Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Segundo domingo del tiempo ordinario ciclo C : «Haced lo que Él os diga»

1. Invocación al Espíritu

Entrando en un clima de encuentro con Dios, que nos conduce a la Palabra, nos confiamos a María, mujer enteramente abierta y dócil a la acción del Espíritu, y pedimos la gracia de poder situarnos ante Dios con sus mismas actitudes interiores. En sus manos ponemos todos los obstáculos que aún nos impiden dejar actuar libremente a Jesús en nosotros.

A ti, Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname.

A ti, Espíritu santificador, te consagro mi voluntad: guíame según tus deseos.

A ti, Espíritu vivificador, te consagro mi corazón: guarda y acrecienta en mí la vida divina.

2. Lectura del Profeta Isaías 62,1-5.

Por amor de Sión no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia
y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes, tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «abandonada»,
ni a tu tierra «devastada»;
a ti te llamarán «Mi favorita»,
y a tu tierra «Desposada»;

Porque el Señor te prefiere a ti
y tu tierra tendrá marido.

Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo.

Este capítulo del tercer Isaías vuelve a tomar temas ya tratados, aunque dándoles un nuevo impulso. Hay unas relaciones entre Jerusalén y Dios como de esposo a esposa. Yavè dará a Jerusalén su brillo universal. Tocamos de nuevo el tema de la “aurora”, lugar privilegiado de la manifestación de Dios, por oposición a tinieblas, medio del olvido de Dios.

La imposición del nombre es característico de la toma de posesión (Gn 2,19) o de la nueva orientación que se da a una persona o a una cosa (cf Jn 1, 42); decir el nombre es llegar a la esencia de la persona (Ex 3,13). El Señor mismo es el que pronuncia el nombre, el que da un nuevo impulso a Israel. Por eso mismo, por la obra del Señor, los pueblos vendrán a Israel. Es el milagro del Señor.

Las relaciones que se instauran entre Dios e Israel adquieren los tonos más fuertes del corazón humano, lo más profundo de la persona: el amor. Muchas veces en la Escritura se oyen estos acentos (cf. Ez 16). La amargura de la viudez desaparecerá y la irrisión del abandono ya no tendrá lugar, porque el señor toma a su cargo a la esposa infiel y abandonada.

En cuatro pinceladas describe el autor las relaciones más cálidas entre los hombres: el amor conyugal. Todo ello en términos de alegría: la alegría de después de la boda, la alegría interna de sentirse amado es lo que Israel va a experimentar. Nunca palabras tan consoladoras han sido dichas al creyente. El hombre es levantado hasta el plan de Dios, no hay lugar para la desesperanza porque el amor es sincero y hace vivir.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 95,1-2a. 2b3. 7-8a. 9-10a y c

R/. Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria,
contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente.»

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12,4-11.

Hermanos:

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

El capítulo 12 de la Primera a los Corintios está consagrado a los carismas y a sus consecuencias para la comunidad. Conviene recordar que la comunidad de esta ciudad estaba dividida cuando Pablo les envía esta carta (cfr. 1, 12-13; 3, 4-9). Por otro lado, quizá como cristianos nuevos y de procedencia griega, tenía un cierto peligro de tender a estimar más de lo debido ciertos dones espectaculares.

En este contexto Pablo expone la acción del Espíritu que concede los carismas. En la primera parte del capítulo Pablo subraya la diversidad de dones, todos ellos para servicio de los demás y procedentes de Dios. Acentúa en ese mismo momento la unidad que se deriva de esa única acción de Dios. Curiosamente la diversidad no sólo no es obstáculo para la unidad sino más bien es su factor constructivo. Es el eterno tema de que unidad no es igual a uniformidad. Que en la iglesia hay muchas actividades diferentes, las cuales también responden a vocaciones distintas, que a su vez están condicionadas y son fruto de diferentes mentalidades, sensibilidades, etc., aun en temas relacionados con la fe y la práctica. Realmente sería importante no olvidar esto. Todos tienen carismas -Pablo así lo supone en este texto- y todos contribuyen al bienestar del cuerpo y todos construyen la unidad, porque su base no está en que las personas sean iguales, sino en que todas reconocen al mismo Señor a idéntico Dios y se reconocen guiadas por el mismo Espíritu. Este último punto parece decisivo. Si no se pone parte humana en primer lugar para la vida de la iglesia, sino todos se reconocen dirigidos por Dios, probablemente las divisiones se irán evitando, aunque no se llegue, porque no es ni siquiera deseable, a una uniformidad general. Hoy día tenemos necesidad de esto. Todos, no sólo la jerarquía, tienen Espíritu. Todos son guiados. Entre todos se forma la Iglesia y su unidad.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 2,1-12.

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino. Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes: Haced lo que él diga. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambió has guardado el vino bueno hasta ahora Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

En el segundo domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos propone para nuestra reflexión y contemplación el comienzo de los signos de Jesús, que tuvo lugar en Caná de Galilea. Recordamos, como característica propia del cuarto evangelio, el hecho de que al autor no le interesa transmitir los hechos de modo cronológico, sino el significado de los mismos. A través de esos signos, Jesús se revela a sí mismo y, al mismo tiempo, revela el misterio del Padre (cf. Jn 14,9). Estos signos indican el modo de actuar de Dios en la vida de todo hombre. Él viene continuamente al hombre para hacerle partícipe de su vida divina; quiere unirse al hombre con un vínculo de amor, para que también el hombre pueda, en su libertad, responder con una decisión de adhesión total a su Creador y Esposo.

El domingo pasado hemos visto a Jesús, Hijo amado del Padre, que, en su humildad, recibe el bautismo de penitencia de Juan Bautista. Después de treinta años de vida escondida en Nazaret, Jesús continúa cumpliendo la voluntad de su Padre entrando en la nueva etapa de su vida pública. Juan ha preparado el camino para Jesús. Lo ha indicado y ha dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios (Jn 1,29ss). Los discípulos de Juan, atraídos por la persona de Jesús e invitados por Él mismo a seguirle (Jn 1,39), comienzan a dar los primeros pasos en la escuela del nuevo Maestro.

Hoy vemos que Jesús se encuentra con sus discípulos en Galilea. Juan subraya que “tres días después, hubo una boda” (v.1). El tercer día recuerda el episodio en que Jesús, adolescente, fue encontrado en el templo por María y por José (Lc 2,46). Sus padres, tras la experiencia de dolor por la pérdida, experimentan una gran alegría. El tercer día recuerda, también, la resurrección de Jesús, el día de la alegría, de la victoria y del triunfo del amor.

El hecho de que haya una fiesta de bodas está ligado a la experiencia de amor entre un hombre y una mujer que, según el designio de Dios (cf. Gn 1,28; 2,24), desean vivir en comunión de vida. Las bodas sellan la vida nueva que nace del amor. Las bodas son imagen del amor entre Dios y el hombre. El profeta Oseas es el primero, en el A.T., que usa la imagen esponsal para referirse a la alianza entre Dios y el hombre. Y Jesús se va a presentar también como el Esposo que se encuentra en medio de los invitados a las bodas. Por eso sus discípulos deben alegrarse y gozar por esta hermosa presencia del Esposo (cf. Mc 2,19; Jn 2,29).

En esta fiesta de bodas, está presente la Madre de Jesús, aquella cuyo espíritu exulta siempre en Dios porque la ha llenado con la plenitud de su Espíritu Santo (Lc 1,35.47). María comparte, allí donde se encuentra, esta alegría del Espíritu y, a través de sus palabras y gestos, irradia la presencia de Dios: “apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre…”, dice su prima Isabel (Lc 1,44).

A las bodas fue invitado Jesús con sus discípulos (v.2). Jesús no rechaza nunca una invitación del hombre, y no desprecia a nadie, porque toda persona es preciosa a sus ojos. Siempre acude de buen gusto allí donde el hombre lo invita y lo espera. Su amor es gratuito e incondicional, y por esto Él no elige a las personas más dignas según los criterios humanos. Jesús se deja invitar por todos: por los publicanos y pecadores (cf. Lc 5,29), y también por los fariseos (cf. Lc 7,36). El Reino de Dios anunciado por Jesús es semejante a un banquete de bodas (Mt 22,2) donde todos son invitados. La invitación que el hombre hace a Jesús es siempre la respuesta a la invitación de Dios, que nos ha amado primero.

En esta fiesta de bodas falta el vino (v.3), elemento indispensable para la fiesta. Y Jesús, Aquél en quien reside toda la plenitud (cf. Col 1,19), quiere estar presente en las situaciones de carencia e insuficiencia humana. Los límites humanos, vividos de modo justo, siempre le sirven a Dios para revelar su bondad misericordiosa (cf. Jn 5,6ss; 11,4).

Y María no se queda indiferente en esta situación de falta de vino, sino que, en su obrar, se hace totalmente dependiente de Jesús. En ella podemos ver a una mujer sensible y atenta a las necesidades humanas de los demás y, al mismo tiempo, una mujer totalmente orientada hacia su Hijo. ¡Con qué claridad le presenta a Él las verdaderas necesidades de los hombres! María no exige nada a Jesús; ni siquiera le propone lo que sería justo hacer en este momento. Se comporta como una verdadera discípula de Jesús, poniendo en Él toda su confianza. Ella está segura de que Jesús hará todo lo que sea mejor. Siendo libre de su propia voluntad, deja decidir a Jesús porque sólo la voluntad de Jesús (que no es otra que la del Padre) lleva al hombre a su verdadero bien.

La respuesta de Jesús (v.4) es difícil de comprender y no nos parece adecuada a la propuesta de María. Recuerda aquella otra respuesta dada por Jesús, adolescente, a su madre, en el templo: “¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). Jesús no busca su propia voluntad, sino la del Padre que lo ha enviado (Jn 5,30). Pero, aceptando los límites humanos, también Jesús discierne lo que le agrada al Padre, y María ayuda a Jesús en esa tarea de discernimiento; es colaboradora suya en esta obra. Jesús indica que su hora no ha llegado todavía, porque la hora de la plena revelación del amor del Padre se está acercando (cf. Jn 4,21; 5,25) y se cumplirá en la muerte y resurrección de Jesús (cf. Jn 13,1), pero no ha llegado todavía. En esta hora, Jesús nos dará a María como madre nuestra (Jn 19,27).

María ayuda a los criados a no concentrarse en la falta de vino y a abrirse, en esta situación, a lo que es esencial en su vida, es decir, entrar en relación con Jesús (v. 5). Aquella que nos ha precedido en la apertura para escuchar y realizar la Palabra de Dios en la propia vida invita también a los siervos a hacer lo que diga Jesús. No basta con escuchar. Se debe obrar porque sólo quien hace la voluntad del Padre entrará en su Reino (cf. Mt 7,21).

Jesús manda a los siervos llenar las tinajas de agua (vv. 6-7). Jesús aprovecha aquellos recursos con los que contamos, por limitados que sean. El número seis es símbolo de la naturaleza humana: el hombre ha sido creado el día sexto. Dios quiere transformar nuestra naturaleza, pero requiere colaboración por nuestra parte. Él no pide que hagamos cosas imposibles. Los siervos deben, solamente, llenar las tinajas. Esto requería esfuerzo y tiempo para hacerlo pero, sobre todo, la confianza de que aquello que hacen tiene sentido, aunque sea sencillo y cotidiano. Todas las cosas, incluso las más pequeñas, hechas según la voluntad de Jesús, llevan a revelar, a su tiempo, la gloria de Dios.

Los siervos, sin pedir explicaciones, hacen lo que Jesús les ordena y llevan el vino al maestresala (v.8). De este modo se convierten en dóciles colaboradores de Jesús en el cumplimiento del primer signo. La fuerza de transformar el agua en vino no está en ellos, sino en Jesús. La grandeza del hombre reside en saber colaborar plenamente con Dios, que, obrando de modo escondido en nuestra naturaleza, la transforma maravillosamente (Mc 4,26ss).

El maestresala no sabía de dónde venía el vino (v.9). Él no se había dado cuenta de esta obra milagrosa de Jesús. El hombre, por sí mismo, es muy limitado para ver las obras que Dios cumple en medio de nosotros, y por esto las interpreta sólo con criterios humanos. Es preciso una mirada de fe para descubrirlas. Gracias a esta mirada de fe, los discípulos de Jesús pueden contemplar la gloria de Jesús y participar en su vida divina (v.11). Dios, que desea la felicidad del hombre, da gratuitamente la gracia de la fe a los que se abren a Él. No podemos quedarnos en el don recibido sino, como los discípulos de Jesús y su Madre, hemos de desarrollarlo a lo largo del camino de la vida, siguiendo los pasos de Jesús (v.12).

6. Meditamos

La Palabra de Dios, iluminando mi realidad personal, me cuestiona del siguiente modo:

¿Cuál es mi actitud en situaciones de carencias y limitaciones humanas?

¿Qué lugar reservo a María en mi camino de discipulado en el seguimiento de Jesús?

¿Escucho la invitación de María: “Haz lo que Él te diga”, y trato de vivir el Evangelio, en lo cotidiano, desde la obediencia de la fe?

La luz que viene de la Palabra de Dios de hoy me impulsa a pedir la gracia de la fe en la presencia real de Jesús y de su Madre en cada situación de mi vida, especialmente en situaciones de carencia y limitación. Soy consciente de que, por mí mismo, no logro discernir de modo objetivo mis propias necesidades y las de los otros. Lo que a mí me parece necesario o importante puede incluso resultar muy secundario. En todo esto descubro la presencia de María que, llena del Espíritu Santo, sabe discernir lo que es bueno (cf. Rm 12,2) y útil para nosotros en cada situación. La intercesión de María es eficaz, como hemos visto en el relato de Caná de Galilea. Su cuidado se orienta a darnos lo que es mejor, es decir, a formar en nuestra persona a su Hijo.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

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