Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

33 DOM TO

La protagonista de la etopeya del libro de los Proverbios es una mujer que cumple gustosamente con los diferentes proyectos que dan sentido a su vida: madre, creyente, ciudadana, esposa, profesionista. Vive con intensidad las diferentes dimensiones de su vida. La Carta a los tesalonicenses y el Evangelio de san Mateo se ocupan de formular unas cuantas exhortaciones importantes relativas al final de los tiempos. Para el apóstol san Pablo no es oportuno ocuparse de hacer cálculos para pronosticar la fecha del fin, porque ese conocimiento es inalcanzable; lo que tiene sentido es vivir con la máxima entrega, dedicándose a realizar los compromisos derivados de la propia vocación. El cristiano no se evade de los desafíos históricos, porque vive de la esperanza y ésta lo empuja a buscar la finalización positiva de la historia humana. No vivimos en medio del caos, al contrario, el Padre nos ha encargado pastorear la naturaleza, solidarizarnos con nuestra comunidad, viviendo en libertad.

  1. ORACIÓN COLECTA

Concédenos, Señor, Dios nuestro, alegrarnos siempre en tu servicio, porque la profunda y verdadera alegría está en servirte siempre a ti, autor de todo bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

  1. Texto y comentario
    • Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida.  Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

Tenemos ante nosotros el poema, en acróstico -cada uno de los versículos comienza por una letra del abecedario hebreo en orden alfabético-, de la mu­jer perfecta. En acertadas imágenes y logradas pinceladas surge vigorosa y bella la figura atractiva de la mujer perfecta. Es un canto a esa criatura destinada por Dios a compartir con el hombre las responsabilidades del ho­gar y de la familia. Se trata de la mujer sabia y digna. El autor la describe según la mentalidad de su tiempo; mentalidad que corresponde a una socie­dad primitiva agrícola y pastoril. La descripción es válida. Existe la mujer sabia, honor de su marido y sostén de la familia; y existe también la mujer insensata, irrisión del marido y ruina de la familia. La mujer hacendosa y trabajadora y la mujer ligera de cascos, despilfarradora. Ante nuestros ojos la mujer perfecta. Mujer caritativa y misericordiosa.

De la mujer depende en gran parte el buen gobierno de la casa y la felici­dad de la familia. La mujer ideal es hacendosa, es trabajadora; es carita­tiva, es compasiva. Es algo fugaz la hermosura; lo que vale es el temor de Dios.

No ha disminuido en modo alguno el papel que desempeña la mujer en la familia, hoy día. La mujer que se precie de buena cristiana debe poseer las cualidades con que la adorna la lectura presente. ¡Cuántas mujeres hay gas­tadoras, despilfarradoras! ¡Cuántas hay egoístas, orgullosas, presumidas! ¡A cuántas les entretiene demasiado la vida llamada de sociedad, cines, bai­les, salas de fiestas…! ¿No se han visto con frecuencia maridos que se han visto obligados a sustraer cantidades considerables para satisfacer los ca­prichos de sus esposas? ¿No han sido más de una vez las mujeres ruina del hogar y de la familia? ¿Qué decir del santo temor de Dios? ¿Quién piensa en el temor de Dios? ¿No son antes los caprichos, las modas y la frivolidad? ¿No descuidan muchas las obligaciones más urgentes respecto a los hijos, al ma­rido y la familia? No está de más recordar todo esto.

El tema de la emancipación de la mujer es a este respecto interesante. La posición de la mujer-madre como educadora religiosa de los hijos va per­diendo terreno. El día en que las madres no sepan enseñar a sus hijos las primeras oraciones o inculcar los primeros rudimentos de la fe será una ca­tástrofe; por desgracia nos vamos acercando a ello.

2.2. Salmo Responsorial (Sal 127, 1-2. 3. 4-5)

  1. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu Casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R.


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba.
Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

Tema: El Día del Señor.

El Señor ciertamente viene y viene como un gran Señor. Es tan segura la venida de ese Día, como la luz que nos alumbra. Sin embargo, contrariamente a lo que en Tesalónica algunos creían -el Señor iba a venir muy pronto, por eso no querían trabajar- el mo­mento de la realización de ese Día es incierto. No se sabe. El Señor no ha fi­jado un plazo. Más aún, lo ha dejado intencionadamente en la incertidumbre. Pablo les recuerda la catequesis primitiva (puede que sean en el fondo las parábolas que trae Mateo en el capítulo 25). Surge de repente, en la repre­sentación que él se hace de aquel Día, el cuadro angustioso que ofrece Jere­mías al hablar de la invasión asoladora que procede del norte. Jr 4, 6-14.31. Textos tomados del gran discurso de Jeremías anunciando los horrores de una invasión sin piedad -destrucción del Templo, duro castigo a un pueblo que se había dormido en el abandono, sin practicar la justicia y la piedad. El Día del Señor lleva consigo el horror, para los que son tinieblas, natural­mente.

El cristiano, en cambio, es luz, hijo de la luz, hijo del día. No es fácil sor­prender a uno a la luz del día. El cristiano no se dejará sorprender por aquel día. La imagen de la luz se refiere, sin duda alguna, a las buenas obras. El ejercicio de las buenas obras nos mantiene en la luz, nos mantiene alerta. En el fondo se perfila ya la idea del Juicio.

  • Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: – «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.”  Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:  “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes. »

La misma parábola se encuentra en Lc 19, 12-27. Los detalles de la pa­rábola difieren en ambos evangelistas; no así la doctrina y enseñanza fun­damentales.

En el relato ficticio de la parábola, va interfiriéndose la aplicación doctri­nal. Así, por ejemplo, el versículo 23 Entra en el gozo de tu Señor no puede ser otra cosa que la Vida eterna; y el Señor no puede ser otro que el Hijo del Hombre, Cristo Jesús. Por lo demás el relato discurre con naturalidad. Nos choca, sin embargo, -eso pretende la parábola- la conducta y la justificación de la misma por parte del siervo tercero, y la respuesta con la consiguiente actitud del Señor del siervo. La conducta de este último con su respectiva defensa -crudamente expuesta- puede parecernos aceptable. No le pareció así al Señor. Y esto es lo que vale; esa es la advertencia de la parábola: así se comportará el Señor con aquellos que se porten como el siervo. Se nos han dado los dones para producir -se entiende, buenas obras- hasta que llegue el día de la cuenta. Los dones de Dios no pueden permanecer improductivos; debemos operar con ellos.

Todo apunta al Juicio Final, versículos 28-30. El versículo 30, no muy de acuerdo con el 28, es típico de Mateo. El tema es, pues, la norma que va a seguir Dios al pedir cuentas a sus siervos, nosotros, de los dones recibidos. De rechazo nos indica el camino a seguir para no caer en la condenación del Señor. Hay que obrar el bien. Este tema aparece sin ambages en los versículos 31 y siguientes, donde se habla del Juicio Final.

Reflexionemos.

  1. a) No durmamos, dice San Pablo, sino estemos vigilantes y vivamos so­briamente. He ahí el tema. Somos luz y nuestra luz -además de brillar para que otros viendo nuestras buenas obras alaben a Dios, pues la luz engendra la luz- nos es ventaja y defensa para el Día de la cuenta. Para el que vive en la luz no hay sorpresas. La luz le permite distinguir los objetos y apreciar las distancias. Difícilmente será sorprendido por el ladrón. Antes bien, el que viene no vendrá como ladrón que despoja, sino como Señor que premia (parábola). El Apóstol apunta a la sobriedad. Son las obras buenas; en gene­ral la vida cristiana bien vivida. Más abajo especifica con cierto deteni­miento. Las cosas de este mundo pasan; no deben entretenernos demasiado, no sea que, desprevenidos, nos sorprenda el Día del Señor. Hay algunos que no tienen mayor interés en este asunto. Son tinieblas. Estos deben temer muy seriamente. El Día del Señor los va a pillar totalmente desprevenidos. El terror se apoderará de ellos.

¿No es verdad que no siempre vivimos sobriamente? ¿No es verdad que no siempre somos luz o andamos en la luz? ¿No será ya hora de arrojar lejos de nosotros todo aquello que tenga que ver con las tinieblas?

  1. b) El Día del Señor es el Día del juicio. Por una parte, un santo temor de Dios, teniendo en cuenta la condenación del siervo perezoso. Por otra, un santo afán. Debemos sacudir de nosotros el abandono y pereza en el cum­plimiento del deber cristiano; debemos espolear a nuestro espíritu a una santa codicia en el bien obrar, teniendo en cuenta el premio que nos espera. El Señor es tan generoso como exigente. Un examen de conciencia es lo más oportuno. ¿Cuál es nuestra actitud respecto a este problema de la venida del Señor? ¿Dejamos pasar el tiempo sin realizar obras buenas? ¿Vivimos des­preocupados? ¿No es verdad que nos falta interés en este punto? Hay que moverse, hay que actuar, no sea que el Día del Señor nos sorprenda sin nada en las manos. Sería horrible.
  2. c) Se puede hacer una aplicación de tipo secundario. La mujer perfecta es la mujer sabia. Su comportamiento suscita la alabanza de todos. También el Señor alabó al siervo fiel. Él premió su laboriosidad. La mujer perfecta es un ejemplo de la sabiduría que debe acompañar toda nuestra vida cristiana: laboriosidad, caridad, temor de Dios.
  3. d) No estaría de más una aplicación a la mujer de hoy día. Puede que sean útiles, a este respecto, las interrogantes antes enunciadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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