Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo B

Pascua7B

 

Celebramos la solemnidad de la ascensión de Jesús. Esto quiere decir que Jesús, que fue el hombre cabal y perfecto, el mejor de los nacidos de mujer, el que más ha amado a los demás, ha llegado a la plenitud de meta. El Padre lo ha exaltado, lo ha hecho primogénito de todas las criaturas, el primero de los hombres y la cabeza de la Iglesia.

 

  1. Oración colecta:

 

Concédenos, Dios todopoderoso, rebosar de santa alegría y, gozosos, elevar a ti fervorosas gracias ya que la ascensión de Cristo, tu Hijo, es también nuestra victoria, pues a donde llegó él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros, que somos su cuerpo. Por nuestro Señor…

 

  1. Texto y comentario

2.1. Hechos de los apóstoles 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.” Ellos lo rodearon preguntándole: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Jesús contestó: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.” Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.”

San Lucas habla de cuarenta días durante los cuales el Resucitado estuvo apareciendo. Los demás escritos del Nuevo Testamento no describen la Ascensión; más bien parece que la sitúan en el mismo día de la resurrección dándole un sentido teológico: el Resucitado tiene su trono a la derecha de Dios y el dominio universal. El número “cuarenta” es el espacio típico en el AT para las realizaciones salvíficas. Es espacio de “cuarenta días” entre la Resurrección y la Ascensión sería de índole pedagógica.

Observamos en los textos del Evangelista Lucas dos relatos muy diferentes de la Ascensión. El primero termina la vida pública del Señor (Lc 24,44-53); el segundo sirve de introducción al Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11), texto que se lee en este domingo de la Ascensión. El primer relato nace de un género documental; el segundo, de inspiración cósmica y misionera, es mucho más simbólico. En Hch la Ascensión aparece como la inauguración de la misión de la Iglesia en el mundo. Los cuarenta días de Lc se han de entender en el sentido de un último tiempo de preparación. De modo que para san Lucas la Resurrección no es un fina, sino el preámbulo de una nueva etapa del Reino; la estancia de Cristo sentado a la derecha del Padre y de la misión de la Iglesia. Pero, qué significa eso de estar sentado a la derecha del Padre?

Estar sentado a la derecha del Padre es evidentemente una imagen. San Lucas nos quiere hacer comprender que el Resucitado es a partir de este momento aquel a quien Dios ha enviado el Espíritu, fuente y origen de la misión universal de la Iglesia. Lc no pretende localizar la presencia del Señor, sino de manifestar el poder universal de Cristo. Igualmente, la imagen de la nube es el signo de la presencia divina, como lo fue el templo. No se trata de un fenómeno metereológico, sino de un acontecimiento teológico: la entrada de Jesús en la gloria del Padre y la certidumbre de su presencia en el mundo.

Finalmente Lc presenta a Cristo como “arrebatado” o “llevado”. Desde allí enseña que no es el hombre que conoce lo que sucederá en la historia, sino que es él quien dirige y acompaña el caminar de la Iglesia. Por eso mismo, los apóstoles deben caer en el realismo y, servir y realizar la misión que él les ha encomendado.

2.2. Salmo responsorial: 46

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo; / porque el Señor es sublime y terrible, / emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones; / el Señor, al son de trompetas; / tocad para Dios, tocad, / tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo; / tocad con maestría. / Dios reina sobre las naciones, / Dios se sienta en su trono sagrado. R.

2.3. Efesios 1,17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

La Resurrección y la Ascensión de Cristo son una manifestación del poder de Dios. Pero Cristo es la punta de flecha, que abre camino para toda la Humanidad. Tenemos en Cristo un gran argumento para nuestra esperanza. Por eso hay que pedir a Dios que nos dé a conocer “cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. Lo que ya se ha cumplido en la Cabeza, Cristo, debe también cumplirse en los miembros de su Cuerpo, la Iglesia. Pablo pide para los Efesios el “espíritu de sabiduría y revelación” para conocer el plan salvífico de Dios. La fuerza y el poder de Dios se manifiesta en la Resurrección de Cristo y en la exaltación “ a su derecha”. El Señorío alcanzado por Cristo en su exaltación está por encima de todo. Por encima de todo, de todas las cosas creadas y, también sobre la Iglesia, de la que es cabeza. San Pablo dice algo muy importante: el Señor ascendido está tanto a la derecha del Padre como en medio de nosotros, como cabeza y principio de su cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es Pleroma de Cristo, es decir, el receptáculo de las gracias y de los dones que Él reserva para toda la humanidad. La expresión “todo en todos” sugiere que este receptáculo no tiene límites.

2.4. Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.” Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

La Iglesia ha recibido de Jesucristo el mandato de predicar el evangelio a todas las naciones. En la fiesta de la Ascensión volvemos a tomar conciencia de que todos debemos anunciar la buena noticia de Jesús, el Señor. Los discípulos llevan la paz y la salvación en sus palabras y en sus manos: “el que crea y se bautice se salvará”.

El evangelio nos habla de otra aparición de Jesús resucitado y el envío de los discípulos a predicar el Evangelio. Jesús envía a sus discípulos como misioneros, les asegura la eficacia de su obra, es el término de su ministerio terrenal, pero su obra y presencia, está asegurada por el trabajo de evangelizar de sus discípulos (vv.17-20). En estas páginas conclusivas del evangelio de Marcos, queda claro, que el anuncio de la salvación, se constituye en un deber esencial, lo que compromete a todo cristiano llamado por Jesucristo a ser su discípulo. Todo ser humano, es destinatario de este anuncio evangélico; la universalidad está expresada por los términos, “por todo el mundo”, “toda criatura” (v.15; cfr. Rm.1,8; Col.1,23). La predicación es fundamental para que se pueda creer, entendiendo por creer la adhesión a Cristo. Luego se da la orden de predicar el Evangelio a todas las gentes, junto con el bautismo. Es la enseñanza que aparece en el evangelio de Mateo (cfr. Mt. 28,19). Se observa ya el universalismo cristiano, en acción entre los gentiles. El primer encuentro lo tiene el hombre con Cristo, precisamente por la predicación, el Bautismo, principio y causa de salvación (cfr. Tit. 3,5; 1Pe. 3,21). Adhesión o rechazo de Cristo y su evangelio, determinan su destino eterno, salvación o condena determinan la urgencia de la predicación, la tarea misionera, y la respuesta de los destinatarios, su decisión. Cristo no es una opción más, es el Camino, la Verdad y la Vida. La advertencia contra los incrédulos no es que si no se bautiza se condenará, si se niega a creer, conocerá la condenación en el juicio. Se trata de la obstinación de quien conociendo la fe, se niega a creer en Jesús, y su evangelio. Lo importante del encuentro con el Resucitado, es la transformación que produce en los discípulos y en los destinatarios de la salvación. Los signos que acompañan a la predicación, constituyen la ayuda que ofrece el Señor para decidirse por creer. No son los milagros, lo esencial del evangelio, pero para los hombres son importantes, abren sus corazones a la fe. A esto, se añaden una serie de carismas, no directamente, para confirmar la fe que se anuncia, sino como un don a los creyentes. Estas señales, tienen un valor global, que no exige que se vayan a cumplir en todos, y cada uno de los creyentes. Estos carismas se realizarán “en mi nombre.” Ya los apóstoles, habían recibido estos carismas (cfr. Mt 10,1). Hasta se lee: “Yo os he dado poder para andar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda potencia enemiga, y nada os dañará” (Lc 10:19). En la primitiva Iglesia, se han visto muchos de estos casos: expulsión de demonios, el don de lenguas; en San Pablo, la mordedura de una serpiente, no le afectará. Y hasta se pensaría si la imposición de manos no podría estar relacionada aquí con los efectos de la unción, con que se curaban los enfermos (cfr. Mc 6:13). En toda la larga historia de la Iglesia, el milagro ha tenido su realización en los fieles. Probablemente, aquí hay una agrupación de sentencias y comentarios a las enseñanzas del Señor, ya que se ven diseminadas en forma más primitiva en otros textos. Y muy especialmente en el final de Mateo (Mt. 28:16-20). Lo esencial de este pasaje evangélico está en la Ascensión de Jesús a los cielos: Jesús de Nazaret, se presenta ahora como, el Señor Jesús, el Resucitado (cfr.2 Re.2,4). Más que un alejamiento, se trata de un nuevo modo de presencia de Jesús, y a una comunión más real con ÉL, y su Iglesia. Marcos termina su evangelio, afirmando que el Señor resucitado, está en los cielos. Recuerda su lenguaje la “ascensión” de Elías (cfr. 2 Re. 2,11; Eclo. 48,9). La proclamación de su gloria se expresa con el Salmo 110:1, en que se reconoce a Cristosentado a la diestra de Dios.” Es estar en su misma esfera divina y participando de sus poderes. La expresión “Señor Jesús” es no es frecuente en los evangelios, pero también lo encontramos en Hechos y Pablo (cfr. Lc. 24,3). Y tanto en varios de estos pasajes como en la Iglesia primitiva, el título de Señor, el Kyrios, aplicado a Cristo, era una confesión de su divinidad. Es la confesión con que comienza el evangelio de Marcos (cfr. Mc.1,1). Un relato más detallado de la “ascensión” de Cristo, se refiere en el evangelio de Lucas y Hechos (cfr. Lc.24, 50.51; Hch. 1,9-11). El final del evangelio, reconoce la obra misionera de los apóstoles y la confirmación de ella que Cristo les hacía con milagros. Es ya la predicación y extensión de la fe, vista desde la perspectiva histórica de la Iglesia con unas decenas de años.Esta concentración de contenidos teológicos, habla de la nueva conciencia que posee la propia comunidad creyente tiene de sí misma, de su relación con la Cabeza, que es Cristo y su apertura misionera. Ambas realidades favorecen la comprensión del hombre que van a evangelizar; tara que hizo la comunidad de Marcos y tarea también para nuestro tiempo.

Reflexionemos:

Pongamos los ojos en Cristo y contemplemos. Saboreemos, en extensión y profundidad, la grandeza y esplendor que envuelven a su persona. No olvi­demos en ningún momento que su gloria nos al­canza a nosotros y que su grandeza nos eleva a la dignidad de miembros de su cuerpo. En su Resu­rrección resucitamos nosotros y en su Ascensión subimos nosotros al cielo.

Jesús, Rey y Señor. Es en cierto sentido el motivo de la fiesta. El salmo responsorial lo celebra triunfador en su ascenso al Padre. Jesús asciende en­tre aclamaciones. Y no son tan sólo las nuestras las que acompañan tan se­ñalado momento. La creación entera exulta y aplaude con entusiasmo. Es el Señor, el Rey. El salmo 109, mesiánico por tradición y por tema, lo canta sentado a la derecha de Dios en las alturas. Es el Hijo de Dios coronado de poder y de glo­ria. En dimensión trinitaria, Hijo predilecto del Padre y po­seedor pleno del Espíritu Santo. Si miramos a la creación, Señor y centro de todo. Y si más nos acercamos a los hombres, cabeza gloriosa y glorificadora de un cuerpo maravilloso, la Iglesia. La Iglesia es plenitud de Cristo por ser Cristo plenitud de la Iglesia. Hacia atrás, cumplidor y remate de toda inter­vención divina en el mundo: cumplidor de las Escrituras. Hacia adelante, el Señor Resucitado que vendrá sobre las nubes. No hay nada que no tenga sentido en él, ni nada que tenga sentido fuera de él. Tan sólo la muerte y el pecado se resisten a una reconciliación: desaparecerán aplastados por el po­der de su gloria. Adoremos a nuestro Señor y aclamemos su triunfo. En él estamos nosotros.

Jesús, Cabeza de la Iglesia. Jesús es el Salvador, Jesús salva. Es su misión. Pero la salvación se realiza en, por y para su cuerpo. No hay duda de que la Iglesia, su cuerpo, vive y de que vive por es­tar unida a su humani­dad gloriosa. Tampoco cabe la menor duda de que la cabeza se expresa «salvadora» a través de sus miembros; de forma, naturalmente, misteriosa. Ni podemos ignorar que la gracia salvadora de Cristo es una fuerza asimi­lante, adherente y cohe­rente en grado máximo: la salvación hace a unos miembros de otros y a todos, cuerpo de Cristo. Las tres lecturas evangéli­cas, y a su modo también la lectura del libro de los Hechos, hablan de este misterio: de la misión salvadora de la Iglesia en la misión salvadora de Je­sús. «Predicar el evangelio», «hacer discípulos», «dar testi­monio», «bautizar», «lanzar demonios»… son funciones diversas de una misma realidad. La Igle­sia es parte del misterio de Cristo, Cristo y la Iglesia son una sola carne. Negar esta realidad es negar a Cristo y, por tanto, desconocer a Dios, que se ha revelado en Cristo. Es algo así como despojar a Cristo de su gloria y a la Iglesia de su cabeza. El Espíritu Santo los ha unido para siempre. Atentar contra uno es atentar contra la otra y viceversa. No podemos separar lo que Dios unió. San Agustín lo expresa bellamente en su Comentario a la Carta de San Juan a los Partos: Pues toda la Iglesia es Esposa de Cristo, cuyo principio y primicias es la carne de Cristo, allí fue unida la Esposa al Esposo en la carne… (II, 2). Su tabernáculo es su carne; su tabernáculo es la Igle­sia… (II, 3). Quien, pues, ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios; y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre; y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo; y quien ama al Hijo ama, también, a los hijos de Dios… Y amando se hace uno miembro, y se hace por el amor en la trabazón del Cuerpo de Cristo; y llega a ser un Cristo que se ama a sí mismo. (X, 3).

Misión de la Iglesia. La Iglesia recibe la salvación y la opera. Para ello la presencia maravillosamente dinámica del Espíritu Santo. Nosotros, sus miembros y componentes, la recibimos y de­bemos operarla, en nosotros y en los demás; no operarla es per­derla. Es como la caridad; quien no ama se desprende de la caridad, que lo salva. Somos en principio salvos y salvado­res; salvadores en cuanto salvos y salvos en cuanto salvadores; procuramos introducir a otros en las realidades trinitarias en que por gracia hemos sido introducidos. Debemos ser expresión viva de la presencia salvadora de Cristo en el mundo. Enumeremos algunos aspectos: «testigos» de la Resu­rrección de Cristo, con la resurrección gloriosa de nuestra vida a una vida nueva; «anunciadores» de la penitencia, con la vi­tal conversión de nuestra vida al Dios verdadero; «predicadores» del amor de Dios, con el amor cris­tiano fraternal y sencillo a todos los hombres; «perdonadores» del pecado, con los sacramentos pre­ciosos de Cristo y con el sagrado perdón que nos otorgamos mutua­mente y a los enemigos; «lanzadores» de demonios, con la muerte en nosotros al mundo y a sus pompas; «comunicadores» con Dios, en la oración y alabanza, personal y comunitaria; «sanadores» de en­fermedades y flaquezas con las admirables obras de misericordia de todo tipo y color. Dios nos ha dado ese poder en Cristo, pues somos misteriosamente Cristo. Es un deber y una gracia ejercerlo. Hemos de proceder sin miedo, con decisión y entereza, aunque con senci­llez y fe profunda; personal y comunitaria­mente, como miembros y como cuerpo del Señor. El Señor glorificado está por siempre con nosotros. Hagamos extensiva a todos la bendición preciosa que nos legó en su Espíritu. Recorramos los caminos del mundo en direc­ción ascendente, con los ojos puestos en lo alto y elevando todo a la gloria de Dios con la gloria que en el Señor se nos ha comunicado.

 

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