Domingo III de Pascua – Ciclo A

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Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.

1. Oración

Te glorificamos, Padre santo,
porque estás siempre con nosotros en el camino de la vida;
sobre todo cuando Cristo, tu Hijo, nos congrega
para el banquete pascual de su amor.

Como hizo en otro tiempo con los discípulos de Emaús,
él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
-«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.” Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que (no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.
Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

Primer sermón de Pedro.

Los discursos que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, presenta el mismo esquema fundamental.

A) Proclamación de los Hechos que son objeto de la fe cristiana: Cristo padeció, Cristo murió, Cristo resucitó. Este es el contenido de la predicación apostólica.

B) «Según las Escrituras». Recurso al A. Testamento. Era el pueblo judío a quien se trataba de convencer. Para él las Escrituras son la Palabra de Dios. La muerte, y más aun la muerte de cruz, era, y sigue siendo, un grave obstáculo para la aceptación de Cristo como Mesías. Los Apóstoles, ilumina­dos por la acción del Espíritu Santo, vieron en el A. T.la indicación de estos suce­sos: «murió según las Escrituras», rezan todos los credos antiguos.( 1 Co 15, 1- 3).- He aquí los textos clave: los Cánticos del Siervo de Yahvé, Is 42, 1-10; 49, 1-6; 50, 1-9; 52, 13- 53, 12.- También la resurrección estaba anun­ciada; de forma obscura, sin embargo. Al hablar de la resurrección hay que pensar en la Exaltación de Cristo. Cristo ha sido elevado a la diestra de Dios Padre (Salmos 2 y 110). En la Resurrección Cristo ha sido constituído Señor y Juez del mundo entero. El es el Mesías. Este es el valor de la Resurrección. Los Apóstoles son testigos de ello.

C) El tercer elemento de la predicación primitiva es la «Invitación a la pe­nitencia». Es necesario aceptar los hechos – Pasión, muerte, resurrección – y cambiar de vida, llevar vida santa.

Cabe a todo esto una pregunta: ¿Cuál es hoy día la predicación de la Igle­sia? ¿Predicamos la pasión, muerte y resurrección de Cristo y la necesidad de la penitencia?

Los Apóstoles no creyeron en la Resurrección, porque la vieron indicada en el A. T; todo lo contrario, después de ver los hechos, la hallaron ya dicha en la Escritura.

 

2.2. Salmo responsorial Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11(R.: lla)

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

 

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos: Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Contexto inmediato.- Los Cristianos deben llevar vida santa. Hay que de­jar a un lado todo aquello que en un tiempo constituyó nuestra vida alejada de Dios: La ignorancia de Dios y de sus planes, y la vida según nuestros de­seos. Hay que cambiar de vida. Estos son los motivos:

a) Dios es nuestro Padre; debemos ser santos, porque El es Santo.

b) Dios juzga según las obras. Debemos tener un santo temor.

c) Hemos sido adquiridos – no solamente llamados por Dios, quien ha pa­gado por nosotros un gran precio: su Hijo, Cristo Jesús. Pertenecemos a Cristo por derecho, El nos ha rescatado del pecado y de la muerte.

Cristo es el Cordero de Dios. Así lo definió S. Juan: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Cordero inmaculado, como el cordero pascual. «Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado», dice S. Pablo. La muerte y la sangre de Cristo han expiado nuestros pecados. La imagen del cordero nos recuerda el valor sacrificial de la muerte de Cristo. Cristo se ofreció en sacrificio por nosotros. Por eso Dios lo resucitó y posee actualmente la gloria de Dios. Este Hecho fundamenta nuestra fe y esperanza. A esa misma gloria estamos llamados nosotros. Tan cierta es nuestra esperanza como cierta es la Resurrección del Señor.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: -«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: -«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» El les preguntó: -«¿Qué?» Ellos le contestaron: -«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. » Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? » Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: -«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: -«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: -«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

El texto evangélico es transparente y no ofrece mayor dificultad. Es de notar, sin embargo, la belleza de la exposición. El relato es sugestivo, ameno y diestramente trazado. A parte de esto convendría llamar la atención sobre algún punto suelto. a) La idea, que todavía tienen los discípulos del reino mesiánico; es un reino político. Son reacios a creer en la resurrección. Esto prueba más la historicidad del pasaje. b) Cristo recurre a las Escrituras para probar la Resurrección. Hasta entonces los discípulos no las habían entendido en ese sentido. Hace falta que Cristo las explique. En la aparición siguiente, aquella misma noche, a los Apóstoles, uso del mismo método (24, 44ss). Les dio el poder y el sentido para entender las Escrituras. El entender las Escrituras en el sentido cristiano es un don de Dios; es un carisma. S. Pablo habla del carisma de interpretar las Escrituras. En el fondo: nadie puede llenarnos a Cristo sino la gracia de Dios.

1) Jesús resucitado se aparece a TODOS

Los Evangelios de estos domingos de Pascua nos recuerdan las apariciones de Jesús ya resucitado a los suyos: El Domingo de Pascua, Jesús se aparece a las mujeres: El Domingo de la Semana Pasada Jesús se aparecía a los discípulos por dos veces para superar la incredulidad de Tomás

Pero este domingo Jesús se aparece a dos discípulos aparentemente desconocidos, de los que no sabemos prácticamente nada, tan sólo que  uno de ellos se llamaba Cleofás.Y es que Jesús no sólo resucitó para unos cuantos, para los íntimos, para los “amiguitos”, sino que Jesús resucita para TODOS, para las mujeres, para los 11, para los de Emaús, para TODOS NOSOTROS y para todo el mundo.El relato es muy bonito, porque muestra el gran cambio que experimentan aquellos dos discípulos, de la decepción y la tristeza a la alegría y la emoción de comprobar que Jesús resucitado ha estado caminando con ellos.

2) El cambio de actitud de los discípulos de Emaús responde a la catequesis continuada de Jesús

Los discípulos de Emaús no descubren a Jesús a primera vista, tardan lo suyo en hacerlo, tienen que hacer un  proceso, una CATEQUESIS, que Jesús les va haciendo progresivamente para que se den cuenta de quién es Él.Este camino desde la decepción hasta la gran alegría tiene tres pasos:

2.1. La lectura de las Escrituras: Jesús fue repasando por el camino todas las Escrituras con ellos, especialmente todos los pasajes que se referían directa o indirectamente a Él.Para que se dieran cuenta de que todo aquello tenía que suceder (la muerte y la pasión del Señor estaba perfectamente profetizado en el Antiguo Testamento).

A nosotros que somos los discípulos de Emaús del siglo XXI, también nos vendría bien que Jesús o quien fuera nos diera un buen repaso de las Escrituras.Porque la experiencia demuestra que los cristianos leemos poco la Biblia. Que no la tenemos como libro de cabecera sino solamente como un libro bonito que está en la estantería del comedor (eso los que la tienen, que no todos!)

Que los protestantes y los testigos de Jehová leen bastante más que los católicos la Palabra de Dios.Cuando tenemos problemas, dudas y sufrimientos, buscamos las mil y una soluciones (como sicólogos, asesores, lecturas de esos libros best-selers que dicen que lo solucionan todo), pero pocas veces nos ponemos a leer la Biblia esperando encontrar en ella una respuesta.

2.2. La Eucaristía Jesús parte el pan con ellos y repite los mismos signos que el día de Jueves Santo, y en aquel momento los discípulos se dan cuenta de que es Él.Fue necesaria la Eucaristía para que los discípulos definitivamente recuperaran la ilusión y la alegría y se dieran cuenta de que Jesús es Alguien de fiar, que cumple lo que dice, y que Él está vivo y resucitado.Nosotros también muchas veces estamos tristes como los de Emaús, nos sentimos solos y pensamos que Jesús no está con nosotros, no nos ayuda o no está a nuestro lado.Pero es que a lo mejor somos nosotros los que no queremos encontrarnos con Él, porque de la misma manera que leemos poco la Biblia. También nos cuesta vivir intensamente la Eucaristía como el gran momento de encuentro con Jesús. Participar de la Eucaristía diaria e incluso en la dominical. Vivirla como el gran encuentro con el resucitado que nos anima y nos da fuerzas y no sólo como un “cumplimiento”.

Hay muchas personas que no iban a Misa y ahora es algo prioritario, de lo que no pueden prescindir.

Quizá los que vamos más o menos habitualmente también nos convenga replantearnos lo rutinario o desmotivado de nuestra participación.

2.3. La comunidad Cuando los discípulos se dan cuenta de que Jesús ha resucitado, corren enseguida a decírselo a los otros discípulos, para COMPARTIRLO.Y es que la fe se vive en comunidad y las alegrías y tristezas también. Eso los primeros cristianos lo tenían muy claro.Pero nosotros vivimos en una sociedad muy individualista y egoísta y hasta los mismos cristianos nos podemos contagiar de ello. Muchos dicen que no necesitan de la comunidad, de la Iglesia, que viven su fe por su cuenta, individualmente, personalmente.Y muchos de los que participan de la vida de la comunidad, lo hacen de forma discreta, hasta algo forzada, sin compartir prácticamente nada.

3) Conclusión

Jesús resucitado se ha aparecido para todos, y nos ha recordado que como los discípulos de Emaús, esa alegría pascual debemos compartirla:Con la lectura de la Palabra de Dios, la participación gozosa en la Eucarístia y, con los hermanos de la comunidad.

3. Oración final

Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

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