III Domingo de Pascua – Ciclo A

Pascua

La Iglesia en su liturgia nos sigue mostrando su gozo por la resurrección del Señor, como lo tuvo la primitiva comunidad cristiana, que tomó en serio todo el significado de esa resurrección. También nosotros hemos de corresponder con una fe profunda y vivificante.

  1. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-28.

El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra: Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice: Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua  y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.

“Hombres de Judea y los que residís en Jerusalén. comprended bien lo que ha pasado. Jesús el Nazareno fue crucificado por manos de los impíos, pero Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos”. Jerusalén puede continuar con los ritos de la oración y los sacrificios: nada volverá ya a ser igual. Una comunidad, que vive del Espíritu, va a decir una palabra de gracia y reconciliación; va a realizar unos gestos que muy pronto dividirán al pueblo judío en lo referente a la ley mosaica.

La palabra de Dios está ya actuando. La Iglesia recibe la enseñanza de los profetas y la confronta con los acontecimientos.

David habló de un justo que no conocería la corrupción del sepulcro. ¿De quién se trataba? ¿De quién hablaba David? De sí mismo, pensaban muchos judíos. Pero, entonces, ¿cómo es que su tumba se halla entre nosotros? De hecho, el antepasado hablaba de otro, del descendiente que subiría al trono en los últimos tiempos. (…) Hermanos, acaba de comenzar un mundo nuevo. En el proceso contra la vida, Dios ha puesto todo su crédito en la balanza. La humanidad, desfigurada por los salivazos y los golpes, ha salido del sepulcro transfigurada, irradiando la belleza que Dios había impreso en sus rasgos desde siempre. “A ese Jesús al que vosotros habéis crucificado. Dios lo ha resucitado”. Para que renazcan los hombres de todos los tiempos, Dios ha levantado a este hombre. Es decir, ha aprobado todas sus palabras y todos sus actos, ha rubricado todo lo que Jesús ha hecho. Al arrancar a Jesús de la muerte, Dios da testimonio de que el camino del Nazareno era el suyo, el de los supremos cumplimientos, el camino, la verdad y la vida.

  1. SALMO RESPONSORIAL
    Sal 15,7-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

 

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja;
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

  1. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 1,17-21.

Queridos hermanos: Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

La primera de Pedro anima a los creyentes que se encuentran en un momento de particular dificultad (persecución de Nerón probablemente). De ahí que se recuerden los pilares de la fe: Dios es un juez justo (Rom 2, 11), pero también es un padre (Mt 6, 9). El hombre no sabe unir estos dos elementos en la proporción buena; pero solamente si tenemos en cuenta estos dos puntos nuestra vida puede ser tomada en serio. No podremos aprovecharnos nunca de la plusvalía de los demás, pero hay un Padre que, por el triunfo de Jesús, sabe perdonar.

El verbo “rescatar” (lytroo) hunde sus raíces en el At, designando a Dios como el rescatador del pueblo (Dt 7, 5; 15, 15). El rescate mesiánico se ha realizado en Jesucristo (1 Cor 1, 30; Col 1, 14) con la finalidad de hacer un pueblo de características nuevas (Ef 1, 14), pero no será pleno hasta el final de los tiempos (Ef 1, 14). Detrás de esta concepción teológica está la idea de “rescate” o precio pagado por la libertad de un prisionero. El recordarnos el rescate no es para sonrojarnos por un beneficio parternalistamente dado por el Dios de poder, sino para hacernos una llamada a la seriedad de vida: no podemos vivir en cristiano como si Jesús no hubiera pagado un alto precio humano por nosotros. V. 19: Son las cualidades exigidas al cordero pascual (cf. Ex 12, 5). La honradez de vida de Jesús ha quedado clara y confirmada con su entrega en la cruz. Al creyente le toca ahora el mostrar que ha aceptado la fe. Somos llamados a un tipo de vida nuevo, con sentido. No da lo mismo vivir en el tiempo de Jesús o fuera del tiempo de Jesús. El plan de Dios tiene una perfecta continuidad. Nosotros somos los continuadores de la ley primera de Dios, del deseo santo de Dios. Nosotros, los que creemos en Jesús, somos el verdadero pueblo de Abrahan (Rom 11,). No ha habido ningún cambio radical: Jesús ha venido a culminar el proceso. De ahí que la llamada se hace, aún más si cabe, a la responsabilidad última del hombre.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24,13-35.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. El les dijo: -¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días? El les preguntó: -¿Qué? Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. Entonces Jesús les dijo: . -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado á la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: -¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: -Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

El evangelio de Emaús es demasiado conocido para que sea necesario describir toda su riqueza; su tono, tan humano, hace resonar un eco tan profundo en nuestros corazones, en el corazón de todos sus oyentes, que cualquier comentario corre el peligro de alterar su excepcional transparencia. Arriesguemos, no obstante, algunas sugerencias.

Leído a continuación de las frases paulinas de las segundas lecturas, el episodio de los peregrinos de Emaús aparece como la celebración de la renovación que la resurrección de Jesús opera en aquellos que aceptan tal mensaje. Al final de su larga marcha, los dos discípulos están renovados por completo. Su comprensión de la vida ya es “otra”. Hasta entonces, veían en la muerte el fracaso último de la humanidad. A sus ojos, cualquiera, por gran profeta que hubiera parecido, “por poderoso en obras y en palabras” que hubiese podido ser “delante de Dios y todo el pueblo”, cualquiera que es “condenado a muerte y crucificado”, corona su vida con un fracaso radical que destruye todo su significado. Ahora bien, esa teoría sobre la existencia, teoría que la experiencia corriente corrobora, es la que es falsa desde ahora.

Debido, en primer término, al Antiguo Testamento, que anunció por la voz de “Moisés y de los Profetas” que un hombre, el Mesías, tras haber soportado tales sufrimientos y experimentado el fracaso que significaban, “entraría”, no obstante, “en la gloria” y obtendría el éxito verdadero.

Y ese anuncio de un vuelco tan categórico de las cosas, objeto por largo tiempo de una promesa, se ha hecho, a partir de ese día, realidad. El compañero de camino de los dos discípulos es “Jesús, el Nazareno”, el mismo sobre el que se lamentaban los dos viajeros, a quien “concernía” la enseñanza de Moisés y de los Profetas, el que vive el destino inédito que aquellos héroes del pasado habían definido de antemano. Tras haber “soportado los sufrimientos predichos”, “entra ahora en su gloria”.

Se trata, pues, de una comprensión de la vida totalmente renovada, que Jesús, con su recuerdo del Antiguo Testamento, con su palabra, con su propia presencia, ofrece a los discípulos. Una teoría de las cosas que empalma con sus íntimas aspiraciones: se lo dicen uno a otro, reconociendo que la palabra de Jesús avivaba en ellos un deseo que el tema de la muerte había como sumido en el olvido.

Señalemos dos aspectos de esta renovación total que modifica la persona de los discípulos. En primer lugar, que esta novedad es necesariamente objeto de un compartir, de una comunicación, de un testimonio. No es posible guardar para sí tan “buena noticia”. Una vez que se les muestra la verdad, los discípulos se van precipitadamente a Jerusalén para compartir su experiencia y proclamar su descubrimiento… El autor, además, señala un rasgo sugestivo: Jesús termina su comunicación con la fracción del pan.

En este gesto, en que san Lucas ve el acto eucarístico, el evangelista percibe como el espejo en el que aparecen en claro los rasgos de Jesucristo esbozados ya por “Moisés y los Profetas”: ¿no es en ese momento cuando ambos compañeros reconocen a Jesús? La Eucaristía no celebra a un muerto, sino que proclama que el que estaba muerto vive, y corresponde a esta nueva representación de las cosas que sitúa la gloria más allá de los sufrimientos. Participar en la Eucaristía es adherirse a una comprensión de la vida que encuentra su realización en Jesucristo vivo, resucitado.

Decididamente, para los cristianos que celebran la Pascua, nada puede en absoluto ser como antes.

 

 

 

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