Domingo de Pentecostés – Ciclo B

Pentecostes 

Hace cincuenta días estábamos reunidos en la noche santa de Pascua, en la vigilia Pascual, y celebrábamos la gran alegría de la resurrección de Jesús. El, muerto por amor, fiel hasta derramar su sangre, nos ha abierto un camino de vida para siempre. Nosotros creemos en él, nosotros hemos recibido su misma vida, nosotros queremos ser como él. Y por eso cada año, en la noche de Pascua, empezamos la fiesta gozosa de su resurrección. Y ahora, al cabo de cincuenta días, concluimos esta fiesta celebrando el don que él nos ha dejado: su Espíritu.

 

  1. Oración Colecta

 

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestros Señor…

 

  1. Texto y comentario

 

2.1. Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11)

 

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse. En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos, todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

 

Luego de la Ascensión de Jesús al cielo, lo más importante para Lucas es describir la venida del Espíritu Santo que llevará a los discípulos a la verdad completa. Recurre a la tradición donde se sabe que en una de las apariciones de Jesús resucitado había soplado sobre sus discípulos (cfr. Jn. 20, 22). En el trasfondo tenemos la idea de la primera creación, ahora se describe, la segunda creación, entendiendo por ello la redención; así como al principio contamos con el aliento vital (cfr. Gn. 2,7), ahora el soplo del Espíritu, crea al hombre nuevo. Lucas, usa todos los elementos de las epifanías del AT. El Espíritu viene de Dios, del cielo, pero como el Espíritu es imperceptible, se describe como viento impetuoso, es el pneuma. Ese viento o Espíritu, destinado a los apóstoles llena toda la casa, donde estaban reunidos. Las lenguas de fuego, tienen su origen en la tradición judías que decía que en el Sinaí, la palabra de Dios, se convirtió en 70 lenguas, según se creía eran setenta los pueblos de la tierra, de modo que cada pueblo pudiera recibir la Ley en su propia lengua (cfr. Gn. 10-11). Pentecostés, era la fiesta que evocaba la entrega de la Ley en el Sinaí. Siempre en esa tradición, la llama se convirtió en lengua, es decir, la manifestación de Dios, se hizo inteligible, ya que el hombre se manifiesta a través de la lengua a los demás. Lucas, quiere mostrar en Pentecostés, la fuerza y el poder del Espíritu a todos los judíos de la Diáspora y los venidos a la fiesta, en el fondo se trata de hablar de universalidad. Se habla de 12 regiones distintas, y todos oyen hablar de las maravillas de Dios, con ello se confirma la presencia y obra del Espíritu Santo en medio de ellos. Las maravillas de Dios, se refieren al contenido del evangelio y al universalismo que está alcanzando. El milagro de las lenguas, en que todos se entendían se refiere no sólo a la superación de las lenguas sino a que el evangelio está llamado a ser destinado a todo el mundo. Todas las lenguas hablarán el evangelio de Jesús.

 

2.2. Salmo Responsorial Salmo 103

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: / ¡Dios mío, qué grande eres! / Cuántas son tus obras, Señor; / la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran / y vuelven a ser polvo; / envías tu aliento, y los creas, / y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre, / goce el Señor con sus obras. / Que le sea agradable mi poema, / y yo me alegraré con el Señor. R.

Este Salmo es un canto de alabanza dirigido a Dios creador. La liturgia retiene algunos versículos que se refieren al soplo de Dios. Después del invitatorio, en el que el Salmista se dirige a sí mismo, aparece el tema central de la alabanza: “¡Señor, Dios mío, qué grande eres!” (v.1b). La grandeza de Dios se manifiesta en la magnificencia de su creación. Entre los bienes más preciosos de la creación figura el “soplo vital”. Dado a los animales, este soplo confiere la vida. Cuando Dios lo quita, llega la muerte. En el capítulo 37 de la profecía de Ezequiel, el soplo de Dios es dado a los huesos descalcificados esparcidos en un valle, éstos reciben de nuevo carne y vida. Esta imagen poética designa la restauración del pueblo. El v.30, en su versión latina (de la “Vulgata”) se hizo como texto de la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles y en el mundo entero redimido: “Envía tu Espíritu y será creado y renovarás la faz de la tierra”. En Pentecostés, el soplo divino es dado a la Iglesia naciente. Una nueva creación comienza.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (12, 3-7. 12-13)

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

 

Este texto es importante para comprender la teología paulina del Espíritu Santo: (1) El Espíritu Santo es el alma de la profesión de fe en Cristo Señor. (2) El Espíritu Santo es la fuente de todos los carismas y, por la convergencia de los mismos (“para el bien común”), es el principio de la unidad de la Iglesia. (3) El Espíritu Santo está vinculado a los sacramentos, particularmente al Bautismo y a la Eucaristía. (4) El Espíritu no se comprende sin la Trinidad. En los vv.4-7 se insinúa una visión trinitaria de misterio cristiano. Nótese la unidad entre el Espíritu (v.4: “el Espíritu es el mismo”), el Señor (=Jesús; v.5: “el Señor es el mismo”) y Dios (=Padre; v.6: “el mismo Dios que obra todo en todos”).

En el trasfondo de este pasaje hay una problemática pastoral que no hay que dejar pasar desapercibida: en la comunidad de Corinto, aquellos que se beneficiaban de algunos carismas y manifestaciones espirituales se creían superiores a los otros. Pablo reacciona insistiendo en el hecho de que los carismas son “dones” (ver que aparece siete veces esta palabra a lo largo del pasaje). La respuesta va en esta dirección: (1) Dichos “dones” tienen un mismo origen: el mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, quien hace la unidad en la diversidad. (2) Los “dones” son ofrecidos por Dios a cada persona en función “del bien de todos”, es decir, al servicio de la edificación de la comunidad y de la misión. El Espíritu Santo no sólo hace nacer sino también crecer a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”. La comparación con el “Cuerpo” destaca la diversidad, la solidaridad y la unidad de la Iglesia.

2.4. † Lectura del santo Evangelio según san Juan (20, 19-23)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

La escena ocurre en al atardecer del día de Pascua. Por la mañana, Pedro y el discípulo amado habían constatado que la tumba estaba vacía. Luego María Magdalena había sido la primera testigo del Resucitado. Entonces ella vino donde los discípulos para decir que “había visto al Señor y que había dicho estas palabras” (20,18). Pero este anuncio de la resurrección de Jesús no parece haber sacudido a los apóstoles. Por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas. El Resucitado se manifiesta a sus apóstoles. Se coloca en medio de ellos y les hace el don inestimable de la paz. La paz es lo opuesto al miedo. Significa armonía de relaciones con los hombres y con Dios. El resultado de la palabra es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo ha desaparecido. Jesús renueva su don de la paz y enseguida lo extiende para el mundo entero por medio de la misión de los apóstoles. Toda la humanidad está llamada a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él. Llama la atención en relato juánico de Pentecostés la referencia a este “soplo” de Jesús en el rostro de sus discípulos: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: „Recibid el Espíritu Santo…‟” (20,22). Tenemos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en la creación del mundo y del hombre (ver Génesis 2,7; Ezequiel 37,9; Sabiduría 15,11): el Espíritu comunicado por el Resucitado a los discípulos es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo. Y no se puede hablar de “nueva creación” sin este don del perdón de los pecados. La comunidad apostólica queda encargada de esta misión de “perdonar”. Equipada con una fuerza que viene de lo alto, infundida en ella por el soplo de Jesús, y en una obediencia perfecta (como la del Jesús al Padre), la Iglesia debe ir al mundo entero para ofrecer la reconciliación con Dios. Las palabras del Salmista se cumplen: “Dios renueva la faz de la tierra”.

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