Domingo II de Pascua – Ciclo A

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Toda la liturgia de estos domingos está bajo el influjo de la Pascua. Pero la Iglesia se  preocupa para que la Pascua sea algo más que una palabra, de ahí que constantemente  nos presente el ejemplo de la primera comunidad cristiana que hizo de la Pascua un  programa concreto de vida. Con la Pascua nace la comunidad y el espíritu de la Pascua la  desarrolla lanzándola a la gran obra de la evangelización universal. Por todo esto, durante este tiempo vamos a mirar cómo se desarrolla la vida de esta  comunidad que es la nuestra: ¿Vive según el espíritu primaveral de la Pascua? ¿Vive o vegeta? Que nadie se extrañe  si constantemente el Espíritu Santo se hace presente en los textos bíblicos, pues Pascua y  Espíritu Santo conforman la nueva realidad que da origen a esto que llamamos  cristianismo. Pascua es la primavera permanente de la comunidad cristiana: no dejemos marchitar sus  flores…

1. Oración

Señor Jesús, Tú que habiendo dado la vida en la cruz, después que te dejaron en el sepulcro, no te quedaste en él, sino que RESUCITASTE, y así te diste a conocer a tus discípulos, apareciéndote en medio de ellos, diciéndoles: …la paz esté con ustedes… y ahí les dejaste la misión de ser ellos y así nosotros los continuadores de tu misión, para eso les diste y nos sigues dando tu Espíritu Santo, para que sea quien impulse y anime la misión. Te pedimos Señor, que nos ayudes a comprender y valorar, lo que implica creer en ti, como el RESUCITADO, como aquel que venció la muerte y está vivo, por eso, te pedimos, que nuevamente nos des tu Espíritu para que así, consigamos creer en ti, y vivir por ti, aún sin haberte visto, simplemente, porque creemos en tu Palabra, creemos que Tú estás vivo y que estás a nuestro lado. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Conviene relacionar este texto con 4, 32-35 y 5, 12-16. San Lucas des­cribe compendiosamente la actividad de los Apóstoles y la conducta de los hermanos en la primitiva Comunidad cristiana. El Espíritu se manifiesta en ellos de una forma carismática: En virtud del Espíritu, los Apóstoles profeti­zan, predican abiertamente, con fortaleza, a Cristo resucitado; operan ma­ravillas (Ananías y Safira, los enfermos deseaban ser tocados por la sombra de Pedro…) y los hermanos viven en comunión unos con otros, en la oración y en la fracción del pan. Vivían en Comunión. Voluntariamente ofrecían sus bienes para utilidad de los más necesitados. San Agustín ve en estos pasajes el modelo de la Vida Común. La Vida Común -la vida religiosa- tiende a re­producir aquel admirable ejemplo de la primitiva comunidad de Jerusalén. ¿A qué altura estamos nosotros de ese modelo? ¿Dónde el ideal común? ¿Donde el trabajo común? ¿Donde los bienes en común? Conseguiremos la simpatía de todo el pueblo si, como aquellos, nos amamos los unos a los otros hasta vivir en perfecta unión de alma de corazón y de bienes.

2.2. Salmo responsorial Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24(R.: 1)

R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R.

Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos.- R.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

(Ver domingo anterior)

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

1) Bendito sea Dios. Dios ha tenido gran piedad para con nosotros. Nos ha salvado, nos ha constituído herederos de un reino incorruptible, perfecto y eterno. Es conveniente y necesario alabar a Dios por sus beneficios.

2) La Resurrección de Cristo ha sido la causa. Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Esta es la esperanza que anima nuestra vida. El poder de Dios todopoderoso lo va ya realizando mediante la fe.

3) La seguridad de esta gracia de Dios es causa de alegría. El cristiano rebosa de gozo, porque tiene esperanza. Sabe adónde va; y sabe que es se­guro lo que Dios le ha prometido. Esta alegría nos hace sobrellevar las difi­cultades y tristezas con que tropezamos en esta vida. La fe probada en las dificultades se hace más preciosa -la vid debe ser podada, para que lleve fruto-.

4) Un amor ardiente debe mover toda nuestra vida. Cristo es digno de ser amado. Es cosa de preguntarse si realmente tratamos de amar a Cristo per­sona.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengais, les quedan retenidos. » Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: -¡Señor Mío y Dios mío! Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído?  Dichosos los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.  Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

A) La escena de Tomás

La incredulidad de Tomás hace más digna de fe la Resurrección del Se­ñor. No creyó a pie juntillas, aunque sobrados motivos tenía para ello; la no­ticia que le dieron los compañeros, de que había resucitado el Señor. Quiso ser testigo él mismo. La fe en la resurrección de Cristo no es fruto de la fácil credulidad de unos pobres y atemorizados hombres. Es un HECHO que se impuso por sí mismo.-Nótese que Juan insiste en la realidad de la resurrec­ción: La Magdalena ve al Señor; Pedro y Juan corren al sepulcro, ambos son testigos de que el sepulcro está vacío; las vendas están en el suelo, el sudario recogido; la Magdalena mantiene un diálogo bien preciso con el Señor; por la tarde se manifiesta a todos, a todos muestra las cicatrices de sus heridas; y por si fuera poco uno de ellos, Tomás se ve obligado por la evidencia más contundente a admitir el HECHO de la Resurrección-. La confesión de To­más es nuestra confesión y profesión de fe: Cristo es nuestro Señor y nuestro Dios. Nuestra fe descansa en testigos oculares puestos a prueba. La bendi­ción del Señor recae sobre los hombres de fe. Tema de la FE.

B) La Paz.

Fruto de la muerte y de la resurrección del Señor es la PAZ. La paz di­mana de Cristo resucitado; El es la fuente. Es la paz que el mundo no puede dar. La paz verdadera no puede encontrarse fuera de Cristo. San Agustín lo expresó admirablemente:. Pidamos la paz; hagamos la paz. Bienaventura­dos los pacíficos, dijo el Señor. Es una paz que viene de lo alto.

C) Espíritu Santo, perdón de los pecados.

El Espíritu Santo es el don que dimana de la Muerte y Resurrección del Señor. Si no me voy, les había dicho el Señor, no vendrá a vosotros el Consola­dor, si yo me voy os lo enviaré (16, 7-8). Este Espíritu opera la paz en noso­tros. El primer paso es el perdón de los pecados. No puede haber paz, si no hay perdón. El perdón nos pone en paz con Dios y con nuestros hermanos. Dios ha concedido, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo, que los hombres por El elegidos, puedan en su nombre perdonar los pecados. Esto es ciertamente un gran don. En cualquier momento podemos reconciliarnos con Dios.

3. Oración final

Señor Jesús, Tú que has resucitado, que has vencido la muerte y que estás vivo, que estás presente, que estás a nuestro lado, danos la gracia de valorar el hecho de que estás vivo, resucitado, de que hayas vencido la muerte y ahora tengas una nueva materialidad, una nueva manera de ser y de estar siendo Tú, nuestro Dios y Señor. Tú que estás vivo, vivifícanos en tu amor, transfórmanos con tu presencia, inúndanos de tu paz y de tu gracia, para eso, llénanos de tu Espíritu, renuévanos nuevamente en Él y por Él, para que guiados y conducidos por Él, podamos realizar la misión que nos dejas, dándote a conocer a ti, como el único y verdadero Dios y Señor, en quien y de quien tenemos vida y salvación.

 

Ayúdanos a que nuestra fe en ti, sea vivencial, existencial, comprometida, creyendo en ti, por tu Palabra, por lo que Tú nos has anunciado, aun sin haberte visto, pero sintiéndote a nuestro lado, sintiendo que eres Tú el que nos impulsas a la misión y al testimonio, viviendo por y para ti, dándote a conocer con nuestra vida, haciendo ver que Tú estás vivo y resucitado. Que así sea.

 

 

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