Domingo 19 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo 19 TO

El profeta Elías vivía en una época en que Israel experimentaba una fuerte ola de sincretismo. Las prácticas agrícolas de los campesinos cananeos habían hecho una fuerte impresión en los inexpertos campesinos israelitas y las habían copiado, apostándole todo a los ritos de la fertilidad que invocaban a Baal como dueño del rayo y la lluvia. Para Elías eso implicaba una desconfianza en el señorío de Dios sobre la naturaleza. El rey Ajab y Jezabel promovían decididamente ese culto. El profeta resistía contra la opinión dominante. Se sentía abandonado en esa lucha por Dios, por eso buscó su presencia para superar su desconsuelo. El apóstol san Pedro advirtió el signo extraordinario de Jesús caminando sobre las aguas, se abalanzó hacia Él, demandando pruebas y sucumbió ante las primeras ráfagas de viento. La mano del Señor lo rescató, la lección estaba clara: su fe era aún incipiente, tendría que vivir un proceso de maduración interior muy profunda.

ANTÍFONA DE ENTRADA (Cfr. Sal 73, 20. 19. 22. 23)

Acuérdate, Señor, de tu alianza, no olvides por más tiempo la suerte de tus pobres. Levántate, Señor, a defender tu causa, no olvides las voces de los que te buscan.

  1. ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, a quien, enseñados por el Espíritu Santo, invocamos con el nombre de Padre, intensifica en nuestros corazones el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

  1. Textos y comentarios

LITURGIA DE LA PALABRA

  1. 1. Del primer libro de los Reyes: 19, 9. 11-13

Al llegar al monte de Dios, el Horeb, el profeta Elías entró en una cueva y permaneció allí. El Señor le dijo: “Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar”.
Así lo hizo Elías, y al acercarse el Señor, vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva.

Elías busca en el Sinaí -Horeb- la comunicación con Dios. La necesita. Ha escapado de Israel, perseguido de muerte. Ha deseado morir en el camino. Una voz, un vaso de agua y un trozo de pan lo han traído hasta aquí. Aquí estuvo también Moisés. Y aquí oyó la voz de Dios y sintió el peso de su pre­sencia. Pasó delante de él. Elías recibe una experiencia semejante: Dios se digna pasar ante él. Pero la teofanía, en este caso, reviste modales especia­les un tanto sorprendentes. No son ni el huracán ni el terremoto ni la tor­menta, ni el rayo ni el temblor ni el trueno los que acompañan a Dios. Dios pasa en susurro tenue y suave. Elías se cubre el rostro. ¿Quién puede sopor­tar la presencia del Señor sin morir?

¿Qué valor religioso tiene todo esto? ¿Qué quiere significar? ¿Quiere Dios reprochar al fogoso Elías su excesivo e intempestivo celo? Así piensan no po­cos. ¿Querrá Dios darnos una enseñanza sobre la espiritualidad y suavidad del Dios de Israel? Algunos piensan así también. Otros, entroncando con la tradición bíblica de la llamada profética, ven aquí la profunda, sutil y pene­trante comunicación de Dios a sus siervos. Otros, por último, recuerdan la necesidad de consuelo en que se encontraba el profeta y ven en ello, por con­siguiente, una delicada acción de Dios consolando a Elías. A Elías no le con­venía en aquel momento la teofanía terrorífica del tiempo de Moisés. Sería una condescendencia divina al hombre, humana y llena de ternura.

Todas estas apreciaciones pueden sernos útiles. Tenemos, pues, en todo caso, a un Dios que se muestra no imponente ni terrible a sangre y fuego: un Dios penetrante, como suave brisa, acariciador, asequible, humano. Con todo hay que taparse la cara a su paso. Es en verdad un Dios cercano, pero siempre transcendente. Solo pensamos en Cristo, Dios hecho hombre, podemos entenderlo mejor: Cristo es la clave.

  1. 2. Salmo Responsorial (salmo 84)

 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo. Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra. R/.

La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron; la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo. R/.

Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. La justicia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas. R/.

El salmo, como unidad, es un salmo de súplica. A la súplica que presenta el pueblo responde Dios -en el profeta o sacerdote- con la bendición y la paz. Es un oráculo de salvación. La liturgia ha tomado esto último. El estribillo refleja la primera. Por ahí ha de correr nuestro espíritu. Hay un gemido, acuciado por la necesidad: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. ¿Quién no las necesita? Dios nos las promete; en Cristo de forma perfecta. Desde el alimento cotidiano -que no siempre sabemos agradecer- hasta la paz eterna. Aquí, como signo de aquélla. Allí, como consumación de ésta. Vivimos entre súplicas y esperanzas. La promesa es segura: la bendi­ción de ahora es ya comienzo de la vida eterna. El Misterio de Cristo lo ga­rantiza: nuestra Paz y nuestra Justicia.

  1. 3. De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 9, 1-5

Hermanos: Les hablo con toda verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me atestigua, con la luz del Espíritu Santo, que tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón.
Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas, a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Ellos son descendientes de los patriarcas; y de su raza, según la carne, nació Cristo, el cual está por encima de todo y es Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.

El corazón de Pablo sangra. Sangra de dolor. El pueblo judío -¡su pueblo!- queda al margen del evangelio, al margen de la salvación. ¿Cabe mayor tragedia? El pueblo, preparado desde tiempo inmemorial para recibir el Reino, desatiende engreído la oferta. Todas las maravillas de antaño, todas las llamadas de los profetas, todos los pensamientos y cantos de los sabios, quedan sin efecto. El pueblo hebreo reniega de Cristo, maldice al Señor. El pueblo, llamado a ver la Luz, queda en las tinieblas; el pueblo, llamado a la Libertad, elige la esclavitud; el pueblo, llamado hijo de Dios, se aleja de la Casa; el pueblo, llamado al Reino, se queda fuera de la Ciudad. ¿No es terri­ble? Y esto le acontece a su pueblo, llamado con razón pueblo de Dios. Pa­blo inclina respetuoso la cabeza ante el misterio de Dios y sufre, sufre de ve­ras. Lo confiesa solemnemente. Y tan sincero es su dolor que desea ser, si esto valiera, condenación -anatema- por la salvación de su pueblo. Algo se­mejante deseó Moisés en su tiempo. ¿Por qué los grandes hombres de Dios desearon morir por su pueblo? Jesús murió condenado, hecho pecado por salvar a su pueblo. Las prerrogativas del pueblo de Dios pasan al pueblo nacido en Cristo. La sombra pasa a ser luz y la luz es ahora el pueblo de Cristo. Una doxología al final con un solemne amén nos mantiene en el respetuoso silencio y en el temor de Dios. Con sencillez y reverencia alabamos la deci­sión salvadora de Dios.

ACLAMACIÓN (Sal 129, 5) R/. Aleluya, aleluya.

Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra. R/.

  1. 4. Del santo Evangelio según san Mateo: 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

La lectura comienza con un apremio de Jesús a sus discípulos a que suban a las barcas y se alejen de allí. Esta prisa de Jesús por desaparecer de aquel lugar puede probablemente responder al comentario de Juan: Quisie­ron hacerle Rey. Jesús había multiplicado los panes. Je­sús deshace así un mal entendido sobre su persona: Jesús no ha venido a eso.

Jesús se recoge a orar. A solas. En la noche. Lucas hará de esta oración de Jesús uno de sus temas preferidos. Por su parte, Marcos notará las reti­radas de Jesús. Da la impresión, según Marcos, de que Jesús se recoge siempre que se apunta un éxito. ¿No le agradaban los éxitos? Quizás no fue­ran verdaderos éxitos.

Tenemos a continuación un milagro. Por el remate se echa de ver su ca­rácter cristológico. Para los apóstoles es como una manifestación de la natu­raleza y poder superiores de Jesús. Jesús domina las fuerzas de la natura­leza. Jesús es el Señor, el Hijo de Dios. Hay una adoración de su persona. ¿Podríamos pensar en una epifanía de Jesús? Aparece también Jesús salva­dor: Sálvame, Señor,… grita Pedro. El texto está lleno de sugerencias y alu­siones: No temáis

El texto es además eclesiástico, como todo el evangelio de Mateo. Nótese, por ejemplo, la figura de Pedro. Pedro -el primero, el primado- aparece, como figura más relevante, junto y, después de Jesús. Pedro puede caminar sobre las aguas siguiendo la voz de Jesús: ¡está a la altura de Jesús! La poca fe le hace tambalear y hundirse. Pedro sin fe -lo mismo cualquier discípulo de Cristo- está a merced del viento y de las olas, a merced del maligno. El viento tempestuoso, el mar alborotado, recuerdan los poderes hostiles y ma­lignos. Jesús está sobre ellos. También lo están sus discípulos, si se mantie­nen firmes en la fe. La debilidad y “audacia” de Pedro son una enseñanza para todos. Somos con frecuencia atrevidos hombres de poca fe.

También la barca está cargada de simbolismo. Pensemos en la Iglesia, azotada y zarandeada con frecuencia por los vientos. Los poderes hostiles la acometen con fuerza. Amenazan destrozarla, hundirla. Jesús vela por los suyos. Jesús aquieta las tempestades. Jesús salva a su Iglesia, la Barca de los Doce. El discípulo grita: Sálvame, Señor. Jesús reprocha: Hombre de poca fe. Jesús impone la calma. Los Doce le adoran. Es el retrato de la Igle­sia. Es su historia. No hay por qué temer: Jesús está en ella.

Reflexionemos:

La revelación cristiana es teocéntrica y cristológica: tiene a Dios como fin y principio, y a Cristo como centro. Lo declaran muy bien las lecturas de hoy. Jesús revela su naturaleza y así revela la de Dios; pues, en realidad, él y Dios son una misma cosa.

a) Jesús, Hijo de Dios, Salvador. Jesús domina la naturaleza. La na­turaleza le obedece como a su Señor. Jesús camina sobre las aguas. ¿Quién no recuerda toda aquella serie de aclamaciones en los salmos, que describen y celebran a Dios sobre las aguas? Jesús está por encima de los poderes ad­versos, que crean el desorden, la ruina, el caos. Jesús está por encima de todo poder humano. Jesús es el Señor, que siembra la calma y trae la paz. Él es la Justicia, él es nuestra Paz. Él, la Fidelidad de Dios; él, su Misericordia. Jesús infunde seguridad y confianza. Con él y en él no hay motivo alguno para sentir miedo. Lo anuncia con toda fuerza y claridad el evangelio. Lo canta el salmo. Lo simboliza la primera lectura: Dios es susurro, suave brisa. Así Jesús para los suyos.

Jesús es Salvador: salva de la ruina y de la perdición. Así su actitud con Pedro. Nótense las dos aclamaciones: «Señor», «Hijo de Dios». Jesús perte­nece a la esfera divina: adoración, respeto, veneración, seguridad y con­fianza. La actitud reverente, de santo temor, de los discípulos nos recuerda el gesto de Elías de cubrirse el rostro. También la doxología de Pablo. Esta­mos ante un ser divino: adoremos reverentes al Señor. Jesús, con todo, no in­funde miedo: No temáis, soy yo. El Aura suave que acarició y fortaleció a Elías.

b) El cristiano, representado por Pedro, goza de inmunidad, si permanece unido a Cristo por la fe. El cristiano puede caminar sobre las aguas -poderes adversos-, asido de la mano de Jesús: la omnipotencia de la fe contra los po­deres hostiles a la salvación. La arrogancia, no obstante, puede perderlo.

La oración se acredita necesaria. Jesús se retira al descampado y ora. La figura de Pedro, hundiéndose y clamando: Señor, sálvame, es sugestiva. Es la oración angustiosa del cristiano que siente perder terreno o se ve a punto de ser arrollado por el mal. Jesús está siempre a punto, aunque no se le vea. Jesús salva siempre que se le invoca. Jesús alarga siempre la mano a quien la solicita. Es la gran verdad y la gran revelación de Dios Salvador en Cristo. La Iglesia está plenamente segura de ello. La poquedad de fe guarda relación con el peligro de hundimiento.

Lo que se dice de Pedro, podemos alargarlo a la Iglesia entera, simboli­zada en la barca. Jesús aparece, cuando menos se espera y de la forma más impensada, triunfante y Señor de la historia. El Señor serena las tempesta­des que amenazan hundir la Barca. La Iglesia debe tener confianza: tiene por Señor al Señor de la naturaleza y de la historia. La Iglesia y nosotros en ella aclamamos y adoramos a Cristo como Señor, como Dios. También supli­camos: Sálvanos, que perecemos. Seguridad y súplica. El salmo -el estribillo- refuerza esta última. No podemos olvidar proferirla. ¿Quién no se siente en peligro? En Jesús está la salvación.

  1. UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO

La escena que nos refiere el evangelio de san Mateo puede servirnos como trasfondo para situar nuestra experiencia como creyentes. Los discípulos estaban batallando con el viento, que era tan fuerte que parecía volcaría la barca; cuando amanecía Jesús los alcanzó, no lo reconocieron a la primera y se espantaron creyendo ver visiones. En cierto sentido los cristianos estamos siendo azotados por el viento de las ideologías contrarias al Evangelio; éstas se nos presentan tan seductoras y atractivas que nos hacen vacilar. Vamos dando pasos en dirección al Evangelio y en otras ocasiones en dirección contraria. Esa pérdida de rumbo parece hundirnos. Estamos en la misma situación que Pedro, necesitados de aumentar nuestra fe. Jesús camina a nuestro lado, no es un fantasma, ni un falso consuelo. Él está vivo y acompaña a los suyos, de la misma manera que acompaña con su Espíritu a todos los hombres que lo buscan de buena voluntad.

 

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