Domingo 4 de Pascua – Ciclo C

Domingo cuarto de pascua: Ciclo C

El cuarto domingo está centrado tradicionalmente en una de las imágenes más entrañables del evangelio, de profundas raíces bíblicas e incluso universales: Jesús, el buen pastor. Por voluntad de Pablo VI este domingo ha sido señalado como un día propio para la plegaria en favor de las vocaciones al ministerio y a la vida consagrada.

2. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13,14. 43-52.

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento, Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles al favor de Dios. El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír la Palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: -Teníamos que anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: «Yo te haré luz de las gentiles, para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra.» Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron. La Palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a las principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Hacia el final de la segunda parte de los Hechos acerca de la expansión de la Iglesia y concretamente durante el primer viaje misional de Pablo, se enmarca el episodio de Antioquía y Pisidia. Con este motivo Lucas traza una escena de gran importancia para Hechos y en general para toda la vida de la Iglesia; la total apertura de la predicación hacia el mundo no judío. Ya se han visto sus comienzos en Hech. 10 y 11. Pero aquí se da un paso más, pues no sólo se abre el Evangelio a los paganos como una concesión, sino se les da una cierta preferencia y también, de alguna manera, se les aparta de los judíos, aunque no del todo. La escena es simbólica, porque Pablo seguirá predicando a los judíos. No es un cambio radical en el modo de proceder de Pablo. Probablemente hubo en esta Antioquía un cierto rechazo que da pie a la colocación de la escena en este contexto. Contrapuesta a la actitud de los judíos aparece la aceptación del mensaje por parte de los gentiles. En el contexto sale que la aceptación no es del todo ajena a la disposición humana, si bien ésta no puede ser nunca causa de la fe.

La predicación del mensaje da lugar, como en otras ocasiones, a la persecución. Por lo cual Pablo y Bernabé se marchan obligados, pero no cesan en su actividad porque no se trata de una obra suya sino del Espíritu, que los llena de alegría y fuerza. Hay anuncio del mensaje. Unos lo aceptan y otros no. La Palabra se difunde porque los sucesos favorables son obra del Espíritu.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 99, 2. 3. 5

R/. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño [o, Aleluya]

Servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.

Soy miembro del rebaño, porque tú eres el Pastor. Tú eres la raíz de nuestra unidad. Al depender de ti, buscamos refugio en ti, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de tu cayado. Mi lealtad a ti se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque me fío de ti. Amo a los demás, porque te amo a ti. Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a tu lado.

4. Lectura del libro del Apocalipsis 7,9. 14b-17.

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y uno de los ancianos me dijo: -Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

En el capítulo sexto del Apocalipsis se hace una presentación de las dificultades de la historia que son vencidas por Cristo resucitado y quien da sentido a todo ello. Se constituye así la muchedumbre de quienes a lo largo de esa historia y a pesar de esas dificultades, van constituyendo la comunidad de los salvados. Es evidentemente una dimensión universal. La salvación no está limitada a nadie. Un matiz importante es que la purificación de que se habla (v.14b) no es ritual o legal, sino una expresión de la unión establecida con la muerte y resurrección de Cristo.

Sin eliminar las dificultades, paralelas a las de Jesús, se insiste especialmente en el destino final glorioso, también paralelo al del Resucitado. Es lo necesario para animar a las personas, destinatarias del Apocalipsis, que se encuentran en tribulaciones. También los demás pueden extraer esa misma conclusión, aun cuando las condiciones negativas que sufren no sean persecuciones sociopolíticas como las del tiempo de Domiciano. La fuerza de la Resurrección (vs. 16-17) es válida para todo tipo de opresión. El Apocalipsis es un libro de liberación humana no condicionado sólo a un campo determinado. Los oprimidos de todo tipo tienen su Liberador en Cristo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,27-30.

En aquel tiempo, dijo Jesús: -Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Veamos lo que celebraban: Empieza leyendo Juan 10, 22. Se trata de la fiesta de la Dedicación del Templo en recuerdo de la autoafirmación nacional judía después de la humillación de Antioco IV el sirio, unos cientos cincuenta años atrás. Ambiente mitad religioso, mitad laico. En cualquier caso, ambiente de fiesta, de esperanza, de apuesta por un futuro libre en tiempos de Jesús Israel estaba bajo el dominio de Roma. Jesús parece ser una personalidad clave de cara a ese futuro de libertad. Es lógica la expectación en torno a su persona. El texto forma parte de la respuesta que Jesús da a los judíos sobre sí mismo, sobre el papel que desempeña. Este es el de pastor. Habla de las relaciones entre él y sus ovejas. Destaca dos aspectos en esas relaciones: la compenetración mutua y la seguridad de que gozan las ovejas. Da, por último, la razón de esa seguridad. Comentemos el texto: El pastor y la ovejas son una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen espontánea en una economía agrícola y ganadera. Recoge en sí muchas horas de soledad y de observación, de intemperie y de dureza, de solicitud y de ternura. Tal vez por eso es una imagen capaz de romanticismo. Porque a través de ella sólo habla el largo esfuerzo del amor. Las ovejas son lo más importante que tengo, las conozco y les doy una vida que dura siempre. ¡Qué cantidades de sacrificio y de desvelos! ¡Y de inconfesable alegría y paz! Dentro del pastor. ¿Y en las ovejas? Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. Por último, una apuesta de futuro: No perecerán jamás y nadie me las arrebatará. Una apuesta capaz de generar en las ovejas certeza y seguridad.

UNA VOZ INCONFUNDIBLE: A) saber escuchar: reconocer la voz de Jesús entre tantas voces. B) Yo las conozco: sabe llegar a lo más hondo de nuestro Ser. C) ellas me siguen: Seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da vida, y proseguir su causa.

La comunidad de Jesús ha de asumir esta triple opción: Hacerse cargo de la realidad, lo que supone estar en la realidad del mundo. Cargar con la realidad: asumir la responsabilidad de lo que el mundo es. Encargarse de la realidad: transformarlo, darle esperanza, hacerlo habitable, más humano.

Domingo de Ramos – Ciclo C

Domingo de Ramos:

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

1. Oración

Ramo bendito, portador de la paz, y de la bendición de Cristo, augurio de nuestra victoria final con Él. Con este ramo, aclamé a Cristo y expresé mi anhelo de aclamarlo de nuevo triunfante, cuando vuelva al final de los tiempos. Te suplicamos, Señor, que quienes nos ponemos a la sombra de estos ramo-portadores de tu paz y bendición- marchemos seguros hacia tu Reino.

Haz, Señor, que quienes agitamos estos ramos en tu honor, te aclamemos triunfantes, con palmas de victoria, cuando vuelvas glorioso, como nuestro Rey y Juez. Haz, Señor, que los moradores de esta casa, como ramos siempre verdes y fructíferos, te agraden con los frutos de una vida cristiana.

2. Lectura del Profeta Isaías 50,4-7.

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda. a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

Los poemas del Siervo de Yahveh iluminan el misterio de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y explican por qué el Mesías tenía que sufrir. El Siervo ha de ser una persona experimentada en el dolor, un iniciado que comparta el sufrimiento de los hombres. Lleva sobre sí el dolor del mundo. Varón de dolores. Ahí están sus fuertes espaldas para cargar todos los pesos y ahí está su valiente rostro para encajar toda clase de golpes. Este siervo podrá ser el consuelo del mundo, el que pueda alentar a los abatidos y confortar a los que sufren, el que pueda extender la mano al abandonado, el que pueda decir a todos los marginados una palabra adecuada. El siervo saca toda su fuerza del Señor, vive de «mi Señor» y para «mi Señor», en una gozosa relación de dependencia filial. Y "el Señor le ayudaba" en todo.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 21,8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que le ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores:
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.

Fieles del Señor, alabadlo,
linaje de Jacob, glorificadlo,
temedlo, linaje de Israel.

Meditación personal de este salmo:

Comienzo este Salmo de rodillas. Es tu Salmo, Señor. Tú lo dijiste en la cruz, en la profundidad de tu agonía, cuando el sufrimiento de tu alma llevaba a su colmo al sufrimiento de tu cuerpo en último abandono. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Son tus palabras, Señor. ¿Cómo puedo hacerlas mías? ¿Cómo puedo equiparar mis sufrimientos a los tuyos? ¿Cómo puedo pretender subirme a tu cruz y dar tu grito, consagrado para siempre en la exclusividad de tu pasión? Este Salmo es tuyo, y a ti se te ha de dejar como reliquia de tu pasión, como expresión herida de tu propia angustia, como testigo dolorido de tu encuentro con la muerte en tu cuerpo y en tu alma. Estas palabras son palabras de Viernes Santo, palabras de pasión, palabras tuyas. No he de tocarlas yo.

Y, sin embargo, siento por otro lado que este Salmo también me pertenece a mí, que también hay momentos en mi vida en los que yo tengo la necesidad y el derecho de pronunciar esas palabras como eco humilde de las tuyas. También yo me encuentro con la muerte, una vez en mi cuerpo al final de la vida, y veces sin cuento en la desolación de mi alma al caminar por la vida en las sombras del dolor. No quiero compararme a ti, Señor, pero también yo sé lo que es la angustia y la desesperación, también yo sé lo que es la soledad y el abandono. También yo me he sentido abandonado por el Padre, y las palabras sin redención han salido de mis labios resecos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Cuando llega la depresión, hace iguales a todos los hombres. La vida pierde el sentido, nada tiene explicación, todo sabor es amargo y todo color negro. No se ve razón para seguir viviendo. Los ojos no ven el camino, y los pies se atenazan en la inercia. ¿Para qué comer, para qué respirar, para qué vivir? El fondo de la fosa es el mismo para todos los hombres, y los que han llegado ahí lo saben. Sé lo que es una depresión, y sé que es muerte real en cuerpo vivo. Abandono total, límite de sufrimiento, frontera de desesperación. El sufrimiento iguala a todos los hombres, y el sufrimiento del alma es el peor sufrimiento. Conozco su negrura.

¿Dónde quedas tú, entonces? ¿Dónde estás tú cuando la noche negra se cierne sobre mí? «De día te grito, y no respondes; de noche, y no me haces caso». De hecho, es tu ausencia la que causa el dolor. Si tú estuvieras a mi lado, podría soportar cualquier dolencia y enfrentarme a cualquier tormenta. Pero me has abandonado, y ésa es la prueba. La soledad de la cruz el Viernes Santo.

La gente me habla de ti en esos momentos; lo hacen con buena intención, pero no hacen más que agudizar mi agonía. Si tú estás ahí, ¿por qué no te muestras? ¿Por qué no me ayudas? Si tú rescataste a nuestros padres en el pasado, ¿por qué no me rescatas a mí ahora? «En ti confiaban nuestros padres; confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste. Pero yo…».

Yo no parezco contar para nada en tu presencia. « Yo soy un gusano, no un hombre», o al menos así me lo parece ahora. «Estoy como agua derramada, tengo todos los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte».

Tenía que llegar yo al fin de mis fuerzas para caer en la cuenta de que la salvación me viene solamente de ti. Mi queja ante ti era en sí misma un acto secreto de fe en ti, Señor. Me quejaba a ti de que me habías abandonado, precisamente porque sabía que estabas allí. Muéstrate ahora, Señor. Extiende tu brazo y dispersa las tinieblas que me envuelven. Devuelve el vigor a mi cuerpo y la esperanza a mi alma. Acaba con esta depresión que me acosa, y haz que yo vuelva a sentirme hombre con fe en la vida y alegría en el corazón. Que vuelva yo a ser yo mismo y a sentir tu presencia y a cantar tus alabanzas. Eso es pasar de la muerte a la vida, y quiero poder dar testimonio de tu poder de rescatar a mi alma de la desesperación como prenda de tu poder de resucitar al hombre para la vida eterna. Me has dado nueva vida, Señor, y con gusto proclamaré tu grandeza ante mis hermanos. «Me harás vivir para él, mi descendencia le servirá; hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor». «Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré». «Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos».

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: « ¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.

Pablo está en la cárcel, probablemente en Éfeso. Cuando escribe a los filipenses ya ha comparecido ante el tribunal, pero la sentencia está todavía pendiente. Encarcelado y juzgado por ser cristiano (Fil. 1, 13), Pablo puede pedir con coherencia y autoridad a los miembros de la comunidad de Filipos que den a su vez testimonio cristiano. ¿Qué tipo de testimonio? El de la concordia y el amor. En efecto, el egoísmo, la envidia y la presunción habían empezado a causar estragos en la comunidad; ésta se estaba convirtiendo en un antisigno escandaloso. Dada esta situación. Pablo pide a los cristianos de Filipos que tengan la grandeza de ánimo suficiente para superar el propio interés y abrirse con sencillez a los demás (Flp 2, 3-4). Al pedir esto, Pablo no se basa en una simple pedagogía humana, sino en el caso concreto de Cristo Jesús, que siendo Dios se hace hombre. Para ello, Pablo se sirve de un himno litúrgico, que él incorpora a su carta. Este himno describe la dinámica existencial de Cristo Jesús:

1. Condición divina (v. 6). No se describe en sí misma, sino como punto de arranque de una actuación que inicia su camino en el insondable mundo de Dios.

2. Condición humana (vs. 7-8). Antitética de la anterior. Fruto de una decisión puramente libre. Está presentada polarmente: momento inicial y final de la existencia humana de Jesús. Significado de estos dos momentos para Jesús: despojarse (momento inicial), rebajarse (momento final). Ser hombre es calificado como esclavitud. ¿Por qué? Porque el hombre está sometido a potestades cósmicas supreterrenas (lenguaje mitológico); porque el hombre está sometido al miedo, a la inseguridad, a la angustia existencial (lenguaje desmitologizado). Este es el mundo en el que entra Jesús, un mundo que parece constituir el fracaso de Dios y la victoria de las potestades esclavizantes, la última de las cuales es la muerte.

3. Condición glorificada (vs. 9-11). Entra en escena Dios, a quien la condición humana de Jesús ha puesto en entredicho. Tomando ahora la iniciativa, Dios declara solemnemente cuál es el auténtico alcance de la condición humana. Las potestades, victoriosas antes, aclaman ahora al ensalzado. Si tales potestades son expresión de la angustia existencial del hombre, que se ve arrojado en brazos de un destino ciego, el destronamiento de las mismas simboliza el retorno del hombre y del mundo a Dios. El sentido del hombre y del mundo no es ya la insensatez, la angustia, el azar, sino Jesucristo. El es la respuesta a las preguntas que turban a los hombres. En él recobra el mundo su sentido.

5. Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22,14-23,56.

C. [Llegada la hora, se
sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo:

+ -He deseado enormemente
comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo
que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.

C. Y tomando una copa, dio
gracias y dijo:

+ -Tomad esto, repartidlo
entre vosotros; porque os digo que no beberé 
desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

C. Y tomando pan,
dio gracias; lo partió y y se lo dio diciendo:

+ -Esto es mi cuerpo, que
se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar,
hizo lo mismo con la copa diciendo:

+ -Esta copa es la Nueva
Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.

Pero mirad: la mano del
que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del
Hombre se va según lo establecido; pero
¡ay de ése que lo entrega!

C. Ellos empezaron a preguntarse
unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

Los discípulos se pusieron
a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero.
Jesús les dijo:

+ -Los reyes de los gentiles
los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores.
Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese
como el menor, y el que gobierne, como el que sirve.

Porque,
¿quién es más, el que está 
en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está 
en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Vosotros sois los que habéis
perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como
me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en
mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de
Israel.

C. Y añadió:

+ -Simón, Simón, mira
que Satanás os ha reclamado para cribaron como trigo. Pero yo
he pedido por ti para que tu fe no se apague.

Y tú, cuando te recobres,
da firmeza a tus hermanos.

C. El le contestó:

S. -Señor, contigo estoy
dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte.

C. Jesús le
replicó:

+ -Te digo, Pedro, que no
cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.

C. Y dijo a todos:

+ -Cuando os envié 
sin bolsa ni alforja, ni sandalias,
¿os faltó algo?

C. Contestaron:

S. -Nada:

C. El añadió: 

+ -Pero ahora, el que tenga
bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que
venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse
en mí lo que está escrito : «fue contado con los malhechores». Lo
que se refiere a mí toca a su fin.

C: Ellos dijeron:

S. -Señor, aquí 
hay dos espadas.

C. El les contestó:

+ -Basta.

C. Y salió 
Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los
discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

-Orad, para no caer en la
tentación.

C. El se arrancó 
de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba
diciendo:

+ -Padre, si quieres, aparta
de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

C. Y se le apareció 
un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con
más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre,
hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:

+ -¿Por qué 
dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.

C. Todavía estaba hablando,
cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce.
Y se acercó a besar a Jesús.

Jesús le dijo:

+ -Judas,
¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

C. Al darse cuenta los que
estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:

S. -Señor,
¿herimos con la espada?

C. Y uno de ellos hirió 
al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó 
la oreja derecha.

Jesús intervino diciendo:

+ -Dejadlo, basta.

C. Y, tocándole la oreja,
lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo,
y a los ancianos que habían venido contra
él:

+ -¿Habéis salido con
espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con
vosotros, y no me echasteis mano. Pero
ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.

C. Ellos lo prendieron,
se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro
lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio,
se sentaron alrededor y Pedro se sentó
entre ellos.

Al verlo una criada sentado
junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo:

S. -También 
éste estaba con él.

C. Pero
él lo negó diciendo:

S. -No lo conozco, mujer.

C. Poco después lo vio
otro y le dijo:

S. -Tú 
también eres uno de ellos.

C. Pedro replicó:

S. -Hombre, no lo soy.

C. Pasada cosa de una hora,
otro insistía:

S. -Sin duda, también 
éste estaba con él, porque es galileo.

C. Pedro contestó:

S. -Hombre, no sé 
de qué hablas.

C. Y estaba todavía hablando
cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó 
una mirada a Pedro, y Pedro se acordó 
de la palabra que el Señor le había dicho:
«Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces.»
Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban
a Jesús se burlaban de él dándole golpes.

Y, tapándole la cara, le
preguntaban:

S. -Haz de profeta:
¿quién te ha pegado?

C: Y proferían contra
él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día,
se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados,
y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:

S. -Si tú 
eres el Mesías, dínoslo.

C. El les contestó:

+ -Si os lo digo, no lo
vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder.

Desde ahora el Hijo del
Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.

C. Dijeron todos:

S. -Entonces,
¿tú eres el Hijo de Dios?

C. El les contestó: 

+ -Vosotros lo decís, yo
lo soy.

C: Ellos dijeron:

S. -¿Qué 
necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído
de su boca.]

C. El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo:

S. -Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.

C. Pilato preguntó a Jesús:

S. -¿Eres tú el rey de los judíos?

C. El le contestó:

+ -Tú lo dices.

C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba:

S. -No encuentro ninguna culpa en este hombre.

C. Ellos insistían con más fuerza diciendo:

S. -Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.

C, Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro.

Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco.

Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:

S. -Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.

C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo:

S. -¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.

C. (A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.)

Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. -¡Crucifícalo, crucifícalo!

C. El les dijo por tercera vez:

S. -Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.

C. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.

Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús.

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

+ -Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús decía:

+ -Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.

El pueblo estaba mirando.

Las autoridades le hacían muecas diciendo:

S. -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.

C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

S. -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

S. -¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

C. Pero el otro le increpaba:

S. -¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

C. Y decía:

S. -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

C. Jesús le respondió:

+ -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

C. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

+ -Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

C. Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo:

S. -Realmente, este hombre era justo.

C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho.

Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

[Un hombre llamado José,
que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor
de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea
y que aguardaba el Reino de Dios, acudió 
a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió
en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde
no habían puesto a nadie todavía.

Era el día de la Preparación
y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea
fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A
la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo,
conforme al mandamiento.]

Ahora nos detendremos en el evangelio. Su extensión no nos permite un comentario proporcionado; habrá que contentarse con señalar algunas de las numerosas particularidades que presenta el relato de Lucas. Al seguir paso a paso este relato, en paralelismo con los otros, advertimos los puntos siguientes.

En el momento mismo en que "va a sufrir", Jesús vive en plena esperanza; no comerá ya la Pascua, ni beberá más el vino de la fiesta; pero él sabe que la Pascua terrestre tendrá su cumplimiento en los cielos y que él será su comensal; sabe que el Reino de Dios vendrá ciertamente, y entonces volverá a encontrar a sus discípulos en la fiesta. Más adelante, en los versículos 28 y 30, Jesús vuelve a hacer profesión de su esperanza, con fórmulas que le otorgan un papel muy importante y muy activo en el establecimiento del reino, mientras que en las expresiones que acabamos de leer, Jesús era solamente el beneficiario de la venida del Reino. Ahora dice "mi reino", y afirma que dispone de él en persona, tal como, explica, "el Padre ha dispuesto" en su favor.

El gesto eucarístico será un "memorial" de Jesús; con él los discípulos, acordándose de él, guardarán igualmente el recuerdo de sus palabras, de sus actos, del misterio del que él habrá sido el signo.

El cuerpo es "dado por vosotros"… "la sangre derramada por vosotros", en tanto que Mc y Mt hablan de las "multitudes". Lucas ve primeramente el don de Jesús hecho en beneficio de sus discípulos y amigos. Queda muy subrayada la atmósfera familiar de la última cena; el "discurso después de la Cena" que Lucas propone, más breve que el de Juan, recoge también ese tema, invitando a los discípulos a comportarse unos con otros como siervos, y recordando la fidelidad que estos discípulos han demostrado a Jesús durante "sus pruebas", fidelidad que les valdrá participar en su triunfo.

Porque hasta ahora, es Jesús el que ha sido "probado"; a partir de ahora les toca a sus discípulos ser "tentados", "cribados por Satanás". En vista de este combate, están obligados a armarse; pero Jesús, con su oración, los sostiene. Al menos ha obtenido para Pedro el que permanezca firme, para que sea un apoyo inquebrantable para los demás. Antes, sin embargo, conocerá Pedro la traición, consecuencia quizá de la presunción que aparece en su declaración: porque existe una diferencia entre el "Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca", y el "yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte".

El episodio de Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos. Son ellos los que deben "orar para no entrar en tentación". Jesús ora, y su oración es el modelo de la oración cristiana (ver la semejanza con el Padrenuestro"; y el combate que libra es el modelo de la lucha que debe entablar el cristiano: combate penetrado de oración y sostenido con la ayuda de Dios (el ángel que recuerda la marcha dolorosa de Elías sostenido por un ángel, 1 Re 19, 4-8).

El arresto de Jesús se desarrolla muy rápidamente. Y en medio de este movimiento rápido, el único que se hace notar por los lectores es Jesús: por la frase con que acoge a Judas… y por la dulzura de que da pruebas con Malco. Resuena, en fin su voz, que atribuye el escenario en el que es la víctima, al temible poder de las tinieblas (tema ya notado en vv. 3 y 31).

Al contar la traición de Pedro, Lucas omite las imprecaciones con que el Apóstol subraya su negación; nota sobre todo la mirada que Jesús dirige a Pedro. Esta mirada, verosímilmente contraria a las exigencias inútiles de la topografía, dice cómo Jesús, en medio mismo de su drama, sabe ser amigo.

La comparecencia de Jesús ante el Sanedrín es referida brevemente. Hay una frase que reviste una particular significación. "Desde ahora, afirma Jesús, el Hijo del hombre está sentado…". Las decisivas palabras: "desde ahora", van unidas a una cita que proclama el reino del Hijo del hombre, sin mencionar su venida sobre las nubes. Lucas llama, pues, la atención sobre el presente, nuestro presente, que es ya el tiempo en que reina el Hijo del hombre. No olvida el futuro, marcado por la última venida, pero omitiendo esta dimensión de su fe, atestiguada en otras partes, subraya la actualidad de una salvación que compromete nuestra comprensión de la vida, de nuestra vida presente, diaria.

Es notable, por otra parte, que Lucas no espere a la mañana de Pascua para gritar al mundo ese "desde ahora"; lo hace cuando Jesús es entregado por Judas, traicionado por Pedro, ridiculizado por los criados, acusado por los jefes. El autor relaciona humillación y triunfo de una forma que no deja de sorprendernos.

Acusado ante Pilato de pretensiones políticas y de intrigas antiromanas, Jesús es, finalmente, inocente; el juez romano no "encuentra ningún motivo de condena" en él: sorprendente afirmación del carácter apolítico de la acción desarrollada por Jesús. Lucas, el único en referir la comparecencia ante Herodes, la aprovecha para hacer ver el sentido especial de la realeza de Jesús. "Tratado con desprecio", convertido en objeto de un juego indigno, Jesús, sin embargo, se halla revestido con una "vestidura magnífica", que dice al creyente su verdadera dignidad.

Al dar cuenta de la segunda audiencia de Pilato, Lucas insiste, por una parte, en el juicio dado por el romano -Jesús es inocente- y, por otra, en la unanimidad que reúne a "sumos sacerdotes, jefes y pueblo" en la condena de Jesús, conseguida con su insistencia, varias veces renovada… De esta manera, los paganos salvan, en parte al menos, su responsabilidad, mientras que los judíos comprometen gravemente la suya.

La subida al Calvario permite una oposición muy esclarecedora para los cristianos de todos los tiempos. Entre Simón de Cirene, que va "detrás de Jesús" "llevando la cruz", o las mujeres que sólo saben llorar el destino de Jesús, ¿cuál es el discípulo más fiel? Simón de Cirene, sin duda; las mujeres que lloran por Jesús se equivocan. Si hay que llorar es por el destino de los responsables de la muerte de Jesús. Lo que Jesús espera de sus verdaderos amigos es no que se conmuevan por su suerte, sino que vayan con él llevando la cruz y que, una vez llegada la muerte, sepan dirigirle la oración de ese otro personaje modelo. El buen ladrón: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas…". Pero, ¿por qué es necesario que los modelos de los cristianos hayan sido tomados no entre los discípulos formados por la enseñanza de Jesús, sino entre unos ladrones o entre quienes parecían encontrar a Jesús por primera vez o de casualidad? ¿Será que es entre ellos donde se encuentra la verdadera fidelidad? De la crucifixión que pinta Lucas, hay que fijarse sobre todo en las dos palabras de Jesús: la petición de perdón que dirige a su Padre, junto con el motivo que se da -"No saben lo que hacen: ¡sorprendente afirmación de la irresponsabilidad de los hombres sobrepasados por su propia historia!-, y la frase confiada con la que Jesús marca su muerte. Nada recuerda aquí el trágico grito que refieren Marcos y Mateo. Jesús, según Lucas, expira en medio de un sorprendente movimiento de abandono filial.

"Desde ahora, afirmaba Jesús, el Hijo del hombre estará sentado…". De hecho, es a partir del ahora de su crucifixión, más aún, de su muerte, cuando "las hijas de Jerusalén", símbolos de la ciudad incrédula, se interesan por él, cuando uno de los ladrones crucificados con él le saluda con un acto de fe, cuando un centurión "glorifica a Dios" por la muerte de este justo, cuando la gente se arrepiente de esto, y sus amigos vuelven a aparecer. Entre ellos, José de Arimatea, hasta entonces desconocido, se enfrenta a Pilato y coloca a Jesús en una tumba digna de él, mientras las mujeres empiezan los preparativos cuya inutilidad se encargará de dejar claro el futuro ya próximo.

Del cuadro pintado por Lucas surge una silueta de Jesús absolutamente sublime. Sublime, por la dulzura de una amistad que Jesús manifiesta hasta el final a quien quiere acogerle…

Sublime, por la confianza obstinada que pone en su Padre. Esa misma confianza aparece en el curso de la comida eucarística, y colorea su muerte con un matiz único. Esta sublimidad es el reflejo, infinitamente discreto pero accesible al creyente, de un reino celeste ya empezado.

Esta actitud de Jesús, única, signo de un misterio divino, atrae a los discípulos, y les compromete a recorrer de la misma forma el camino de su propia vida. Porque, a lo largo del relato, los cristianos están detrás de la figura de tal o cual héroe: Pedro, las mujeres de Jerusalén, el ladrón, el centurión, José de Arimatea, etc. De suerte que, al meditar en la Pasión de Jesús, reflexionan en su propia existencia. Una reflexión que hay que renovar constantemente.

Domingo 5 de Cuaresma – Ciclo C

Quinto domingo de cuaresma, ciclo C

«Anda y, en adelante, no peques más»

1. Oración

Aquí estamos, Señor, en tu presencia. Gracias, Padre Bueno, porque siempre nos recibes sin condiciones. Aquí estamos, Jesús, ante ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, y te pedimos el regalo de tu mirada, la luz que nos hace ver tu luz. Abre nuestros corazones a la escucha, ilumina los rincones oscuros de nuestra vida, ayúdanos a identificar las sombras de nuestro mundo, permítenos poder agradecer esta luz que nos viste de fiesta, renueva nuestra fe y nos convierte a tu amor.

2. Introducción: Antes de entrar en la gran semana de nuestra Redención, el quinto domingo de Cuaresma nos ofrece, en sus lecturas, ese espacio en el proyecto de salvación sobre nosotros. Tanto el profeta Isaías, la carta a los Filipenses y del evangelio según san Juan emanan fluye lo más profundo del misterio del proyecto de Dios que quiere renovar todas las cosas, que perdona hasta el fondo del ser sin otra contrapartida que la mejor disponibilidad humana.

3. Lectura del Profeta Isaías 43,16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar
y senda en las aguas impetuosas;
que sacó a batalla carros y caballos,
tropa con sus valientes:
caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue.

No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?

Abriré un camino por el desierto,
ríos en el yermo;
me glorificarán las bestias del campo,
chacales y avestruces,
porque ofreceré agua en el desierto,
ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido,
el pueblo que yo formé,
para que proclamara mi alabanza.

Durante el destierro, un discípulo de Isaías que firma con el nombre de su maestro emprende la tarea de consolar al pueblo desesperanzado. El pueblo está en crisis. Dios, aparentemente, los ha abandonado. Los dioses de Babilonia han resultado vencedores. ¿Dónde queda el Señor del Éxodo? El profeta hace una relectura de las antiguas tradiciones del pueblo referentes al Éxodo, y en virtud de la confianza que emana de su fe, proclama una nueva salvación. Dios repetirá los prodigios del antiguo Éxodo, sacará a su pueblo de la tierra del Exilio, los conducirá por el desierto y los introducirá de nuevo en Judá para que reconstruyan Jerusalén.

El tema del Éxodo aparece en el trasfondo del oráculo profético, pero transformado. El paso del Mar se convierte en la travesía del desierto. El Mar convertido en tierra seca es sustituido por el desierto convertido en ríos de agua. El agua de la Roca, del primitivo Éxodo, se convierte en el símbolo fundamental de la nueva salvación: del yermo manarán ríos que apagarán la sed del pueblo desesperanzado. La expresión "mirad que realizo algo nuevo, ¿no lo notáis?" se dirige también a nosotros. El Éxodo es una realidad dinámica y siempre presente. ¿La sabemos descubrir?

MONICIÓN SÁLMICA

A la comunidad judía le cuesta reinstalarse en Israel después del destierro de Babilonia; pero, pese a las dificultades, los corazones se llenan de alegría al retorno de los primeros repatriados: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión y nos hizo pasar del destierro a Israel, nos parecía soñar. Pero a la alegría del retorno hay que unir la súplica por una restauración más plena, hay que pensar en los que aún están cautivos en la lejana Babilonia: Que el Señor cambie nuestra suerte y nos dé la liberación total.

En labios cristianos este salmo debe ser la oración escatológica de un pueblo que, aunque sufre aún en el destierro y está lejos del reino, se sabe ya salvado. Por la resurrección de Cristo -el primer hombre repatriado-, el Señor ha cambiado la suerte de Sión; pensar en el triunfo del hombre, tal como resplandece en la carne del Resucitado, nos parece un sueño, casi no podemos creer tanta felicidad…, pero es ya realidad; el Señor ha estado grande con nosotros realmente. Pero a la alegría del «ya ahora estamos salvados» hay que unir la súplica ferviente por una salvación y liberación total que abarque a toda la humanidad: Que el Señor cambie nuestra suerte, la suerte de la humanidad esclava aún, la de los hombres que viven sin esperanza. Y que el pensamiento de que a los dolores sigue la alegría nos haga siempre «alegres en la esperanza».

4. SALMO RESPONSORIAL
Sal 125,1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R/. El señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando;
trayendo sus gavillas.

5. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3,8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la Ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

Pablo, a partir de su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, opera en su vida una profunda transformación y no desea otra cosa que ganar a Cristo. En comparación con el conocimiento de Cristo toda ganancia le parece pérdida y toda ventaja un inconveniente. Si antes se glorió de ser un hijo de la Ley y de su propia justicia, ahora todo esto le parece basura.

Para Pablo no hay otra justicia que la que viene de Dios como una gracia para todos los creyentes. En esta justicia está la salvación y no en las obras de la Ley. Pablo espera recibir, como fruto de esta justificación por la fe, un "conocimiento" de Cristo. No se trata aquí de un conocimiento meramente teórico, sino de una experiencia profunda y de una comunión de vida con el Señor resucitado, se trata de una correalización de la pascua de Jesús, es decir, del tránsito de Jesús por la muerte a la vida. Muerte y resurrección son momentos inseparables tanto en la vida de Cristo como en la de sus discípulos. No obstante ser la "justificación" una gracia de Dios, el hombre no queda reducido a una situación de mera pasividad. Pues el hecho de haber sido agraciado con la justicia que viene de Dios es el fundamento de un imperativo ético y la condición de su posible cumplimiento: Radicalmente justificados por la gracia de Dios, podemos y debemos hacer obras de justicia verdadera hasta alcanzar la plena salvación. De ahí que San Pablo haga suyo el consejo que hace a los Filipenses: "Trabajar con temor y temblor en la propia salvación" (Flp 2,12). Pablo tiene conciencia de que aún está en camino para conseguir la meta y el ideal de todo cristiano.

El encuentro con Cristo en el camino de Damasco y el camino operado en la vida de Pablo, es ciertamente ya un premio; sobre todo es premio el haber sido elegido y tomado por el Señor para su servicio. De todo esto tiene Pablo clara conciencia y es para él como una prenda de lo que todavía confía en alcanzar. Pero mientras tanto lo verdaderamente importante es seguir adelante en la carrera. El corredor que vuelve atrás su mirada para ver sus éxitos o fracasos no está en lo que hace; el corredor debe tener los ojos puestos en la meta; así Pablo tiene los ojos puestos en Cristo y los oídos a Dios que le llama desde lo alto. El amor de Cristo le urge y Pablo corre como un atleta. Jesucristo, el Señor resucitado ya ha alcanzado a Pablo; por eso ahora Pablo, en respuesta al Señor, tiene que procurar dar alcance a Cristo.

6. Lectura del santo Evangelio según San Juan 8,1-11.

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? -Ella contestó: -Ninguno, Señor. Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

La cuestión de la mujer sorprendida en adulterio ponía a Jesús en un verdadero aprieto. En caso de adulterio, el marido ponía la demanda de divorcio, que era concedido automáticamente. El adulterio propiamente dicho sólo se daba cuando un hombre casado tenía relaciones sexuales con una mujer casada o prometida (en este sentido el noviazgo, equivalía al matrimonio). El casado sólo podía violar el matrimonio de otro, no el suyo propio. Porque la fidelidad conyugal absoluta sólo pesaba sobre la mujer que en virtud del contrato matrimonial pasaba a ser propiedad del varón. El precepto, por tanto, tendía sobre todo a proteger el derecho del casado a la propiedad exclusiva de la mujer. Sobre el adulterio pesaba la pena de muerte.

Hay que imaginarse la escena. "Jesús se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba". Entonces un grupo de "letrados y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en medio del corro, y le dicen a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo". El evangelista advierte que se trata de un lazo, de una trampa. Esperaban enredar a Jesús en esa penosa materia y que diera una respuesta, siempre comprometedora, ante los doctores de la Ley. De mostrarse severo, se vería que su pretendida clemencia y hermandad no era más que mera apariencia; si, por el contrario, se mostraba indulgente, se ponía en contra de la Ley de Moisés y la cosa no encajaría con su piedad. Cualquier clase de respuesta es una trampa para Jesús. La pregunta insidiosa presenta semejanzas con el relato acerca de la moneda del tributo.

Pero Jesús reacciona aquí con la misma grandeza soberana. "Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo". Esta es la primera reacción de Jesús a la pregunta que se le hace. Empieza por no dar respuesta alguna, dejando plantados a los interpelantes con la mujer, se inclina y escribe con el dedo en el suelo. No es fácil la interpretación de tales gestos; pueden significar un desinterés por todo el asunto y también pueden tener un sentido simbólico, Algunos comentaristas piensan en estas palabras de Jeremías: (17, 13) "Tú, Señor, esperanza de Israel. Todos cuantos te abandonan serán destruidos. Quienes de ti se apartan serán escritos en tierra, por haber dejado al Señor, la fuente de agua viva".

Se trataría de una acción simbólica: en realidad, Dios tendría que escribir a todos los hombres en el polvo. Después se incorpora Jesús y pronuncia unas palabras que, sin duda se encuentran entre las más importantes y que, con razón, han alcanzado la categoría de una sentencia insuperable. "El que de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra". En la ejecución de una sentencia de muerte por lapidación los primeros testigos tenían también el derecho a tirar la primera piedra. Con ello asumían la plena responsabilidad de la ejecución capital. La afirmación indica que tal responsabilidad sólo podía asumirla quien se sabe personalmente libre de cualquier pecado y fallo. Sólo una persona por completo inocente podía tener derecho a declarar culpable y ejecutar a un semejante. Pero ¿quién es ese por completo inocente?

No hay ninguna palabra de Jesús que exprese de manera tan categórica la corrupción de todos los hombres por el mal. Es una palabra lapidaria con la claridad cortante de una verdad que penetra hasta lo más profundo. Jesús la lanza sin ningún otro comentario y vuelve a inclinarse para seguir escribiendo en el suelo. Y es esa palabra la que actúa, afectando a todos hasta lo más íntimo.

Y los acusadores van desapareciendo uno tras otro, siendo los más ancianos los que con su mayor experiencia de la vida empiezan por desfilar. Nada tienen que oponer a la palabra de Jesús y así se largan uno tras otro; incluso los más jóvenes, que todavía no conocen tan bien la vida ni a sí mismos, se sienten inseguros y desaparecen. Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús: "sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".

Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que mira cara a cara y le pregunta "¿Nadie te ha condenado?" La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más".

Jesús no quiere condenar, sino liberar, con su decisión asegura la vida a la mujer, dándole así un nuevo impulso vital, una nueva oportunidad. Cierto que Jesús no declara por bueno lo que la mujer ha hecho. Lo que Jesús desea es este nuevo comienzo para la mujer.

Esta historia pertenece a las cumbres más altas del evangelio, porque en ella se revela de una manera visible todo el sentido de la salvación que Jesús nos ofrece. No es como la que ofrece Juan el Bautista; para el Bautista, la conversión es la condición para recuperar la comunión con Dios, para volver a ingresar en la comunidad del pueblo de Dios. Jesús va al encuentro de los hombres y los acoge en la comunión divina, en el ámbito del amor de Dios que otorga vida y confía en que tal comportamiento, ese perdón de los pecados, pueda tocar al hombre en lo más íntimo, a fin de moverle de esa manera a la conversión. El perdón de los pecados que Jesús otorga gratuitamente provoca la conversión; la conversión es la consecuencia del perdón, no su condición propia. Este es el nuevo orden -el Reino de Dios- que Dios hace presente en el mundo mediante la palabra y la vida de Jesús, su Hijo, un orden en el que Dios se manifiesta a los hombres fundamentalmente como el Dios del amor incondicional, lo cual se ve claramente en el perdón incondicional de los pecados, como el que Jesús practica, El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo, al saberse amado y acogido por Dios. Es una liberación de todas las presiones y miedos.

7. Oramos: SALMO 32,1-11

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, fijaré en ti mis ojos. No seáis irracionales como caballos y mulos, cuyo brío hay que domar con freno y brida; si no, no puedes acercarte. Los malvados sufren muchas penas; al que confía en el Señor, la misericordia lo rodea. Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero.

Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuarto domingo de cuaresma: ciclo C.

DIOS, POR CRISTO, NOS HA RECONCILIADO CONSIGO

Hoy la predicación penitencial se centra en la parábola del hijo pródigo, acogido y reconciliado por el Padre; la segunda lectura es también un admirable comentario en un sentido eclesial muy profundo.

Hay que conectar la predicación de hoy con la del domingo anterior. La urgencia a la conversión tiene que predicarse: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios». Este Dios se nos presenta como el padre, que espera, con los brazos abiertos, al hijo que se fue lejos. Al verlo, se conmueve, se le echa al cuello y lo besa; manda preparar el banquete festivo.

Lectura del libro de Josué 5,9a. 10-12.

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Primera celebración de la Pascua en la Tierra Prometida. «Por fin libres, por la gracia de Dios». Porque «hoy los he despojado del oprobio de Egipto». Aquella esclavitud ya no es sino un triste recuerdo. Y aquel recuerdo hoy los hace cantar de alegría.

Hoy son libres. Hoy han alcanzado la tierra prometida de la libertad. Ya pueden comer «panes ácimos» nuevos, como los hombres nuevos. Ya pueden comer del fruto de la tierra, como señores. No las cebollas de la esclavitud ni el maná de los fugitivos, sino las «espigas fritas» de la libertad. Ya se acabaron la esclavitud y las pruebas, los miedos y las esperas. Hoy es su Pascua.

Pero este hoy siempre es relativo. La libertad plena no la conseguimos aquí. La Tierra Prometida siempre tiene que estar siendo conquistada. «Si Josué les hubiera proporcionado un descanso, no habría hablado Dios más tarde de otro día» (Hb 4, 8). La libertad de hoy, la tierra conquistada de hoy, no son más que el anuncio de nuevas libertades y tierras mejores. El «ya» y el «todavía no». Estamos ya en la Tierra Prometida, pero sigue siendo objeto de una bienaventuranza de Jesús (cf. Mat 5, 4).

SALMO RESPONSORIAL
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloria en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias.

Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias.

Salmo sencillo, reiterativo, pero de una lección grande, siempre actual y necesaria. Composición poética fruto de una experiencia religiosa riquísima. La confianza en Dios, la fe perseverante y la confianza en el Dios de la salvación que nunca falta, y se obtiene de él más aún de lo que se le pide.

Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras.

Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro.

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5,17-21.

Hermanos: El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.

Este párrafo se inserta en el contexto general del ministerio de la reconciliación que forma el tema principal. Sin embargo, la primera y la última parte tocan otros puntos muy importantes, aunque un tanto diferentes del principal, aunque conectados con él.

La reconciliación y su ministerio. Es una de las maneras con que Pablo describe los efectos de la obra de Cristo. «Reconciliación» es una imagen que no puede tomarse literalmente, sino sólo en cuanto tercera comparación. En este caso significa que Dios y el hombre se han encontrado, como dos personas que se reconcilian. Renuevan una amistad maltrecha. No significa, con todo -eso sería exagerar la imagen- que Dios y el hombre sean enemigos mutuos. Sabemos que Dios nunca lo es del hombre. Conviene presentar, pues, a Dios a su propia luz en cuanto sea posible.

La novedad de lo cristiano . Es una alusión en primer lugar a alguien que se hace cristiano. Para él Cristo es una novedad enorme. Pero para quien ya lo es también el Señor tiene una permanente y eterna novedad que aportar. Es esencial no creerse que porque seamos cristianos desde hace tiempo o la Iglesia tenga casi dos mil años ya lo sabemos todo sobre Cristo y Dios y su revelación, y nos escleroticemos en actitudes superadas, individuales y colectivas.

Cristo hecho pecado. La expresión más fuerte en todo el Nuevo Testamento. La traducción es mala, al hablar de expiación por los pecados. Parece que no se ha atrevido a proponer el original paulino que dice: «a quien no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros a fin de que fuésemos justicia de Dios en El». Significan la participación integral de Cristo en la condición humana, en el pecado y la muerte, su consecuencia, aunque no fuera pecador personal. Pero un mundo injusto y roto le afectan en su ser personal humano asumido por amor a los hombres.

De ahí provendrá la modificación de la existencia humana hasta llegar a ser «justicia de Dios», otra expresión paulina paralela a la de reconciliación para indicar la forma del ser del hombre unido a Cristo.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15,1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame, la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna, viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi Padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.» Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: Mira: en tantos años cómo te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mijeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Lucas no se refiere a ninguna situación especial sino a lo que siempre sucedía: mientras los pecadores públicos y todos aquellos que no eran buenos a juicio de los fariseos y según la religiosidad oficial, se acercaban a Jesús, le escuchaban y se convertían al evangelio, los santones y maestros de Israel no hacían otra cosa que expiarle y criticar su conducta. Pero Jesús, acogiendo a los pecadores, no hacía otra cosa que manifestar el amor de Dios y su perdón misericordioso. La parábola del «hijo pródigo» es una réplica de Jesús a la murmuración de los fariseos.

La parábola, que debiera llamarse del «padre bondadoso», tiene también algunos rasgos simbólicos y sicológicos de gran interés. Pero, como decíamos, lo principal es el insondable amor de Dios que se refleja en la conducta del padre.

El pecado es siempre un apartarse de Dios para convertirse a las criaturas, una opción por el mundo con menosprecio de Dios. No obstante, Dios deja en libertad al hombre para que haga su experiencia. No quiere tener hijos a la fuerza, deja que se vayan lejos. El pecado lleva al hombre al límite de su miseria. Pero entonces es posible que recapacite y vuelva a su casa. De ser así, el primer paso se da con el reconocimiento de la propia miseria. Dios espera siempre al hijo pródigo y le sale al encuentro con su gracia. Si se decide a volver, lo acogerá amorosamente, lo restablecerá en su dignidad perdida y lo colmará de bienes. Dejará a un lado la venganza y aun la mera justicia, no aceptará que viva en la casa como un jornalero. Celebrará su venida como una resurrección: «estaba muerto y ha revivido». Así es Dios.

El comportamiento del hermano es completamente distinto. Sirve para contraponer el amor de Dios a la conducta de los hombres, que no sabemos perdonar, porque no nos amamos como hermanos.

Porque tampoco nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, sino sólo como servidores y esclavos. Es una crítica de Jesús a los fariseos que cumplen la ley a la perfección, al pie de la letra, pero que no han descubierto que la auténtica perfección de la ley es el amor. Para saber perdonar hace falta ser Dios o verdadero hijo de Dios, no basta con ser un cumplidor.

Cantos que se pueden utilizar en la celebración de este domingo.

1. Nueva Creación (C. Gabarain)

2. Oración del Pobre (Kairoi)

3. Padre vuelvo a ti (Kairoi)

4. Dame tu perdón

5. Siento que tú eres Dios

6. El Señor me amó

7. Madre del dolor

Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo C

Tercer domingo de cuaresma ciclo C

Déjala todavía este año… a ver si da fruto»

Oración para disponer el corazón – Invocación al Espíritu

Aquí estamos, Señor, en tu presencia. Gracias, Padre Bueno, porque siempre nos recibes sin condiciones. Aquí estamos, Jesús, ante ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida,y te pedimos el regalo de tu mirada, la luz que nos hace ver tu luz. Abre nuestros corazones a la escucha, ilumina los rincones oscuros de nuestra vida, ayúdanos a identificar las sombras de nuestro mundo, permítenos poder agradecer esta luz que nos viste de fiesta, renueva nuestra fe y nos convierte a tu amor.

1. Introducción: Los domingos tercero, cuarto y quinto forman la segunda parte de la Cuaresma. Cada año, esta segunda parte tiene un tono propio, marcado por los evangelios que se leen: ciclo A, la preparación del bautismo; ciclo B, el camino hacia la cruz; ciclo C, la conversión y la misericordia de Dios. Dentro del tema del ciclo de este año, que es el C, hoy el evangelio presenta, con mucha exigencia, la necesidad de conversión. Y los próximos domingos -el hijo pródigo y la adúltera- nos presentarán, desde distintas perspectivas, la misericordia de Dios y también la nuestra.

2. Lectura del libro del Éxodo 3,1-8a. 13-15.

En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: Moisés, Moisés. Respondió él: Aquí estoy. Dijo Dios: No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. Y añadió: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios. El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel. Moisés replicó a Dios: Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo? Dios dijo a Moisés: «Soy el que soy.» Esto dirás a los israelitas: -«Yo-soy» me envía a vosotros. Dios añadió: Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

Dios ve que su pueblo es "pobre" y que está "afligido" y "humillado". Dios "ve" y "oye" y "conoce" las angustias de su pueblo. Para decirlo con otras palabras: Dios entra en la historia dolorosa de su pueblo, para intervenir en ella. Y así dice: "mi pueblo". Israel es el "pueblo de Dios", este es su nombre más hermoso.

Dios "desciende". Es fácil comprender que aun las personas que creen y saben que Dios está en todas partes, dicen que El mora "en lo alto", "en los cielos", conforme a un simbolismo que está inscrito en nuestra naturaleza. Dios viene a "sacar" a Israel de entre las manos que lo tienen apresado. Este es el programa de la liberación y el tema mismo del Éxodo. Pero la declaración va más allá; el Éxodo debe ir seguido de la entrada en Palestina, hacia la cual hay que "subir", porque es un país montañoso: un "país bueno y ancho", mientras que Egipto, a pesar de ser fértil, no ha sido bueno a causa de la servidumbre y también de la falta de espacio. Un "país que fluye lecho y miel", símbolo de la tierra prometida.

El hombre no nace libre. Nace con el instinto de las cadenas, con un deseo loco de presión, con la querencia irresistible de tener un amo. El hombre puede llegar a ser libre. Pero cuánto trabajo para infundirse este gusto por la libertad, se ha dicho que la esclavitud, más que un estado, es una mentalidad. Algunas personas no son libres y no lo serán nunca, no porque no puedan serlo, sino porque no sienten este deseo.

Se necesitan más de 40 años de escuela obligatoria en el desierto para hacer que los israelitas abandonen la mentalidad de la esclavitud -cuántas lágrimas, lamentaciones, cuántas nostalgias durante aquellos años- y lograr que adquieran la mentalidad de pueblo libre. La bajada auténtica de Dios fue la Encarnación; "no hizo alarde de ser como Dios".

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 102,1-2. 3-4. 6-7. 8 y 11

R/. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles.

"El Señor es compasivo y misericordioso…"En forma de comparación, va ensalzando esa bondad infinita del Señor, incomprensible: bondad y ternura que llega hasta el cielo, como de un padre hacia sus hijos. Bondad hecha de comprensión al conocer la fragilidad de nuestra naturaleza: somos de barro, y Dios lo sabe; por esto se compadece de nosotros y nos perdona.

Podemos recordar la enumeración del salmo 35 sobre los atributos de Dios: "Señor, tu misericordia llega al cielo, / tu fidelidad hasta las nubes; / tu justicia, hasta las altas cordilleras, / tus sentencias son como el océano inmenso". Ya en la perspectiva del hombre del Antiguo Testamento, la bondad de Yahvé sobresalía entre todos los atributos divinos.

De Jesús se dice que “amó hasta el fin”, es decir, hasta las últimas consecuencias (Jn 13,1). La compasión es su principal característica ante el sufrimiento o el clamor de la gente (Mt 9,13). Jesús también perdonó los pecados, curó a enfermos, resucitó a muertos, sació a hambrientos, hizo justicia y defendió a todos los oprimidos. Además, reveló a todo el mundo que la característica principal de Dios es su paternidad. Nos enseñó a decir a Dios Padre-Abbá.. Las parábolas de la misericordia (Lc 15) ilustran perfectamente quién es el Dios de Jesucristo y Padre de toda humanidad.

Jesús bendijo al Padre (Mt 11,25) y mostró cómo también es compasivo y misericordioso con los malvados e injustos (Mt 5,43.48).

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12.

Hermanos: No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.

"Nuestros padres… fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar": Todos los cristianos, tanto los que proceden del judaísmo como de los gentiles, son hijos de Abrahán, por su incorporación a Cristo, descendencia de Abrahán. El paso a través del mar Rojo lleva la referencia hacia el bautismo: el paso por el agua como liberación de la esclavitud y del pecado.

"Todos comieron el mismo alimento espiritual": Unos nuevos hechos del Éxodo ilustran la Eucaristía: el maná y el agua que brota de la roca en el desierto. La expresión "espiritual" se ha interpretado de varias maneras: como sinónimo de simbólico; o por su origen milagroso; pero la mejor lectura es referirlo a Cristo resucitado. La Eucaristía es una comida y una bebida que hacen participar al hombre de la situación gloriosa de Cristo. Notemos cómo Pablo añade una leyenda rabínica sobre la roca que seguía al pueblo en el desierto: la roca se convierte en un símbolo de Cristo.

"Todo esto les sucedía como un ejemplo": Pese a las maravillas que Dios realizó en favor de su pueblo, algunos cayeron en la idolatría o murmuraron y murieron castigados en el desierto. Conviene que los cristianos lean el AT como una advertencia también para ellos, ya que están insertos en la misma historia de la salvación.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13,1-9.

En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y la echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

Según progresamos en nuestro viaje espiritual en este tercer domingo de Cuaresma, ahondamos en el carácter penitencial de esta etapa litúrgica, ayudados por el evangelio de Lucas. De hecho, el evangelio de hoy se centra en la invitación a la penitencia y conversión de corazón, en la confianza de que nuestro Dios es siempre un Dios paciente, deseoso de nuestra salvación y no de nuestra destrucción.

Se inicia con “noticias sensacionales” que llegan a los oídos de Jesús por la gente que le rodea. Son noticias horribles, como que Pilato mezcla la sangre de algunos galileos con la de sus sacrificios, o trágicas, como el derrumbamiento de la torre de Siloé, provocando la muerte de dieciocho personas.

Al oír tales noticias Jesús expresa su parecer ante sus oyentes con un reto: ¿deberían ser considerados simplemente estos “signos de los tiempos” como un requerimiento para juzgar a las víctimas de esta tragedia o deberían tomarlos como una llamada a examinar sus vidas?

Como un gran Maestro, aprovecha la oportunidad para traer a colación la llamada de Dios al arrepentimiento, a la conversión de corazón. Y lo hace centrándose sobre la cuestión del tiempo y la premura del arrepentimiento empleando la parábola del propietario de la higuera que quiere recolectar sus frutos.

La breve parábola presenta la “tensión” entre el propietario y un personaje intermediario que intercede para dar al árbol su “última oportunidad” de producir fruto, en oposición a la voluntad del propietario, que quiere cortarlo. Pero lo más interesante es la presentación de un personaje paciente y compasivo, el jardinero, que se compromete a hacer todo lo posible para que la higuera fructifique; un personaje que hace pensar en Dios mismo, en la persona de su Hijo Jesús, siempre dispuesto a llamar a las personas al arrepentimiento y a cambiar su corazón.

Meditamos

La vida es un don. En concreto, es el tiempo y espacio donde una persona está invitada a crecer en todas las dimensiones posibles. Somos llamados a la vida (nacimiento) y a engendrar vida (madurez, productividad). La imagen de “dar fruto” en el evangelio de hoy es el modo metafórico de alcanzar la madurez en la propia vida y, por tanto, engendrar vida en todos los niveles de relación: con uno mismo, con Dios, con otros, con toda la realidad creada.

Pero parte de la realidad de la vida es también que nosotros pecamos, cometemos errores, no somos fieles a lo que realmente somos: hijos de Dios por la gracia y fuerza de nuestro bautismo. No damos frutos de paz, justicia y caridad. El Señor conoce esto muy bien, que es la razón de su ofrecimiento de una segunda oportunidad, de una tercera y de las, al parecer, infinitas oportunidades nuestras de reconocer nuestros errores y volvernos hacia él.

La invitación a arrepentirse es una invitación a ser transformados. No se trata simplemente de “reparar mis errores pasados” sino de asumir la responsabilidad de las propias acciones, de reconocer haber cometido algo que no conviene al que es un hijo de Dios. El arrepentimiento es también un acto de confianza en Dios, capaz de hacer de todo algo nuevo. Puede hacerlo porque ¡Él es siempre Nuevo! Dios no tiene pasado, sólo origen: miremos la lectura primera donde se presenta a Moisés como “Yo soy el que soy.”

La buena noticia que se nos da hoy es que: Todo puede volverse a retomar, todo puede ser rescatado, todo puede ser recreado. El regreso a la fuente de nuestro ser, a la fuente de las cosas es la conversión. La conversión es la vuelta a la primera mañana de la creación cuando la luz brilló desde la oscuridad.

6. Oramos

Dios santo y lleno de misericordia, Tú nunca abandonas a tus hijos y les descubres tu nombre. Rompe la dureza de nuestro corazón y mente para que aprendamos cómo acoger tus enseñanzas con la sencillez de los niños y dar frutos de conversión continua y verdadera. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Segundo domingo de cuaresma

1. Introducción

Los montes Tabor y Calvario enmarcan la vida pública de Jesús, que va desde Galilea a Jerusalén para dar cumplimiento a su misión. El primero, en la llanura de Jezrael, al norte de Palestina, es el monte de la transfiguración, de la manifestación de Dios en Jesús. El Calvario, al sur, en los aledaños de la Ciudad Santa, es el monte del ocultamiento, de la muerte de Dios.

Tabor y Calvario se complementan y jalonan el discurso de la existencia cristiana. Hay que subir al Tabor desde la rutina de la vida para ver, para no perder la perspectiva, para cobrar ánimo y esperanza en el camino que inexorablemente lleva a la muerte y muerte de cruz. Pero no hay que perder nunca de vista el Calvario, no sea que el resplandor y los destellos del Tabor se conviertan en fuegos fatuos y la esperanza se desvanezca en ilusiones.

2. Lectura del libro del Génesis 15,5-12. 17-18.

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: -Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: -Así será tu descendencia. Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber. El Señor le dijo: -Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra. El replicó: -Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla? Respondió el Señor: -Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: -A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.

Dios prometió y Abraham creyó. La fe de Abraham fue grande. La promesa de Dios era inmensa. Abraham pedía un hijo. Dios le concedía millones de hijos. Incontables como las estrellas. Y, por si fuera poco, le dará también una tierra, donde sus hijos puedan echar raíces.

Y más. Dios le dará mucho más. Le dará su ayuda providente, su presencia constante, su amistad definitiva. Se dará a sí mismo. Es lo que significa la alianza.

¿Qué se le pide al hombre? Sólo una cosa: fe, fidelidad. Aunque te sientas acabado, aunque te envuelva la «oscuridad», aunque te invada «un terror intenso», confía y espera contra toda esperanza.

El sueño, el temor, la oscuridad son el marco de una intervención misteriosa. Los animales partidos: un rito de alianza. Quienes se comprometían pasaban por medio de las víctimas, aceptando sufrir la misma muerte, si faltaba al contrato

3. SALMO RESPONSORIAL Sal 26,1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14

R/. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz, y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Escúchame, Señor, que te llamo,
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.

Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro;
no rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

BUSCO TU ROSTRO

Este es el deseo de mi vida que recoge y resume todos mis deseos: ver tu rostro. Palabras atrevidas que yo no habría pretendido pronunciar si no me las hubieras dado tú mismo. En otros tiempos, nadie podía ver tu rostro y permanecer con vida. Ahora te quitas el velo y descubres tu presencia. Y una vez que sé eso, ¿qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, sino buscar ese rostro y desear esa presencia? Ese es ya mi único deseo, el blanco de todas mis acciones, el objeto de mis plegarias y esfuerzos y el mismo sentido de mi vida.

«Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro».

He estudiado tu palabra y conozco tu revelación. Sé lo que sabios teólogos dicen de ti, lo que los santos han enseñado y tus amigos han contado acerca de sus tratos contigo. He leído muchos libros y he tomado parte en muchas discusiones sobre ti y quién eres y qué haces y por qué y cuándo y cómo. Incluso he dado exámenes en que tú eras la asignatura, aunque dudo mucho qué calificación me habrías dado tú si hubieras formado parte del tribunal. Sé muchas cosas de ti, e incluso llegué a creer que bastaba con lo que sabía, y que eso era todo lo que yo podía dar de mí en la oscuridad de esta existencia transitoria.

Pero ahora sé que puedo aspirar a mucho más, porque tú me lo dices y me llamas y me invitas. Y yo lo quiero con toda mi alma. Quiero ver tu rostro. Tengo ciencia, pero quiero experiencia; conozco tu palabra, pero ahora quiero ver tu rostro. Hasta ahora tenía sobre ti referencias de segunda mano; ahora aspiro al contacto directo. Es tu rostro lo que busco, Señor. Ninguna otra cosa podrá ya satisfacerme.

Tú sabes la hora y el camino. Tienes el poder y tienes los medios. Tú eres el Dueño del corazón humano y puedes entrar en él cuando te plazca. Ahí tienes mi invitación y mi ruego. A mi me toca ahora esperar con paciencia, deseo y amor. Así lo hago de todo corazón.

«Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo… y espera en el Señor».

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3,17-4,1.

Hermanos: [Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en mí. Porque,
como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos,
hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo:
su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros [por el contrario] somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

El texto que hoy leemos, de la carta a los cristianos de Filipos deja sentir un claro regusto autobiográfico. En efecto, Pablo intenta expresarlo por medio del cambio que experimentó su manera de pensar al descubrir lo que representaba creer en Cristo. El anhelo último de su vida había sido desde siempre la justificación, llegar a ser justificado. De hecho, lo había buscado en el cumplimiento estricto de la ley judía, cosa en lo que se tenía como un «hombre sin tara». Así, pues, en eso, y también por razón de su nacimiento, educación y celo en el judaísmo, tenía suficientes motivos de gloria, tal vez más que todos sus correligionarios. Pero he aquí que un día se le hizo evidente la inutilidad y la esterilidad de todos sus afanes anteriores. Descubrió sencillamente que la verdadera justicia no provenía del cumplimiento de la ley, sino que viene de Dios por la fe en Cristo. De aquí que ahora, al mirar su vida anterior, lo considere todo como perjuicio y pérdida, ya que se ha dado cuenta de que solamente una cosa vale la pena: conseguir la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. "Conocerlo a él, la potencia de su resurrección y la solidaridad con sus sufrimientos" (3,10). Desde entonces todo en él se ha convertido en tensión hacia adelante, no teniendo otro objeto para vivir que el de «perseguir el premio al que Dios llama desde arriba por Cristo Jesús» (14).

«Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos también como salvador al Señor Cristo Jesús» (20). Quieras o no, no se puede negar esta ley de desengaño que entraña vivir la esperanza cristiana. La fe y la esperanza en Jesucristo como único salvador implican la incredulidad en cualquier otra cosa y en nadie que no sea él. La esperanza cristiana es la esperanza de los desengañados de todo aquello que no sea Dios o Cristo. De todo el resto ¿existe algo en lo que se pueda poner «toda» la esperanza? Sin embargo, no parece que nadie pueda manifestar el porqué todavía. A pesar de la decepción constante y continuada, aparece ante los ojos de los hombres, hasta llevárselos tras ella, la ilusión de una vida liberada y completamente feliz sobre la tierra. Los santos son hombres que, aun creyendo que para Dios nada hay imposible, no creen ni esperan en otra cosa que no sea él.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,28b-36.

En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Los tres discípulos que serían testigos del abatimiento de Jesús en Getsamaní, fueron elegidos antes para ver su gloria en el Tabor.

La blancura de los vestidos de Jesús y el nuevo aspecto de su rostro (Mateo dice que aquellos se tornaron blancos como la luz y que su rostro resplandecía como el sol) no son más que la manifestación de la dignidad y la gloria que le correspondía como Hijo de Dios. Moisés y Elías, representando a la Ley y los Profetas -todo el Antiguo Testamento-, conversan con Jesús de lo que aún ha de cumplirse en Jerusalén. Toda la historia de la salvación culmina en Jesucristo, pero el momento de esta culminación es la hora de su exaltación en la cruz. El Tabor no se explica sin el Calvario.

A pesar de que sólo hace seis días (Mt 17, 1) desde que Jesús les había anunciado su pasión y muerte en Jerusalén y había reprendido precisamente a Pedro porque intentó torcer su camino, éste sigue sin entender nada. Piensa que ha llegado la hora de disfrutar el triunfo y que puede ahorrarse lo que ha de suceder todavía.

La "nube", o la "columna luminosa", es en la biblia el símbolo de la presencia de Dios. Aquí aparece como respuesta a la proposición de Pedro. De la nube sale la voz de Dios. El signo de la nube es interpretado por la palabra. Y la palabra confirma a Jesús como enviado de Dios, como Hijo que ha venido a cumplir su voluntad. A él deben atenerse Pedro y sus compañeros. Lo fascinante y lo tremendo de la presencia de Dios, de la teofanía, se advierte en las palabras de Pedro y en el temor de los tres discípulos al ser introducidos dentro de la nube.

La transfiguración, que el evangelista sitúa como un alto en el camino que sube a Jerusalén, no ha sido otra cosa que una anticipación momentánea de la última meta y como un aliento para seguir caminando. Jesús les manda que callen lo que han visto hasta que todo se cumpla y el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos (Mt 17,9).

I Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Primer domingo de cuaresma. Ciclo C.

«No sólo de pan vive el hombre»

1. Oración para disponer el corazón

Espíritu Santo, Compañero de mi vida, que llenas y conduces: guía mis pasos hacia el desierto en el que el Padre desea hablarme al corazón y hacerme su hijo para siempre. Que no me pierda tras voces tentadoras que me sacan de ese centro del corazón en el que nada hay tan real como tus Palabras y en el que todo "pan" en nada es comparable al Pan de Dios. Amén.

2. Lectura del libro del Deuteronomio 26.4-10.

Dijo Moisés al pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor tu Dios: «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo, que tú, Señor, me has dado.» Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.

"El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias…": La ley pedía el ofrecimiento de las primicias (Ex 22, 28), seguramente en ocasión de la fiesta de los ázimos. Era una celebración quizá de origen cananeo con motivo de la primavera, a la que Israel dio un significado nuevo: de ser un culto a la fecundidad a ser expresión de fe en la acción salvífica de Dios en la historia.

"Mi padre fue un arameo errante": A la ofrenda de las primicias acompaña una recitación que no tiene la forma de oración, sino más bien de profesión de fe. Como un "Credo", es un sumario de los hechos principales de la historia de la salvación y abarca desde los patriarcas, refiriéndose a Jacob, hasta la entrada en la tierra de Canaán. Parece que se trata de la profesión de fe del AT a la que hay que conceder más antigüedad e importancia.

"El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte…": El israelita al pronunciar esta profesión de fe se siente contemporáneo de los hechos pasados y por ello pasa de la tercera persona -al mencionar los antepasados- a la primera. La fiesta de los ázimos quedó unida a la fiesta de Pascua (de origen diverso, de ambiente familiar y de pastores), puesto que ambas celebraban, para los israelitas, el mismo hecho: la liberación de la esclavitud de Egipto y el don de la tierra prometida.

"Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra": El último episodio de la historia de salvación es el don de la tierra como cumplimiento de la promesa. Este es un mensaje central del Deuteronomio. Por eso la infidelidad del pueblo hará peligrar este don recibido. De ahí que el ofrecimiento de las primicias no es un simple gesto de religiosidad ancestral (dar a la divinidad el tributo debido), sino un gesto de acción de gracias y una proclamación de la acción de Dios en medio de la historia de Israel.

3. Salmo responsorial
Sal 90, 1-2.10-11.12-13. 14-15

R/. Acompáñame, Señor, en la tribulación.

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti.»

No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.

Te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.

Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré.

«No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra».

Hermosas palabras llenas de consuelo. Hermoso pensamiento de ángeles que vigilan mis pasos para que no tropiece en ninguna piedra. Hermosa imagen de tu providencia que se hace alas y revolotea sobre mi cabeza con mensaje de protección y amor. Gracias por tus ángeles, Señor. Gracias por el cuidado que tienes de mí. Gracias por tu amor.

Y ahora quiero escuchar de tus propios labios las palabras más bellas que he oído en mi vida, que me traen el mensaje de tu providencia diaria como signo eficaz de la plenitud de la salvación que en ellas se encierra. Dilas despacio, Señor, que las escucho con el corazón abierto. «Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré, porque conoce mi nombre; me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré; lo saciaré de largos días, y le haré ver mi salvación».

Gracias, Señor.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 10,8-13.

Hermanos: La Escritura dice: «La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón.» Se refiere al mensaje de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación. Dice la Escritura: «Nadie que cree en él quedará defraudado.» Porque no hay distinción entre Judío y Griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará.»

"La palabra está cerca de ti": San Pablo recoge unas palabras que el Dt pone en labios de Moisés (30, 11-14): pese a que la observancia de la Ley es la condición necesaria para obtener la salvación, no debe pensarse que esto sea imposible; no es preciso escalar las alturas o bajar a las profundidades. Este razonamiento de Moisés halla su plena realización en Cristo. El es el que ha bajado de lo alto, para compartir la vida de los hombres, y es el que ha subido de las profundidades de la muerte, para resucitar.

Por ello, el hombre no es necesario que busque con esfuerzo el camino del cumplimiento de la Ley para obtener la salvación, sino que se ponga en el camino de la fe: "si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás". Cristo ocupa el lugar salvífico que tenía la Ley en la Antigua Alianza. La fe tienen una doble dimensión inseparable: hacia el interior y hacia el exterior, aceptando y expresando unas verdades de fe.

"Nadie que cree en él quedará defraudado": Otra cita del AT, de Is 28, 16, que se refiere precisamente a un tema muy apreciado por el NT: la piedra angular puesta por Dios en Sión. Cristo es la piedra que no tiembla. Pablo acentúa el universalismo de la confianza en él. Jesús es el Señor de judíos y griegos. Por la resurrección ha sido constituido por Dios como Señor, un título que el AT reservaba a Yahvé.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 4,1-13.

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre.» Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Jesús le contestó: Está escrito: «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto.» Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.» Jesús le contestó: Está mandado: «No tentarás al Señor tu Dios.» Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

"Durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo": En la última narración preparatoria para el ministerio público, Lc presenta las pruebas que Jesús sufre como Hijo de Dios. El orden de las pruebas es diferente del evangelio de Mt. Para Lc la última se sitúa en Jerusalén, es el lugar donde conduce el camino que Jesús sigue a lo largo de la narración evangélica. No podemos hacer ninguna reconstrucción histórica sobre los hechos aquí narrados.

Su carga simbólica y teológica es demasiado fuerte, pero es verdad que se fundamenta en una base muy real: Jesús durante su vida sufre la prueba de una oposición a su misión. La finalidad básica de las tres tentaciones es la de corregir una idea equivocada de la misión de Jesús como Hijo de Dios. Se propone a través de una comparación con la actitud del pueblo de Israel en el éxodo: donde este pueblo falló, allí Jesús permanece fiel a la voluntad del Padre que le envía.

"Está escrito: No sólo de pan vive el hombre": La controversia de la primera tentación tiene como respuesta DT, 8, 3. Israel deseaba en el desierto las comidas de la esclavitud de Egipto y Dios debe intervenir con el maná para que reconozca de una vez quién es su Salvador. Jesús, en cambio, no utiliza su relación con Dios en provecho propio, sino que está a la disposición de Dios que le envía.

"Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto": Jesús debe responder ante la tentación de aceptar el poder de manos de alguien que no es Dios. Lo hace con la cita de Dt 6, 13, que forma parte de la exhortación de Moisés al pueblo de Israel para estar vigilante ante la seducción de las divinidades cananeas al entrar en la tierra prometida.

"Está mandado: No tentarás al Señor tu Dios": La última tentación, en Jerusalén, consiste en la posibilidad de manifestarse con los poderes extraordinarios de Hijo de Dios, según las expectativas humanas. La respuesta de Dt 6, 16 pertenece a las palabras de Moisés en las que recuerda al pueblo que puso a prueba a Dios exigiendo el agua en el desierto (Ex 17, 1-7) y exhorta a nunca más tentar a Dios.

6. Oración final:

Señor, nosotros te buscamos y deseamos tu rostro, haz que un día, quitado el velo, podamos contemplarlo. Te buscamos en las Escrituras que nos hablan de Ti y bajo el velo de la sabiduría, fruto de la investigación de las gentes Te buscamos en los rostros radiantes de los hermanos, en las improntas de tu pasión en los cuerpos sufrientes. Toda criatura está marcada con tu impronta, toda cosa revela un rayo de Tu invisible belleza. Tú te revelas en el servicio del hermano, al hermano te manifiestas por el amor fiel que no se acaba. No los ojos sino el corazón tienen Tu visión, con simplicidad y veracidad tratamos de hablar contigo. Amén.

7. Los cantos en la Cuaresma

Para escoger los cantos del tiempo de Cuaresma es necesario conocer el sentido de cada uno de los días, especialmente de los domingos y tener en cuenta siempre la temática cuaresmal que gira alrededor de:

  • La conversión y penitencia
  • La preparación a la Pascua
  • La cruz y la pasión de Cristo
  • La marcha en el desierto
  • El camino de la Iglesia peregrina

Los cantos deben ser suaves y sobrios; motivar a la asamblea a entrar en reflexión y meditación. Se deben escoger aquellos cantos que son confesantes de nuestra fe, que no hablan en primera persona del singular (Yo), sino que hablan de la comunidad que se acerca a Dios.

7.1 Características del canto cuaresmal

  • Los instrumentos de percusión se moderan. Se acentúan el IV domingo (Laetare “Alégrense”), en las solemnidades y en las fiestas.
  • La aclamación del Aleluya se omite. Incluyendo solemnidades y fiestas. Debe sustituirse por una breve aclamación que manifieste que estamos en camino hacia la Pascua. Para esto podemos remitirnos a la antífona que antecede al Evangelio.
  • El acto penitencial se resalta. Un modo concreto de hacerlo es interpretando canciones más meditativas, reflexivas y no muy rítmicas.
  • La oración de los fieles se resalta. Se hace una fuerte invitación a entonar la respuesta de la oración de los fieles.
  • El canto de despedida. Con el objetivo de marcar el carácter de austeridad de este tiempo, se recomienda que sea breve y acentúe el camino pascual.

7.2 Recomendaciones para los cantos

  • Disminuir la música de acompañamiento. Utilizar solo lo suficiente para apoyar el canto.
  • Musicalizar debidamente los cantos. Con ritmos suaves y armonías adecuadas.
  • Respetar el Salmo: No se debe sustituir el salmo responsorial por otros cantos penitenciales. En la medida de lo posible se debe cantar.
  • Dejar cantos que acentúan la pasión y muerte de Cristo para última semana.
  • Escoger los cantos más adecuados.
  • Canto de entrada de la misa

Este canto ha de dar el color cuaresmal al conjunto de la celebración eucarística. Debe ser penitencial o, en los días viernes y en las dos últimas semanas, alusivos a la cruz del Señor.

  • Cantos de comunión

Deberán evitarse los que tuvieren un matiz penitencial, pues la comunión es siempre un momento festivo. En el momento de comulgar no se trata de crear un ambiente cuaresmal, sino acompañar festivamente la procesión eucarística. Por ello es bueno para este momento escoger cantos alusivos al convite eucarístico.

Domingo 6 del TO – Ciclo C

Sexto domingo del tiempo ordinario. Ciclo C.

«Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios»

1. Invocación al Espíritu

Espíritu Santo, Amor eterno del Padre y del Hijo, te adoro, te doy gracias, te amo y te pido perdón por las veces que te he ofendido en mi persona o en el prójimo. Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname. Que conozca a Cristo Maestro y asimile su evangelio y la doctrina de la Iglesia. Acrecienta en mí el don de la sabiduría, de la ciencia, de la inteligencia y el consejo. Amén.

2. Lectura del Profeta Jeremías 17,5-8.

Así dice el Señor:

Maldito quien confía en el hombre,
y en la carne busca su fuerza,
apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en la estepa,
no verá llegar el bien;
habitará la aridez del desierto,
tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza:
será un árbol plantado junto al agua,
que junto a la corriente echa raíces;
cuando llegue el estío no lo sentirá,
su hoja estará verde;
en año de sequía no se inquieta,
no deja de dar fruto.

De forma sencilla como en el Sal 1 que es posterior, se hace aquí una contraposición entre los «dos caminos», el que siguen los justos y el de los impíos. Estos son unos necios que ponen su confianza sólo en los hombres y en la debilidad de la carne.

Sobre ellos recae la maldición de Dios, su vida es como la de un cardo en el desierto y en la tierra salobre. Pero bendice a los que ponen en él toda su confianza: son como árbol plantado junto al arroyo, que da fruto incluso en los años de sequía. En el salmo citado, se compara la vida del impío a la paja que se la lleva el viento.

El texto de Jeremías recoge la primera de cuatro máximas sapienciales del c. 17, todas ellas se refieren a la retribución con la que el Señor premia a los justos. Podemos ver aquí el peculiar concepto de verdad que tiene la Biblia y que difiere notablemente de la verdad abstracta o la que se dice sobre las cosas. Dios no es la verdad de una frase o una teoría verdadera, sino la verdad misma que existe. Nadie puede vivir de una frase, nadie puede fundar su vida en una verdad abstracta, tampoco puede amarla, ni tiene que morir por ella. En cambio uno puede apoyar su vida en un verdadero amigo, puede amarlo y hasta morir por él. Pero sobre todo puede fundarse en el Dios vivo, en el que no nos falla. Porque Dios es como un río para las raíces de un árbol, o como la roca para los fundamentos de una casa. Adherirse a Dios, a la verdad viva, es creer en él, confiar en él, amarlo sobre todas las cosas. Algo muy distinto a un conocimiento teórico.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 1,1-2. 3. 4 y 6

R/. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón,
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así:
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

El salmo primero viene a ser como la introducción al entero libro de los salmos: Dios muestra al hombre los dos caminos que puede seguir en su vida y le exhorta a seguir el del bien, que lleva a la felicidad.

El salterio comienza con este salmo-introducción y termina con el salmo 150, salmo-alabanza, compilación de todas las respuestas del hombre a Dios, hecha de exultación y gratitud. El principio y el fin: como un resumen de la actitud de Dios y del hombre: Dios que habla y el hombre que escucha y obedece alabando al Creador.

La finalidad de este salmo sapiencial es, al decir de san Basilio, el animar al estudio de la Ley de Dios. La Ley no la hemos de entender aquí en un sentido jurídico: mandato, precepto, obligación; sino en el sentido que tiene la palabra hebrea «torá» que quiere decir enseñanza, instrucción, revelación: en una palabra, la revelación de Dios al hombre, toda la Escritura inspirada por Dios. Ley, sinónimo de Escritura, de Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este salmo es una invitación al estudio de la Palabra de Dios contenida en la Biblia para dejarse guiar por ella, para dejarse estructurar por ella. Hoy, en medio de un mundo marcado por tantas corrientes de pensamiento desorientador y corrosivo, de tantas ideologías ateas o anticristianas, debilitado por un ambiente carente de valores cristianos, cómo agradecemos una voz que nos invite a profundizar en el estudio y en la práctica de la palabra de vida y de verdad de la Sagrada Escritura. Es lo que hace el salmo primero, mostrándonos el camino de la felicidad y de la plenitud humana.

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos…» La primera palabra con la que se abre el salmo es: «dichoso», «feliz». De la misma manera comenzará la nueva enseñanza de Cristo en el Sermón de la montaña: «dichosos», «felices» (Mt 5,3). Palabra que quiere sintetizar lo positivo, lo atractivo, lo profundamente humano del mensaje de Dios a los hombres. Es un grito de alegría, un llamamiento a la felicidad, ¿y qué otra cosa no desea nuestro corazón sino la felicidad? Nuestra religión es la religión del Dios con nosotros, del Dios para nosotros, que nos ama y busca nuestro bien. Pero, apenas leída la primera palabra optimista, nos encontramos con algo negativo y que puede desconcertar; pasa lo mismo que en las bienaventuranzas: empiezan con esta palabra positiva y sigue luego una lista de realidades a primera vista negativas: los pobres, los que lloran, los perseguidos, los hambrientos… El salmista es un buen pedagogo, sabe lo que hace, y por vía de contraste enumera primero lo negativo para exaltar más lo positivo de que hablará luego. Habla de tres aspectos negativos, tres momentos que indican progresivamente una adhesión siempre más grande al mal. Estos tres aspectos están representados por los verbos y los sujetos de estas frases: -seguir el consejo de los impíos: dejarse llevar, dejarse arrastrar por las insinuaciones del mal, moverse en la atmósfera del mal; -entrar por la senda de los pecadores: caminar por el mal, adentrarse en la maldad; -sentarse en la reunión de los cínicos: participar en la mentalidad perversa, hacerla propia.

Esta progresión eficaz en el movimiento hacia el mal la vemos también en la descripción de los personajes: -los impíos: los que no tienen ninguna relación con Dios, no creen en él ni se interesan por él; lo religioso les viene grande; -los pecadores: los que cometen el mal, los que no tienen para nada en cuenta la ley de Dios; -los cínicos: los que se burlan de todo, los eternos escépticos que todo lo ridiculizan y desprecian. Hoy diríamos que aquí están representados todos aquellos que se creen suficientes, que menosprecian los valores del espíritu, que pasan de todos ellos, que arrastran al mal y que pervierten. El camino es resbaladizo: quien se aventura por el camino del mal corre el riesgo de llegar hasta el fin, de pervertirse totalmente.

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,12. 16-20

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿Cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si lo muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Texto polémico de Pablo sobre la resurrección de los muertos. Había quien la negaba. Y negar que los muertos resuciten significaba herir de muerte el corazón mismo de la predicación de Pablo. Pues ¿qué sentido podía tener entonces la proclamación de que Cristo ha resucitado de entre los muertos? «Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (v 13). La cosa era de vida o muerte. Por eso el Apóstol se juega todas las cartas. Para comprender su pensamiento habrá que tener en cuenta que, para Pablo, la situación que podemos llamar natural del hombre es de pecado y perdición. El hombre solo permanece inexorablemente perdido. Solo no se puede salvar. El único que lo puede salvar es el Cristo Jesús que Pablo predica. «Por eso si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es ilusoria y seguís en vuestros pecados. Y, por supuesto, también los cristianos difuntos han perecido» (17-18). Así, pues, el Apóstol les dice bien claro que si la esperanza que tienen en Cristo es sólo para esta vida, «son ciertamente los más desgraciados de los hombres» (19), es decir, unos ilusos.

En realidad, Pablo se encuentra desarmado, no pudiendo probar que Cristo ha resucitado. Con todo, hacia el final del texto no deja de insinuar y sugerir una razón seria, aunque tal vez sutil, a favor de la resurrección de Cristo y de los hombres. Sin la posibilidad de resucitar, es esta misma vida de aquí abajo la que resulta carente de sentido, sin razón, ininteligible. «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos» (32). Es decir, sin la resurrección, la vida del hombre, tal como se vive, no ofrece razón ni sentido dignos de atención por el hecho de permanecer circunscrita únicamente al cumplimiento de funciones fisiológicas de comer y beber. Ahora bien: ¿sólo para esto estaremos en el mundo? Si así fuera, hay que reconocer que queda desposeído de cualquier valor aquello que hay de más alto y humano en el hombre: la mente, el pensamiento, la inteligencia. Y llega a ser absurdo que el hombre goce de estos dones si la única cosa «racional» que puede hacer no es otra que comer y beber. De esta forma, por tanto, el anuncio de la resurrección representa para Pablo simultáneamente la recuperación y defensa del hombre en la parte más noble y más humana de él mismo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 6,17. 20-26.

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. -Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. -Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. -Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

Las bienaventuranzas de Lucas son más «críticas» más propias de un profeta que de un legislador que las de Mateo. Jesús las pronuncia «en medio» de la gente venida de todas partes, aunque «mirando» a los discípulos. Son también, además, unas bienaventuranzas con alternativa: las maldiciones. De este modo forman un texto absolutamente paralelo con la primera lectura y el salmo. Leyéndolas, vienen a la memoria las palabras de Simeón: «…éste está destinado a que muchos caigan o se levanten en Israel» (Lucas 2,34), y evocan la escena majestuosa de Mateo 25,31 ss. Se da una antítesis constante entre el «ahora» y el «día que vendrá»; esto introduce al sentido trascendente de la vida presente, en función de una esperanza que se apoya en el don de Dios. Veamos:

Lucas 6,20-23: Las cuatro bienaventuranzas

Lucas 6,20: ¡Dichosos vosotros los pobres! “Levantando los ojos sobre los discípulos”, Jesús declara: “¡Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!” Esta primera bienaventuranza identifica la categoría social de los discípulos de Jesús. Ellos son ¡los pobres! Y Jesús les garantiza: “¡Vuestro es el Reino de los cielos!”. No es una promesa que mira al futuro. El verbo está en presente. ¡El Reino está ya en ellos! Aun siendo pobres, ellos son ya felices. El Reino no es un bien futuro. Existe ya en medio de los pobres. En el Evangelio de Mateo, Jesús explica el sentido y dice: “¡Dichosos los pobres en “el Espíritu!” (Mt 5,3). Son los pobres que tienen el Espíritu de Jesús. Porque hay pobres que tienen el espíritu y la mentalidad de los ricos. Los discípulos de Jesús son pobres y tienen la mentalidad de pobres. También ellos como Jesús, no quieren acumular, sino que asumen la pobreza y, como Jesús, luchan por una convivencia más justa, donde exista la fraternidad y el compartir de bienes, sin discriminación.

Lucas 6, 21: ¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, dichosos vosotros los que ahora lloráis! En la segunda y tercera bienaventuranza Jesús dice: “¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados! ¡Dichosos vosotros los que ahora lloráis porque reiréis!” La primera parte de estas frases está en presente, la segunda en futuro. Lo que ahora vivamos y suframos no es definitivo. Lo que es definitivo será el Reino que estamos construyendo hoy con la fuerza del Espíritu de Jesús. Construir el reino supone sufrimiento y persecución, pero una cosa es cierta: el Reino llegará y “¡vosotros seréis saciados y reiréis!” El Reino es a la vez una realidad presente y futura. La segunda bienaventuranza evoca el cántico de María: “Colmó de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). La tercera evoca al profeta Ezequiel que habla de las personas que “suspiran y lloran por todas los abominaciones” realizadas en la ciudad de Jerusalén (Ez 9,4; cf Sl 119,136).

Lucas 6,23: ¡Dichosos vosotros, cuando los hombres os odien…! La cuarta bienaventuranza se refiere al futuro: “¡Dichosos vosotros cuando los hombres os odien y os metan en prisión por causa del Hijo del Hombre! Alegraos aquel día y gozaos porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!”. Con estas palabras de Jesús, Lucas indica que el futuro anunciado por Jesús está por llegar. Y estas personas están en el buen camino.

Lucas 6,24-26: Las cuatro amenazas Después de las cuatro bienaventuranzas a favor de los pobres y marginados, siguen cuatro amenazas contra los ricos, los que están saciados, los que ríen, los que son alabados por todos. Las cuatro amenazas tienen la misma forma literaria que las cuatro bienaventuranzas. La primera está en presente. La segunda y la tercera tienen una parte en presente y otra en futuro. La cuarta se refiere totalmente al futuro. Estas cuatro amenazas se encuentran en el Evangelio de Lucas y no en el de Mateo. Lucas es más radical en denunciar la injusticia.

Lucas 6,24: ¡Ay de vosotros los ricos! Delante de Jesús, en aquella llanura, hay sólo gente pobre y enferma, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Pero delante de ellos Jesús dice: “¡Ay de vosotros los ricos!”. Al transmitir estas palabras de Jesús, Lucas está pensando en las comunidades de su tiempo, hacia fines del primer siglo. Había ricos y pobres, había discriminación contra los pobres por parte de los ricos, discriminación que marcaba también la estructura del Imperio Romano (cf. Snt 2,1-9; 5,1-6; Ap 3,15-17). Jesús critica duramente y directamente a los ricos: “¡Vosotros ricos, ya tenéis vuestro consuelo!” Es bueno recordar lo que Jesús dice en otro momento respecto a los ricos. No creen mucho en la conversión (Lc 18,24-25). Pero cuando los discípulos se asustan, Él dice que nada es imposible para Dios (Lc 18,26-27).

Lucas 6,25: ¡Ay de vosotros los que ahora reís! “Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!” Estas dos amenazas indican que para Jesús la pobreza no es una fatalidad, ni mucho menos el fruto de prejuicios, sino el fruto de un enriquecimiento injusto por parte de los otros. También aquí es bueno recordar las palabras del cántico de María: “Despidió a los ricos vacíos” (Lc 1,53)

Lucas 6,26: ¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros! “¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros, del mismo modo hacían sus padres con los falsos profetas!” Esta cuarta amenaza se refiere a los judíos, o sea, a los hijos de aquéllos que en el pasado elogiaban a los falsos profetas. Citando estas palabras de Jesús, Lucas piensa en algunos judíos convertidos de su tiempo que se servían de su prestigio y de su autoridad para criticar la apertura hacia los paganos. (cf Hch 15,1.5)

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Segundo domingo del tiempo ordinario ciclo C : «Haced lo que Él os diga»

1. Invocación al Espíritu

Entrando en un clima de encuentro con Dios, que nos conduce a la Palabra, nos confiamos a María, mujer enteramente abierta y dócil a la acción del Espíritu, y pedimos la gracia de poder situarnos ante Dios con sus mismas actitudes interiores. En sus manos ponemos todos los obstáculos que aún nos impiden dejar actuar libremente a Jesús en nosotros.

A ti, Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname.

A ti, Espíritu santificador, te consagro mi voluntad: guíame según tus deseos.

A ti, Espíritu vivificador, te consagro mi corazón: guarda y acrecienta en mí la vida divina.

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El Bautismo del Señor

BAUTISMO DEL SEÑOR

Introducción

La fiesta del Bautismo del Señor enlaza con la Epifanía por su condición de celebración de la primera manifestación pública de Jesús, al comienzo de su ministerio. Hemos pasado, en la celebración de los misterios, de la infancia a la edad adulta de Jesús. La antífona de entrada (Mt 3,16-17) expresa bien el contenido celebrativo de esta solemnidad: «Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él. Y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Esto mismo expresa la oración colecta: «Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo»… El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa de quién es aquel que lucha para que Juan le bautice.

Con esta fiesta se cierra el ciclo navideño de las manifestaciones de Dios en la carne, para dar paso al tiempo ordinario.

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