La asunción de la Virgen María – Solemnidad

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN

Oración:

Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

1. Introducción

En esta misa conviene relacionar la primera lectura y el salmo con el evangelio. La imagen de la mujer apocalíptica es al mismo tiempo de lucha y de victoria, y la escena de la visitación es introducción al cántico del humilde glorificado, el Magnificat. Lo que estas lecturas destacan es el aspecto "pascual" de la asunción de María. La "victoria es de nuestro Dios", y María es beneficiaria de esta victoria, "porque has creído", y Dios se ha complacido en obrar en ella sus maravillas. Estrechamente unida a esta temática, escuchamos la lectura del Apóstol, que manifiesta la razón de fondo del misterio: "Cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, todos los cristianos". La presentación del misterio de María como participación plena en el misterio pascual de Cristo es, posiblemente, la más justa teológicamente, y la que da más coherencia a la celebración. Con ella enlaza perfectamente la introducción a la Eucaristía, siendo al mismo tiempo un punto de partida exhortativo sobre el sentido pascual de nuestra existencia.

2. Lectura y reflexión de los textos de la solemnidad

2.1. Lectura del libro del Apocalipsis 11,19a; 12,1-6a. 10ab.

Se abrieron las puertas del templo celeste de Dios y dentro de él se vio el Arca de la Alianza. Hubo rayos y truenos y un terremoto: una tormenta formidable. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Estaba encinta, le llegó la hora, y gritaba entre los espasmos del parto. Apareció otro portento en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. Mientras tanto la mujer escapaba al desierto. Se oyó una gran voz en el cielo: «Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías».

2.1.1. Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal

La lectura del libro del Apocalipsis empieza presentado uno de los temas bíblicos de la fiesta de hoy; el arca de la alianza. Tema que aparece en la primera lectura de la misa de la vigilia, y sirve de enlace en esta primera lectura de la misa del día y volverá a aparecer como trasfondo del evangelio de la Visitación. El arca de la alianza era el "signo" de la presencia invisible de Dios en medio de su pueblo. Contenía el Decálogo, síntesis de la Palabra que Dios había dirigido a su pueblo en el Sinaí.

La visión del arca inaugura, en el libro del Apocalipsis, la sección de los tres signos, de los cuales la lectura nos presenta los dos primeros: la mujer encinta y el dragón rojo. El varón llamado a gobernar a los pueblos es símbolo de Cristo, designado, más adelante, como "la Palabra de Dios" (19,13). La mujer que personifica a la comunidad cristiana es la que gesta y da a luz al que es la Palabra definitiva del Padre. La figura femenina es la verdadera arca de la nueva alianza, "signo" de la presencia de Dios ante los pueblos, a pesar de los rechazos y de las persecuciones.

La lectura mariana de este texto eclesiológico nos lleva a María como la primera cristiana, prototipo y Madre de la Comunidad de creyentes interesada en ofrecer la Palabra de Dios, que es Cristo, a nuestro mundo secularizado.

2.2. SALMO RESPONSORIAL Sal 44,11.

R/. De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro
.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna.

Prendado está el rey de tu belleza;
póstrate ante él, que él es tu señor.

Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

2.3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,20-26.

Hermanos: Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto; primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los cristianos; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios «haga de sus enemigos estrado de sus pies». El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque dice la Escritura: «Dios ha sometido todo bajo sus pies».

2.3.1. La resurrección de Cristo no fue un hecho aislado, sino una primicia, el primer fruto de una cosecha, que anuncia la resurrección de todos; es así el fundamento de la esperanza. La humanidad entera era solidaria del primer hombre y participaba de su destino. Ahora, con el Mesías, se ha creado una nueva solidaridad. La primera solidaridad conducía a la muerte, la segunda lleva a la vida. Ahora bien, mientras la solidaridad con Adán no era libre, sino que nacía de la naturaleza misma del hombre (Adán=hombre), la solidaridad con el Mesías se crea por la comunicación de su Espíritu (1 Cor. 12, 12-13), don de Dios a los que libremente se adhieren a su Hijo, jefe de la humanidad nueva. El Espíritu, que es la vida, dará la resurrección a los que pertenecen al Mesías (Rm. 8. 11).

El plan de Dios, actuado por el Mesías, Jesús, era comunicar al hombre su misma vida y así salvar para siempre al hombre que creó. El reino del Mesías es un reino de vida en todas sus manifestaciones; su enemigo total es la muerte, destrucción de la obra de Dios. Dios mismo irá venciendo a todos sus enemigos, sometiéndolos al Mesías; el último por vencer será la muerte, para que reine totalmente la vida, y una vida sin fin. Ese será el triunfo de Dios, el final de su obra. – Cristo es la primicia de los resucitados. Es la primera gavilla de la gran cosecha que Dios recoge de la siembra en el mundo. La primera gavilla indica que la cosecha ha empezado. Reafirma nuestra esperanza en la resurrección. María es también gavilla de las primicias. Esta comparación no tiene para nosotros la misma fuerza que tenía en tiempo de Pablo. La presentación de la primera gavilla, como primicia de la cosecha, era motivo de alegría y de bendición.

La civilización industrial no habla de gavilla, sino de "inauguración". Pero lo importante es conservar el sentido que hay en el fondo de la comparación. En Jesús la prodigiosa fiesta de su resurrección es la gavilla, la inauguración, la Asunción de María es la primera participante en la fiesta. La resurrección de Jesús y la Asunción de María significan que en Cristo resucitado, centro de la creación liberada, el proceso de restauración llega hasta la materia cósmica. La Asunción de María nos confirma que en la resurrección de Cristo la creación entera llega a su plenitud, que el cosmos y el cuerpo no es sólo el lugar material en que se juega el destino del hombre. La liberación que le espera le hará acceder a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1,39-56.

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres-, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

2.4.1. Los dos primeros capítulos de Lucas se orientan hacia la subida de Jesús al templo de Jerusalén (2, 4 y 42). Hay una alusión a la aparición del Arca en el santuario. Hay también un paralelismo muy significativo con la subida o traslado del Arca a Jerusalén en el A.T. El viaje de María hacia las montañas de Judá recuerda simbólicamente el traslado del Arca, 2S 6,1-23. El Arca sube a Jerusalén. La estancia en casa de Obed-Edom, como la estancia de la "Madre de mi Señor" en casa de Zacarías, representa una etapa en el curso de la subida a la ciudad santa. En ambos casos, la estancia es de tres meses y es causa de bendición.

Hay que notar el clima de alegría, Jesús sube a la casa de su padre. María lo lleva… El canto de María expresa el sentimiento de quien ha comprendido la bondad de Dios hacia los pequeños y su compasión por los pobres. Es un canto de alabanza que los pobres dirigen a Yahvé por la promesa hecha a Abraham y a su descendencia. Hay escasas referencias personales. Parece representar más bien el canto de Israel que el de María como persona particular. Es la plegaria de la Hija de Sión.

Hay que relacionarlo con Habacuc 3, 18 y con el cántico de Ana (1 S 2, 1-10). Se trata de dos maternidades profundamente insertas en la Historia de la Salvación. Las "cosas grandes", las gestas de Yahvé, son el centro de la Historia de la Salvación y hacen de las personas y de la comunidad el sujeto de las bendiciones. El arco de la Historia de la Salvación tiene dos puntos de apoyo: Abraham y María. En ambos, se realiza la obra de Dios por la fe. Creyó Abraham (Gn 15,6). Bienaventurada tú porque has creído (Lc 1, 45). Ambos han sido llamados por Dios y participan en el sacrificio de su hijo y son inicio de una humanidad.

2.4.2. La alegría de Isabel por la visita de "la madre de mi Señor" y el gozo desbordante de María por la salvación mesiánica que ella trae, forman la lectura evangélica de hoy.

1. María, llevando en sí la presencia de Dios, como nueva arca de la alianza (cf. 2 S 6), se va corriendo a la montaña de Judá para llevar -como hará la predicación apostólica y toda la Iglesia- la Buena Nueva de la salvación y a comprobar con sus propios ojos el signo que le dio el ángel (cf. Lc 1, 36). El primer fruto de esta presencia de María -y del Señor- en casa de Isabel es la donación del Espíritu a la madre del Bautista, su alegría y la bendición de María porque creyó en la realización de todo lo que el Señor le dio a conocer por medio del ángel, bendición que nos recuerda la de Jesús en Lc 11, 28: "Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan". Las palabras que Isabel dirige a María, "la madre de mi Señor" (recuérdese que Señor es un título mesiánico) son también un modo de expresar el misterio de la encarnación: Dios se ha hecho hombre en el hijo de María.

2. El cántico de María, como en general todo el capítulo primero y segundo de Lucas, está lleno de imágenes y palabras del AT., aunque no se citen explícitamente. María habla en primer lugar como la verdadera hija de Sion en quien culmina la esperanza de todo el pueblo, siervo del Señor (cf. Sal 105, 6). Su alegría se debe a todo lo que hace el Señor; reconoce que todo lo que ella tiene se lo debe al Poderoso que llena de gracia a los humildes. Como Isabel, María expresa la alegría de ver cumplida la hora de la salvación, de la liberación final para Israel y toda la creación.

A partir del versículo 50 el Magnificat canta cuál ha sido y cuál va a ser el modo de actuar de Dios en la historia de la salvación: se dice de diversos modos que Dios se mantiene fiel a su promesa de amor y fidelidad ("su misericordia llega a sus fieles de generación en generación"; "acordándose de la misericordia en favor de Abrahán y su descendencia para siempre"). Y este amor fiel de Dios toma una forma muy concreta expresada en la contraposición entre los humildes a quienes enaltece y los hambrientos a quienes colma de bienes, por un lado, y los soberbios y poderosos a quienes derriba y los ricos a quienes despide vacíos, por otro: la venida de Cristo en "la humillación de su esclava" comporta este cambio de la condición humana y del orden del mundo que supone la instauración del reino de Dios, en el que sólo pueden entrar los que sientan hambre de salvación. María es la primera en cantar este orden nuevo del Reino.

El acontecimiento fundamental para tender la mirada hacia el más allá de la muerte es la Resurrección de Cristo. Es muy importante tener presente y viva esa realidad: No estamos aquí para siempre. Lo sabemos pero vivimos como si esto fuera definitivo, y eso no es bueno. Quien vive consciente de que está de camino, avanza mejor. Lo definitivo para nosotros es Dios, es Cristo.

Después de Cristo, tenemos en María el ejemplo de una persona humana que ya llegó al término. Una persona como nosotros está allá. Eso es lo que celebramos en esta solemnidad. Debemos mirar a "lo último", no con miedo, sino con esperanza. Nos dice San Pablo: " Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia". O Santa Teresa que escribió: " Muero porque no muero".

3. Oración final:

Alégrate y gózate Hija de Jerusalén
mira a tu Rey que viene a ti, humilde,
a darte tu parte en su victoria.

Eres la primera de los redimidos
porque fuiste la adelantada de la fe.

Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre:
“Ven amada mía”,
te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza.
Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora,
ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar
las Bodas del Cordero:

• Templo del Espíritu Santo
• Arca de la nueva alianza
• Horno de barro, con pan a punto de mil sabores.

Mujer vestida de sol, tu das a luz al Salvador
que empuja hacia el nuevo nacimiento

Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho
de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido.

María Asunta, signo de esperanza y de consuelo,
de humanidad nueva y redimida, danos de tu Hijo
ser como tú llenas del Espíritu Santo,
para ser fieles a la Palabra que nos llama a ser,
también como tú, sacramentos del Reino.

Hoy, tu sí, María, tu fiat, se encuentra con el sí de Dios
a su criatura en la realización de su alianza,
en el abrazo de un solo sí.
Amén.

Domingo 19 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Décimo noveno domingo del tiempo ordinario ciclo c.

1. Oración inicial

Ven, oh Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles. Tú que ya has venido para hacernos fieles, ven ahora para hacernos dichosos. Tú que has venido para que, con tu ayuda, pudiésemos gloriarnos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios, ven de nuevo para que podamos gloriarnos también de su posesión. A ti te concierne el confirmar, consolidar perfeccionar y llevar a cumplimiento. El Padre nos ha creado, el Hijo nos has redimido: cumple pues, lo que a ti te compete. Ven a introducirnos en toda la verdad, al gozo del Sumo Bien, a la visión del Padre, a la abundancia de todas las delicias, al gozo de los gozos. Amén.

2. Texto y comentario

Lectura del libro de la Sabiduría 18,6-9.

Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables. Pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y de común acuerdo se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

La tercera parte del libro de la Sabiduría (caps. 11-12 y 16-19) es una homilía o comentario didáctico muy libre a siete de las diez plagas narradas en el libro del Éxodo, en las que Dios y sus representantes se enfrentan al Faraón y a los suyos. En esta confrontación hay un opresor y un oprimido, un culpable y un inocente, y, como resultado del juicio divino, habrá un vencedor y un vencido. El autor del libro de la Sabiduría, comentando con mucha libertad los relatos del Éxodo, nos quiere hacer ver cómo el castigo del malvado viene a ser premio para el inocente: "con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honradas llamándonos a ti" (v.8), "con lo que sus enemigos eran castigados, ellos, en el apuro, eran favorecidos" (v.11,5).

Reconocer y agasajar al Dios liberador implica necesariamente sentirse unido con todos los miembros de la comunidad "en los peligros y los bienes" (v.9). ¡Celebrar el banquete es compartir todo con todos! ¡Casi nada! Sólo así se puede ser hijo o primogénito de Dios. Sólo con esta actitud podremos llamarnos "santos" o cristianos. El reino de Dios "ya es", pero "todavía no". Un silencio sereno envuelve nuestra existencia cristiana a la espera no de un juicio histórico sino escatológico. El primero sólo es anticipo y prueba del segundo. Y este silencio sereno nos invita a modificar nuestras vidas, a ser auténticos cristianos. ¡Vigilancia, no perdamos el tiempo! Cuando nos diésemos cuenta podría ser demasiado tarde.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 32,1 y 12. 18-19. 20 y 22

R/. Dichoso el pueblo a quien Dios escogió.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos;
dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Lectura de la carta a los Hebreos 11,1-2. 8-19.

Hermanos: La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. Por su fe son recordados los antiguos: por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas -y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa- mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por fe también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque se fio de la promesa. Y así, de una persona, y ésa estéril, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.

[Con fe murieron todos éstos, sin haber recibido la tierra prometida;  pero viéndola y saludándola de lejos,  confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan,  están buscando una patria;  pues si añoraban la patria de donde habían salido,  estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor,  la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. Por fe Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: y era su hijo único lo que ofrecía, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: "Isaac continuará tu descendencia". Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro.]

La epístola va dirigida a unas comunidades que viven en medio de un mundo hostil. A muchos cristianos les parecía que el evangelio era una utopía poco menos que irrealizable y empezaban a desfallecer ante las persecuciones, algunos abandonaban incluso la iglesia (cfr. 10,25). Por eso el autor les exhorta a la perseverancia y a la fidelidad. Recurre, para conseguir el efecto deseado, a los ejemplos bíblicos, sobre todo al ejemplo de Abrahán. No pretende dar una definición de la fe, sino destacar aquellos rasgos fundamentales que obtuvo la fe en los grandes creyentes y que convenía recordar a los que vacilaban: la firmeza en la esperanza, que anticipa los bienes futuros, y el convencimiento de lo que aún está por ver y por venir. La fe, como respuesta a la palabra de Dios que tiene el carácter de promesa, es inseparable de la esperanza.

De ahí que la fe sea siempre un éxodo, una salida, el comienzo de un camino hacia el futuro de Dios que trae la salvación. El que cree está siempre de paso, vive como un extranjero, como un nómada. Así vivió Abrahán, incluso en la tierra que Dios le había prometido (Gn 17,8;20,1;21,23;24,37). Y lo mismo Isaac, y Jacob. Todos llevaron una vida nómada, como corresponde a los "hebreos" y es imprescindible, en un sentido profundo, a los creyentes. Esto es así porque los creyentes, más que una tierra, lo que buscan es un futuro en el que se han de cumplir las promesas y, por eso, no pueden instalarse nunca. La "tierra prometida" es el símbolo de lo ciudad futura, de la ciudad que Dios construye para los que la buscan y ponen en él toda su esperanza. Este modo de entender y de vivir la vida se expresa muy bien en la ilusión que los patriarcas pusieron en sus descendientes.

En el campo abierto por la promesa de Dios, el hombre de fe se arriesga invirtiendo toda su vida y engendrando nueva vida de su flaqueza. Abrahán y Sara engendraron a Israel cuando ya eran ancianos. Tuvieron un hijo cuando humanamente parecía imposible. Pero Abrahán no dudó en sacrificar a su hijo para cumplir la voluntad incomprensible de Dios, creyendo que aun así se cumpliría lo que Dios les había prometido, que sería padre de un pueblo numeroso (Ex/32/13). Abrahán creyó hasta el extremo, esperó contra toda esperanza humana, y pasó a ser el padre de todos los creyentes.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 12,32-48.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: [No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque dónde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.] Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre. [Pedro le preguntó: -Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos? El Señor le respondió: -¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse; llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.]

Seguimos en la perspectiva de camino. El texto comienza con la fórmula de confianza "no temas", fórmula que garantiza protección y seguridad, y con el apelativo cariñoso de "pequeño rebaño", para inmediatamente pasar a formular el motivo de la confianza y del cariño: "El Padre ha tenido a bien confiaros su reino". Manifestación capital en sí misma, por cuanto que supone la realización, al menos parcial, de la segunda petición del Padrenuestro: Venga tu reino. Manifestación, además, fundamental en el conjunto del texto, por cuanto que está a la base de todo lo que en él se dice después. Tomando como punto de partida este versículo 32, el texto se articula de la siguiente manera:

1. Versículos 33-34. Una vez más nos sale al paso la frase corta y gráfica, desconcertante y agresiva." Vended vuestros bienes y dad limosna". La frase es de las que hieren, porque golpea fuerte. "Tocados" todavía por su impacto, escuchamos después algo sobre el corazón y el tesoro. Empezamos a relacionar: tesoro, dinero, valores, atención, importancia. De repente se nos ilumina el sentido de la frase: el dinero no puede ser el móvil de uno a quien el Padre le ha confiado su reino.

2. Versículos 35-40. Las palabras de Jesús siguen resonando gráficas. "Tened ceñida la cintura". En un mundo en el que se llevan túnicas muy holgadas que llegaban hasta los pies, era inevitable ceñirse la cintura con un cinturón para realizar cualquier actividad que supusiese esfuerzo o movimiento. Tener ceñida la cintura expresaba disposición, entrega a una tarea. Algo parecido hay que decir de las lámparas encendidas, indudablemente una metáfora para designar la actitud despierta y consciente.

Siguen a continuación dos situaciones, dos ejemplos de actitud despierta y consciente: de unos criados; de un dueño de casa. En ambos casos se pone de relieve la misma exigencia: necesidad de una actitud consciente y abierta al futuro.

¿De qué futuro se trata? Nos lo dice el v. 40 y lo formula en términos de venida del Hijo del Hombre. La formulación ahonda sus raíces en la imaginería apocalíptica judía, una imaginería al servicio de la más bella y la más real de las realidades: el encuentro pleno de los hijos con su Padre.

El sentido de los vs. 35-40 aparece claro: uno a quien el Padre le ha confiado su reino vive consciente de caminar hacia el encuentro pleno con el Padre.

3. versículos 41-48. Pedro interrumpe para saber si lo anterior se refiere sólo a ellos o también a todos en general. ¿Has dicho esta parábola por nosotros o por todos? Por el contexto inmediato el nosotros no se refiere a los doce, sino a los discípulos, es decir, al seguidor de Jesús.

En su respuesta Jesús emplea el mismo procedimiento que constatábamos hace cuatro domingos a propósito del letrado que quería saber quién era su prójimo. Jesús no responde en los mismo términos de la pregunta, sino que en los vs. 42-46 comienza contando la historia del posible doble proceder, bueno y malo, de un administrador. A continuación, en los versículos 47-48, centra su atención en el proceder malo y distingue dos nuevas posibilidades, según que ese proceder malo sea consciente o inconsciente. Por último, concluye con la siguiente llamada de atención: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confía, mucho se le pedirá. Hacia esta llamada de atención va encaminada toda la anterior historia; esta llamada es lo verdaderamente importante de la respuesta de Jesús.

Comparemos ahora esta respuesta y la pregunta. Pedro quiere saber si lo manifestado por Jesús vale sólo para sus seguidores o también para todos. Jesús le contesta que no es eso lo que debe preocuparle como seguidor suyo. Lo que de verdad debe preocuparle es que por ser seguidor suyo tiene unas exigencias y unas responsabilidades, superiores incluso a la demás gente por cuanto un seguidor de Jesús sabe que las tiene y los demás no lo saben. Esas exigencias y esas responsabilidades es lo que de verdad debe de preocupar a un seguidor de Jesús, y no si los demás las tienen o dejan de tener, o si los demás son seguidores de Jesús o no. La respuesta de Jesús, por lo tanto, corrige los demás términos, y el planteamiento de la pregunta de Pedro.

El texto no es fácil por cuanto que no deja traslucir a primera vista su articulación interna. A la hora de hablar de él hay que hacerlo partiendo de lo que es la afirmación central: El Padre ha tenido a bien confiaros su reino. El seguidor de Jesús debe vivir sabiendo que el reino del Padre es ya una realidad en él. Su vida goza del cariño, la protección y la seguridad que el Padre otorga. No tengas miedo.

A partir de esta vivencia y de esta certeza, el seguidor de Jesús da curso a un nuevo carácter, a un estilo diferente de vida. El texto de hoy apunta dos manifestaciones de este nuevo estilo de vida.

Primera: El seguidor de Jesús no está en la vida para ganar dinero. Segunda: El seguidor de Jesús es sabedor de que camina hacia el encuentro claro y pleno con el Padre. Pero ¡ojo! Se trata de actitudes simultáneas e independientes entre sí. Por lo tanto, el no estar en la vida para ganar dinero no se debe al hecho de caminar hacia el Padre. Lo primero no está subordinado a lo segundo. Si el seguidor de Jesús no está en la vida para ganar dinero, ello se debe a que está en la vida para hacer otras cosas y con otros valores. A su vez, mientras hace esas otras cosas desde otros valores, el seguidor de Jesús sabe que su vida tiene perspectiva de futuro, un futuro que arranca del presente del Padre.

El texto termina con una parte que suele estar bastante maltratada. Una parte realmente maltratada. Hay comentaristas que la interpretan en el sentido de retribución según los méritos. Creo que esta línea de interpretación no tiene para nada en cuenta la articulación del texto. El sentido de la parte final está condicionado por la pregunta de Pedro, aunque no por los términos y su planteamiento. Lo hace por medio de la historia que cuenta, la cual tiene como función el preparar la llamada de atención final, que es donde se recoge el planteamiento o modo de ver las cosas por parte de Jesús. La preocupación de si lo que Jesús dice es aplicable sólo a sus seguidores o a todos en general debe dejar paso a esta otra: como seguidor de Jesús, éste tiene que llevar adelante un estilo de vida no basado en el dinero y consciente de su apertura al Padre. Esta es la tarea del seguidor de Jesús y de ella es de lo que tiene que responder. Los demás ya responderán de la suya, sea ésta la que sea. Lo que debe preocupar al seguidor de Jesús no es el hacer extensiva a los demás su visión de las cosas, sino el vivir de las cosas.

3. Oración final

Arda en nuestros corazones, oh Padre, la misma fe que empujó a Abrahám a vivir sobre la tierra como peregrino, y no se apague nuestra lámpara, para que vigilantes en espera de tu hora seamos conducidos por ti a la patria eterna (Colecta del domingo 19 C).

Domingo 18 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XVIII del tiempo ordinario ciclo C

1. Oración

Aquí estamos delante de ti, ¡oh Espíritu Santo! Sentimos el peso de nuestras debilidades, pero estamos todos reunidos en tu nombre; ven, asístenos, ven a nuestros corazones; enséñanos tú lo que debemos hacer, muéstranos tú el camino a seguir, realiza en nosotros todo cuanto te pedimos. Tú seas sólo el que nos sugiera y guíe en nuestras decisiones, porque tú sólo con Dios Padre y con su Hijo, tienes un nombre santo y glorioso; no permitas que por nosotros sea dañada la justicia, tú que amas el orden y la paz; no nos desvíe la ignorancia; no nos vuelva parciales la humana simpatía, no seamos influenciados por cargos o personas; tennos sujetos a ti y nunca nos separaremos de la verdad; haz que reunidos en tu santo nombre, sepamos contemplar bondad y ternura juntos, de modo que hagamos todo en armonía contigo, en la esperanza de que por el fiel cumplimiento del deber se nos den los premios eternos . Amén.

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23.

Vaciedad sin sentido, dice el Predicador, vaciedad sin sentido; todo es vaciedad. Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa el corazón. También esto es vaciedad.

El libro del Eclesiastés describe extensamente lo que él llama la vanidad de las cosas y el pasaje de este día aplica este análisis al sentido del trabajo del hombre. La vanidad consiste en la distancia existente entre el ideal del hombre y las realizaciones a las que llega. El corazón del hombre experimenta un deseo de absoluto que nunca llega a satisfacer. Esto no es una consecuencia del pecado, sino simplemente la expresión de la limitación humana. Hoy se llama a la vanidad el absurdo o la ambigüedad. Tomar una decisión y no poder darle la solución mejor; buscar y no poder atrapar jamás la verdad absoluta; trabajar para el futuro y verlo en manos de los que vienen detrás quienes destruyen aquello que se les había ofrecido, ¿no es todo esto algo propio de la condición humana? La vanidad se convierte en la falta del hombre que desconoce los límites y equívocos que se imponen a su esfuerzo. La vanidad es la locura humana que no cuenta con la muerte y se encuentra, de esta manera, brutalmente ridiculizado por ella.

¿Como se puede salir de esta vanidad absurda? Cierto que no se sale de ella haciendo que se la ignora: sería esto una locura que el Eclesiastés denuncia con gran vigor. Tampoco se puede salir de ella recurriendo a un más allá: el autor se opone clarísimamente a todo mesianismo y escatologismo. Nadie puede escapar al absurdo humano. La única solución es vivirlo plenamente en toda su caducidad y su muerte misma. Solo un hombre ha vivido esta experiencia. El ha podido salir victorioso uniéndose íntimamente con su Padre y así, en la muerte misma, encontró la vida.

Salmo Responsorial Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1)R. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo:
«Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?
Ten compasión de tus siervos. R.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11.

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia, y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Pablo presenta dos temas preferidos: la unión con Cristo y el ser prolongación de Cristo. Pablo insiste siempre en que nosotros debemos completar lo que Cristo hizo ya por nosotros. Este texto contiene todo el campo conceptual y teológico de la complementariedad. Para Pablo hay dos tipos de complementariedad tomados del AT y que no son intercambiables. El primero se expresa con la fórmula paulina «por nosotros, por todos». Quedan eliminadas todas las diferencias de clases. Esta fórmula tiene su origen en los poemas del Siervo de Yahvé. El segundo tipo se expresa con la fórmula «con él». La lectura de hoy trata preferente de este tipo. Nuestra participación en la obra de la salvación es distinta de la de Cristo. No podemos decir que lo que él es para nosotros, seamos nosotros para él. Pero se trata de llevar a plenitud la obra salvífica y en ella tenemos asignada nuestra parte. Esto presupone que toda la existencia humana entra en comunión con Cristo. Los cristianos quedan insertos en el destino de Cristo.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 12,13-21.

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: -Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. El le contestó: -Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dijo a la gente: -Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola: -Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe, y date buena vida. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

Lucas no condena a los ricos por ser ricos: el dinero ni es bueno ni es malo, como la electricidad. Solamente el uso que se haga de él puede ser bueno o malo. Ahora bien: la equivocación del rico insensato está en servirse de sus riquezas como si estuviera él solo sobre la tierra. En las sesenta y cinco palabras que resumen sus declaraciones se encuentran catorce veces las palabras «yo» o «mío». Con otras palabras, el rico insensato, porque piensa que ha sido él solo por sí mismo quien adquirió las riquezas, como si no hubiera heredado nada de sus padres, como si no hubiera recibido nada a causa del trabajo de sus obreros. El es el único. El está solo además en la explotación de sus bienes, hasta el punto de que su única preocupación es invertir nuevas riquezas para aumentar la plusvalía, sin darse cuenta de que los verdaderos graneros de sus cosechas deberían ser los estómagos vacíos de sus hermanos los hombres.

Para la revisión de vida ¿Te produce satisfacción tu trabajo? ¿Encuentras sentido en lo que haces y vives? ¿Cómo vives tus afanes en el trabajo, en todo lo que realizas a lo largo del día? ¿Qué haces para despojarte del hombre viejo: el egoísmo, la envidia, la mentira… y revestirte de las actitudes de Jesús: bondad, amor, misericordia, comprensión…? ¿Cómo vas renovando en ti la imagen de tu creador día a día? ¿Te sientes apegado a tus bienes, pocos o muchos, los que tengas…? ¿Qué quieres hacer con ellos? ¿Cómo puedes hacerte rico en Dios?

Última reflexión: La solidaridad como exigencia del Reino de Dios

Cada día vamos aprendiendo a situarnos en el lugar que nos corresponde por es no está mal que el Eclesiastés nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Escuchando a Jesús nos damos cuenta que sus palabras son magistrales: “eviten toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia, querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación, techo… fruto de la comunión, de la solidaridad, nuevo nombre de la justicia, eso es el Reino, la Nueva Humanidad. Pero puede ocurrir que cuando tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos más. Esta codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, bebe, pásalo bien…” normalmente, no hay quien pare ya el dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la acumulación de bienes? La codicia de unos pocos o de unos muchos impide el desarrollo de los pueblos, y además es contagiosa: ¿por qué se me ocurre mirar a otros y compararme con otros para ambicionar más cada día? ¿Por qué no se me ocurre mirar a los que tienen menos y que viven peor, para moverme a compartir con ellos? “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) No ambicionar nada más de lo necesario, agradecer lo que ya tenemos, lo que hoy se nos regala, ése es el espíritu del pobre. No son las posesiones las que nos dan la vida. Créelo. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Él es nuestra riqueza.” Lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, sin disfrutarlo, sin compartirlo ¿de quién será? ¿Para quién será? Todos conocemos personas avaras, con muchas riquezas materiales que viven andrajosamente, sin capacidad de disfrutar lo que tienen ¿son felices esas personas? NO. ¿Para qué vivir pendientes del tener, y no ser capaces de ser? Pensando sabiamente, ¿qué beneficios nos reporta esa actitud y esa ambición? A la altura de los tiempos actuales, esa actitud, no sólo es «amasar riquezas para sí y no ser ricos ante Dios», sino destrucción de la vida y del planeta. Todo lo que destruye la sociedad, la justicia, es disfuncional, no sólo para la sociedad, y la convivencia, sino para el «Buen vivir», para la vida. Enriquecerse en Dios, es vivir como Jesús: vivir confiados en las manos del Padre Dios, buscar el Reino como lo más principal. «Lo demás vendrá por añadidura». Enriquecerse en Dios es amasar una única fortuna: la del amor, el favor don de la vida, el descentrarse de sí mismo en favor del amor, las buenas obras con los más pequeños y desfavorecidos (Mt 6,19).

Oración comunitaria

Líbranos Señor de toda codicia. Concédenos Señor un corazón sencillo, que no ambicione más allá de lo que necesitamos que sepa agradecer lo que ya tenemos, lo que cada día nos regalas Tú y nuestros hermanos. Confesamos que sólo Tú eres nuestro verdadero tesoro, Y en tus manos amorosas queremos vivir confiados. Que no nos cansemos de vivir así, buscando primero y ante todo el Reino. Padre, que tu Espíritu nos haga cada vez más amantes de la Vida y del Amor que la favorece.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XVII Del Tiempo Ordinario

1. Oración inicial

Padre de toda misericordia, en nombre de Cristo tu Hijo, te pedimos, ¡Envíanos el Don, Infunde en nosotros el Espíritu! Espíritu Paráclito, enséñanos a orar en la verdad permaneciendo en el nuevo Templo que es Cristo. Espíritu fiel al Padre y a nosotros, como la paloma en su nido, invoca en nosotros incesantemente al Padre, porque no sabemos rezar. Espíritu de Cristo, primer Don para nosotros los creyentes, ruega en nosotros sin descanso al Padre, como nos ha enseñado el Hijo. Amén

2. Lectura y comentario

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (18, 20-32)

En aquellos días, el Señor dijo: – «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.». Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: – « ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?» El Señor contestó: – «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.» Abrahán respondió: – «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?» Respondió el Señor: – «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.» Abrahán insistió: – «Quizá no se encuentren más que cuarenta.» Le respondió: – «En atención a los cuarenta, no lo haré.» Abrahán siguió: -. «Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?» Él respondió: – «No lo haré, si encuentro allí treinta.» Insistió Abrahán: – «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran solo veinte?» Respondió el Señor: – «En atención a los veinte, no la destruiré.» Abrahán continuó: – «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?» Contestó el Señor: – «En atención a los diez, no la destruiré.»

Palabra de Dios.

El tema de la oración vuelve a tomar fuerza y actualidad en este domingo. Es conmovedor el diálogo que sostiene Abrahán con Dios para tratar de lograr el perdón de Sodoma, la ciudad impura. La palabra diálogo es clave para entender el significado y las exigencias de la plegaria cristiana. Ciertamente, si la oración no fuera más que un monólogo del hombre consigo mismo, no sería preciso orar, pero la plegaria auténtica es un diálogo que se realiza en presencia consciente delante de Dios. Este diálogo surge desde la fe, la pobreza, la reflexión, el silencio y la renuncia del hombre.

Para introducir el fragmento evangélico sobre la oración, el leccionario nos ofrece esta primera lectura sobre la oración intercesora de Abrahán en favor de Sodoma. Gn 19 cuenta que, pese a ello, Sodoma y Gomorra fueron destruidas, pero permanece el hecho de que la oración de Abrahán había sido escuchada cuando intercedía por la ciudad pecadora y obtenía que fuese perdonada por cincuenta justos, por cuarenta y cinco, por cuarenta, por treinta, por veinte e incluso por diez. Siempre generoso y caballero en sus negocios, Abrahán sólo regatea cuando pide a Dios perdón por el pueblo pecador. Pero no se atreve a pasar más allá de diez justos. Por boca del profeta Jeremías (5,1) y Ezequiel (22,30), Dios asegura que si hubiera en Jerusalén un solo justo, la perdonaría. Se afirma, pues, la fuerza salvífica de los santos, en virtud de una solidaridad que hace que todos sus compatriotas se beneficien de sus méritos ante Dios. El caso límite será la salvación de toda la humanidad por un hombre solo, como por uno solo también se extendió el pecado a todos los hombres.

Pero junto a los méritos de los santos o justos, está también la fuerza de la oración que los presenta delante de Dios. En el caso de la intercesión de Moisés por la apostasía del pueblo, no apela a los méritos de ningún israelita, sino a la bondad de Dios y a la gloria de su Nombre.

Salmo Responsorial (Sal 137)

R. Cuando te invoque, Señor, me escuchaste.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;

delante de los ángeles tañere para ti,

me postraré hacia tu santuario. R.

Daré gracias a tu nombre,

por tu misericordia y tu lealtad.

Cuando te invoqué, me escuchaste,

acreciste el valor en mi alma. R.

El Señor es sublime, se fija en el humilde,

y de lejos conoce al soberbio.

Cuando camino entre peligros,

me conservas la vida;

extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo. R.

Y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo:

Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (2, 12-14)

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en el, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Palabra de Dios.

Sabemos que los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; y, por otra parte, también es como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección realizándola concretamente, sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos.

Pecado y muerte (una muerte que es resurrección con Cristo), fe y bautismo, son correlativos que Pablo nos recuerda en un admirable fragmento sumamente sugestivo. Pero, en coherencia con su perspectiva cristiana, añade: el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado, como nos enseña en su carta a los Romanos (Rm 7, 7-9). Aquí, la imagen empleada por San Pablo alcanza el máximo de expresividad: la Ley ha sido clavada en la cruz.

Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas (11, 1-13)

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando termino, uno de sus discípulos le dijo: – «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» El les dijo: – «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”» Y les dijo: – «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

Palabra del Señor.

Cuando se ora de verdad se sale de uno mismo para abandonarse en Dios con ánimo generoso, con simplicidad inteligente, con amor sincero. Orar es pensar en Dios amándole, expresar verdaderamente la vida. La oración es camino de comunión con Dios, que nos lleva a la comunión y el diálogo con los hombres. La oración más que hablar es escuchar; más que encontrar, buscar; más que descanso, lucha; más que conseguir, esperar. Rezar es estar abiertos a las sorpresas de Dios, a sus caminos y a sus pensamientos, como quien busca aquello que no tiene y lo necesita. Así la oración aparece como regalo, como misterio, como gracia.

En el Evangelio, la parábola del amigo inoportuno nos recuerda que Dios se deja siempre conmover por una oración perseverante. Por eso la tradición orante de la Iglesia es una tradición de peticiones y súplicas, que manifiesta la actitud de abrirse confiadamente a la presencia, el consuelo, el apoyo y la seguridad que solamente pueden venir de Dios. Siempre la petición ha de estar unida a la alabanza y a la profesión de fe y amor en la esperanza.

Lucas aborda en este texto una temática tan querida para él como es la oración. El modelo escogido es ni más ni menos que el propio Jesús, cuyo estar en oración es una invitación y un estímulo para sus seguidores. Lucas transmite, además, un modelo de oración, que consta de una invocación (¡Padre!), dos deseos y tres peticiones.

La invocación para dirigirse a Dios es exclusiva de Jesús dentro del judaísmo precristiano. Una novedad que introduce al orante en una cercanía e intimidad con Dios absolutamente insospechadas. Los dos deseos, mutuamente complementarios, tienen al Padre como beneficiario de los mismos. Ambos nacen de lo más íntimo del corazón. Los hijos anhelan ardientemente el reconocimiento de su Padre; que sea conocido, amado y honrado por todos (santificado sea tu nombre, en formulación típicamente judía.). Anhelan también que este reconocimiento tenga su expresión en un nuevo orden del mundo (venga tu reino, formulación también típicamente judía).

Las tres peticiones están formuladas en primera persona del plural y sus beneficiarios son los propios peticionarios. El empleo del plural apunta a un ambiente comunitario de oración, en el que al Padre se le pide pan, perdón y fuerza para no sucumbir en las situaciones en las que pueda peligrar la actitud de entrega y de confianza en El. Lucas completa el tratamiento del tema con una exhortación de Jesús basada en la doble semejanza de lo que sucede entre amigos y entre padres e hijos. Los oyentes conocen ambas situaciones y Jesús les invita a revivirlas y a trasladarlas a sus relaciones con el Padre. Como amigos no tienen reparo alguno en acudir al amigo, sea la hora que sea; como padres dan lo mejor a sus hijos.

En la primera semejanza entre amigos hay un dato importante en la misma que suele pasarse por alto y que, sin embargo, es central: el amigo acude a su amigo en favor de un tercero. Este dato debe ser incorporado a la hora de trasponer la analogía a las relaciones con el Padre y de interpretar una frase como "pedid y Dios os dará" (la construcción sintáctica "se os dará" evita pronunciar, por respeto, el nombre de Dios). La insistencia en acudir al Padre deberá tener en cuenta el beneficio de los demás.

En la segunda analogía entre padres e hijos habla Jesús de "espíritu santo" para expresar lo que el Padre da a quienes acuden a El. La expresión, que en el original griego carece de artículo, remite al modo de ser de Dios y designa algo así como el talante divino.

Interesado como está Lucas en desglosar facetas del caminar cristiano, no podía menos que abordar explícitamente una que impregna silenciosamente todos y cada uno de los pasos del caminante cristiano: su relación con el invisible ser querido. Una relación a la que tanto Lucas como nosotros designamos con la palabra oración. Hoy como ayer hay que seguir formulando al Maestro la misma petición: enséñanos a orar. Porque hoy como ayer no sabemos probablemente hacerlo. Y no porque desconozcamos el modelo de oración, siempre nuevo y fascinante, sino porque somos indómitamente interesados en nuestra oración.

Se impone un cambio de carácter y pedir al Padre que nos conceda siquiera algo de su espíritu, a fin de ser unas personas nuevas, capaces de algo más que de estar preocupados de nuestros propios problemas. Cuando el espíritu del Padre entra en una persona, deja de ser problema en ella lo que hasta entonces era un mundo que se le echaba encima.

8. Oración final

Padre bueno y santo, tu amor nos hace hermanos y nos anima a reunirnos todos en tu santa Iglesia para celebrar con la vida el misterio de comunión. Tú nos llama a compartir el único pan vivo y eterno que se nos ha dado del cielo: ayúdanos a saber compartir también en la caridad de Cristo el pan terreno, para que se sacie toda hambre del cuerpo y del espíritu. Amén.

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

16º Domingo del tiempo ordinario (C)

María y Marta amigas de Jesús ¿Cuál es la mejor parte escogida por María? Lucas 10,38-42

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Introducción:

En el camino del hombre Dios se le hace encontradizo y huésped. La primera lectura bíblica de este domingo nos recuerda a Abrahan, ofreciendo hospitalidad a Dios, que se le muestra bajo las apariencias de tres extranjeros que van de paso. En el Evangelio Jesús se detiene para descansar en casa de sus amigos de Betania. Marta nos recuerda al samaritano del domingo anterior, María es signo de lo primero y fundamental para la acción caritativa: la escucha de Jesús.

3. Lecturas y reflexión

Primera Lectura Lectura del libro del Génesis (18, 1-10a)

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzo la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: – «Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo.» Contestaron: – «Bien, haz – lo que dices.» Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: – «Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza.» Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida, Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron. Después le dijeron: – « ¿Dónde está Sara, tu mujer?» Contestó: – «Aquí, en la tienda.» Añadió uno: – «Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.»

A esta familiaridad de Dios corresponde por otra parte la hospitalidad de Abraham. Es preciso saber matar el ternero gordo en honor del desconocido para merecer entrar en su misterio. Para "recibir" a un huésped hace falta haber aprendido a "dar" todo. Esta familiaridad del Dios único con el hombre, hospitalario y acogedor, preludia a la encarnación: el Dios único conduce la historia, pero lo hace con el hombre y el antropomorfismo del relato prepara la encarnación del Hombre-Dios y, a más largo término, la manifestación de las tres personas en Dios. Todo lo que se le pide al hombre, después de Abraham, es recibir a Dios. La acogida conduce al descubrimiento progresivo de la personalidad del huésped. Así, Abraham, como huésped atento, ha recibido con antelación al Dios único y el misterio insospechado de la personalidad divina. Así ocurre con la fe en el Señor Jesús. Su discípulo confía en su persona y en su mensaje, y adopta de antemano todo lo que Cristo revelará de su misión con el Padre y el Espíritu.

Salmo Responsorial

Sal 14, 2-3ab. 3cd-4ab. 5(R.: 1a)

R. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua. R.

El que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor. R.

El que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallara, R.

PEQUEÑO DECÁLOGO DEL HUÉSPED DE DIOS

"El camino que conduce a Dios" 1. Hacer el bien… 2. Ser "justo"… 3. Decir la verdad… 4. Ser discreto… 5. Velar por la calidad de las relaciones humanas… 6. Discernir los valores "divinos"… 7. Frecuentar "aquellos que adoran"… 8. Ser fiel a la palabra dada… 9. No tener apego al dinero… 10. No dejarse corromper…

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1, 24-28)

Hermanos: Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A estos ha querido Dios dar a conocer la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo.

El misterio a que hace referencia esta lectura es el expuesto el domingo anterior: el significado de Cristo para toda la creación. Esto se afirma con diversas fórmulas, como por ejemplo la de "esperanza de la gloria". Pero esta esperanza entronca con toda la historia, tal como se veía en Col. 1, 15-20. Pablo ha recibido esta revelación, que es la culminación de todas las revelaciones, vg. la del Génesis de la primera lectura. Es también la única cosa necesaria de que habla el evangelio de hoy. Téngase en cuenta únicamente que esta realidad escondida no comienza a existir solamente desde que es conocida por nosotros, sino ya está presente y actuante aun antes de este conocimiento. Debemos tener cuidado de no conceder a nuestra actividad cognoscitiva más importancia de la que tiene. Las cosas son como son porque han sido creadas a imagen y semejanza de Cristo. Y lo son así desde siempre. El conocer este carácter cristológico y cristocéntrico de la creación no hace que comience a existir.

Ahora bien, saberlo, ser conscientes de él por medio de la predicación paulina y apostólica ayuda a vivirlo mejor. La aportación específica paulina, en opinión de muchos, es precisamente haber puesto de manifiesto esta potencia crística latente en la creación, la historia y el mundo. Hacer ver cómo la salvación total está en el mundo por Cristo desde el comienzo, en previsión de la Encarnación. Pero como en Dios no hay tiempo hay que prescindir de estas formas de hablar cuando nos referimos a El. Así, pues, todo es realmente gracia.

Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42)

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: – «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.» Pero el Señor le contestó: – «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Con el buen samaritano (10, 25-37) podemos suponer que sólo es necesario amar al prójimo. ¿Es cierta esa actitud? La respuesta nos la ofrece la misma división del evangelio. Continuamos leyendo y descubrimos que Jesús ha entrado en casa de Marta y María. Marta se ocupa del trabajo. María, sentada a los pies del Señor, escucha la palabra. Ante la protesta de Marta, Jesús ha formulado una sentencia decisiva: "Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte" (10, 41-42).

Marta simboliza aquel trabajo repetido y agobiante que nos hace esclavos de la tierra y no permite que tengamos tiempo de escuchar el gran misterio de Dios que nos rodea. María, en cambio, es la que atiende a la palabra. Ciertamente deberá actuar, pero su obra no será un hacer desnudo, sino un poner en cumplimiento aquello que ha escuchado. Ordinariamente se oponen entre sí Marta y María como la acción y la contemplación. Esta perspectiva no es exacta. Marta representa únicamente aquella acción que no se basa en la palabra de Jesús (no se mantiene abierta al reino). María simboliza un escuchar la palabra que se tiene que traducir necesariamente en amor, es decir, en servicio hacia el prójimo.

Recordemos que nos apoyamos sobre el fondo de experiencia del antiguo testamento. Contrariamente al mundo griego, Israel ha desconocido el ideal de la contemplación pura. Ya por eso resulta imposible interpretar a María como expresión de la mística, que deja el mundo de las cosas y se preocupa de ahondar en lo divino. Conocer a Dios implica en Israel el escuchar la palabra y llevarla a la práctica. Sólo desde aquí se entiende el mensaje radical de nuestro texto.

María es la que atiende a Jesús. Frente al judío que escucha la voz que Dios le ha transmitido por la ley se sitúa la figura del cristiano, que descubre la palabra de Dios en Jesucristo. Por eso la actitud de María no es la de un místico que sube hacia Dios, sino la de un creyente que está atento a la palabra concreta que Dios le ha dirigido. Pues bien, para que esa escucha sea auténtica se debe traducir en la práctica de la vida, es decir, en el amor al prójimo que estaba reflejado en la parábola del buen samaritano. Marta, en cambio, ocupada en sus cosas no ha descubierto la voz de Dios, que le ha llegado en Jesucristo.

Desde aquí podemos esbozar tres conclusiones importantes. a) La primera se refiere simplemente al sexo de María. En el contexto social de Israel, la mujer se consideraba como un creyente de segunda categoría; no tomaba parte oficial en el culto de la sinagoga ni se podía dedicar a la escucha y cultivo de la ley. Nuestro pasaje refleja una actitud totalmente distinta. El tipo del auténtico cristiano (que escucha y cumple la palabra de Jesús) se ha reflejado en la figura femenina de María. Pensamos que este rasgo no ha sido valorado por la Iglesia, que, en cierto modo, ha padecido una regresión volviendo a colocar a la mujer en actitud fundamentalmente pasiva dentro de la comunidad de los cristianos. b) Para que sea auténtica, la acción del creyente (el amor al prójimo) tiene que estar fundamentada en la escucha de la palabra, es decir, en la aceptación del misterio del amor de Dios que se refleja en Cristo. Sólo porque Dios me ha revelado toda la fuerza de su amor, me puedo convertir en fuente de amor para los otros. c) Una vez dicho todo lo anterior, podemos añadir que la "escucha de Jesús" puede venir a determinar un tipo de existencia cristiana que profundiza especialmente en el don de la fe. Tal sería el fundamento de la contemplación, que no está basada en un proceso ascensional de la mente que tiende hacia Dios, sino en la auténtica obediencia del que escucha la palabra y vive inmerso en el gozo y exigencia que ella nos produce.

4. Modelo de escucha de la Palabra de Dios

La palabra se escucha. La Palabra de Dios no escapa a este requerimiento: debe ser escuchada.

1- María de Betania o la Palabra que hace discípulos (Lc 10,39)

“Sentarse a los pies” de Jesús para escuchar su palabra es una de las metáforas que mejor describe al discípulo. La verdadera familia de Jesús son aquellos que “se sientan a su alrededor” (Mc 3,31- 35). No lo son los parientes que llegan a buscarlo, porque estiman que deshonra a la familia con su comportamiento (3,21) ni los maestros de la ley, venidos de Jerusalén, que piensan que está endemoniado (3,22). Su nueva familia y su nuevo pueblo son sus discípulos que se sientan a sus pies y lo aceptan como Mesías de Dios. Quien no se sienta a los pies de Jesús, pone en peligro su identidad de discípulo al no escuchar al Señor. Según los evangelios sinópticos, las notas distintivas del discípulo de Jesús son tres:

a)- seguir a Jesús para escucharlo, ser testigos de sus acciones, conocer su proyecto y adquirir sus sentimientos; b)- la ruptura con la familia por el anuncio del Reino, y c)- la itinerancia, la persecución y la pobreza propias de la misión de un profeta de Dios. En el relato de Lucas, Marta representa a los cristianos venidos del judaísmo, atados aún al cumplimiento de la ley mosaica y de las tradiciones judías. María, en cambio, representa a los cristianos (judíos o no) que, desde la novedad de Jesucristo y del Reino, interpretan las leyes mosaicas: les importa escuchar al Mesías que da cumplimiento a la voluntad de Dios revelada en la antigua alianza por Moisés. Marta, dueña de casa, está «atareada» con todo el servicio que exige una buena hospitalidad. Dos verbos retratan el espíritu que domina en Marta: anda inquieta (o “preocupada, afanada”) y afligida (o “turbada, molesta”; Lc 10,41). María, en cambio, escapa a la lógica de las cosas y acepta la lógica de Dios: ella se da tiempo para sentarse a los pies de Jesús y escuchar al «Hijo amado» del Padre (3,22). Mientras Marta se afana por alimentar al Maestro con una febril actividad, María se afana por alimentarse del Maestro sentada a sus pies. María se sienta a los pies de su Señor para “escuchar su palabra”. En griego, los verbos “escuchar” (akoú ) y “obedecer” (yp-akoú ) comparten la misma raíz por lo que muchas veces en la Biblia “escuchar” significa simplemente obedecer. Toda otra disposición que no sea “escuchar”, todo otra actividad que no sea “sentarse a sus pies se vuelve secundaria (Lc 12,31-33). Lo sustantivo del discípulo es escuchar – obedecer al Padre que habla por Jesús, su Verbo.

Para el discípulo, “escuchar al Padre” se convierte en:

• “aceptar estar con Jesús”: vocación (Mc 3,13; Hch 4,13);

• “seguir tras él”: formación (Mt 4,20.22; 8,19; Lc 5,11)

• para conocer y hacer “su camino”: estilo de vida (Hch 9,2; 18,26; 19,23)

• y “ser su testigo”: misión (Hch 1,22; 4,20; 5,32).

La propuesta de Jesús no otra que la religión del diálogo que mira a la comunión de los que dialogan, escuchándose y ofreciéndose (Heb 1,1-4).

Oración final:

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Décimo cuarto domingo del tiempo ordinario Ciclo C

  1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Introducción:

Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra. El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos, su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no solo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad: la pobreza, el desinterés, la renuncia, que más que virtudes son signos de la disponibilidad hacia el don de la salvación que Dios ofrece a todos y que debemos traspasar a los demás. Leamos y meditemos con los textos dominicales.

3. Textos y reflexión

a) Lectura del Profeta Isaías 66,10-14a.

Festejad a Jerusalén, gozad con ella,

todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto: mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.

Porque así dice el Señor:

Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas

y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo; (en Jerusalén seréis consolados).

Al verlo se alegrará vuestro corazón

y vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se manifestará a sus siervos.

El profeta, y el poeta, levanta el corazón del pueblo apelando a la Jerusalén futura, a la que compara a una madre de "pechos abundantes" que da de mamar a sus hijos, los sacia y los consuela (cf. 57, 18; 61,2). Porque a esa ciudad dichosa afluirán las riquezas de todas las naciones (cf. 60, 5; 61,6).

Los hijos e hijas de Jerusalén, las criaturas hoy dispersas y alejadas en el exilio, serán traídos en brazos y devueltos cariñosamente a su madre por los mismos pueblos que ahora los retienen (cf. 49, 22s; 60,4). Y en todo esto experimentarán el favor de Dios, que es en definitiva el que consuela de verdad a su pueblo.

Volverá la alegría al corazón de los justos, y los que habían quedado en los huesos verán que su carne florece como un campo de primavera, después del invierno. La era de la salvación, el día en que se manifieste el Señor a los que le sirven, será el tiempo de la abundancia de todos los bienes: justicia, gozo, consuelo, paz… (cf. Sal 84, 11; Is 9-11; Rom 14,17; Gal 5, 22). Siendo la palabra de Dios una gran promesa, la esperanza ha madrugado más que ninguna otra de las virtudes y sigue siendo la fuerza que impulsa la historia de nuestra salvación.

b) SALMO RESPONSORIAL
Sal 65,1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20

R/. Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera,

tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria; decid a Dios: «Qué temibles son tus obras.»

Que se postre ante ti la tierra entera,

que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente. Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor.

c) Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 6,14-18.

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre Israel. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo está con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

Entre los gálatas había quien se enorgullecía del hecho de estar circuncidado y seguramente también habría el que se enorgullecía de lo contrario. Pablo pone la gloria en el único lugar donde la puede poner el cristiano: en la cruz de Jesucristo. Aquello que para los adversarios era una vergüenza, para Pablo es motivo de orgullo: su gloria no estriba en lo que él hace o deja de hacer, sino en el gesto amoroso de Jesús.

En la cruz de Jesucristo se han acabado el mundo y el hombre viejos. Por eso lo único que vale es el mundo y el hombre nuevos que han surgido de ella. Ni el circuncidado es justo ante Dios por el hecho de haber sido circuncidado, ni el incircunciso es justo porque no ha pasado por la circuncisión: la obra de Dios, que ha mostrado su amor inmenso por la humanidad a través de la muerte y la resurrección de Jesús, es lo único que vale.

Los que mantienen este criterio reciben la paz y la misericordia de Dios. Pablo hace una llamada indirecta a todos los que no ponían su gloria en la cruz de Jesucristo. El Israel de Dios es la Iglesia, en oposición al "Israel de la carne". Pablo termina la carta dando por resuelta toda discusión y recordando que él es apóstol de Jesús, ya que lleva sus marcas en el cuerpo: él es un servidor de Cristo, y por eso les habla de esta manera. La salutación final es una llamada a la fraternidad. Sólo en esta carta, dirigida a una comunidad que vive enfrentamientos, Pablo acaba refiriéndose a toda la comunidad llamándoles "hermanos": todos son hermanos, él es hermano de todos.

La misión de la Iglesia tiene como rasgos peculiares la urgencia y la dedicación exclusiva al anuncio del Reino. Leamos y meditemos cómo Jesús envía a sus discípulos para anunciar el Evangelio del Reino y las recomendaciones que les da.

d) Lectura del santo Evangelio según San Lucas 10,1-12. 17-20.

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: -La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios.» [Cuando
entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta
el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo
sacudimos sobre vosotros.» «De todos modos, sabed que está cerca el
Reino de Dios.» Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El les contestó: -Veía
a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para
pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no
os hará daño alguno.
Sin
embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad
alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.]

Siguiendo a Gn 10, en el que se habla de setenta y dos naciones paganas que hay en el orbe, Lc prefigura la misión que comenzó después de pentecostés (24, 47; Hech 1, 8) con el envío de los setenta y dos discípulos. Además se les envía "de dos en dos" con una doble finalidad: 1) para protegerse mejor de los bandidos que se movían por los caminos; 2) para cumplir Dt 17, 6 y 19, 15, donde se dice que dos testigos hacen un testimonio válido. Implícitamente se viene a decir que el anuncio de la llegada del reino es cierto. Aquí está programada la tarea de todo creyente cristiano: decir con palabra y con la vida que el reino de Dios está formándose ya.

Estas exigencias de la misión no hablan de un cierto ascetismo, sino más bien de la disponibilidad necesaria para una predicación rápida y eficaz del reino: hay que presentarse ante los hombres con el mismo desasimiento que ante Dios. Incluso no hay que detenerse a "saludar" a nadie; fórmula que parece indicar que los mensajeros no deben buscar el cobijo de las caravanas de viajeros para sus viajes apostólicos. Deben rechazar también esta forma de seguridad. El mensajero tiene que poner su confianza exclusivamente en aquel que le envía.

Al entrar en una casa, el mensajero trae la paz: poder que abraza a toda familia que le recibe. En el fondo, esta "paz" se convierte en una expresión mesiánica: la paz del reino final. Es decir, Jesús mismo es la paz que los discípulos van predicando (cf. Jn 14, 27). Esta paz es solamente eficaz para el que la recibe (v.6). De aquí que "hacer la paz" (Mt 5,9) viene a convertirse en la tarea del creyente.

Jesús quiere sin duda que sus misioneros no anden de un lugar a otro en busca de algo cada vez más confortable, sino que consagren todo su tiempo y energías a la misión "se ha aproximado hasta vosotros el reino de Dios". Es la primera vez que Lc habla del "aproximarse" del reino (cf. Mt 3,2). Esta proclamación es algo muy importante y viene a decir: el colmo de nuestras esperanzas está a punto de cumplirse. Esto es lo que hay que decir, aun a costa de una negativa (vv. 11. 12). Para realizar una tarea de tal calibre, es preciso haber conectado experimentalmente con aquel que envía. Lo contrario es exponerse al fracaso.

4. Algunas preguntas para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es punto de este texto que más te ha gustado o que ha llamado más tu atención?

b) ¿Cuáles son, una por una, las cosas que Jesús ordena hacer y cuáles ordena evitar?

c) ¿Qué quiere aclarar Jesús con cada una de estas recomendaciones tan diferentes de la cultura de hoy?

d) ¿Cómo realizar hoy lo que el Señor pide: “no llevéis alforja”, “no vayáis de casa en casa”, “no saludad a ninguno por el camino”, “sacudir el polvo de las sandalias”?

e) ¿Por qué todas estas formas de comportarse recomendados por el Señor son una señal de la venida del Reino de Dios?

5. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Décimo tercer domingo del tiempo ordinario Ciclo C

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Introducción

La llamada profética es como un nuevo nacimiento. Eliseo, al ser llamado, se desprende de todo lo que tiene, se despide de los suyos y sigue al profeta que le da la investidura. El manto profético le signa de nueva personalidad y le lanza a una misión. La prontitud de la respuesta no da lugar a largas despedidas. Pero una comida de comunión le retiene vinculado a los que deja. El profeta es el hombre de Dios en el mundo del hombre. Seguir a Cristo, camino de la Jerusalén celeste, nos exige una actitud de pobreza y un desprendimiento incluso de realidades muy queridas. No podemos romper el signo de nuestra exclusividad absoluta en el servicio del Evangelio. Sabemos que la Eucaristía es nuestra comida en el camino hacia el Padre.

3. Lectura y reflexión de los textos bíblicos

Lectura del libro primero de los Reyes 19, 16b. 19-21.

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: -Unge como profeta sucesor a Eliseo, hijo de Safat, natural de Abel-Mejolá. Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando, con doce yuntas en fila y él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le echó encima su manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: -Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo. Elías contestó: -Ve y vuelve, ¿quién te lo impide? Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los mató, hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente. Luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a sus órdenes.

Para ilustrar los relatos de vocaciones de discípulos de Jesús que hallaremos en el evangelio de hoy, leemos la vocación del profeta Eliseo. El fragmento forma parte del ciclo de Eliseo, pero ha sido introducido en el de Elías porque es este último el que lleva la iniciativa en el episodio. Pero la iniciativa básica, según el v. 16, no es de Elías sino de Yahvé, que le ordena ungir a Eliseo. La unción con el aceite sagrado era un gesto sensible que quería expresar la infusión invisible del Espíritu de Yahvé. El simbolismo natural sería que así como el aceite lo penetra todo, así la fuerza divina llega hasta lo más íntimo de los hombres que Dios elige. La unción sagrada externa la recibían primitivamente sólo los reyes: el rey de Israel es el Ungido del Señor, el "Mesías". Después del exilio se introdujo la costumbre de ungir también a los sacerdotes con el aceite sagrado, que ningún laico podía recibir. Son los tiempos en que los judíos no se rigen ya por una monarquía, sino por una teocracia sacerdotal. Los profetas recibían el Espíritu, que los movía a hablar y a obrar, pero no eran objeto de una unción sagrada ritual, como los reyes y los sacerdotes. Si el v. 16 habla de ungir a Eliseo para que sea el sucesor de Elías, es en sentido figurado, por analogía con la unción visible del rey Jehú, de la que se habla en el mismo versículo 16a, omitido en el leccionario. En realidad, en el relato de la vocación de Eliseo no se encuentra ningún rito de unción, sino sólo el de imponer el manto característico de los profetas. El manto de Elías significaba también el poder de Dios: antes de ser llevado al cielo, Elías lo usa para abrirse paso entre las aguas (2 R 3,7) y Eliseo, como prueba de haber sido acogida su petición de obtener el espíritu de su maestro, repetirá el prodigio sirviéndose también del manto de Elías (2 R 3,14). Aunque Jesucristo no recibió ninguna unción ritual, ni la de los reyes davídicos ni la de los sacerdotes levíticos, sobre él descansó la plenitud del Espíritu, con el poder de comunicarlo a todos los que creerían en él y recibirían la unción bautismal.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 15,1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

R/. El Señor es mi lote y mi heredad.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en su mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Digo a mi Señor: «Tú eres mi Dios; mi felicidad está en ti. Los que buscan a otros dioses no hacen más que aumentar sus penas; jamás pronunciarán mis labios su nombre». Repito esas palabras, te digo a ti y a todo el mundo y a mí mismo que soy de veras feliz en tu servicio, que me dan pena los que siguen a «otros dioses»; los que hacen del dinero o del placer, de la fama o del éxito, la meta de sus vidas; los que se afanan sólo por los bienes de este mundo y sólo piensan en disfrutar de gozos terrenos y ganancias perecederas. Yo no he de adorar a sus «dioses».

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 4,31b-5; 1. 13-18.

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal, que no hacéis lo que quisierais. Pero si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.

La primera frase que leemos viene a ser como un resumen del mensaje de la carta. Cristo no sólo nos ha liberado de la esclavitud de la Ley y del pecado, sino que nos quiere libres, nos ha colocado en un estado de libertad. Algunos gálatas querían volver al yugo de la Ley, a la esclavitud. Dios llamó a los gálatas, por medio de la predicación de Pablo, a ser libres, a salir del mundo antiguo de la Ley y del pecado, para vivir en la nueva creación de Dios. Pero la libertad puede ser mal entendida si no se tiene en cuenta el amor, del cual nace. Precisamente porque es fruto del amor, la libertad verdadera lleva al servicio de los hermanos, lleva a "amar al prójimo como a ti mismo". Este es el criterio perpetuo para saber si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos ha ganado y nos ha dado. El celo por la ley o la posesión del Espíritu mal entendida conducen al orgullo, a la enemistad y a la envidia, conducen a devorarse mutuamente. Por eso hay que dejarse guiar por el Espíritu, que es el principio de filiación y, por tanto, de fraternidad, y no dejarse llevar por la carne, que significa todo aquello que hay en el hombre que se opone a Dios. La lucha entre Espíritu y carne no es entre "espíritu" y "cuerpo", sino entre lo que Dios quiere y lo que va contra ese querer, que a veces son cosas muy "espirituales". El que se deja conducir por el Espíritu no se enorgullecerá de haber cumplido la Ley o de ir contra ella. Será libre, será hijo de Dios, sencillamente.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,51-62.

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: -Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: -Te seguiré adonde vayas. Jesús le respondió: -Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro le dijo: -Sígueme. El respondió: -Déjame primero ir a enterrar a mi padre. Le contestó: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Otro le dijo: -Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia. Jesús le contestó: -El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.

Todos los estudiosos de la Biblia están de acuerdo en señalar la importancia de este texto dentro del conjunto de la obra de Lucas. El v. 51 marca el comienzo de un camino que termina en la insondable compañía del Padre. El camino tiene, por supuesto, un trazado físico, pero es ante todo un modelo. Lucas va a ir exponiendo rasgos de un caminar en cristiano.

El camino geográfico nos sitúa en un lugar de Samaría, no importa cuál. Samaría era la región situada entre Galilea al norte y Judea, con Jerusalén, al sur. Lo importante es que las relaciones entre judíos y samaritanos no eran en absoluto cordiales.

El camino como trazado geográfico continúa. Pero lo realmente importante es la voluntad de seguimiento. El verbo seguir domina la segunda parte del texto, en la que Lucas ha reunido tres máximas de Jesús. Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros, nidos; el Hijo del Hombre, nada de nada. Deja que los muertos entierren a sus muertos. El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no sirve.

Lenguaje recio, desconcertante, estridente, absurdo en algún caso. ¿Acaso pueden los cadáveres enterrarse a sí mismos? ¡Y sin embargo esto es lo que Jesús dice! Toda cultura oral necesita de frases cortas y de imágenes extravagantes como vehículo de enseñanza memorizable. Cuanto más extravagantes y agresivas, mejor. Si alguno te golpea en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien quiere quitarte el manto, ropa exterior, dale también la túnica, ropa interior . Precisamente su carácter desconcertante y gráfico confiere a estas frases la máxima garantía de autenticidad. Nos hallamos ante máximas literalmente pronunciadas por Jesús, quien indudablemente fue un consumado maestro del lenguaje y de la comunicación. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Portentosa paradoja, por lo redonda, gráfica y absurda. Pero este mismo carácter paradójico, absurdo en ocasiones, debe llevarnos a resolver la incompatibilidad aparente en un pensamiento más profundo, a buscar el sentido de las máximas en un ámbito más hondo que el de su superficie de formulación. No siempre, sin embargo, se ha hecho esto y, así, se ha querido ver e incluso se sigue viendo en las tres máximas de hoy la invitación a sacrificar la seguridad personal (vs. 57-58), los deberes filiales (vs. 59-60) y los sentimientos y vínculos familiares (vs. 61-62). Tremenda aberración, que ha destrozado a muchas personas por haberse quedado en la superficie de la formulación y no haber ni siquiera sospechado el juego recio de la paradoja.

El camino que hoy nos disponemos a recorrer es el camino de la vida cristiana. Lucas dedica su Evangelio a Teófilo, nombre que significa amigo de Dios. ¡Teófilos somos todos! El caminante cristiano, al mirar a su alrededor, ve a otros caminantes que no son cristianos. En ocasiones éstos hasta se meten con él, llegando incluso a la burla o al rechazo. Al caminante cristiano le gustaría acabar con ellos, pues en su opinión se lo merecen: ¡no son cristianos! Pero Jesús se le queda mirando fijamente y le dice: sigue caminando. Y así lo hace, llevando dentro la utopía: un mundo de valores diferentes de los que constata a su alrededor. Alrededor que, la verdad, no es malo, pero que el caminante cristiano siente y sabe que puede ser mejor. Lo sabe porque lo aprende de Dios. El alrededor más los valores que el caminante lleva dentro aprendidos de Dios, todo ello constituye el Reino de Dios. No es fácil construir este Reino. El propio caminante cristiano experimenta con fuerza la llamada de valores no utópicos, que incluso llega a hacer suyos sin darse cuenta. Poseer, dominar, ser superior, trepar, pasar… Se precisan ciertamente esfuerzos, vigilancia y sacrificio para no dejarse arrastrar por estos valores antiutópicos. Con la máxima de los vs. 57-58, la de las zorras y pájaros, Jesús invita al caminante cristiano a ese esfuerzo, a esa vigilancia, a ese sacrificio. ¿Le invita solamente? Presiento que detrás de lo desconcertante y absurdo de las máximas segunda y tercera, la de los cadáveres enterrándose a sí mismos y la de la mirada atrás desde el arado, se esconde algo más que una invitación. Esas máximas son una súplica, un grito, una llamada imperiosa de Jesús: ¡Caminante: sigue siendo cristiano!, ¡sigue viviendo con fuerza los valores del Reino de Dios para que tu alrededor sea diferente!, ¡sigue siendo cristiano!, ¡por favor!.

Después de haber meditado sobre estas lecturas y su comentario es bueno plantearnos las siguentes preguntas: a) ¿Cuál es el punto del texto que te ha gustado más y que más te ha impresionado? b) ¿Qué defectos y limitaciones de los discípulos se descubren en el texto? c) ¿Cuál es la pedagogía de Jesús y que Él usa para corregir estos defectos? d) ¿Cuáles son los hechos del Antiguo Testamento que se recuerdan en los textos? e) ¿Con cuáles de estas tres vocaciones (vv. 57-62) te identificas? ¿Por qué? f) ¿Cuál es el defecto de los discípulos de Jesús más presente en nosotros, sus discípulos de hoy?

4. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 12 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Décimo segundo domingo del tiempo ordinario ciclo c

1. Introducción

Reconocer y confesar que Jesús es el Señor no es cualquier cosa; es una de las decisiones fundamentales que el hombre puede tomar en su vida y, por tanto, tal proclamación debe transformar radicalmente la vida entera de quien la hace. No se puede decir que Jesús es el Señor para vivir, después, bajo cualquier otro señorío: el del dinero, el placer, el poder, la estética, etc. Si de verdad Jesús es nuestro Señor, nuestra vida quedará libre de toda atadura para poder entregarnos, sin limitación de ningún tipo, a trabajar por el Reino de Dios, la causa por la que Jesús luchó, vivió y murió. Con el firme propósito de no tener en nuestra vida otro Señor que Jesús, damos comienzo a nuestra celebración.

2. Oración antes de la lectura de la palabra de Dios

Señor Jesús abre mis ojos y mis oídos a tu palabra, que lea y escuche yo tu voz y medite tus enseñanzas, despierta mi alma y mi inteligencia para que tu palabra penetre en mi corazón y pueda yo saborearla y comprenderla. Dame una gran fe en ti para que tus palabras sean para mí otras tantas luces que me guíen hacia ti por el camino de la justicia y de la verdad habla señor que yo te escucho y deseo poner en práctica tu doctrina, por que tus palabras son para mí, vida, gozo, paz y felicidad, háblame Señor tu eres mi Señor y mi maestro y no escuchare a nadie sino a ti. Amén.

3. Lectura y comentario de la Palabra de Dios

Lectura del Profeta Zacarías 12,10-11.

Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.

Las fulgurantes victorias del gran estadista griego Alejandro Magno en el mundo entero pudieron servir de modelo al profeta para describirnos la gran victoria de Dios al establecer la era mesiánica. El autor de estos últimos capítulos de Zacarías (9-14) espera con ansiedad ese "Día del Señor", día de la implantación de la era mesiánica. Muchas cosas acaecerán en "aquel día"

El texto para este domingo: En los vs. 9-10 suena, por quinta vez, la insistente expresión "aquel día". El pueblo de Jerusalén será protegido por el Señor contra cualquier nación, pequeña o grande, cercana o lejana, que intente atacar a la Ciudad Santa (v. 9). Si en otro tiempo pasó la "ira divina" sobre la ciudad arrasando sus muros y dejándola huérfana (cf. Libro de la Lamentaciones), ahora suena la hora del desquite, de su protección: Dios se pone de parte de su pueblo frustrando el asalto de los invasores (vs. 2-8).

Si Dios castigó a la ciudad no fue por capricho; la verdadera y auténtica causa de su destrucción fue el pecado del pueblo. El Señor sació su cólera a causa de los crímenes cometidos por sus habitantes al derramar por la calle sangre inocente (Lam. 4, 11-13). Y para que llegue esa hora del desquite se requiere en el pueblo un acto de conversión, un cambio de actitud como fruto de una pausada reflexión. Por eso el v. 10 nos dice que el Señor va a derramar sobre ellos un espíritu de compunción y de pedir perdón.

El profeta se fija en un hecho muy concreto: el pueblo llora sus pecados al contemplar a un personaje matado por ellos, víctima de la ira popular. Se trata de una acción pasada ("traspasaron") con relación al autor. ¿A qué personaje se refiere? No lo sabemos.

Los responsables del crimen y sus descendientes se lamentarán amargamente como si se tratara del primogénito, hijo único. El duelo será amargo y universal.

En sentido literal no puede aplicarse este oráculo al Mesías ya que se habla de una acción en el pasado. ¿Se refiere a Jeremías, Zacarías…? No lo sabemos. Sólo en un sentido figurado, y por su similitud con el siervo de Isaías (cf. 52, 13-53, 12), puede aplicarse el oráculo a Jesús de Nazaret, traspasado en la cruz por nuestros delitos (Jr. 19,37; Apoc. 1,7), y la contemplación de este personaje humillado ha provocado, sigue provocando y provocará un llanto amargo y universal.

El pueblo de Israel al meditar su historia pasada siente remordimientos por sus malas obras, y llora sus pecados. La serena reflexión conduce al cambio, a la conversión. Y nuestros pecados personales y comunitarios continúan traspasando no sólo a Jesús sino a muchos hermanos nuestros que caen víctimas de nuestras guerras, injusticias, violencias.

El "día del Señor", el desquite, el triunfo de la verdad nunca se logrará por la violencia, sino por la reflexión, el lloro, el arrepentimiento y el perdón.

Oremos con el salmo 62.

Parece que nuestra época ha descubierto la oración íntima. Este salmo 62 expresa la oración de un hombre muy avanzado en el camino de la oración: Sus actitudes religiosas son de tal sublimidad e intensidad mística… que al hacerlas nuestras, nos sentimos poco sinceros. Quién de nosotros puede decir lealmente; "¡permanezco horas enteras hablándote, mi Dios!" O esto otro: "¡Te busco desde la aurora… Mi alma tiene sed de Ti!…

SALMO RESPONSORIAL
Sal 62,2. 3-4. 5-6. 8-9

R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agotada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca
y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste me auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 3,26-29.

Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, y herederos de la promesa.

Terminado el tema de la justificación, Pablo va entrando en el de la filiación que va a desarrollar a continuación en los vs. 4, 1-7. La fe obra no sólo la justificación, sino la filiación, la condición filial. En realidad, se trata de dos maneras de describir lo mismo: la condición fundamental del cristiano. La fe obra esta situación. Establece una unión personal con Cristo que nos hace participar de su misma vida. Esta unión se sella por y en el bautismo. Esta comunidad de vida entre el Hijo y los hijos hace que quienes están en ella tengan la misma vida de Cristo Hijo.

Ello tiene consecuencias prácticas y reales. Las diferencias humanas quedan superadas ante Dios y ante aquéllos para quienes lo de Dios significa algo importante. Pablo percibía las diferencias naturales que en su mundo todavía tenían mayor trascendencia que ahora. Pero no tienen esa importancia desde el punto de vista cristiano. Porque hay algo mucho más esencial: el ser hijos todos y, por tanto, hermanos iguales.

Pensemos, por ejemplo, en la consecuencia sobre la condición de la mujer que se declara superada en su aspecto discriminatorio, muy presente y de gran significado en el mundo paulino. Una mujer no era sujeto religioso del judaísmo lo mismo que el hombre, ni muchísimo menos. Sólo llegaba a Dios, en la concepción judía, por medio del varón, padre, esposo, hijo. Pablo declara que todo eso ya es diferente ahora. No cuenta. Primero, igualdad real. Luego, si lo hay, el resto. Porque todos somos uno. Y cuando se dice en este sentido, que no caiga en retórica vacía.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,18-24.

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: —¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Él les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: —El Mesías de Dios. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y, dirigiéndose a todos, dijo: —El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.

A diferencia de los otros dos sinópticos, que sitúan la escena en la zona de Cesárea de Filipo. Lucas omite toda referencia local, sustituyéndola por un tiempo de oración de Jesús. Con este telón de fondo asistimos después a la conversación de Jesús con sus discípulos. Y cosa muy poco habitual, el tema de conversación versa sobre el propio Jesús.

¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís que soy yo? Oponiéndose a la opinión de sus discípulos, Jesús habla de sí mismo como del Hijo del hombre que tiene que padecer mucho, ser desechado, ser ejecutado y resucitar. "Tiene que" rige a los cuatro infinitivos. En las palabras que siguen Lucas amplia el auditorio, hecho no suficientemente recogido por la traducción litúrgica. Van dirigidas no sólo a los discípulos sino a todos en general. El tono de las mismas ya no es el de la conversación distendida sino el de la afirmación grave y categórica. El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. La puntualización "cada día" confiere a las palabras un matiz que no se encuentra en los otros sinópticos.

La fórmula de encabezamiento en el original confiere a este texto la categoría de texto importante. La mención de la oración ratifica este calificativo. En todo lo que llevamos de actuación de Jesús es la primera vez que el autor centra su atención en Jesús mismo, no en lo que éste dice o hace. ¿Quién es Jesús? Se trata, pues, de adentrarse en su persona, de saber de él.

Se sucede una reseña de opiniones. Es eso, una simple reseña, porque Lucas no entra en su valoración. Pero hay una opinión en la que sí se detiene. Es la expresada por Pedro: El Mesías de Dios. Y se detiene para prohibirla y, en su lugar, hablar de el Hijo del hombre.

Tampoco, tal vez, sea importante o necesaria aquí. Pero lo que sigue sí que lo es: Tiene que padecer mucho, ser desechado, ser ejecutado, resucitar. Es decir, los padecimientos infligidos, la muerte impuesta y la resurrección forman parte esencial y necesaria de la vida de Jesús. "El Hijo del hombre tiene que". Es una necesidad que ahonda sus raíces en la vida tal y como ésta es: con sus mezquinos y mortales juegos de intereses, pero también con la presencia de la gracia. Jesús vive inmerso en ambos componentes: por eso tiene que ser eliminado y tiene que vivir.

Pero esta condición no es aplicable solamente a Jesús. Los dos últimos versículos de hoy la hacen extensiva a todos y cada uno de sus seguidores. El v. 23 aclara el concepto de seguimiento: El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. En la formulación de Lucas no se trata de seguir a Jesús con vistas al momento final de la cruz, sino de un seguimiento continuado, día a día. La cruz deja de referirse exclusivamente a un instrumento de suplicio concreto y determinado y pasa a abarcar las mil pruebas que en el vivir diario aguardan al seguidor de Jesús por el hecho de serlo y de llevar un estilo de vida como el suyo. Este estilo de vida puede llevar al seguidor de Jesús a tener que dejar parte de su vida en el camino, pero sólo un estilo de vida así merece realmente el nombre de vida.

4. Oración final:

  1. Me preparo a mi oración
  2. Me recojo imaginando a Jesús en oración con los suyos.
  3. Pido lo que quiero: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Me dejo interrogar por él? ¿Acojo su pregunta y su respuesta?
  4. Para sacar fruto, miro, escucho y observo a las personas: quiénes son, qué dicen, qué hacen.

Puntos para seguir reflexionando:

  • La pregunta de Jesús acerca de la opinión de la gente
  • Su pregunta dirigida a los discípulos
  • Su respuesta: Jesús es el Mesías
  • Su revelación: es el Hijo del hombre, el Siervo que sufre

Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Lecturas Domingo de la 11ª semana del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo 13 de Junio del 2010

Introducción

Sabemos por experiencia que una comida es una gran oportunidad para la reconciliación y el perdón. Compartir la misma mesa significa aceptarse unos a otros, formando comunidad, y dejar que lo pasado negativo pasado esté. La comida de la eucaristía es un encuentro con el Cristo que perdona y con los hermanos que conviven en paz.

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13

En aquellos días, Natán dijo a David: – «Así dice el Señor, Dios de Israel: "Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías."» David respondió a Natán: – «¡He pecado contra el Señor!» Natán le dijo: – «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»

Nuestro texto litúrgico sólo se fija en la aplicación de la parábola, pero sería muy conveniente leer también la parábola. La parábola es muy sencilla. Los "muchos" rebaños del rico se contraponen a "una" corderilla del pobre. El rico se contenta con tener, el pobre "la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija".

Ante la visita del huésped el rico le da de comer matando la corderilla del pobre. David, con su autoridad, tiene que sentenciar (vs. 5-6: airado exige el cuádruplo de lo exigido por la ley (Ex. 21, 37) y la muerte, no prevista por el rey, pero exigida por la vileza de la acción. Aplicación de la parábola: la designación "¡eres tú!" del v. 7 constituye el momento culminante de la parábola, ya que los personajes anónimos van a recibir nombre y apellidos. La palabra del Señor ilumina acusando: el oráculo de los vs. 7-12 recuerda los beneficios divinos (agravante de la acción cometida) denuncia el pecado y expone la condena en correspondencia con el delito: asesinato. La espada no se apartará de tu casa por arrebatar a su mujer, te arrebatarán tus mujeres.

La respuesta de David es muy breve: "¡he pecado contra el Señor!" (v. 13). Y si grave fue el pecado del rey contra Urías, contra Dios, más sincero fue aún su arrepentimiento. Todo ser mortal podrá fallar, pero su grandeza radica en saber levantarse a tiempo. Su confesión realiza la creación de un hombre nuevo (Sal. 51, 12 ss.), y Dios le perdona.

-Reflexiones:

En la parábola, el rico se contenta con "tener", con una mera relación de posesión, mientras que el pobre se vacía personalmente con la única corderilla que tiene; le da su pan, su vino, es como una hija. ¿Qué postura tenemos con nuestras posesiones o bienes? ¿Relación personal o relación de posesión? ¿Acumulamos o gozamos siendo personas?.

Dios reprueba la acción de David. Para el Señor no hay acepción de personas: ante la injusticia del poderoso se pone de parte del débil. Y aunque los hombres callen por miedo, por no perder el favor de su Señor en el orden social y económico, por no complicarse la vida…, la palabra del Señor no calla y acusa al rey David. Y para más el encargado de comunicar el mensaje acusador será nada más ni menos que el profeta de la casa del rey, Natán. La ofensa cometida contra Urías es un delito contra el Señor, ya que las relaciones contra el hermano no son indiferentes a Dios. También a Caín le pide Dios cuentas de lo hecho con su hermano Abel (Gen. 4). El Señor es el vengador del débil, pero no aniquila a nadie; si el hombre confiesa su pecado, Dios perdona. La palabra divina, incluso cuando castiga, busca la salvación del hombre.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 31,1-2. 5. 7. 11

R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: "Confesaré al Señor mi culpa»,
y tu perdonaste mi culpa y mi pecado.

Tú eres mi refugio: me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.
Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Segunda Lectura

(Gal 2,16.19-21): Cristo Jesús Me Ama y Me Ha Salvado San Pablo nos dice que no son las obras, en obediencia a la ley, las que nos salvan, sino nuestra fe en Jesucristo. El Hijo de Dios me amó y me salvó. Ahora vivo su vida.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2, 16. 19-21

Hermanos: Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la Ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la Ley. Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero, si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: – «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.» Jesús tomó la palabra y le dijo: – «Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: – «Dímelo, maestro.» Jesús le dijo: – «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: – «Supongo que aquel a quien le perdonó más.» Jesús le dijo: – «Has juzgado rectamente.» Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: – «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.» Y a ella le dijo: – «Tus pecados están perdonados.» Los demás convidados empezaron a decir entre sí: – «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: – «Tu fe te ha salvado, vete en paz.» Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Dividimos el texto en dos unidades fundamentales (7, 36-50 y 8, 1-3), ocupándonos principalmente de la primera, centrada sobre el tema del amor y del perdón. El contexto de la escena es un banquete; Jesús participa como invitado y dos personas muy distintas (un fariseo y una prostituta) vienen a ofrecerle sus dones.

El fariseo le invita a una comida material. Evidentemente, sería exagerado el acusarlo de mala voluntad; quizá siente respeto por Jesús, cuando le llama. Sin embargo, en el fondo de su gesto existe un rasgo de juicio y de dominio; por eso se atreve a sancionar la actitud del maestro. Tiene su verdad hecha, conoce ya a Dios y no necesita que nadie le enseñe la nueva profundidad del reino y de la vida.

La publicana no está invitada, pero viene. Sabe que Jesús ofrece un mensaje salvador, ha conocido su calidad de hombre que se entrega totalmente a los demás y por eso viene a ofrecerle simplemente lo que tiene: el perfume que utiliza en su trabajo, sus lágrimas, sus besos. Tomado en sí mismo, ese gesto resulta ambivalente. El publicano, regido por las normas de una moral estricta, condena a la mujer, reprueba su gesto de liviandad y juzga a Jesús que ha permitido que le traten de una forma semejante. Jesús, en cambio, ha interpretado la actitud de la mujer como un efecto de su amor, como expresión de gratitud por haber sido comprendida y perdonada.

La visión de Jesús se ilumina a partir de una parábola (7, 41-43): de dos deudores insolventes amará más al Señor aquél a quien le ha sido perdonada la mayor de las deudas. Aplicando la parábola se precisa la actitud del fariseo y de la prostituta.

Todo el evangelio está mostrando ese mensaje: Jesús ofrece el perdón de Dios a los hombres insolventes de la tierra. Entre ellos se encuentran el fariseo y la prostituta. El fariseo no se ha preocupado de aceptar ese perdón; piensa que sus cuentas están claras, se siente plenamente en paz y, por lo tanto, le resbalan las palabras de Jesús que aluden al don de Dios que borra los pecados. Convida a Jesús, pero lo hace por curiosidad; en el fondo no lo ama, porque no se reconoce pecador, no quiere ser perdonado. La mujer, en cambio, se sabe pecadora; ante Dios y ante los hombres confiesa que su deuda es impagable; por eso se ha sentido condenada. Pero ahora que Jesús ha llegado a la ciudad, una vez que ha proclamado su palabra de gracia universal, ella se ha sentido (se ha sabido perdonada). Por eso, superando todos los convencionalismos, aprovecha la ocasión y viene hasta Jesús para demostrarle su agradecimiento y su amor: la grandeza del perdón que Dios le ha concedido se demuestra a partir de la grandeza del amor que ese perdón ha suscitado. En torno a esta relación de Jesús con la pecadora debemos añadir unas notaciones marginales: 1) en sentido estricto el amor de la mujer es siempre una respuesta, porque el primer paso lo ofrece el mismo Dios que perdona a todos por medio de Jesús. Sin embargo, no podemos olvidar que en la historia de cada vida la dialéctica perdón-amor puede revestir modalidades diferentes, de tal manera que en algún caso el amor en vez de ser un signo o consecuencia puede venir a convertirse en principio del perdón. 2) Como ejemplo de una existencia humana fundada en la gratitud por el perdón que ha sido concedido se sitúan las mujeres del texto siguiente de san Lucas (8, 1-3); esas mujeres, que han sido curadas, liberadas, perdonadas por Jesús, han respondido a su don con un gesto de amor comprometido, que las convierten en auténticas discípulas del maestro. 3) Este rasgo de un amor total con que se responde al perdón de Jesús se ajusta más a la tipología de la mujer, de tal manera que una parte de la espiritualidad femenina puede basarse en estos fundamentos; sin embargo, no debemos olvidar que la misma espiritualidad de los varones puede y debe responder a este principio del perdón y del amor como respuesta. 4) Es curioso señalar que en esta caracterización del seguimiento de Jesús, Lucas concede ventaja a la mujer, cosa extraña y revolucionaria en la sociología humana y religiosa de aquel tiempo. Historia inaudita cuando se piensa en los tabúes que Jesús violaba. Decía un rabino de la época que entre un justo y una prostituta había que mantener una distancia de 2 metros.

Jesús no se cuida ni de juicios ni de conveniencias. Esta pecadora tiene una gran confianza en Jesús. Jesús la recibe con un amor que la transforma y entonces se despierta en ella un amor más grande. Otro amor que la purifica y la resucita, un amor inmenso que ha recibido un perdón inmenso.

Dos personas. Dos seres que están dentro de nosotros. El Justo y la pecadora. El justo observa fríamente, razona, encerrado en lo que cree saber sobre Dios, el pecado, los perdones imposibles. Va a faltar a este encuentro que habría cambiado su vida.

La pecadora no dice nada, tiene detalles de delicadeza, de amor. Simeón es un justo, de esos a los que Jesús no ha venido a llamar. Si se sientan a la misma mesa, lo hacen como personas que se han hecho ellos mismos la invitación. No pueden entender la gracia, el don gratuito, generoso, traído por Jesús. ¿Es que son orgullosos -más pecadores que los demás? El texto no se preocupa de esto y deja a la paradoja toda su fuerza: aquellos a los que se perdona poco no pueden entender a Jesús. Del otro lado está la mujer. En una situación de desamparo. Su misterio hace pensar en esa otra mujer que Jesús acaba de encontrar y que conocía también el fondo del desamparo llevando al sepulcro a su hijo único. Llegando como llegan al fondo de la pobreza, las dos mujeres no pueden sino recibir.

La palabra de Jesús crea una vida nueva. Cada vez que me confieso, Cristo me dice las mismas palabras, con el mismo amor, con la misma fuerza. La diferencia no esta en Jesús sino en mí.

El amor es consecuencia del perdón. La moral tradicional queda aquí en ridículo. Habitualmente, el perdón aparece como la recompensan del amor y el amor como la causa del perdón. Aquí es a la inversa; el amor es la consecuencia, el fruto del perdón. el perdón es lo primero, no se da a cambio del amor, sino que es pura y simplemente dado. ¿Cuál es entonces la causa del perdón? Algunas buena disposición habrá en la mujer, que la impulsa a hacerse perdonar.

Sólo los que pasan la dura experiencia de la pobreza, cualquiera que sea la forma bajo la que se presente esa indigencia son accesibles al don de Dios que es el perdón.

Corpus Christi – Ciclo C

SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Lectura del libro del Génesis 14, 18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos. Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

Salmo responsorial

R. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.» R.

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora. » R.

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.» R.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26
Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron:

«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

ACERCARNOS AL TEXTO

Después de escuchar lo que los Doce le cuentan al regreso de la misión, Jesús «se los lleva y se retira con ellos en dirección a un pueblo llamado Betsaida» (v. 10). Su intención es clara: de un lado, los quiere aislar del fervor nacionalista exagerado que habían suscitado en las aldeas judías con su predicación (por eso se los lleva hacia Betsaida, fuera del territorio propiamente judío); por otro, quiere hablar en privado con ellos sobre el reinado de Dios y su misión, a fin de corregir visiones y expectativas equivocadas. Es muy instructivo comparar la vuelta de los Doce con el regreso de los setenta y dos (10, 17ss). Los setenta y dos volvieron muy contentos, hecho que dará pie a Jesús para puntualizar cuál es la verdadera alegría y que desatará en él, en aquel preciso momento, la mayor explosión de júbilo que constatan los evangelios (10, 20-22). Sin embargo aquí, en la vuelta de los Doce, no hay alegría. Al parecer, lo que le contaron no debió de agradar mucho a Jesús. Por eso se retira con ellos para corregirles.

Pero ante la presencia de la gente que lo sigue ha de cambiar de planes. La necesidad de las personas marginadas es para Jesús el criterio inmediato y práctico de lo que puede o no puede hacer. Él acoge a la gente, les habla del Reino de Dios y cura a los que lo necesitaban. Se trata de un signo del Reino que es un reino de vida. Los Doce, convencidos de que Jesús los ha escogido aparte como grupo de selecto, protestan por la presencia del gentío de seguidores. Quieren desentenderse de esas multitudes que no van de acuerdo a sus planes y que para ellos son un estorbo. Por eso, se acercan a Jesús para decirle que los despida. Jesús no comparte su deseo ni su exclusivismo. Tiene otra cosa en mente. A ellos les toca darles de comer, eso forma parte de su tarea de anuncio del Reino. Les contesta:«Dadles vosotros de comer». La negativa se reviste de sentido común: hablan de lo poco que tienen y de la necesidad de comprar. Sus categorías son las de la sociedad injusta que el Reino interpela. Continúan «contando» y «alimentándose» con los valores a los que Jesús les había invitado a renunciar cuando los envió en misión: «No lleven ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero» (9, 3).

Ahora les descubre y pone de manifiesto que la lógica y distintivo del Reino va por otro camino: EN EL COMPARTIR lo que se tiene, ahí está la solución. Compartir es un gesto que no tiene límites, cuando se comparte hay de sobra para todos; el amor es siempre abundante. Jesús toma la iniciativa y comparte lo que tienen; los discípulos son intermediarios. La multitud come a gusto, los hambrientos son saciados. El alimento es otro signo de la presencia del Reino, porque de él depende la vida. Pese a la carencia pretextada por los discípulos, sobran doce canastos. La cifra es simbólica: hay alimento para todo el pueblo (las doce tribus).

La multiplicación de los panes y peces es el único milagro común a los cuatro evangelistas. Entre todos lo narran seis veces (Mc 6, 30-44; 8, 1-10; Mt 14, 13-21; Lc 9, 10-17; Jn 6, 1-14). Es un relato lleno de simbolismo eucarístico. Las expresiones «tomó el pan», «alzó la mirada»,«lo bendijo», «lo partió», «se lo dio», aparecen en el mismo orden aquí que en los relatos de la institución de la Eucaristía.

REFLEXIONES PARA NUESTRA VIDA DE CREYENTES

En esta narración quedan claramente resaltados, como expresión de lo que es el Reino, el DON DE DIOS y el COMPARTIR HUMANO. Dios quiere que todos vivan y puedan alimentarse hasta saciarse. Pero esa voluntad se hace efectiva únicamente a través de nuestro compartir. Por eso, la Eucaristía, celebración y expresión de lo que debe ser el nuevo pueblo de Dios o la comunidad cristiana, no es auténtica y se contradice a sí misma si, quienes participamos en ella, no somos solidarios; si quienes decimos ser seguidores de Jesús no compartimos lo que tenemos.

En un mundo donde el hambre, la injusticia y la xenofobia son realidades flagrantes, y donde el ansia de acumular bienes es el anhelo al que dedicamos las mejores horas de los mejores años de nuestra vida, hemos de afirmar que la celebración de la Eucaristía tiene dimensión social y política y pide una nueva sociedad, un nuevo orden internacional. Si no, no es signo mesiánico ni celebración que inaugura el Reino. Sólo si es celebración del compartir la Eucaristía puede considerarse memorial de Jesús.

El relato evangélico de los panes es aleccionador. Los discípulos, estimando que no hay suficiente para todos, piensan que el problema del hambre se resolverá haciendo que la muchedumbre «compre» comida. A este «comprar», regido por las leyes económicas, Jesús opone el «dar» generoso y gratuito: «Dadles vosotros de comer». Luego, coge todas las provisiones que hay en el grupo y pronuncia las palabras de acción de gracias. De esta manera, el pan se desvincula de sus poseedores para considerarlo don de Dios y repartirlo generosamente entre todos los que tienen hambre. Cuando nos liberamos del egoísmo humano, sobra para cubrir la necesidad de todos. Ésta es la enseñanza profunda del relato evangélico.

No podemos inhibirnos o desentendernos del hambre que hay en el mundo diciendo que sólo tenemos para nosotros. Compartir hace crecer nuestras posibilidades. Así anunciamos el Reino. El COMPARTIR es el rasgo característico del Reino, del nuevo Israel, de la comunidad cristiana, de la Iglesia. ¡Es la forma de que los bienes mesiánicos lleguen a todo el pueblo!

COMPROMISO DE VIDA

Nos encontramos ante un mensaje que pone en tela de juicio muchos de nuestros comportamientos, formas de ver y de entender la vida. Es necesario afrontarlo.

¿Cuál es mi actitud HABITUAL de vida: acumular y guardar, o sé compartir generosamente lo que tengo y que, a veces, malgasto?

Si la celebración de la Eucaristía y el COMPARTIR están muy relacionadas, según el texto evangélico de hoy: ¿qué gesto o gestos de compartir voy a llevar a cabo durante esta semana para vivir lo que el Corpus Christi me exige?

Utilizaré cada día de esta semana la oración, “El milagro de compartir”, para así poder hacer mío su mensaje y contenido.

COMENTARIO

Gn 14, 18-20: Melquisedec ofreció pan y vinoSal 109, 1-4: Tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

1 Co 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Lc 9, 11-17: Comieron todos y se saciaron.

  • Primera lectura, Melquisedec ofrece el pan y el vino como elementos para un sacrificio incruento agradable a Dios.
  • signo anunciador del sacramento eucarístico.

Segunda lectura, Testimonio de San Pablo sobre la institución de la Eucarística en la última cena, anticipo de la muerte de Jesús.

  • Es una “Tradición que procede del Señor”. Por Pablo la transmite como revelación divina.
  • "Tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo":
  • Categóricamente afirma la “presencia real” y sustancial de Cristo (para la que se requiere una (transustanciación”)
  • Eucaristía significa "acción de gracias". Parte la Eucaristía pero El no se divide. Jesús está Presente en cada fragmento. "mi cuerpo" es singular.

«que se entrega por vosotros», en una “alianza nueva” sellada con su sangre.

  • La Ultima Cena anticipa el calvario: Su entrega a su Padre por su muerte y resurrección.
  • Por amor. Hacernos partícipes de su Pascua.

“Haced esto en memoria mía”

  • "Haced esto": Jesús ordenó celebrarla
  • Memorial de su “sacrificio”. Jesús es sacerdote, víctima y Altar.
  • Eucaristía es un verdadero sacrificio porque representa –hace presente– el sacrificio de la cruz. Aplica su fruto.
  • Estar con nosotros.

¿Hasta cuando?: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva».

  • volverá (Segunda Venida) PERO esta con nosotros en la Eucaristía.
  • Ultimo versículo de Mateo: 28,20 "enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo."
  • "proclamáis la muerte del Señor":
  • Pablo no se avergüenza de la muerte de Cristo en la cruz porque sabe que nos ganó la redención.
  • I Corintios 1:23-24 "nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para
  • los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de
  • los hombres."