Domingo de Pentecostés – Ciclo B

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de  tu amor.

V. Envía tu Espíritu y todo será creado.

R. Y se renovará la faz de la tierra.

 

  1. 1.     Oremos

¡Oh Dios!, que instruiste los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos, según el mismo Espíritu, conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo, Señor nuestro, R. Amén.


Hoy celebramos y revivimos el misterio de Pentecostés, la plenitud del misterio de la Pascua en la efusión del Espíritu Santo. Celebramos el fuego de amor que el Espíritu encendió en la Iglesia para que arda en el mundo entero: ¡fuego que no se apagará jamás!

  1. 2.     Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: – «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

En 2, 1 se nos dice que “estaban TODOS reunidos”. No se trata sólo de los 12 apóstoles, sino de la asamblea de los 120 (1, 15), entre los cuales está María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el grupo de los hermanos de Jesús, entre los cuales con certeza también Santiago, el hermano del Señor (1, 14). El don del Espíritu se da a esta primera comunidad, si bien es Pedro, junto con los once, el que va a pronunciar el discurso (vv.14-36). Se añade también que están reunidos “con un mismo propósito”. Este mismo propósito es posiblemente la estrategia restauracionista implícita en la elección de Matías en 1, 15-26. La irrupción del Espíritu viene a romper este propósito de restauración, que mira más al pasado que al futuro. El Espíritu viene de repente, con ruido como de viento impetuoso y en lenguas como de fuego: estos símbolos (huracán u fuego) muestran la “violencia” necesaria del Espíritu para transformar al grupo presente y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera. Esta tensión entre restauración y misión, es la que vimos en 1, 6-11. Pentecostés es el bautismo en el Espíritu Santo anunciado en 1, 5. El bautismo de Juan Bautista era de agua, un símbolo judío de conversión personal; ahora de trata del bautismo en el Espíritu, que es el símbolo característico del movimiento profético de Jesús, no ya sólo de conversión personal, sino de transformación de la comunidad de los discípulos en auténtica comunidad profética, para dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra. Los que se reúnen, atraídos por los sucesos de Pentecostés, son “hombres piadosos, que habitaban en Jerusalén, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”. Tenemos aquí una ficción literaria de Lucas, pues es un hecho extraordinario que estén reunidos en Jerusalén gente piadosa de todas las naciones del mundo. El hecho es tan extraordinario, que manuscritos posteriores (tradición occidental) agregan la palabra “judíos”: los reunidos serían “judíos de todas las naciones, que habitan en Jerusalén”. Lucas con su ficción literaria tiene una clara intención teológica: reúne simbólicamente en Jerusalén a gente piadosa de todas las naciones del mundo, que en Pentecostés van a recibir el testimonio profético de la primera comunidad apostólica. El Espíritu es derramado en función de todos los pueblos y culturas del mundo. Eso ya se da para Lucas en el hecho fundante de Pentecostés.

En los vv. 9-11 tenemos la lista de la naciones. Lucas enumera 12 pueblos y tres regiones. El primer grupo lo constituyen los nativos partos, medos y elamitas. El segundo grupo son los habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia y Egipto. Aquí también se enumeran tres regiones: la Mesopotamia, el Asia y la Libia, que confina con Cirene. El tercer grupo son los forasteros: romanos, cretenses y árabes. ¿Cuál es la lógica de esta enumeración? En primer lugar Lucas distingue nativos, habitantes y forasteros. Los nativos son pueblos del oriente, civilizaciones del pasado. Los habitantes están repartidos en tres regiones: la Mesopotamia (al este), el Asia (al norte) y la Libia (al sur) y en 6 pueblos: Judea (al centro), Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia (al norte) y Egipto (al sur). Por último los forasteros romanos que vienen de visita a Jerusalén; entre estos se distinguen romanos judíos y romanos prosélitos, los cretenses, son un pueblo marítimo, en expansión hacia occidente y los árabes sería una designación global para referirse a los pueblos del desierto, en expansión hacia oriente. La lógica geográfica es la que domina al grupo de los habitantes (oriente, norte y sur, con Judea al centro). Los visitantes (romanos, cretense y árabes) no siguen una lógica geográfica, sino más bien la lógica de visitantes esporádicos (grupos amplios y ambiguos), que regresan a su patria. En síntesis, los representantes de los pueblos vienen de todas las regiones de la tierra, de las culturas antiguas de oriente, de los pueblos establecidos en torno a Judea (oriente, norte y sur) y de las poblaciones que se desplazan hacia oriente y occidente, cuyo centro es Roma. Lucas combina criterios culturales, geográficos y sociales y construye así históricamente el paradigma misionero del Espíritu. Lo curioso es que no se menciona Siria, Macedonia y Grecia, que es el territorio de las iglesias paulinas. Quizás no aparecen estos pueblos, pues es ahí donde Lucas escribe su obra y son ya en su tiempo Iglesias independientes de Jerusalén.

Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro, cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y oriente. El milagro de Pentecostés es que cada uno entiende a los apóstoles en su propia lengua nativa. No se trata de la glosolalia, pues cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, y podríamos agregar, en su propia cultura. Por eso consideramos hoy en día a Pentecostés como la fiesta cristiana de la Inculturación del Evangelio.

En Pentecostés se habría recuperado la unidad perdida en Babel. Desde la perspectiva liberadora de la inculturación del Evangelio, la diversidad de lenguas es el hecho liberador que permitió la huída de los trabajadores y la paralización de la construcción de la ciudad. En Pentecostés cada pueblo conserva su lengua y cultura. Lo nuevo en Pentecostés es la unidad en la comprensión del Evangelio, manteniendo la diversidad de lenguas y culturas. La unicidad de lenguas no es el proyecto original de Dios, ni tampoco su recuperación en Pentecostés, sino una forma de dominación cultural. El proyecto original de Dios, recuperado en Pentecostés, es una humanidad plurilingüe y multicultural.

2.2.Salmo responsorial Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

Este Salmo es un canto de alabanza dirigido a Dios creador. La liturgia retiene algunos versículos que se refieren al soplo de Dios. Después del invitatorio, en el que el Salmista se dirige a sí mismo, aparece el tema central de la alabanza: “¡Señor, Dios mío, qué grande eres!” (v.1b). La grandeza de Dios se manifiesta en la magnificencia de su creación. Entre los bienes más preciosos de la creación figura el “soplo vital”. Dado a los animales, este soplo confiere la vida. Cuando Dios lo quita, llega la muerte. En el capítulo 37 de la profecía de Ezequiel, el soplo de Dios es dado a los huesos descalcificados esparcidos en un valle, éstos reciben de nuevo carne y vida. Esta imagen poética designa la restauración del pueblo. El v.30, en su versión latina (de la “Vulgata”) se hizo como texto de la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles y en el mundo entero redimido: “Envía tu Espíritu y será creado y renovarás la faz de la tierra”. En Pentecostés, el soplo divino es dado a la Iglesia naciente. Una nueva creación comienza.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Este texto es importante para comprender la teología paulina del Espíritu Santo: (1) El Espíritu Santo es el alma de la profesión de fe en Cristo Señor. (2) El Espíritu Santo es la fuente de todos los carismas y, por la convergencia de los mismos (“para el bien común”), es el principio de la unidad de la Iglesia. (3) El Espíritu Santo está vinculado a los sacramentos, particularmente al Bautismo y a la Eucaristía. (4) El Espíritu no se comprende sin la Trinidad. En los vv.4-7 se insinúa una visión trinitaria de misterio cristiano. Nótese la unidad entre el Espíritu (v.4: “el Espíritu es el mismo”), el Señor (=Jesús; v.5: “el Señor es el mismo”) y Dios (=Padre; v.6: “el mismo Dios que obra todo en todos”).

En el trasfondo de este pasaje hay una problemática pastoral que no hay que dejar pasar desapercibida: en la comunidad de Corinto, aquellos que se beneficiaban de algunos carismas y manifestaciones espirituales se creían superiores a los otros. Pablo reacciona insistiendo en el hecho de que los carismas son “dones” (ver que aparece siete veces esta palabra a lo largo del pasaje). La respuesta va en esta dirección: (1) Dichos “dones” tienen un mismo origen: el mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, quien hace la unidad en la diversidad. (2) Los “dones” son ofrecidos por Dios a cada persona en función “del bien de todos”, es decir, al servicio de la edificación de la comunidad y de la misión. El Espíritu Santo no sólo hace nacer sino también crecer a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”. La comparación con el “Cuerpo” destaca la diversidad, la solidaridad y la unidad de la Iglesia.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros.» Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid’ el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

1ª) Reconocimiento de Jesús vivo.

Les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Como el Padre me ha enviado así os envío yo a vosotros. En la escuela joánica se insiste de modo particular en la misión. El Padre envía al Hijo al mundo para salvarlo y no para condenarlo. El Padre y el Hijo envían al Espíritu, y juntos a los Apóstoles. La cadena de la misión se prolonga hasta la vuelta del Señor Glorioso al final de los tiempos. Este carácter teológico de la misión se traduce en un sentido misionero profundo que invade el Evangelio.

2ª) El Espíritu realiza la nueva creación.

Jesús les dijo: Paz a vosotros. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos. Aliento y viento se expresan en hebreo con el mismo término de “Ruaj” (que en griego se traduce por “Pneûma” y en castellano “Espíritu”). Este doble sentido del término es el que expresa toda la riqueza del Espíritu. Es necesario observar algunos detalles para la comprensión del fragmento. En primer lugar, Jesús es el transmisor del Espíritu. Se ha cumplido la era mesiánica y Jesús, verdadero Mesías, dispone del Espíritu recibido del Padre y lo entrega a sus discípulos. En segundo lugar, el verbo “exhalar” remite a dos momentos importantes en el pan del Dios creador y salvador: la creación del hombre (Gn 2,7): Dios sopla en las narices de la imagen elaborada con la arcilla y se convierte en un ser vivo. Es la primera creación, que traduce el proyecto del Dios Creador que es de vida y para la vida. El hombre es un ser vivo por la acción del Espíritu. En segundo lugar, la visión de los huesos secos que vuelven a la vida (Ez 37). Esta visión se enmarca en el exilio de Babilonia. Los huesos secos representan a la casa de Israel que ha perdido su esperanza y siente el peso del silencio de Dios. De nuevo aparece el Espíritu y de nuevo la misma expresión verbal “soplar”. Este acontecimiento histórico, pasa a ser símbolo de la nueva creación por obra del Espíritu. Estos datos precedentes nos ayudan a valorar las expresiones de Juan cuando nos transmite que Jesús resucitado se hace presente entre sus discípulos, “sopla” su aliento sobre ellos y les entrega el Espíritu. Nos permite comprender que se trata del Espíritu Creador que va a llevar adelante la nueva creación.

3ª) Nueva creación y perdón de los pecados.

Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El don del Espíritu Creador se manifiesta en el perdón de pecados. El pecado es el que malogró, en el paraíso, el proyecto de Dios sobre el hombre. Lo quiso para la vida y feliz pero en la obediencia y comunión con su Creador. El hombre desconfía de su propio Creador y comete el pecado de querer ser él mismo en total independencia de Dios. El Espíritu Santo, llevando adelante su actividad de perdonar los pecados a través de los Apóstoles y de la Iglesia, hará presente en el mundo la nueva creación; manifestará en el mundo el verdadero proyecto de Dios. El pecado no pertenece a la textura original del hombre. Por eso podemos afirmar que el pecado no es humano, es decir, no entra en el proyecto original de hombre. Y por eso hay que afirmar que Jesús no lo pudo tener como hombre (y mucho menos como Dios), aun cuando fue igual a nosotros en todo. Con la reconciliación universal, obra de la Muerte-Resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por el Espíritu Santo, aparece de nuevo cuál fue el sentido del hombre en el proyecto de Dios creador.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo para hacer partícipes del mismo Espíritu a los Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. O sea, los Apóstoles son enviados por obra del Espíritu Santo para continuar la obra salvífica de Cristo. Los apóstoles reciben el poder del Espíritu de Cristo para perdonar o retener los pecados, para aplicar los frutos de la Redención de Cristo.

El día de Pentecostés.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre la totalidad de la Iglesia instituida por Cristo y a la que ha ido dotando progresivamente de las estructuras necesarias para cumplir su misión. Pentecostés es, también, una fuerte llamada para amar a la Iglesia de Cristo animada por el Espíritu Santo-Amor. Por eso, renovamos nuestra fidelidad a la Iglesia de Cristo desde la fidelidad a las exigencias de nuestro carisma específico.

  1. 3.     Invocación mariana.

María; eres Madre de la Iglesia porque eres Madre de Cristo por obra del Espíritu Santo. Eres nuestra Madre espiritual.

Nos consagramos a ti, María, Esposa del Espíritu Santo y te pedimos que nos enseñe a ser fieles a la presencia y acción del Espíritu Santo.

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