanos: Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

 

Pablo acaba de experimentar un fracaso en Atenas. El Apóstol se ha atrevido a pronunciar un discurso ante los sabios de aquella civilización, en el Areó­pago: Hch 17, 16-34. Los sabios no han aceptado sus palabras. El discurso les ha parecido inadmisible. Pablo les ha hablado de un «hombre» resucitado de entre los muertos, constituido por Dios para juzgar a todos los hombres, quienes, por tanto, llama a penitencia. Todo esto les ha hecho sonreír iróni­camente. «Te oiremos otra vez», le han dicho. Esa «vez» no llegó jamás. Los sabios, en definitiva, no han aceptado el Evangelio. La predicación de la Buena Nueva ha deparado a Pablo amargas expe­riencias. Por una parte, los judíos, su gente, los herederos de las promesas divinas, se resisten a admitir a Jesús como el Cristo de Dios. No pasan por aquello de la muerte en «cruz». No es posible que éste, que ha muerto en la cruz, sea el Mesías. ¿El «hijo» de Dios, el Ungido, muerto en la cruz? ¡Imposible! La cruz los aparta de él, cuando, en realidad, la cruz debiera acercarlos a su persona: ha sido el instrumento precioso de Dios para acercarse a los hombres (Hb 5, 8). Los judíos tropiezan en la cruz. La cruz les sirve de escándalo. Piden signos, maravillas que no dejen lugar a dudas, signos a su talante, a su gusto. Y Dios, por encima de todo deseo y pensa­miento humanos, ha hecho otra cosa. El gran signo lo ha dado Dios con Cristo muerto en la cruz. He ahí la dificultad. Y continúan, después de ha­berle dado muerte, persiguiéndolo en sus discípulos, en Jerusalén, en Pales­tina y a lo ancho del imperio Romano.

 

Los gentiles, por otra parte, mundo greco-romano, buscan la sabiduría. Sabiduría, alta y preciosa, por cierto. Pero humana. La sabiduría que pre­dica Pablo en nombre de Dios no les satisface. Es una sabiduría que no com­prenden. Y, como no la comprenden, la desprecian, la desechan, la juzgan estupidez. Prácticamente la sabiduría de este mundo se ha cerrado a la Sa­biduría de Dios. Los hombres siguen sus caprichos y quieren desenvolverse al margen de los planes de Dios. Pablo observa, por último, la ausencia de sus comunidades de ricos, poderosos y sabios según este siglo. Los fieles han venido de las capas menos afortunadas de la sociedad. Pero Dios ha establecido un plan maravilloso por cierto, escondido du­rante siglos, manifestado ahora en Cristo: Cristo ha muerto por nosotros en la cruz (contra los judíos), resucitado de entre los muertos por la fuerza del Espíritu y constituido Señor y Juez de todos los pueblos (contra los «sabios»),. ¡La sabiduría de Dios! ¡la sabiduría de la cruz! Cristo es la sabi­duría de Dios. La obra está llena de sorprendentes paradojas y de magnífi­cas realidades: muerte-resurrección, debilidad-fuerza, sabiduría-estupidez, estupidez-sabiduría, Dios-hombre… La razón humana no puede por sí sola llegar al conocimiento de este maravilloso misterio. Sólo llegamos a Él con la fe. Y la fe se otorga a los humildes, no a los soberbios. Por eso los que acep­tan el mensaje son «fieles humildes siervos del Señor».

 

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: –«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: –«¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: –«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: –«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

Evangelio de Juan. Primera parte: expulsión de los vendedores del tem­plo, en este evangelio se presenta al comienzo; en lo sinópticos al final. ¿Han aplazado éstos la es­cena, obligados por la estructura del evangelio? ¿La ha adelantado Juan por motivos teológicos? Los autores siguen discutiendo. En Juan, de todos mo­dos, cumple una precisa función: Jesús comienza una obra reveladora en Je­rusalén con una acción de tipo «profético».

Jesús tiene poder, Jesús tiene autoridad. Y lo manifiesta abiertamente, con energía. Jesús expulsa del recinto santo a los vendedores de animales y a los cambistas. La intervención suena a atrevimiento: sorprende e indigna. Confrontación con las autoridades. Surge inevitable la pregunta: ¿Quién eres tú? ¿Con qué autoridad haces esto? Para las autoridades religiosas de aquel tiempo la presencia de mercaderes en el ámbito del templo -atrio ex­terno- no ofrecía dificultad religiosa alguna. Más aún, podría decirse que aquel mercado era conveniente y hasta necesario. Piénsese en las multitudes que afluían a Jerusalén, en Pascua por ejemplo, y precisaban d animales y dinero para satisfacer su legítima devoción. La acción de Jesús, por tanto, sorprende. Encierra, con toda seguridad algún misterio. Nótese además la motivación: «La casa de Dios no es un mercado, no es una cueva de ladro­nes». Por dónde va la intención de Jesús? La purificación externa anuncia otra, interna y total. Han llegado los tiempos nuevos. Sobran animales y monedas. Jesús realiza, a modo de signo, la gran purificación de Dios. Su muerte y resurrección serán el momento, la misma acción. No en vano nos encontramos en Jerusalén, en el templo, en confrontación con las autorida­des y en Pascua. Se perfila ya en el horizonte la nueva pascua, como templo nuevo en confrontación con las autoridades de Jerusalén.

Los judíos incrédulos piden signos. Y Jesús presenta, además del gesto actual de autoridad un acontecimiento maravilloso futuro: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Ese es el signo. Apunta al futuro. Y como futuro y «signo», algo enigmático. Los oyentes, como es costumbre en este evangelio, malentienden las palabras de Jesús, tomándolas en sentido mate­rial. Los acontecimientos con todo, «recordaron a los discípulos», dieron ra­zón al maestro. Los judíos destruyeron su cuerpo: lo condenaron a muerte. Y él lo levantó glorioso del sepulcro. Y lo levantó como templo del Dios vivo. Como lugar santo de la divinidad. Como santuario auténtico donde se en­cuentra verdaderamente el hombre con Dios. Donde se realiza el culto de­bido a Dios. Donde la gloria de Dios se posa y expande con virtud y eficacia santificadoras para todos los siglos. Donde los hombres, en Espíritu y Ver­dad, unidos unos con otros, abrazan la divinidad. Jesús habla de su muerte y de su resurrección gloriosa. El texto del salmo -en futuro- lo anuncia miste­riosamente: «el celo de tu casa me consumirá». Jesús murió por y para cum­plir la voluntad de Dios. Y en esa voluntad surgió el templo nuevo de su cuerpo glorioso, maravilla de todos los siglos y expresión del poder de Dios.

¿Alude también Jesús a la destrucción del templo de Jerusalén? sería una terrible ironía. El templo fue destruido ciertamente. Su conducta los llevó hasta ese extremo se levantaron contra César. Nótese que la salvación del templo y la amistad con el César entran en los motivos oficiales que dieron con Cristo en la cruz. «Conviene que uno muera en lugar del pueblo», había profetizado Caifás. Jesús murió. Y en su muerte nos libró -he ahí la maravi­lla- de la destrucción y de la ruina. En lugar de aquel templo surgió otro más perfecto, santo por excelencia, indestructible y eterno a quien ellos creyeron haber eliminado, matándolo. De aquel pueblo viejo ya, que quisieron salvar entregando al justo, se levantó el pueblo nuevo, el pueblo santo, el pueblo in­destructible. ¡Grandiosa sabiduría de Dios!

Los judíos tomaron a Jesús por extravagante. No le hicieron caso. El tono autoritario, con todo, de sus palabras y el gesto misterioso-profético de su in­tervención daba pie para una prosecución en las demandas y pesquisas. Se contentaron con señalar el lado ridículo: «¡cuarenta y seis años ha costado levantar el templo, y tú…!» Piden señales. La señal está dada. Jesús resu­citó. ¡Jesús vive, sentado a la derecha del Dios! No fueron testigos directos de la resurrección. Pero si fueron testigos, después de la resurrección, del nacimiento de la Iglesia. Ahí está el nuevo templo. Cristo Jesús resucitado.

 

Reflexión:

Cristo sigue siendo, en su misterio, centro de consideración y de contem­plación. En él brilla, majestuosa y bondadosa al mismo tiempo la sabiduría divina.

A) Cristo muere, Cristo resucita. En este contexto se anuncia un gran misterio: Cristo es el nuevo templo.. De su costado abierto, que manó agua y sangre -alusión a los sacramentos vivificantes del bautismo y de la eucaris­tía- nació la Iglesia, dirán los Padres. Una vez elevado, atrajo hacia sí todas las miradas. Piénsese, pues, en la doble dimensión del concepto. La antigua Economía se derrumba con las instituciones, especialmente las culturales. Para el nuevo Espíritu que invade ahora a la humanidad procedente de Dios a tra­vés de Cristo, no valen los moldes antiguos. Surge un nuevo Templo, un Nuevo Culto. Ni Garizín ni Jerusalén son ya suficientes. Desde ahora la ado­ración se hará en el Espíritu (Santo) y en Verdad (Cristo). El Nuevo Templo es Cristo mismo. Cayó el viejo templo; surgió el Nuevo. Cristo murió en la carne, para resucitar en el Espíritu. Nadie podrá destruirlo. No es obra hu­mana, es obra de Dios. Esta es la gran señal de todos los tiempos: La Resu­rrección de Cristo y la Institución de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Esta es la obra maestra de Dios: Cristo en toda su dimensión. Morir para resucitar; destruir para levantar; matar para vivificar. Es, pues, El miste­rio de Cristo, de su muerte y de su resurrección, visto bajo un nuevo aspecto: de la muerte de Cristo surgió la Iglesia. Así es la Sabiduría de Dios.

B) Pablo se extiende en la contemplación de esta Sabiduría divina. El misterio de la Cruz del Señor. Pablo ha vivido el misterio de la Cruz. La vida cristiana no puede existir sin la Cruz del Señor. Los caminos de Dios son sorprendentes; la vida cristiana es asimismo sorprendente. Hay que contar con ello. La filosofía de este mundo no podrá comprenderla. Lo humilde, lo pobre, lo despreciable, lo más indigno a los ojos de los hombres viene a ser elegido por Dios para hacer brillar su fuerza, su grandeza, su Salvación.

Cristo, pues, no solo es objeto de contemplación, sino modelo a imitar. Cristo es la Sabiduría que debe practicarse, vivirse, gustarse. Cristo es nuestra Ley. Cumpliéndola encontraremos la Vida.

C) El decálogo es la expresión de la Sabiduría divina. Cristo es el camino. Debemos explicitar el contenido. Ahí está el Decálogo. Buen tiempo ahora, en Cuaresma, para repasar nuestra actitud respecto a la Ley -Cristo/Decálogo. La Salvación nos viene de Cristo. Vivir a Cristo es cumplir sus mandamien­tos. Ahí están. Repasémoslos.

 

3. Oración:

Dios de la Vida y del Amor -de quien procede todo don-, que has puesto todos los bienes de la Tierra bajo la responsabilidad del ser humano, no para que los domine y explote despóticamente, sino para que cuide de todos ellos y de sí mismo como hermano mayor, con fraternidad y «sororidad»; haz que todos los que en ti creemos seamos denodados luchadores contra la destrucción de la naturaleza, el acaparamiento de riquezas y el olvido de los pobres. Como nos enseñó Jesús, tu Hijo, nuestro hermano, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Segundo domingo de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA CICLO B

En este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia pone ante nosotros cada año la figura de Jesucristo transfigurado. Su rostro glorioso nos sirve de estímulo a los que intentamos seguir sus pasos. Nos ayuda a comprender que la pasión -el esfuerzo doloroso- es el camino que conduce a la resurrección.

Oración inicial:
 
Dios, Padre nuestro, que nos invitas a «escuchar a tu Hijo muy amado», Jesucristo; abre nuestros corazones para que sepamos acoger su Palabra con cariño y confianza, la pongamos por obra, y así lleguemos a participar un día de la plenitud de su felicidad gloriosa. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro hermano e hijo tuyo muy amado…
 
Textos y comentario
2.1.Lectura del libro del Génesis 22,1-2. 9-13.15-18
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:  – «¡Abrahán!» Él respondió:
– «Aquí me tienes.» Dios le dijo: – «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: — «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Dios prueba a Abrahán. El amor de Abrahán a Dios debe llegar a su lí­mite más extremo: a la negación de sí mismo en lo que es y ama. Abrahán debe tomar conciencia en propia carne de la exigencia y profundidad del auténtico amor a Dios. Abrahán ha de ser «fiel» hasta el extremo: debe «probar» -mostrar y experimentar- su amistad con Dios. La prueba le ele­vará a «padre de los creyentes» y le constituirá «modelo» de sumisión a Dios. La bendición de Dios sobre él se alargará a todas las gentes. Magnífica prueba, magnífico amor. El hombre que ama a Dios «no se reserva» nada.
Conviene apreciar la magnitud y alcance de la prueba. Dios ordena a Abrahán ofrecerle a su hijo en sacrificio. Sorprendente disposición que ha de lastimar acerbamente el amor y la sensibilidad de Abrahán. No es fácil des­prenderse de algo que se ama entrañablemente. Mucho menos del hijo predi­lecto, del heredero. La descendencia, al fin y al cabo, es la prolongación de sí mismo en el bullir de la historia. Y ¿quién renuncia a la propia superviven­cia? Menos aún todavía cuando las promesas de Dios, lejos de ser una reali­dad palpable, flotan todavía en el futuro (Hb11, 13). Lógicamente hablando, sin embargo, Abrahán podría haber visto cierta «justificación», aceptando tan duro deber: regalo de Dios era el hijo, ¿qué de contradictorio, si ahora se le imponía devolvérselo en sacrificio? ¿Quién era él para negarse? ¿No era Dios el Señor de la vida? Pero la prueba, que rompe el corazón de «padre», pone, al mismo tiempo, en peligrosa crisis la capacidad religiosa de «hombre». ¿No era aquél el hijo sobre el que había llovido la «promesa» de una larga o inacabable descendencia? ¿Cómo ahora se manda sacrificarlo? ¿Qué Dios es éste que desgarra a lo largo y a lo ancho el sentimiento hu­mano y religioso del hombre? La dificultad es realmente seria. Dificultad de tipo afectivo: entregar lo que más se ama. Dificultad de tipo racional: sacri­ficar lo que, en propia boca de Dios voluntad- en sus manos. Abrahán superó la prueba. No dudó, en la primera dificultad del amor de Dios; en la segunda, de su poder y sabiduría. La carta a los He­breos afirmará resueltamente: «Juzgó que Dios tenía poder para resucitar de los muertos» (Hb 11, 19). El sacrificio de Isaac pasará en la Economía Nueva a ilustrar el gran misterio del Sacrificio del Hijo de Dios: Cordero sa­crificado por los pecados del mundo. Abrahán es según esto: 1) El gran siervo y amigo de Dios, dispuesto siempre a seguirle a cual­quier parte y a ofrecerle lo que le ordenare: Negación de sí mismo en bene­plácito de Dios. Padre de un nuevo pueblo, que debe vivir a su imitación se­gún fe. Objeto de especiales bendiciones: «En ti se bendecirán todas las gen­tes». 2) Prototipo del hombre de fe. San Pablo lo tomará como ejemplo y argu­mento, al hablar de la «justificación por la fe». Santiago aducirá esa escena como expresión de «fe viva», fe de la fe que opera en amor. (Sant 2, 20-24). 3) Tipo de Dios (Padre) que entrega a su hijo en sacrificio, para recupe­rarlo después y ser la bendición de todas las gentes: Cristo resucitado.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 115, 10-15-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

Salmo de acción de gracias. Fácil de reconocer: «Rompiste mis cadenas», «te ofreceré un sacrificio», «cumpliré mis votos al Señor»… El beneficio pre­sente se abre al futuro de la vida «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». Cantemos el beneficio. Caminemos en el país de la vida. Mantengamos la fe, sostengamos la prueba. Sea nuestra vida el sacrificio agradable a Dios y nuestro servicio una adhesión inquebrantable a su vo­luntad. La «fe», la «prueba», el «sacrificio», tu «siervo»… nos recuerdan el misterio de Cristo. Hagámonos «misterio» de Cristo. Sabemos la voluntad benévola de Dios: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles». Cristo probado, Cristo sacrificado. Cristo siervo: Cristo resucitado. Así, en él, noso­tros.
R. Caminaré en presencia del Señor en el país, de la vida.
Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. R/
Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. R/
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. R/
2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
1) Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. ¿Cabe algo más grande e inconcebible? Cada uno de los términos es de por sí un misterio: «Dios», «no perdonó», «a su Hijo», «por nosotros», «pecadores»…Imposible explicar. 2) Por nosotros, pecadores ha dado lo que más amaba: ¡Su propio Hijo! ¿Cómo no se nos dará todo con él? ¿Podrá negarnos cosa alguna en él? ¿Quién estará contra nosotros, si su Hijo a quien lo entregó por nosotros, in­tercede por nosotros? ¿No es esta la mayor expresión de amor, y en ella la mayor exigencia de amor y de confianza?  3) Él es quien nos justifica. Él es quien nos hace «buenos», «aceptables», «justos», «dignos de sí». Ese es el fin precisamente de la obra de Dios en Cristo. Por nosotros murió, por nosotros resucitó; por nosotros está sentado junto a Dios en las alturas, intercede siempre por nosotros. La confianza en Dios debe ser absoluta. Nada podrá separarnos del amor que Dios nos tiene.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
Han pasado seis días. Pero -final de la primera parte- ha confesado públicamente en un alarde de intuición, venida de arriba por cierto, la mesianidad de Je­sús. Ya la saben los doce. El Mesías tan esperado y suspirado ya está allí. Se ha revelado el «secreto». Han pasado seis días. Jesús ha declarado, como Mesías, a continuación, algo que los discípulos no han podido encajar: el Me­sías deberá morir y después resucitar. Continúa el misterio, no tanto de su persona como de su «misión». Jesús se dedicará a adoctrinar a los suyos en lo concerniente al misterio que envuelve a su obra y a su persona. Pero no está solo. Le acompañan la voz de arriba y el poder de lo alto. La Transfigu­ración. Son tres los agraciados. Los mismos que le acompañarán en la oración del huerto. Quizás, por su amistad y adhesión, los menos indispuestos para encajar el «misterio». Y los tres suben, con Jesús, a la montaña. Separación, ascensión, visión: testigos de una solemne teofanía. Jesús en el centro. Sobre él y ellos una nube; sobre él y ellos una voz; en torno a él y delante de ellos dos grandes figuras de la tradición religiosa antigua: Elías y Moisés. Cristo ha cambiado de semblante: todo traspuesto, todo transfigurado. Cristo aca­para la atención. Fue un momento. Un momento sublime. Una voz desde la nube, una voz de Pedro, unas voces de Elías y Moisés con Jesús. Un mo­mento de aturdimiento, y todo se vuelve a la realidad normal. Jesús les conmina no decir nada hasta «haber resucitado de entre los muertos». Han aparecido dos grandes hombres de la antigua Alianza. Dos hombres de fuego. Dos hombres insignes: ambos en el Sinaí-Horeb, ambos beneficia­dos con una teofanía. Dos hombres que representan la economía antigua en lo que tiene de expresión de Dios -Ley- y de la fuerza divina -profeta-. Jesús está en la misma línea: es hombre de Dios -más es Dios-hombre-. El es la ley y la fuerza divina. La voz de lo alto y la transfiguración lo ponen de mani­fiesto: «Este es mi hijo amado, escuchadle». No es «siervo» como Elías y Moi­sés; es el Hijo, el Hijo amado. La voz señala la Voz. Cristo es la Voz de Dios. Dios realiza la salvación en el Hijo. Han llegado los últimos tiempos; ha co­menzado la Época Nueva. Testigos los tres agraciados. El misterio de Dios se revela presente y en marcha. Hay que aceptarlo y seguirlo. La vuelta a la normalidad y las palabras de Jesús muestran que el Misterio-Reino sigue un curso «misterioso»: Jesús debe morir y resucitar. El gran Se­ñor de la glo­ria ha de pasar por la ignominia de la cruz. Jesús es el Siervo-Señor de Dios. Los discípulos, naturalmente, no comprenden. Ya las pala­bras de Pe­dro en el monte lo insinuaban: el camino del Señor no es el triunfo y la gloria fácil. Sobran los tres tabernáculos: es necesario llevar la cruz. Según esto: 1) Jesús es el Señor que anunciaron la ley y los profetas. Han llegado los últimos tiempos. Ya están en marcha. Jesús es el centro. Es el Maestro. Es él la salvación: Hijo Amado de Dios a quien debemos escuchar y seguir. No hay otro. 2) Jesús, Hijo de Dios, lleno de gloria sobrehumana, el Hijo del Hombre. Debe morir. Es el gran Siervo de Dios. Resucitará. Es el misterio de Dios. 3) Pedro refleja la postura del hombre al margen del “misterio”. Piensa humanamente, lejos del plan de Dios. Jesús ha de cargar con la cruz. Tam­bién el discípulo. Todo otro camino es falso.
Meditemos:
Tomemos a Cristo, en su “misterio”, como centro de nuestra meditación. La Cuaresma debe acercarnos a él con veneración y respeto.. Ofrezca­mos en él a Dios, Señor nuestro, el obsequio de nuestra inteligencia y nues­tra voluntad. Nos preparamos para la celebración del Misterio Pascual. Toda nuestra vida es, como cristiana, celebración de tan sagrado misterio y preparación para la Gran Pascua.
A) Jesús, Hijo de Dios, Voz del Padre. Jesús es el Hijo de Dios en el sen­tido propio. No es un «siervo» más en la línea de los enviados de Dios. Es su hijo. Marcos subraya este «misterio». La Transfiguración deja entrever la gloria que le corresponde. Es además el Hijo Amado, el Amado, el Hijo Único, el Predilecto. Lo declara abiertamente el Evangelio. Lo comenta, lleno de alborozo, Pablo a los romanos. De lejos, Isaac, hijo amado, lo prepara. Ha llegado el tiempo tan ansiosamente esperado, el gran momento. Con Jesús, Dios entre nosotros, comienza y avanza la obra de Dios. La Economía anti­gua lo testifica en las figuras de Elías y Moisés. Jesús es la Ley y la fuerza de Dios. Jesús es la voz de Dios: Dios mismo hecho voz humana. Es el Maes­tro. El único Maestro. En él encontramos a Dios. En él hallamos la Salva­ción. Es menester escucharle y seguirle. Adorémosle, obedezcámosle, escu­chémosle, cantémosle, démosle gracias. Dios se ha portado bien con noso­tros. En él nos ha bendecido a todos. La gloria del Hijo está prometida a todo aquél que le siga. Gran bendición de Dios. Las promesas de Abraham han llegado a su cumplimiento.

B) Jesús, Hijo de Dios, es el Hijo del Hombre. Misterio en dos tiempos:
1) Muerte de Cristo. El Hijo del Hombre debe morir. El Hijo de Dios, el Mesías, debe ser entregado a la muerte. Por nosotros. La idea está ya pre­sente en las tres lecturas. Como tema del «evangelio», en Marcos y Romanos; como símbolo o tipo, en Génesis. Esa es la gran verdad, la única verdad, la magnífica disposición de Dios: Dios entrega a su Hijo a la muerte por noso­tros pecadores. Así de grande e incomprensible es el amor de Dios. Todo un misterio de Amor. La figura de Abraham que «sacrifica» a su hijo apunta en ese sentido. Ya los padres vieron en el sacrificio de Isaac el sacrificio de Cristo. La muerte de Cristo es un auténtico sacrificio. Más, es el sacrificio por excelencia. Dios perdonó a Isaac. En su lugar aceptó un cordero. Cristo es el cordero que satisface plenamente a Dios. El es el que quita el pecado del mundo y realiza la reconciliación. Su sacrificio nos ha llenado de bendi­ciones. ¿Quién podrá dudar del Amor de Dios? ¿Quién podrá temer a Dios, que no perdonó a su propio hijo por nos nosotros? Temor sí, pero lleno de afecto y cariño.
2) Resurrección de Cristo. También está la idea presente en las tres lectu­ras. Hasta aquí llegó la fe de Abrahán, según Hebreos 11, 19: juzgó que po­día resucitar de entre los muertos. Dios respetó la vida de Isaac. No podía menos que respetar la vida de su propio hijo. Por eso le devolvió a la vida, a una vida totalmente nueva. Cristo surgió del sepulcro plenamente transfor­mado. Preludio de ello la transfiguración que nos relata el evangelio. Está sentado a la derecha de Dios, ya Señor del universo, para interceder por no­sotros, según afirma Pablo. «Mucho le cuesta, en verdad, al Señor la muerte de sus fieles» nos hace cantar el salmo. La gloria de Cristo, de que nos habla el evangelio, es la coronación de su obra. Ese mismo es el fin del hombre: reinar con Cristo a la derecha de Dios. Cristo es nuestro ejemplo y camino: por la muerte a la vida. Por la obediencia a la posesión de Dios.
C) Abrahán, siervo de Dios, ejemplo del cristiano.
La fe de Abrahán, en su doble dimensión afectivo-racional, sigue siendo modelo de la fe auténtica. Así debe ser la fe del cristiano: totalmente dócil a Dios en el, obrar y en el pensar. Hay que seguir a Dios, dispuestos a sacrifi­car lo más querido y a renunciar a las más firmes convicciones, si así Dios no lo requiere. Tras ello se encuentra la promesa de la resurrección. A la en­trega, total, que hace Dios de sí mismo -su Hijo- , corresponde una entrega radical y completa por nuestra parte. Dios llena totalmente cuando encuen­tra un alma totalmente vacía. El ejemplo perfecto del cristiano es Cristo, que obedeció al Padre hasta la muerte. Dios puede parecer en algún caso terrible. Es una impresión engañosa. Dios es el Dios del amor; es el Dios de la vida. Si exige algo es para llenar más. Este es el valor de la fe: renuncia para ganar y conseguir a Dios mismo. De hecho él toma la delantera: entregó a su propio Hijo para resuci­tarlo y dar, mediante él, vida a muchos. Es para avergonzarse la poca fe que tenemos. Ante un Dios tan extraordinario, ¿Quién dudará de su afecto hacia nosotros? ¿Quién no tendrá en él una conciencia ilimitada? ¿No nos ha dado lo más? ¿Será capaz de negarnos lo menos? Las exigencias de Dios son expresión misteriosa y fecunda de un amor intenso que no tiene medida. Dejémonos llevar por él. Pedro refleja la postura del hombre sin comprensión del misterio del amor de Dios, del misterio de Cristo. No fue escuchado. Su misión es seguir a Cristo hasta la muerte. Es la señal y vocación del cristiano. Así alcanzará la gloria. La gloria a «nuestro modo» ha de ser una constante tentación. En ella cayeron los dirigentes judíos al tropezar en la piedra de la cruz. Que no nos suceda a nosotros. La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo. Sacrificio expiatorio, sacrificio de holocausto, sacrificio de comunión. Dios nos entrega a su Hijo. El Hijo se en­trega por nosotros. Nosotros, en acción de gracias, lo entregamos a Dios, y en él a nosotros mismos. Es la Alianza y es la Bendición. Comunión con Dios y prenda de la eterna gloria. Exigencia de amistad y amistad que supera toda exigencia. Sacramento-Misterio de amor y de fe. Tiempo de cuaresma, tiempo de amor y de fe.

Oración final:
Dios, Padre de todos tus hijos e hijas, «que quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad», y que invitas a «escuchar a tu Hijo muy amado», Jesús; haz que cada pueblo comparta con los demás tu Palabra, la que has dado a cada uno de ellos en su propia religión, para que reflejando cada uno un destello de tu luz pluriforme, mutuamente nos iluminemos, y reconozcamos comunitariamente la Verdad plena de tu rostro siempre inabarcable. Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, nuestro hermano, hijo tuyo muy amado. Amén.

Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA CICLO B

Estamos en un tiempo fuerte de la vida cristiana y nos afanamos por «avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud» (colecta). Es una exhortación a todos los cristianos a vivir con más tensión, con más vigilancia. Orar, leer reposadamente el evangelio y los textos de la eucaristía dominical, hacer obras de misericordia; preguntarse en familia (hijos incluidos), si no podríamos hacer alguna limosna extraordinaria, si no podríamos renunciar a algo; prestar atención a comportamientos, palabras…

  1. 1.      Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro: al comenzar esta Cuaresma te pedimos nos ayudes a empeñarnos en una auténtica conversión de nuestros corazones y nuestra vida personal y comunitaria, a la vez que nos esforzamos por transformar nuestra familia, nuestra sociedad, el mundo. Nosotros te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo, nuestro hermano. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»

Y Dios añadió: «Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Quedan atrás, tendidos, con hedor a podredumbre, hombres y animales, ahogadas por las aguas torrenciales del diluvio. El narrador ha señalado, como causa de la catástrofe, la malicia humana; podrida en sus costum­bres, podridos pos la ira de Dios. El pecado ha llovido del cielo la ira de Dios. La maestra de la creación -el hombre «imagen y semejanza de Dios»- se ha degenerado de tal manera que ha provocado en Dios una aversión y un re­chazo tal que poco ha faltado para que la destruyera eternamente. Así el au­tor, mostrando con ello la incompatibilidad de Dios con el pecado. Expresio­nes quizás, ingenuas, pero certeras en la apreciación global: un Dios bueno, bueno no transige con el pecado. Se han salvado, por su benevolencia, unas cuantas personas.

El texto nos presenta a Dios y al hombre. A Dios, bendiciendo, y al hom­bre, objeto de bendición. Dios pronuncia una promesa de reconciliación que durará para siempre: un pacto, una disposición de no intervenir sobre la humanidad con un castigo definitivo. Hay, también, un acto de buena volun­tad: una bendición de vida y crecimiento. Como promesa y pacto, la presen­cia objetiva de una garantía visible, que recuerde a Dios su compromiso y funde en el hombre confianza en su cumplimiento: el arco iris. Tiene la pro­mesa, pues, amplitud cósmica. Estamos, según la perspectiva del autor, en los albores de la humanidad. Los hombres, a pesar de su inclinación al mal, han de confiar en un Dios que los ama y los defiende. Dios, en definitiva, no es Dios de la muerte sino de la vida. Dios, pues, se compromete a conser­var en el mundo, donde se desarrolla la vida del hombre, una fundamental ordenación de la vida. La teología habla del pacto de Dios con Noé con perspectiva a todas las gentes. Abarca -visión típicamente bíblica- a los hombres y anima­les, pues de éstos se nutre el hombre. El tema de la bendición ha aparecido en el versículo anterior a la lectura. Dios no se desentiende del hombre.

2.2.Salmo responsorial Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Salmo alfabético; de carácter sapiencial. Expresiones de confianza; súpli­cas, consideraciones… Es bueno y necesario conocer el camino del Señor, pues es el camino a la vida. El hombre, creado para vivir, ha de encontrarlo. El no puede con sus solas fuerzas. Sólo el Señor puede ayudarle. La súplica manifiesta la urgen­cia por conseguirlo y la necesidad de recurrir a Dios. Pidámoslo: el Señor es bueno y clemente.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura clara en su conjunto y oscura, por el contrario, en alguno de sus detalles. Propongamos lo primero y tratemos, en consecuencia, de iluminar lo segundo. Vamos a pensar en Pedro. En Pedro apóstol; testigo de los acontecimien­tos de Cristo y garante de la tradición que parte de ellos. Subyace, en el texto, la reflexión teológico-litúrgica sobre el Evangelio. El elemento «kerigmático», de «Buena Nueva», abre la lectura: «Cristo murió por nuestros pecados»; alargando brevemente por explicitaciones aclaratorias: «una vez para siempre»; «el inocente por los culpables», «para llevarnos a Dios». Cada una de estas cláusulas posee su propio peso que no procede olvidar.

2.4.Comienzo del santo evangelio según San Marcos (1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Podemos distinguir en este texto dos elementos, según el tema. Dis­tingamos, pero no separemos demasiado. Los versículos 12-13 componen la primera unidad. Y esta unidad tiene por tema: «Jesús tentado como Hijo de Dios por Satanás en el desierto». Marcos no escenifica el misterio en tres momentos como lo hacen los otros sinópticos. Ofrece, más bien, la prueba de forma global. Insiste, pues, de no en la moda­lidad de la tentación sino en el hecho de ser probado y salir victorioso. ¿Cuál es su alcance? Dado que Cristo es el centro, podemos mirar hacia atrás y hacia adelante para que quede iluminado su misterio. Miremos, primera­mente hacia atrás.

Jesús es el «Nuevo Adán». Para comprender en profundidad esta afirma­ción, podemos recurrir a la carta a los Romanos, en especial al capítulo 7. Sin salirnos del Evangelio, recordemos: Adán, las fieras, los ángeles… Adán sucumbió; Jesús sale victorioso. Es de notar que es puesto a prueba como «Hijo de Dios», como «hombre de Dios» que disfruta de especiales relaciones con Dios con una misión salvífica que cumplir. No olvidemos a Adán, imagen y semejanza de Dios, disfrutador de la amistad y convivencia del Todopode­roso. Jesús como «hombre de Dios», expresa con la negativa al diablo su re­lación de dependencia, de sumisión, de obediencia salvífica respecto al Padre y Señor. En realidad, Jesús sigue el camino señalada por el Padre: «llevado por el Espíritu al desierto». Como hemos encontramos, en este texto, al principio del Evangelio y al comienzo de la vida pública de Jesús, cabe pen­sar que el evangelista quiere introducirnos en el misterio de la obediencia de Jesús hasta la muerte en Jerusalén. Es un misterio que Marcos tratará de poner de relieve.

Jesús, pues, se presenta como el vencedor y el iniciador e inaugurador de la vuelta del hombre a Dios en el paraíso. Jesús, vencedor, nos hace vence­dores. Con su victoria abre el camino al hombre para una convivencia filial con Dios dentro de un mundo de oposición y enfrentamiento. Jesús es la «primicia» de los vencedores: «Yo he vencido el mundo», dirá en Juan.

Esta última consideración es ya una visión hacia adelante. Jesús, causa de nuestra victoria. El cristiano ha de ser tentado como tal, como hijo de Dios. Dios le va a ofrecer un camino, como Padre, en Cristo, que tendrá que seguir para salvarse y contribuir, con él a la salvación de los demás. Tiempo de prueba, de enfrentamiento y de victorias parciales para, englobadas en un todo, alcanzar, en Cristo, la victoria definitiva y soberana sobre aquel que quiere separarnos de Dios como nuestro Padre. No se trata, pues, del hombre como hombre, en su condición natural, sino del hombre como per­sona llamada por Dios a convivir con él filialmente. Irrealizable todo esto si no es en Cristo Jesús, en quien somos y vivimos hijos de Dios.

La segunda unidad la componen los versículos 14-15. Jesús inicia su vida pública. El evangelista lo relaciona con Juan y lo destaca de él. Es ya el tiempo de Jesús.

Jesús predica. Con aires de profeta, de hombre enviado por Dios. Jesús, enseña. Es su característica. Es la Buena Nueva que debe hacernos «buenos» y «nuevos». Y es sobre el «Reino de Dios», sobre esa misteriosa acción de Dios que incide en los hombres para formarlos y transformarlos en «hijos de Dios» y, tras ello, trastocar toda la creación. Aunque la iniciativa viene de arriba, y de arriba, la fuerza salvadora y transformante, se exige al hombre, -«imagen de Dios»- respuesta y colaboración. Si ha de ser transformado, ha de, primero y en concomitancia, transformarse; es decir, cambiar, conver­tirse. Y ello, en todo momento. El resto del evangelio, con la persona y dichos de Jesús, lo especificará. Necesaria y consecuente, también, una aceptación del reino, una fe en adhesión vital a sus valores y exigencias. La conversión apunta a la fe viva, y la fe explicita la exigencia de conversión. El texto que sigue en el relato evangélico, ausente en esta celebración, pondrá de mani­fiesto en la vocación de los discípulos la requerida actitud penitencial y cre­yente al Evangelio del Reino: escucharon su palabra, le siguieron y se «convirtieron» en «pescadores de hombres».

Reflexionemos:

Comenzamos con este domingo la santa cuaresma. He aquí, según la li­turgia del miércoles de ceniza, un tiempo oportuno. Tiempo oportuno para reflexionar, para orar, para pedir perdón a Dios de nuestras culpas. Tiempo de conversión. Siempre debe estar el hombre pronto a la reflexión y al arre­pentimiento. Más todavía en estos días que la Iglesia dedica a la prepara­ción a las festividades de la Pasión muerte y resurrección del Señor. El cris­tiano debe hacerse violencia, morir al pecado para resucitar con Cristo a la vida. Le acompañan prácticas de penitencia, ayunos, oraciones, asistencia a pláticas convenientes, obras especiales de caridad, etc. Un aire de austeri­dad, de devoción, prácticas de obras buenas, deben señalar estos días. Es la Iglesia entera la que se prepara. A todos nos toca un poco. Por eso:

A) Bondad del Señor. En la primera lectura aparece relevante la bondad de Dios que promete al hombre la no destrucción, es decir, la salvación. La humanidad ha sufrido una terrible prueba, una profunda purificación: el Di­luvio. Allí quedó tendida la humanidad pecadora. No hicieron caso de la voz de Dios que les amenazaba. Sólo Noé con las familias de sus hijos lograron escapar del siniestro. Dios es el Dios de la vida, no es Dios de la muerte. Dios promete conservar en vida a la humanidad que ahora comienza. Como testimonio el Arco Iris. Cuando el pecado de los hombres encolerice de nuevo a Dios, y éste se vea movido a renovar el castigo, el Arco Iris le recordará su promesa. Pues bien, ¿Quién es verdaderamente el que retrae a Dios de in­fringir un nuevo castigo a los hombres pecadores? No hay otro que Cristo. Cristo murió por nosotros. El es el verdadero Testamento y Testimonio. Su sangre clama con más eficacia, para nuestro bien, que la sangre de Abel. Su Pasión, su Muerte, su Resurrección. Para estos misterios nos preparamos en la cuaresma. Ellos nos han acarreado la salvación eterna. El murió, justo, por los pecadores, para acercarnos a Dios. Esa es la maravillosa obra del Dios lleno de Misericordia. Así lo proclama el salmo.

El agua que purificó a la humanidad, destruyendo lo perverso de ella, es ahora medio de salvación. Por el agua anduvo Noé, salvándose. Por el agua pasa el cristiano dejando en ella sus maldades, el hombre viejo, resucitando a la vida en Cristo. El hombre llega a la vida, el hombre permanece en la bendición de Dios, el hombre se mantiene dentro de la promesa salvadora de Dios, sólo en la unión con Cristo en el bautismo. El bautismo nos conforma con él. El bautismo nos purifica, dándonos una conciencia pura. Es el Espí­ritu Santo que habitó en Cristo, quién habita ahora en nosotros y nos pre­para apara vivir siempre, para resucitarnos, como resucitó a aquél que mu­rió por nosotros. La bendición de Dios asegurando la vida del hombre llega a nosotros de ese modo. Dios es bueno, Dios es fiel, Dios mantiene sus prome­sas en Cristo Jesús.

B) Otro tema importante es el tema prueba. La humanidad fue probada. Cristo fue probado (tentaciones, murió por los pecadores); el cristiano es probado. Cristo fue tentado; Cristo salió victorioso. El es el nuevo Israel, el auténtico hijo de Dios, el nuevo Adán, el nuevo Hombre. No quiso emplear sus poderes en favor propio, sino que sumiso al padre, le obedeció hasta la muerte. También el cristiano tiene que enfrentarse con pruebas semejantes. Las realidades del mundo quieren acaparar toda su atención y actividad. El hombre debe mirar más alto y seguir el camino que Dios le señala. Esto le ha de costar trabajo. Es realmente una prueba. De la prueba debe salir como nuevo, más fuerte, más cristiano. La cuaresma nos recuerda las ar­mas que debemos emplear: oración, ayuno, etc. Cristo se retiró y ayunó por cuarenta días. He aquí un ejemplo.

San Lucas interpreta las tentaciones, al colocar la segunda en último lu­gar, a la luz de la pasión y muerte de Cristo. Ahí está la gran prueba de Cristo. Le costó la vida. Su fidelidad le llevó a la muerte. No debemos olvidar que Dios puede exigir lo mismo de nosotros. Ahí están los mártires. ¿No se vio obligado Abraham a ofrecer su hijo?

Cristo tentado y triunfante (le servían los ángeles) nos recuerda a Cristo muriendo y resucitando.

C) La conversión. Cristo predica la conversión. También Noé la predicó. No le hicieron mucho caso. Es el tiempo oportuno. No nos pase como a los del tiempo de Noé. El agua del bautismo nos salva, si nos mantenemos unidos a él, a Cristo. Sólo en él seremos salvos. Fuera de él el agua se convierte en castigo, en ruina. Con Cristo brilla sobre nosotros el arco iréis de la bendi­ción divina. Temamos y aprendamos de los del tiempo de Noé. Se nos invita a la conversión. Son días para recordarlo. ¡Convertíos! para ello la santa cuaresma. Hay que escuchar la Buena Nueva, que es Cristo mismo con su predicación y la salvación que nos trae. Escuchémosle. Es el tiempo opor­tuno. Dios muestra el camino a los pecadores. Pidamos perdón, nos enseñará el camino.

3. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO SEPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Este es ya el cuarto domingo consecutivo en que leemos un relato de milagro. Curiosamente, en esta ocasión, se juntan dos temas: la sanación física y el perdón. Todo ello como signo de que está aconteciendo el Reino de Dios: el novedoso actuar de Dios en la persona de Jesús, que beneficia a unos, escandaliza a otros y sorprende a todos.

Con el relato de hoy el Evangelista Marcos nos invita a entrar en una nueva etapa de la misión de Jesús. Una serie de cinco episodios conflictivos nos enseñan que la misión de Jesús encuentra resistencias, oposiciones, objeciones.

Con todo, vemos cómo el Reino de Dios se está realizando mediante acciones liberadoras de Jesús que restablecen la comunión de las personas con Dios y con los hermanos. En este nuevo abordaje de la misión de Jesús tenemos que preguntarnos: ¿En qué condiciones Jesús encuentra a las personas y qué cambios obra en ellas?

  1. Oración:

Padre fiel que has permanecido actuando en la historia y que manifestaste tu fidelidad en la vida de Jesús, actuando a favor de la vida y la dignidad de tus hijos e hijas, llénanos de tu espíritu para sepamos leerte en la historia y podamos actuar en ella con coherencia y radicalidad, siendo verdaderos protagonistas en la construcción de la Utopía, ¡tu Reinado!, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que te buscan con la misma pasión que la nuestra. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.

  1. Lecturas y comentario

    1. Lectura del libro de Isaías 43, 18-19. 21-22. 24b-25

Así dice el Señor:  «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo;  mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed del pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza. Pero tú no me invocabas, Jacob, ni te esforzabas por mí, Israel; me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas. Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.»

Las reflexiones proféticas de este texto encuentran una introducción esclarecedora en el versículo 18: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». La existencia del pueblo de Israel está volcada hacia el futuro, cuya bondad está garantizada por la promesa del Señor: «Mirad que realizo algo nuevo…, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo» (v 19). El Dios que libertó las tribus de Jacob de la esclavitud de Egipto es el Dios que ahora está a punto de libertarlos de la esclavitud de Babilonia. El Dios de las promesas es superior a todas las realizaciones del pasado, su presencia no se agota en ninguna de las realizaciones históricas. La fe es confianza en el Dios de las promesas, entrega y movimiento hacia un futuro abierto. Este futuro, elemento esencial de la historia de Israel, es primariamente don de Dios, pero sus etapas están condicionadas a la libre respuesta del hombre. De ahí la lamentación divina por la bondad no correspondida. El Israel cerrado a la esperanza es el que mira atrás desde el primer éxodo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahvé en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos!» (Ex 16,3). La ingratitud desagrada más al Señor que la falta de sacrificios: «No te avasallé exigiéndote…. pero me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas» (vv 23.24). Sin embargo, el perdón divino tendrá siempre la última palabra. El Israel que resurge de la nada es un testimonio de la acción de Dios en el mundo y un símbolo de esperanza para todos los hombres.

El creyente es un hombre abierto al futuro desde su pasado. De la misma manera, la vida y la muerte de Jesús son la causa primera de la esperanza cristiana. El Nuevo Testamento nos habla del Dios liberador que se manifiesta en las palabras y hechos poderosos de Jesús de Nazaret. La cruz, símbolo del éxodo definitivo, no desemboca en una esclavitud, sino que rompe el fatalismo degradante de la relación amo-esclavo. Así se experimenta la fe como una nueva creación y una iluminación de la existencia humana, que recibe su fuerza del gran lema «el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,21).

  1. Salmo responsorial (Sal 40, 2-3. 4-5. 13-14 5b)

Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.»

A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora, y por siempre. Amén. Amén.


Es un Salmo de alabanza y de acción de gracias a Dios después de una curación. Viene bien esta oración en sintonía con el evangelio del día. En el trasfondo del Salmo notamos el efecto de una concepción todavía arcaica, según la cual la enfermedad es el castigo recibido por los pecados cometidos.

Al contrario de los enemigos de este orante, Dios no condena al hombre enfermo. Dios no quiere que muera sino que viva: “El Señor lo guarda y lo conserva en vida… El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”.

El orante confiesa su falta a Dios y obtiene el perdón de los pecados: “Yo dije: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti”.

Como signo visible de este perdón, es sanado de su enfermedad. Entonces puede nuevamente presentarse ante el “rostro” de Dios: “Tú me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia”. La oración de gratitud se entona luego: “Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén”.

  1. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 18-22

Hermanos: ¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no». Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos responder: «Amén» a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Empezamos a leer hoy la segunda carta a los de Corinto, que nos acompañará de nuevo después del tiempo pascual. Buena parte de la carta es una defensa de Pablo ante los corintios que le acusaban de actuar ligeramente y de tener solamente perspectivas humanas a causa de haber cambiado -por razones que desconocemos- sus proyectos de viaje. Pero de esta cuestión sobre la firmeza de sus palabras, Pablo pasa a hablar de la firmeza del Evangelio de Dios que él predica.

El texto que leemos se inicia con una frase solemne: «¡Dios me es testigo!»: en la palabra del verdadero apóstol no puede haber contradicción, porque predica a Cristo, que es el sí definitivo de Dios a las esperanzas de los hombres. La historia de la salvación es la manifestación del constante deseo salvador de Dios que culmina en Cristo, y el apóstol lo predica y se adhiere personalmente a él, al igual que los cristianos de Corinto.

Esta adhesión de los creyentes a Cristo es constante, no es algo de un momento, y ello es así porque es el propio Dios quien nos dio su Espíritu que nos mantiene en el «sí» constante y en comunión con él. El Espíritu, que ya desde ahora da la prenda o las arras de la plenitud de la salvación, garantiza también la verdad de lo que Pablo predica. En el «Amén» de toda la comunidad reunida en asamblea litúrgica se expresa de modo privilegiado la adhesión al plan salvador de Dios.

  1. Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: – «Hijo, tus pecados quedan perdonados.» Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: – «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados» o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»? Pues, para- que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados … » Entonces le dijo al paralítico:  – «Contigo hablo: Levántate, coge -tu camilla y vete a tu casa.» Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: – «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Nos encontramos en el capítulo 2 del evangelio de Marcos. Jesús ha comenzado ya su misión, anunciando el Evangelio y curando. La narración de hoy da inicio a una serie de cinco discusiones entre Jesús y los escribas y fariseos, entre ley y evangelio (2,1-3,6), entre letra, que mata, y Espíritu, que da vida (2 Cor 3,6). Jesús, desde el comienzo de su ministerio, entra en conflicto con las autoridades religiosas. Él manifiesta su poder sobre el pecado y sobre todo mal; su poder de perdonar pecados viene de Dios. El perdón es Dios mismo, que viene a nosotros con un amor sin límites.

v.1: Jesús, tras la curación del leproso, solía andar siempre en lugares solitarios (Mc 1,40-45). El relato de hoy nos lo presenta nuevamente en Cafarnaún, en casa de Pedro, donde anteriormente había curado a la suegra de éste (1,29-31). La casa, una figura «materna», es símbolo de una comunidad cristiana en la que las relaciones humanas deberían crecer siempre hacia el amor perfecto.

v. 2: Jesús está en el centro de la casa y comunica la Palabra. A su alrededor se reúnen todos. Comienza la formación de la comunidad, que todavía es sólo una multitud preocupada de sí misma, que no piensa en los demás. La Palabra y la acción de Jesús deben transformar sus corazones.

v. 3: El paralítico: el hombre es creado por Dios como aquel que se encuentra siempre en camino hacia la casa del Padre. Pararse en este camino es retroceder. Por eso, la parálisis de que habla Marcos representa el nivel más profundo de la enfermedad externa. El paralítico en sentido espiritual es aquel que ha perdido la propia identidad, no logra moverse, no vive en plenitud lo que Dios le ofrece. La parálisis puede significar el pecado y todo miedo que impide levantarse y vivir como criaturas nuevas, resucitadas. En este relato, el hombre enfermo no posee un nombre propio: su identidad es la parálisis.

– «Sostenido por cuatro hombres»: son las cuatro personas que llevan al paralítico. El «cuatro» es el símbolo de los cuatro elementos, es decir, del cosmos entero. Todo nos puede llevar a Cristo, todo tiende hacia él… (Col 1,16s). Los Padres han visto en estos cuatro hombres a los cuatro evangelistas: su anuncio lleva a todos los hombres a Jesús.

v.4: Alrededor de Jesús se encuentra la multitud; por eso los cuatro no logran entrar. Esta gente es indiferente. No ha aprendido todavía cómo se acoge a los demás, particularmente a los débiles. Así pues, los que llevan al paralítico deben abrir un boquete en el tejado, lo que da una idea de cómo estaban construidas las casas palestinenses: el tejado, generalmente, estaba hecho de vigas y traviesas cubiertas por un material de relleno, ramas y barro, y a él se tenía acceso a través de una escalera externa. Esos hombres estaban convencidos de que el encuentro con Jesús sería para el paralítico la ayuda más importante. Pero, para encontrar a Jesús, a veces era preciso esforzarse mucho e incluso destruir lo que podía resultar un obstáculo, como el tejado. En este caso, la dificultad venía dada, además, por la camilla del paralítico. La camilla es, normalmente, un lugar de reposo, pero para el paralítico, en este caso, era una cárcel. En este texto puede simbolizar la ley (cf. Gál 3,10ss).

v.5: Jesús habla de la fe de los camilleros; no sabemos, sin embargo, si la tenía el paralítico. La fe logra levantar a los otros (cf. Gál 6,2). A causa de la fe de los hombres que llevaban la camilla, Jesús se dirige al paralítico con una ternura materno-paterna pronunciando su nombre nuevo: «hijito…». El hombre inmóvil por su parálisis, excluido de la comunidad, es acogido como un hijo (cf. Rm 8,14 ss). Podemos preguntarnos de dónde le viene esta nueva dignidad. La inmovilidad del paralítico simboliza los efectos del pecado. Jesús le ofrece su poder de perdón y así quita la parálisis más dura, es decir, el pecado: «te son perdonados tus pecados». El pecado es una parálisis difícil de reconocer (Jn 9,41) que nos priva de la gloria de Dios (Rm 3,23). Por ello, el pecado necesita el perdón. Jesús, ofreciéndoselo al paralítico, le hace hijo adoptivo del Padre (cf. Ef 1,4-5). Con ello expresa el deseo de Dios de que todo hombre se salve (cf. 1Tim 2,4).

vv. 6-7: Los escribas son expertos de la ley, los que declaran lo que está bien y lo que está mal. Pero Jesús mismo es el cumplimiento de la ley (cf. Rom 10,4). Marcos pone de relieve la dureza de sus corazones. La resistencia a la Palabra de Jesús crea la cerrazón de sus corazones: callaban, pero sus corazones estaban llenos de un veneno mortal. ¡Ésta es la verdadera parálisis que inmoviliza al hombre! Están en casa con Jesús, pero en realidad están fuera. Esta actitud no permite a la Palabra de Dios entrar dentro del corazón para transformarlo. En la acusación de blasfemia hecha a Jesús late el veredicto final de condena que encontramos en su pasión (14,64).

vv. 8-9: Jesús intenta dialogar con ellos, pero ellos sólo son capaces de hacer un monólogo sin palabras. La pregunta de Jesús desconcierta a sus adversarios: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico «tus pecados te son perdonados» o decirle «levántate, toma tu camilla y echa a andar»?». Para el hombre, desde luego, ambas cosas no sólo no son fáciles sino que son imposibles.

vv. 10-11: Jesús se manifiesta como el Hijo del hombre de Dn 7,13, poseedor de la autoridad divina. Él hace «lo invisible» a través de un signo visible. El juicio que realiza el Hijo del hombre es el juicio del amor, del perdón sin límites. Sobre la tierra este don se cumplirá en su muerte y resurrección. Jesús se dirige al paralítico. Hace el signo a través de su poderosa Palabra, llena de autoridad divina: «Levántate», en griego, significa también resucitar de entre los muertos. Jesús trae la vida nueva, el perdón y la resurrección. Ahora el hombre puede llevar su camilla, es capaz de vivir la vida en plenitud. La ley ya no le oprime ni le aprisiona.

– «Vete a tu casa». La casa del hombre es Dios mismo. El hombre sanado puede caminar hacia el Padre, volver a su eterna morada (Qo 12,5). Esta «resurrección» se cumple públicamente, delante de todos. Jesús puede indicar que este don les pertenece a todos. Al final, cada palabra y gesto de Jesús tiende siempre a la gloria del Padre. También ahora es así: la gente glorifica a Dios, porque el hombre liberado de su pecado puede caminar hacia el Padre.

  1. MEDITACION

Jesús les proponía la palabra. El mismo es la palabra que comunica toda la verdad de su Padre. Por eso, la prioridad en nuestra vida debe ser estar a los pies de Jesús escuchándole. El de verdad quiere hablar con cada uno de nosotros. En aquella ocasión no había sitio ni en la puerta.  Llegaron cuatro llevando un paralítico en la camilla. Llegaron tarde y no podían entrar. Pero no se rindieron ante la dificultad. Nosotros también encontramos trabas para estar con Jesús y muy fácilmente nos excusamos. Quisiera haber rezado un buen rato cada día, quisiera haber ido a misa, pero no tengo tiempo. Pero es cuestión de prioridades. ¿Que se nos hizo más importante que estar con Jesús?

Aquellos hombres no entraron por la vía normal porque estaba cerrada. Abrieron un boquete en el techo. Pensemos en el paralítico que se dejo subir. Desde su camilla, impotente para prevenir cualquier desastre, debía confiar en aquellos hombres que lo jalaban con cuerdas hasta llegar al techo. Si esperamos a encontrar las condiciones óptimas para estar con Jesús, no lo vamos a hacer. Hay que forzar las cosas, o mejor, forzarse uno mismo para entrar por el techo en contra de nuestro gusto. Jesús nos dijo en una ocasión: La carne se resiste. Se nos hace molesto.

  1. Oración final:

Jesús, verdadero Hijo del hombre, ayúdame a acoger tu perdón. Abre mi corazón, para que pueda experimentar la fuerza de tu Palabra que hace florecer la vida en el desierto. Hazme sentir tu voz, que dice: «hijo, hija, tus pecados están perdonados». Dame tu fuerza para el camino hacia el Padre.

Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo sexto del tiempo ordinario ciclo B

Las lecturas de este domingo giran, en gran medida, en torno a la enfermedad de la lepra: de la visión de la ley y tradición del pueblo de Israel y de cómo se posicionó Jesús ante ella a través de la curación de un leproso. Surge la fe como un punto relevante del poder salvífico de Jesús. La enfermedad, la impureza y el pecado son términos que aparecen relacionados y se nos plantean en primera persona a modo de cuestionamiento y reflexión. Como fondo la indicación de san Pablo a realizar todo lo que hagamos para la gloria de Dios junto con la exhortación a que le sigamos a él como él sigue a Cristo. Toda una oportunidad de reflexión y celebración aprovechando el descanso dominical. Seguir leyendo «Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 5 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo quinto del tiempo ordinario ciclo B

El Tiempo Ordinario no celebra un acontecimiento particular de la vida de Cristo, sino el  mismo misterio de Cristo en su globalidad, principalmente los domingos. Es un período del  año que nos hace vivir de un modo sereno la presencia del Señor Resucitado en medio de  nosotros, el sentido de la comunidad reunida, los valores del domingo, la Eucaristía en sí  misma, la Palabra de Dios que nos va alimentando en nuestra vida de fe…

La figura de Cristo que aparece hoy en el evangelio sigue siendo la del Profeta que nos  ilumina el camino con su Buena Noticia y nos invita a seguir el estilo de su evangelio. Ha  predicado toda la jornada en un pueblo, y le buscan para que siga haciéndolo al día  siguiente: intuyen que en él tienen al verdadero Maestro. Pero él prefiere ir a predicar a  otros pueblos y aldeas: «para eso he venido… y recorrió toda Galilea, predicando en las  sinagogas y expulsando los demonios».

  1. 1.      Oración comunitaria

Padre creador, que escuchas y atiendes los clamores de la humanidad, y que en Jesús nos mostraste el proyecto de Bondad y libertad para tus hijos e hijas. Haz de nosotros creyentes audaces, que libres de todo afán de dominio o ganancia, sepamos ser servidores de todos, especialmente de tus hijos solos y abandonados. Que seamos constructores de un mundo sin exclusiones en el que todos y todas quepamos con igual dignidad e iguales oportunidades, para que la humanidad y la creación que sufre puedan también un día levantarse, y realizarse plenamente en paz y bienestar. Tú que vives y amas por los siglos de los siglos. Amén.

  1. 2.      Textos y comentario

2.1.Lectura del libro de Job 7,1-4.6-7

Habló Job, diciendo: «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza.  Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»

Tema común de estudio y de reflexión es la Providencia divina. Dios tiene providencia del pueblo, de cada uno de los hombres. Pero los caminos segui­dos por Dios son intrincados y misteriosos; no son fáciles de entender. El Sa­bio trata, en lo que cabe, de darles explicación. De ahí la sabiduría, el cono­cimiento de los caminos del Señor. Dios ha obrado y ha hablado en la histo­ria del pueblo de Israel. Allí se centra el estudio del Sabio. Surge entonces una visión de Dios, del mundo y del hombre, muy en consonancia con la reve­lación divina. Tanto es así que para nosotros es parte de una misma revela­ción.

El Sabio viene a ser el teólogo de aquel mundo. La visión que él tiene de las cosas parte de la Revelación. Es una sabiduría divina. Se contrapone na­turalmente a la sabiduría de este mundo. Surge así una apreciación peculiar de las cosas. Los juicios que el Sabio emite son válidos, aunque no siempre completos, pues está por venir todavía la Revelación de Cristo. En esta perspectiva deben enjuiciarse sus palabras. Aquí nos encontramos con un caso. Se trata de Job, del proverbial Job.

Job fue en un tiempo rico, dichoso. Vivía un tiempo bendecido por Dios, estimado de los hombres: tenía numerosa familia, abundantes riquezas, mu­chos amigos y estimación de todos. Pero todo eso huyó como una sombra en día de fuerte viento. Ahora se recuesta en un montón de estiércol. Sus hijos han muerto, sus riquezas han desaparecido. La salud lo ha abandonado; con un tejo tiene que raer la podredumbre que le cubre el cuerpo. Debe dejar la sociedad de amigos y conocidos (es la lepra?). Su misma mujer lo desprecia. Y por si fuera poco hasta sus más sensatos amigos -al fin y al cabo son sa­bios- le acusan de pecado; vienen a arrebatarle la seguridad que él tiene de su justicia. ¿ Cabe mayor desgracia?. En esta amarga experiencia surge la consideración: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la vida del hombre sobre la tierra? El texto de Job nos da la res­puesta: «Es un servicio militar… La vida es soplo…. Un continuo lamento….Una noche de sufrimientos….» Tal es la situación del hombre en este mundo. Es una visión válida, pero no completa y definitiva. ¿Donde encuentra su sen­tido?

2.2.Salmo responsorial: Sal 146, 1-6: Alabad al Señor, que sana los co­razones quebrantados.

Salmo de alabanza. La alabanza, para ser auténtica, debe tener una mo­tivación. La motivación aquí, tratándose de Dios, son sus acciones. El salmo celebra su bondad para con los hombres: «Sana los corazones destrozados». La experiencia secular de Israel avala el encomio, el canto lo celebra y lo proyecta para el futuro como fundamento real a toda esperanza. La libera­ción de todo mal vendrá por Cristo, que no rehuyó el mal para salvarnos. La definitiva se realizará cuando participemos en plenitud de su gloria.

Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.

Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Seguimos en la primera carta de Pablo a los Corintios. Pablo ha variado de tema. Venía hablando en el capítulo 8 de los idolotitos. Al robusto en la fe nada le impide comer carne de animales que antes han sido sacrificados a los dioses. Para él no hay más que un Dios verdadero. Los llamados dioses no son sino títeres de los humanos. No suponen para él problema alguno. El se siente libre. Pero debe usar cautamente de su libertad, no sea que ponga en peligro a otros que ven en tal conducta una incitación al mal, por creer que comer de tales carnes es faltar a Dios. La libertad de conciencia tiene un límite: la caridad con el prójimo.

Empalmando con este tema pasa a relacionar su libertad-derechos de apóstol con la conducta personal que él observa. Su conducta está determi­nada no por los derechos que posee, sino por la caridad, por el deseo de ga­nar a todos para Cristo. En tanto usa de esos derechos en cuanto ellos le fa­cilitan el camino para llevar a todos a Cristo. Por eso renuncia a ellos libre­mente cuando de algún modo o de otro éstos pueden ofrecer algún impedi­mento a su misión de evangelizador. El título de Apóstol, con el oficio anejo de predicar, le daba entre otros el derecho de ser mantenido por la comuni­dad. Pablo renuncia a ese derecho; él mismo se gana su sustento. Más aún, trata de probar que en él personalmente no llega a ser derecho. El siente una necesidad, una fuerza mayor que le impele a darse totalmente al Evan­gelio.

Esta es su recompensa: darse sin trabas al cumplimiento de su misión. Todo para el Evangelio. De ahí que es débil con el débil, esclavo con todos… Trabaja con sus propias manos… Célibe… Llora con el que llora y ríe con el que ríe…Así es Pablo. Según esto:

A) ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! No espera, ni quiere otra re­compensa que la misma promulgación del Evangelio. Todo son derechos si es para evangelizar. Todo sobra, a todo se renuncia, si impide o está el margen de la evangelización. Evangelizar de todo corazón, con toda el alma, gratui­tamente, sin reclamar derechos, he ahí el deseo de Pablo. Ciertamente es un grandioso Ideal.

B) Pablo se ha hecho todo para todos con el fin de que Cristo llegue a to­dos. La norma es el amor. El amor no atiende a derechos, sino a obligacio­nes; no busca ganancias, sino la entrega propia. Pablo se ha dado entera­mente a la salvación de los hombres. El Evangelio es su vida, y su vida, el Evangelio. Todo se enjuicia desde este punto de vista.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:  – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió:  – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»  Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

El cuadro el que nos presenta Marcos.

A) Curación de la suegra de Pedro. Los tres sinópticos traen este pasaje. ¡Se trata de Pedro! La mujer, suegra de Pedro, que les servía, está impe­dida. Cristo la toma de la mano y la libera del mal. He ahí, para el cristiano, una imagen de la resurrección. Este gesto de Cristo de tomar la mano y de levantar, recuerda el poder que Cristo tiene de dar la vida. El fiel resucitará en virtud de la acción de Cristo. Recuérdese para ello el gesto de Cristo con la Hija de Jairo y con el hijo de la viuda de Naín.

B) Continúa la acción taumatúrgica de Cristo. Los demonios se alejan de su presencia. Cristo es más poderoso que ellos. Pero Cristo les impide ha­blar. Se ha hablado mucho de la actitud de Cristo de velar su propia perso­nalidad. Téngase, sin embargo, en cuenta:

1) La idea que el pueblo tiene del Mesías es errónea. Si Cristo se presenta abiertamente como tal va a haber un mal entendido. Lo van a tomar por un Mesías político. Eso no es Cristo.

2) La forma de ser de Dios es de por sí misteriosa. Nada extraño que la actitud de Cristo sea misteriosa. Su Reino, a pesar de las aclaraciones, será siempre un misterio. Cristo se mantiene en un discreto misterio.

C) Cristo predicaba por doquier. Esa es su vocación. Todo lo abandona. Se entrega totalmente a la evangelización.

D) Es de notar la «oración» de Cristo: sólo, en el descampado. San Lucas lo pondrá de relieve. La réplica de Cristo «vamos a otra parte»: contrasta con las palabras de Simón: «Todos te bus­can».

 

Reflexionemos:

A) Cristo, centro de consideración. Cristo da la salud, Cristo da la vida, Cristo lanza los demonios. Existe un paralelismo antitético: Diablo-pecado-enfermedad-muerte//Cristo-gracia-salud-vida. Cristo lanza al diablo, causa del pecado y de la muerte; perdona los pecados, sana y da la vida eterna. Cristo ha comenzado ya su obra. Ya ha vencido al Diablo; pero quedan en nosotros todavía como cosa pasajera la enfermedad, debilidad y la muerte. Serán vencidas en último lugar. En tanto, nos toca sobrellevar las molestias de esta debilidad humana hasta el fin. He ahí la descripción de Job. La vida humana puede ser muy molesta. Pero tiene un término. Más aún, tiene un sentido, una vez que Cristo se hizo débil (como por uno de) nosotros. Para nosotros no es problema como lo fue para los antiguos. Esperamos que ama­nezca el Día del Señor. Esperamos que este cuerpo corruptible se cubra de incorrupción. Estamos ahora de paso, como en servicio militar. Después rei­naremos.

B) Urge la evangelización. Tanto Cristo como Pablo se entregan total­mente a ella. ¿Cómo nos entregamos nosotros?. La tarea, como divina, es absorbente. Recordemos del domingo pasado el pensamiento de Pablo acerca del celibato. Y recordemos también las condiciones de requisito impuestas por Jesús a sus discípulos: renuncia total.

C) Derechos-obligaciones del Apóstol. Parece ser que para Pablo vale el principio: no reclamo derechos sino aquellos que me facilitan el camino a una más eficaz predicación del Evangelio; aquellos que facilitan el camino a una entrega total al servicio cristiano de la comunidad. Como se ve, el derecho no se valora en razón del provecho personal, de la utilidad o comodidad propia, sino en razón de la utilidad cristiana de los de­más. Serán aquellos que facilitan el cumplimiento de las obligaciones. Las obligaciones -en realidad no hay más que una- son amar la obra de Cristo en toda su extensión y profundidad. Se pierde lo personal para ganar lo comu­nitario. Esto es sin duda alguna un ideal.

D) Supremacía de la caridad. La libertad tiene un límite: la caridad cristiana. La caridad te obliga a restringir el uso de tu libertad. ¿Cuál es nuestro móvil, la libertad «lícita» o la caridad que se obliga?. Contemplemos a Cristo y a Pablo.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Maestro mío, Jesús, envíame tu Espíritu Santo prometido para que me explique las Escrituras y me abra a la salvación que, como a tantos hombres y mujeres de Galilea, quieres regalarme hoy.

Domingo 4 del tiempo ordinario – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

La palabra de Jesús fue siempre una palabra autorizada, llena de verdad y de vida; por eso expulsaba demonios y liberaba a los oprimidos por el mal. ¿Somos verdaderos discípulos de nuestro Maestro? ¿Es nuestra palabra, como la suya, una palabra autorizada y eficaz, que engendra libertad, justicia, paz, esperanza, amor y vida a los hermanos más necesitados?

  1. 1.      Oración:

Dios, Padre nuestro, Tu que nos amas hasta el extremo, enséñanos a amar a los demás con todas nuestras fuerzas, y que nuestro amor no se quede en buenas palabras sino que se traduzca en obras de justicia, de amor y de servicio a favor de todas las personas. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir, «El Señor me respondió: «Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.»»

Suscitaré un profeta y podré mis pa­labras en su boca. Un texto interesante. Por dos razones, especialmente: por hablar de los profetas -figuras siempre atractivas-, y por hablar de un profeta, apertura inicial a una interpretación mesiánica. Moisés es la figura inicial céntrica. Dios se compromete a dirigir a su pueblo, además de por otros -reyes, sa­cerdotes…-, por los profetas. El profeta es el carismático por excelencia; el hombre de la palabra de Dios, movido por la fuerza del Espíritu. Y, como tal, sin vinculación necesaria a una familia de orden cultural – sacerdote – o una dinastía monárquica de gobierno -reyes- o a una profesión determinada – sa­bios o estudiosos; libre de ataduras humanas y suelto de todo compromiso para hablar con libertad en nombre de Dios al pueblo. Dios lo llamará per­sonalmente: a quien quiera, cuando quiera, como quiera, para lo que quiera y por el tiempo que quiera. Pero siempre un enviado de Dios, revestido de autoridad y exigencia. La figura hay que comprenderla en el marco de la alianza: Dios, Señor de su pueblo y en medio de él, pero transcendente, le di­rigirá con fidelidad su palabra en el momento oportuno. El hombre destinado para ello será el profeta. El profeta es, pues, expresión de la benevolencia y fidelidad de Dios, ya critique, ya acuse, ya amenace, ya consuele, ya prometa. Su voz es la voz de Dios. Y, ¡hay del que se atreva a rechazarlo! Será rechazar a Dios. Y, ¡ay también del que se arrogue semejante misión sin poseerla!: morirá sin remi­sión. La palabra del profeta realizará lo que anuncia. Esa será la señal de lo que anuncia. Esa será la señal de su autenticidad. El texto habla del profeta, en singular. ¿Señala, con ello, la serie de pro­fetas que en el transcurso de la historia seguirán a Moisés? Iría bien con el contexto. ¿Apunta, quizás, inicialmente a un profeta singular que emulará y sobrepasará la profecía de Moisés? Así, poco a poco en la tradición judía, samaritana y cristiana. Los sacerdotes y levitas enviados de Jerusalén pre­guntan a Juan (Jn. 1, 21): « ¿Eres tú el profeta? ». Los ojos cristianos, des­pués de contemplar en su conjunto el misterio de Cristo, no pueden menos de ver en el texto la figura del Señor Jesús. Esto no elimina, sin más, una in­terpretación colectiva del texto. En la colectividad, la excelencia de uno. Y ese «uno» es el Verbo encarnado de Dios, Palabra divina hecha hombre y permanente para siempre entre nosotros. Escuchémosle, so pena de ser con­denado por desacato a Dios.

2.2.Salmo responsorial: Sal 94: Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurez­cáis vuestros corazones.

Salmo con aire cultual. Parece reflejar un acto litúrgico. Alabanza en la primera parte; conminación o interpelación profética en la segunda. El estri­billo encaja muy bien con la lectura primera. El escuchar a Dios nos lleva a la salvación.

R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 79 32-35

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

El célibe se preocupa de los asuntos del Señor.

Continúa la lectura de la primera carta de Pablo a los Corintios. No po­demos perder de vista el hilo del pensamiento que sigue Pablo en este capí­tulo. Véase lo que se expuso, a propósito de ello, en el domingo anterior. Entre las preguntas que se han presentado a Pablo, o entre los problemas y cuestiones que suscitan los diversos movimientos o posturas en Corinto -encontradas y paradójicas, por cierto-, se encuentra la preocupación por el matrimonio y la virginidad. Pablo intenta dar respuesta práctica adecuada a cada una de ellas, de tal forma que no comprometa la una a las otras. Al fondo, sin duda, razones de valor que, sin ser constringentes para todos y en todos los casos, justifican, eso sí, debidamente, la postura que se desea o debe tomar. En estos versículos se intenta orientar, de modo especial, a los que se en­cuentran ante la opción entre el celibato y el matrimonio. El apóstol desea y propone libertad cristiana. Y esto quiere decir, moverse con holgura, de con­ciencia y acción, dentro de los valores auténticos manifestados por Cristo, en lo referente a cada uno de los casos, ya matrimonio, ya celibato. El «libre de cuidados» hay que entenderlo en ese contexto: libre para dedicarse a las co­sas del Señor. Con ello se descubre, suficientemente, el sentido profundo del celibato cristiano: por el Señor. Hay cierta preferencia por el celibato, por presentar mayor capacidad de entrega a las cosas del Señor y más facilidad para realizarlo. En el sujeto que opta por él, se verifica cierta unidad pro­funda en el ser, en el sentir y en el obrar: todo para el Señor, sin división al­guna. La última frase manifiesta también la libertad, siguiendo cada uno su conveniencia -en el Señor-, para elegir un estado u otro. Se trata del bien cristiano de los oyentes, no de una trampa en actitudes que por una razón u otra, no responden a la situación y condición real del individuo. La doctrina tradicional de la Iglesia se ha hecho eco de estas enseñanzas. No podemos pasarlo por alto. Ante la transitoriedad del tiempo que vivimos, se echan de ver posturas que viven y manifiestan con más intensidad las re­alidades definitivas cristianas: ser del Señor. Estas alcanzan su expresión concreta, especialmente, en la vida consagrada.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,21-28

En aquel tiempo, Jesús y sus -discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenla un espíritu inmundo, y se puso a gritar: – «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: – «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: – «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Se quedaron asombrados de su ense­ñanza porque enseñaba con autoridad.Tal como Marcos presenta la escena, el pasaje entrelaza magistralmente dos motivos, ligeramente diferenciados: Jesús maestro, Jesús taumaturgo. Es, en efecto, su primer milagro y, también, su primera aparición de «predicador». Esto último parece ser la motivación de fondo y aquello, su con­firmación práctica. Jesús anuncia el reino. Su palabra es palabra de Dios. Es, por lo tanto, auténtica y eficaz: Jesús proclama próximo el reino y lo establece. El reino es una novedad existencial. Entre otras cosas, implica la expulsión del de­monio, el aplastamiento de su poder. Las palabras del endemoniado, en su origen quizás, conminatorias contra el que le aprieta con poder superior, son, en este contexto, manifestación de la autoridad de Jesús: hombre de Dios, Hijo de Dios. Definen, en definitiva, la personalidad de Jesús.

No separemos a Jesús de su palabra, del poder que la anima; ni su poder, de la victoria sobre el demonio; ni la victoria sobre el diablo, de la presencia salvadora de Dios entre nosotros; ni ésta, por último, de la salvación del hombre. El hombre se encuentra, en verdad, dominado por poderes extraños a él, que lo esclavizan, retuercen, deforman y aplastan. Él solo, abandonado a sus fuerzas, no puede salir de su postración. Jesús se presenta -y no con meras palabras tan solo- como su salvador en nombre de Dios. Es, en reali­dad, algo nuevo y único. Cristo Jesús, el Señor de todos los tiempos. La Iglesia ha heredado de Jesús ese poder y esa misión: proclamar exis­tencialmente el reino de Dios y lanzar los demonios. En esa misión nos en­contramos todos, en especial, los que por peculiar «gracia» hemos sido llama­dos a ello. Ahí están los medios: unión íntima con Jesús; oración, sacramen­tos, renuncia… Es nuestra misión.

Reflexionemos: Contemplemos a Cristo, Señor nuestro. El evangelio lo presenta, en acción, poderoso en palabras. Su poder es salvífico. También lo es su palabra. La salvación se manifiesta, en particu­lar, como liberación del poder satánico. Es algo nuevo e inaudito. Jesús es, en definitiva, Hijo de Dios. Pongamos, pues, nuestra confianza en él.

Las palabras de la primera lectura completan la imagen: el gran Profeta. El hombre de Dios que habla y actúa con poder en su nombre. Debemos es­cucharle: Dios mismo habla y actúa por él. En él está, pues, nuestra salva­ción. Más adelante relatará el evangelista cómo los apóstoles han sido en­viados con la misma misión. También ellos dispondrán, por su medio, del po­der en palabras y obras, para proclamar el reino y verificarlo.

El poder del diablo aparece aquí de forma indirecta, pero real. Podemos imaginar las múltiples maneras que se presenta el mal en el hombre, pri­vándolo de su auténtica libertad de acción para con Dios y las criaturas. El reino de Dios, fuerza liberadora y transformadora suprema, se acerca a él para restituirlo a su dignidad original de Hijo de Dios. Jesús es su único re­medio. Odios, envidias, opresiones, estructuras malvadas… Con todo ello se enfrenta el Señor. La figura de Jesús salvador se perpetúa en la Iglesia. Y dentro de la Igle­sia, especialmente, más no solamente, en los ministros de la palabra, a quie­nes, por eso, se les exige demostración en obras. Toda la Iglesia, sin em­bargo, participa en ello: vida cristiana, oración, obras de misericordia… En lo que a nosotros se refiere -ministros del altar- bien nos viene un responsa­ble examen de conciencia. El modelo lo podemos encontrar unos versículos an­tes: la vocación de los primeros discípulos. Lo dejaron todo y se convirtieron, por la voz de Jesús, en «pescadores de hombres». El abandono de todo es im­portante para ser solo y exclusivamente investidos del poder de Jesús. Por­que es, claro está, el poder de Jesús y no los propios medios los que invisten a los ministros de semejante poder.

Las palabras de Pablo ofrecen un tema sugestivo. También podemos ha­blar de él: sentido de la vida consagrada; su fundamentación teológica y cristológica -para el reino; su conveniencia y necesidad para la Iglesia- di­mensión eclesial; su importancia actual… Una apelación a los fieles. Uno de los títulos que recibe, especialmente en la actualidad, es de «vida apostólica»; favorece la entrega y dedicación, en palabras y obras, a la proclamación y establecimiento del reino de Dios. Si se habla a religiosos, encomiar su deci­sión, motivarla y ayudarla. Si a seglares, exaltar su conveniencia, necesi­dad y grandeza; intensificar su oración y fomentar su comprensión: es, en defi­nitiva, una bendición para todos.

  1. 3.      Oración:

Oh Dios, que suscitaste líderes y profetas que hablaran en tu nombre y guiaran a tu pueblo en todos los momentos de su historia, y que en la plenitud de los tiempos enviaste a tu hijo para que fuera maestro, camino, verdad y vida. Suscita de en medio nuestro nuevos profetas para que sepamos iluminar con tu palabra los retos que nos plantea la historia y seamos verdaderos testigos de tu proyecto.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo B

 

La invitación que hace Jesús es a la «conversión». No puede ser de otro modo, ante una realidad decisiva. «Convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo… Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética».

 

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca…  …Síganme

 

  1. ORACIÓN INICIAL

 

Oremos… “Tú, el Cristo, ofreces un tesoro de Evangelio, depositas en nosotros un don único, el de ser portadores de tu vida. Pero, para que sea evidente que la irradiación viene de ti y no de nosotros, has depositado este don insustituible en vasos de arcilla, en corazones de pobres, tú vienes a tomar un lugar en la fragilidad de nuestros seres, allí y no en otra parte. Entonces, sin que sepamos cómo, haces de nosotros, tan insuficientes y vulnerables, la irradiación de tu presencia entre los hombres”.( Hermano Roger de Taizé (+2005))

  1. 2.      LECTURAS Y REFLEXIÓN

2.1.Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10

En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

El libro de Jonás es una pequeña joya que merece una lectura completa. Bajo la forma de un cuento, lleno de humor, aparece en escena un profeta recalcitrante que se resiste a anunciar un mensaje de conversión y de salvación a los habitantes de la ciudad de Nínive. Él los detesta porque son paganos sin fe ni ley. Después del primer llamado, Jonás huye en la dirección opuesta a la gran ciudad pagana. Una tempestad hunde el barco y un gran pez vomita en tierra al triste héroe de esta historia. Dios se dirige por segunda vez a Jonás, quien acepta por fin ir a la gran ciudad. Jonás no se toma la molestia de darle muchos argumentos a los paganos para que se conviertan, se contenta con proferir una amenaza. Y, ¡sorpresa!, los habitantes de Nínive escuchan y comprenden el mensaje. El rey decreta un ayuno para todo mundo, aún para los animales, y dice: “Cada se convertirá de su mal camino y de la violencia de sus manos”. Dios obtiene el resultado que espera, su palabra es eficaz, aún si el mensajero es deficiente. ¡El mensaje de salvación es anunciado y escuchado! “Al ver lo que habían hecho y cómo se convertían de su mala vida, se conmovió Dios…”. Dios quiere que la humanidad renuncie a la violencia y viva en paz. Este mensaje le ha sido confiado al pueblo escogido, él tiene la tarea de comunicarlo al mundo entero.

Mensaje; «El Señor Dios nuestro tuvo piedad de su pueblo». declara el v. 10. Nótese que se trata de Nínive, capital del reino asirio en tiempo de Se­naquerib, el más acérrimo enemigo de Israel. Fue notorio por su crueldad inhumana. Destruyó el reino del norte. En este pasaje se le llama «pueblo del Señor». Dios tuvo piedad de él. Dios lo perdonó. Dios, pues, no se desentiende de los hombres que Él ha creado. Se vislumbra ya la vocación de todos los pueblos. Otros profetas también apuntan en este sentido. Véase Is 19, 22 – 24; Jonás preanuncia la misión universal del mensaje di­vino de salvación. Sugestivo y preciso, el libro de Jonás.

2.2.SALMO RESPONSORIAL

Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Señor, enséñame tus caminos.

Convertirse es, literalmente, cambiar de ruta, entrar en el camino recto. La primera y la tercera estrofa del Salmo delinean el tema del camino. Para el pueblo de Israel, Dios traza el camino por medio de sus mandamientos. El creyente debe conocerlos, amarlos y ponerlos en práctica. Quien se deja guiar por el Señor será salvado. Para ello se requiere reconocer la pequeñez ante Dios. Dios se interesa por los humildes y los pecadores; lo hace enseñándoles el camino a seguir. 13

La segunda estrofa es una oración de confianza dirigida al Señor, el Dios de la Alianza. El Salmo recuerda las grandes cualidades de Dios: su amor, su ternura, su fidelidad. Cuando se invoca el perdón, Dios olvida las rebeldías y los pecados, las faltas de juventud.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como sí no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

 

Se habrá notado que estos domingos primeros toman los textos bíblicos en su segunda lectura de la Carta primera a los Corintios de S. Pablo. En esta Carta responde S. Pablo a diversas cuestiones que los de Corinto le proponen. Son cuestiones prácticas. Los principios, sin embargo, aparecen con frecuencia generales.

El tema que desarrolla en este capítulo 7 es de sumo interés. Coloca S. Pablo la virginidad sobre el matrimonio. La razón fundamental estriba en que la virginidad libera de preocupaciones que impiden a uno darse por en­tero al servicio del Reino. El hombre casado está solícito por las cosas que comparte. No puede entregarse totalmente a la edificación del Reino de Cristo. Por otra parte, ya con una perspectiva escatológica, advierte S. Pa­blo que todas estas cosas pasan. No debe uno pegarse demasiado a estas ocupaciones. El tiempo es breve; la figura de este mundo pasa. El Nuevo Mundo es el Reino de Cristo en su forma definitiva. Los bienes de este Reino son los que realmente interesan. Tras ellos hay que ir, pues no pasan.

Adviértase que no se elude el compromiso con el mundo sin más, sino con el mundo que pasa y en cuanto pasa. En este mundo hay realidades que tie­nen un valor en el Reino; deben ser consideradas atentamente. Primero el reino de Dios y su justicia; después las demás cosas. La virginidad te capa­cita más que el matrimonio para darte por completo al servicio de este Reino, que consta en el momento actual de realidades materiales y espiritua­les, según nuestra nomenclatura. El matrimonio no. El Reino ha de sobrevi­vir a las realidades de este mundo. El matrimonio no, como tal. En el cielo no se casan.

Es, pues, una amonestación la de S. Pablo a no detenerse demasiado en cosas que han de pasar.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
– «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Nos encontramos en Marcos, evangelista ordinario en este ciclo. El tema es evidente. Se trata de la vocación de los Apóstoles.

Nótese:

A) «El Reino de Dios está cerca». Ha llegado el tiempo de la gran decisión para el pueblo de Israel. Urge darse prisa y tomar una actitud decidida en su favor. El Reino de Dios es el tema común de la predicación de Cristo. Cristo lo anunció en sus diversos aspectos a través de toda su vida.

El primer paso, es condición indispensable para entrar en el Reino: «Convertíos», «Creed la buena Nueva» Cambio de postura, abandono de los propios caminos y del pensar propio; asentimiento a la predicación de Cristo. El es la Buena Nueva. Hay que seguirle incondicionalmente. S. Juan desa­rrollará el tema de la fe en Cristo, como algo insustituible.

B) Llamamiento y seguimiento incondicional al Maestro. La elección recae en los individuos, ineptos humanamente hablando. La voz de Cristo los des­dice al seguimiento. Es poderosa la voz del Señor. Ella misma los consagra como Apóstoles. Son constituidos «Pescadores de hombres». Misión bien defi­nida: predicar y anunciar la conversión y la fe en Cristo. Ellos van a dar tes­timonio de Él y de sus palabras hasta los confines del mundo. En la acepta­ción de su palabra está vinculada la salvación.

 

Reflexión:

 

1) Dios llama a todos a la conversión. A todos alarga la mano bondadosa ofreciendo el perdón. Sin embargo, su palabra salvadora llega a los hombres a través de sus mensajeros. Ahí están Jonás y los doce. Dios nos habla por ellos.

2) La disposición del apóstol debe ser de entrega total. Lo abandonaron todo. La misión de salvar a los demás debe absorberlos totalmente. Jonás y los apóstoles lo dejaron todo. Se dedicaron plenamente al reino de Dios. Lo demás no lo juzgaron digno. Puede que algo de esto nos diga el capítulo 7 de la carta de Pablo a los Corintios. Hay muchas cosas que pasan. Una es la importante: El reino de Dios y su justicia.

3) Dios sigue llamando todavía a la conversión. Recordemos que debemos convertirnos y renovar nuestra fe en Cristo continuamente Dios quiere sal­var a todos.

 

  1. ORACIÓN FINAL:

 

Entrando en el camino del discipulado:

 

¡Que me juegue la vida en tu seguimiento!

 

 “Señor, tú que has nacido por azar al final de un viaje y que mueres como un malhechor después de haber recorrido, sin dinero, todos los caminos -los del exilio, los de las peregrinaciones y de las predicaciones itinerantes- sácame de mi egoísmo y de confort. Que, marcado por la Cruz, no tenga miedo de la vida difícil. Sí, Señor, hazme disponible para la bella aventura a la que me llamas. He comprometido mi vida, Jesús, en tu seguimiento, me la he jugado toda por tu amor. Los otros pueden ser sabios, tú me dices que es preciso ser loco. Otros creen en el orden, tú me dices que crea en el Amor. Otros piensan que hay que guardar, tú me dices que dé. 

Otros se instalan, tú me dices que camine y que esté listo para el gozo y el sufrimiento, para los fracasos y los logros, que no ponga mi confianza en mí sino en ti. Me dices que me lance a la aventura cristiana sin preocuparme por las consecuencias y que, finalmente, arriesgue mi vida apoyándome en tu amor”

(Abbé Joly)

 

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo segundo del tiempo ordinario (ciclo B)

Comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprende las más de treinta semanas del año litúrgico que no están comprendidas en los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Merece toda nuestra atención pues, como no está enfocado hacia alguna fiesta especial, tiene por objeto celebrar y alimentar la vida cristiana en cuanto centrada en la fe en Cristo muerto y resucitado. En este tiempo litúrgico hemos de poner todo nuestro empeño en la celebración del domingo, el día del Señor, que es como un símbolo de la vida cristiana, pues, en él, recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Palabra y en el Sacramento de la misa dominical.

Oración comunitaria

Padre bueno, que hablas siempre en la historia y en lo profundo del corazón humano, y que a nosotros nos hablaste también en Jesús, nuestro hermano mayor, proponiéndonos en él un camino de servicio y donación. Danos espíritu atento a tus llamados, actitud de búsqueda constante y discernimiento para buscar siempre y en todo la fidelidad a tu proyecto de Vida en plenitud para todos. Tú que vives y das vida por los siglos de los siglos.

2. Lecturas y comentario
2.1 Lectura del primer libro de Samuel 3, 3b-10. 19

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.» Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: – «No te he llamado; vuelve a acostarte.»  Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel.  Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»  Respondió Elí:
– «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»  Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.  Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»  El comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:   «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha»» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: – «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: – «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

Elí, venerable, anciano, sumo sacerdote. Una estera en el suelo, un niño que duerme. Una voz que le desvela y le hace saltar hasta el anciano. Ha sido una pesadilla. Tres veces el equívoco. Por fin, la indicación del sacerdote y la respuesta del muchacho a la palabra de Dios. Dios llama de noche, en el santuario, al muchacho Samuel. Desde ahora será un «llamado», profeta del Señor. Samuel ha dado nombre a estos libros. Por el impacto, sin duda alguna, de su recia personalidad. Samuel es la figura más relevante de aquella época y de las más representativas de las Historias de Israel. Samuel, siervo de Dios, dirige los destinos del pueblo santo. Es el último de los «jueces» y el iniciador de la monarquía. Profeta, juez, sacerdote. Un verdadero intermediario entre Dios y los hombres: en el culto, en la palabra, en el gobierno. No es extraño que haya quedado su nombre a la cabeza de los libros que arrancan de aquel momento. Hasta su infancia interesa. Gran figura la de Samuel.

Vocación de Samuel. Dios tiene una voz. Una voz distinta, propia, llena de autoridad y de fuerza. Para el fino de oído, inconfundible. Samuel, niño, no la distingue de inmediato. Pero es su voz. Y como voz, una llamada. Y como llamada, una exigencia. Y como exigencia, un salto y una pronta respuesta: perfecta disponibilidad. A la voz que viene de arriba, la disponibilidad del muchacho se extrema: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Así es el profeta, el hombre de Dios. El profeta podría llamarse, tanto como «vidente», «oidor». Oidor de la palabra de Dios. Siempre atento, siempre alerta, siempre dispuesto. De día, de noche; en la tempestad, en la bonanza: siempre y en todo lugar. Hombre que vive para la palabra de Dios. Dios llama a Samuel, y Samuel responde pronta y decididamente. Dios le ha abierto el oído y le ha afinado la sensibilidad: «Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse». Samuel, otro Moisés, es todo un ejemplo: oidor de la palabra de Dios y pronto realizador de sus exigencias. Pensemos en Cristo, tan perfecto oidor y realizador de la voz de Dios que es su voz en carne. Cristo intermediario de Dios y los hombres en todas direcciones.

2.2. Salmo Responsorial: Sal 39, 2 y 4ab. 7. 8~9. 10 (8a y 9a)

Salmo de «acción de gracias». También aparece la súplica. La Liturgia ha conservado en sus estrofas el aire de la primera.
La acción de gracias proclama y canta un beneficio recientemente recibido. Hemos recibido algo. Gratuitamente, por benevolencia, por amor. Hemos recibido algo bueno. Y en el algo bueno, la mano buena y poderosa de Dios. Dios mismo se inclinó a nuestra necesidad y escuchó el grito. Él lo ha hecho todo. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Cantar la bondad del Señor y corresponder a semejante beneficio. Responder con nuestra vida al beneficio de la vida que se nos concede. Y la vida, respecto a Dios, es toda la vida en extensión e intención: «Haré tu voluntad». Haré de mi vida una expresión clara y perfecta de tu ley y de tu voluntad; la llevaré grabada en mis entrañas. Es el mejor canto, la más sincera alabanza, la más lograda acción de gracias. Sin esa voluntad decidida de agradar a Dios, se hace superfluo todo lo que sobrevenga. Cristo vivió en propia carne la disposición del salmo, la voluntad de Dios (Hb 10, 3-10). Y curiosamente aquella voluntad se expresó en un Sacrificio. Preciosa acción de gracias la del Señor. En ella quedamos santificados. ¿No significa «eucaristía» acción de gracias?

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. R

Entonces Yo digo: «Aquí estoy – como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. R.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6. 13c-15a. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

La fornicación es un pecado. Un pecado peculiar. Un pecado que degrada, enajena, embrutece y mancha. Como pecado, una ofensa en y contra el propio cuerpo. Ofensa también a Dios, Señor del cuerpo. El cuerpo es algo digno, santo y venerable (contra las tendencias platónicas). Sí es «carne», pero «espiritualizada», por la presencia en él del Espíritu Santo, para la «resurrección». Lo deshonramos con el abuso, lo profanamos con el pecado. Por el bautismo somos una cosa con el Señor. Nos ha comprado a gran precio. Pensemos en la muerte y en la resurrección. El es nuestro Dueño. Somos templos del Espíritu Santo. No nos pertenecemos. Dios habita en nosotros. Y toda la persona, alma y cuerpo, le pertenece. Ay del que profane tan santo templo de Dios. El Señor se vengará. Su presencia actualmente en nosotros santifica todo nuestro ser, alma y cuerpo para el día de la resurrección. El cuerpo está destinado a vivir para siempre en Dios. Y Dios, que vive en él para siempre, exige respeto y veneración.

Si Dios está en nosotros, somos templos santos. Si templos de Dios, su gloria en nosotros. Si su gloria en nosotros, veneración y respeto. Comportamiento, uso y ejercicio, según las exigencias del poseedor, el Espíritu Santo. Todo lo que se haga fuera de su beneplácito es una profanación, y como tal, digna de castigo. El cuerpo no es un instrumento u objeto de placer. El cuerpo es parte íntegra de mi «yo». Y yo, en todo mi ser, soy de Cristo. Debo hacer brillar esa pertenencia en todos mis actos, para que un día brille su gloria plenamente en todo el compuesto: en el alma y en el cuerpo. «Glorificad a Dios en el alma y en el cuerpo.».

2,4. Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:
– «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: – «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron:  – «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: – «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: _«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: – «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»
Vieron donde vivía y se quedaron con él.

El evangelista relata en este pequeño cuadro, parte de otro más completo (1, 35-51) la «vocación» de los primeros discípulos. Convenía colocarla al comienzo del evangelio. Todo arranca del testimonio de Juan Bautista. Juan, antorcha, Juan, testimonio, señala con la palabra y el gesto al que «tenía que venir» como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1, 29). Misteriosa designación de Jesús como Mesías. Sea que el evangelista haya «conformado» las palabras del Bautista a la luz de la revelación posterior, sea que lo haya hecho ya la tradición anterior a él, sea -menos probable- que el Bautista haya pronunciado «textualmente» tales palabras, el hecho es que ese título compendia de alguna forma el misterio de Jesús. Le seguirán otros más. La presente sección ofrece alguno de ellos: Maestro, Mesías…

Podemos movernos, para entender el pensamiento de evangelista, en dos o tres direcciones, por separado o conjuntas. El Cordero puede hacer referencia -Padres griegos- a la muerte expiatoria de Cristo: los cánticos del Siervo de Yavé, al fondo. Los Padres latinos piensan, en cambio, en el Cordero pascual: pensamiento presente en el evangelista a la hora de la muerte de Jesús (viernes por la tarde, momento de sacrificar el cordero pascual). ¿Habría que pensar también, según algunas corrientes apocalípticas, en el «cordero», jefe victorioso al frente del rebaño? Probablemente el evangelista no se mueve en una dirección tan solo. Juan apunta a Jesús. Y ahí acaba su misión. Ha llegado el más fuerte, el que bautiza en el Espíritu Santo. Juan debe dejar paso y señalar el Camino que conduce a Dios, Jesús de Nazaret.

Dos de sus discípulos han captado la señal, han acogido su testimonio. Hombres piadosos que esperan la redención de Israel. Corren tras el personaje misterioso. Se quedan un día con él. Jesús colmó sus ansias, disipó sus dudas mesiánicas. Probablemente les habló «con autoridad» de las Escrituras. Jesús les «convenció». Le siguieron, se quedaron para siempre con él. Se hizo paso en ellos la fe. Y la fe, activa y dinámica, se hizo evangelizadora. Uno de ellos, Andrés, empujó a Pedro. La fe de Pedro provocó en Jesús una notable decisión: le impuso un nombre, le encomendó una función. Y desde en
tonces para siempre, Pedro será la «roca» visible de Jesús. Maravillas de Cristo, maravillas de la fe.

Reflexión

Partamos, como siempre, de Cristo. Las lecturas de la fiesta del bautismo del Señor nos lo presentaba como el «Ungido» y el «Consagrado» para el cumplimiento de una misteriosa misión: lleno del Espíritu Santo, Hijo de Dios. Se dan ahora los primeros pasos. Veamos los matices.

A) Jesús el gran «llamado» de Dios. Podríamos comenzar por el salmo responsorial: «No quieres sacrificios… pero he aquí que vengo a hacer tu voluntad». Jesús tiene por misión «cumplir la voluntad del Padre». Hebreos comenta: «… voluntad en la que hemos sido santificados, gracias a la oblación del cuerpo de Jesucristo de una vez para siempre» (10, 10). La voluntad, al margen de los sacrificios antiguos, si convierte en el gran Sacrificio por los pecados: Muerte expiatoria en la cruz. Sacrificio expiatorio de alcance infinito, que nos reporta la salvación. Cristo obediente, Cristo paciente, cumple la voluntad de Dios. Obediencia a Dios y amor a los hombres. Es su vocación y su destino. El evangelio lo anuncia ya, de forma misteriosa, en las palabras de Juan: «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Siervo obediente, como cordero sin abrir la boca, que se deja conducir al sacrificio. Cordero pascual que, degollado, salva de la esclavitud del pecado y de la muerte al pueblo nuevo que se reúne en torno a él. Es así constituido «Señor» del rebaño, vencedor del mal. La primera lectura dibuja de lejos su disponibilidad en la persona de Samuel. La voz de Dios que llama, la voz del «llamado» que responde. Disponibilidad absoluta. De este profeta son las palabras memorables: «… la obediencia vale más que el sacrificio y la docilidad más que la grosura de los carneros» (1 S 15, 22). Contemplemos, pues, a Cristo, el «llamado» de Dios, sumiso y decidido cumplidor de su voluntad. Admiremos su misión y agradezcamos cordialmente la voluntad benévola que nos trajo la salvación.

B) Los «llamados». Dios, que llamó a Cristo, sigue llamando en Cristo. El evangelio nos ofrece algunos ejemplos: Andrés, Pedro… Los apóstoles. Ellos irán con Jesús, vivirán con Jesús, y con Jesús serán un día «salvadores» de los hombres. Y Jesús se vale, hoy también, de unos para llamar a otros. El Verbo de Dios hecho hombre se vale de los hombres para llevar a Dios. El apóstol ha de seguir a Cristo, ha de vivir con él, ha de conocerlo bien y ha de tenerlo por «maestro» y Señor. Total disponibilidad. La lectura primera vuelve a esclarecer este misterio: el niño Samuel, ejemplo clásico del «llamado» y del hombre de Dios. Siempre dispuesto a escuchar y a cumplir la palabra de Dios. El apóstol escucha y sigue a la mismísima Palabra de Dios. Pensemos a este respecto en los «llamados». En todos, en especial en los «llamados» al apostolado. Son los «siervos» de la Palabra, de la evangelización, «servidores» de la salvación. También el salmo puede ayudarnos a pensar en ello.

C) Dedicación a Dios. Toquemos, como tercer punto, el tema de la segunda lectura. Somos santos. Somos de Cristo. Somos templos de Dios, como comunidad y como individuos. Somos hombres de Dios. No nos pertenece
mos. Entera disponibilidad y dedicación al Señor. Es Señor de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es santo: algo grande y nuevo. Santo ha de ser nuestro comportamiento. El cuerpo de Cristo sirvió de ofrenda a Dios y resucitó para siempre. El nuestro, redimido, sirve a Dios y se dispone, en el servicio, a la transformación en el Señor. Si peca, se mancilla. Si se mancilla, se profana. Si se profana, infiere una injuria a su Señor. Y si infiere una injuria a su Señor, merece la muerte. ¿Un cuerpo hecho para la salvación nos conducirá a la muerte? La fornicación deshonra al Señor y nos deshonra a nosotros mismos. No podemos admitirlo. Nuestro cuerpo posee una dignidad y nosotros con él una responsabilidad. El cuerpo no es para el placer. Debe re
flejar la presencia del Espíritu Santo. Fornicar es perder la dignidad y huir de la responsabilidad. Es un tema de gran actualidad. Hoy como en los tiempos de Pablo, la sociedad circundante se muestra reacia a percibir y admitir con claridad y decisión la dignidad y santidad del cuerpo del hombre. Negada la dignidad y santidad del cuerpo, pronto se niega la dignidad y santidad del compuesto. Todo el hombre corre peligro y con él no solo la digna civilización «humana», sino la salvación del hombre. Y el hombre ha sido salvo en Cristo. El cristiano debe vivirlo con decisión y entereza. Es consciente de su dignidad y pertenencia a Cristo. Hay que insistir en ello.

Oración final:

¡Señor Jesús! Mi Fuerza y mi Fracaso eres Tú. Mi Herencia y mi Pobreza. Tú, mi Justicia, Jesús. Mi Guerra y mi Paz. ¡Mi libre Libertad! Mi Muerte y Vida, Tú, Palabra de mis gritos, Silencio de mi espera, Testigo de mis sueños. ¡Cruz de mi cruz! Causa de mi Amargura, Perdón de mi egoísmo, Crimen de mi proceso, Juez de mi pobre llanto, Razón de mi esperanza, ¡Tú! Mi Tierra Prometida eres Tú… La Pascua de mi Pascua. ¡Nuestra Gloria por siempre Señor Jesús!

Domingo de la Epifanía del Señor – Ciclo B

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse ambas fiestas definitivamente en Oriente y Occidente se configuran con perfiles distintos, hasta ofrecer un contenido específico con matices propios e independientes.

El contenido de la fiesta de epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial ‘Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el Benedictus). Y en la antífona para el Magníficat en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».

La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.

En primer lugar, epifanía no se centra en un hecho o episodio concreto. El foco de interés, en el que polariza la atención de la Iglesia al celebrar esta solemnidad, se sitúa más allá de los hechos. Por otra parte, el criterio básico que se ha puesto en juego al instituir esta fiesta no hay que entenderlo en clave histórica o cronológica. La constelación de solemnidades que siguen a la fiesta del 25 de diciembre no celebran, sin más, los acontecimientos de la infancia ni se siguen según un orden cronológico. La clave de interpretación no es histórica. Hay que buscarla en otra línea de carácter teológico.

En silencio delante de Dios

Hoy, en este domingo en el que Dios se manifiesta como luz de los hombres, queremos pedir al Señor “la pasión de escucharlo” con las palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Verbo eterno!, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme toda docilidad para aprender todo de Vos. Luego, a través de todas las noches, todos los vacíos, todas las impotencias, quiero estar siempre pendiente de Vos y permanecer bajo vuestra gran Luz” (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 noviembre 1904) Seguir leyendo «Domingo de la Epifanía del Señor – Ciclo B»