III Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 3

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. “Yo soy el Dios de tu padre —le dice la voz— el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; y añade: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 6.14). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él.

Oración

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Ex 3, 18a. 13-15

“Yo soy”, el Señor de vuestros padres, me envía a vosotros.

EN aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo
    «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza».
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
    «Moisés, Moisés».
Respondió él:
    «Aquí estoy».
Dijo Dios:
    «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».
Y añadió:
    «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».
Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.
El Señor le dijo:
    «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos.
He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».
Moisés replicó a Dios:
    «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?».
Dios dijo a Moisés:
    «“Yo soy el que Soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros».
Dios añadió:
    «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Convendría leer el relato completo. En él brillan la sencillez, la naturalidad más espontánea, la sobriedad más discreta. El autor es un buen narrador; conoce bien la sicología del hombre. Parece, al leer sus palabras, que estamos presenciando el acontecimiento: el pastor que pasea, plácido, su rebaño; la amplia estepa, las colinas desiertas, la mole imponente del macizo del Sinaí; el silencio, la soledad, el cielo azul sin límites; la repentina tormenta, quizás; el rayo que descarga a poca distancia; la zarza que arde y que no se consume; la curiosidad más ingenua, primero; el temblor, después; la voz del Señor que le apela; la revelación de sus planes; las objeciones del pastor, la lucha por evitar la decisión divina; de nuevo la voz paciente e inflexible del Señor; la manifestación de su nombre; la aceptación, al fin, de Moisés. Todo tan transparente, tan humano, tan sobrenatural, tan solemne. El relato lo aprendimos desde niños. Está escrito para este fin. Todos debían saberlo. Se trata nada menos que del comienzo de la salvación de Israel. Notemos algunos detalles:

Figura de Moisés. Moisés, pastor, ha topado con Dios en las estepas del Sinaí. En realidad es Dios quien ha tocado a Moisés en lo más profundo de su ser. A la maravilla externa acompaña, dándole sentido, la acción de Dios en su espíritu. Dios le habla, Dios le requiere, Dios le ordena. Moisés, pasado el primer momento de sorpresa, se estremece, tiembla, escucha, objeta, acepta. Moisés descalza sus pies, dialoga con el Señor, se somete.

El Señor le encomienda una misión difícil. Su espíritu resiste. El pastoreo del rebaño es mucho más cómodo que el gobierno de un pueblo indómito. La voz de Dios se hace cada vez más imperiosa. Una fuerza interna lo va transformando. Amaina la resistencia; Moisés se doblega. Moisés, pastor de ovejas, es ahora pastor de hombres. Moisés, en nombre de Dios, será en adelante el caudillo de Israel. La acción de Dios en el interior de su espíritu lo ha cambiado para siempre. La experiencia de lo divino lo acompañará toda su vida; su oído está ya dispuesto a escuchar la voz del Señor siempre que éste hable. Moisés es sólo para Dios.

Dios. Dios rompe el silencio. Sus oídos han escuchado el lamento del pueblo hebreo, atormentado en Egipto. Ha llegado el momento de actuar. Dios quiere salvar. Dios quiere sacar a su pueblo de su angustia y conducirlo a un país que mana leche y miel. Dios quiere traerlos hacia sí. Pero ¿Quién es él? Dios revela su nombre: Yavé De esa forma, Dios se hace apelable; puede ser llamado, puede ser invocado. Dios se compromete a oír, a escuchar, a atender, a actuar. El hombre, no obstante, no podrá usar vanamente de ese nombre. El nombre es Él mismo: su ser, sobre todo ser; El que es, el que está cerca para ayudar y salvar. No hay nadie como Él. Aunque el Nombre es nuevo, no es la primera vez que interviene. Los padres ya experimentaron su asistencia. Abraham, Isaac y Jacob sintieron eficiente su ayuda y protección. No es un Dios nuevo, como uno cualquiera de los dioses que reciben culto en el país de Egipto. Es el Dios de siempre. Pero va a actuar de forma nueva, más cerca, más visiblemente, en poder y gloria. Yavé será su nombre, como corresponde a una nueva forma de actuar. La nueva economía nos revelará otro más sugestivo: Padre.

Salmo Responsorial: Sal 102, 14. 68. 11 (R. 8a)

R/.   El Señor es compasivo y misericordioso.

        V/.   Bendice, alma mía, al Señor,
                y todo mi ser a su santo nombre.
                Bendice, alma mía, al Señor,
                y no olvides sus beneficios.   R/.

        V/.   Él perdona todas tus culpas
                y cura todas tus enfermedades;
                él rescata tu vida de la fosa,
                y te colma de gracia y de ternura.   R/.

        V/.   El Señor hace justicia
                y defiende a todos los oprimidos;
                enseñó sus caminos a Moisés
                y sus hazañas a los hijos de Israel.   R/.

        V/.   El Señor es compasivo y misericordioso,
                lento a la ira y rico en clemencia.
                Como se levanta el cielo sobre la tierra,
                se levanta su bondad sobre los que lo temen.   R/.

La misericordia de Dios es un motivo perenne de alabanza y una fuente inagotable de consideración. No basta una sola vez. Hay que retornar de continuo a ello: Dios es misericordioso y compasivo; Dios se muestra paternal. La repetida experiencia de Israel, privada y colectiva, lo garantiza. La bondad del Señor se manifiesta de mil formas: Es justicia para el oprimido; es misericordia para el débil; es compasión para el que sufre; es medicina para el enfermo; es salvación para el que está a las puertas de la muerte. Dios es bondadoso con todos. De esta experiencia múltiple y variada sobresale la experiencia comunitaria primitiva de la liberación de la opresión de Egipto. Moisés fue el instrumento. En aquella ocasión se reveló Dios fuerte, misericordioso, compasivo y paternal. Aquella hazaña fue el prototipo de todas las que siguieron. Se la recordará en todas las alabanzas y en todos los himnos. Aquella abrió la larga serie que culminó en la gran liberación que nos trajo Cristo. Es bueno cantar la misericordia de Dios que se manifiesta en sus obras.

Segunda Lectura: 1 Co 10, 16. 10-12

La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro.

NO quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.

La comunidad de Corinto fue, sin duda, la que más variados problemas presentó a Pablo, de entre las iglesias por él fundadas. Por las calles de Corinto habían soplado los más variados vientos; y a sus puertos habían llegado las corrientes de pensamiento y las formas de vida más peregrinas. Muchos de sus miembros habían respirado por largo tiempo el viciado aire de la idolatría y su conducta moral había estado a la altura de la atmósfera que los envolvía. La predicación de Pablo los había trasladado de las tinieblas a la luz del Señor. La impronta del paganismo, sin embargo, había sido profunda en ellos. Era menester borrarla poco a poco. A Pablo le iba a costar trabajo. Los principios cristianos eran claros. No así las aplicaciones prácticas. Pablo es el maestro. Los fieles recurren a él en demanda de solución.

El tema, que ahora aborda Pablo, es el tema de la idolatría. No hay duda de que la idolatría es mala. Pero ¿qué conducta observar con todo aquello que, de una forma u otra, se relaciona con la idolatría? El problema concreto lo presentan los idolotitos. Pablo da su respuesta. No perdamos de vista esta preocupación de Pablo. El tema de la idolatría servirá de marco al pensamiento del Apóstol en sus excursiones teológicas, unas de tipo dogmático, otras de tipo parenético.

Aspecto dogmático. El tema de la idolatría le ha hecho volver la cabeza a Pablo, casi instintivamente, a la historia de su pueblo. La historia del pueblo de Israel es fecunda en instrucciones y enseñanzas. También en la historia del pueblo elegido ha ocupado su lugar, por desgracia, la idolatría. Pablo se remite a ella. Su pensamiento vuela hacia los primeros tiempos de este pueblo, cuando, guiado por la mano de Dios, buscaba hallar su propio camino y forjar el armazón ideológicoreligioso que diera consistencia, dirección y sentido a toda su vida posterior. ¿No se encuentran los corintios al comienzo de su vocación? La analogía de situaciones es evidente. El cotejo ha de ser iluminador. Resulta, sin embargo, que aquí hay algo más que una pura analogía. Hay continuidad; es decir, los dos momentos están emparentados, están unidos por la mano de Dios, son dos puntos de una misma línea. El primero prepara el segundo y el segundo da sentido al primero. Nuestros padres vivieron los primeros; sus hijos viven los segundos. Somos nosotros los destinatarios de aquella larga serie de acontecimientos, que llevaban el signo de la salvación. Su presencia en los libros sagrados no tiene otro fin que el de instruirnos, iluminarnos, advertirnos, consolarnos, etc. Somos la última etapa de la historia religiosa del mundo. En ella cobran sentido las etapas antecedentes (versillo 11).

Pablo emplea un término interesante: tipico”. Aquellos acontecimientos son tipo y figura de lo que ahora somos y poseemos. Son como su sombra. La sombra recibe la agilidad, el movimiento, los contornos, su mismo ser, del objeto a quien acompaña en todo momento. Ella no puede existir sola; es como una proyección de la realidad. La realidad la poseemos ahora. Los neófitos ya tienen noticia de ello. Sin duda alguna, la instrucción bautismal hablaba de ello. Así se entiende fácilmente el compacto acoplamiento que hace Pablo de las dos Economías. Las actuales instituciones de la gracia se revelan en las antiguas.

Moisés es el salvador en el que fueron salvados los israelitas (antigua Economía). Unido a él, pasó el pueblo el mar Rojo, camino de la libertad. En él fueron bautizados. Junto a él anduvieron por el desierto. A su lado gustaron de la comida espiritual y saciaron su sed con el agua espiritual. Estos portentos salvaron al pueblo de la destrucción. En sí no tenían sentido. Todo estaba apuntando a Cristo.

Cristo es el Salvador. En él hemos sido bautizados. En él hemos encontrado la libertad auténtica. Con él formamos una sola cosa y un solo pueblo. Él es la comida y la bebida, que lleva a la tierra que mana leche y miel. Más aún, él es la Roca de donde toda gracia procede. Él es Dios. La Roca Yavé, que sustentaba al pueblo antiguo, es Cristo Jesús.

Aspecto parenético. Muchos no aceptaron la disposición divina en aquellos tiempos. Se volvieron a los dioses antiguos, prevaricaron. No apreciaron ni la comida ni la bebida espirituales, ni estimaron segura la Roca que los sostenía. El desierto los devoró. Cayeron, sucumbieron. Para ellos no hubo perdón. Sus propios deseos les llevaron a la idolatría. Fue su ruina.

No es otra la situación en que podemos encontrarnos nosotros. Caminamos por el desierto; sufrimos la prueba. El haber sido bautizados en Cristo no nos exime de la lucha ni del esfuerzo. Hay que mantener viva la fe. Hemos de estar siempre alerta para que no caigamos. Cristo es nuestra roca; de él la comida y la bebida. ¡No prevariquemos!

Evangelio: Lc 13, 19

Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

EN aquel tiempo se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús respondió:
«Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Y les dijo esta parábola:
«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
“Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”.
Pero el viñador respondió:
“Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».

Cristo viene hablando de la urgencia de la penitencia. Los versillos leídos continúan el tema, lo ilustran y lo aplican. Podemos dividir en dos partes las palabras de Cristo: dos acontecimientos, por una, y una parábola, por otra.

Pilato, en un acto de sevicio, había mezclado en el templo la sangre de los oferentes con la sangre de las víctimas. Los asesinados eran galileos. Fue una macabra profanación. El sentimiento religioso y patriótico había sido vivamente herido. El acontecimiento perduró largo tiempo en la memoria de todos. También hizo mella en el pueblo la muerte de un grupo de personas, al derrumbarse la torre de Siloé. Mal fin tuvieron unos y otros.

Un fin semejante les espera a todos, dice Jesús, si no hacen penitencia. Los que murieron no eran más pecadores que los que quedaron con vida. No fue su desgracia condenación de su pecado. De lo contrario todos hubieran muerto. La amenaza de Cristo se dirige en primer plano a la destrucción de la nación judía. Pero se extiende más allá: a la maldición divina. El pueblo corre el peligro de sucumbir, si no hace penitencia.

El mismo valor tiene la parábola. Se acerca el juicio para Israel. El término propuesto por el hortelano expresa la amonestación severa y urgente de Cristo de hacer penitencia. El árbol está para caer. Es el último término de gracia para el pueblo judío. No se dice que lo rechace para siempre. Pero el castigo a su impenitencia es inminente.

¡Urge hacer penitencia! La paciencia del Señor es admirable.

Consideraciones:

1. Penitencia. El evangelio insiste en su necesidad. Todos somos pecadores; todos necesitamos de penitencia. Ahora es tiempo, oportuno, estamos en Cuaresma. Hay que reflexionar y meditar sobre ello. Cristo urge la conversión. El castigo que sobrevino a Israel, como pueblo, es un aviso severo. Es menester reconocer nuestras faltas, confesarlas y detestarlas. Hay que cambiar de vida. La higuera infructuosa debe movernos al arrepentimiento. Dios tiene paciencia, pero no es eterna, tiene un término. Una vez acabada, la destrucción más inexorable.

Puede que la conciencia no nos acuse de faltas graves. No debemos, no obstante, confiarnos demasiado. Cuidado que no caigamos, nos avisa Pablo. Un exagerado optimismo, una petulante presunción pueden ser fatales. Conviene examinarse. No descuidemos el negocio de nuestra salvación. Atención a las obras, a los frutos. Estamos en el tiempo oportuno; tiempo de corregir, de enderezar, de prevenir, de fortalecer, de caminar. La salvación definitiva está todavía por venir. No basta haber sido bautizados en Cristo. Es menester imitarle y seguirle. Los israelitas tendidos en el desierto son una clara advertencia. Ellos salieron de Egipto, pero no llegaron a la meta. No nos suceda lo mismo. Por eso, volvamos a considerar las cosas.

El salmo nos recuerda la misericordia de Dios, su paternal solicitud, su perdón. Vayamos ahora que tenemos tiempo. Dios escucha, Dios se ha hecho apelable. Espera y desea nuestra llamada. Gusta perdonar. Su nuevo Nombre es Padre. Esforcémonos por dar frutos: oración, limosna, caridad, meditación, etc.

2. Cristo. Cristo es Roca. Cristo es Dios. Cristo es el Salvador. La obra de Dios en Moisés es la sombra de la obra de Dios en Cristo. Moisés se queda muy atrás. Cristo es el que realmente nos salva. La salvación que él nos trae es la definitiva. Debemos estar unidos a él; debemos seguirle siempre. En él hemos sido bautizados, le pertenecemos. ¿Hasta qué punto? Él es el alimento auténtico, él es el agua viva, él da la vida. En él se nos revela Dios Padre. Todo son facilidades. No debemos despreciarlas. Dios ha comenzado la obra; hay que seguirle. Debemos de librarnos de nosotros mismos, de nuestros caprichos, de nuestro egoísmo. Hay que vivir unidos con Cristo.

La oración colecta refleja, en forma de petición, las preocupaciones de las lecturas: buenas obras, conversión. Algo semejante sucede con la oración de ofrendas. El prefacio nos recuerda a Cristo, Agua viva. La última oración pide la salvación eterna.

La Eucaristía nos reúne a todos, sedientos y hambrientos de Dios, en torno a Cristo, alimento y vida nuestra. En él el perdón; en él la vida eterna.

Sugerencia de cantos: https://goo.gl/nzOCzT

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Un comentario sobre “III Domingo de Cuaresma – Ciclo C

  1. Muchas gracias hermanos por compartir estas reflexiones me son de mucha utilidad como cristiano pero también paraapoyarme como servidor (ministro) sigan adelante Dios los siga bendiciendo y llenando de su santo amor

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