Domingo 34 del Tiempo Ordinario – Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo C

Fuenteycumbre

El ciclo litúrgico termina con la fiesta de Cristo Rey que evoca el final de la historia humana, cuando todo será glorificado en el Rey Señor de la historia, y cuando el último enemigo a vencer: la muerte, sea sometida y ahí toda la creación encontrará su plenitud máxima en Aquel que hizo nuevas todas las cosas. De ahí, que más que una fiesta litúrgica esta es una profesión de fe en acto, un canto de esperanza, una invitación a iluminar la vida a la luz de Aquel que nos amó y nos amó hasta dar su vida por nosotros. Por eso, aquí, celebramos la consumación del proyecto de Dios en su realización plena, total y universal, el destino en el cual estamos implicados y hacia dónde vamos todos.

1. Oración:

Señor Jesús, Tú que ocultabas tu identidad, aunque te dabas a conocer en tus milagros, pero pedías silencio, fue en la cruz, cuando todos se burlaban de ti, cuando esperaban algo diferente, cuando muchos se desilusionaron contigo cuando manifestaste toda tu fragilidad e impotencia fue entonces, cuando Tú te diste a conocer, haciéndonos ver, quién eras y lo que eras, y te revelaste como lo que eres como REY, pero un REY diferente, no de los que mandan, sino el que ama, no los que tienen autoridad, sino el que da la vida, no de los que tienen poder, sino de los que se dan totalmente, de los que aman hasta el final, de los que aman hasta derramar su sangre por amor al otro, para llevarnos al Padre y ahí hacernos hijos en ti, el HIJO, el Rey, el Señor de la historia, que realizaste en tu vida, el proyecto de amor del Padre, enseñándonos a amar, al estilo de Dios, a saber que el reinar es sinónimo de amar. Danos la gracia de valorar lo que significa que Tú hayas dado tu vida en la cruz para mostrarnos tu amor, y así podamos amar como Tú. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del segundo libro de Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:
– «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”» Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Los pueblos circunvecinos ya habían adoptado el régimen monárquico. Tal institución tenía sin duda alguna sus ventajas. Muchos de Israel las vieron y consideraron ya anacrónico el sistema que vivían. Trataron de implantar la monarquía. Saúl será el primero de la serie. No fue muy afortunado. Su con­ducta desagradó a Dios, y Dios lo rechazó. Pero la semilla estaba ya echada. Tras Saúl, superadas ciertas dificulta­des, es elegido David. David realiza las esperanzas del pueblo y agrada a Dios. David pasará a la historia como el rey por excelencia: él mantuvo unidas las tribus, él las de­fendió, él extendió los límites del reino. Dios le asistió con particular providencia y a él le otorgó promesas especiales. David funda una monarquía estable. De él vendrá «el futuro Rey». De él par­ten y a él recuerdan las promesas y las esperanzas mesiánicas. El pueblo lo recordará con exalta­ción y nostalgia. En los momentos de desastre nacional proyectará su figura, ya en el pasado, una espe­ranza en el porvenir, que llene completamente las aspiraciones del pueblo. Ese tal será el Mesías. «Hijo de David» era en tiempo de Cristo un título mesiánico. No es extraño que los Padres de la Iglesia, acos­tumbrados a ver en la Anti­gua Economía figuras de la Nueva, encontraran en David un anuncio de Cristo. Tanto más cuanto que David es, además de semejante, predecesor y padre de Cristo. David-Cristo guardan estrechas relaciones. Así lo ve la Igle­sia, apoyada en el Nuevo Testamento. Así la liturgia de hoy. El texto nos relata el momento en que David es elegido y constituido rey de Israel. David es el un­gido, el elegido por Dios para regir las tribus to­das de Is­rael. Nótense: la universalidad todas las tribus y la confirmación divina Tú se­rás el pastor de mi pueblo... El acontecimiento desborda lo anecdótico y circuns­tancial en función de figura. A través de estas líneas debemos ver a Cristo Rey, Pastor supremo del pueblo de Dios. Él es el here­dero y el cumplidor de las promesas.

2.2. Salmo responsorial Sal 121, 1-2. 4-5 (R.: cf. 1)

R. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. R

Era costumbre llegarse a Jerusalén para cele­brar las grandes fiestas de Yavé. Comprensible, después de la centralización del culto en el gran Templo. De todos los puntos de la geografía de Pa­lestina surgían grupos de peregrinos, que iban cre­ciendo conforme se acercaban a la Santa Ciudad. Allí estaba el Templo del Señor; allí el lugar sa­grado donde Dios moraba de forma especial. Dios Yavé acogía en aquel lugar las ofrendas de sus siervos; en él recibía com­placido las alabanzas de su pueblo, en él escuchaba atento y solícito las sú­pli­cas y quejas de los pobres y oprimidos. Jerusalén lo era todo para el fiel de Yavé: Templo de Dios, Ciudad Santa, capital del reino, recinto del Arca. Todas las tradiciones cultuales y mesiánicas con­fluían en ella. Dios la había fundado sobre roca firme. No es, pues, de extrañar el gozo y la alegría que invaden al israelita, cuando le comunican Va­mos a la Casa del Señor. Allí la Casa del Se­ñor, allí el Palacio de David, allí los tribunales de jus­ticia. Todo ello alienta el caminar. La Iglesia, figurada en Sión, es la clave cris­tiana para interpretar estos salmos. La Iglesia en su doble realidad terrestre-celeste es ahora el lu­gar sa­grado, el palacio de David, el tribunal de justicia, la mansión de paz, el reino de Dios. El caminar cristiano hacia la Jerusalén celestial está henchido de alegría: nos acercamos a la casa del Señor. Pensemos en la Iglesia, así des­crita, cuando leamos el salmo.

2.3 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 12-20 

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Muchos autores modernos reconocen, en los ver­sículos 14-20, la presencia de un himno antiguo o de una fórmula de fe muy antigua. Pablo lo habría re­to­cado, enclavándolo en el contexto actual de su carta a los Colosenses. Sea Pa­blo el creador de este precioso himno o sea tan sólo su último modelador im­porta poco. Ahí está colocado por Pablo en su carta a los de Colosas.

Allí, por Colosas, existía y se expandía alar­mantemente la peligrosa pos­tura religiosa de considerar a Cristo, como un ángel más en el mundo de seres divinos, que acompañan y rodean a Dios en su trono de gloria. Cristo así con­siderado sería sí un ser celeste, pero pura criatura; no se diferenciaría mucho, en resumidas cuentas, de las Potestades y poderes celestes, que gobiernan y dirigen el mundo. Era una desviación teológica peligrosa. San Pablo reacciona decididamente, colocando a Cristo, en forma de himno o fórmula de fe, en el lugar que le corresponde. Cristo es mucho más que un ángel, por más excelsas que sean las atribuciones que a él quieran asignársele. Cristo es la Imagen del Padre.

El himno habla, más que de la venida de Cristo, de los efectos producidos por su obra reden­tora y del estado de cosas que ha originado su in­tervención en el mundo. El himno arranca de los versículos doce y trece. A propósito del Reino del Hijo de su amor, a donde nos ha trasladado Dios, después de haber­nos librado del poder de las ti­nieblas por Cristo en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados, continúa Pablo, en forma solemne, declarando la excelencia del Hijo, su puesto en la creación, su categoría, su naturaleza. Todo ello dentro de una acción de gracias.

Podemos notar las siguientes partes más o me­nos diferenciadas:

A) Versículos 12-14.- El tono es de acción de gra­cias. La palabra Padre sale de la pluma de Pablo cargada de afecto y de reconocimiento. El título nos re­cuerda nuestra condición de hijos. El motivo de la acción de gracias viene en forma de contraste (herencia-dominio, luz-tinieblas-reino) expresado en térmi­nos henchidos de significación teológica (herencia, pueblo santo, luz, reino de las tinieblas, reino del Hijo de su amor). Cada una de las pala­bras daría lugar a un libro. Baste señalarlo. El versillo 14 camina en esa misma dirección. La san­gre de Cristo, Hijo del Padre, nos ha redimido y ha borrado nuestros peca­dos. La sangre alude a su muerte expiatoria. Entra dentro del motivo de la ac­ción de gracias.

B) Versículos 15-17.- Cristo posee la primacía en la creación. Cristo aparece relacionado con Dios y con el mundo creado.

1) Respecto a Dios. Cristo es Imagen de Dios in­visible. Como metáfora, difícil de precisar su sentido exacto y limitar con preci­sión los contornos de su alcance.

Cristo es Imagen de Dios en forma diversa que lo es el hombre, criatura de Dios. Cristo no está en el orden creado, lo supera; pertenece a otra esfera. El Hijo es Imagen de Dios en su preexistencia, ya que participa de la naturaleza divina. Cristo es también Imagen de Dios al participar de su Glo­ria, una vez resucitado. Este doble aspecto que lo definen como Imagen de Dios, lo colocan al frente de la creación y de la redención: como preexistente, partícipe de la na­turaleza divina; como glorifi­cado, partícipe de la gloria de Dios, cabeza del mundo nuevo. Ambas cosas están estrechamente re­lacionadas.

2) Los versículos siguientes, que colocan a Cristo al frente de la creación, no son más que explicita­ción de la afirmación primera, Cristo Imagen de Dios. No hace falta insistir en ello. Él es el pri­mero de todo; él es antes y está sobre toda la crea­ción. Todos los seres, visibles e invisibles, terres­tres y celestes, materiales y espirituales, del tipo que sean, han sido creados por él; más aún, en él y para él. De él han recibido su existencia, de él su consistencia, su des­tino y su fin.

C) Versículos 18-20.- Cristo tiene la primacía en el mundo nuevo, en el mundo de la redención. Cristo es el punto de conjunción entre Dios y el hom­bre: la redención, el perdón de los pecados, que nos mante­nían alejados de él, la reconciliación de todas las cosas, la paz.

La acción de Cristo glorificado llega a todos los seres. Él es primicia de los muertos, el principio y el primero en el mundo iniciado con su resurrección. En él reciben sentido todos los seres y todos los ór­denes. La nueva creación, la Iglesia, lo tiene por Cabeza. Las mismas potestades, que, entiéndanse como se entiendan, después del pecado del hombre habían sufrido una desviación, reciben ahora la reconciliación. Dios y el hombre pecador -pero perdonado-, y las potestades que ejercen un influjo en el hombre están pacificados en Cristo. Lo han efectuado su muerte -sangre- y su resurrección. La divinidad reside en él plenamente. El papel de la cruz es muy importante. El Sacrificio de Cristo le ha valido la supremacía sobre todas las cosas, al mismo tiempo que su inte­gración en la unidad di­vina. Tanto en la creación primera como en la regene­ración y recreación, Cristo es el primero, como causa eficiente. Por eso, es el primero en todo. Todo está su­jeto a él; por eso, le pertenece todo.

 

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: – «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» no de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: – «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: – «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. » Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Los cuatro evangelistas han dedicado al relato de la Pasión de Cristo, por su importancia natu­ralmente, más extensión. La primitiva comunidad con­servó con exquisito cuidado todo lo referente a tan misterioso acontecimiento y los evangelistas lo han seguido paso a paso. Los versículos leídos, junto con los precedentes 33-34, describen el momento de la crucifixión. Esa es la escena: Cristo crucificado. ¿Cómo la ha visto Lucas? En la crucifixión, según San Lucas, Cristo es escarnecido por todos, excepto por uno, y éste, ladrón: escarnio gene­ral, confesión del buen ladrón. Esas son las características más relevantes.

Las autoridades y el pueblo presencian el acto como espectáculo de diver­sión: todos hacen muecas a Jesús. Sus palabras no dejan lugar a dudas: ¿Qué Mesías es éste que no puede salvarse a sí mismo, después de haber salvado a otros? Burla fácil, iro­nía cruel y despiadada para un hombre que muere en la cruz. También los soldados se mofaban de él. Todavía creemos oír las risota­das con que celebran la ocurrencia: Si eres el rey de los judíos, sálvate... Algún provecho tenían que sacar de aquel engo­rroso quehacer de crucificar a un con­denado desco­nocido. El mismo título en tres lenguas, que colgaba sobre su ca­beza, suscita la hilaridad y ofrece un buen motivo para la burla: Jesús Naza­reno, Rey de los judíos. ¡Ahí está el Rey de los judíos! Hasta uno de los ladro­nes, como él sentenciado a muerte, le insulta y tiene humor para reírse a pe­sar de los atroces dolores. Todos hacen coro a la burla, desde el puritano y er­guido dirigente hasta el abyecto y condenado criminal, pasando por el amorfo y ridí­culo vulgo. Sólo una voz desentona, y ésta viene del otro ladrón. Es un justo, dice el buen ladrón.

¿Quién era este ladrón, de dónde era, qué había hecho, cómo se llamaba? Lucas nos ha conservado tan sólo la última escena de su vida, y ésta edifi­cante. El buen ladrón toma en serio la situación, re­conoce su delito y ve, en aquél de quien todos hacen burla, algo más que un hombre o un loco. Sus ojos han descubierto al Mesías. De él pide con humil­dad la salvación. Cristo se la concede.

Cristo no se altera por tanta burla. Para Lucas sigue siendo el Señor de la misericordia: Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen (34). ¡Qué amor el suyo! ¡Incomprensible! Hoy estarás con­migo en el Paraíso. Nos es difícil saber qué enten­dió el buen ladrón por Paraíso. Nos basta saber lo que significó el Señor: la salvación.

Entre burlas (de los presentes) y lágrimas (del buen ladrón y nuestras) te­nemos aquí una bella con­fesión de Cristo como Rey: Mesías de Dios, Ele­gido, Rey de los judíos, Señor que posee un reino, Señor del Paraíso. Todo ello en el momento de la crucifixión: Crucifixión+Rey. Cristo Rey perdona los pecados y conduce a la salvación. He ahí su reino.

Reflexionemos:

No podemos perder de vista la fiesta que se celebra en este domingo: La Fiesta de Cristo Rey. En ella concluye, conviene recordarlo, el ciclo del año li­túrgico. La Festividad de Cristo Rey re­cibe así un mejor emplazamiento y el año litúrgico el relieve merecido. El profundo Misterio de Cristo, contemplado y dividido a través del año en diversas facetas y misterios, desemboca así en la majestuosa figura de Cristo Rey. Nuestro caminar tiene un término feliz y glo­rioso; nos encontramos al fin de nuestra vida con Cristo Jesús, Rey y Se­ñor de todo lo creado. La festividad de hoy quiere recordárnoslo. Veamos algunos ma­tices.

Cristo es el Rey de la creación, Cristo es nuestro Rey.

A) El hecho.- Veamos los títulos. El evangelio nos facilita los más sencillos: Mesías de Dios, el Elegido, Rey de los judíos, Rey universal (tres lenguas), Justo, (no ha faltado en nada). El himno de la carta a Colosas lo ratifica y lo extiende a todo el cosmos: Hijo querido de Dios, Rey (pues po­see un reino), Imagen de Dios, Primogénito de toda criatura, Creador de todo lo que existe, Ca­beza de la Iglesia, Principio y primero en todo, Primogénito de entre los muertos (principio de la resurrección), Plenitud, Reconciliador y pacificador de todo. La primera lectura lo proyecta en som­bras (como heredero de David): Pastor del pueblo de Dios, Jefe de Israel, Rey. Esos títulos se repi­ten en las oraciones y en el prefacio.

B) La Obra.- El evangelio nos describe el mo­mento de la crucifixión. Al apli­car a Cristo el título de Rey debemos relacionarlo con este aconteci­miento. El título pende, como Cristo, de la cruz. No podemos, pues, separar la cruz del tí­tulo de Cristo Rey. El himno de Pablo los relaciona ex­presamente: en la cruz pacificó todas las cosas.

Cristo muere en la cruz. La muerte de Cristo en la cruz es la expresión más real de su más incondi­cional obediencia al Padre y del más desinteresado amor a los hombres. Es la suprema prueba de amor a Dios y a los hombres que se pueda dar. Según la lectura evangélica, Jesús en la cruz no maldice, no protesta, no se resiste, no se queja. En todo obediente al Padre. Más aún, perdona, ruega el perdón, salva. ¿Quién ha amado tanto ja­más? Por una parte, Jesús se mantiene fiel al Pa­dre en su oficio de Salvador -buscaba salvar lo que estaba perdido-; por otra, el amor a los enemigos es tal, que no tiene comparación. Cristo es en ver­dad el Rey de la Misericordia. Toda la vida de Cristo fue así; la muerte es el remate. Cristo me­reció de este modo el puesto de Primero y Primo­génito de todo lo creado, de Pacificador y Dador de vida.

C) Efectos.- En virtud de su sangre preciosa, canta la carta a los Colosen­ses, hemos recibido la redención y el perdón de los pecados.

Pacificador. Después del pecado del hombre, el mundo había quedado en completo desorden. La creación era una descreación; todo caminaba a la des­trucción y a la ruina. Dios ensaya, por amor a las criaturas, una nueva crea­ción que no tenga tro­piezo. La nueva creación está encabezada por Cristo. Toda la historia de la salvación conduce a él. Dios lo tuvo presente, cuando comenzó a recrear el mundo. Su muerte ha colocado las cosas en su lugar. En primer lugar, ha unido al hombre con Dios, del que estaba separado por el pe­cado. Ha unido a los hombres entre sí, haciéndolos herma­nos entre sí e hijos de un mismo Padre. Las po­testades, un tiempo adversas, han sido sometidas a él. Los seres celestes, en enemistad con el hombre por su alejamiento de Dios, han sido paci­ficados. La nueva creación está en orden; lo estará para siempre, pues Cristo, el Señor, tiene poder sobre todas las cosas.

Iglesia. El reino de Cristo es la Iglesia en su concepto más amplio. Ahí está la nueva creación. Ella su cuerpo, ella su Esposa, ella sus miembros, ella la reunión de los hijos de Dios y de sus herma­nos, ella la morada de Dios. El buen ladrón nos hace entrever el reino, el Paraíso. El salmo nos habla de ella, con júbilo y alegría.

Todas las criaturas. Cristo está al frente de toda la creación. No sola­mente ha instaurado la Nueva Economía; también la antigua creación exis­tía en él. Cristo es la Imagen de Dios invisible. Dios él mismo. Intervino en la cre­ación, dando exis­tencia y consistencia a todos los seres. Nadie ni nada se es­capa a su influjo y poder. Él los tiene a todos dominados. Cristo pertenece a otra esfera. Es el Hijo de Dios.

Afectos. Las oraciones del día nos ofrecen buen surtido: adoración, ala­banza, oración para que todos se salven, petición, como el buen la­drón, de en­trar en la gloria eterna; júbilo, actitud reverente… Acción de gracias (segunda lectura). Cristo es carne de nuestra carne y hueso nuestro (primera lectura).

3. Oración final:

Señor Jesús, te declaran REY cuando estabas en la cruz, te hacen un Rey crucificado, y te proclaman como Señor, al derramar tu sangre por nosotros, y como aclamaciones tienes el silencio y las burlas e insultos, pero es ahí, donde nos dejas tu enseñanza máxima, haciéndonos ver hasta dónde debe llegar el amor, hasta dónde debemos entregarnos a los demás, y cómo reaccionar cuando hay persecución, cuando hay rechazo o desprecio, y es ahí, donde tu silencio es más elocuente que todos los abucheos que recibes. Es ahí, donde nos muestras que la verdad uno lo vive en lo más profundo de uno mismo, que brota desde el corazón convencido, que expresa su seguridad en la paz de la entrega total de uno mismo por aquello que uno cree. Tú que eres el Rey crucificado, ayúdanos a dar testimonio de ti, en todo momento y en todas las circunstancias, para que tu mensaje sea conocido y actualizado en nuestra vida, y así conozcan tu estilo de amar, que es amar hasta el final, hasta dar la propia vida, reinando en la entrega, el amor, el servicio y en el sufrimiento redentor. Que así sea.

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