Quinto domingo de cuaresma – Ciclo C

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¡Dentro de quince días celebraremos la Pascua! Alcanzaremos la meta de nuestra peregrinación cuaresmal. Eso nos confirma en el optimismo radical de nuestro ser y vivir cristianos. La primera lectura con su salmo responsorial nos lanzan con entusiasmo hacia la meta que Dios nos promete: un nuevo Éxodo. En el primero, el Señor abrió un camino en medio del mar, en el segundo abrirá un camino en el desierto: en él abundarán los ríos de agua donde el pueblo escogido podrá apagar su sed. Éste proclamará la alabanza del Dios nuevamente liberador. Es el salmo 125: “Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb”; es la súplica de los que “sembraban con lágrimas” y ahora “cosechan entre cantares”.

Manteniendo la línea penitencial, de conversión, de la Cuaresma, el evangelio de hoy, de Juan, aunque parezca de Lucas, el evangelista de la misericordia, nos presenta el verdadero rostro de la ternura del Padre, revelada en Jesús. Éste no ha venido a condenar; sino a buscar y a salvar lo que estaba perdido, incluso lo más censurado y condenado por los dirigentes religiosos. Si Dios, si Jesús compadece, la comunidad de sus discípulos es llamada a compartir; nunca a condenar; siempre a buscar y salvar la oveja perdida, teniendo presente que también nosotros nos hemos descarriado.

1.      Oración:

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Nuestro Señor Jesucristo….

Amén.

2.      Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, nos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.»

Al segundo Isaías (Is 40-55) le tocó anunciar la vuelta del destierro. Ante un acontecimiento tan maravilloso, sus ojos se dirigen a todas partes en busca de analogías, en busca de imágenes, en busca de términos y de elementos que puedan, de alguna forma, expresar al pueblo, sumido en la angustia, el por­tento que Dios se dispone a realizar.

El primer elemento lo ofrece la historia sa­grada. ¿Quién no recuerda, toda­vía maravillado, la salida de Egipto, el paso del mar Rojo y la des­trucción del ejército del Faraón? Son situaciones paralelas. Siervos en Egipto, esclavos en Babilo­nia. En ambas el desierto de por medio. En cierto sentido, sin embargo, la situación del pueblo es más lamentable ahora que entonces. Los israelitas sufren ahora la pena de sus propias faltas y rebel­días. Su deportación a Babi­lonia es un castigo. ¿Tendrá término la ira del Señor? Más de uno de aquellos desterrados ha vuelto la vista hacia atrás y ha contemplado, con nostalgia y esperanza al mismo tiempo, la maravilla de la salida de Egipto. ¿Volverá Dios a repetirla? El profeta ha recibido una respuesta afirmativa a estos deseos. Dios va a intervenir de nuevo. Pero va a ser tan es­tupenda, tan sorprendente, tan maravillosa la nueva intervención del Dios de Israel, que la anti­gua ha­zaña quedará casi totalmente eclipsada. El recuerdo de la salida de Egipto no sirve para ex­presar con propiedad la nueva acción salvadora de Dios.

El profeta, insatisfecho en la primera tenta­tiva, vuelve sus ojos a la natura­leza. Del yermo brotarán fuentes de agua saludable. El desierto se convertirá en vergel; un camino, bordeado de aca­cias y álamos, lo cruzará de extremo a extremo. Por él caminarán los redimidos de Israel. Los cubrirá la sombra, los acariciará la brisa; las alimañas perderán su fiereza; el agua por todas partes para calmar la sed. Es que pasa el pueblo con su Dios a la cabeza, el escogido de Dios; pueblo que Dios formó para que proclamara su alabanza. La ala­banza va a ser universal.

Comienza una etapa nueva. Dios va a crear un orden nuevo. El pueblo tiene que vivir. Ha de cum­plir su misión de alabar a Dios. La alabanza de Dios no puede cesar en ningún momento. Por eso, los trae del destierro. La li­beración muestra su gloria. La alabanza la recuerda y celebra. La salvación sigue adelante.

2.2. Salmo responsorial Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 (R.: 3)

R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros
y estamos alegres. R.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R.

Los profetas habían anunciado, como hemos visto, para el pueblo de Israel en el destierro un nuevo éxodo: la vuelta al país patrio, la libera­ción del yugo de los babilonios. El salmo celebra, agradecido, el acontecimiento y evoca el gozo in­descriptible, la risa abierta, el rostro radiante de los que se pusieron en camino hacia Sión. Fue real­mente un portento. Los mismos pueblos vecinos no daban crédito a sus ojos: El Señor ha estado grande con ellos. La palabra de los profetas se había cum­plido: el pueblo había presenciado un nuevo éxodo.

El suelo que les esperaba en Palestina, sin em­bargo, era áspero y duro. Había que trabajar sudo­rosos para mantenerse en vida. El salmista se di­rige al Señor en nombre del pueblo: Cambia nuestra suerte. Dios ha comenzado la obra. La oración y el trabajo de los fieles han de continuarla: Dios y el hombre. La siembra la bañan las lágrimas, el gozo recogerá los frutos. Ha intercedido la bendición de Dios. Dios continúa bendiciendo a su pueblo. Los profetas apuntaban más lejos, al hablar de un ca­mino en la naturaleza. Apuntaban a acontecimien­tos más lejanos, pero seguros.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta, para ganar el premio al que Dios, desde arriba, llama en Cristo Jesús.

La polémica con los judaizantes -ya han hecho acto de presencia en Filipos- le obliga a Pablo, una vez más, a definir con claridad y calor su posición frente a la Ley y frente a Cristo. Pablo fue, tiempo atrás, un fervoroso y convencido fariseo. Confió largo tiempo en la justicia que le daba el cumpli­miento de la Ley y de las costumbres antiguas. La Ley y las tradiciones patrias fueron su orgullo y su gloria. Pero las cosas habían cambiado de un tiempo a esta parte. Después de la visión de Cristo resucitado y glorioso, la luz que dimana de su per­sona ha iluminado la mente de Pablo de forma sorprendente y le ha hecho ver las cosas como son en realidad.

Nada son las justicias, en que tanto confiaba; nada los títulos que tanto lo honraban; nada las prácticas de la Ley que tanto le enorgullecían. Nada es todo eso. Más aún, bien miradas las cosas, todo fue pérdida de tiempo. Todo es detrimento, si no lleva al precioso y elevado conocimiento de Cristo. Eso es lo que vale y pesa. Cristo y otra vez Cristo. Pablo lo ha dejado todo; a todo ha renun­ciado con tal de poseer a Cristo y de ser poseído por él. La posesión mutua es la perfección apete­cida y deseada. Fuera de ella, nada. La posesión mutua engendra un conocimiento, por connaturalidad, que sobrepasa en valor todo ser creado.

Pablo conoce (estamos en las cartas de la cauti­vidad) ahora, por experien­cia e intuición al Cristo que ha muerto, al Cristo que ha padecido, ¡al Cristo que ha resucitado! Pablo vive a Cristo en todos sus misterios; los misterios de Cristo se han hecho carne y vida en él. Queda por revelarse en su plenitud el último de ellos: Cristo va a venir, revestido de poder y de gloria. Pablo corre al en­cuentro del Señor. Esa es la meta. La carrera dura lo que dura la vida. No merece la pena volver la vista atrás. Todo lo que queda es basura. Cristo es lo que importa. Una carrera veloz con ansias de po­sesión plena: eso es Pablo.

El premio -posesión de Cristo- es realidad y es esperanza. A Cristo se le po­see ya y es objeto de esperanza. Hay una tensión entre ambos términos. Por eso corre Pablo. Por eso es menester correr. Una fuerza irresistible debe empu­jarnos hacia él.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.” E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la-mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor.” Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”

La escena no ofrece dificultad en la explicación. El Señor no condena a la mujer, acusada de un pe­cado castigado con la muerte. Cristo no ha venido a condenar. Ha venido a salvar, a curar, a bende­cir. Los hombres sí que conde­nan. Puede que fuera por celo; puede que pos despecho; puede que por despre­cio. El hecho es que no comprenden el voca­blo misericordia. Así somos los hombres. Nos escu­damos muchas veces en la ley para condenar lo que nos disgusta personalmente, sin tener en cuenta la salvación del acusado. Nos ol­vidamos fácilmente de que nosotros también somos reos de muchas fal­tas.

Los acusadores desaparecen uno tras otro ante los ojos inquisidores de Cristo. Cristo nos enseña misericordia. Todos eran pecadores. Todos somos pecadores. Con cuánta facilidad lo olvidamos.

No peques más. Cristo perdona al arrepentido. El arrepentimiento incluye propósito de evitar el pecado. Es un punto interesante.

Reflexionemos:

1. Cristo perdona. Yo tampoco te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Cristo per­dona, y su perdón es verdadero. Dios le ha dado el poder de perdonar los pecados. El Padre y él son una misma cosa. Lo que él hace  es porque lo que ha visto hacer al Padre. Esta es su misión: lle­var al Pa­dre a los hombres, reconciliarlos con Él. Perdona, y perdona con todo corazón. El perdón es la expresión de la reconciliación. Los hombres -apóstoles, minis­tros del Señor- han recibido de él el poder de perdonar los pecados en su nom­bre. Hoy todavía ejercen aquéllos el poder de perdonar. Su perdón es válido y real. En efecto, llega hasta el trono de Dios, en virtud de la muerte de su Hijo. Conviene meditar sobre este consolador misterio. El que sea sacerdote para perdonar en Cristo con misericordia. Al fin y al cabo, él también es peca­dor. Cuidado con la excesiva severidad. No sería cristiano. Para el laico, para apro­vechar la gracia sublime que se le concede de reconciliarse con Dios bien y pronto. También le ha concedido Dios a Cristo el juicio. El juicio, sin embargo, lo relega a un segundo tiempo. Los hombres pecamos, inmiseri­cordes, de justi­cieros; Cristo no.

Cristo perdona los pecados a los que se arre­pienten. Es necesario el arre­pentimiento. No se trata de una gracia que nos haga más pecadores, sino me­jores cristianos. El arrepentimiento incluye voluntad de no pecar: Anda, y en adelante no pe­ques más. Es un buen punto de consideración. Merece la pena detenerse en ello. No abusemos de la gra­cia. Puede que nos suceda algo peor. La misericor­dia vence de todos modos a la justicia.

2. Cristo, nuestra meta. El tema nos lo ofrece la segunda lectura. El perdón que nos viene de Dios es el comienzo. Por el perdón entramos en amistad con Dios, con Cristo. Es el comienzo; hay que caminar adelante. El arrepenti­miento es un mentís claro y decidido a todo aquello que nos separaba de Dios. Todo lo que conduce al pecado es basura y nada, es tiempo perdido. En las pa­labras de Pablo hay algo más. Todo lo que no nos una a Cristo hay que des­preciarlo. Urge correr. Fuera títulos tontos y or­gullosos. Nuestra gloria es la cruz de Cristo y nues­tra fuerza su resurrección. Los misterios de Cristo deben ser vida en nosotros. La perfección es poseer a Cristo y ser poseídos por él. ¡Cuánta vanidad en nuestras acciones y en nuestros planes! Pablo nos invita a correr. Es una lástima que, hechos para volar, andemos como patos ende­bles y miopes. El tiempo de Cuaresma nos invita a una reconsidera­ción de nuestra vocación: la perfección en Cristo. Buen tema éste.

El salmo responsorial nos enseña a orar. Ya te­nemos la salvación inicial, el perdón; pero no el término, la posesión de Cristo. Hay que pedir la continua­ción de la bendición de Dios. Nuestro tra­bajo siembra para recoger, mediante la bendición divina, el premio eterno. Pasamos de Babilonia a Jerusalén. Es­tamos en camino. Pidamos a Dios nos otorgue su protección: sombra en el ca­lor, brisa en la sequedad, agua en la sed, poder sobre las bes­tias. Las oraciones dirigen nuestra atención hacia el misterio de la muerte de Cristo. De él nos viene el perdón.

  1. 3.      Oración final:

Señor, Dios nuestro; tu Hijo Jesús entregó su vida por nosotros, para que tengamos vida, la vida en plenitud; desde los hondo gritamos a ti escucha nuestro voz. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

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