Cuarto domingo de Adviento – Ciclo B

Domingo IV de adviento ciclo B

1. Oración:
Oh Dios, que en otros tiempos, y de muchas formas, hablaste por tus profetas en todos los pueblos y naciones, y que para nosotros, en nuestro hermano Jesús de Nazaret, hiciste brillar tu amor de un modo inefable; haz que a la luz de tu Palabra, diseminada por todo el mundo, todas las religiones acojan el don de tu Palabra y la pongan en práctica en la fraternidad-universal que a todos nos has prometido. Tú que vives y haces vivir, amas y haces amar, por los siglos de los siglos. Amén.

Introducción:

Llegamos ya al cuarto domingo de Adviento, próxima ya la celebración de la Navidad. Es tiempo de avivar la esperanza. El Evangelio es el de la anunciación. María es una figura suave, anónima, silenciosa… Y es significativa en el adviento. En la anunciación parece imposible que una virgen conciba sin concurso de varón. Pero ella creyó lo que le dijo el mensajero del Señor. Y creyó precisamente “porque para Dios no hay nada imposible”. A veces sólo esta fe nos permite a los cristianos creen que otro mundo es posible.
2. Lecturas y comentario:
2.1.Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

El interés principal del relato reside en el último versículo. El resto del pasaje viene a ser como el marco histórico donde las palabras de Dios – su decisión irrevocable de favorecer a la Casa de David, reciben sentido y vida. Para la mejor inteligencia del texto, léanse también los versículos 12. 14-15; nos ayudarán a comprender mejor la tercera lectura y a relacionarla con la primera. Es, pues, de notar:

1) Religiosidad del rey David: En agradecimiento al Señor de los Ejérci­tos, que le ha ayudado a someter a sus enemigos, ha determinado el piadoso rey edificar a su Dios una Casa, un Templo. La Casa ha de ser amplia, construida con materiales nobles, firme, duradera, perenne; una Casa que desafíe la intemperie de los tiempos; en lo más insigne de la ciudad.

2) Disposición divina: Dios responde a esta buena voluntad del rey con una disposición paralela, pero muy superior. El también ha dispuesto hacer duradera, perenne, firme, para siempre la Casa de David. Ha determinado colocarla en un lugar distinguido, en lo más grande de la historia de la hu­manidad. «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente». Así el versículo 16. Pero el v. 14 asegura a sus descendientes: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo». De aquí parten principalmente las profecías mesiánicas. La revelación posterior irá apun­tando hacia un Rey, Hijo de Dios (salmos 2 y 110). Se perfila ya claramente la figura del Mesías, Rey descendiente de David.

2.2. Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.”» R.

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R.

Salmo real. Un tanto complejo. La primera parte es un himno; la se­gunda, con cierto aire jubiloso, el canto-recuerdo de las disposiciones divinas sobre la casa de David; la tercera y última, una queja o lamentación. La li­turgia toma del himno su primera estrofa y la segunda y tercera de la «disposición» de Dios en favor de David. En esta liturgia no hay lugar para las quejas; todo lo contrario, Dios fiel y misericordioso merece un canto por todas las edades.

Dios ha prometido especial providencia a su «elegido», el «ungido» de Is­rael. Es una promesa estable como estable es el sol. Dios lo declara «hijo» y se deja llamar por él «padre». Esta maravillosa «disposición» apunta al futuro. Y el futuro nos lo revela en Cristo, Ungido hijo de Dios. Cristo es el Rey de Dios. Es la fidelidad de Dios hecha carne. Cantemos eternamente las miseri­cordias del Señor. Es bueno y guarda su alianza. Bendito sea por siempre: nos dio a Cristo, el Señor.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27

Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Nos encontramos en los últimos versículos de la carta. Se trata de una pre­ciosa y sentida doxología. ¡Gloria a Dios por los siglos y los siglos! He ahí, pues, el tema: ¡Gloria a Dios! Nótese: el sujeto a quien debe darse gloria es Dios. «Dios, que es el Único Sabio. Por Cristo Jesús».

Según esto, el grito de admiración y de entusiasmo, que brota jubiloso de la boca de Pablo, nace de la consideración del magnífico plan de Dios «Misterio». Dios ha revelado por fin su «Misterio»; Dios ha puesto en marcha de forma sorprendente su plan de salvación; Dios ha hablado definitiva­mente, como dice la Epístola a los Hebreos, y perfectamente a su Hijo. «Misterio» éste dispuesto a ser manifestado desde todos los siglos. Dios lo ha hecho todo maravillosamente, sabiamente.

Piénsese en toda la historia de la salvación, diseñada a través de todo el A. T.: La creación del universo, comprendido el hombre; la elevación del hombre a la amistad con Dios; su pecado, la promesa de una redención; la vocación de Abraham; la liberación de Egipto; la predicación mesiánica de los profetas…, etc.

Todo ello necesitaba de una aclaración, pedía un cumplimiento. Y esto ha sucedido ahora, al presente, en la revelación realizada en Cristo. He aquí el «Misterio», Cristo. Cristo revelador del Padre: en Cristo Dios se muestra mi­sericordioso, bueno, compasivo, atento a nuestras necesidades: Cristo Sal­vador de la humanidad: en Cristo nos ofrece Dios la salvación, el favor, la gracia. Cristo Principio y Fin de la Creación: En Cristo cobran sentido todas las cosas; el hombre, alejado de Dios, vuelve al estado primitivo de amistad con Dios, las cosas están en paz; Cristo las ha pacificado unas con otras.

En Cristo se ha manifestado la Sabiduría de Dios – Cristo es nuestra Sa­biduría, dirá Pablo – de forma sorprendente. Los caminos de Dios son mara­villosos; distan mucho del pensar de los hombres. (Léanse los versículos 17- 31 del cap. 1 de la 1 Co). De ahí la sorpresa y la admiración mezclada de entu­siasmo de Pablo. ¡Dios da salvación en Cristo a los gentiles! ¡Y esto mediante la fe en Cristo muerto en la Cruz! He ahí, pues, la Sabiduría de Dios: la sal­vación en Cristo por la fe.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel – «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: – «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Se trata del precioso pasaje de la Anunciación. Texto profundo y denso de su sencillez. No es momento este de anotar en detalle todas las particulari­dades de esta escena y de aducir todos los textos-promesa del A. T. a que se alude y se trata de responder, dándoles exacto cumplimiento, en este pasaje. Sería muy largo el camino a recorrer. He aquí lo más saliente:

A) Las palabras del Ángel. Para la mejor comprensión de ellas léase como fondo So 3, 14-17 y Za: 9, 9.

«Alégrate… No temas…»: Estas palabras no serían, según autores compe­tentes, expresión de un saludo de corte griego; algo así como el «Salve» de los romanos. Se trata aquí, por el contrario, de una referencia a aquellas profe­cías antiguas, donde se anuncia un gran gozo a Jerusalén en los tiempos me­siánicos. En concreto sería una referencia a Sofonías y Zacarías en los pasa­jes ya citados. Se trata entonces de una invitación a la alegría, a la alegría mesiánica. Ha llegado el momento de alegrarse con toda el alma: Dios cum­ple ahora su promesa, ahí está el Mesías.

Meditemos:

1) Dios es bondadoso. Dios es misericordioso. Dios es fiel a sus promesas de salvación. Dios es justo. ¡Dios nos ha dado la salvación.

2) Dios es magnífico. Dios es sorprendente en sus obras. Dios nos ha dado la salvación de una forma insólita: una Virgen Madre, un Dios Hombre, un Rey siervo, una Vida que Muere, una Muerte que nos da la Vida, un Espí­ritu que engendra, una humanidad llamada a la divinidad. No es extraño que Pablo se quede atónito ante tanta maravilla.

3) El papel importante de la fe. Fe que está unida a la esperanza y a la caridad.

4) Debemos Contemplar este Misterio, cantando: «¡Gloria a Dios por los siglos de los siglos. Amén!». Esa debe ser nuestra actitud.

5) ¿No es asombrosa la dignidad de María?

6) María modelo y Madre de la Iglesia.

3. Oración final:

Dios misericordioso, que iluminas las tinieblas de nuestra ignorancia con la luz de tus Palabras: acrecienta en nosotros la fe que tú mismo nos has dado, para que ninguna tentación pueda nunca destruir el ardor de la fe y el amor que has encendido en nuestro corazón. Por Jesucristo, tu hijo y nuestro hermano, amén.

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