Segundo Domingo de Pascua

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

El domingo, la Pascua semanal, el día que dedicamos a Cristo. O mejor, el día que Cristo  Resucitado, presente en nuestra vida los siete días de la semana, nos muestra su cercanía  de un modo especial. Como a los apóstoles, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos  envía a anunciar la reconciliación y alaba nuestra fe…

Nuestra reunión eucarística dominical es algo más que cumplir un precepto o satisfacer  unos deseos espirituales. Vale la pena presentar los valores del domingo cristiano en unos  tiempos en que está peligrando su misma existencia, o al menos su sentido profundo.

1. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,42-47.

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

La vida del hombre transcurre y se realiza entre sueños y realidades. Cualquier proyecto  de vida lleva consigo una carga de utopía que luego puede contrastar con la realidad  conseguida.

Pero, a pesar de todo, permanece siempre un hecho: nuestra realidad cotidiana, nuestra  realidad de hombres que nos vamos formando, se transfigura poco a poco en la medida en  que dejamos rendijas abiertas a nuestros sueños.

La primera cosa importante a subrayar es el vigor del testimonio de los apóstoles en  vistas a hacer cambiar las perspectivas de vida de aquella primera comunidad. La  experiencia de su fe es un revulsivo para todos los creyentes. La fuerza del testimonio de  una vida, los signos de haber aceptado una vida nueva, siempre está en relación directa  con la intensidad de una fe asumida plenamente.

La realidad fundamental de toda comunidad es su unidad de corazón y espíritu. Es la  unidad que se construye constantemente; nace y crece; es la única manera de que no  llegue a envejecer. Significa haber descubierto la propia plenitud en la comunicación con  los demás: comunicación de sentimientos, de experiencias y, sobre todo de fe. En otro lugar  se habla de comunicación (koinonia) (Hech. 2, 42): es la expresión de la realidad de vida  compartida.

La comunidad de bienes es, quizás, el elemento más sorprendente de esta lectura.  Quizás sea también el más utópico, pero tiene su importancia para continuar viviendo con  alegría y esperanza. En cualquier lugar y momento la comunidad cristiana debe manifestar  su realidad de «comunión». Los signos podrán ser diferentes y diversificados según el  tiempo y el lugar, pero siempre son necesarios para fortalecer y expresar la fe en el  Resucitado.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 117,2-4. 13-15. 22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
[o, Aleluya]

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 1,3-9.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo.

La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo, nuestro Señor.

No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

El seguimiento de Jesús es vivido con alegría aun en medio de la dificultad. Podríamos  decir que se asume con estilo deportivo. El evangelio es siempre buena noticia y nunca  amarga la vida. Es lo contrario de un cristianismo de cumplimientos mínimos o de actitud resignada. Será precisamente esta satisfacción interior la fuerza psicológica que moverá  espontáneamente a la evangelización de los demás.

La diferencia entre el obrar por amor y el obrar por obligación no sólo tiene repercusiones  en el interior del sujeto, sino también en su talante exterior. Así se comprueba la verdad de  las palabras de Jesús: «mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30).

4. Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,19-31.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.  Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Cuando se escribe este evangelio, el domingo, el día del Señor, es ya el día de la reunión de los cristianos. Estamos en el mismo día de la resurrección y es el mismo día de la efusión del Espíritu. Juan muestra que el misterio pascual es una unidad. Miedo y cerrazón. Unas actitudes de los discípulos que Jesús resucitado supera. A pesar del miedo y la cerrazón, él se les pone en medio. El evangelio subraya que la presencia de Jesús es real, pero distinta de la de antes, y que este Jesús es el crucificado: la resurrección no quita nada de la absurdidad y el sufrimiento de la muerte; en todo caso, nos hace ir más allá, nos la hace mirar con otra esperanza.

Jesús puede dar aquella paz que proviene de dar la vida. Jesús resucitado, dador de la paz, lleva la alegría. Quizá podríamos decir: al principio de la comunidad hay ya alegría… Jesús, enviado del Padre, envía a los discípulos. La misión de los discípulos es la misma de Jesús: ser testimonios del Padre, del Dios que ama tanto al mundo que le da la propia vida. Y el evangelista no habla de unos cuantos discípulos privilegiados, sino de todos. Empieza una nueva creación. Así como Dios había alentado sobre aquella figura de barro para darle la vida, Jesús da el Espíritu a los discípulos para que tengan su misma vida, una vida que se caracteriza por la reconciliación, por la capacidad de ser corderos de Dios que quitan el pecado del mundo a base de dar la propia vida por amor y con plena libertad. Tomás pide otros signos que no son el testimonio de la comunidad creyente que habla en nombre del Señor. De hecho, le bastará con el «reproche» que le dirige Jesús, y creerá como los demás, por su palabra. Y no sólo eso: hará la confesión máxima de la fe. ¡Exclama que Jesús es Dios! La bienaventuranza final se dirige a todos aquellos que creerán por la palabra y el testimonio.

Octava de Pascua

OCTAVA DE PASCUA

LUNES DE LA SEMANA PRIMERA DE PASCUA

Evangelio según San Mateo 28,8-15.

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán». Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: ‘Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos’. Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo». Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.

Del sepulcro vacío parten dos embajadas: la de las mujeres convertidas en mensajeras de la resurrección, y la de los guardianes del sepulcro, que se dirigen a los sumos sacerdotes para comunicarles lo ocurrido. Hay un hecho cierto que nadie se atreve a negar; el sepulcro vacío. Lo afirman, por supuesto, las mujeres mensajeras; lo declaran los guardianes del sepulcro; no lo pueden negar los sumos sacerdotes. Sin embargo, este hecho, admitido por todos, tiene diversas posibilidades de explicación; es decir, del sepulcro vacío no se deduce con evidencia la resurrección de quien había sido puesto en él. El presente relato de Mateo recoge dos posibilidades de las apuntadas; una: que Jesús ha resucitado; otra, que el cadáver de Jesús había sido robado. Las dos posibilidades son expuestas por el evangelista aparentemente con gran neutralidad. Debe ser el lector del evangelio quien se decida por una u otra. ¿Es convincente la versión dada por los sumos sacerdotes? Evidentemente que no. El lector debe decidirse a admitir la primera posibilidad: la resurrección de Jesús atestiguada por las mujeres.

Pero lo que ocurrió en los primeros momentos, sigue ocurriendo. La resurrección de Jesús no es un hecho controlable, sino un hecho sobrenatural admisible únicamente desde la fe. Cuando se cierra el corazón a la fe, la resurrección pasa automáticamente al terreno de la leyenda. En el momento en que escribe Mateo su evangelio continuaban las discusiones entre los judíos y los cristianos. El simple hecho de la existencia de la comunidad cristiana en Jerusalén y de su predicación era una denuncia constante contra las autoridades judías.

MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Evangelio según San Juan 20,11-18.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

vv. 11-18. Jesús había anunciado a los suyos la tristeza por su muerte, pero asegurándoles la brevedad de la prueba y la alegría que les produciría su vuelta (16,16-23a). María, en cambio, llora sin esperanza (cf. 11,33) (11); ha olvidado las palabras de Jesús. No se separa del sepulcro, donde no puede encontrarlo.

Los guardianes del lecho (dos ángeles) (12) son los testigos de la re­surrección y están dispuestos a anunciarla. Blanco, color de la gloria di­vina; su presencia es un anuncio de vida. El vestido y la pregunta de los ángeles (13) muestran que no hay razón para el llanto. Mujer, apelativo usado por Jesús con su madre (2,4 y 19,6), la esposa fiel de Dios en la antigua alianza, y con la samaritana (4,21), la esposa infiel. Los ángeles ven en María a la esposa de la nueva alianza, que busca desolada al esposo, pensando haberlo perdido. Respuesta de María: como la primera vez que llegó al sepulcro (20,2), sigue pensando que todo ha terminado con la muerte.

Mientras siga mirando al sepulcro no encontrará a Jesús. En cuanto se vuelve (14), lo ve de pie, como una persona viva, pero la idea de la muerte la domina y no lo reconoce. La pregunta de Jesús (15) repite en primer lugar la de los ángeles: no hay motivo para llorar. Añade ¿A quién buscas?, como en el prendimiento (18,4.7), para darse a conocer.

Pero María no pronuncia su nombre. Hortelano: vuelve la idea del huerto/jardín, según el lenguaje del Cantar (19,41). Se prepara el en­cuentro de la esposa (Mujer) con el esposo (3,29). María, obsesionada con su idea, piensa que la ausencia de Jesús se debe a la acción de otros, si te lo has llevado tú.

Jesús la llama por su nombre (16)y ella reconoce su voz (10,3; cf. Cant 5,2). Se vuelve del todo, sin mirar más al sepulcro, que es el pa­sado. Al esposo responde la esposa (cf. Jr 33,11; Jn 3,29): se establece la nueva alianza por medio del Mesías. Rabbuni, “señor mío”, tratamiento de los maestros, pero también de la mujer dirigiéndose al marido. El lenguaje nupcial expresa la relación de amor y fidelidad que une la co­munidad a Jesús; pero este amor se concibe en términos de discipulado, es decir, de seguimiento. Gesto implícito de María (Cant 3,4: »Encontré al amor de mi alma; lo agarraré y ya no lo soltaré»). La alegría del encuentro hace olvidar a María que su respuesta a Jesús ha de ser el amor a los demás. A ese gesto responde Jesús al decirle: Suéltame. Da la razón (aún no he subido, etc.). La fiesta nupcial será el estadio último, cuando la esposa, la humanidad nueva, haya recorrido su camino, el del amor total, y la creación quede perfectamente realizada.

Jesús envía a María con un mensaje para los discípulos, a los que por primera vez llama sus hermanos: amor fraterno, comunidad de iguales. Antes de la subida definitiva de Jesús al Padre junto con la humanidad nueva, hay otra subida que dará comienzo a la nueva historia. Volverá con los discípulos (14,18). La mención del Pa­dre de Jesús como Padre de los discípulos responde a la promesa de 14,2-3: »En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos, etc.». Jesús sube ahora para dar á los suyos la condición de hijos (mis her­manos), mediante la infusión de su Espíritu (14,16s). Esta experiencia les hará conocer a Dios como Padre (17,3); será su primera experiencia verdadera de Dios. No van a llamar Padre al que conocen como Dios, sino al contrario: llamarán Dios al que experimentan como Padre. No reconocen a otro Dios más que al que ha manifestado en la cruz de Jesús su amor gratuito y generoso por el hombre, comunicándole su propia vida. Es el único Dios verdadero (17,3). La comunidad recibe noticia de la resurrección de Jesús (18).

MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Evangelio según San Lucas 24,13-35.

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

A pocos relatos les he dado más vueltas que al de los discípulos de Emaús. Me parece tan rico, tan redondo, tan inagotable, que también este año tiene algo que decirme. Es un itinerario para discípulos frustrados, una terapia intensiva para aprender a reconocer al Resucitado en el camino de la vida. ¿Qué podemos hacer cuando nos sentimos timados, cuando tenemos la impresión de que la fe no produce ni en nosotros ni el mundo los resultados que habíamos soñado? ¿Cómo encajar las decepciones que nos crea a veces nuestra Iglesia? ¿Cómo aceptar que tras dos mil años de cristianismo siga habiendo en el mundo tanto mal?

La terapia de recuperación de la fe pasa por cuatro etapas. La primera consiste en hablar, en poner nombre a todas nuestras zozobras y miedos, en sacar afuera la frustración que guardamos en nuestra bodega, en contársela con pelos y señales a ese misterioso pedagogo que camina con nosotros y que nos pregunta: «¿Qué asuntos te traen de cabeza? ¡Cuéntamelos! Cuando nos atrevemos a contarle a él lo que nos pasa hemos puesto en marcha un proceso de sanación.

La segunda etapa consiste en escuchar. En la primera, Jesús, como buen terapeuta, ha sido todo oídos para que nosotros pudiéramos ser todo palabra. Ahora se invierten los papeles. Nos toca a nosotros escuchar su Palabra. Esta palabra se nos transmite, sobre todo, en la Escritura. Volver a la Escritura con humildad, sin ansiedades, es el único modo de que nuestro corazón decepcionado comience lentamente a arder. ¡Sólo la Palabra enciende de nuevo las ascuas que están debajo de nuestras cenizas!

La tercera etapa pasa por el comer. A los discípulos de Emaús sólo se les abren los ojos, sólo reconocen al extraño compañero de camino, cuando éste se queda a cenar con ellos y les parte el pan. También hoy para cada uno de nosotros la eucaristía es el «lugar del reconocimiento», en el doble sentido de la palabra: de acción de gracias y de caer en la cuenta.

La cuarta etapa finalmente, es semejante a la que hemos visto en los encuentros de los días anteriores. Consiste en acoger el testimonio de otros y en comunicar el propio. Los discípulos de Emaús, que habían comenzado un itinerario de de misión (el que los llevaba de Jerusalén a su pueblo), emprenden un itinerario de misión, que los lleva de nuevo a Jerusalén, donde está la comunidad. Tras reconocer al Resucitado, han pasado de ser dimisionarios a ser misioneros. Curiosamente, cuando se encuentran con la comunidad, no son ellos los primeros en contar lo que les ha pasado, sino que aceptan la confesión de fe de los Once y de sus compañeros: «Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Hablar, escuchar, comer y comunicar son los verbos que marcan las cuatro etapas de un profundo encuentro con el Resucitado. Los discípulos de Emaús no son sino prototipos de lo que tú y yo somos. En su aventura de fe encontramos luz para comprender mejor la nuestra.

JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

 Evangelio según San Lucas 24,35-48

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.

Mientras estaban hablando con los once, se presentó Jesús en medio de ellos. ¡Por cuántos acontecimientos dramáticos pasaron estos pobres hombres!: La ultima cena, el jueves último… el arresto en el jardín de Gethsemaní… la muerte en la cruz de su amigo… Judas, uno de ellos, ahorcado. El grupo de los «doce» pasa a ser los «once».

En este contexto tiene lugar la desconcertante «resurrección. En lo más hondo de su desesperación Tú vienes a decirles: «¡no temáis!» En mi vida personal, en la vida del mundo, de la Iglesia, evoco, hoy, una situación en la que falta la esperanza. Pero Tu estás aquí, Señor, «en medio de nosotros».

Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Jesús les dijo. «Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón estos pensamientos? Ved mis manos y mis pies, ¡que soy Yo! Palpadme y ved que el espíritu no tiene carne ni huesos…» En su alegría no se atrevían a creerlo. Jesús, les dijo: «¿Tenéis aquí algo que comer? Le dieron un trozo de pescado asado, y tomándolo lo comió delante de ellos. Evidentemente, los «once» como todos los demás hasta aquí, fueron incrédulos. Todos los relatos subrayan esa «duda». Para esos semitas que ni siquiera tienen idea de una distinción del «cuerpo y del alma», si Jesús vive, ha de ser con toda su persona: quieren asegurarse de que no es un fantasma, y para ello es necesario que tenga un cuerpo… La resurrección no puede reducirse a una idea «de inmortalidad del alma».

Todos los detalles quieren darnos la impresión de una presencia real. Incluso si resulta difícil imaginarlo, hay que afirmar que la resurrección no es solamente una supervivencia espiritual: el Cuerpo de Jesús ha resucitado y, a través de El, toda la Creación, todo el Cosmos quedan transfigurados. El mismo universo material, ha sido asumido, penetrado por el Espíritu de Dios. «Nosotros esperamos como salvador al Señor Jesucristo, que transfigurará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su Cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas», dirá san Pablo (Flp 3, 21).

En la Eucaristía, una parcela del universo, un poco de pan y de vino, es así asumida por Cristo, «sumisa a Cristo» como dice san Pablo, para venir a ser el signo de la presencia del Resucitado, y transformarnos poco a poco a nosotros mismos, en Cuerpos de Cristo. ¡He aquí el núcleo del evangelio! ¡He aquí la «buena nueva»! ¡He aquí la feliz realización del plan de Dios! ¡He aquí el fin de la Creación! ¡He aquí el sentido del universo! Si nos tomamos en serio la Resurrección, esto nos compromete a trabajar en este sentido: salvar al hombre, salvar el universo, sometiéndolo totalmente a Dios.

Les dijo: Esto es lo que Yo os decía estando aún con vosotros… Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, los sufrimientos del Mesías, la resurrección de los muertos, la conversión proclamada en su nombre para el perdón de los pecados… A todas las naciones, empezando por Jerusalén. Vosotros daréis testimonio de esto. Jesucristo es ahora realmente el Señor, que tiene poder sobre todo el universo, sobre todos los hombres, y que da a los hombres la misión de ir a todo el mundo. En cierto sentido, todo está hecho en Cristo. Pero todo está por hacer. ¿Trabajo yo en esto? ¿Doy testimonio de esto?

VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Evangelio según San Juan 21,1-14.

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?». Ellos respondieron: «No». El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar». Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Simón Pedro dijo a Tomás, a Natanael, a los hijos de Zebedeo y a otros dos: «Voy a pescar.» Le replicaron: «Vamos también nosotros contigo.» Estamos en Galilea, en la orilla del hermoso lago de Tiberíades.

Pedro parece que ha reemprendido su oficio. Los apóstoles no son unos fanáticos, preocupados de inventar cosas fantásticas. No, ellos no han inventado la resurrección. Se les vuelve a encontrar ahora tal como eran: gentes sencillas, sin segundas intenciones y entregados a humildes trabajos manuales. Me los imagino preparando su barca y sus redes para salir a pescar.

Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no cogieron nada

Nada. Nada. El fracaso. El trabajo inútil aparentemente. A cualquier hombre le suele pasar esto alguna vez: se ha estado intentando y probando alguna cosa… y después, nada. Pienso en mis propias experiencias, en mis decepciones. No para entretenerme en ellas morbosamente, sino para ofrecértelas, Señor. Creo que Tú conoces todas mis decepciones… como Tú les habías visto afanarse penosamente en el lago, durante la noche, y como les habías visto volver sin «nada»…

Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era El. Pronto descubrirán su «presencia» en medio de sus ocupaciones profesionales ordinarias. Por de pronto, Tú ya estás allí… pero ellos no lo saben. Díjoles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?» Conmovedora familiaridad. Una vez más, Jesús toma la iniciativa… se interesa por el problema concreto de estos pescadores. «¡Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis!»

Escucho este grito dirigido, desde la orilla; a los que están en la barca. Trato de contemplarte, de pie, al borde del agua. Tú les ves venir. En tu corazón, compartes con ellos la pena de no haber cogido nada. Tú eres salvador: No puedes aceptar el mal. Echaron pues la red y no podían arrastrarla tan grande era la cantidad de peces.

Como tantas otras veces, has pedido un gesto humano, una participación. Habitualmente no nos reemplazas; quieres nuestro esfuerzo libre; pero terminas el gesto que hemos comenzado para hacerlo más eficaz. Dijo entonces a Pedro, aquel discípulo a quien amaba Jesús: «¡Es el Señor!»

Ciertamente es una constante: ¡Tú estás ahí, y no se te reconoce! te han reconocido gracias a un «signo’: la pesca milagrosa, un signo que ya les habías dado en otra ocasión, un signo que había que interpretar para darle todo su significado, un signo que ¡»aquel que amaba» ha sido el primero en comprender! Si se ama, las medias palabras bastan. Jesús les dijo: «¡Venid y comed!» Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pescado. Siempre este otro «signo» misterioso de «dar el pan»…, de la comida en común, de la que Jesús toma la iniciativa, la que Jesús sirve … La vida cotidiana, en lo sucesivo, va tomando para ellos una nueva dimensión. Tareas profesionales. Comidas. Encuentros con los demás. En todas ellas está Jesús «escondido». ¿Sabré yo reconocer tu presencia?

SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Evangelio según San Marcos 16,9-15.

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron. Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron. En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.

Este relato, la primera parte del último capítulo del evangelio de Marcos, menciona brevemente las apariciones de Jesús a la Magdalena, a los discípulos de Emaús y a los once. Pero la fuerza del relato recae en la incredulidad de los discípulos a quienes el Señor reprocha el no haber dado fe a quienes le habían visto. Es una clara amonestación a los creyentes que vendrían después para que crean a los testigos de la resurrección, aunque personalmente no hayan visto al Señor. No la creyeran. No les creyeron.

Los apóstoles reciben este duro reproche: «se apareció Jesús a los once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado».

Esto es lo más importante de este relato: la incredulidad de los apóstoles. Debemos agradecer que tuvieran el corazón tan duro para aceptar lo que les decían los demás y lo que estaban viendo sus ojos. Porque nuestra fe se apoya en la fe de los apóstoles, no en la fe de los discípulos de Emaús ni en la fe de la Magdalena.

Y no hay nada en la Sagrada Escritura capaz de hacernos suponer que los apóstoles esperaran una Resurrección. Ni siquiera creían que Jesús era Dios. Los apóstoles no tuvieron fe durante la vida terrena de Jesús. Ni siquiera durmiendo el subconsciente de los apóstoles hubiera podido crear la imagen de un Dios hecho hombre que muere, resucita y se lleva tan campantemente su cuerpo al cielo.

Al contrario, bien despiertos, se resistieron siempre a aceptar esta idea y ni siquiera se rindieron ante la evidencia. Porque aunque sus ojos lo estaban contemplando creían que se trataba de un fantasma.

Las ilusiones de aquellos hombres se enterraron con Cristo en el sepulcro. Pero todo cambia radicalmente. Solamente la presencia de Jesús resucitado pudo ser la causa de este milagro moral de hacer vibrar de nuevo aquellos corazones con más osadía que antes, y hacerlos capaces de dar un testimonio a favor de la realidad de un Jesús vivo, con el cual ellos han convivido después de su muerte.

Los apóstoles aparecen como incrédulos, mientras que junto a ellos, otros discípulos, hombres y mujeres, poseen la fe y la proclaman.

Y ocurre algo que no encaja perfectamente en nuestros esquemas mentales; si las mujeres y los discípulos dan muestras de más fe que los apóstoles y si Cristo reprocha a estos últimos su incredulidad y la dureza de su corazón, sin embargo, es a ellos -y no a los discípulos fieles- a quienes. Cristo confía la responsabilidad de la misión, porque el versículo siguiente a este texto del evangelio dice: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que no crea se condenará».

Los que salen a proclamar el evangelio por todo el mundo son unos individuos doblemente culpables. Culpables de haber abandonado al Maestro en la Pasión y culpables de incredulidad después de su resurrección.

Precisamente a estos discípulos que han fracasado estrepitosamente en estas dos pruebas decisivas, es a quienes se ordena: Id por todo el mundo hablando de mí. Difícilmente puede expresarse mejor la realidad del que predica el evangelio: es el hombre que lleva un mensaje que no le pertenece, que no es fruto de su propio terreno, y además está siempre sostenido por la fuerza de Otro; si deja de apoyarse en esa fuerza vuelve otra vez a su traición y a su incredulidad, que es la cosecha de su propio corazón. Por eso tiene que proclamar el evangelio; no por ser el mejor o el más inteligente; sino por ser un pecador que ha obtenido el perdón; por ser un incrédulo que ha sido liberado de su incredulidad.

Domingo de Resurrección

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

1. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro. Vemos en sus palabras cómo describe la actividad de Jesús siguiendo el esquema que hallamos en el evangelio de Mc, subrayando que la cosa comenzó en Galilea. Destaca igualmente los rasgos característicos del segundo evangelio: Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, pasa haciendo bien, esto es, curando a los enfermos y liberando a los oprimidos por el diablo. Sabemos que Mc recogió en su evangelio la catequesis de Pedro. Así lo atestigua, ya en el año 130, Papías de Hierápolis. Pedro está convencido de lo que dice. No habla de lo que le han contado, sino de lo que él mismo ha visto con sus propios ojos.

Pero él no es el único testigo; Pedro habla solidariamente con todos los apóstoles: «Nosotros somos testigos…» En sentido estricto, «apóstol», es el testigo cualificado, elegido por Dios para proclamar que Jesús de Nazaret, el mismo que fue crucificado en Jerusalén, es ahora el Señor que ha resucitado. Por eso, únicamente puede ser «apóstol» un hombre que haya conocido a Jesús, que haya vivido con él a partir del bautismo en el Jordán y hasta su ascensión a los cielos: cuando los apóstoles buscaron un sustituto que ocupara en el Colegio de los Doce el lugar del traidor, lo eligieron entre aquellos que conocieron a Jesús personalmente (Hch 1. 21-26). El testimonio de los apóstoles puede resumirse en estas palabras: Jesús es el Cristo, el Señor.

Hay, pues, una identidad entre el Cristo predicado y el Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la fe cristiana. Jesús es el Señor, el juez de los vivos y muertos; pero es también el rostro humano del amor de Dios: en él se ha manifestado que Dios nos ama y nos perdona. Pedro invoca el testimonio unánime de los profetas para anunciarnos la gran noticia: que todos sin distinción alguna, podemos recibir el perdón de Dios si creemos que Jesús es el Señor. El evangelio es el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús y, en consecuencia, el anuncio del perdón de Dios a todos los que creen en el nombre de Jesús. El evangelio es siempre evangelio de reconciliación.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 117,1-2. 16ab-17. 22-23

R/. Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo
. [o, Aleluya]

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.

3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,1-4.

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

La resurrección no es sólo lo que sucedió una vez en Cristo, sino lo que ha de suceder en nosotros por Cristo y en Cristo. Más aún: en cierto sentido, es lo que ya ha sucedido por el bautismo. Ha sucedido radicalmente, en la raíz, pero ha de manifestarse aún en sus consecuencias, en los frutos.  Porque ya ha sucedido en nosotros, es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el «ya» y el «todavía-no».

Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir. Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y nuestra elección no puede ser otra que «los bienes de arriba». Lo cual no significa que el cristiano se desentienda de los «bienes de la tierra», si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los «bienes de arriba», es decir, lo que esperamos, es también la transformación por el amor del mundo en que habitamos.

Lo que ha sucedido visiblemente, es decir, en la expresividad del símbolo bautismal, y en la interioridad del espíritu, no ha cambiado aparentemente la vida de los bautizados, pues la auténtica vida está escondida con Cristo en Dios. Cristo, ascendido al cielo, es «nuestra vida» (sólo participando de la manera de ser de Cristo resucitado, podemos vivir de verdad). Cuando Cristo aparezca, se mostrará en él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya radicalmente, misteriosamente. Entonces aparecerá la gloria de los hijos de Dios y la nueva tierra. Mientras tanto, la creación entera está ya en dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios ( (Rm 8,19-22). Buscar las cosas de arriba es también llevar a plenitud las cosas de abajo.

4. Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo: pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

«El había de resucitar de entre los muertos» También en los relatos pascuales el evangelio de Juan presenta notables diferencias respecto a los evangelios sinópticos, si bien es probable que parta de tradiciones comunes, que, no obstante, han pasado por la criba de la teología propia del círculo juánico. En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo. La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota un cierto tira y afloja: «El otro discípulo» llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien «ve y cree». Seguramente que «el otro discípulo» es «aquel que Jesús amaba», que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte.

Quinto domingo de cuaresma – Ciclo A

Domingo quinto de cuaresma Ciclo A

1. Introducción

Vivimos en una cultura que ha hecho de la muerte un espectáculo y un negocio. Los medios de comunicación social llevan cada día hasta nuestro cuarto de estar el cúmulo de atentados y crímenes de la vida real; cuando acaba esta crónica de sucesos una amplia oferta de obras de ficción salpicadas de muerte por violencia humana está esperando para llenar nuestro tiempo de ocio. La industria de la guerra goza de buena salud; los guiones de violencia tienen demanda. Y, sin embargo, escondemos y rehuimos el canto directo con la muerte y sólo cuando nos roza en algún familiar o amigo guardamos silencio y experimentamos su misterio.

En domingos anteriores Jesús se os ha presentado como la mejor respuesta para el hombre herido por la sed, la insatisfacción y la ceguera. Él, en persona, es el agua que sacia nuestros deseos más profundos y la luz que ilumina nuestras noches.

Ante la herida de la muerte y de la vida, hoy nos dirá Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?”. Su palabra no es afirmación dicha al aire, sino Palabra hecha vida.

1. Iniciemos orando:

Te damos gracias, Padre, por Jesús “El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del Sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”

2. Lectura del Profeta Ezequiel 37,12-14.

Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis;
os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

El texto de hoy se sitúa inmediatamente después de la grandiosa visión de los huesos secos. Esparcidos en un valle, ellos vuelven a recibir carne y espíritu. Esta visión no se refiere a la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, esta idea era desconocida en los tiempos del profeta Ezequiel, sino la resurrección del pueblo. Se describe un pueblo deprimido y sin esperanza: “Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra carne, todo se ha acabado para nosotros”. Este pueblo abatido después de la deportación a Babilonia, es llamado levantarse y regresar para tomar posesión de su tierra: “Os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel… Infundiré mis espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo…”. El pueblo podrá constatar que Dios no los abandona: “Y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago”. Con Ezequiel se comprende que lo que Dios puede hacer por una nación también lo puede hacer por cada individuo. El puede “abrir los sepulcros”. No es un Dios de muertos, sino de vivos.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 129,1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8

R/. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz:
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

El Salmo 129 insiste en el perdón ofrecido por Dios. El grito hacia Dios parte “desde lo más profundo”. La palabra evoca el abismo, tal como lo expresa el pobre Jonás: “Desde el seno del Sheol grité, y tú oíste mi voz… Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar” (Jonás 2,3-4). El salmista está triste por sus propias faltas. Sus pecados lo han llevado lejos de Dios. Pero él no ha perdido su fe y aún tiene suficiente fuerza para gritar hacia Dios.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8,8-11.

Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

¡Qué camino el que se recorrió después de Ezequiel! La resurrección de Jesús lo transformó todo. Las menciones del Espíritu dominan este texto: El Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Espíritu que es vida, El espíritu que habita en los cristianos, el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús. La vida cristiana es vida en el Espíritu. Es una fuerza de vida que se opone a la debilidad humana que Pablo expresa en la palabra “carne”. En dos menciones, Pablo habla de la inhabitación del Espíritu en los cristianos. En la fe cristiana, la vida en el Espíritu y la habitación del Espíritu no terminan con la muerte. La resurrección de Jesús funda la esperanza en la resurrección de los muertos. Es importante subrayar la riqueza de esta visión de la vida cristiana, que es una vida espiritual en el sentido fuerte del término.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 11,1-45.

En aquel tiempo [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).] Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? Jesús contestó: ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: Lázaro, nuestro amigo; está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará. Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros, y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos , a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: Quitad la losa. Marta; la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

El camino de fe en la Resurrección consiste en una iniciación progresiva a la fe en Jesús, él único que tiene poder sobre la muerte y es Señor de la Vida. Veamos las cinco etapas del itinerario de fe siguiendo el ritmo de sus escenas para que descubramos la pedagogía de este encuentro con Jesús:

1. Primera etapa: Jesús recibe la noticia de la enfermedad de su amigo (11,1-6).

El relato comienza situándonos: se ha enfermado Lázaro, quien es hermano de Marta y María, amigo de Jesús que vive en Betania. La amistad y el cariño son característicos de los encuentros de Jesús: su misión no es tanto ganar adeptos que comulguen con sus ideas, para Jesús cuenta mucho la relación personal con cada uno. En Jesús cada hombre está llamado a experimentar la solicitud cordial y personal de Dios; y es al interior de esta relación personal con Él que se realiza la salvación. Pues bien, las hermanas ponen a Jesús al tanto de la situación del amigo: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo”. Esta evocación de la amistad con Jesús no sólo nos ayuda a visualizar un trazo importante de las relaciones de Jesús, en torno a las cuales se teje el discipulado, sino que es también una clave fundamental para comprender el relato: desde dónde y para qué obra Jesús la salvación del hombre.

2. Segunda etapa: Jesús prepara a sus discípulos para el signo que está a punto de realizar (11,7-16).

Esta segunda etapa está enmarcada por la propuesta de Jesús a sus discípulos, “Volvamos de nuevo a Judea”, y por la respuesta de Tomás en nombre de todos “Vayamos también nosotros a morir con él”. Cuando leemos “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” encontramos dos finalidades del signo: (1) “Para la Gloria de Dios”… Es decir, para manifestar qué manera Dios es “Yo soy el que soy”, el que está presente en medio de su pueblo. Todas las acciones de poder de Jesús buscan que Dios resplandezca con su obra, que se haga visible el poder de Dios. Dios se manifiesta no en su esencia abstracta sino en su interés y su premura concreta por cada uno de los hombres de la tierra. (2) “Para que el Hijo de Dios sea glorificado”… Es decir, para que se reconozca que Jesús está en una relación estrecha (y al mismo nivel) que Dios. Las obras de Jesús enseñan quién es Jesús.

En el diálogo con sus discípulos, todavía les agrega una tercera y definitiva razón de lo que pretende con la resurrección de Lázaro: “Para que creáis”. Por lo tanto al revelarse la Gloria de Dios por medio del Hijo de Dios, Jesús espera que sus discípulos: Confirmen su fe. Comprendan qué es lo que les espera como consecuencia del creer. Con estos presupuestos Jesús invita a sus discípulos a seguirlo en Judea. Ellos irán con la conciencia clara de lo que les espera allá. La frase valiente de Tomás, “vayamos también nosotros a morir con él”, implica un gesto de confianza en Jesús. Los discípulos son testigos ante nosotros de lo que implica el seguimiento y de cómo el dar vida supone el poner en riesgo la propia vida.

3. Tercera etapa: Jesús se encuentra con las hermanas de Lázaro y con el pueblo (11,17-37).

El encuentro de Jesús con Marta (11,20-27) El encuentro con Marta se caracteriza porque: Ella toma la iniciativa. Va sola donde Jesús. Es conducida progresivamente a la fe en Jesús como Señor de la vida. El diálogo de Jesús y Marta es significativo. En el intercambio Marta va entrando, conducida por Jesús, en la experiencia de la fe: Marta comienza abriéndole su corazón a Jesús. Sus palabras manifiestan: Su fe en Jesús: “Mi hermano no habría muerto”. Su desilusión por haber llegado tarde: “Si hubieras estado aquí…” Su esperanza porque sabe que su presencia no será en vano: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Estas palabras son una reafirmación de su fe… a pesar de todo. Ante la expectativa de Marta, Jesús le anuncia: “Tu hermano resucitará”. Por sus palabras, se nota cómo en el corazón de Marta se mezclan la fe y la desilusión frente a la persona de Jesús. Pero lo más importante es que a su experiencia de fe le falta todavía un conocimiento más hondo de qué es lo que Jesús está en capacidad de ofrecerle. Por eso Marta no consigue conectar su fe en la resurrección de los muertos en el último día, “Ya sé que resucitará en la resurrección el último día”; afirmación común entre los israelitas, con la fe actual en la misma persona de Jesús. La doble convicción de Marta es la base para que Jesús le enseñe qué es lo que hay que creer. Esto es lo que hay que creer: que la resurrección proviene de la persona misma de Jesús y no de una expectativa abierta hacia un futuro incierto. Al preguntarle “¿Crees esto?” Jesús la inicia ya en la experiencia de la resurrección, porque según sus mismas palabras: “El que cree en mí…vivirá”, y este “vivir” y “creer” en Jesús es la garantía de la resurrección. Marta, entonces, llega a la fe: comprende y hace una profesión fe de altísimo nivel, dice Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. El encuentro tiene su punto culminante en la confesión de fe, es decir, en el reconocimiento de quién es Jesús para los hombres. Dice Marta: “Tú eres el Cristo”: aquel mediante el cual Dios cumple su obra de salvación por los hombres. “Tú eres el Hijo de Dios”: aquel que vive en una comunión sin comienzo y sin fin con Dios; aquel que está al mismo nivel de Dios.

3.2. El encuentro de Jesús con María (11,28-32) El encuentro de Jesús con María, por su parte, tiene las siguientes características: Jesús toma la iniciativa: él la “llama”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección. Jesús la llama: “El Maestro está ahí y te llama”. La actitud de María ante la llegada de Jesús a Betania es distinta de la de Marta: mientras Marta se pone en camino donde el Maestro, María “permanece en casa”. María permanece encerrada en su dolor, su tristeza la inmoviliza, a diferencia de su hermana no vislumbra una esperanza. Sin embargo su actitud no es del todo cerrada, ella sabe reaccionar ante la voz del maestro que la llama: “se levantó rápidamente y se fue donde él”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús: “la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar”. El pueblo que viene a consolar a las hermanas de Betania es el causante de toda la algarabía que caracteriza la escena: llantos, gritos de desesperación, profunda tristeza. Como bien señala 11,33: “también lloraban los judíos que la acompañaban”. A diferencia de Marta, María no consigue desprenderse del ambiente funerario que la rodea. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. María hace algo que no hace Marta: “cayó a sus pies”. El gesto probablemente indica reconocimiento y adoración de Jesús, pero sus palabras indican que su fe es todavía insuficiente. Sus palabras son idénticas a las de la primera parte de las palabras de Marta: hay fe pero también desilusión. Probablemente esto ha sido tema familiar y ambas hablan el mismo lenguaje. Pero María aún no se abre a la esperanza, no llega a la confesión de fe de su hermana, sigue perpleja ante la muerte. María comprenderá plenamente en la mañana de la resurrección, ocasión en la que será nuevamente llamada por su Amigo-Maestro.

3.3. Jesús y el pueblo (11,33-37) El pueblo ha estado en el trasfondo de los dos encuentros anteriores. El pueblo tiene las siguientes características: “Consuela” a las hermanas pero no transforman la situación. Observa el amor de amigo de Jesús. Critica a Jesús. El pueblo que rodea a Marta y María, viene al velorio a expresar su condolencia y a acompañar solidariamente a la familia (11,19.31). Pero su consuelo no es verdaderamente efectivo porque no consigue eliminar la causa de la tristeza, la situación continúa igual, incluso el pueblo también queda atrapado en la sin salida del dolor (11,33).

Por el contrario, Jesús es aquel que verdaderamente “consuela” porque su venida no es para dar un “sentido pésame” sino para: Vencer la muerte. Dar la vida eterna. La presencia y la intervención de Jesús cambian sustancialmente la situación de tristeza en gozo. Pero hay un momento en el que todos lloran: María, el pueblo y también Jesús. La reacción de Jesús aparece como un contagio del dolor de María y en ella podemos distinguir: La actitud interna: “se conmovió interiormente, se turbó”. La expresión externa: “se echó a llorar”. El pueblo ve, interpreta y concluye: “Mirad, cómo lo quería”. Pero lo que en un primer momento es motivo de admiración, inmediatamente se vuelve objeto de crítica: “Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?”. Se trata de la una actitud diametralmente opuesta a la de Marta, mientras ésta cree, una parte del pueblo se cierra ante Jesús. Los judíos del pasaje solamente saben ver una posible debilidad y falla en Jesús. Sin embargo, aquí hay una lección: la muerte es necesaria. La resurrección presupone la muerte –por eso Jesús se ha referido a la muerte como si fuera un sueño y, de hecho, es una victoria sobre ella. La promesa de Jesús no es precisamente la de evitar la muerte sino la de no dejar que ésta se constituya en la última palabra sobre la historia humana.

4. Cuarta etapa: Jesús realiza el signo de la resurrección de Lázaro (11,38-44).

Este es el momento en el que Jesús se coloca de cara a la muerte. Ahora demuestra que ésta no es de ninguna manera un límite para él: Jesús tiene poder sobre la muerte. Jesús está ante el sepulcro profundamente conmovido. Llaman la atención algunas características de la realización del signo: Recibe ayuda de los hombres. Responde a la objeción de Marta con un llamado al “creer”. Invoca la ayuda de Dios en la oración. Llama a Lázaro fuera del sepulcro. De nuevo pide ayuda.

Jesús se deja ayudar Al comienzo y al final, el pueblo se involucra en el signo: primero, colabora quitando la piedra del sepulcro y, luego, desatando las vendas y el sudario de Lázaro, para que éste –una vez resucitado- pueda andar. Jesús responde a la objeción de Marta Una vez que se ha descrito la tumba de Lázaro y se ha asistido al llanto de Jesús, notamos todavía un breve intercambio de palabras entre Jesús y Marta. Cuando Jesús dice “Quitad la piedra”, enseguida Marta pone una objeción: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. El cuarto día después de la sepultura es cuando, según la creencia rabínica, el cuerpo regresa definitivamente al polvo de la tierra, o sea, cuando la muerte es completa e irreversible. El signo, como la totalidad del encuentro con Jesús, se realiza como un itinerario que desemboca en el “creer”. Por eso Jesús le responde a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Sólo si se cree en Él, se abre el espacio para la realización de la obra de salvación. Creer es reconocer el vínculo estrecho que hay entre el Padre –a quien nadie ha visto (1,18)- y Jesús -quien es el narrador por excelencia del misterio y del proyecto de Dios-. Jesús ora al Padre Llama la atención enseguida la oración de Jesús. En medio de la situación de muerte Jesús deja clara cómo es su relación con Dios. El contenido de su oración es el siguiente: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado” Jesús le da gracias al Padre porque lo ha “escuchado”. Jesús tiene un corazón agradecido. “Ya sabía que tú siempre me escuchas” Jesús está seguro de su unión con el Padre y no tiene necesidad de que ésta se demuestre con un signo evidente para todo. Jesús tiene un corazón libre. “Pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” Jesús deja claro que lo que busca es que la gente crea. Jesús tiene un corazón de maestro. Jesús manda “salir” a Lázaro con el poder de su Palabra

Después de proclamarle al mundo su unidad perfecta con el Padre, Jesús pronuncia con solemnidad el imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!”. Esta es la palabra que todo creyente escucha al salir de la fuente bautismal y que le hace pasar de la antigua vida a una nueva existencia; es la palabra que todo creyente escuchará al final de esta vida: “Llega la hora en la que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán…” (5,28-29ª). De nuevo Jesús se hace ayudar Dos imperativos más se escuchan finalmente en labios de Jesús dirigidos a la gente que está viendo la escena: “Desatadlo y dejadle andar”. También ellos participan mediante un gesto de liberación de aquello que no deja a Lázaro salir de su situación de muerte (las vendas) y emprender su camino (“andar” es signo de vitalidad).

5. Quinta etapa: El pueblo reacciona ante el signo (11,45-46).

El pueblo que ha aparecido como un grupo compacto en el episodio, ahora se divide: Unos “viendo” el signo “creyeron” en Jesús. Otros fueron a delatar a Jesús ante las autoridades. De nuevo quedamos, como lectores del Evangelio, ante la encrucijada en la cual acostumbra colocarnos el Evangelio de Juan. En este punto final, el “creer” retoma los elementos más importantes de todo el itinerario: Jesús había dicho desde el principio que la enfermedad –y muerte- de Lázaro eran para la “Gloria de Dios” y la “Glorificación del Hijo”. Para el evangelio de Juan esta “glorificación” ocurrirá plenamente en la Pascua de Jesús; aquí tenemos un signo anticipatorio que se comprenderá completamente sólo en la resurrección de Jesús: en la cual no habrá vuelta atrás, la victoria sobre la muerte será total y definitiva. El juego de los equívocos y de las expresiones con doble sentido que van apareciendo a lo largo del relato pretenden llevar al lector a una comprensión más profunda de los acontecimientos, a la luz de la fe. La vida de discipulado pide siempre esta clarificación-iluminación interna. Jesús va al encuentro de la muerte, pero no sólo la de Lázaro sino también de la suya. La resurrección de Lázaro es un anuncio de la muerte de Jesús, quien para dar vida arriesga la propia. El diálogo sucesivo con las dos hermanas de Betania proporciona una luminosa revelación sobre la identidad trascendente de Jesús. Enfatizando el “Yo soy” divino (de Éxodo 3,14-15) se proclama abiertamente: “Yo soy la Resurrección”. Esta vida plena Jesús la comparte con todo el que “vive” y “cree” en Él. Él concede en calidad de “Cristo” e “Hijo de Dios”, “enviado” por el Padre al mundo para vivificarlo.

A esta revelación de Jesús se le responde con una clara e inequívoca confesión de fe, a la manera de Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres…” En su oración ante el sepulcro de Lázaro, Jesús no pide sino que manifiesta ante el mundo su unidad perfecta con el Padre. El “creer” sumergirá al creyente en esa misma comunión entre el Padre y del Hijo, por medio del Espíritu, allí donde proviene y a donde apunta toda vida. Jesús manda a Lázaro a “salir” y “ponerse en camino”. Esto mismo ha sucedido previamente con las dos hermanas de Betania: cada una de ellas, a su manera, ha salido y ha vivido previamente su resurrección en la fe: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. La resurrección de Lázaro en realidad es la conclusión del proceso de resurrección en la confesión de bautismal que han vivido sus hermanas. En fin… Ahora le toca el turno al lector del evangelio. Sobre los presupuestos establecidos en la página evangélica cada uno está invitado a dar un paso hacia delante en su vida como discípulo del Señor abriéndose al encuentro vivo con Jesús resucitado, quien hoy, como ayer, sigue viniendo a nuestro encuentro pascual y eucarísticamente con el don de la vida: su misma vida.

6. Oración final:

Dígnate, Señor, venir a mi tumba y lavarme con tus lágrimas: en mis ojos áridos no tengo tantas para lavar mis culpas. Si lloras por mí, me salvaré. Si soy digno de tus lágrimas, desaparecerá el hedor de mis pecados. Si merezco que llores un momento por mí, me llamarás de la tumba de mis pecados y dirás “Ven fuera”, para que mis pensamientos no queden encerrados en el estrecho espacio de esta carne, sino que salgan al encuentro de Cristo para vivir en la luz; para que no piense en las obras de las tinieblas, sino en las del día: el que piensa en el pecado trata de encerrarse en si mismo. Seño; llama a tu siervo que salga afuera: a pesar de las ataduras de mis pecados que me oprimen, con los pies vendados y las manos atadas, y aunque esté sepultado en mis pensamientos y obras muertas, a tu grito saldré libre y me convertiré en un comensal de tu banquete. Tu casa se inundará de perfume si conservas lo que te has dignado redimir. Amén. (San Ambrosio, La penitencia, KK,71).

Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo cuarto de Cuaresma ciclo A

Un ciego encuentra la luz. Los ojos se abren conviviendo con Jesús Juan 9,1-41

Este es el domingo de la “Luz”, pero también de la “Alegría”. En la bella tradición de la liturgia cristiana a este domingo se le llama “laetare”, expresión latina que invita a la alegría, una pausa refrescante en arduo camino en el desierto cuaresmal. Con la mirada cada vez más fija en la Cruz gloriosa, en la cual fue entronizada la Luz que da la vida verdadera, bautizados y catecúmenos continúan su “caminar” cuaresmal: memoria del bautismo para los bautizados, preparación para el bautismo por parte de los catecúmenos (SC 109).

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura del primer libro de Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.» Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.» Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: « ¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.» Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Saúl no fue un buen rey. Dios lo destituyó para escoger uno mejor: David. Escrito mucho tiempo después de los acontecimientos, este pasaje del libro de Samuel es una meditación sobre Dios, el Buen Pastor. Es Él el verdadero guía de su pueblo. El rey es su lugarteniente. La elección de Dios recae sobre un pequeño pastor de Belén. No es el más grande, no es el más fuerte de los hijos de Jesé. Es el último, el más joven, aquel que normalmente no debería ser escogido. Pero la elección de Dios no es la de los hombres. Dios no mira la apariencia, sino el corazón. Dios ve el corazón y en él derrama su Espíritu (1 Samuel 16,13). En el lenguaje bíblico, el corazón es la sede la voluntad y del coraje. A David no le falta coraje, el resto del libro lo va a demostrar. El destaque que se hace de la belleza de David no es anecdótico. Según la ideología real de la época, el rey es necesariamente bello. Su belleza es el signo de que Dios lo predestinó para asumir el trono. Y aún cuando no fuera así, el texto bíblico se encargará de embellecerlo. Dios invita al profeta a darle al pequeño pastor de Belén la unción real. Le da al futuro rey algo de sí mismo: su Espíritu. Los Padres de la Iglesia ven en este texto un anuncio de Cristo. Aquél que será el Rey-Mesías, el verdadero pastor de su pueblo. Sobre Él reposará en plenitud el Espíritu de Dios.

3. SALMO RESPONSORIAL

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guia por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitare en la casa del Señor
por años sin término. R.

Este Salmo tiene todas las cualidades comprimidas a la máxima brevedad, lo cual facilita la lectura integral. Las tres primeras estrofas desarrollan imágenes pastorales: hierba fresca, agua, camino. El bastón en la mano, el pastor defiende y guía a su rebaño. Este buen pastor es Dios. Para nosotros los cristianos, toma el rostro de Jesús: “Yo soy el buen pastor. Yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Yo doy mi vida por las ovejas” (Juan 10,14-15). Él es un buen pastor sobre los caminos de esta vida, pero también para dirigirnos más allá de “los valles de muerte”. Las dos últimas estrofas desarrollan la idea del anfitrión que recibe a su invitado al banquete. Según los ritos de acogida oriental, el anfitrión le ofrece a su amigo una unción de perfume y una copa rebosante de vino. En esta mesa, así como en los prados de hierba fresca, no hay espacio para el miedo. El enemigo es puesto en su lugar. En la última estrofa, el pastor y el amigo le ceden su espacio a otros dos guías que se llaman “bondad” y “gracia” en hebreo: el amor, la ternura. El salmista se deja guiar hacia el Templo, casa del Señor, donde desea habitar para siempre. Al orar esta estrofa, un cristiano desea habitar para siempre en la casa del Padre. Le da un sentido pleno al agua y a la mesa acogedora, viendo allí los signos sacramentales. Por el Bautismo, Cristo, el Buen Pastor, hace revivir a los hombres todos estos dones. Por su copa desbordante, los nutre y le da un anticipo de la cena festiva a la cual los convida en la casa del Padre.

4. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tu que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

El bautismo ha creado una situación nueva en el cristiano, quien, en el Señor, se ha convertido en luz. La expresión de Pablo es muy fuerte: ser “hijo de la luz” es una forma técnica de referirse a la divinización. Este estado nuevo se opone a la situación anterior marcada por las tinieblas. La oposición entre la luz y las tinieblas está presente en el contexto religioso del primer siglo de nuestra era. Pero si se vive un nuevo estado de vida, entonces se espera una conducta nueva. La oposición se prolonga: la luz produce fruto, las tinieblas no producen nada bueno. Este nuevo actuar supone el discernimiento. Es el término técnico “discernir” que se traduce por “saber reconocer”. Un fragmento litúrgico, parece ser un himno, parece estar por detrás del texto. El verbo que se traduce como “iluminará” –único caso en todo el nuevo testamento- significa “brillar, alumbrar” y ase aplica ante todo a los astros. De la misma forma debe ser un cristiano. Esta luz viene de Cristo.

5. Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es el, pero se le parece.» El respondía: «Soy yo.» Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» El contesto: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contesto: «No sé.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él los contestó: «Me puso barro en los ojos, me lave, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.» Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo que nació ciego; pero como ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quien le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: «¿Que te hizo, como te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para que queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.» Replicó el: -«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es.» Él dijo: «Crea, Señor.» Y se postro ante él. Jesús añadió: «Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con el oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

Meditando la historia de la curación del ciego, es bueno recordar el contexto de las comunidades cristianas en Asia Menor hacia finales del siglo primero, para las cuáles fue escrito el Evangelio de Juan y que se identificaban con el ciego y con su curación. Ellas mismas, a causa de una visión legalista de la ley de Dios, eran ciegas de nacimiento. Pero, como sucedió para el ciego, también ellas consiguieron ver la presencia de Dios en la persona de Jesús de Nazaret y se convirtieron. ¡Fue un proceso doloroso! En la descripción de las etapas y de los conflictos de la curación del ciego, el autor del Cuarto Evangelio evoca el recorrido espiritual de la comunidades, desde la obscuridad hasta la plena luz de la fe iluminada por Cristo

Juan 9, 1-5: La ceguera ante el mal que exite en el mundo Viendo al ciego los discípulos preguntan: “Rabbí ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” En aquella época, un defecto físico o una enfermedad era considerada un castigo de Dios. Asociar los defectos físicos al pecado era un modo con el cual los sacerdotes de la Antigua Alianza mantenían su poder sobre la conciencia del pueblo. Jesús ayuda a corregir sus ideas: “Ni él pecó ni sus padres, es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Obras de Dios o lo que es lo mismo Signos de Dios. Por tanto, lo que era en aquella época signo de ausencia de Dios, será signo de su presencia luminosa en medio de nosotros. Jesús dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”. El Día de los signos comienza a manifestarse cuando Jesús, “el tercer día” (Jn 2,1), realiza “el primer signo” en Caná (Jn 2,11). Pero el Día está por terminar. La noche está por llegar, porque estamos ya en el “séptimo día”, el sábado, y la curación del ciego es el sexto signo (Jn 9,14). La Noche es la muerte de Jesús. El séptimo signo será la victoria sobre la muerte en la resurrección de Lázaro (Jn 11). En el evangelio de Juan hay sólo siete signos, milagros, que anuncian el gran signo que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Juan 9,6-7. El signo de “Enviado de Jesús” que produce diversas reacciones Jesús escupe en la tierra, hace fango con la saliva, unta el fango sobre los ojos del ciego y le pide que se lave en la piscina de Siloé. El hombre va y vuelve curado. ¡Este es el signo! Juan comenta diciendo que Siloé significa enviado. Jesús es el Enviado del Padre que realiza las obras de Dios, los signos del Padre. El signo de este “envío” es que el ciego comienza a ver.

Juan 9,8-13: La primera reacción: la de los vecinos El ciego es muy conocido. Los vecinos quedan dudosos: “¿Será ciertamente él? Y se preguntan: ¿Cómo, pues, se le han abierto los ojos? Aquel, que primero era ciego, atestigua: “Ese Hombre que se llama Jesús me ha abierto los ojos”. El fundamento de la fe en Jesús es aceptar que Él es un ser humano como nosotros. Los vecinos se preguntan: “¿Dónde está?” – “No lo sé”. Ellos no quedan satisfechos con la respuesta del ciego, y para aclarar el asunto, llevan al hombre ante los fariseos, las autoridades religiosas.

Juan 9, 14-17: La segunda reacción: la de los fariseos Aquel día era un sábado y el día de sábado estaba prohibido curar. Interrogado por los fariseos, el hombre vuelve de nuevo a contarlo todo. Algunos fariseos, ciegos en su observancia por la ley, comentan: “¡Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado!”. Y no estaban dispuestos a admitir que Jesús pudiese ser un signo de Dios, porque curaba al ciego en sábado. Pero otros fariseos, interpelados por el signo, responden: “¿Cómo puede un pecador realizar semejantes signos?” ¡Y había disensión entre ellos! Y preguntaron al ciego: “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” Y él ofrece su testimonio: “¡Es un Profeta!”

Juan 9, 18-23: La tercera reacción: la de los padres Los fariseos, llamados ahora judíos, no creían que hubiese sido ciego. Pensaban que se tratase de un engaño. Por esto mandaron llamar a los padres y le preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo de quien vosotros decís que nació ciego?¿Cómo, pues, ve ahora?” Con mucha cautela los padres respondieron: “Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero, cómo ve ahora, no lo sabemos, ni quien le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. ¡Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo!”. La ceguera de los fariseos ante la evidencia de la curación produce temor en la gente. Y aquél que confesaba tener fe en Cristo Mesías era expulsado de la sinagoga. La conversación con los padres del ciego revela la verdad, pero las autoridades religiosas se niegan a aceptarla. Su ceguera es mayor que la evidencia de los hechos. Ellos, que tanto insistían en la observancia de la ley, ahora no quieren aceptar la ley que declara válido el testimonio de dos personas (Jn 8,17).

Juan 9, 24-34: La sentencia final de los fariseos con respecto a Jesús Llaman de nuevo al ciego y le dicen: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. En este caso: “dar gloria a Dios” significaba: “¡Pide perdón por la mentira que hace poco has dicho!”. El ciego había dicho: “¡Es un Profeta!” Según los fariseos debiera haber dicho: “¡Es un pecador!” Pero el ciego es inteligente. Y responde: «Si es un pecador no lo sé. Sólo sé una cosa; que yo antes era ciego y ahora veo!» ¡Contra este hecho no hay argumentos! De nuevo los fariseos preguntan: “¿Qué hizo

contigo?¿Cómo te abrió los ojos?” El ciego responde con ironía: “Os lo he dicho ya. ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos?” Entonces le insultaron y le dijeron: “Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es”. Con fina ironía, de nuevo el ciego responde: “Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos”. “Si ése no fuese de Dios, no podría hacer nada”. Ante la ceguera de los fariseos, crece en el ciego la luz de la fe. Él no acepta el razonamiento de los fariseos y confiesa que Jesús viene del Padre. Esta profesión de fe le causa la expulsión de la sinagoga. Lo mismo sucedía en las comunidades cristianas de finales del primer siglo. Aquél que profesaba la fe en Jesús debía romper cualquier lazo de unión familiar y comunitario. Así sucede hoy también: aquél o aquélla que decide ser fiel a Cristo corre el peligro de ser excluido.

Juan 9,35-38: La conducta de fe del ciego delante de Jesús Jesús no abandona a áquel que es perseguido por su causa. Cuando se entera de que lo han expulsado, se encuentra con el hombre, lo ayuda a dar otro paso, invitándolo a asumir su fe y le pregunta: “¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” Y él le responde: ¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él? Jesús le dice: “Tú lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. El ciego exclama: “¡Creo, Señor!” Y se postró ante él. La conducta de fe del ciego delante de Jesús es de absoluta confianza y total aceptación. Acepta todo de parte de Jesús. Y es ésta la fe que sustentaba a las comunidades cristianas del Asia Menor hacia finales del siglo primero, y que nos sostiene hasta hoy.

Juan 9,39-41: Una reflexión final El ciego que no veía, acaba viendo mejor que los fariseos. Las comunidades del Asia Menor que antes eran ciegas, descubren la luz. Los fariseos que pensaban ver correctamente, son más ciegos que el ciego de nacimiento. Encerrados en la vieja observancia, mienten cuando dicen que ven. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!

6. Oración final

Tú, Señor, que nos abres los ojos para que descubramos la hermosura de la creación y la grandeza de tu amor, ayúdanos a colaborar contigo para que todas las personas puedan alegrarse en su vida al ver tu luz. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén

Tercer domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo tercero de Cuaresma ciclo A

1. Introducción

Lo que Jesús realizó con la samaritana, continúa haciéndolo con los catecúmenos y los fieles, con la Iglesia, actualizando en cada celebración el misterio de su pascua para nosotros. Que su acción sea tan eficaz en nosotros como lo fue en el corazón de la samaritana. Es el fruto de la Eucaristía, prenda desde ahora del misterio celestial (postcomunión).

2. Lectura del libro del Exodo 17,3-7.

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Clamó Moisés al Señor y dijo: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. Respondió el Señor a Moisés: Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

”¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” (v. 7). O como decíamos el domingo pasado: ¿y si todo fuera una mera ilusión? Lo que era sólo una insinuada duda en el relato de Abrahan, aquí es una pregunta abiertamente formulada por el pueblo que camina hacia la tierra prometida, hacia la salvación. Una diferencia patente salta a la vista entre los dos relatos: Abrahan se fía a pesar de que la promesa es solamente una realidad futura, mientras que el pueblo de Israel duda y eso tras experimentar la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. Así la confianza del pueblo en el Señor es de muchos menos quilates que la de Abrahan.

La estructura del texto es muy sencilla: ante la dificultad, la falta de agua (v.1), el pueblo protesta contra Moisés y contra Dios (v. 2) tergiversando así el sentido de la salida de Egipto (v. 3). Moisés suplica (v. 4) y Dios ordena golpear la roca del Horeb (vv. 5-6); Moisés ejecuta lo ordenado y da nombre al lugar (v. 7). Un texto paralelo puede leerse en Nm 20. 1-13. En el duro caminar del pueblo hacia la liberación como en todo caminar humano siempre surgen dificultades. Es lo más normal, ya que la liberación es un bien, pero difícil de alcanzar, por eso la dificultad y el riesgo son sus eternos acompañantes. La historia de la humanidad contemporánea, en su lucha por obtener la libertad, es un buen testigo de esta afirmación.

La actitud correcta del pueblo ante el riesgo y el peligro debería ser el tratar de superarlos, pero no ocurre así, sino que se dedica a hacer lo más fácil: protestar. La queja es el elemento constante en todos estos versículos: “murmuran” (v. 3), “riñe” con Moisés y “tienta” al Señor. Con murmuración y protesta se abre y se cierra el relato, de ahí el nombre dado al lugar: “Meribá”=riña, altercado o querella, y “Massa”=tentación (v. 7). Israel tergiversa su salida al interpretar su liberación como una salida hacia la muerte. Es la ofuscación del pueblo ante el peligro. Moisés, agente de la liberación, es el que sale peor parado: “poco falta para que me apedreen” (v. 4). Moisés es el auténtico líder que comparte con el pueblo las dificultades y tiene que soportar, además, sus quejas. Por eso a veces se queja de que el pueblo le trate mal, pero siempre acaba intercediendo por él (v. 4). El pueblo tienta a Dios desafiándole a que dé pruebas (signo evidente de su inmadurez en la fe). Aquí tentar a Dios es dudar de él, no fiarse a pesar de las pruebas que les ha ido dando hasta entonces. ¡Han experimentado en su carne la liberación de la opresión y ahora van diciendo que Dios los ha sacado para morir en el desierto! Reflexiones.

”¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” A la duda del pueblo responde, con su presencia, Dios haciendo eficaz la acción de Moisés. De la roca de Horeb mana un agua corriente y viva que calma la sed y es presencia salvadora (v. 6). Según la interpretación rabínica, la roca acompañó a Israel en su peregrinar por el desierto. Pablo nos dirá que esta roca es Jesús (1 Co 10. 4), presencia de Dios salvadora, fuente de agua cristalina que calma la sed de todo hombre (Jn 4. 13ss; 7. 37ss;Ap 7. 17; 21. 6; 22. 17…). Y los cristianos muchas veces tentamos al Señor abandonando la fuente de agua viva y cavándonos en su lugar aljibes agrietados incapaces de retener el agua (Jr 2. 13; 17. 13…). La murmuración y la queja son los eternos acompañantes de toda liberación. ¡Eterno sino de una humanidad que siempre se revuelve como una víbora cuando se le ofrece el don de la libertad! ¡Amamos más la seguridad con esclavitud que la libertad con riesgo! -Moisés, líder, es el que sale peor parado, ya que debe compartir las dificultades del pueblo y cargar con sus quejas. Nuestros líderes políticos y religiosos cargan con nuestras quejas, ¿pero comparten también nuestras angustias? Dicen que se aprietan el cinturón subiéndose el sueldo en un cinco por ciento, que cobran menos que sus colegas europeos, que… ¡Pobre pueblo!

El Salmo que cataremos este domingo, tiene su origen en la liturgia del Templo, es una invitación a penetrar en el Santuario para gritar de alegría. Describe también tanto los gestos litúrgicos (entrar, inclinarse, postrarse) como las diferentes actitudes del creyente (gritos de alegría, aclamaciones, acción de gracias, adoración y escucha de la Palabra del Señor). El salmista invoca al Dios de la Alianza, el Dios salvador, que está presente en la historia de su pueblo. Hace alusión al texto del libro del Éxodo que acabamos de leer en la primera lectura. Dios llamado “Roca” (la “Roca de nuestra salvación”, v.1b). La imagen evoca la fuerza y la solidez de Dios. Su amor es inquebrantable, así como la roca que ha debido romper el pueblo durante su travesía por el desierto y que lo ha salvado de la muerte. Dios es la salvación de aquellos que ponen su confianza en Él. El pueblo, por el contrario, es voluble, no es un modelo de gratitud hacia aquél que lo ha salvado tampoco modelo de fidelidad. Durante toda la travesía del desierto, lo mismo que sucedió en Masá y en Meribá, el pueblo sigue poniendo resistencia a Dios y a Moisés. Y por tanto, ha visto también las reacciones airadas de Dios. El Salmista dice que no hay que imitar el mal ejemplo del pueblo: “No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá” (v.8).

3. SALMO RESPONSORIAL Sal 94,1-2. 6-7. 8.9

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

Venid , aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
vitoreándolo al son de instrumentos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Massá en el desierto,
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad. apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

a) La primera afirmación de Pablo es la de nuestra justificación mediante la fe (v. 1). Pero habla como de un hecho ya pasado cuya realidad sigue dejándose sentir. En la primera parte de su carta, Pablo presentaba la idea de justificación en el centro de su pensamiento y veía en ella el acto de Dios más decisivo para la suerte de la humanidad. Con el v. 1, el apóstol ha pasado de una exposición intemporal sobre la justificación (sus principios: Rom. 3, 21-26; su universalidad: Rom. 3, 27-4, 25) a la afirmación concreta de su realización presente en nosotros desde Cristo.

b) Entre los frutos actuales de la justificación adquirida por Cristo, Pablo menciona la paz y la gracia (v. 2a).

La paz sucede al estado de enemistad en la que pagano y judío estaban sumergidos antes de Cristo; la gracia es la correspondencia de la cólera divina (Rom. 1, 18-3, 20); la gracia hace que vivan en la amistad de Dios quienes habían estado apartados.

La paz entre judíos y paganos es uno de los temas centrales de la carta a los romanos. Todo lleva incluso a creer que Roma tenía en aquel entonces dos Iglesias distintas: una, la judeo-cristiana, compuesta por antiguos judíos que habían huido de la persecución; la otra, de origen griego o romano.Estas dos Iglesias debieron tener una vida totalmente separada (la carta a los romanos es además la única que no se dirige a la “Iglesia de Roma”). De esta forma, la finalidad de la carta aparecía claramente: Pablo quiere que las dos Iglesias no sean más que una y que judíos y paganos se den cuenta de que son tan pecadores los unos como los otros (cap. 1-4) y por tanto gratuitamente reconciliados con Dios por Cristo (cap. 5 y sgs.); por tanto, no deben esperar ya la mutua paz del justo, sino que deben vivirla inmediatamente.

c) Pero el goce de los bienes presentes acarreado por la justificación queda, a su vez, superado por la esperanza. Leyendo el v. 8 podría incluso creerse que la fe es superada por la esperanza, porque el apóstol mantiene sobre todo la tensión escatológica de la fe y la justificación. La fe, acto de Dios, es en nosotros certidumbre de la gloria.

d) Sin embargo, esta esperanza de gloria pone muy de relieve la distancia que separa todavía al cristiano en el mundo y la gloria cuya manifestación espera. Los judíos expresan fácilmente esta distancia entre el presente y el futuro hablando de tribulaciones y de las persecuciones que serán la nota característica del paso de un estado a otro. Tras este tema se oculta la dolorosa depuración que produce siempre la trascendencia. La prueba experimenta. Da aquí abajo, cuando se vive de un alto ideal, pone primero en juego la existencia misma de la fe en ese ideal: la virtud de constancia la mantiene en actividad (v.

3). Pero el tiempo y su extensión están expuestos a poner a prueba la solidez de la fe: la “virtud sometida a prueba” viene en apoyo de la esperanza para ayudarla a mantenerse firme a pesar y por encima de todo (v. 4). Pero ¿qué pueden unas simples virtudes como la constancia y la solidez si el Espíritu mismo de Dios no le sitúa dentro de unas relaciones personales indisolubles con el Padre? (v. 5). Así, pues, la fe y la esperanza se alimentan mutuamente de la caridad que vive en nosotros (1 Cor. 13, 7-13).

Los cristianos de Roma están divididos en dos iglesias que no llegan a hacer las paces entra sí. Sin duda, cada cual tomó su propio partido remitiendo esta paz a las calendas griegas cuando Dios conceda al hombre su justicia. Pablo reacciona contra esta mentalidad aún demasiado judía; la justicia de Dios ya ha sido dada y por tanto la paz debe ser ya buscada y vivida porque es el fruto de la mutua conciencia de nuestra justificación en Jesús. Pero los cristianos de Roma no están muertos. También nosotros dejamos para las calendas griegas la reconciliación que nos cuesta conseguir de inmediato. Por ejemplo, rezaremos por la unidad entre los cristianos olvidándonos de que la unidad ya nos ha sido dada y de que de lo que se trata es de realizarla sin dejarla para una fecha lejana y sin convertirla, exclusivamente en un don de Dios. La paz en los hogares y entre las naciones debe ser buscada y realizada con el mismo espíritu: la esperanza no puede hacernos prescindir del presente.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42:

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. [El le dice: Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dice: ] Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo. [En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: Maestro, come. El les dijo: Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis. Los discípulos comentaban entre ellos: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y. contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

1a.-vv. 5-6.Son la composición de lugar. Todas las indicaciones están en función de lo que vendrá después. Todas son importantes, pero su razón de ser no la percibimos hasta más adelante. Basta por ahora visualizarlas: Samaría, pozo de Jacob, cansancio, sentado, sobre mediodía.

2a.-vv. 7-26. Jesús y la mujer a solas. No tienen más conocimiento inicial el uno del otro que el de su origen judío y samaritano respectivamente. Un conocimiento que en vez de unirlos los separa y enfrenta. Desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total. Expresión de esta escisión: templos diferentes, recensiones diferentes de la Torá o cinco libros de Moisés. Podemos decir que, inicialmente al menos, no dialogan personas individualizadas sino personajes-tipo que ilustran tradiciones y concepciones diferentes y enfrentadas.

Pero ambas tienen una necesidad común, cuyo símbolo es el agua. Desde el primer momento Jesús cuestiona el agua samaritana y lo hace en nombre de otra agua, que sin embargo tampoco es judía. No podemos olvidar que el autor del cuarto evangelio nos ha presentado antes a Jesús cuestionando el templo judío (cf. Jn 2. 13-16) y lo va a volver a cuestionar aquí en el v. 21. En realidad, pues, el autor opera con un triángulo judío-samaritano-jesuático. El triángulo ocupa un espacio religioso, el mismo espacio religioso. Los tres ángulos apuntan a los mismos orígenes, que, pasando por los patriarcas (Jacob era uno de ellos), se remontan hasta Dios (Yavé). Pero los tres interpretan lo mismo de distinta manera.

Cada uno tiene sus símbolos. Judea, el templo de Jerusalén; Samaría, el de Garizín; Jesús, el aire (La misma palabra griega significa aire y espíritu). Frente a judíos y samaritanos, Jesús ilustra una concepción distinta de Dios. En términos del diálogo: Jesús trae el don de Dios, el agua viva que aplaca la sed. Y la aplaca porque la fuente es mejor y además se encuentra dentro del que bebe. Es el surtidor de la traducción en el v. 14. El pozo de Jacob tiene un agua contaminada: en él beben personas y animales. El agua que Jesús trae es viva, es decir, limpia y cristalina. Pero para hacerse acreedora a ella, la samaritana tiene que salir de su Torá (los cinco maridos, los cinco libros de Moisés de la recensión samaritana) y de sus otros ritos religiosos (sexto hombre: desde siempre Samaría había cultivado un sincretismo judío-pagano). Tiene que salir y venir adonde está Jesús (lo espacial, de dónde, aquí, ir, adonde, salir, juega un papel simbólico muy importante en todo el relato). Jesús es el nuevo templo. En él es posible un tipo de vida religiosa que no lo es ni en Jerusalén ni en Garizín. Una vida cuyo símbolo es la movilidad, gracilidad y libertad del aire. En términos del diálogo: una vida en “espíritu y verdad”. En vez de la vida cargada y falaz de una tradición-concepción basada en la ley y que no lleva sino al sacrificio del Cordero. Jesús, sentado junto al pozo, dialoga con la samaritana “hacia el mediodía”. A esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14. Es la hora de la matanza de los corderos a manos del personal encargado del Templo. Todo en el cuarto evangelio está orientado hacia la Pascua, hacia el Cordero glorificado en su misma muerte. “Yo soy, el que habla contigo”.

3a.-vv. 27-30.Son versos puente, cuya única función es preparar la secuencia siguiente. Es importante la salida de la gente para acudir adonde está Jesús.

4a.-vv. 31-38.Es una secuencia-comentario de la salida de la gente y de su puesta en camino para acudir adonde está Jesús.

El autor concibe las secuencias 3 y 4 desarrollándose simultáneamente. La gente saliendo de la ciudad y acudiendo adonde Jesús está son los campos dorados. Es una secuencia alegre, con la alegría de la cosecha que llega. Atrás quedan el trabajo y el cansancio del sembrador. Donde la traducción litúrgica habla de sudar, el texto original habla de cansarse.

Es el cansancio del que se ha hablado en la primera secuencia y que ahora vemos que era también un símbolo. Jesús trae agua limpia, está construyendo un nuevo templo. Es la tarea y la obra que tiene encomendada, su alimento, su razón de ser. Pero es una tarea muy ardua y fatigosa, por las resistencias religiosas de los religiosos, por el riesgo mortal al que está expuesto. “Otros se han cansado”. Se refiere al Padre y al Hijo. “Mi Padre hasta el presente sigue trabajando y yo también trabajo” (Jn 5. 17). Los discípulos son los encargados de continuar la obra siempre inacabada, porque Jerusalén y Garizín no son antisignos del pecado, sino antisignos que nunca acaban de dejar de existir.

5a.-vv. 39-42.Se cierra ahora la tercera secuencia y todo el relato. Los samaritanos llegan adonde está Jesús y le piden que se quede con ellos. El autor amplía o limita la estancia de Jesús a dos días, tal vez porque quiere que el lector sitúe el siguiente relato en el marco del tercer día, el día de la resurrección según la tradición sinóptica. De hecho el siguiente relato habla de la curación de alguien que está para morir. Se trata probablemente de un ordenamiento muy intencionado para ilustrar que el mundo de Jesús no lleva a matar sino a hacer vivir, cobrando así todo su sentido la afirmación final de los samaritanos: “sabemos que él es de verdad el salvador del mundo”.

No es fácil la lectura del texto de hoy. No lo es por su densidad narrativa y simbólica. Pero esta misma densidad le confiere riqueza y fuerza evocadora. Agua cristalina, aire puro, campos dorados, alegría del sembrador, cansancio fructífero, vida. ¡Este Dios y este mundo religioso sí que hechizan.

6. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo segundo de cuaresma ciclo A

1. Oración inicial:

¡Oh Dios!, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito, confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de la ley y los profetas y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos: concédenos, te rogamos, que escuchando siempre la palabra de tu amadísimo Hijo, seamos un día coherederos de su gloria.

2. Introducción

“Este es mi Hijo Amado, ¡Escuchadlo!”, en la transfiguración la voz del Padre revela a los discípulos que el verdadero camino hacia él es Cristo, la Palabra viviente de Dios. En Él y por Él se realiza el proyecto divino anunciado a Abraham: “En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Esta bendición y esta salvación se nos conceden por pura gracia, proclama Pablo en la segunda carta a Timoteo: “Dios nos ha salvado, no a causa de nuestros propios actos, sino a causa de su proyecto”. En este tiempo de Cuaresma entremos en este proyecto y cantemos con el salmista: “Que tu amor, Señor, sea sobre nosotros como lo esperamos de ti”.

3. Lectura del libro del Génesis 12,1-4a.

En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

Después que el domingo pasado escuchamos la narración de la creación y caída de los primeros padres, una nueva etapa comienza en la Historia de la Salvación: Abraham es llamado por Dios para dejar su tierra, su familia y salir para la tierra de la promesa. Abraham responde de forma decidida e inmediata.

Este texto ocupa un lugar importante en la Biblia. Los capítulos anteriores del libro del Génesis tratan sobre la condición humana en general y sobre la violencia inherente a ella. Dios resuelve recomenzar después del diluvio. La tierra se repuebla con Noé y sus hijos. Luego Dios emprende una historia nueva a partir de Abraham. Lo llama para hacer Alianza con Él. Este llamado es precisamente el texto de hoy.

La Alianza con Abraham, así como la Alianza con Noé, es incondicional. Dios se compromete unilateralmente con ella ofreciendo su bendición. Llama la atención que se menciona cinco veces la palabra “bendición”. Hasta el momento el libro del Génesis había registrado cinco maldiciones pronunciadas sobre la serpiente, la tierra, Caín, nuevamente la tierra y Canaán (ver Gn 3,14.17; 4,11; 5,29; 9,25). Con Abraham la historia de maldición y de desobediencia, iniciada con Adán y Eva, quienes deciden apropiarse de la divinidad, ahora toma un sentido contrario.

En el lenguaje bíblico, la bendición es una palabra fuerte que produce necesariamente su efecto. Ella está relacionada con la fecundidad. Después de la creación del mundo en seis días, Dios “bendijo” a sus creaturas a partir del quinto día, y a partir de ese momento ellas se convierten en “seres vivientes”. Bendice los peces y los pájaros diciendo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad los mares, que los pájaros se multipliquen sobre la tierra”. El sexo día, bendice a los seres humanos, pero curiosamente no bendice los animales terrestres. Esta diferencia de trato entre los animales ilustra la noción bíblica de bendición. La bendición divina produce necesariamente su efecto, es imposible ofrecer un espacio único a dos grupos rivales. Sería lanzarlos unos contra otros en una guerra sin fin. Dios bendice, por tanto, el grupo al cual invita a dominar el espacio común y a organizarlo en beneficio de todos.

En nuestro texto, la bendición está generalmente ligada a la fertilidad. Dios quiere hacer de Abraham el padre de una gran nación. Pero la bendición no es ofrecida exclusivamente a esta nación, en detrimento de los otros pueblos: “En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”.

Al final de texto se subraya la obediencia de Abraham al proyecto de Dios: “Abraham salió, como el Señor le había ordenado” (12,4). Todo lo contrario de la desobediencia de la primera pareja humana.

La Historia de la Salvación propiamente dicha comienza. Su corazón es la Alianza que Dios concluye con Abraham y su descendencia. Su culmen es la Nueva Alianza en Jesucristo, por medio de Él también la bendición –y gracias a su obediencia al Padre- se expandirá sobre toda la tierra (ver Romanos 5,19).

Abraham fue uno de los muchos grupos que emigraban, lo mismo que hoy, «buscando la vida». En ese andar luchando por la vida descubrieron el llamado de Dios a dejarlo todo y fiarse de su promesa de vida. Dios promete a Abraham que será padre de un pueblo numeroso y que tendrá una tierra, la “tierra prometida”. Es lo que anhelan sus corazones, lo que necesitan para vivir una vida humana y digna. Hoy son muchas las “minorías abrahámicas” que siguen escuchando el llamado de Dios, que les invita a buscar nuevas formas de “vida prometida” para todos los hijos de Dios.

4. SALMO RESPONSORIAL
Sal 32,4-5. 18-19. 20 y 22

R/. Que tu misericordia, Señor; venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Este Salmo es un himno a la Providencia divina. El punto de partida de la oración es la captación del inmenso amor de Dios: “Del amor de Yahvé está llena la tierra” (v.5b). La primera estrofa aclama la Palabra de Dios: “Pues recta es la Palabra de Yahvé…” (v.4ª). Esta expresión no se refiere aquí a las Santas Escrituras sino a la “Palabra” que trajo el mundo a su existencia: la “Palabra creadora”. El orante ve enseguida la relación entre lo que Dios dice y hace. Muestra la rectitud de las obras de Dios y la rectitud que espera de los seres humanos: “Él ama la justicia y el derecho” (v.5ª).

La segunda estrofa desarrolla una idea muy querida para el salmista: Dios es un guardián que vela sobre sus fieles: “Los ojos de Yahvé están puestos sobre quienes le temen, sobre los que esperan en su amor” (v.18). Dios mira el mundo atentamente, nada se le escapa. Pero no es un espía de los hombres, para ver cómo los castiga, sino que su “velar” es el propio de un padre que está atento para que nada les falte a sus hijos. El brazo de Dios interviene para proteger y hacer crecer la vida: “Para librar su alma de la muerte, y sostener su vida en la penuria” (v.19). La última estrofa describe el doble movimiento convergente que une al creyente con Dios. Hay un movimiento descendente: “sea tu amor sobre nosotros”. También un movimiento ascendente: “en ti está nuestra esperanza” (v.22).

5. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

En el contexto, Pablo le pide a Timoteo que “renueve” en él (en el sentido de “reavivar” una llama que puede apagarse) el carisma recibido por la imposición de sus manos (ver 1,6). Puesto que el texto seleccionado para la liturgia comienza en medio del párrafo, no se alcanza a percibir este contexto, pero es importante: ésa es la “fuerza de Dios” a la cual se refiere en el v.8c

A lo largo de este pasaje (que tiene carácter hímnico), Pablo exhorta a Timoteo para que sea fiel a su misión apostólica y para que enfrente con valentía las dificultades y pruebas con las cuales se va deparando a lo largo de su ministerio. El gran apoyo es la “fuerza de Dios” que llama a todos los hombres a la salvación en Cristo. Por tanto, reavivar la llama exige un volver a centrarse en Dios que salva y llama, quien realiza en Jesucristo su proyecto de amor (1,9). Este proyecto de amor ha seguido etapas: “desde toda la eternidad” hasta la “manifestación de nuestro Salvador” (1,9b-10a).

Notemos cómo el v.9 presenta la gratuidad del llamado divino a la santidad. El llamado no obedece a méritos humanos sino que proviene del mismo Dios, quien toma la iniciativa, haciendo partícipes a todos los hombres de su santidad. Luego el v.10 no remite a la revelación fundamental de esta gratuidad de Dios: Jesucristo. Pablo se refiere, por una parte, al misterio de la encarnación por medio de cual la eternidad entró en el tiempo y se manifestó a los hombres en Jesús. Pero por otra, el apóstol apunta al ministerio de la redención obrado en la muerte y resurrección de Cristo. En Él la muerte ha sido destruida y la resurrección produce frutos de vida e inmortalidad “por medio del Evangelio”. Una doble mención de “Evangelio” enmarca el himno: “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio” (1,8b) y “Cristo Jesús… ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio” (1,10b).

6. Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 17, 1-9)

17 1 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto a solas. 2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 En esto, vieron a Moisés y Elías que conversaban con Jesús. 4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, estamos muy bien aquí, si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco: escuchadle. 6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: Levantaos, no tengáis miedo. 8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

El relato de la transfiguración revela a los ojos de los discípulos el verdadero rostro de Jesús. Mateo reelabora el texto de Marcos subrayando algunos elementos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mt 17 2). Él es el Hijo del hombre que aparecerá un día revestido de gloria (Dn 10). Es la plenitud de la ley y los profetas, personificados aquí por Moisés y Elías. La voz del cielo confirma que es el Hijo amado de Dios (Is 42 1), y el profeta a quien todos deben escuchar (Dt 18 15). Esta manifestación de Jesús está relacionada con la de su bautismo (Mt 3 13-17). En ambas aparece como el siervo sufriente, cuyo destino de muerte es, en realidad, su camino hacia la resurrección (Mt 17 9).
Este relato, situado inmediatamente después del primer anuncio de la pasión, contiene también una palabra de ánimo para los discípulos, que han de seguir a Jesús por ese mismo camino de entrega y olvido de sí (Mt 16 24-28). El Señor se acerca a ellos y les dice: Levantaos, no tengáis miedo (Mt 17 7): una palabra de ánimo para reforzar su fe vacilante, puesta en crisis ante la perspectiva de la cruz.
El diálogo posterior (Mt 17 10-13) debe situarse en el contexto de la polémica que sostenían los judíos y los primeros cristianos. La tradición judía afirmaba que Elías anunciaría la llegada del Mesías, y negaban que Jesús fuera el Mesías, porque Elías no había venido. Para los cristianos Juan el bautista había encarnado el papel de Elías (véase Mt 11 14). Los judíos no sólo no le habían reconocido como tal, sino que le habían dado muerte, y lo mismo hará con Jesús. Mateo insiste al final en la comprensión de los discípulos. La fe en Jesús y la comprensión de sus palabras son los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo en este evangelio. A través de los discípulos Mateo propone a su comunidad un modelo a seguir, para que también ellos se coloquen detrás de Jesús con un corazón abierto y una fe incondicional.

La escena de la transfiguración que nos relatan los evangelios es también un símbolo de esas otras muchas experiencias de transfiguración que todos experimentamos. La vida diaria se vuelve gris, monótona, cansada, y nos deja desanimados, sin fuerzas para caminar. Pero he aquí que hay momentos especiales, con frecuencia inesperados, en que una luz prende en nuestro corazón, y los ojos mismos del corazón nos permiten ver mucho más lejos y mucho más hondo de lo que estábamos mirando hasta ese momento. La realidad es la misma, pero nos aparece transfigurada, con otra figura, mostrando su dimensión interior, esa en la que habíamos creído, pero que con el cansancio del caminar habíamos olvidado. Esas experiencias, verdaderamente místicas, nos permiten renovar nuestras energías, e incluso entusiasmarnos para continuar marchando luego, ya sin visiones, pero «como si viéramos al Invisible».

Todos necesitamos esas experiencias, como los discípulos de Jesús la necesitaron. Nosotros no podemos encontrarnos con Jesús en el Tabor de Galilea. Necesitamos buscar nuestro Tabor particular, las fuentes que nos dan fuerzas, las formas con las que nos arreglamos para lograr renovar nuestro compromiso primero, siendo la oración, sin duda, el más importante.

7. Oración: Dios Padre, Sabiduría eterna, Visión infinita, Intuición total: danos profundidad en la mirada, potencia en el corazón, luz en los ojos del alma, para que seamos capaces de transfigurar la realidad y contemplar tu gloria ya ahora, en nuestra peregrinación terrestre, por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Primer domingo de cuaresma – Ciclo A

Domingo primero de cuaresma, ciclo A

1. Introducción

La liturgia de este primer domingo de Cuaresma une la figura de Cristo con la de Adán. Somos solidarios el uno con el otro, escribe san Pablo en la carta a los Romanos. Solidarios en el pecado en Adán y solidarios en la salvación y la gracia en Cristo Jesús. En la primera lectura, nuestros antepasados hebreos sucumbieron en el desierto ante los ataques de la serpiente; en el Evangelio, Jesús triunfa sobre el demonio. Al principio de este tiempo de Cuaresma, reconocemos nuestro pecado. Con el Salmo, le pedimos a Dios que los borre y nos conceda la alegría de ser salvos.

2. Oración

Oh Dios que sabes que nuestra vida humana está sometida a tantos influjos, presiones, tentaciones, repulsiones… y también a tantos estímulos, inspiraciones y buenos ejemplos; te pedimos que la atracción y el influjo del bien sea mucho más fuerte en nuestra vida que la tentación y la fuerza del mal, y que el ejemplo modélico de Jesús nos ayude a seguirle por el camino del amor y del bien. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

3. Lectura del libro del Génesis 2,7-9; 3,1-7.

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló, en su nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: -Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte». La serpiente replicó a la mujer: -No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

La página de hoy quiere contestar esas graves preguntas: ¿de dónde procede el mal? ¿Por qué el hombre es malo a veces? ¿Por qué es penoso el trabajo? ¿Por qué la muerte?

La serpiente era el más astuto de todos los animales.

El término serpiente es «arum» en hebreo. El término mismo es simbólico porque también significa «astuto» y «desnudo». La serpiente es a la vez temible porque ataca por sorpresa, pero está desnudo, desarmado, sin caparazón, ¡nada protege su piel! Hemos de dar muestra de tener inteligencia para captar la sutileza del relato. En el Antiguo Oriente se adoraban las serpientes. La Biblia las desmitifica y las considera símbolo del «Adversario» del hombre y de Dios. A través de imágenes concretas el sabio nos previene de los mecanismos del mal que se infiltra en nosotros. Si somos perspicaces descubriremos la fina psicología de la tentación y eso nos ayudará a ser prudentes y saber vencerla. Sed más astutos que la misma «astucia», parece sugerirnos el narrador.

-«¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Esas primeras palabras contienen ya toda la maniobra. Dios no ha prohibido comer de todos los árboles. Por el contrario los ha dispuesto todos para que el hombre comiera de ellos. Pero el tentador, olvidando ese «don» fabuloso, concentra toda su atención en lo único «prohibido»: Así Dios, en lugar de ser «el que ama y lo da todo al hombre» es presentado como «el que traba, el que prohíbe ciertas cosas al hombre».

-«¡De ninguna manera moriréis! Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» La astuta «serpiente» sugiere que Dios tiene celos. Dios quiere impedir que seáis felices, sabios como El.

Dios quiere retener para sí sólo, su propia naturaleza. Es patente a qué profundidad se sitúa este relato aparentemente infantil: la raíz del pecado no es simplemente la desobediencia a Dios, es una deformación de la imagen misma de Dios. Es una «anti-fe», un «anti-Dios» un «contramensaje»: ¿os imaginábais que Dios era superior a vosotros, teníais miedo de él y de sus prohibiciones? Ved, en cambio, como está buscando sus intereses. ¡El es quien tiene miedo de vosotros!

Toda la revelación, que se irá desarrollando a través de la Biblia y del Evangelio, será el desenvolvimiento de ese pensamiento teológico admirable: es gran verdad que el hombre esta destinado a «compartir la naturaleza divina» (2 Pedro 1,4)… es gran verdad que el proyecto de Dios es «dar al hombre la vida eterna»… Es gran verdad que la Encarnación de Dios en la carne es el medio para ello…

Pero todo esto es un «don gratuito» de Dios y no una conquista orgullosa del hombre. Así, lo contrario del pecado es la «fe». Se trata de restablecer para el hombre la relación falseada y rota. Se trata de restablecer la confianza. Es preciso «corresponder» a lo que Dios quiere para nosotros. Hay que aceptar recibirlo todo de El: la fe es esto.

-La mujer tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban «desnudos». ¡Oh desencanto! Están ahora «desnudos» como la serpiente… lo estaban ya antes, pero ahora lo saben: son frágiles, indefensos.

¿De dónde procede el mal? De la fragilidad humana. El hombre no es Dios. Sólo Dios es perfecto. Todas las cosas creadas son sólo creaturas.

¿De dónde procede el mal? De un Adversario hábil. Este texto sugiere que el hombre es juguete de «fuerzas que le sobrepasan». Satán, el diablo… viene a añadirse a la fragilidad de la libertad humana.

4. SALMO RESPONSORIAL

Sal 50,3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

R/. Misericordia, Señor, hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

5. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5,12-19.

Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… [Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total; la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.] Si por la culpa de aquél, que era uno sólo, la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo. En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

El pecado entró en el mundo, y por el pecado vino la muerte”. Era de la muere que Dios quería proteger a Adán y a Eva. La prohibición no estaba ligada al hecho de tener o no el conocimiento sino al hecho de que la desobediencia conduce a la muerte. “Y la muerte ha pasado a todos los hombres por el hecho de que todos han pecado”, agrega Pablo. “Todos”, es decir, según las categorías de Pablo, los judíos y los paganas. En los capítulos precedentes, Pablo habla del pecado de los paganos que no han sabido reconocer al Dios creador en la belleza de sus obras (1,18ss). En cuanto a los judíos, ellos ponen su orgullo en la Ley mientras al mismo tiempo que la incumplen (2,17-24). Es así como para Pablo, tanto judíos como paganos están bajo las garras del pecado (3,9). Pero si en Adán, la multitud está tocada por el pecado, la muerte y la condenación, en Jesús, el don sin medida de Dios, esa misma multitud recibe la gracia, la vida, la justificación. Pablo pone en evidencia la solidaridad humana de la cual hablará en otros términos en 1ª Corintios 12,12ss: la unidad del cuerpo y la diversidad de los miembros. En fin, en el versículo 19, Pablo nombra el pecado que ha traído la muerte: la desobediencia, a fin de poner en evidencia la obediencia del Hijo de Dios por la cual ha sido salvado el mundo y él ha sido glorificado (ver Filipenses 2,7-8).

6. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 4,1-11.

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás, al Señor, tu Dios. Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

Con una frase característica de la narración bíblica, Mt nos presenta a Jesús en una situación de tener que decidir. Se tienta a uno en sentido bíblico, cuando se le coloca en una situación en que deberá dar buena prueba de sí o decidirse o al menos manifestarse. El marco y las circunstancias de la tentación de Jesús recuerdan la pasada historia del pueblo de Israel. «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones, si guardas sus preceptos o no» (Dt 8,2). Es muy probable que Mateo pensara en este texto al escribir el suyo, poniendo una vez más de manifiesto la matriz histórica en que Jesús se mueve y a la que da sentido y plenitud. Las pruebas de Jesús son tres, todas ellas puntualmente superadas haciendo suyos sendos pasajes del Dt, el viejo libro que contiene la Constitución del Pueblo de Israel.

Considerado globalmente, el texto es un desafío a Jesús para que elija sus prioridades como libertador prometido por Dios, como Mesías.

En primer lugar está la tentación de construir la nueva sociedad mediante medios económicos, convirtiendo las piedras en panes. Había ciertamente abundancia de personas hambrientas en el mundo que habrían aceptado gustosas ese pan, viniera de donde viniera. Jesús mismo conoció sin duda las estrecheces y el hambre. Además, el A.T. había descrito con frecuencia la nueva sociedad como una época de gran prosperidad material en la que los hambrientos serían alimentados y las necesidades de cada uno serían satisfechas. Había por eso abundantes y buenas razones para que Jesús se interesara por ello. Una palabra de Dios al pueblo de Israel en un momento crucial de su pasada historia ayudó a Jesús a vencer la tentación: «no sólo de pan vive el hombre». No es que Jesús deje de reconocer que el pueblo tiene necesidades económicas; más bien reconoció, por una parte, que no era ésta su más profunda necesidad y, por otra, que no era esto lo que Dios quería que fuera el objetivo principal de su obra. De hecho, Jesús proveyó posteriormente de alimento al pueblo hambriento. Pero sabía que ésta no debía ser la principal finalidad de su obra.

Una segunda tentación fue la de arrojarse abajo, sin hacerse daño, desde la torre del templo al concurrido atrio. Habría sido cosa fácil demostrar que era el Mesías obrando milagros, porque lo milagroso e insólito tenía y sigue teniendo un especial atractivo. También aquí había para esta tentación algo más que la simple lógica de la situación, pues existía efectivamente una profecía en el A.T. acerca del Mesías que aparecería de repente y de un modo dramático en el templo (Ml 3. 1-3). Había también una promesa en el salmo 91 que decía que Dios protegería a aquellos que le pusieran a prueba. ¿Y no era éste el momento de hacerlo? Si Jesús era realmente el Mesías, podía entonces con toda seguridad esperar que Dios cumpliera honorablemente sus promesas. Una idea muy seductora.

La respuesta a ella vino del mismo tiempo crucial de la pasada historia de Israel: «no pondrás a prueba al Señor tu Dios». El contexto de la promesa de Dios en el salmo 91 aclara que ésta era válida sólo para aquellos que vivían en obediencia a la voluntad divina. Y para Jesús hacer la voluntad de Dios significaba servicio y sufrimiento, y no el uso arbitrario de las promesas de Dios para sus propios fines personales y egoístas. Por eso rechazó la tentación de ser reconocido como el salvador prometido por Dios mediante un despliegue del poder de hacer milagros. Naturalmente que los obró, pero también dio a entender claramente que los milagros eran signos vivos de su mensaje: no eran el mensaje mismo.

La tercera tentación consistía en ser un Mesías político. No cabe la menor duda de que ésta debió ser la tentación más fuerte. Después de todo, esto era precisamente lo que los judíos esperaban del Mesías. También creían comúnmente que ellos gobernarían a todas las demás naciones en la nueva era que iba a seguir, y Jesús fue tentado para que aceptase la autoridad de Satanás con el fin de conseguir el poder sobre el mundo. La idea apareció todavía más viva mediante una visión del esplendor de los reinos del mundo, pero Jesús se dio cuenta de nuevo de que esto era muy diferente de la nueva sociedad que tenía que inaugurar. No es que Jesús no sintiera simpatía por el profundo deseo de libertad que experimentaba su pueblo. Después de todo, Él mismo vivía bajo la tiranía de Roma. Había trabajado con sus propias manos para producir lo suficiente para pagar los impuestos romanos. Conocía muy bien la miserable condición de sus compatriotas, pero rechazó el mesianismo político por dos razones: primeramente rechazó las condiciones en que el demonio se lo ofrecía: compartir soberanía con él. Si Jesús aceptaba que el demonio tenía autoridad sobre el mundo, entonces se le otorgaría una autoridad política limitada a cambio. Esto era algo que Jesús no podía aceptar. Su propio compromiso, y el que exigió a sus seguidores, era exclusivamente con Dios, como soberano y señor. Reconocer el poder del demonio en cualquier área de la vida habría sido negar la suprema autoridad de Dios.

Pero, además, a Jesús se le ofrecía la posibilidad de gobernar con la autoridad y la gloria de un imperio semejante al de los romanos. Y él sabía que ésta no era su misión. Sabía también que la ley de Dios nunca podía imponerse desde fuera en la vida de los hombres y en la sociedad. Si había una lección que aprender de la historia de su pueblo era ésta. Poseían todas las leyes del A.T., pero una y otra vez se habían mostrado totalmente incapaces de cumplirlas. Jesús veía que lo que los hombres necesitaban era entregar su voluntad y libre obediencia a Dios, y de este modo recibir la libertad moral para crear la clase de sociedad nueva que Dios quería que tuvieran.

Esta tercera tentación fue, ciertamente, la más fuerte y apremiante, y fue también rechazada del modo más decidido: «¡Apártate, Satanás!» Jesús no trataba de imponer un nuevo autoritarismo para reemplazar al viejo autoritarismo de Roma. Su nueva sociedad no iba a ser un gobierno tiránico y cruel como muchos judíos preveían, sino algo que brotaría de la nueva e íntima naturaleza de aquellos que formaban parte de ella, puesto que servían y adoraban a Dios únicamente.

7. Tres sugerencias prácticas para este tiempo de Cuaresma De lo anterior deducimos tres mensajes fundamentales que nos permiten permanecer con Jesús en estos cuarenta días.

(1) En el desierto Jesús hace una gran vigilia en la que ora constantemente. Ante todo se nos propone una intensa vida de oración como primera y última condición para la conversión cuaresmal, en el progreso espiritual de la santidad. Convertirse significa buscar siempre y de nuevo el perdón del Padre, quiere decir orar ininterrumpidamente sin cansarse. Es la oración intensa la que nos hace crecer en la gracia de la vocación bautismal, que nos ayuda a poner siempre ante el Señor nuestra fidelidad y nuestras negligencias, a entregarle nuestra pereza, nuestra poca fe y poca esperanza. Es la oración la que, día tras día, nos va familiarizando con el modo de pensar y de actuar de Dios, dándonos valentía y fuerza interior para que tomemos distancia de criterios de vida que hacen daño.

(2) En el combate con Satán, Jesús muestra que se toma en serio la Palabra de Dios. Por eso estrechamente conectado con el ejercicio de la oración se nos propone la escucha de la Palabra de Dios; escucharla y tomarla en serio. La Palabra es lámpara que ilumina los pasos de nuestro camino, alimenta nuestra oración y, junto con la comunión eucarística, nos sostiene y nos da fuerza. La palabra nos enseña a amar, a perdonar, a reconciliarnos, a llevar a cabos gestos de solidaridad, a acordarnos de los más pobres y todos los que sufren.

(3) Finalmente se nos propone un primer alto sincero ante Dios y nosotros mismos para que revisemos con lucidez cómo va nuestra vida. La página de las tentaciones y la victoria de Jesús nos estimula para que hagamos un examen de conciencia personal y comunitario: ¿cuáles son los factores que arruinan la comunión, que generan dolosas separaciones y distanciamientos con Dios, con las personas que amamos y con nuestros hermanos de comunidad? Este ejercicio de discernimiento de dónde están nuestras tentaciones nos ayuda por una parte a desenmascarar las falsas seguridades que nos impiden la conversión interior; y por otra, nos asegura que podemos vencer cualquier tentación si permanecemos unidos a Jesús y en la escucha de la Palabra de Dios. Todos tenemos tentaciones, es importante que tomemos conciencia de cómo funcionan. Pero la buena noticia de este domingo no está en el hecho de que sepamos que tenemos tentaciones sino que podemos vencerlas, que estamos llamados a ser victoriosos en Cristo Jesús.

La finalidad de nuestro camino cuaresmal es que nos hagamos cada vez más hijos en este Hijo perfecto del Padre, que nos realicemos en él, que pongamos nuestros ojos en él para contemplarlo, imitarlo y seguirlo hasta el final.

8. Oración

Señor, tú que animas nuestra fe, consolidas nuestra esperanza y fortaleces nuestro amor, haz que apostemos siempre por el bien, la justicia y la paz, de modo que tu Reino crezca siempre, superando toda tentación de construir este mundo y esta sociedad sin contar contigo en nuestra vida. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Domingo 9 del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo noveno del tiempo ordinario Ciclo A

1. Oración:

Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca; y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor.

La palabra es medio de comunicación, es decir, medio para compartir cultivado el mundo que nos ha sido dado en estado bruto. Sin embargo, hemos mercantilizado también la palabra, despertando la codicia de todos. Y unos pocos, los fuertes, se la han apropiado, sumiendo a la mayoría en el silencio. Ya no es medio de comunicación, sino de dominación.

2. Lectura del libro del Deuteronomio 11,18.26-28.

Moisés habló al pueblo diciendo: Meteos mis palabras en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra frente. Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios y os desviáis del camino que hoy os marco, yendo detrás de dioses extranjeros que no habíais conocido.

Este pasaje se sitúa dentro del conjunto 4, 45-11, 32 que es el segundo de los discursos de Moisés, según el Dt. En este c. 11 se viene a tratar de la promesa de la tierra como motivo para el cumplimiento de la alianza. La donación de la ley está íntimamente relacionada con la promesa de la tierra (cf 4, 1.5. 14. 21. 25. 38. 40). Por eso mismo, el cumplimiento de las palabras de Dios, de lo esencial de la ley, será requisito imprescindible para poseer la herencia que Dios promete.

Posteriormente, la interpretación de este texto dio por resultado el uso de las filacterias (pequeñas bolsas que contenían el texto sagrado) para el brazo izquierdo y la frente. Contenían cuatro pasajes esenciales de la ley (entre ellos este de Dt 11, 18) y una parte del shemá (Dt 6, 4-9). En tiempo de Jesús, esta costumbre estaba todavía muy en uso. Jesús criticará la ostentación y el exceso que conducía a alargar las filacterias (cf. Mt 23, 5). De todos modos, el texto es una exhortación a ir penetrando hondamente en el misterio de la palabra, guía de la vida del que cree.

En la formulación de la alianza, la bendición y la maldición son sanciones definitivas y se han de tomar absolutamente en serio; tienen un contenido más real que en nuestras culturas occidentales. Las partes contratantes o los vasallos (en los tratados de vasallaje) las recitaban sometiéndose a ellas.

Numerosas veces se hablará de estas bendiciones y maldiciones (cf. 7, 12-15; 27-11-28, 46), ya que en ellas están concentrados todos los deseos de trascendencia del creyente israelita. Se insiste fuertemente en el carácter existencial de la celebración de la alianza. Hay que tomar una decisión concreta y definitiva. Celebrar la alianza sin consecuencias en la vida es algo desprovisto de valor (cf. 3a lectura). Esta presentación bajo la forma de “dos caminos” de actuación pertenece al fondo del AT y de la tradición del bajo judaísmo (cf. Didajé 1, 1; 1 QS 4; Mt 7, 13-14).

La serie homilética comenzada en el c. 5 con las “diez palabras” termina aquí con estas maldiciones y bendiciones, según el clásico esquema de alianza. Desviarse de “los preceptos” es como ser un pagano, como adorar a dioses extraños. Hacer de la fe una teoría vacía es vivir como un pagano.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 30,2-3a. 3bc-4. 17 y 25

R/. Sé la roca de mi refugio, Señor.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo;
inclina tu oído hacia mí,
ven aprisa a librarme.

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 3,21-25. 28.

Hermanos: Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley.

Empezamos la lectura de la carta a los Romanos, que seguiremos a lo largo de 15 domingos después del tiempo de Pascua. Esta carta, de importante contenido teológico, es un desarrollo de la reflexión misionera del apóstol, que se centra en el descubrimiento de lo que significa que en este momento, gracias a Jesucristo, la posibilidad de la salvación llegue a todos los hombres: tanto los judíos que con la Ley se encontraban en continua transgresión, como los paganos, lanzados a un comportamiento contrario al que naturalmente podían descubrir como bueno. De este modo, pues, la carta se convierte en una exaltación del amor de Dios que conduce gratuitamente a los hombres hacia la salvación, si los hombres lo aceptan por la fe en Jesucristo. La carta empieza con una exposición negativa del tema; sin el Evangelio, la ira de Dios se manifiesta para con todos los hombres, tanto judíos como griegos, puesto que todos han pecado y viven lejos de lo que Dios quiere. Y a partir de ahí, comenzando por nuestro texto, presenta de qué modo con la venida de Jesucristo ha empezado una nueva etapa de la historia humana, puesto que esta venida es una manifestación de la justicia y fidelidad de Dios. El Evangelio, que proclama esta venida y sus efectos, es, pues, “el poder de Dios para salvar a todo el que tiene fe” (1,16).

Ahora, la justicia de Dios…” Con el adverbio “ahora” Pablo indica el comienzo de la nueva etapa, en contraste con la anterior etapa de la ira. Esta nueva etapa, la de la justicia de Dios (=bondad y salvación con que Dios libera a su pueblo, poniéndolo en la correcta relación para con él), se realiza sin que la Ley intervenga para nada, porque se ha demostrado suficientemente que era inútil para la salvación. Sin embargo, la nueva etapa está “atestiguada por la Ley y los Profetas”: el AT estaba en condición privilegiada para dar testimonio de la nueva etapa, puesto que Dios se había revelado en él preparándola; y Dios no ha renegado de esta revelación.

”Por la fe en Jesucristo”. Jesucristo es la manifestación concreta de la justicia de Dios, que sólo pueden entender los que tienen fe; y es por la fe que los hombres se apropian esta justicia así manifestada. Pablo insiste en la universalidad por encima de la Ley: Dios hace justos a todos los creyentes, “sin distinción alguna”.

Pues todos pecaron…”. Pablo sintetiza aquí su exposición del capítulo anterior: tanto los judíos con la Ley como los griegos sin ella, ninguno de ellos había podido seguir la voluntad de Dios y obtener, por tanto, por su cuenta, aquello a que estaba destinado: “la gloria de Dios”, que en el AT significaba la proximidad salvadora del Dios todopoderoso en medio de su pueblo.

”Son justificados gratuitamente…”. La misma idea de antes: la nueva época consiste en la justificación gratuita de Dios. Ello tiene lugar “mediante la redención de Jesucristo”: el término “redención”, que tiene resonancias de liberación de un esclavo, designa aquí la nueva y total liberación obrada por Jesucristo que lleva a término el sentido de la liberación de Israel en el Éxodo. Esta liberación ya ha tenido lugar en la muerte-resurrección de Jesucristo, pero se cumplirá plenamente en la parusía.

”Sacrificio de propiciación”. No se trata del aplacamiento de un Dios airado, sino de que Jesucrsito se ha convertido en el medio de dispensación de la gracia divina, como lo era en el AT el propiciatorio del ”sancta sanctorum”.

”El hombre es justificado por la fe”. Resumen y síntesis de la teología expuesta, y que desarrollará a lo largo de la carta.

Dios salva gratuitamente, y el hombre no puede presumir de nada: el hombre debe tener fe, es decir, aceptar la acción salvadora de Dios.

5. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 7,21-27.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu ‘nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.

Nos encontramos al final del sermón de la montaña. La última indicación, pues, para saber en qué consiste la función del discípulo de Jesús en cuanto “pescador de hombres”.

Veamos lo que está antes del texto: “Entrar en el Reino de los cielos”: metáfora para designar la salvación última y definitiva (=escatológica). “Aquel día”: término acuñado por los profetas para designar el futuro escatológico de juicio. Los vs. 21-23 están en la línea de las amonestaciones o conminaciones proféticas, cuya finalidad es la provocación de un cambio radical en los oyentes.

El v. 22 refleja cierta desconfianza de las primeras generaciones cristianas frente a movimientos carismático-taumatùrgicos, no avalados por el compromiso de vida. La parábola está en la línea sapiencial oriental antigua. La sabiduría o prudencia era la educación del sentido práctico de la vida humana, en orden a su fin y a partir de unas convicciones teóricas. Lo opuesto es la ignorancia o necedad. “Casa sobre arena”: casa edificada junto al lecho de un torrente seco.

Ahora bien la advertencia o amonestación a la acción (actuación, compromiso, praxis). Frente a la ilusión de una seguridad religiosa apoyada en la profesión de una fe y aun en unos carismas extraordinarios, Jesús propugna la necesidad absoluta de cumplir la Voluntad del Padre (v. 21). Los vs. 22-23 abundan en esta necesidad desde la perspectiva del momento final del caminar humano. Aviso contra toda tentación de estaticismo, intelectual o sentimental. No basta creer en Jesús ni recibir auditivamente su mensaje; es necesario hacer ese mensaje (vs. 24-27). No basta la sintonía “lógica” (oir); es necesaria la sintonía “operativa” (hacer). Pidiendo que la palabra se oiga y se haga (v. 24). Jesús se aparta de un gnosticismo como de un pragmatismo. “La sabiduría del evangelio no admite el planteamiento de una disyuntiva entre la primacía de la palabra o la de la acción. No se pueden aislar como elementos independientes, debiendo integrarse ambos en una mejor actitud: la síntesis de la Palabra-en-acción.”

6. Dejemos que la palabra de Dios resuene en nuestro corazón:

Al final lo que cuenta no son las palabras, lo que cuenta son las obras de amor.

”Señor, ¿no profetizamos…, expulsamos demonios… e hicimos milagros en tu nombre?” (v.22). Si, “pero no os conozco; ¡apartaos de mí, malvados!” (v.23). Podemos refugiarnos en las palabras, en las teorías, en las catequesis, en los sermones; también podemos caer en la trampa de acciones maravillosas y milagrosas… (v.22). Todo con autoridad, ortodoxia y eclesialidad y sin embargo “ser unos desconocidos para Dios” (v.23); otra traducción “nunca os he conocido”. ¿Cómo pasar a Dios de los labios al corazón?, de la palabra a la acción; he ahí la clave de la figura de la casa que estamos todos construyendo a lo largo de la existencia.

Jesús nos entrega sus palabras para que las usemos realizándolas en “acciones de amor” concretas, que construyan nuestra existencia, que nos hagan “templos vivos” de su Espíritu; “palabras prácticas” que sean respuestas concretas a las necesidades de los que nos rodean.

El camino que conduce a la “sensatez” (v.24) de “hacer la voluntad de Dios (v.21) es el camino de la Palabra que pasando por el corazón nos hace templos sólidos, vivos y eficaces; casas de Dios construidas con el amor práctico y operativo a los hermanos.

Siguen “cayendo lluvias, viniendo torrentes y soplando vientos” (v.25) pero con la Palabra y los Hechos de amor seguiremos firmes sobre nuestra ROCA que es Dios. No nos refugiemos en las doctrinas, siempre expuestas a los vientos que soplan, vivamos y practiquemos la PALABRA eficaz de Dios que es nuestra ROCA firme que nos salva.

Domingo 8 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo octavo del tiempo ordinario ciclo A

1. Introducción:
Las lecturas del domingo VIII del tiempo ordinario, en particular, el evangelio, nos invitan a comprender nuestra existencia y realidad humana y terrena en la óptica de comunión con lo divino. Si verdaderamente participamos sacramentalmente de la doble existencia de Jesucristo, tal condición necesariamente ha de tener su impacto en la forma en que enfrentamos nuestras propias necesidades materiales. Llamar a Dios “Padre celestial” tiene consecuencias profundas, es esencial a la existencia del cristiano.

Uno de los elementos que caracterizan al Dios cristiano es su infinita generosidad para con sus hijos, que se expresa plenamente en la vida y misión de Jesús de Nazaret, quien con sus actitudes y comportamiento hacen presente el Reino de Dios, es decir, el amor y la solidaridad incondicional de Dios que sale al encuentro del ser humano, con el fin de darle vida en abundancia. Éste es el tema central de hoy.

1.1. Oración:

Concédenos, Señor, que el curso de los acontecimientos del mundo se desenvuelva, según tu voluntad, en la justicia y en la paz, y que tu Iglesia pueda servirte con tranquilidad y alegría. Amén.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 49, 14-15

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.» ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

El texto que leemos del profeta Isaías se enmarca en la época de la deportación en Babilonia, en donde la mayoría del pueblo de Israel pierde su confianza y esperanza en Yahvé a causa de la fuerte y violenta influencia religiosa, política y social de Babilonia y por la poca capacidad de espera y resistencia del mismo pueblo desterrado; Israel se siente abandonado y olvidado por Dios, siente que las promesas de liberación nunca se cumplirán, y se resigna y doblega por entero al dominio babilónico. La tarea del profeta es entonces animar la esperanza del pueblo resignado, por medio de la Palabra, haciéndole ver que Dios no le ha abandonado, que está ahí junto a él sufriendo y luchando por la liberación, que no lo ha olvidado y que lo ama entrañablemente como una madre ama a sus hijos. Con este texto, Isaías manifiesta la ternura de Dios, su preocupación de madre por el bienestar de sus hijos, distinta a la experiencia de sufrimiento en Babilonia. Dios actúa desde la ternura, desde la misericordia con quien sufre. Ésta es la manera como Yahvé anima y salva a su pueblo.

2.2. Salmo Responsorial Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab

R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación;
mi alcázar: no vacilaré. R.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.
Pueblo suyo confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón. R.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Pablo, en esta sección de su primera carta a los corintios, responde a las críticas de quienes, después de tomar partido por un anunciador del evangelio en particular y por una manera concreta de proclamarlo, juzgan el modo de actuar del mismo Pablo, juicio que es apresurado, poco fundamentado e inmaduro. Pablo les recuerda que lo importante para él es que lo consideren servidor y administrador fiel de los misterios de Dios, pues los creyentes sólo pueden ser eso y nada más. Por lo tanto, el juicio sobre la forma de servir y administrar de las personas le corresponde únicamente a Dios. Lo importante es el servicio fiel al misterio y la correcta administración de los carismas dados por Dios a los apóstoles. Lo que verdaderamente juzga Dios es la capacidad de servicio y entrega de los anunciadores del Evangelio; lo que a Dios le importa es qué misericordiosos y justos somos con nuestros hermanos, pues en esto se distingue a un legítimo apóstol de Cristo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos como crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. »

La exhortación que Mateo pone en boca de Jesús se dirige particularmente a la gente pobre que sigue al Maestro, a la gente que siempre está en riesgo, que está preocupada por el presente y el futuro, preocupada por su subsistencia y por su vida. Jesús los invita a ponerse en las manos de Dios, quien es tierno y compasivo para con todos, que mira por las necesidades de todas sus criaturas. Con la mente y el corazón puestos en la generosidad de Dios, lo realmente importante o prioritario entonces es buscar el Reino de Dios y su justicia. Ésa debe ser la preocupación fundamental del seguidor de Jesús. Es un llamado a ser como el mismo Dios es, justo, tierno, compasivo, solidario, amante de los pobres y débiles; por eso, es tarea de todos expresar al mundo, por medio del testimonio y la fraternidad, la ternura de nuestro de Dios.

La primera lectura pone ante nosotros uno de los poquísimos textos en que la Biblia compara a Dios con una madre. El evangelio de Mateo que hoy leemos nos estaría presentando ese carácter materno de Dios a través de lo que tradicionalmente hemos llamado «la divina Providencia», una dimensión del amor de Dios a la que la tradición espiritual popular le ha dado mucha relevancia en la vida diaria. Ha sido una forma de ejercicio de la fe que nos hacía descubrir la mano materna de Dios cuidando nuestros pasos, para evitarnos problemas, para atender siempre nuestras necesidades.

La última frase del párrafo exige optar entre Dios y el dinero. Ahora las palabras de Jesús, que Mateo toma en la tradición, ilustran en qué consiste servir a Dios. Los afanes y preocupaciones de la vida cotidiana (la comida, el vestido…) pierden importancia cuando en la vida del discípulo aparece con claridad la preocupación fundamental por el reino. Entonces cambia todo, y es posible vivir en el ámbito de la confianza absoluta en el Padre, que vela por todos (Mt 5 43-48) y que conoce las necesidades de los discípulos (Mt 6 8). Él, que cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo, cuidará con mucho más motivo de sus hijos, a condición de que ellos busquen el reino y lo que es propio de él. Esta enseñanza de Jesús es una buena traducción de la actitud frente a la vida que proponen las bienaventuranzas y el Padrenuestro. Para los cristianos de todos los tiempos, hombres de poca fe, y preocupados siempre por el día de mañana, son, al mismo tiempo, una sacudida saludable, y una buena noticia, que libera de tensiones y sufrimientos innecesarios.

Nos encontramos hoy en primer lugar con unas palabras de Jesús -una especie de parábola- sobre el servicio exclusivo a Dios. En la vida ordinaria no era totalmente extraño que un esclavo perteneciese a dos amos; pero, a la larga, esto podía terminar como dice el evangelio: queriendo a uno y despreciando al otro, puesto que, “estar al servicio”, supone una dedicación total, y la aplicación de la parábola (“No pueden servir a Dios y al dinero”) nos indica que se trata de dos amos absorbentes y con intereses contrapuestos. Estamos en la perspectiva de la predicación del Reino, que exige una entrega total a Dios.

El punto central de los versículos 25-35 es la exhortación a buscar sobre e todo el Reino de Dios: ésta debe ser la primera preocupación del cristiano, la única preocupación verdaderamente importante. En Jesucristo, que vive totalmente orientado hacia el Padre, se nos manifiesta el Reinado de Dios. La gozosa preocupación del discípulo consistirá, por lo tanto, en orientar su existencia hacia Dios: en esto consiste la justicia del Reino.

Si el discípulo vive -como vivió Jesús- orientado hacia Dios, participa también de esta fe y de esta gozosa confianza en el Padre, que se refleja en estos versículos. Las Palabra de Jesús ponen el acento en el hecho de no preocuparse, repetido como un estribillo (“no se preocupen por su vida…; ¿quién de ustedes, a fuerza de preocuparse…?; ¿por qué se preocupan…?; no se inquieten pensando…; no se preocupen por el día de mañana”).

No preocuparse por la comida, la bebida o el vestido no significa vivir en una ingenua despreocupación. Preocuparse por esto, significa comprometer toda la vida y las energías de la persona en la adquisición de los bienes materiales, y perseguir esto, como preocupación fundamental de la vida, es propio de paganos.

El discípulo está llamado a vivir como hombre de fe en Dios, de quien provienen todos los bienes, especialmente la vida (“¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?”). Y vivir con esta actitud de fe en Dios, que se preocupa incluso de los pájaros del cielo y de la hierba de los prados -sinónimo de algo pasajero- supone orientar la vida de cara al Reino y trabajar con paz en el corazón y sin preocupaciones -fruto de la fe en Dios y de la orientación de la vida hacia él- por la vida de cada día.

3.- Resuena la palabra

En un mundo, una sociedad, donde el dinero es acumulado, adorado y servido…, hemos de ser muy cautos para no dejarnos tranquilizar por las personas que nos aportan argumentos prudentes y previsores.”No podéis servir a Dios y al dinero” (v. 24). Jesús nos indica la acertada orientación: Dios, su Reino, su justicia; “buscad: ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él” (v. 33).

En el mundo judío retener lo que no se necesitaba para sí era injusto, la justicia suponía compartir, distribuir providentemente. Jesús nos invita a vivir, buscar y servir al Reino como un absoluto en el que la justicia providente de Dios pasa por nuestras vidas, por nuestra solidaridad providente, por nuestra mirada y cercanía amorosas en los hermanos.

Vamos más allá de la comida y el vestido, dos ejemplos que nos aporta Jesús (v. 25-30). “No os inquietéis” (v. 31). En una sociedad que tiene un índice tan alto de falta de trabajo, de mendicidad, de corrupción y de injusticia, sí que estamos inquietos por estas lacras que estamos creando y arrojando sobre los pequeños y débiles de nuestro entorno. Nos inquieta, nos preocupa (v. 34) y nos quita el sueño no realizar hoy, ahora, en esta sociedad y en esta Iglesia que formamos, la JUSTICIA PROVIDENTE Y DISTRIBUTIVA que es el Reino, que es el amor providente y generoso de Dios.

Nos preocupa el mañana de tantos hombres y mujeres que sufren la “injusticia” de no tener de que comer y con que vestirse; me preocupa mi justicia lejos de la justicia providente y distributiva de Jesús. “A cada día le basta su propio afán” (v. 34). Este es nuestro afán y preocupación.

4. Para el diálogo y la experiencia

Podemos centrarnos en el versículo primero del texto: “Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero” (v. 24).

Jesús les hace ver a sus discípulos cómo viven los que no conocen a Dios, esto es, cómo se desviven por las cosas y se olvidan de lo fundamental. Jesús centra a sus discípulos: “busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura”. No hay un desprecio o rechazo por las cosas materiales. Lo que Jesús rechaza y denuncia es la idolatría del dinero, poner los medios como fin, servir y amar al dinero. A la luz de este evangelio, podríamos preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Qué cosas me inquietan o preocupan? ¿Dónde está el Reino de Dios y su justicia? ¿Qué es lo que Dios quiere y espera de nosotros? ¿Cómo hemos de entender el “servicio”?

”Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura” (Mt 6,33)

Si para Jesús el Reino de Dios ocupa siempre el primer lugar en su programa, en el nuestro, en general, suelen estar los propios intereses. Tomando la antigua concepción de las distintas formas del Reino de Dios en este mundo, pero quitándole lo que tenía de estático, se puede concretar lo que habría que esforzarse por conseguir en las diferentes dimensiones de la vida: la humanización de las relaciones y de la situación de los hombres, la democratización de la política, la socialización de la economía, la conversión de la cultura a la naturaleza, la orientación de la iglesia al Reino de Dios.

Oración: Te pedimos, Padre misericordioso, que nos fortalezcas y, nos permitas algún día participar de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.