Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo sexto del tiempo ordinario ciclo B

Como un buen pastor que cuida de su rebaño, Jesús invita a sus discípulos que se tomen el tiempo para descansar. Presionado por la multitud, no se resigna a despacharla sino que la acoge y le da su enseñanza por bastante tiempo. Jesús es el buen pastor anunciado por el profeta Jeremías y cantado por el Salmo. Él reúne en un solo cuerpo a judíos y paganas, nos dice Pablo en la segunda lectura.

  1. 1.     Oración inicial:

Bendito seas, Padre, porque cuidas de tu pueblo con amor y por medio de Cristo lo proteges y le das vida en abundancia. Tú has constituido a Jesús sacerdote y pastor de la Iglesia,
Y nadie podrá arrebatarle las ovejas que tú le has encomendado. Amén

  1. 2.     Lecturas y comentario:
    2.1. Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor–. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: A los pastores que pastorean a mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones –oráculo del Señor–. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá –oráculo del Señor–.Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: «El Señor nuestra justicia.»

Reuniré el resto de mis ovejas y les pon­dré pastores.

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, desperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han desperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de ustedes, malos pastores! Dios les va a exigir cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido, si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

2.2.Salmo responsorial: Sal 22, 1-6

 El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
En verdes praderas me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
Tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versículo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versículo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versículo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versículo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versículo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versículo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y Gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo.
Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa.

Los fieles de Éfeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: –Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Jesús vio a la multitud y le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor.

Estos versículos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio (domingo anterior). Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre? Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Reflexionemos:

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» – la Cruz – es cobijo y orientación, por una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran desperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz? Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, desperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.

  1. Oración final:

Te damos gracias porque Cristo confió su misión pastoral a hombres sacados del pueblo para transmitir tu palabra, administrar los sacramentos y presidir la comunidad de fe,
Sirviendo a sus hermanos con amor y solicitud pastoral. Así perpetúa Jesús, el Buen Pastor, su pastoreo entre nosotros. Pero la mies es mucha y los trabajadores son pocos.
Te pedimos, Señor, que envíes vocaciones a tu Iglesia.

Amén.

 

 

 

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo Décimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

En este domingo la liturgia nos ofrece la celebración de la llamada de Dios a ser Misioneros. En el texto de Amós podemos ver que el profeta rara vez es bien recibido. El mensaje que viene de Dios suele ser incómodo para el que lo recibe. Hemos leído hace unos días como el mismo Jesús es despreciado en la sinagoga de su pueblo. Hay una frase que el profeta de todos los tiempos, también el de hoy, debe estar listo para escuchar: “Vete a predicar a otro lado; aquí tenemos unas leyes laicas aprobadas por mayoría y tus prédicas van por otro lado. Eres un subversivo antisocial y antidemocrático”. El texto de San Pablo es el himno cristológico que cantamos con frecuencia en la hora de Vísperas. El Evangelio del día nos habla de la misión y de cómo debemos desarrollarla.

  1. 1.      Oración:

 

Padre que podamos reconocer en tu Hijo tu rostro de amor, la Palabra de salvación y de misericordia, para que podamos seguirlo con un corazón generoso y lo anunciemos de palabra y obra a los hermanos que esperan el Reino y su justicia. Cólmanos de tu Espíritu para que nuestra escucha sea atenta y nuestro testimonio sea auténtico y libre, incluso en los momentos de dificultad y de incomprensión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

  1. 2.      Lectura y comentario

2.1.Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: –Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país. Respondió Amós: –No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Mal iban las cosas en aquel reino, muy mal. La relativa libertad e inde­pendencia de que venían gozando desde hacía algunos años los habitantes del país, los habían ensoberbecido un tanto. Mucha prosperidad, mucha hol­gura; riquezas, lujo, reconocimiento, mediante pactos y alianzas, de los pue­blos limítrofes; culto espléndido en los santuarios; seguridad, alegría… Mu­cho de eso, sí, pero el país estaba podrido. Todo parecía hermoso y en orden. Pero era una ilusión. Era sólo la superficie. Dentro se devoraban unos a otros. El rico oprimía al pobre; el poderoso explotaba al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas de campo, lechos de marfil; vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista. El pueblo de Dios estaba podrido. ¿Qué hacer? ¿Habrá cura? El mal era que todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. El pueblo no se daba cuenta y los «profetas» habían dejado de levantar su voz. Amós es enviado a recriminar la situación. El mejor lugar, el santuario, y el momento más oportuno, la celebración cultual: Betel. Betel gozaba de la protección real. Era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. ¡Qué engaño! Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yavé. Amós condena todo aquello; no respeta ni la afluencia de gentes ni el carácter real del lu­gar. Amós habla con autoridad. El sacerdote custodio del santuario lo ha confundo con un «profeta» de «profesión», un carismático «empobrecido» e in­digente, envidioso y extravagante, extraño, además, al país. «Vete de aquí» es la réplica. Pero el encargo de Amós no es cosa humana. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Amós viene arrastrado por el «soplo» de Dios. Y el «soplo» de Dios es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la «voz de Dios».

2.2.Salmo Responsorial Sal. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

Los hombres estamos siempre necesitados de misericordia. Somos cons­cientes del estrecho límite en que nos movemos – espacio y tiempo -y senti­mos pesadamente sobre nosotros la dura carga de la necesidad, ya corporal, ya espiritual. Apenas hemos salido de una, cuando ya se avecina otra. Surge, pues, espontáneo, el hombre de fe, el clamor a Dios: «Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación».

 

R: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles
y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el ciclo.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. [Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también ustedes –que han escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que han sido salvados, y han creído– han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual –mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios– es prenda de nuestra herencia.]

Pablo celebra la obra de Dios, que se proyecta desde el fondo de lo eterno en la escena de la historia humana, para recogerse de nuevo heredad eterna. Se delinean, vigorosos, rasgos trinitarios: El Dios uno se revela trino en su obra. La Ver­dad divina se manifiesta amorosa y salvífica. El Padre nos comunica, por el Hijo, en el Espíritu Santo, su naturaleza. Es un canto, un himno, una ala­banza gozosa; una profesión de fe jubilosa, cargada de esperanza. Allí el amor del Padre – nos ha bendecido – la obra del Hijo – «plenitud de los tiem­pos» – el don del Espíritu – sello, prenda, anticipo.

La alabanza a Dios es el eco del favor divino: bendecimos y glorificamos a Dios que nos ha bendecido plenamente y nos ha hecho partícipes de su glo­ria. El punto de encuentro es Cristo. En él, que ha bendecido nuestra natura­leza, reflejamos limpia y tersa la luz recibida. Santo, e inmaculados delante de Dios. Todo parte de un acto de amor de Dios a nosotros. Un amor comuni­cativo y transformante, un amor creador: hijos en su Hijo Unigénito. La obra lleva el nombre – entre otros – de redención. Jesús, en su muerte, nos ha librado de las tinieblas y de la ignorancia. Ahora vivimos en la luz. Vemos las cosas con luz divina. Sabemos apreciar las cosas en su debido valor y cami­namos al impulso de una fuerza superior. La creación vuelve a cobrar su sentido primero en Cristo. Y nosotros, con él, somos herederos de los bienes eternos. El Espíritu que se nos comunicó el aceptar la Buena Nueva es «garantía» de él. Es más, estamos sellados por él. Es el «sello» de la Alianza en Cristo. Ya participamos aquí – «prenda» de lo que hemos de recibir des­pués. Esperamos la revelación plena. Gozamos del «anticipo».

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel lugar.
Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al salir sacúdanse el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Unos capítulos antes nos ha relatado Marcos la elección de los «doce». Je­sús había atraído sobre sí la atención del pueblo de Palestina. Unos le ha­bían seguido de lejos; otros de cerca. Unos con simpatía y entusiasmo; otros con recelo. Unos cuanto admiradores se habían convertido en sus «seguidores». De ellos Jesús había elegido «doce». Les había llamado «apóstoles». Los había convertido en «pescadores de hombres». Le acompa­ñan a todas partes, oyen sus predicaciones y viven con él. Jesús los envía ahora a anunciar el Reino. Para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen; son sus colaboradores.

Los envía de dos en dos. Así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los términos del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Han de predicar la «conversión». Sin «conversión» no puede implantarse el Reino. Así predicaba él y así también el Bautista. Y las ma­ravillas que han visto realizar al Maestro brotan de sus manos: lanzan de­monios, curan enfermos, limpian leprosos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los «doce» continúan la obra de Cristo. Esa es su «Misión» y no otra. No tienen otra razón de ser que esa. Todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla: «la sencillez apostó­lica». Nada que impida su «Misión» o la desvíe. Sobriedad al máximo. Su «Misión» es su riqueza. Sólo el bastón y las sandalias – un par – para cami­nar ligeros. Corre prisa. La hospitalidad de las gentes – proverbial en aque­llas tierras – les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza; no se verán obligados de ir de aquí para allá. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y puede que no vuelva más. Les espera un juicio te­rrible. Los apóstoles son el Maestro. Algo que hace temblar.

Reflexionemos:

La primera y tercera lectura coinciden en un punto importante: la «misión». El pastor Amós es enviado a profetizar. Nadie puede impedírselo. La voz del Señor lo ha constituido «profeta» y «apóstol». Lo ha investido de su poder y autoridad. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada. Ni el rey ni el sacerdote pueden nada en él. Los «doce» fueron crea­dos «Apóstoles», enviados a proclamar el mensaje del Señor. Están investi­dos de poder. Toda oposición o desacato son condenados irremisiblemente. Quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. «Seriedad» tanto para el «enviado» como para los destinatarios. La «misión» de Cristo es salvadora. Sus enviados son «salvadores». Lan­zan demonios, curan enfermos, anuncian la Buena Nueva. Lo son por voca­ción y oficio. Para ello sus poderes. La Iglesia continúa esa función, en espe­cial en los miembros cualificados: obispos, presbíteros… ¿Cómo cumplimos nuestra «misión»? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desdichados?

Para realizar expeditamente esa «misión» el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. En realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar Cristo. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto equipaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas….

3.  Oración final

 

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, por los siglos de los siglos.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

 

Normalmente en la propia tierra es donde se espera que haga más un personaje importante. En el caso de Jesús pasa lo contrario: mientras los más lejanos creen en él, los más cercanos no. El Evangelio de Marcos nos pone hoy ante una escena de fracaso misionero. No hay que perder de vista que, desde el primer momento, se dice que los discípulos estaban allí con Jesús, por lo tanto hay una lección orientada también al discipulado.

 

  1. 1.      Oración:

 

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1. Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5

 

En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: –Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor.» Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

 

Admirable la vocación del profeta. Enviado de lo alto para transmitir al pueblo la palabra de Dios, encuentra con frecuencia un auditorio indiferente, cuando no hostil. Es para desanimar a cualquiera. No será rara la sensación de que hace el ridículo. Más aún, el predicador sagrado expone con frecuen­cia no sólo su reputación de hombre sensato y doblegado, sino tam­bién la propia paz y tranquilidad y hasta pone en peligro su vida. Hombre valiente, arriesgado y decidido. Tes­timonio de Dios entre los hombres, signo de contradicción por lo común. Se encara con el pueblo y sus palabras toman un matiz diverso, según la situación del auditorio. Anima al pusilánime, levanta al abatido, consuela al pobre, defiende al desvalido, infunde esperanza a los que la han perdido o están a punto de perderla. Truena, en cambio, la voz del profeta, amenazadora y asusta, en la casa del rico avariento y del acu­sador injusto; retumba en los oídos del pueblo insensato idólatra, ebrio de placer y de orgías, acusa con desenfado al profeta hipócrita y falseador y desenmascara al adulador aprovechado.

 

En una misión semejante encontramos ahora, en la lectura, al profeta Ezequiel. Los padres han pecado. Dios les anunció por Jeremías el gran de­sastre, el destierro. No hicieron caso. Los hijos, ya en el destierro, parecen seguir el mismo camino. Han cerrado los oídos a la voz del profeta. No im­porta. El profeta debe seguir gritando, debe seguir anunciando la palabra de Dios. No debe dejarse intimidar por la actitud hostil o indiferente del pueblo.

 

Al profeta no se le garantiza el éxito. Hay que cumplir la misión apasiona­damente. Es misión divina. Tendrán que aguantarle. Dios lo envía para el propio provecho del pueblo. Suya es la culpa si no le escuchan. Dios ha cum­plido con su promesa: ha enviado un profeta. El pueblo tomará una actitud que lo salvará o lo condenará. La voz del profeta no suena en balde; lleva consigo la eficacia de Dios mismo, que salva o condena. Admirable la misión del profeta. Nos obliga a tomar una decisión.

 

  2.2 Salmo responsorial: 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

 

La imagen del esclavo y de la esclava que no retiran su mirada de las manos bondadosas de los señores, es suges­tiva y tierna. Así nosotros ante Dios. Saciados de desprecios y agravios pe­dimos humildes, pero con insistencia, la ayuda del Señor, su misericordia.

 

R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia

 

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

 

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10

 

Hermanos: Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: –Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

San Pablo es obligado a presentar a los corintios una justificación deta­llada de su conducta. Alguien se ha dedicado a difamarlo y a acusarlo injus­tamente de múltiples defectos. Al parecer, intentan aminorar su autoridad y desautorizar así sus enseñanzas. Pablo no puede soportarlo. Se defiende.

 

La defensa comienza en el cap. 10. En el cap. 11 Pablo comienza a elo­giarse a sí mismo, contra su voluntad. Dentro de este contexto general con­tinúa el cap. 12.

 

San Pablo puede gloriarse. Ha sido objeto de visiones y revelaciones es­peciales. Los estudiosos discutirán la naturaleza de ellas. A nosotros nos basta saber que Pablo ha sido favorecido de gracias muy especiales. Pablo puede gloriarse, tiene de qué. Junto a lo sublime está lo rastrero; al lado de la virtud-fuerza de Dios está la debilidad humana, mezclado con la dulzura de las co­municaciones divinas gusta al hombre lo desabrido de su poquedad. Así en Pablo; lo humano sirve de contrapeso para que su espíritu no se engría tor­pemente.

 

Es interesante la situación en sí misma. Pablo, profeta de Dios, gustador como nadie de los dones divinos, se halla rodeado de flaqueza, siente la nece­sidad en propia carne y la persecución lo lanza de una parte para otra. Dios lo ha dispuesto así sabiamente. Para Pablo la disposición de Dios es maravi­llosa. De este modo puede gloriarse de sus flaquezas; la acción de Dios pode­rosa brillará con más fuerza. La luz resalta más con un fondo de sombra. Cuando soy débil, soy fuerte.

 

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: –¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: –No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

 

Cristo se presenta un buen día por su patria, acompañado de sus discípu­los. Sin duda, que éstos, aunque incipiente tienen fe en él. Las maravillas que obra y las palabras que pronuncia los han cautivado. Para ellos Jesús es un profeta. Le siguen entusiasmados. El entusiasmo que ellos sienten ha­cia el Maestro, lo echan de menos en los compaisanos del Señor.

 

La fama de taumaturgo ha llegado, cómo no, a oídos de los nazaretanos. Su predicación ha encontrado amplio eco en Palestina. Puede que de ello se sientan orgullosos. Pero la presencia de Cristo entre ellos va a obligarles a tomar una posición bien definida.

 

Según Lucas, amigo de dar a los acontecimientos un cuadro más sicoló­gico, nos presenta a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Cristo dice ser profeta, ser enviado por Dios a evangelizar a los pobres y a curar las llagas de los heridos. Las palabras de Cristo suscitan, como en todas partes, admiración y sorpresa. Pero ante una pretensión tal -ser profeta de Dios- los habitantes de Nazaret pasan de la sorpresa a la indignación, a la repulsa. Lo rechazan. Ahí están las razones: es hijo del carpintero, su madre y her­manos viven allí mismo. ¿Cómo es posible que de esta humilde familia surja un profeta de Dios? Ellos conocen bien su niñez y su vida. No lo aceptan, se escandalizan.

 

1) Cristo taumaturgo, profeta, Hijo de Dios no tiene éxito en su tierra. Los suyos no le escuchan. Un verdadero fracaso. Los primeros en aceptarlo, que debieran ser, son los que primero se oponen en bloque. Cristo se admira de la poca fe.

 

2) Los argumentos del pueblo de Nazaret son dignos de consideración. «Su madre está entre nosotros; es hijo del carpintero». Dan mucho qué pen­sar.

 

Es interesante notar que el pasaje se encuentra en los tres sinópticos. To­davía San Juan nos lo recuerda (4, 44). Parece ser que para los primeros cristianos, como para Cristo, tuvo gran importancia. La humildad de Cristo de pertenecer a una familia, en su apariencia, común llegó a causar escán­dalo a los compaisanos. Dios se hizo un más entre nosotros para llegar a no­sotros. En lugar de acercarnos, nos alejamos. Es un misterio esto. Está en la línea de la gran humillación de Cristo que muere entre dos ladrones en la cruz. El acontecimiento de Nazaret prepara el acontecimiento del Calvario. Así hay que interpretarlo. Puede que ésta fuera la razón por la cual los evangelistas lo recuerdan admirados.

 

3) La humillación, llaga también a los padres. Po­díamos pensar en María. No le sería nada fácil oír tales palabras.

 

Reflexionemos:

 

La antífona de entrada nos recuerda la misericordia divina: la diestra de Dios está llena de justicia, es decir, de misericordia. Surge espontánea la alabanza; alabanza que recibe su mejor ambiente en la celebración litúrgica. Allí se medita en la misericordia de Dios y en sus grandes obras: la obra de Cristo salvador; ese recuerdo, realizado en fe viva, es ya una alabanza. Ante la magnitud de las maravillas, la alabanza debe ser eterna. Es un deseo y una petición  (3ª oración). Pero la misericordia de Dios no ha terminado. En el salmo la suplicamos de un modo particular. También la 1ª oración recuerda, a la par de justicia de Dios llevada a cabo en Cristo -«levantó a la humanidad caída»- la necesi­dad de perpetuarla en nosotros: disfrutar de los gozos del cielo.

 

Misericordia, salvación en Cristo, elevación del hombre en la humillación de Cristo, recuerdo, alabanza, petición. La misericordia no ha desplegado toda su virtud. Pidamos, alabemos, recordemos. La santa Misa es una ac­ción de gracias, un recuerdo, una alabanza… Eucaristía.

 

Cristo es siempre el punto de comparación y referencia en todo lo que  de inteligencia y penetración en los misterios divinos. Profeta por excelencia, Enviado del padre, Palabra misma de Dios, agraciado de las más altas comunicaciones, auténtico inter­mediario entre Dios y los hombres, Hombre como nosotros, desechado, per­seguido, injuriado, muerto. En él reciben sentido las manifestaciones de todo tipo de Dios a los hombres. En el misterio de Cristo se aclara al misterio del hombre

 

A) Cristo Profeta-Enviado de Dios. Cristo tenía por misión comunicar a los hombres las decisiones divinas y hacerlos partícipes de la vida eterna, expresión todo ello de la misericordia de Dios.

 

Sin embargo, a Cristo no se le acepta. «Y los suyos no lo recibieron» será la queja de San Juan. A Cristo no le acompaña el éxito, según lo entendemos nosotros. Cristo Hombre será la excusa de los incrédulos: es hijo del carpin­tero, es hijo de María; haz los signos que has hecho en Cafarnaún; baja de la cruz y creemos… La gloria de Cristo estaba oculta; Cristo estaba sujeto a la debilidad hu­mana: de una época determinada, de una educación, de una profesión, per­teneciente a una familia. Así es Cristo y no se le puede cambiar. Es verdade­ramente un misterio, pero así es.

 

Algo semejante hallamos en Pablo. Enviado, agraciado, autorizado por Dios choca con la oposición de algunos y con las limitaciones que le imponen las propias flaquezas. Ezequiel está en la misma línea: «hijo de hombre». Es un hombre, pero portador de la palabra de Dios. Hay que admitir la paradoja: elemento divino – al máximo en Cristo, que es Dios – y elemento humano – máximo también en Cristo. Es quizás el deno­minador común de las tres lecturas. Para Cristo es un momento más de la Pasión, como lo son para Pablo y Ezequiel sus respectivas limitaciones y persecuciones. El Profeta de Dios debe estar preparado para ello.

 

B) Las debilidades o limitaciones humanas, fuera naturalmente del pe­cado, no quitan prestigio, no valor, ni eficacia a las comunicaciones divinas. Ahí está Cristo, Hijo de Dios, Salvador, a pesar de ser también hombre. La primera oración nos recuerda: «Por medio de la humillación de tu Hijo levan­taste a la humanidad caída». Fue precisamente en su humanidad donde nos salvó. En Pablo las debilidades ponen de relieve la fuerza de Dios. Es un tema muy familiar a Pablo: Dios ha elegido lo más humilde para confundir a los poderosos.

 

Dios ha hecho las cosas bien. La gloria de Dios nos ofuscaría, su voz nos amedrentaría. Se hace hombre y nos habla lenguaje de hombres. Es un medio de salvación. Y cosa curiosa, la debilidad de Cristo fue el gran escán­dalo de los Judíos. Esto nos debe llevar a una consideración importante. Dios nos habla por medio de hombres. Hijo del carpintero era Cristo; su humillación nos trajo la salvación. ¡Atención! No debe ser este misterio escándalo para nosotros. De­bemos admitirlo como es, pues es obra de Dios.

 

La voz de: Dios, la voz de Cristo sigue resonando con ecos humanos. Que no sean las limitaciones humanas las que nos impidan ver en ellos la voz de Dios. Dios está en los hombres. Llena está la historia de la Iglesia de hom­bres – hijos de carpintero – en los que Dios se ha comunicado y mediante los cuales Dios nos ha hablado. Debemos desechar lejos de nosotros toda pre­sunción y vanidad.

 

Es por cierto un misterio. Es para alabar a Dios que emplea medios tan suyos. Respecto el profeta, al encargado de predicar la palabra de Dios, tenga presente el ejemplo de Cristo y de Pablo. No se le garantiza el éxito. Habrá ocasiones en que no encontrará atención; se le reirán, le perseguirán. Todo es posible. Pablo es un buen ejemplo.

 

Eucaristía. Alabanza. Cristo en especies tan humildes nos trae la salva­ción. No podemos desecharla. Recuérdese el sermón eucarístico en San Juan. «Duro es esto», dijeron algunos. Es menester admitir las cosas con fe. Fe es lo que echó en falta Jesús entre los suyos. En la Eucaristía se nos ma­nifiesta la misericordia de Dios. Pidámosla.

 

  1. 3.      Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Domingo 13 del tiempo ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

La liturgia de este domingo irradia optimismo; es un canto a la vida. Desde la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría,  se transmite este mensaje de vida: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera”. El evangelio de hoy nos narra el drama de dos contemporáneos de Jesús, agobiados por la desesperanza, a quienes éste devolvió  la alegría. Veamos cómo actuó Jesús a favor de la vida, venciendo así a la enfermedad y a la muerte.

1.      ORACIÓN:

 

Padre de bondad, por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

  1. 1.      ORACIÓN:

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en sólido fundamento de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro de Job 38, 1. 8-11

El Señor habló a Job desde la tormenta y le dijo: ¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbotando; cuando le puse una nube por vestido y del nubarrón hice sus pañales; cuando le tracé sus linderos y coloqué puertas y cerrojos? «¡Llegarás hasta aquí, no más allá – le dije -, aquí se romperá el orgullo de tus olas.

Aquí romperá la arrogancia de tus olas.

El apremiante y eterno problema del sufrimiento. El hombre lleva el sufri­miento pegado a su carne, desde que nace hasta que muere. Como sociedad y como individuo. A todos niveles: físico, moral… ¿Cuál es su razón de ser? La filosofía y la teología buscan una respuesta. He ahí una terrible interro­gante: el porqué del sufrimiento. Anejo, el misterio del pecado.

 

A Job le ha maltratado la suerte, diríamos hoy. Pero para aquellos hom­bres, y en verdad para todos, no hay suerte o destino ciego. Tras aquella fuerza que lo tiene postergado, se esconde Dios. Job es piadoso, Job es un hombre cabal, Job cree mantener una conducta irreprochable. Y, no obs­tante, la desgracia le llega hasta la médula de los huesos. ¿Por qué esto? Los amigos se esfuerzan en darle la respuesta, poseen la sabiduría. Todo lo que dicen es verdad o puede serlo, pero no encaja. Sus reconvenciones no acier­tan, lo confunden y alteran. Job no ha pecado. ¿Por doquier grandeza, sabi­duría, orden, concierto, bondad. Dios no hace nada sin sentido. Dios es el Señor de todo. Lo transciende todo y está en todo. El hombre no puede abar­carlo. ¿Cómo exigirle cuentas? Tan solo su voz infunde ya terror. El hombre debe retirarse dentro de sus propios límites, reconocerlos, y admitir sobre sí una razón suprema que lo gobierna todo, una providencia misteriosa, cierta y segura. ¿Quién es el hombre, Señor, para pedirle razón de su obrar? Posición justa y acertada.

 

El sufrimiento tiene un sentido, una razón de ser. Una relación profunda lo une con el pecado. Aunque el pecado personal no es la razón inmediata de su existencia en cada uno de los individuos. Dios dirige sabiamente y con au­toridad. La creación en su magnificencia nos invita a aceptarlo. El es bueno. Hay que dejarse llevar por él. El «misterio» de la muerte de Jesús iluminará el problema. Morimos en Cristo para resucitar con él. Esa es la respuesta de Dios en los «tiempos últimos». Esperamos ver con nuestros propios ojos la realidad suprema que este misterio encierra. Dios, pues, responde, y el hombre pierde el habla. En Job la creación que impone. En el Evangelio el «Misterio» de Jesús qué maravilla.

2.2.Salmo responsorial: Sal 106, 23-26.28-31:

Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Los que la mar surcaban con sus naves,
por las aguas inmensas negociando,
el poder del Señor y sus prodigios
en medio del abismo contemplaron. R./

Habló el Señor y un viento huracanado
las olas encrespó;
al cielo y al abismo eran lanzados,
sobrecogidos de terror. R./

Clamaron al Señor en tal apuro
y él los libró de sus congojas.
Cambió la tempestad en suave brisa
y apaciguó las olas. R./

Se alegraron al ver la mar tranquila
y el Se
ñor los llevó al puerto anhelado.
Den gracias al Señor por los prodigios
que su amor por el hombre ha realizado. R.
/

Salmo de acción de gracias. Un amplio salmo litúrgico. Recoge el agrade­cimiento de los fieles a Dios por los beneficios recibidos. El salmo separa a los agraciados por grupos. El texto aquí elegido representa la acción de gra­cias de los salvados de la muerte en su travesía por el mar. Dios es el Señor de los mares. A él el honor y la alabanza. La descripción de la angustia en una tormenta marina es asombrosa.

2.3.Lectura de la 2Cor. 5, 14-17

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

El que vive con Cristo es una crea­tura nueva.

De nuevo las palabras de Pablo. Breves, pero de profundo sentido. Cristo ha resucitado. He ahí el Acontecimiento por excelencia. La Resu­rrección de Cristo ha cambiado de signo a las cosas. Ha comenzado un mundo nuevo. El hombre ha sido recreado, la creación liberada. La humani­dad se encuentra de nuevo a sí misma y con su destino en Cristo Resucitado. Fuera de él se desvanece, se avieja y muere.

Cristo murió por nosotros. Cristo resucitó por nosotros. Cristo murió y re­sucitó por todos. Nosotros hemos muerto en su muerte y hemos surgido vivi­ficados en su resurrección. La muerte de Cristo es la expresión extrema de un amor sublime. El amor lo llevó a la muerte y en él quedó la muerte ven­cida. Y su amor a nosotros nos hizo capaces de quererle. Más aún, nos apremia, nos empuja, nos obliga. El amor que Cristo nos tiene ha creado en nosotros un movimiento singular hacia él. Es un cambiazo profundo. El don del Espíritu. Cristo nos ha amado y nosotros lo amamos a él.

La muerte y la resurrección de Cristo conforman nuestra vida. Y tanto ésta como el amor a que nos obliga llevan el signo de la muerte y la resu­rrección. Hemos muerto al pecado, hemos muerto a la carne, hemos muerto a lo viejo, a todo aquello que nos distancia de Dios. Vivimos en Cristo la vida nueva, la vocación celeste, la vida divina que nos introduce en Dios. El es­tado actual del cristiano -en este mundo- lleva ese doble signo gravado en su carne. El amor -que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado- se desarrolla aquí en una continua «muerte» a todo aquello que le obstaculiza su plena expansión: sensualidad, avaricia, odio, soberbia, egoísmo, aficiones descompuestas… No hay una vida divina sin una muerte, portamos la cruz de Cristo en la propia carne, todos los días, toda la vida. Esa es nuestra condición. Vivimos matando a la muerte. Ya llegará el mo­mento en que la «muerte» sea aniquilada en toda su amplitud: la resurrec­ción de los muertos, la vida futura.

En esta vida nueva hasta los criterios han cambiado. Ya no vemos, ni sentimos, ni deseamos, ni amamos, según la carne, según lo humano, al margen de la revelación de Cristo. Cristo vive en nosotros. Las relaciones con los demás han de ser de otro signo: en Cristo. Es toda una nueva pos­tura. El cristiano tiene un nuevo ser, una nueva vida, una moral peculiar, un pensar propio, una lógica que supera toda lógica, unos criterios y una forma de valorar las cosas que lo distingue de los demás. ¿Es así en verdad? Pablo nos invita a reflexionar apremiados por el amor de Cristo.

2.4.Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago.»  Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado en un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿No te importa que nos hundamos?»  El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar «¡Cállate, enmudece!». Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aun no tienen fe?» Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?».

¿Quién es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen.

Volvemos a Marcos. El evangelista del «secreto mesiánico». Un misterio profundo envuelve a Jesús. Sus palabras, sus acciones, su comportamiento, suscitan por doquier interrogantes. ¿Quién es éste? Algo de ello tenemos aquí. Jesús se aleja con los suyos. Jesús duerme en la barca, mientras ruge fu­riosa la tormenta. Jesús debía estar físicamente agotado. No era para me­nos, atendido su trabajo. La barca amenaza hundirse, los discípulos temen morir ahogados. Una voz descompuesta, desabrida, sacude al Maestro. No son en verdad muy respetuosos. ¿Saben en realidad quién es? Parece que no lo han descubierto todavía. La reconvención de Jesús lo sugiere: «¿Aún no tienen fe?» Fe ¿en qué o en quién? Fe, al parecer, en su persona. Todavía no se han enterado de quién es él, el Mesías, el Señor, el Grande. Tras la calma, se levanta en su corazón un sentimiento de temor. Sienten la presen­cia de lo divino, de lo grande. Y su espíritu se encoge, se turba y rebosa res­peto. Ahí está el Señor.

 

La barca simboliza la Iglesia. La Iglesia, representada aquí por sus «fieles» amigos, no parece sentir la presencia de su Señor en momentos de zozobra. A la Iglesia la sacuden tempestades de todo tipo. Parece amenazar ruina y desastre. ¿Dónde estás, Señor? El reproche de Jesús cae sobre noso­tros: ¿Qué temen? ¿Todavía no se han percatado de quién es el que va con ustedes? Y vuelve otra vez la voz del Maestro: ¡Calla, enmudece! Y vuelve la calma. ¿Hasta qué punto tenemos fe? No deja, con todo, de ser mis­terioso que nuestra vida en Cristo -la barca- sea zarandeada por los vientos, aun estando en ella Cristo. Contamos con ello.

Reflexionemos:

Comencemos por el evangelio. La barca de Pedro zozobra, y Cristo va dentro. Estamos ante un misterio. ¿Por qué lo permite? La barca, la Iglesia, está expuesta a las inclemencias del tiempo, como lo estuvo Jesús en su vida. Son sus debilidades, su cruz. Con todo, la seguridad le acompaña. Cristo victorioso estará ahí, dentro de ella. También ella saldrá victoriosa. Se apaciguaran los vientos y se calmará el mar. No hay por qué temer.

 

Estamos tocando el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo padeció, murió; pero surgió victorioso. La pasión, el sufrimiento, el dolor, la muerte tienen un sentido. Son expresión de un amor inefable. Ante un mundo viejo y podrido, que odia, que mata, egoísta, interesado, particularista, ale­jado de Dios, el amor de Dios ha de padecer, ha de sufrir. Pero ha de vencer. Así la Iglesia: lleva su cruz, su pasión; se le ha prometido la gloria.

 

La vida del cristiano, como tal, lleva ese signo. Un amor en lucha, en pa­sión, en sufrimiento. El cristiano participa de la debilidad de su Señor. Su vida transcurre dentro de los estrechos límites del espacio y del tiempo, con las flaquezas personales y la oposición ajena. También le acompaña la «fuerza» de su Señor. Jesús va en la barca, aunque parezca dormido. El su­frimiento nos configura a Cristo. Sufrimos en obediencia al Padre -en esta condición humana- y en amor a todos. Ya pasarán las tempestades. La vida de Job y el salmo nos lo recuerdan.

 

La segunda lectura nos invita a vivir el misterio de la vida nueva. Hemos muerto y debemos morir todos los días. Postura nueva, sentir nuevo en Cristo. Aquí cabrían muchas reflexiones. ¿Es verdad que nuestra postura es nueva? ¿Nos diferenciamos en la expresión de la caridad, en el justo aprecio de las cosas, en el carácter personal, de lo que llamamos mundo? ¿Dónde está esa piedad, esa religiosidad, esa paciencia, esa bondad, ese aguante, ese sentir con Cristo? ¿Nos tragará el mar? ¡Cuidado! ¡Llama a Cristo.

 

El interrogante piadoso que presentaba Job, queda solucionado en el «misterio» de la muerte y resurrección de Cristo.

 

  1. Oración final:

Que tu bondad, Señor, nos escuche; por tu gran misericordia vuélvete a nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO PRIMERO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

En este domingo la Palabra nos llevará al ambiente agrario: la semilla, la cosecha, el fruto… La enseñanza del Maestro en parábolas trata de explicarnos cómo la semilla del Reino, que lleva en sí toda la potencia germinadora, es en principio, algo insignificante.

  1. 1.      Oración:

Jesús, Buen Pastor,
queremos seguir tus pasos.
Danos tu Espíritu,
para aprender a vivir en la misericordia.

Ayúdanos a descubrir la gratuidad de tu amor,
entrega generosa, don de vida que se regala.

Queremos compartir tu sueño
de construir un mundo justo,
donde exista igualdad
y una fraternidad real,
donde haya pan para todos
y la libertad sea una luz
que ilumine a todas las personas. Amén

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Profeta Ezequiel 17, 22-24

Esto dice el Señor Dios: «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantare en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y de fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. No olvida, con todo, su tierra de Judea.

La ira de Dios pesa dolorosamente sobre su pueblo. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la monarquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevaricado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El destino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robustos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humildes. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde -símbolo de la esperanza- se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a él aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ser la maravilla. La rama -vástago, brote, en Isaías- nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde -situación actual del pueblo y su monar­quía- va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

2.2.Salmo Responsorial

Es bueno dar gracias al Señor Sal 91, 2-3, 13-14, 15-16 R/

Es bueno dar gracias al Señor
y tañer para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y por la noche tu fidelidad.

El justo crecerá como la palmera,
se alzará como cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso;
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

 

Salmo de acción de gracias. La experiencia múltiple y secular de pueblo de Israel rompe en alabanza. Dios se ha mostrado bueno, Dios ha prodigado sus bondades. Esa misma experiencia abre camino a una «sabiduría» espe­cial. Obliga a pensar y a seguir un comportamiento determinado.

Las obras del Señor, sus bondades, nos invitan a alabarlo y a estudiarlo. Alabanza y reflexión sapiencial. La obra de Dios revela «fidelidad». Su «fidelidad» opera maravillas y es una constante bendición para sus fieles. Sugestivas la imagen de la palmera y la del cedro. El justo -en los atrios del Señor, bajo su sombra- crecerá y se multiplicará. El fruto será abundante aun en el tiempo inesperado. Alabanza a Dios, invitación a servirle. Serás como la palmera.

2.3.Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 6-10

Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Las reflexiones escatológicas de Pablo frente a su ministerio siguen siendo las claves de este texto de 2Cor. Se habla del encuentro con el Señor «post mortem», en el mismo momento de la muerte. Es verdad que la antropología subyacente a este conjunto de 2Cor 4,7-5,10 se nos escapa un poco entre las manos. Expresiones como el «hombre interior» sugieren un lenguaje propio de la filosofía griega, pero también hay diferencias notables, en cuanto no se está hablando en este caso con un leguaje dualista de alma y cuerpo. Por eso mismo debemos interpretar el misterio de la «interioridad» en una relación de interconexión con los conceptos soma y ánthrópos, que son claves en toda esta perícopa. El sóma es la persona en su integridad. En toda esta trama de conceptos antropológicos y apocalípticos, lo más decisivo es la expresión de 2Cor 5,4: «para que así esto mortal sea consumido por la vida». De hecho, no nos seduce la traducción que escoge el sentido de «tramar» o «devorar», porque no es la vida lo que engulle lo mortal; es la vida en cuanto acción de Dios sobre toda muerte y sobre todo los hombres que pasan por la muerte. Esto se confirma muy bien por el v. 5, que pone a Dios como garante de ello, dándonos las «arras» del Espíritu. La vida está sembrada en nuestro cuerpo mortal, en nuestra mismidad. No vamos a la nada, porque Dios nos garantiza, pues, que hemos sido creados, hemos nacido, para la vida y no para la muerte.

La garantía para el cristiano es, sin duda, el Espíritu, que es un adelanto de todo lo que nos espera en la nueva vida, en la vida escatológica. Es verdad que aquí no se habla de resurrección, que es un concepto más apocalíptico y que está mucho más presente en 1 Cor 15. Digamos, mejor, que se contempla el paso de la muerte a la vida como una «transformación» personal, no al final de los tiempos, ni en el momento de la Parusía como se da a entender en I Tes 4,15 1 Cor 15,51. ¿Por qué? Porque eso va desapareciendo poco a poco del horizonte de los textos paulinos. Ello significa que en Pablo se produce una evolución personal en este tema escatológico. No obstante, mientras todo eso llega, vivimos de la fe, exiliados del Señor. Quiere decir de la vida total y especial que tiene ahora el Señor, Cristo. Se usa la expresión de ir a «habitar junto al Señor (v. 8), es decir, nos revestiremos, poseeremos la vida que ahora tiene el Señor, porque la identificación entre Cristo y la vida lo podemos ver en 2Cor 4,1 1. Pablo se está expresando, sin duda, en una mística cristológica de tonos proféticos. ¡No hay miedo a la muerte! Después de las expresiones que había inventado sobre el particular, en 1 Cor 15,55, sobre la victoria de la muerte, esta mística cristológica es un cántico a la victoria de la vida en Cristo.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo decía Jesús a las turbas: –El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. –¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Dos parábolas y una breve conclusión.

El Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural que irrumpe en la vida del hombre y lo arrastra a éste a esferas desconocidas y divinas. Jesús compendia es sí esa realidad misteriosa. Urge escucharle. El Reino de los Cielos tiene su dinámica propia, sus misterios. El hombre no puede adentrarse en él, si Dios no le abre la puerta. La Puerta es Jesús. Jesús habla de esa realidad, y cada una de sus exposiciones toca un punto o aspecto de ese Misterio. Jesús ofrece con frecuencia el misterio de la vida (agricultura) como punto de comparación. Quizás así pueda el hombre abrirse camino a la inteligencia de esa realidad sublime. Al fin y al cabo se trata de algo vital, aunque transcendente. En literatura se llaman parábo­las. Las hermosas. Revelan un finísimo espíritu de observación y de acomo­dación. Jesús conoce a la perfección la vida humana y la divina. Todas ellas son significativas. Jesús condesciende a hablar a los hombres del gran Mis­terio, del Reino de los Cielos, en términos al alcance de todos.

«Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque él ha llegado la siega». Así termina la primera de las comparaciones. No porque el hombre madrugue o trasnoche, amanece antes, apunta más rápida la espiga o se adelanta la siega. Hay una maduración natural con un ritmo vital miste­rioso, sorprendente, que se pone en movimiento al margen del hombre. Al hombre no le toca más que admirarlo y esperar. Ya vendrá la siega. Así su­cede con el Reino de los Cielos. El Reino tiene un período de maduración, una hora de la siega: el juicio definitivo. No le toca al hombre adelantarlo. Hay que esperar con paciencia. Ya llegará. En algunos círculos judíos de enton­ces no se pensaba así. Se esperaba y deseaba una intervención definitiva de Dios, un juicio inmediato y severo. Todo iba a quedar en orden, muy humano por otra parte, de modo fulminante: salvación del pueblo, ruina de las gen­tes. Tenían prisa. Así parece pensaban los zelotes y la mayor parte del pue­blo. Jesús no se comporta a la altura de estas esperanzas. Y advierte que esto es un misterio del Reino de los Cielos, como lo es el de la vida. Y Sería improcedente escandalizarse en Cristo.

No va muy distanciado el sentido del segundo parangón. Parece dirigido también a corregir el error de algunos. El Reino de los Cielos tiene comienzos humildes, insignificantes. Como un grano de mostaza. (Esto podría servir de tropiezo. Recordemos la descripción que había hecho el Bautista: el «juicio» de Dios está encima). Llegará a ser un árbol frondoso. Allí irán a cobijarse las aves del campo. La imagen es transparente. Esa figura del árbol simbo­lizando un reino, el Reino de Dios, tiene raíces bíblicas. Es, al comienzo, una insignificancia en sí, pero crecerá, se expandirá y sus ramas cubrirán la tie­rra. Será la admiración de las gentes. Dios es admirable en sus obras. Así también el Reino de los Cielos. La contemplación de estos misterios puede que nos sugieran pensamientos provechosos. La idea de la universalidad está latente.

La conclusión es interesante. Jesús habla en parábolas, acomodándose al entender de las gentes. Algo dicen las parábolas. Pero no lo dicen todo. El Misterio del Reino queda misterio. Solamente los allegados reciben una in­formación mayor. Son aquellos que tienen fe en él, aquellos que le siguen, aquellos que le aman. Jesús se comunica a ellos, porque ellos se han abierto a él. Es también natural. Yo no comunico mis intimidades – pensamientos, afectos, deseos – a cualquiera. Ha de ser muy allegado, muy amigo, muy ín­timo. Algo así como otro yo. Alguien que se ha ganado mi confianza. Confío que me ha de entender y comprender, que me ha de apreciar y que ha de hacer mi vida parte de la suya, ha de sentir conmigo. De no ser así sería pe­ligroso y perjudicial. Jesús se abre, todavía en el misterio, a aquellos que han hecho causa común con él. Ellos pueden apreciar y entender algo de su persona, de su obra, del Reino de Dios. Ellos le han aceptado. Le han confe­sado Mesías. A ellos se confía Jesús. Ama para entender y entiende para amar.

Reflexionemos:

La naturaleza del Reino de Dios es asombrosa. La imagen de la mostaza nos habla de la extrema sencillez e insignificancia de los comienzos y de la extrema grandeza del desarrollo alcanzado. Dios es así. Así sucede con el Evangelio. Piénsese en Jesús, en los apóstoles, en los medios humanos con que contaron. Todo hacía presagiar una ruina. Pues no. El árbol se ex­tendió a todo el mundo y a todas las esferas de la sociedad. Todos los pueblos pueden cobijarse en él. Hay lugar para todos. Todos encuentran en él su «nido». ¿No es para alabar y dar gracias a Dios? Maravillosos los caminos del Señor: lo insensato de este mundo confunde a los sabios y en lo débil doblega a los poderosos. Es su fuerza, su poder, su sabiduría. ¿No es algo consolador? El salmo nos invita a meditarlo y a alabarlo.

La imagen del crecimiento paulatino, pero seguro, apunta en la misma dirección. Pero añade algo más: La «siega». Habrá una siega, un fin. Sin es­fuerzo nos viene a la memoria la parábola de la cizaña. La lectura segunda abunda en el mismo tema: hemos de dar cuenta a Dios de lo bueno y de lo malo que hayamos hecho. Habrá un JUICIO. Y Jesús ha de ser el JUEZ. ¿Ya pensamos en ello?

Sentimientos de admiración a alabanza por el proceder de Dios. Con­fianza en su fidelidad. Descansamos en su Palabra y en su fuerza. Es el Dios de la historia. Y la historia camina hacia él. Nosotros caminamos con él. Nos hemos cobijado en su Hijo. Caminamos obrando el bien. El fin llegará. El pensamiento de las postrimerías es siempre beneficioso: Dios bendice al fiel y maldice al perverso.

El evangelio tiene un pensamiento más: la conducta de Jesús. Los miste­rios son encomendados a los fieles. ¿No es esto para dar gracia, confidentes de Dios? ¿Cultivamos su amistad y su trato? ¿Cómo esperamos recibir confi­dencias? ¿Nos damos cuenta del tesoro que llevamos entre manos? Las con­fidencias de Dios de capital son importancia. Ellas nos revelan el misterio y lo transparentan. Convendría pensarlo.

  1. 3.      Oración final

Jesús, Buen Pastor,
que pasaste haciendo el bien,
viviendo la misericordia
en la atención a los enfermos,
en la búsqueda de los marginados,
en la denuncia de las injusticias,
en la apertura al Dios de la vida,
en la enseñanza paciente de los discípulos,
en el anuncio del Reino para todos. Amén.

 

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Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo – Ciclo B

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO ciclo B

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales, como lo presenta la primera lectura. La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador, presentado por la carta a los Hebreos. En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza;  aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano, según san Marcos.

  1. 1.      Oración:

Señor nuestro, Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre  que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió  a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

En el medio oriente antiguo, cuando los reyes sellaban una alianza, el soberano convocaba a su vasallo para una celebración. Comenzaba por nombrarse a sí mismo, haciendo la lista de sus títulos y recordando lo que había hecho por su vasallo en el pasado. Luego le dictaba las cláusulas del tratado de alianza. Éstas eran esculpidas sobre la piedra o en el pavimento y después se proclamaban al pueblo. La celebración concluía con un sacrificio en honor de los dioses, en él la sangre de los animales jugaba un papel importante. La liturgia del Sinaí, narrada por Éxodo 19-24, se apoya en estos ritos. Dios se le aparece a Moisés en la cima de la montaña: “Yo soy el Señor tu Dios”. Le recuerda lo que ha hecho por él: “Te hice salir del país de Egipto, de la casa de servidumbre”. Le enuncia luego la cláusula principal de la Alianza: “No tendrás otros dioses fuera de mí”. Luego las cláusulas secundarias: no fabricar ídolos, respetar el nombre divino, guardar el sábado, etc. Dios promete su bendición al pueblo, si observa la Ley; pero si desobedece, le espera una maldición. Todo termina con el ritual final: precisamente lo que nos narra la lectura de hoy. El texto pone el acento en la ratificación de la alianza por parte del pueblo y en el rol del mediador. En dos ocasiones Moisés le transmite al pueblo las palabras del Señor. Las otras dos veces lo hace en forma oral; pero hay que notar que la segunda se apoya en un texto escrito: “Tomó el documento de la Alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo”. El pueblo también, en dos ocasiones, ratifica la Alianza y se compromete a poner en práctica las cláusulas. De esta forma acepta la soberanía del Señor y se compromete a no servir a nadie más que a él. Notemos cómo, transmitida por las Escrituras Santas, la Palabra de Dios se convierte en fuente de vida cuando es recibida por oídos atentos y por los corazones generosos. Después del ritual de la Palabra sigue el ritual de la sangre. Ésta se derrama sobre el altar, que simboliza la presencia de Dios, y sobre las doce piedras levantadas (estelas), que representan al pueblo. La sangre derramada establece el vínculo entre Dios y el pueblo.

 

2.2.SALMO RESPONSORIAL Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Este Salmo es un grito de acción de gracias que pronuncia una persona que ha pasado por un peligro de muerte y que ha sido salvado por el Señor. El Señor se manifiesta como el Dios de la vida. Dios no se regocija con la muerte de los seres humanos: “Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles”. Pues bien, después de haber sido salvado de la muerte, el orante viene al Templo a darle las gracias al Señor. Allí surge una inquietud: ¿Cómo reconocerle de manera completa y como Él se lo merece, todo el bien que ha hecho? La respuesta es: cumpliendo la promesa. Cuando estaba en el apuro, este orante le había prometido a Dios ofrecerle un sacrificio. Viene, pues, al Templo a cumplir su palabra, pero también para testimoniar ante todo el pueblo la bondad de Dios. Es interesante: en cuanto salvado por Dios, el orante está en el centro de la liturgia de acción de gracias que se eleva a Dios. Los cristianos ponemos, en primer lugar, esta oración en labios de Jesús. Dios ha roto las cadenas de la muerte y lo ha resucitado. Por nuestra parte, podemos unirnos a la acción de gracias de Jesús, quien lo hace de una manera perfecta. En esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, elevémosle a Dios “la copa de la salvación” para festejar la liberación definitiva que nos ha alcanzado la sangre de la Cruz.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero se presentó Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones  de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

La carta a los Hebreos combina el sacrificio exterior (primera lectura) con el sacrificio interior (salmo responsorial) en la persona de Jesús quien derrama su sangre para poner el fundamento de la Nueva Alianza. ¿Cómo expresar de manera bien fuerte la dimensión vital del sacrificio ofrecido por este Sumo Sacerdote de bienaventuranza que viene? y, ¿Cómo entrar de forma adecuada en la acción de gracias que, a partir de Cristo, penetra en el santuario del cielo, de un cielo que por fin se hace accesible a todos los hombres a quienes Dios les ofrece una liberación definitiva? Tal es el culto del Dios viviente. Desde el comienzo de la liturgia de este domingo se expresa esta convicción. Lo fundamental es el don de la vida que recibimos en la vida misma del Hijo de Dios, una vida ofrecida en herencia, la cual recibimos en una liturgia cuya cumbre está en la acción de gracias que Jesús ofrece por nosotros a su Padre y nuestro Padre.

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos», ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

2.4.Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?” El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para  nosotros”. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Preparación de la Cena Pascual.

 

Jesús sabe que será traicionado. Pero aún así, trata de fraternizar con los discípulos en la última cena. Seguramente que han gastado mucho dinero para alquilar “aquella sala grande, al piso superior, con tapetes” (Mc 14,15). Además, siendo la noche de pascua, la ciudad está que rebosa de gente que está de paso. Por lo que la población se triplicaba. Era difícil encontrar una sala para reunirse. En la noche de Pascua, las familias llegadas de todas las partes del país, cargaban su propio cordero para ser sacrificado en el templo, y luego, cada familia en una celebración íntima y muy familiar en casa, celebraban la Cena Pascual y comían el cordero. La celebración de la Cena Pascual estaba presidida por el padre de familia. Por esto Jesús presidía la ceremonia y celebraba la pascua junto a sus discípulos, su nueva “familia” (cf. Mc 3,33-35). Aquella “sala grande al piso superior” quedó en la memoria de los primeros cristianos como el lugar de la primera eucaristía. Es allí donde se reúnen después de la Ascensión del Señor Jesús (Hch 1,13) y allí estaban reunidos cuando descendió el Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hch 2,1). Pudo ser la sala donde se reunían para rezar durante la persecución (Hch 4,23.31) y donde Pedro los encontró después de su liberación (Hch 12,12). La memoria es concreta, ligada a los tiempos y lugares de la vida.

 

Marcos 14,22-26: La Eucaristía: el gesto supremo de amor.

 

El último encuentro de Jesús con los discípulos se desarrolla en el ambiente solemne de la tradicional celebración de Pascua. El contraste es muy grande. Por un lado, los discípulos, que se sienten inseguros y no entienden nada de lo que sucede. Por otro lado, Jesús tranquilo y señor de la situación, que preside la cena y realiza el gesto de partir el pan, invitando a los amigos a tomar su cuerpo y su sangre. Él hace aquello por lo que siempre oró: dar su vida a fin de que sus amigos pudiesen vivir. Y este es el sentido profundo de la Eucaristía: aprender de Jesús a distribuirse, a darse, sin miedo de las fuerzas que amenazan la vida. Porque la vida es más fuerte que la muerte. La fe en la resurrección anula el poder de la muerte. Terminada la cena, saliendo con sus amigos hacia el Huerto, Jesús anuncia que todos lo abandonarán: ¡Huirán o se dispersarán!. Pero ya les avisa: “¡Después de la resurrección os precederé en Galilea!”. ¡Ellos rompen las relaciones con Jesús, pero Jesús no las rompe con ellos! Él continúa esperándolos en Galilea, en el mismo lugar donde tres años antes los había llamado por primera vez. O sea, la certeza de la presencia de Jesús en la vida del discípulo ¡es más fuerte que el abandono y la fuga! Jesús continúa llamando. ¡El regreso es siempre posible! Y este anuncio de Marcos para los cristianos de los años setenta es también para todos nosotros. Por su modo de describir la Eucaristía, Marcos acentúa todavía más el contraste entre el gesto de Jesús y la conducta de los discípulos. Antes del gesto de amor habla de la traición de Judas (Mc 14,17-21) y, después del gesto de Jesús, habla del anuncio de la negación de Pedro y de la huida de los discípulos (Mc 14,26-31). De este modo pone el acento en el amor incondicional de Jesús, que supera la traición, la negación y la fuga de los amigos. ¡Es la revelación del amor gratuito del Padre! Quien lo experimentó dirá: “¡Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad. ni ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor! (Rom. 8,39).

 

La celebración de la Pascua en tiempos de Jesús

 

La Pascua era la fiesta principal de los judíos. En ella se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que se encuentra a los orígenes del pueblo de Dios. Pero más que una simple memoria del Éxodo, la Pascua era una puerta que se abría de nuevo cada año, a fin de que todas las generaciones pudiesen tener acceso a aquella acción liberadora de Dios que, en el pasado, había generado el pueblo. Mediante la celebración de la Pascua, cada generación, cada persona, bebían de la misma fuente de la que habían bebido los padres en el pasado, al ser liberados de la esclavitud de Egipto. La celebración era como un renacimiento anual. En tiempo de Jesús, la celebración de la Pascua se hacía de modo tal que los participantes pudiesen recorrer el mismo camino que fue recorrido por el pueblo, después de la liberación de Egipto. Para que esto pudiese suceder, la celebración se desarrollaba con muchos símbolos: hierbas amargas, cordero mal asado, pan sin levadura, cáliz de vino y otros. Durante la celebración, el hijo menor debía preguntar al padre: “Papá, ¿por qué esta noche es diversa de las otras?¿Por qué comemos hierbas amargas? ¿Por qué el cordero está a medio asar?¿Por qué el pan no tiene levadura?” Y el padre respondía, narrando con libertad los hechos del pasado: “Las hierbas amargas nos permiten experimentar la dureza y amargura de la esclavitud. El cordero mal cocinado evoca la rapidez de la acción divina que libera al pueblo. El pan no fermentado indica la necesidad de renovación y de conversión constante. Recuerda también la falta de tiempo para preparar todo, siendo como es muy rápida la acción divina”. Este modo de celebrar la Pascua, presidida por el padre de familia, daba libertad y creatividad al presidente en el modo de conducir la celebración.

 

Eucaristía: La Pascua celebrada por Jesús en la Última Cena

 

Fue con la intención de celebrar la Pascua de los judíos, cuando Jesús a la vigilia de su muerte, se reunió con sus discípulos. Era su último encuentro con ellos. Por esto lo llamamos encuentro de la “Última Cena” (Mc 14,22-26; Mt 26, 26-29; Lc 22,14-20). Muchos aspectos de la Pascua de los judíos continúan siendo válidos para la celebración de la Pascua de Jesús y son el fondo. Ayudan a entender toda la portada de la Eucaristía. Aprovechando de la libertad que el ritual le daba, Jesús dio un nuevo significado a los símbolos del pan y del vino. Cuando distribuye el pan, dice: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros” Cuando distribuye el cáliz con el vino, dice: “Tomad y bebed, ésta es mi sangre derramada por vosotros y por todos”. Y finalmente, sabiendo que se trataba del último encuentro, la “última cena”, Jesús dice: “Ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en el que lo beberé de nuevo en el reino de Dios”. (Mc 14,25). De este modo Él unía su dedicación, simbolizada en el pan partido y compartido, a la utopía del Reino. Eucaristía quiere decir celebrar la memoria de Jesús que da su vida por nosotros, a fin de que nos sea posible vivir en Dios y tener acceso al Padre. He aquí el sentido profundo de la Eucaristía: hacer presente en medio de nosotros y experimentar en la propia vida, la experiencia de Jesús que se da, muriendo y resucitando.

 

La celebración de la Eucaristía por parte de los primeros cristianos

 

No siempre los cristianos han conseguido mantener este ideal de la Eucaristía. En los años cincuenta, Pablo critica a la comunidad de Corinto por que cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario, porque algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho (1Cor 11,20-22). Celebrar la Eucaristía como memorial de Jesús quiere decir asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar el proyecto de Jesús. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de los pobres. Al final del primer siglo, el evangelio de Juan, en vez de describir el rito de la Eucaristía, describe cómo Jesús se arrodilla para cumplir el servicio más común en aquel tiempo: lavar los pies. Al término de aquel servicio, Jesús no dice: “Haced esto en memoria mía” (como en la institución de la Eucaristía en Lc 22,19; 1Cor 11,24), sino que dice: “Haced lo que yo he hecho” (Jn 13,15). En vez de ordenar que se repita el rito, el evangelio de Juan pide actitudes de vida que mantenga viva la memoria del don sin límite que Jesús hace de sí mismo. Los cristianos de la comunidad de Juan sentían la necesidad de insistir más en el significado de la Eucaristía como servicio, que del rito en sí.

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente al sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,  para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.

  1. Alabanzas al Santísimo Sacramento

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre
Bendito sea el nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesús en el santísimo sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito
Bendita sea la gran madre de Dios María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa asunción
Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre
Bendito sea San José, su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos

 

 

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo B

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ciclo B)

 

La constitución dogmática Dei Verbun de Concilio Vaticano II dice: “Quiso Dios en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2 Pe 1,4. En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía…(DV 2).

  1. 1.      Oración a la Santísima Trinidad

¡Oh Dios mío, trinidad adorable, ayúdame a olvidarme por entero para establecerme en ti!

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador…

¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio.

Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas en ella más que a tu amado en el que has puesto todas tus complacencias.

¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas. (Sor Isabel de la Trinidad)

2.      Textos y comentario

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

A lo largo de todo el cap. 4 el autor intenta comentar e inculcar la primera palabra del Decálogo: “No tendrás otros dioses frente a mí”. Para el escritor el Señor no es una momia del pasado sino un Dios muy cercano que puede verse y palparse; sólo es necesario que el hombre abra de par en par sus ojos a los acontecimientos históricos: “Pues, ¿qué nación… tiene un Dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?” (v. 7).

Y estas palabras están dirigidas al pueblo de Israel que conoce la dura experiencia del destierro de Babilonia (a. 587 a.C.) por su perversión (vs. 25-26). Según la concepción de aquellos pueblos el triunfo de los babilonios implicaba la victoria de sus dioses sobre el Dios de Israel. Por eso los israelitas se preguntan ¿dónde está ese dios tan cercano que permite nuestra derrota político-militar? El Dios de Israel parece enmudecer, ¿qué ha ocurrido?.

¿Por qué Dios calla y permite el triunfo de los dioses babilonios? El autor intenta responder a todas estas preguntas a lo largo de todo el capítulo estructurándolo de forma muy sencilla:

1) Percepción; abrir los ojos-ver-preguntar-oir y reflexión; reconocer “vuestros ojos han visto…” (vs. 3,4), “… los sucesos que vieron tus ojos…” (vs. 9 ss.), “pregunta… a los tiempos antiguos…” (vs. 32 ss) etc. La experiencia que Israel tiene de su Dios abarca todos los tiempos y espacios, no sólo se apela a la historia del pasado sino también al hoy histórico. En el v. 32, el autor se sitúa al término de una larga historia e invita a Israel a contemplar la historia universal en su más amplio espacio temporal (desde la creación del hombre) y geográfico (de un extremo a otro del cielo). Nada de lo acaecido en el mundo se puede parangonar con las gestas de Dios en la historia de Israel.

La conclusión es evidente. Israel ha de reconocer “hoy” que nada de lo que ha acontecido en la historia puede parangonarse con las gestas del Dios de Israel. Por eso han de reconocer que el Señor es único y no admite competencias (vs. 35, 39). Los otros pueblos podrán tener sus dioses pero Israel sólo debe reconocer a su Dios. Por escoger a otras divinidades Israel ha servido como esclavo en Babel. La culpa no es de Dios (vs. 23-38).

2) Cumplimiento (guardar, cuidarse bien de, observar…) Dios se ha elegido en exclusividad a Israel; en consecuencia Israel deberá servir exclusivamente al Señor. Y si el Dios de Israel se ha revelado en los acontecimientos históricos la respuesta que se exige al pueblo no es exclusivamente mental sino existencial: con mente, sentimientos, quereres… La historia de Dios con el pueblo aún no ha terminado (vs. 29-31); las grandes obras realizadas en el pasado no lo fueron en vano. Si Israel reconoce sólo y exclusivamente al Señor su Dios, aún es posible la esperanza. La promesa a los padres (v. 37) prevalecerá sobre la maldición de la Alianza que pesa sobre los desterrados.

2.2. Salmo responsorial Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 1 2b)

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17

Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

Los versículos de la lectura litúrgica del día de hoy describen los ejes fundamentales en que se basa esta existencia.

a) La primera dimensión de esta existencia es la de hijo de Dios (vv. 14-15). Dios ha dado al hombre su Espíritu para que este acceda a la casa paterna. Por tanto, el hombre no debe dejarse dominar por un espíritu de temor sino vivir unas relaciones filiales que, por sí mismas, ahuyentan el temor. El privilegio del hijo de Dios consiste en poder llamar a Dios Padre (Abba alude, quizá, a la oración de Padre Nuestro, que quizá algunos de los interlocutores de Pablo conocían en arameo: v. 15). El hijo de Dios no tiene que fabricarse una religión en que, como sucede en la religión judía, sería necesario contabilizar los esfuerzos ante un Dios-Juez, o, como en la religión pagana, acumular los ritos para ganarse la benevolencia de un Dios terrible. El cristiano puede llamar Padre a su Dios, con todo lo que esto supone de familiaridad y, sobre todo, de iniciativa misericordiosa por parte de Dios.

b) La segunda dimensión de esta existencia es la de heredero de Dios (v. 17). Al ser hijo, el hombre tiene derecho a una vida de familia y dispone de los bienes de la casa. El término “heredero” no debe comprenderse aquí en el sentido moderno (el que dispone de los bienes del padre, después de la muerte de este), sino en el sentido hebreo de “tomar posesión” (Is 60, 21; 61, 7; Mt 19, 29; 1 Cor 6, 9). El pensamiento de Pablo se asocia a la concepción que el Antiguo Testamento se hacía de la herencia, pero la completa al unirla a la idea de la filiación. Los hombres adquieren de ahora en adelante la herencia, en relación a su unión al Hijo por excelencia, el único que goza, efectivamente, de todos los bienes divinos, por su naturaleza. Efectivamente, el hijo de Dios hereda la gloria divina, irradiación de la vida de Dios en la persona de Cristo. Pero la herencia sólo se obtiene mediante el sufrimiento. Se hereda con Cristo si se sufre con El. El sufrimiento conduce a la gloria, no como condición meritoria, sino como signo de vida-en-Cristo, prenda de herencia de la gloria con El.

Por tanto, toda la Trinidad actúa en la justificación del hombre: el Padre aporta su amor para hacer de los hombres hijos suyos; el Espíritu viene a cada uno de ellos a dominar su miedo e iniciarlos paulatinamente en un comportamiento filial; finalmente, el Hijo, el único Hijo por naturaleza, el único heredero de derecho, viene a la tierra a hacer de la condición humana y del sufrimiento el camino de acceso a la filiación, revelando así a sus hermanos las condiciones de la herencia.

Este nuevo estado del hombre, hijo y heredero, elimina todos los temores alienantes (v. 15). No se trata solamente del temor de los judíos ante la retribución de un juez, o del pánico de los paganos ante las fatalidades y los determinismos: la condición de hijo permite al cristiano vencer todos los miedos actuales, modernos, y rechazar las falsas seguridades que ellas originan: las seguridades de las instituciones y de las fórmulas hechas, las del poder y de las jerarquías.

El miedo desaparece por la presencia del Espíritu que inspira a cada uno el amor a los hermanos y lo hace capaz de triunfar sobre su propio miedo cuando están en juego la vida y la libertad de otro. Porque el Espíritu libera al hombre de la autosuficiencia y le da las armas para luchar victoriosamente contra las obras de la “carne”. La venida del Espíritu está asociada a los sufrimientos y a la resurrección de Jesús. Precisamente porque es el Hijo de Dios, este hombre ha respondido perfectamente a la iniciativa previsora del Padre y ha decidido enviar al Espíritu sobre todos aquellos a quienes Dios llama a la adopción filial. En la vinculación viva con Jesucristo, que le ofrece la Iglesia, el hombre se convierte en hijo de Dios y obtiene una participación en los bienes de la familia del Padre propuestos en la Eucaristía.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: – «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Mateo 28, 16: La primera y última aparición de Jesús resucitado a los Once discípulos. Jesús aparece antes que a nadie a las mujeres (Mt 28,9) y, a través de las mujeres, hace saber a los hombres que debían andar a Galilea para verlo de nuevo. En Galilea habían recibido la primera llamada (Mt 4, 12.18) y la primera misión oficial (Mt 10,1-16). Y es allá, en Galilea, donde todo comenzará de nuevo: ¡una nueva llamada, una nueva misión! Como en el Antiguo Testamento, las cosas importantes acontecen siempre sobre la montaña, la Montaña de Dios.

Mateo 28, 17: Algunos dudaban. Al ver a Jesús, los discípulos se postraron delante de Él. La postración y la posición del que cree y acoge la presencia de Dios, aunque ella sorprende y sobrepasa la capacidad humana de comprensión. Algunos, por tanto, dudaron. Todos los cuatro evangelistas acentúan la duda y la incredulidad de los discípulos de frente a la resurrección de Jesús (Mt 28,17; Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.24.37-38; Jn 20,25). Sirve para demostrar que los apóstoles no eran unos ingenuos y para animar a las comunidades de los años ochenta d. de C. que tenían todavía dudas.

Mateo 20,18: La autoridad de Jesús. “Me ha sido dado todo poder sobre la tierra”. Solemne frase que se parece mucho a esta otra afirmación: “Todo me ha sido dado por mi Padre” (Mt 11,27). También son semejantes algunas afirmaciones de Jesús que se encuentran en el evangelio de Juan: “Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos” (Jn 13,3) y “Todo lo que es mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10). La misma convicción de fe con respecto a Jesús se vislumbra en los cánticos conservados en las cartas de Pablo (Ef 1,3-14; Fil 2,6-11; Col 1,15-20). En Jesús se manifestó la plenitud de la divinidad (Col 1,19). Esta autoridad de Jesús, nacida de su identidad con Dios Padre, da fundamento a la misión que los Once están por recibir y es la base de nuestra fe en la Santísima Trinidad.

Mateo 28, 19-20ª: La triple misión. Jesús comunica una triple misión: (1) hacer discípulos a todas las naciones, (2) bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y (3) enseñarles a observar todo lo que había mandado.

a) Llegar a ser discípulos: El discípulo convive con el maestro y aprende de él en la convivencia cotidiana. Forma comunidad con el maestro y lo sigue, tratando de imitar su modo de vivir y de convivir. Discípulo es aquella persona que no absolutiza su propio pensamiento, sino que está siempre dispuesto a aprender. Como el “siervo de Yahvé”, el discípulo, él o ella, afinan el oído para escuchar lo que Dios ha de decir (Is 50,4).

b) Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:

La Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha traído es la revelación de que Dios es el Padre y que por tanto todo somos hermanos y hermanas. Esta nueva experiencia de Dios, Jesús la ha vivido y obtenido para nuestra bien con su muerte y resurrección. Es el nuevo Espíritu que Él ha derramado sobre sus seguidores en el día de Pentecostés. En aquel tiempo, ser bautizado en nombre de alguno significaba asumir públicamente el empeño de observar el mensaje anunciado. Por tanto, ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, era lo mismo que ser bautizado en el nombre de Jesús. (Hch 2,38) y lo mismo que ser bautizado en el Espíritu Santo (Hch 1,5). Significaba y significa asumir públicamente el compromiso de vivir la Buena Noticia que Jesús nos ha dado: revelar a través de la fraternidad profética que Dios es Padre y luchar porque se superen las divisiones y las separaciones entre los hombres y afirmar que todos somos hijos e hijas de Dios.

c) Enseñar a observar todo lo que Jesús ha ordenado:

No enseñamos doctrinas nuevas ni nuestras, sino que revelamos el rostro de Dios que Jesús nos ha revelado. De aquí es de donde se deriva toda la doctrina que nos fue transmitida por los apóstoles.

Mateo 28,20b: Dios con nosotros hasta el final de los tiempos.

Esta es la gran promesa, la síntesis de todo lo que ha sido revelado desde el comienzo. Es el resumen del Nombre del Dios, el resumen de todo el Antiguo Testamento, de todas las promesas, de todas las aspiraciones del corazón humano. Es el resumen final de la buena Noticia de Dios, transmitida por el Evangelio de Mateo.

En la liturgia de este día Dios se revela como único y, al mismo tiempo, como Padre de misericordia que ha puesto en nosotros el Espíritu de su Hijo. Es decir, se revela como trinidad. La economía de la redención nos muestra el vértice más alto de la revelación de Dios. Dios Padre de misericordia, se compadece de sus criaturas y las llama a una intimidad inimaginable para el hombre: llegar a formar parte de la familia de Dios. No hemos recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar Abba! (Padre). Así pues, somos con toda verdad “hijos de Dios”, somos “herederos de Dios” de sus bienes, de su amor y misericordia. Co-herederos con Cristo. ¿Habremos meditado en toda profundidad lo que esto significa en la vida del hombre, en la vida de cada uno de nosotros. El Dios de majestad, creador de cielo y tierra, omnisciente, omnipotente, trascendente, se inclina a la tierra (Cf. Salmo 144). Dios envía a su propio Hijo a revelar plenamente su amor y concedernos la filiación adoptiva. Por Cristo, con Él y en Él tenemos acceso al Padre y nos convertimos en templos de la Trinidad Santísima. Si bien, por una parte, el misterio de la Trinidad escapa a nuestra comprensión humana, por otra parte, la realidad de este misterio es de tal suavidad y de tales consecuencias para nuestra pobre existencia que casi es imposible creerlo. «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

 

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Domingo de Pentecostés – Ciclo B

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de  tu amor.

V. Envía tu Espíritu y todo será creado.

R. Y se renovará la faz de la tierra.

 

  1. 1.     Oremos

¡Oh Dios!, que instruiste los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos, según el mismo Espíritu, conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo, Señor nuestro, R. Amén.


Hoy celebramos y revivimos el misterio de Pentecostés, la plenitud del misterio de la Pascua en la efusión del Espíritu Santo. Celebramos el fuego de amor que el Espíritu encendió en la Iglesia para que arda en el mundo entero: ¡fuego que no se apagará jamás!

  1. 2.     Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: – «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

En 2, 1 se nos dice que «estaban TODOS reunidos». No se trata sólo de los 12 apóstoles, sino de la asamblea de los 120 (1, 15), entre los cuales está María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el grupo de los hermanos de Jesús, entre los cuales con certeza también Santiago, el hermano del Señor (1, 14). El don del Espíritu se da a esta primera comunidad, si bien es Pedro, junto con los once, el que va a pronunciar el discurso (vv.14-36). Se añade también que están reunidos «con un mismo propósito». Este mismo propósito es posiblemente la estrategia restauracionista implícita en la elección de Matías en 1, 15-26. La irrupción del Espíritu viene a romper este propósito de restauración, que mira más al pasado que al futuro. El Espíritu viene de repente, con ruido como de viento impetuoso y en lenguas como de fuego: estos símbolos (huracán u fuego) muestran la «violencia» necesaria del Espíritu para transformar al grupo presente y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera. Esta tensión entre restauración y misión, es la que vimos en 1, 6-11. Pentecostés es el bautismo en el Espíritu Santo anunciado en 1, 5. El bautismo de Juan Bautista era de agua, un símbolo judío de conversión personal; ahora de trata del bautismo en el Espíritu, que es el símbolo característico del movimiento profético de Jesús, no ya sólo de conversión personal, sino de transformación de la comunidad de los discípulos en auténtica comunidad profética, para dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra. Los que se reúnen, atraídos por los sucesos de Pentecostés, son «hombres piadosos, que habitaban en Jerusalén, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo». Tenemos aquí una ficción literaria de Lucas, pues es un hecho extraordinario que estén reunidos en Jerusalén gente piadosa de todas las naciones del mundo. El hecho es tan extraordinario, que manuscritos posteriores (tradición occidental) agregan la palabra «judíos»: los reunidos serían «judíos de todas las naciones, que habitan en Jerusalén». Lucas con su ficción literaria tiene una clara intención teológica: reúne simbólicamente en Jerusalén a gente piadosa de todas las naciones del mundo, que en Pentecostés van a recibir el testimonio profético de la primera comunidad apostólica. El Espíritu es derramado en función de todos los pueblos y culturas del mundo. Eso ya se da para Lucas en el hecho fundante de Pentecostés.

En los vv. 9-11 tenemos la lista de la naciones. Lucas enumera 12 pueblos y tres regiones. El primer grupo lo constituyen los nativos partos, medos y elamitas. El segundo grupo son los habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia y Egipto. Aquí también se enumeran tres regiones: la Mesopotamia, el Asia y la Libia, que confina con Cirene. El tercer grupo son los forasteros: romanos, cretenses y árabes. ¿Cuál es la lógica de esta enumeración? En primer lugar Lucas distingue nativos, habitantes y forasteros. Los nativos son pueblos del oriente, civilizaciones del pasado. Los habitantes están repartidos en tres regiones: la Mesopotamia (al este), el Asia (al norte) y la Libia (al sur) y en 6 pueblos: Judea (al centro), Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia (al norte) y Egipto (al sur). Por último los forasteros romanos que vienen de visita a Jerusalén; entre estos se distinguen romanos judíos y romanos prosélitos, los cretenses, son un pueblo marítimo, en expansión hacia occidente y los árabes sería una designación global para referirse a los pueblos del desierto, en expansión hacia oriente. La lógica geográfica es la que domina al grupo de los habitantes (oriente, norte y sur, con Judea al centro). Los visitantes (romanos, cretense y árabes) no siguen una lógica geográfica, sino más bien la lógica de visitantes esporádicos (grupos amplios y ambiguos), que regresan a su patria. En síntesis, los representantes de los pueblos vienen de todas las regiones de la tierra, de las culturas antiguas de oriente, de los pueblos establecidos en torno a Judea (oriente, norte y sur) y de las poblaciones que se desplazan hacia oriente y occidente, cuyo centro es Roma. Lucas combina criterios culturales, geográficos y sociales y construye así históricamente el paradigma misionero del Espíritu. Lo curioso es que no se menciona Siria, Macedonia y Grecia, que es el territorio de las iglesias paulinas. Quizás no aparecen estos pueblos, pues es ahí donde Lucas escribe su obra y son ya en su tiempo Iglesias independientes de Jerusalén.

Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro, cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y oriente. El milagro de Pentecostés es que cada uno entiende a los apóstoles en su propia lengua nativa. No se trata de la glosolalia, pues cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, y podríamos agregar, en su propia cultura. Por eso consideramos hoy en día a Pentecostés como la fiesta cristiana de la Inculturación del Evangelio.

En Pentecostés se habría recuperado la unidad perdida en Babel. Desde la perspectiva liberadora de la inculturación del Evangelio, la diversidad de lenguas es el hecho liberador que permitió la huída de los trabajadores y la paralización de la construcción de la ciudad. En Pentecostés cada pueblo conserva su lengua y cultura. Lo nuevo en Pentecostés es la unidad en la comprensión del Evangelio, manteniendo la diversidad de lenguas y culturas. La unicidad de lenguas no es el proyecto original de Dios, ni tampoco su recuperación en Pentecostés, sino una forma de dominación cultural. El proyecto original de Dios, recuperado en Pentecostés, es una humanidad plurilingüe y multicultural.

2.2.Salmo responsorial Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

Este Salmo es un canto de alabanza dirigido a Dios creador. La liturgia retiene algunos versículos que se refieren al soplo de Dios. Después del invitatorio, en el que el Salmista se dirige a sí mismo, aparece el tema central de la alabanza: “¡Señor, Dios mío, qué grande eres!” (v.1b). La grandeza de Dios se manifiesta en la magnificencia de su creación. Entre los bienes más preciosos de la creación figura el “soplo vital”. Dado a los animales, este soplo confiere la vida. Cuando Dios lo quita, llega la muerte. En el capítulo 37 de la profecía de Ezequiel, el soplo de Dios es dado a los huesos descalcificados esparcidos en un valle, éstos reciben de nuevo carne y vida. Esta imagen poética designa la restauración del pueblo. El v.30, en su versión latina (de la “Vulgata”) se hizo como texto de la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles y en el mundo entero redimido: “Envía tu Espíritu y será creado y renovarás la faz de la tierra”. En Pentecostés, el soplo divino es dado a la Iglesia naciente. Una nueva creación comienza.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Este texto es importante para comprender la teología paulina del Espíritu Santo: (1) El Espíritu Santo es el alma de la profesión de fe en Cristo Señor. (2) El Espíritu Santo es la fuente de todos los carismas y, por la convergencia de los mismos (“para el bien común”), es el principio de la unidad de la Iglesia. (3) El Espíritu Santo está vinculado a los sacramentos, particularmente al Bautismo y a la Eucaristía. (4) El Espíritu no se comprende sin la Trinidad. En los vv.4-7 se insinúa una visión trinitaria de misterio cristiano. Nótese la unidad entre el Espíritu (v.4: “el Espíritu es el mismo”), el Señor (=Jesús; v.5: “el Señor es el mismo”) y Dios (=Padre; v.6: “el mismo Dios que obra todo en todos”).

En el trasfondo de este pasaje hay una problemática pastoral que no hay que dejar pasar desapercibida: en la comunidad de Corinto, aquellos que se beneficiaban de algunos carismas y manifestaciones espirituales se creían superiores a los otros. Pablo reacciona insistiendo en el hecho de que los carismas son “dones” (ver que aparece siete veces esta palabra a lo largo del pasaje). La respuesta va en esta dirección: (1) Dichos “dones” tienen un mismo origen: el mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, quien hace la unidad en la diversidad. (2) Los “dones” son ofrecidos por Dios a cada persona en función “del bien de todos”, es decir, al servicio de la edificación de la comunidad y de la misión. El Espíritu Santo no sólo hace nacer sino también crecer a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”. La comparación con el “Cuerpo” destaca la diversidad, la solidaridad y la unidad de la Iglesia.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros.» Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid’ el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

1ª) Reconocimiento de Jesús vivo.

Les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Como el Padre me ha enviado así os envío yo a vosotros. En la escuela joánica se insiste de modo particular en la misión. El Padre envía al Hijo al mundo para salvarlo y no para condenarlo. El Padre y el Hijo envían al Espíritu, y juntos a los Apóstoles. La cadena de la misión se prolonga hasta la vuelta del Señor Glorioso al final de los tiempos. Este carácter teológico de la misión se traduce en un sentido misionero profundo que invade el Evangelio.

2ª) El Espíritu realiza la nueva creación.

Jesús les dijo: Paz a vosotros. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos. Aliento y viento se expresan en hebreo con el mismo término de «Ruaj» (que en griego se traduce por «Pneûma» y en castellano «Espíritu»). Este doble sentido del término es el que expresa toda la riqueza del Espíritu. Es necesario observar algunos detalles para la comprensión del fragmento. En primer lugar, Jesús es el transmisor del Espíritu. Se ha cumplido la era mesiánica y Jesús, verdadero Mesías, dispone del Espíritu recibido del Padre y lo entrega a sus discípulos. En segundo lugar, el verbo «exhalar» remite a dos momentos importantes en el pan del Dios creador y salvador: la creación del hombre (Gn 2,7): Dios sopla en las narices de la imagen elaborada con la arcilla y se convierte en un ser vivo. Es la primera creación, que traduce el proyecto del Dios Creador que es de vida y para la vida. El hombre es un ser vivo por la acción del Espíritu. En segundo lugar, la visión de los huesos secos que vuelven a la vida (Ez 37). Esta visión se enmarca en el exilio de Babilonia. Los huesos secos representan a la casa de Israel que ha perdido su esperanza y siente el peso del silencio de Dios. De nuevo aparece el Espíritu y de nuevo la misma expresión verbal «soplar». Este acontecimiento histórico, pasa a ser símbolo de la nueva creación por obra del Espíritu. Estos datos precedentes nos ayudan a valorar las expresiones de Juan cuando nos transmite que Jesús resucitado se hace presente entre sus discípulos, «sopla» su aliento sobre ellos y les entrega el Espíritu. Nos permite comprender que se trata del Espíritu Creador que va a llevar adelante la nueva creación.

3ª) Nueva creación y perdón de los pecados.

Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Creador se manifiesta en el perdón de pecados. El pecado es el que malogró, en el paraíso, el proyecto de Dios sobre el hombre. Lo quiso para la vida y feliz pero en la obediencia y comunión con su Creador. El hombre desconfía de su propio Creador y comete el pecado de querer ser él mismo en total independencia de Dios. El Espíritu Santo, llevando adelante su actividad de perdonar los pecados a través de los Apóstoles y de la Iglesia, hará presente en el mundo la nueva creación; manifestará en el mundo el verdadero proyecto de Dios. El pecado no pertenece a la textura original del hombre. Por eso podemos afirmar que el pecado no es humano, es decir, no entra en el proyecto original de hombre. Y por eso hay que afirmar que Jesús no lo pudo tener como hombre (y mucho menos como Dios), aun cuando fue igual a nosotros en todo. Con la reconciliación universal, obra de la Muerte-Resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por el Espíritu Santo, aparece de nuevo cuál fue el sentido del hombre en el proyecto de Dios creador.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo para hacer partícipes del mismo Espíritu a los Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. O sea, los Apóstoles son enviados por obra del Espíritu Santo para continuar la obra salvífica de Cristo. Los apóstoles reciben el poder del Espíritu de Cristo para perdonar o retener los pecados, para aplicar los frutos de la Redención de Cristo.

El día de Pentecostés.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre la totalidad de la Iglesia instituida por Cristo y a la que ha ido dotando progresivamente de las estructuras necesarias para cumplir su misión. Pentecostés es, también, una fuerte llamada para amar a la Iglesia de Cristo animada por el Espíritu Santo-Amor. Por eso, renovamos nuestra fidelidad a la Iglesia de Cristo desde la fidelidad a las exigencias de nuestro carisma específico.

  1. 3.     Invocación mariana.

María; eres Madre de la Iglesia porque eres Madre de Cristo por obra del Espíritu Santo. Eres nuestra Madre espiritual.

Nos consagramos a ti, María, Esposa del Espíritu Santo y te pedimos que nos enseñe a ser fieles a la presencia y acción del Espíritu Santo.

Domingo 7 de Pascua – La Ascención del Señor – Ciclo B

DOMINGO SEPTIMO DE PASCUA: LA ASCENSION DEL SEÑOR ciclo B

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