Domingo de la Santísima Trinidad

Fuenteycumbre santisima trinidad

El tema de estas lecturas, muy en consonancia con la Fiesta, es lo que los Padres Griegos llamaban la Sincatábasis, es decir, la Condescendencia de Dios. El hecho es que el Dios Transcendente, el Dios Temible, el Dios Pode­roso; el Dios que con su voz creara el mundo, lo adornara de infinita varie­dad de plantas, flores y frutos, lo llenara de seres vivos: unos que surcaran las aguas, otros que rasgaran los aires, otros que se moviesen sobre la an­cha faz de la tierra; el Dios que hace temblar la creación con su voz potente; ese Dios ha tenido la gran Condescendencia de manifestarse al hombre, de alargarle piadoso la mano y de entablar con él una amistad tan estrecha y duradera que resultara una mutua posesión eterna.

1. Oración Inicial

Dios UNO y Trino, Santísima Trinidad, misterio de amor y de unidad, UN solo Dios y tres personas, unidas en comunión y participación, siendo el uno para el otro, participando su vida dando vida y amor, que al contemplar este misterio que nos sobrepasa, Tú Padre eterno renuévanos en el amor, Tú Hijo eterno y predilecto del Padre, revélanos al Padre y al Espíritu como lo hiciste en tu vida pública, introduciéndonos en la verdad plena y total, de la identidad y del ser de nuestro Dios; Tú Espíritu de amor y de unidad, inspíranos e ilumínanos, abre nuestro corazón y nuestro entendimiento

para que reflexionando y conociendo este misterio, valoremos lo que significa ser hijos de Dios y templos vivos de ti por la sangre del Señor Jesús, y así proclamar nuestra fe en Dios como Padre, HIJO y Espíritu Santo. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Éxodo 34,4b-6.8-9:

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.» Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»

Podríamos comenzar a leer en el 33, 18. Nos encontramos ante un diálogo precioso entre Dios y Moisés. Son dos buenos amigos. Y esto es precisamente la causa de admiración. Moisés, criatura de Dios, se atreve, nada menos, que a pedir se le otorgue el favor de presenciar Su Gloria, y Dios, Transcen­dente, accede amigablemente a ello. Dios condesciende a dar gusto a Moisés, manifestándole su Gloria, es decir, manifestándose a sí mismo. Nótense los siguientes particulares.

La gran Condescendencia de Dios: Descendió en forma de nube (34,5 y 33,19). Dígnese mi Señor venir en medio de nosotros… (34, 9).

La Misericordia admirable:… Pues hago gracia a quien hago gra­cia…(33,19 y 34,6-7).

La Manifestación parcial que Dios hace de sí mismo: en forma de nube, la espalda, no la cara.

La Santidad de Dios: perdona, pero castiga con rigor; el pecado y la presencia amigable de Dios son incompatibles.

Dios, pues, condesciende a vivir con su pueblo, a perdonarle y a poseerlo como cosa propia. Pero un santo temor debe dominarles: castiga con rigor, Moisés debe postrarse ante Él. Dios condesciende a manifestar su Gloria.

2.2. Salmo responsorial Dn 3,52-56

R/. A ti gloria y alabanza por los siglos

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
bendito tu nombre santo y glorioso. R/.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R/.

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R/.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos. R/.

Bendito eres en la bóveda del cielo. R/.

2.3. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13,11-13:

Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

Son abundantes los saludos trinitarios en San Pablo. Nos encontramos ante uno de ellos. La Gracia de Cristo: Por Él nos vino la amistad con Dios, el favor divino. Por su muerte se nos han perdonado los pecados; en Él, por Él y con Él, vivimos en estrecha unión con Dios. El Amor del (Padre) Dios: Es el principio de todo. Por amor han sido creadas las cosas. Al amor de Dios se deben todas las intervenciones y tentativas de salvar al hombre, que culmi­nan con la donación del propio Hijo. La Comunión del Espíritu Santo: Él de­rrama en nosotros la Caridad y el Amor con que amamos a Dios; Él nos hace clamar a Dios ¡Padre!; Él nos hace sentirnos hijos de Él; Él nos conforma a Cristo; Él habita en nosotros; por Él tenemos la Vida divina en nosotros.

Es digno de notarse: manifestación de Dios equivale a donación de Dios. Dios se manifiesta más -se da más a sí mismo- en el Nuevo que en el Antiguo Testamento. Ya no hay nube, ni sombra. Poseemos la realidad. Sin embargo, vemos como por espejo. San Juan nos dice en su carta primera (3, 2)…ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sa­bemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le vere­mos tal cual es. Estamos todavía en camino.

La Santísima Trinidad es un misterio de primer orden. Los misterios no tienen el fin de humillar la mente humana, obligándola a admitir verdades que no puede entender. Los misterios responden a una comunicación amo­rosa de Dios. Dios manifiesta su vida íntima, sus secretos, a los que ama y porque los ama, con el fin de llevarlos a la posesión de los mismos un día. Nadie revela su intimidad a un desconocido, solamente a los amigos. Dios nos revela su interior como prueba de amor. Dios nos ama y, porque nos ama, nos dice lo que es.

Es de notar también el uso frecuente que hacemos de la Santísima Trini­dad. En este nombre sagrado fuimos bautizados; con este nombre sagrado bendijo el sacerdote a nuestros padres; en él se nos ungieron las manos, para que pudiéramos perdonar y celebrar los misterios del Señor; en él es­peramos ser ungidos un día a la hora de la muerte. En él se nos perdonan los pecados. En él estamos, pues, sellados. Pertenecemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Esta es la realidad. Nuestra vida debe ser santa, como Dios es santo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 3,16-18:

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El evangelio nos habla también de la Condescendencia de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único. Dios no se desentendió de su obra. Dios formó cariñosamente al hombre: Hagamos al hombre a nues­tra imagen y semejanza; Él mismo lo modeló con sus manos, le inspiró su propio aliento, lo puso en su propio jardín; le ofreció su amistad. El hombre no la aceptó; fue echado fuera. Pero Dios no lo abandonó a su pecado; le prometió un salvador (Gn 3, 15); intervino directamente en la obra de la sal­vación, eligiendo a un pueblo (perdonándole cuantas veces se arrepintiera, castigándolo cuantas veces pecara); le envió profetas, para que mantuvieran viva la conciencia de su elección. Por fin envió a su Hijo Único. ¿Se puede dar más? Se dio a sí mismo. Nótese que la aceptación de esta entrega de Dios lleva consigo la convivencia, de por sí eterna. El Dios Todopoderoso se revela Padre, Amigo, Hermano… La repulsa está castigada con la muerte eterna. A una manifestación total equivale una donación total. A un Don to­tal, una responsabilidad total, por nuestra parte, una donación total; por eso, una Vida total o una muerte total. Dios, pues, sin dejar de ser Dios transcendente, condesciende a vivir con el hombre de una forma íntima.

El evangelio de esta fiesta se toma de Juan y nos propone uno de los elementos más altos de la teología joánica. En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo, el rabino judío que vino de noche para hablar y dialogar a fondo con Jesús, se muestra, con rasgos insospechados, la razón de la encarnación, el que el “Verbo se hiciera carne” que resuena desde el prólogo. Es lógico pensar que Jesús de Nazaret y Nicodemo no hablaran en estos mismos términos, sino en otros más simples y sencillos. Por tanto, es el evangelio de Juan (sus redactores) quien remonta el vuelo de la teología y lo expresa con fórmulas de fe inauditas.

La encarnación del Hijo se explica por el amor que Dios siempre ha tenido al mundo. Es la consecuencia de esa fidelidad de generación en generación con que se había expresado la revelación de Dios a Moisés en el Sinaí. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo; quien cree en él experimenta la verdadera salvación. Podemos discutir mucho el origen de este texto en la redacción de la teología joánica, pero no podemos negar su verdadera inspiración teológica. Esta es una de las cumbres de la “revelación” de Dios en el NT. Dios no ha venido al mundo para condenar, o para juzgar, sino para “salvar”. Todo lo que no sea asumir eso como chispazo, es una distorsión teológica de los que no se fían de Dios o de los que le tienen un miedo desalmado.

La teología, pues, debe ser una verdadera terapia espiritual y psicológica para todas las personas que buscan a Dios… pero que huyen de él si Dios no se acerca, si no “se queda” a nuestro lado, si no es compasivo y misericordioso. Está en juego la misma libertad del ser humano –don de Dios, decimos-, para ser o no ser religiosos. Si aceptamos, pues, la teología del NT, en su diversidad, como fundamento de nuestra fe, esta lección del evangelio de Juan debe ser de verdadera “iluminación”. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es propicio para inaugurar una búsqueda nueva en el judaísmo y en cualquier religión que merezca la pena. Incluso desde el cristianismo debemos repensar lo que este diálogo nos proporciona en la relación del hombre con Dios.

“Tener vida” es uno de los conceptos claves de la teología joánica. Sabemos que se refiere a la vida espiritual, lo más interior y profundo de ser humano. Es verdad que no se trata de una vida biológica, ni del quedarse en este mundo, aunque sea arrastrándonos. El Dios de la Biblia, el Dios trinitario -el Padre, el Hijo y el Espíritu-,nos ha dado la vida, para vivir con Él la vida verdadera, que nos ha revelado en Jesús y que nos ofrece por su Espíritu.

3. Oración final

Dios eterno y todopoderoso, Dios de amor y de misericordia, Tú Santísima Trinidad, un solo Dios y un solo Señor, bendito y alabado seas, hoy y siempre, porque siendo Uno, eres Padre amoroso; siendo iguales en gloria y dignidad eres Hijo unigénito y siendo Espíritu eres el santificador y eres dador de vida y santidad. Todo honor y toda gloria, a ti que dándote a conocer nos enriqueces y nos glorificas con tu vida. Al proclamarte como nuestro Dios y Señor, reconoces tu grandeza y tu poder,

y así te pedimos que sigas derramando tu amor en nosotros, para que sigamos conociéndote siempre más, y así seguirte, viviendo de acuerdo a tu voluntad, manifestando con nuestra vida, tu proyecto de amor, viviendo como tus hijos, siendo Tú nuestro Padre creador, y proclamándote nuestro Salvador, que nos redimiste con su sangre en la cruz, y que a su vez eres el Santificador, que nos unes siempre más a ti, atrayéndonos con lazos de amor y misericordia, para moldearnos en ti siendo presencia tuya para los demás, anunciándote con nuestra vida que Tú eres el Dios vivo y verdadero,que eres, eras y serás. Que así sea.

 

 

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