Tercer domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo A

En este domingo Cristo se nos muestra como luz, pero una luz que nos permite descubrir su persona. Jesús es la luz que poco a poco se enciende para iluminarnos a Dios. Es una luz para todos los hombres y que a su vez necesita de los hombres para continuar iluminando la humanidad. Y por último es la luz que nos envuelve a todos, que a todos nos une bajo su resplandor.

0. Oremos para que sepamos  seguir a Jesús radicalmente, hasta el fin.
Oh Dios y Padre nuestro: Tu Hijo nos invita, de modo suave pero insistente, a seguirle como discípulos fieles. Abre nuestras mentes a su luz, haz que respondamos a su amor y que le confiemos a él todo nuestro ser. Que su reino crezca en cada uno de nosotros y en todo el mundo, para que nos lleve con esperanza a la alegría que tú has preparado para nosotros en tu casa Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

0.1. Acerquémonos a la lectura y reflexión de la divina Palabra. » … Isaías anuncia en términos exultantes la liberación…, los que vivían en tristeza y en sombras vieron una luz grande… » (Is 9, 1-4).

1. Lectura del Profeta Isaías 9,14.

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombre los quebrantaste como el día de Madián.

v. 1: El mismo profeta que había anunciado la ruina del Reino del Norte (cf. cap. 5 y 8), es el que ahora anuncia su salvación. La ira de Dios no es lo último en sus caminos inescrutables, sino la misericordia y la gracia. Si Dios castiga es para salvar, no «para arreglar cuentas».

v. 2: Cuando una persona se halla en apuros y, de pronto, le ocurre alguna solución inmediata decimos que «le ha encendido el foco». De igual manera describe el profeta la salvación de Dios, «sol de justicia», para un pueblo que padecía la humillante opresión de sus invasores. La «luz grande» que verá ese pueblo esclavizado es la presencia de Dios que viene a salvarle y a poner en fuga a todos sus enemigos (cf. 10. 17; Sal 50. 2; 27. 1; 104. 2). La descripción de este cambio venturoso allí donde cundía el desespero de los sometidos y dominaba el despotismo de los invasores, se hace espontáneamente un canto de alabanza a Dios en boca del profeta.

v. 3: Los que son librados se alegran como el campesino se alegra en la cosecha. Los que vivimos en la ciudad y dependemos de un sueldo no podemos figurarnos la alegría desbordante del campesino que ha esperado pacientemente el fruto de su trabajo y ahora, al fin, mete con alegría y fuerza la hoz en su propia mies.

v. 4: En tiempos de Teglatfalasar III los asirios se anexionaron estas tierras que menciona el profeta y abrumaron con tributos a sus habitantes, trataron a los hijos de Israel como si fueran animales de carga. Se explica el gozo profundo y la alegría de estos hombres que ven ahora como el Señor desarma a sus opresores y rompe el yugo de su esclavitud. La nueva salvación aviva la memoria y confirma la fe de los hijos de Israel: una vez más sucede lo que ya sucedió el «día de Madián», el Señor salva a su pueblo. Las antorchas de Gedeón y de sus hombres en medio de la noche espantaron a los enemigos y disiparon los temores del pueblo (Jc 7.), así también ahora la «luz grande» que brilla en la Galilea ocupada por los asirios. Pero la verdadera luz está por ver, cuando aparezca en Jesús de Nazaret comenzará a brillar en estas mismas tierras. Respondamos a esta palabra, reconociendo que solamente el Señor es nuestra luz y definitiva salvación.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 26,1. 4. 13-14

R/. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación; 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida; 
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, 
eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor 
por todos los días de mi vida; 
gozar de la dulzura del Señor 
contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor.

Lo peor de todas esas sombras es el “divisionismo”: » … las rivalidades y divisiones acechan en toda estructura humana. A Pablo le duele que la Iglesia de Cristo se rompa y se divida. «

3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,10-13.17.

Hermanos: Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.» ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

La carta de Pablo a los cristianos de Corinto responde a las preguntas planteadas al apóstol por los notables que fueron a consultarle en nombre de la comunidad (1 Cor. 16, 15-16). Pero Pablo comienza por dedicar algunas líneas al problema de las facciones que dividen la comunidad.

a) Las facciones en la Iglesia de Corinto se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y… a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: algunos con un carácter judaizante (partidarios de Pedro), otros con una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y finalmente quienes seguían el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

Pablo ha tratado inmediatamente de disolver el grupo centrado en torno a él afirmando que no tiene prácticamente ninguna pretensión respecto a él, puesto que no ha bautizado a nadie (vv. 14-16). Rechazará a continuación el estatuto del grupo de Apolo mediante la exposición de la sabiduría cristiana (1 Cor. 1, 17-4, 21) y arremeterá contra los libertarios (¿los de Jesús?) en los caps. 5 y 6.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, las facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

b) Pablo manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17; cf. también Rom. 15, 15-16). El apóstol vive en una época en que el rito ocupa un lugar excesivo en todas las religiones; el judaísmo en Israel, la disputa sobre los bautismos entre los seguidores del Bautista y cristianos, los «misterios» de la religiones griegas, etc. Como no está de acuerdo con que el cristianismo se caracterice por la incorporación de ritos nuevos, insiste en hacer de él, ante todo, una religión de la Palabra y de la Misión. Pero no es que propugne una religión sin rito, sino que afirma que el rito está actualmente supeditado a la Palabra y a la Misión y no recibe su eficacia sino de la Palabra misionera y sacramental que le acompaña y de la fe con que es acogida esa Palabra.

Preparémonos para escuchar las palabras del Evangelio que nos sitúa a Jesús en un lugar concreto, iluminando las realidades humanas, Jesús inicia su predicación y llama a sus discípulos: Galilea es la frontera geográfica y teológica: su población es heterogénea, casi pagana, periférica, casi marginación del pueblo de Dios; ahí es donde Jesús inicia su ministerio, viene a eliminar fronteras… Jesús llama al Reino (Mt,4, 12-23)

4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 4,12-23.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. [Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes: a) la presentación de Jesús que predica en Galilea; b) el mensaje que predica; y c) la elección de los discípulos.

a) La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue «entregado» (más que «arrestado»): su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la «Galilea de los gentiles», es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la «luz» de la revelación porque viven en las «sombras» del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

b) El mensaje de Jesús es el mismo que Mateo pone en labios del Bautista: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2). Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, «está cerca»; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

c) Estrechamente unido a la proclamación del mensaje, vemos el seguimiento de los discípulos (Mt y Mc nos lo presentan de forma muy esquemática, y no sabemos qué tiempo transcurrió entre el inicio de la predicación y la elección de los discípulos). De todos modos, lo que más nos interesa es el significado de la expresión «seguir a Jesús»: en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Habrá también mucha gente que, atraídos por la autoridad de su palabra o por sus curaciones (cfr. 4,25) seguirá a Jesús; pero el propio Jesús les hará caer en la cuenta de que ser discípulo significa olvidarse de sí mismo, cargar la propia cruz y seguirle (cfr. 16,24).

Hagamos nuestro el mensaje de los textos que nos ofrece la liturgia dominical, reconociendo que Jesús es Luz para todos los pueblos, que nos llama para iluminar con su luz nuestra vida y la de los demás y, que nuestro seguimiento se centra en él.

Cristo es Luz de todos los pueblos
Lo que nos llama la atención de las lecturas de este domingo, y que debemos resaltar, es la perfecta armonía que existe entre ellas. Esto no sólo es debido a que en el Evangelio de Mateo se nos cite el pasaje de Isaías que tenemos como primera lectura, sino porque en todas ellas, incluyendo el salmo responsorial, Cristo se nos presenta como la Luz, que alumbra hoy muchas realidades. Para empezar vemos que Jesús es la luz que poco a poco se ha ido encendiendo. Pensemos que el relato nos habla del comienzo de su vida pública, pero ya hacia mucho tiempo que esa luz había comenzado a iluminar. Jesús no es un fogonazo que nos deja ciegos, sino justamente lo contrario, la luz que poco a poco nos deja ver más claro su amor “Tu luz nos deja ver la luz” (Sal 35). Pero aunque esta luz surja poco a poco no es tímida, es universal. Cristo es visto como una “luz grande” en la Galilea de los gentiles, en los lugares que la sociedad piadosa judaica, centrada en la luz de su amada Jerusalén, no alcanzaba a ver como buenos judíos porque “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 46). Y sobretodo está luz progresiva, que nos alumbra a todos para conocer a Dios, no es una luz muda sino que tiene un mensaje clave: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos”. Este anuncio no nos tendría que dar miedo, sino alegría. El Reino de los cielos es el momento en que Dios Padre lleno de Misericordia va a llenar nuestra vida de sentido. El Reino de los cielos no es otro imperio terrestre, sino el imperio de la justicia y el amor. Por ello esta luz nos deja ver la verdad de nuestra existencia: vivir plenamente ese amor. Pero hemos de convertirnos, es decir, dar la vuelta a nuestros valores para aceptar los valores del Reino/reinado de Dios con gozo porque Dios será nuestro Rey.

2. La llamada de Cristo es para todos
“Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar sólo; todo hombre, incluso, el hombre Dios es hombre con otros hombres. Por eso Jesús busca enseguida colaboradores”. Este bellísimo pasaje de Von Balthasar nos puede ayudar a comprender la siguiente acción de Jesús en el Evangelio. Cristo no sólo anuncia una nueva luz, sino que necesita de sus discípulos, de seguidores, de “amigos” suyos (Jn15, 14-16) para que esta luz continúe brillando. La misma encarnación fundamenta la llamada a otros hombres para que sean colaboradores de su misión. Pero un detalle importante es darnos cuenta de la forma de llamar de Cristo. Llama a quien quiere, como quiere y cuando quiere. Esta máxima libertad de Jesús es condición necesaria para nuestra propia vocación cristiana. Jesús llama a unos simples pescadores, unos “obreros” de la pesca. Pero también llama a unos pescadores con barca y redes, los “ricos” del negocio. La llamada al seguimiento es universal, para todos. La luz no es para muchos ni para pocos sino para todos los hombres y para todo el hombre. Pero a todos los llamados se les llama a lo mismo y se les dará la misma paga, aunque dejen diferentes cosas. Todos buscan seguirle y todos serán pescadores de hombres. Por ahora los discípulos serán “contemplativos” del maestro, pero cuando ellos también hayan de comenzar a actuar las misiones que recibirán serán las mismas para todos, pero también las adecuadas para cada uno de ellos. Esta es la forma real de la unidad de la Iglesia, que es tanto la que predica Pablo en la segunda lectura como en otros textos que la complementan (Rom 12, 1Co 12). Pero esta ya es nuestra última clave.

3. Jesucristo, el único objeto de nuestro seguimiento y pertenencia
Quizás este sea el aspecto de las lecturas de este domingo que más podemos aplicar a nuestra realidad cotidiana y eclesial. El apóstol Pablo comienza así esta carta a su querida comunidad de Corinto, que debía estar dando un ejemplo poco edificante al resto de sus iglesias hermanas. Y esto era debido a sus divisiones, a sus luchas intestinas dentro de la comunidad para ver quién era más o quién tenía toda la verdad: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¡Cuantas veces a nosotros nos pasa lo mismo dentro de la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas! Una constatación de todo ello la tenemos estos días muy presente, ya que estamos dentro del octavario de oración para la unión de los cristianos. Las divisiones siempre se dan por creerse las dos partes las únicas llenas de razón y romper el diálogo. Pero la lectura de Pablo, que es expresión de su propia experiencia de conversión, nos habla de la verdadera forma cristiana de luchar y vivir por la unidad: “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” No. Nosotros somos hijos de Dios por Cristo y su vida, muerte y Resurrección es la que nos ha mostrado el camino verdadero del hombre. Cristo es nuevamente una luz para todos, pero esta vez una luz que nos abarca a todos en su interior. Cristo es el fundamento único de nuestra pertenencia y unidad porque es el único que nos ha mostrado y amado como Dios. Por eso es todavía más sangrante que nosotros fundamentemos nuestras divisiones en su Persona. Tengamos así especialmente en cuenta este domingo esta intención, y pidámosla al Espíritu, principio de la unidad, que nos ilumine con la verdadera y única Luz: Cristo.

4. Oración final:
Señor Dios nuestro: En nuestro caminar hacia ti, Tú nos has iluminado con la Palabra de tu Hijo. Que él nos transforme a su imagen, como luz para el mundo; que llevemos una chispa de esperanza a donde haya desesperación, un resplandor de alegría  a donde haya tristeza, amor a donde haya indiferencia o, peor todavía, a donde haya odio y rencor. Te lo pedimos en el nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.

2º domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

El Cordero de Dios

El Cordero de Dios, Diric Bouts El Viejo.

Domingo II del tiempo ordinario

Ciclo A

Entre la despedida y la vuelta del Señor, los cristianos tenemos una tarea que realizar. Iniciamos un ciclo litúrgico, Domingos del Tiempo Ordinario, porque siguen y realizan la pascua pentecostal que viene a expandir la fe fuera de la Iglesia, y que manifiesta que los cristianos tenemos que ser los realizadores de la extensión del Reino de Dios. Su vida se ha convertido en misión de testimonio. Nace el tiempo del testimonio. Domingos de maduración cristiana, de afirmación cristiana desde el mayor conocimiento y compromiso con la fe en Jesús.

1. Lectura del Profeta Isaías 49,3.5-6.

«Tú eres mi siervo (Israel) de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel, -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-. Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El libro de la «Consolación de Israel» (Is 40-55) trata de abrir nuevos horizontes al pueblo abatido. Uno de los encargados será ese misterioso personaje que se llama «el siervo de Yahvé». Este siervo no es idéntico en cada uno de los cuatro cantos. En este segundo canto parece identificarse de una forma bastante clara a un solo personaje. La versión del texto hebreo no es muy clara. El sentido parece ser éste: Israel llegará a poseer la gloria del Señor en la persona del siervo. Por medio del siervo, Dios se sentirá orgulloso de Israel. De una cierta manera, el siervo se identifica o, mejor, representa en su persona a Israel como canalizador de la liberación que van a recibir todos los pueblos para gloria de Dios. Este «mediador» por excelencia lo será después Jesús.

Este tema del ser escogido desde el vientre de la madre es muy bíblico y signo de consagración profética (aparece ya en el v. 1; ver Jr 1; Lc 1). El creyente también está amorosamente destinado en los planes de Dios a que sea el encargado de ir haciendo camino a los hombres hasta que definitivamente lleguen a Dios.
Vuelve a aparecer el tema del nuevo éxodo, tan querido por los profetas del exilio. Ante el Dios que dispersa (cf. Ez 5,10, 6.9, 20,23), está el Dios que reúne (cf. Ez 11,17 34,13, 36, 24). Israel diezmado podrá regresar a Jerusalén, reconstruir el pueblo de Dios y volver a ser la luz de las naciones. Profecías que se han cumplido en la muerte de Jesús y que ahora hay que hacerlas vida en la tarea cristiana.

Esta proximidad del siervo para con Yahvé es la garantía de que los oráculos se cumplirán. De algún modo, el siervo queda constituido en prenda de salvación. Así ocurre con Jesús: en él tenemos la seguridad de que las promesas se cumplirán, de que su reino tiene sentido.

La progresión y distancia que hay entre los términos «desde el seno de la madre – hasta el confín de la tierra» es lo que se llama una fórmula de totalidad. Al siervo se le encomienda toda la tarea de llevar adelante la alianza que Dios ha hecho con su pueblo. A la luz de la resurrección, estas palabras adquieren verdadero sentido. En Jesús se ha cumplido todo esto con perfecta exactitud. Continuar la obra es tarea del cristiano.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 39,2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; 
El se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y en cambio me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio, 
entonces yo digo: «Aquí estoy 
-como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.

Dios mío, lo quiero, 
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios: 
Señor, tú lo sabes.

¡ABRE MIS OIDOSI
Abre mis oídos, Señor, para que pueda oír tu palabra, obedecer tu voluntad y cumplir tu ley. Hazme prestar atención a tu voz, estar a tono con tu acento, para que pueda reconocer al instante tus mensajes de amor en medio de la selva de ruidos que rodea mi vida. Abre mis oídos para que oigan tu palabra, tus escrituras, tu revelación en voz y sonido a la humanidad y a mí. Haz que yo ame la lectura de la escritura santa, me alegre de oír su sonido y disfrute con su repetición. Que sea música en mis oídos, descanso en mi mente y alegría en mi corazón. Que despierte en mí el eco instantáneo de la familiaridad, el recuerdo, la amistad. Que descubra yo nuevos sentidos en ella cada vez que la lea, porque tu voz es nueva y tu mensaje acaba de salir de tus labios. Que tu palabra sea revelación para mí, que sea fuerza y alegría en mí peregrinar por la vida. Dame oídos para captar, escuchar, entender. Hazme estar siempre atento a tu palabra en las escrituras.

Comienzo de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,1-3.

Yo Pablo llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros.

La primera carta a los corintios, que se lee durante los domingos, enfoca los grandes problemas de vida cristiana en el seno del mundo pagano y de la sociedad particularmente decadente de Corinto.

a) El encabezamiento de la carta contiene ya los temas fundamentales de la epístola. Pablo comienza por revalorizar su misión de apóstol (v. 1): la autoridad que va a necesitar para disciplinar a los cristianos de Corinto no se fundamenta en el hecho de que sea fundador de una secta o pensador filósofo, sino en un llamamiento de Dios y sobre una tradición: las palabras que dirá no serán suyas, sino Palabras de Dios lealmente retransmitidas.

b) Los cristianos de Corinto tienen igualmente títulos particulares que han de tomar en consideración en la manera de resolver sus problemas. El primero de esos títulos es la santidad (v.2). La Iglesia de Corinto sucede así al antiguo Israel que había de mantenerse en santa asamblea ante su Dios (Ex. 19, 6-15; cf. 1 Cor 6, 2-4, 6, 11): la santidad obliga, pues, a los corintios a rechazar el amoralismo de su sociedad y a hacerse los representantes de la trascendencia divina en el corazón del mundo pagano.

c) La segunda situación a que deben atender los cristianos de Corinto es su solidaridad con aquellos que, a través del mundo, invocan el nombre del Señor. Esta invocación del nombre de Yahvé era el privilegio de Israel en el seno de las naciones (Jer. 10,25; cf. Is. 43, 7). Invocando el nombre de Jesús, los cristianos cargan con la responsabilidad de la salvación del mundo, puesto que, mediante su oración y su conducta, garantizan la realización de esa salvación en ellos y a su alrededor.

Lectura del santo Evangelio, según San Juan 1,29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Y Juan dio testimonio diciendo: -He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: -Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Hoy al leer y releer despacio y atentamente el pasaje del evangelio que queremos conocer y orar: el del segundo domingo del Tiempo Ordinario. Fijémonos en lo siguiente:

1. Los personajes que aparecen, mencionados o implícitos:
El pasaje menciona a Juan Bautista, Jesús, el Espíritu Santo y Dios Padre («el que me envió a bautizar con agua»). Otros personajes que no aparecen identificados son aquellos a los que Juan habla. Es preciso acudir al contexto anterior y posterior de ese pasaje para saber a quién se está dirigiendo Juan.

El evangelio de Juan, capítulo 1,19, nos presenta a Juan Bautista bautizando al otro lado del Jordán, en una aldea llamada Betania (distinta de la ciudad de Marta, María y Lázaro cercana a Jerusalén). Los judíos de Jerusalén le envían sacerdotes y levitas fariseos para preguntarle si él es el Cristo. Él da testimonio diciendo: «Yo, voz del que clama en el desierto…». Al día siguiente sucede la escena de nuestro evangelio: Juan ve venir hacia él a Jesús y da testimonio de lo que ha visto y contemplado sobre este hombre. No se dice ante quién da testimonio. Quizá ante los mismos fariseos del día anterior, ante la gente que acudía a él para bautizarse, o ante sus mismos discípulos. Porque el evangelio continúa, después, narrando que, al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y les señaló a Jesús, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios». Quizá el hecho de que no se mencione a quién va dirigido el testimonio de Juan apunta al hecho de que los destinatarios somos todos nosotros, los oyentes del evangelio de todos los tiempos. Así pues, cada uno de nosotros es el quinto personaje de este pasaje.

2. ¿Hay un diálogo o un monólogo? ¿Quién habla?
Sólo Juan habla. Su testimonio ocupa todo el evangelio de este domingo.

3. ¿Qué dice Juan Bautista de Jesús?

3.1: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v.29). 
¿Qué te recuerda la imagen del «Cordero de Dios»? ¿Por qué crees que Juan la ha utilizado para referirse a Jesús?
En primer lugar, es indudable que esta expresión se refiere al Cordero Pascual cuya sangre liberó al pueblo de la muerte, según el relato del Éxodo 12,1-11. Otros pasajes del N.T. también comparan a Jesús con el Cordero Pascual: «Cristo, nuestro Cordero Pascual (nuestra Pascua) ha sido inmolado» (1 Cor 5,7); «Os rescataron… con la sangre preciosa del Mesías, cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,18), como debía ser el Cordero Pascual, sin defecto ni mancha. 
En segundo lugar, la expresión «Cordero de Dios» se refiere al Siervo de Yahveh, según el cuarto cántico del Siervo, en Is 53,7, donde se dice: «Como Cordero manso, llevado al matadero, no abrió la boca».
Este Cordero «quita el pecado del mundo». Del Siervo de Yahveh se dice que «mi Siervo justificará a muchos y sus culpas él soportará…; él llevó el pecado de muchos» (Is 53,11.12). Y la carta a los Hebreos dice que «Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de la multitud» (Hb 9,28). Esa ofrenda la realizó Jesús desde la Encarnación hasta su entrega a una muerte de cruz por fidelidad a la misión que recibió del Padre. El punto culminante de esa entrega fue su amor hasta el extremo, demostrado en el servicio y en la muerte por amor a nosotros. En efecto, en la última cena, sentado a la mesa con sus discípulos, Jesús tomó el cáliz y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,24). «Por muchos» es una expresión tomada de Isaías que significa, en este caso, «por todos».
En una sola frase, Juan Bautista condensa todo lo que Jesús es y toda su misión.

3.2: «Un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo» (v.30).
Juan deja bien claro que Jesús es mayor que él. Le corresponde ir por delante porque es el Mesías. Es el verdadero Maestro. Por eso Juan invita a sus propios discípulos a seguir a Jesús. Es «el Novio», el que tiene a la Esposa, que es el nuevo Israel, la Iglesia. Juan sólo es el amigo del Novio que se alegra cuando escucha su voz (cf. Jn 3,29). No hay rivalidad ni envidia en Juan. El Bautista disminuye para que Cristo crezca. 
De Jesús dice, además, que «existía antes que él». Desde un punto de vista humano, Juan existía antes que Jesús. Pero Juan reconoce en Jesús al Hijo de Dios preexistente, del que se habla en el prólogo de este evangelio: el Hijo que existía en el principio, por el cual y para el cual se hizo todo, que estaba en el seno del Padre y vino a poner su tienda entre nosotros.

3.3: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él» (…). «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él….» (vv.32-33).
a) Dos veces dice Juan que el Espíritu bajó del cielo y se posó sobre Jesús. Esta repetición indica su importancia. La expresión evoca la unción de David: cuando David fue ungido rey por Samuel, «el Espíritu del Señor invadió a David y estuvo con él en adelante» (1 Sm 16,13). David es el único rey sobre el que el Espíritu permanece. Esta evocación quiere transmitir que Jesús, ungido por el Espíritu, es el nuevo David, el Mesías-Rey que Israel estaba esperando.

b) Puede extrañarnos que no se diga que Juan bautizó a Jesús. El evangelista Juan no cuenta que Juan Bautista bautizara a Jesús porque quiere resaltar, más que los otros evangelistas, que el Bautista está subordinado a Jesús en todo y que Jesús es ungido directamente por Dios con el Espíritu Santo, sin mediación humana.

c)  La venida del Espíritu sobre Jesús corresponde a tres textos proféticos:
Is 11,1ss: «Retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará un vástago, sobre el cual reposará el Espíritu del Señor».
Is 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu para que promueva el derecho en las naciones».
Is 61,1ss: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad» (cf. Lc 4,18).

d) La imagen que se utiliza para referirse al Espíritu es la de una paloma que baja del cielo a posarse sobre Jesús. Esta imagen no aparece en la Escritura para referirse al Espíritu. ¿Qué quiere decir esta imagen? La expresión «como una paloma» denotaba el cariño al nido: el Espíritu encuentra su nido, su hogar, su lugar natural y querido, en Jesús. El amor del Padre tiene nostalgia de su nido, que es Jesús, y baja a establecerse en Él como su morada permanente. 
Por otra parte, al utilizar esta imagen los evangelistas han podido inspirarse en un comentario rabínico al relato de la creación de Génesis 1, que dice que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas como una paloma sobre su nidada. Con esta evocación, el evangelista querría decir que el Espíritu desciende sobre Jesús para hacer una nueva creación, el Hombre Nuevo del que nosotros estamos llamados a ser imagen por el bautismo (Rom 8,29).

3.4: Jesús «ha de bautizar con Espíritu Santo» (v.33).
¿Recuerdas algún pasaje de los evangelios que diga que Jesús bautizara?
Pues sí, el evangelio de Juan lo dice: «Jesús fue con sus discípulos a Judea. Y allí estaba con ellos y bautizaba» (Jn 3,22). Sin embargo, líneas más adelante se corrige diciendo: «aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos» (4,2). Entonces, ¿cómo bautizó Jesús con Espíritu Santo?
Fue Jesús Resucitado el que derramó el Espíritu sobre sus discípulos para hacer de ellos una nueva creación, tal y como nos cuentan los relatos de resurrección y el libro de los Hechos de los Apóstoles. El bautismo en el Espíritu no es un mero signo externo, como el bautismo de Juan, sino un acto por el cual el Espíritu nos transforma en hijos e hijas de Dios, llenos de la Vida abundante que Jesús vino a traer.

3.5: «Éste es el Hijo de Dios» (v.34)
Esta confesión solemne del Bautista cierra el pasaje. La misma confesión cerrará el evangelio en su primera conclusión, esta vez en labios de Juan Evangelista: «Estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).
En las narraciones del bautismo del Señor, en los otros tres evangelistas, es el Padre el que proclama, desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11)

4. ¿Qué dice el pasaje de hoy sobre Juan Bautista?

4.1:: «Yo no lo conocía» (vv.31.33)
Dos veces dice Juan que él no conocía a Jesús. Sabemos, por el evangelio de Lucas, que Juan era pariente de Jesús, pues María e Isabel eran primas. ¿Puede ser que no se hubieran visto a lo largo de su vida y en verdad no se conocieran o Juan habla de otro tipo de conocimiento?
Efectivamente, parece que es así: Juan está hablando de que no conocía la identidad profunda ni la misión de Jesús. Lo supo porque Dios, que lo envió a bautizar con agua, se lo reveló. Nadie puede reconocer a Jesús como Dios y Señor si no le es revelado de lo alto. Por eso la fe hay que pedirla. Es un don, no una imposición ni una conquista personal.

4.2: «He salido a bautizar con agua» (v.31)
El bautismo de Juan no quita el pecado del mundo ni comunica el Espíritu. Es como una figura o preanuncio del que había de venir. Es signo de la buena disposición a recibir el Reino. Pero no transforma. No recrea. No libera.

La liturgia de la Palabra para este domingo nos sitúa frente a la actitud de quienes son enviados por Dios para cumplir una misión. El Siervo de Dios ha de cargar sobre sí las consecuencias de las decisiones equivocadas de las gentes, abriendo la posibilidad de rehacer la vida.

La comunidad en Corinto viciada por tanto mal está llamada a vivir un nuevo estilo de vida, ordenada a la consagración a Dios de todo cuanto dice y hace.

Jesús de Nazaret carga sobre sí los pecados del mundo, orientando a las personas a seguir un estilo de vida de acuerdo a la voluntad de Dios, acompañados de su Palabra que no juzga ni condena sino que orienta para que se puedan tomar decisiones serias.

Dios estuvo atento a las decisiones de su pueblo y, aun en los equívocos mostró su misericordia enviando profetas que comunicaban su voluntad. En Jesucristo se hizo presente la Palabra de Dios, hablando y viviendo la voluntad de Dios, siendo el modelo de vida a la perfección. Hoy esta palabra sigue mostrándonos que vivir nuestra consagración de vida es de sacrificio, ofrenda permanente (Rom 12,1), como la de Jesús cordero inmolado, que entregó su vida por nosotros hasta el extremo. Aprendamos de él a vivir nuestra entrega por el bien de los demás.

El Bautismo del Señor

Domingo: Fiesta del Bautismo del Señor

La liturgia de este domingo nos va a poner ante la presentación «oficial» de Jesús en público. Su aparición ante los hombres y mujeres de su época para dar comienzo a los que tradicionalmente se ha llamado su «ministerio público». Pero, como punto de partida en esta cuestión, como es lógico y normal, lo primero será presentar al «protagonista»: ¿quién es Jesús? El evangelio de hoy nos dará una respuesta clara, una respuesta de fe, a esta pregunta: es el Hijo predilecto de Dios.
La memoria del bautismo de Jesús en el Jordán quiere responder a una serie de interrogantes que se planteó la comunidad primitiva y que se formulan también hoy. ¿Quién es Jesús? ¿En qué se funda la autoridad de su mensaje? Jesús es el siervo de Yahvé (1. lectura) que ha pasado haciendo el bien (2. lectura). El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12).

1. Lectura del Profeta Isaías 42,1-4. 6-7.

Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de «cantos del siervo de Yahveh». Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar «el derecho» a las naciones, que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel. «Siervo» es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el «Status» sociológico de los esclavos. Frecuentemente se llama «siervo» a personas físicas; por ejemplo, a Abraham, a Moisés, a David…, todos ellos son llamados en la Biblia «siervos de Yahveh». También se da este nombre a todo el pueblo de Israel.
Estas primeras palabras tienen el sentido de una designación; es decir, de una elección y de una presentación. Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Esta designación difiere de la designación de los reyes y de la vocación de los profetas. En el caso de los reyes, Dios elige a un caudillo carismático y lo presenta al pueblo para que éste lo acepte y después sigue la proclamación real; en el caso de los profetas, la vocación acontece sin testigos. Dios elige al Siervo porque quiere, porque se complace en él, sin fijarse en las cualidades que tenga y sin justificar ante nadie su elección. Dios elige a su Siervo soberanamente, y lo presenta después a todo el mundo.
La misión del siervo de Yahveh es sentenciar justicia y llevar el derecho a las naciones. El siervo dará una nueva constitución a los pueblos y establecerá un orden nuevo en el que habite la justicia. Se piensa aquí especialmente en la sentencia que ha de resolver el pleito de Yahveh con todas las naciones y que pondrá en claro que Yahveh es el único Dios. La proclamación del nuevo orden no se hará según la costumbre de los reyes orientales que sancionaban las leyes antiguas y establecían otras nuevas tan pronto ascendían al trono, que las hacían pregonar por las calles y las plazas en todas sus ciudades. El Siervo de Yahveh actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo, que, como Ciro, conmueven toda la tierra para establecer el derecho de los más fuertes. Esta sentencia no será ejecutada violentamente contra los débiles, los vencidos y los que estén ya moribundos.
Aunque el Siervo de Yahveh es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia. El será la fortaleza de todos los oprimidos. Como otro Moisés será mediador en la nueva alianza entre Dios y su pueblo. Como «luz de las naciones» llevará a todas partes el conocimiento de Dios. Su misión es universal. Por fin, se subraya el carácter liberador del Siervo de Yahveh.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 28,1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10

 R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, 
el Señor sobre las aguas torrenciales. 
La voz del Señor es potente, 
la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. 
El Señor descorteza las selvas. 
En su templo, un grito unánime: ¡Gloria! 
El Señor se sienta por encima del aguacero, 
El señor se sienta como rey eterno.

3. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: —Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.
Pedro se encuentra en casa de Cornelio, comparte con él la misma mesa y le anuncia el Evangelio. Comprende que no debe distinguir ya entre alimentos puros e impuros, tampoco entre gentiles y judíos. Pero proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios.

Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt, 10, 17; Rm 2, 11; Gal 2, 6) y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt, 28, 18-20; Jn 1, 1ss; Fl 2, 5-11).

Después de esta introducción, Pedro pasa ahora a predicar el Evangelio de Jesucristo. La descripción que se hace aquí de la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo. Jesús es el «ungido», es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.

Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos «salvadores y benefactores» no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: -Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Jesús le contestó: -Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12); en lugar de ello, ve venir hacia él a un hombre confundido entre la multitud. Así, Juan y Jesús representan dos concepciones mesiánicas. La afirmación me parece importante, y conviene documentarla con mayor cuidado. En el capítulo 3 se pueden distinguir tres unidades literarias, determinadas por la repetición de «entonces» (adverbio que Mateo usa con mucha frecuencia para relacionar las diversas escenas de un relato): 3,5.13.15.

En la primera unidad, el Bautista censura enérgicamente la religiosidad demasiado segura de sí, demasiado confiada en su patrimonio nacional, demasiado legalista. Juan invita a esta religiosidad a convertirse en profundidad. ¿Motivo? Va a sonar la hora del juicio, la hora en que el hacha está puesta en la raíz. Es el lenguaje de los profetas.

En la segunda unidad literaria (3,13-15a), al presentarse Jesús al bautismo como uno más de la multitud, desconcierta el proyecto mesiánico del Bautista. No es el juez, sino el siervo del Señor; se diría que más que el juicio le conviene la mansedumbre; aunque mejor podríamos hablar quizá de «solidaridad». El Mesías vive una profunda solidaridad con el pueblo judío; se muestra solidario con el momento penitencial que está llamado a vivir el pueblo, y todo ello por obedecer al plan de Dios.

La tercera unidad literaria (3,15b), brevísima, cuenta que el Bautista se sometió a Jesús. Así pues, ambos mesianismos se encontraron frente a frente, y el del Bautista (no así el de los fariseos y los saduceos) se abrió al proyecto de Jesús, lo aceptó y se sometió a él; un ejemplo de cómo hubiera debido comportarse todo el pueblo judío y, en mayor escala, de cómo debe conducirse cualquiera otra expectativa del hombre.

Ahora podemos entender mejor una afirmación ya expuesta: «cumplir toda justicia» significa someterse al plan de Dios revelado por las sagradas Escrituras, plan de Dios que se revela como proyecto de humildad y de solidaridad. En el gesto de Cristo, que se confunde con la muchedumbre de los pecadores, se contiene ya aquella lógica que le llevará a la cruz, a morir por los pecados del pueblo. No podemos pasar por alto el hecho de que las primeras palabras (3,15) de Jesús sean: «Conviene que se cumpla toda justicia». Estas breves palabras, las primeras de Jesús, definen su actitud profunda; ha venido a cumplir el plan de Dios, y no permite que nada le aparte de él. Su actitud profunda es la sumisión, la obediencia que se expresa como una lógica de humildad y de solidaridad con todo el pueblo pecador.

Mateo subraya luego que estas actitudes de Cristo, que definen la lógica de toda su existencia, suponen ciertamente una ruptura con las expectativas mesiánicas de su tiempo, pero no con el verdadero significado del AT. Ruptura con el judaísmo, pero no con lo que pretendían las Escrituras. La conversión a que son invitados el Bautista y todo el judaísmo es una vuelta a sus propios orígenes. El verdadero judío es el que se hace cristiano. -La Voz Celestial. Obviamente, no podemos reducir todo el significado del bautismo al diálogo que hemos examinado. Hemos de tomar en consideración otros elementos de gran importancia.
Para comprender el significado fundamental de la apertura de los cielos y del descenso del Espíritu, hay que referirse a Isaías 63,19: «¡Oh, si tú abrieses los cielos y bajases; ante tu rostro vacilarían los montes!» Se trata de un versículo que pertenece a un salmo (63,7-64,11), en el cual el que ora pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo, a fin de llevar a cabo un nuevo éxodo y guiar otra vez al pueblo hacia la libertad. Tal es el significado de nuestro episodio; después de un largo silencio por parte de Dios y por parte de su Espíritu, ahora comienza el tiempo esperado, el tiempo de la salvación, en el cual Dios de nuevo se da a los hombres y vuelve a hablar. Mateo modifica, respecto a Marcos y Lucas, las palabras de la voz celestial; la proclamación no está en segunda, sino en tercera persona: «Este es mi hijo amado». No es una revelación dirigida a Jesús, sino una revelación sobre Jesús dirigida a los hombres. Con ello Mateo encuadra el episodio en una perspectiva eclesial, convirtiéndolo en una profesión de fe hoy. Invita a los lectores a reconocer en Jesús al Hijo de Dios.

Lee también:
El bautismo del Señor (C-2010)

La epifanía del Señor

Epifanía en el contexto de la Navidad

(Domingo 2 de enero)

La Epifanía es la solemnidad de la manifestación del Mesías, el Dios hecho niño, a los pueblos gentiles, significados en los personajes venidos de Oriente. Importa mucho no desligar la Epifanía de la Navidad. El misterio en el fondo es el mismo, varía la perspectiva de la amplitud y universalidad de la manifestación. Epifanía es manifestación del Dios-con- nosotros a los pueblos gentiles. Seguir leyendo «La epifanía del Señor»

Santa María Madre de Dios

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

(1 de enero de 2011)

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la “Virgen del camino”, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y “en la hora de nuestra muerte”. Seguir leyendo «Santa María Madre de Dios»

Cuarto domingo de Adviento – Ciclo A

Cuarto domingo de Adviento ciclo A

María y José son la primera pequeña Iglesia, que da a luz al primer hijo del Reino de los cielos. Por eso, en este cuarto domingo de Adviento, cuando casi tocamos ya la Navidad, la liturgia hace que volvamos hacia ellos los ojos, para entender su misterio y protagonismo.

1. Lectura del Profeta Isaías 7,10-14.

En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: -Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo. Respondió Acaz: -No la pido, no quiero tentar al Señor. Entonces dijo Dios: -Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel  (que significa: «Dios-con-nosotros»).

El rey Acaz y el profeta Isaías se hallan frente a frente. Acaz solicita la ayuda a Siria para vencer a sus vecinos enemigos: bajo una falsa religiosidad oculta una absoluta falta de fe en la intervención divina.

Isaías le ofrece un signo: el nacimiento de un niño, encarnación de la benevolencia de Dios, de su presencia salvadora -Enmanuel- Dios con nosotros.

El niño pudo ser históricamente el mismo hijo del rey, próximo a nacer. Pero en el contexto profético designa ya al Mesías. Y con él -como parte integrante del mismo signo- se asocia la madre.

El niño es puro don de Dios, fruto de la fe. Aquella maternidad se entenderá pronto dentro de las maternidades prodigiosas del AT.

Son años difíciles para el pueblo de Dios (735), su independencia política está amenazada desde dentro y desde fuera. Interiormente se la veía como castigo de tantas infidelidades a Dios.

El pueblo de Judá está amenazado, por una parte, por Asiria, y, por otra, los pueblos vecinos, Siria, edomitas y filisteos. La disyuntiva era clara; aliarse con Asiria, o con sus vecinos. Y Acaz, el rey de Judá, había escogido al más poderoso, Asiria, como amigo. Isaías se presenta y aconseja al Rey el tercero y único camino salvador para Judá, una postura no de alianzas políticas ni diplomáticas, sino de fe. Precisamente de lo que carecía el rey Acaz y sus asesores; que tenga fe, que sea providencialista, que confíe única y exclusivamente en el Dios de la Alianza y las Promesas.

El escéptico Acaz debió sonreir ante una respuesta divina para solucionar los problemas humanos. El profeta, indignado, se torna amenazador. «Si no tenéis fe, no subsistiréis». Israel era un pueblo teocrático. El rey era simplemente el representante de Dios. Debía actuar siempre en depedencia de él, debía creer.

No podía Acaz prescindir de Dios en sus decisiones y convertirse en un rey como los demás reyes de la tierra. Si obraba así era como una usurpación divina. Isaías, consciente de la infidelidad del rey y de no haber sido escuchado, se presenta ante la corte demostrando cómo Dios puede hacer lo que desea y cómo deben fiarse de él, que le pidan un «signo» a cualquier nivel, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.

Pero Acaz no está dispuesto a cambiar su política de pacto con Asiria y lleno de hipocresía rechaza el signo. Isaías no aguanta más. Y reprochando su conducta hace este maravilloso anuncio de que la fidelidad y garantía de Dios estará siempre con el pueblo que se fía de él. Cuando, el comenzar nuestra era, una joven doncella llamada María quede embarazada sin concurso de varón y dé a luz un hijo, síntesis de lo humano y lo divino y en cuya vida, muerte y resurrección se den cita cumplidamente todos los anuncios de Isaías en estos capítulos conocidos como al «Libro del Emmanuel» ya nadie podrá negar la proyección mesiánica y salvífica de aquel Emmanuel en pañales de Isaías, cuya madurez nos ha sido revelada en Cristo.


2. SALMO RESPONSORIAL
Salmo 23, 1-2, 3-4ab, 5-6

R./ Va a entrar el Señor:
Él es el Rey de la Gloria


Del Señor es la tierra y cuanto la llena
el orbe y todos sus habitantes:
Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 1,1-7.

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio; prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

«Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol»…: La introducción a la carta a los romanos es la más solemne de las cartas paulinas, quizá por el hecho que no conoce de forma personal a la comunidad. Contiene el eco del anuncio salvífico de los primeros momentos (el kerigma). Pablo se presenta como siervo de Cristo, al estilo de las figuras de la historia de la antigua Alianza y subraya el origen divino de su misión como apóstol. Toda su existencia ha estado marcada por el designio de Dios que le tenía asignado un papel en la historia de la Salvación.

«Nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido según el Espíritu Santo, Hijo de Dios…»: Jesucristo es hijo de David según la descendencia natural (literalmente, según la carne). Así, se enraizan en el pueblo escogido. Pero por la resurrección es Señor. Esta condición suya fruto de la resurrección no indica en absoluto, como podría parecer con una lectura superficial, la adquisición de la filiación divina; sino que indica que ahora por su forma de existencia de Cristo como resucitado, manifiesta con una acción dinámica que su condición de Hijo de Dios da vida a la humanidad.

4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 1,18-24.

La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Todo esto sucedió para que se cumplidse lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo,  y le pondrá por nombre Emmanuel  (que significa: «Dios-con-nosotros»). Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Según el derecho matrimonial judío los esponsales, que siempre se celebraban delante de dos testigos, equivalían ya prácticamente al matrimonio en sentido estricto. Se celebraban de ordinario cuando la novia alcanzaba la edad de doce años. A partir de ese momento la desposada no podía ser abandonada si no recibía, por justa causa, un «libelo de repudio», y si moría su esposo era considerada como una viuda. Después de transcurrir un año desde los esponsales, el esposo tomaba a su esposa y la conducía solemnemente a su propia casa, con lo cual el matrimonio quedaba plenamente formalizado. María concibió a Jesús antes de vivir con José en una misma casa, siendo desposada. Este difícil texto admite dos posibles interpretaciones: a) José era un «varón justo», que aquí significa tanto como cumplidor de la Ley y, a la vez, bondadoso o bueno. Y porque era justo y bueno, se encontraba perplejo en una situación insólita: no entiende que se deba proceder contra María según dispone Moisés que se haga con la mujer adúltera (Dt 22, 20s), pero tampoco ve claro que deba tomarla en su casa como si no ocurriera nada. En consecuencia decide repudiarla en secreto. B) José conocía por su esposa el origen de su maravillosa esperanza, y piensa retirarse respetuosamente ante el misterio. Piensa que, una vez María había sido distinguida por Dios con tan alta vocación, él no debía intervenir en absoluto haciendo valer sus derechos de esposo.

Sea lo que fuere, lo cierto es que la embajada del ángel a José no tiene únicamente el sentido de sacarlo de apuros y devolverle la tranquilidad. Significa también para José una vocación excelsa. Además, José era «legalmente» el padre del niño y a José correspondía entre otras cosas el darle un nombre. En este caso (lo mismo ocurrió en el de Zacarías, el padre del Bautista), José es informado por Dios sobre el nombre que había de llevar el hijo de María. Su nombre será «Jesús», esto es, «Dios-salva». En este nombre va indicada ya la misión que trae Jesús al mundo.

Cualquiera que sea el significado del texto de Isaías en su contexto original, ciertamente Mateo lo refiere aquí a Jesús, el hijo de la Virgen María. Y pone el acento en el nombre de Emmanuel, que recibe Jesús. La vida de Jesús, sus palabras y sus obras, significa para nosotros que Dios está con los hombres y nos salva. De Jesús se predica que Dios estaba con él (Jn 8, 29; Hech 10, 38), y Jesús es para nosotros la presencia de Dios en persona (2 Cor 4, 6; Col 2, 9; Heb 1, 3; Jn 14, 6-9; Mt 11, 4s).

5. Orientación de las lecturas

Si quisiéramos exponer en una palabra la síntesis de la liturgia de la Palabra de este cuarto domingo de adviento podríamos decir: «Emmanuel: que significa Dios con nosotros».

Este domingo es una especie de vigilia litúrgica de la Navidad. En él se anuncia la llegada inminente del Hijo de Dios. Se subraya que este niño que nacerá en Belén es el prometido por las Escrituras y constituye la plena realización de la Alianza entre Dios y los hombres.

La primera lectura expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Acaz desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yavéh. Lo que el profeta propone al rey es una respuesta de fe y de confianza total en la providencia de Dios, verdadero rey de Jerusalén. Isaías le ofrece el signo: «la Virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros».

La tradición cristiana ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María (EV). Así lo interpreta el Evangelio de Mateo cuando considera la concepción virginal y del nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la carta a los romanos. San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Cristo Señor. Nacido según lo humano de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios (2L). Pablo subraya el origen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana como «nacido de la estirpe de David». Verdadero Dios y verdadero hombre.

Tercer domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo tercero de Adviento Ciclo A

El domingo Gaudete

1. Introducción

En este domingo se subraya sobre todo el aspecto de gozosa expectación que tiene el adviento. Para definir el motivo del gozo, uno piensa en aquella frase de san Agustín: «No me buscarías si no me hubieras encontrado ya». Es decir, no esperaríamos con alegría la venida del Señor si no le tuviéramos ya con nosotros.

Por eso, el evangelio del tercer domingo es, cada año, una proclamación de la presencia del Mesías entre los hombres. Este año, de un modo más directo, es el mismo Jesús quien se autoanuncia.

En los textos de este domingo se expresan los motivos de esta gozosa espera, manifestándose en los bienes que trae para los necesitados. Sobre todo el gozoso encuentro con el Señor. Veamos las lecturas y acompañémonos de su comentario.

2. Textos bíblicos y comentarios

a) Lectura del Profeta Isaías 35,1-6a. 11.

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decíd a los cobardes de corazón: sed fuetes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

La manifestación salvadora de Dios, pobremente definida en nuestras lenguas como «gloria», constituye la base para invitar al cosmos y a los hombres a una alegría total. Los exiliados necesitan consuelo, hace años que sufren el cautiverio de Babilonia, y el tiempo ha ahogado su coraje y apagado sus ilusiones. Este capítulo anticipa los grandes temas del llamado «Libro de la Consolación de Israel» (cc. 40-55). La salvación adquiere una fisonomía concreta: «Entonces se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa» (v 5-6).

Nuestro texto tiene como trasfondo el éxodo: Israel ha sido liberado de la esclavitud como lo fueron sus padres y, como ellos, tendrá que atravesar el desierto antes de entrar en la tierra de las promesas. El retorno del pueblo cautivo en Babilonia se transforma en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos. La proximidad inmediata y última del Señor es fuente de alegría.

De esta alegría participa la creación reconciliada. En la visión del profeta Isaías, el cosmos y el hombre forman un todo inseparable. El universo no sólo manifiesta el dolor y la alegría, sino que también los comparte. La comunión del universo con el destino de sus habitantes se expresa con claridad de conceptos y eficacia literaria en Rm 8,19-22: «La creación ve impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios; porque, aun sometida al fracaso esta misma creación abriga una esperanza: que se verá libertada de la esclavitud a la decadencia, para participar en la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que hasta el presente la creación entera sigue lanzando un gemido universal con los dolores de su parto». Los pueblos dejan en su suelo huellas de su destino; el suelo de Palestina llevará durante siglos el sello del drama de Israel. En esta tierra se concreta la continuidad de la historia. En esta tierra reposará la doxa (gloria) del Padre, presentada a los pastores de Belén como la gran alegría para todo el pueblo (Lc 2,10).

b) SALMO RESPONSORIAL Sal 145,7. 8-9a. 9bc-10

Este es un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. El motivo de la auténtica confianza unifica este poema antológico. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza.

Si el salmo se considera como una alabanza, el verso final proclama su señorío universal; si es una lección en forma de oración, el salmo se cierra con un augurio de que Dios ejerza su reinado para que tenga vida plena cuantos confían en El. Formalmente se compone de una alabanza comunitaria, aunque se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

R./ Ven, Señor, a salvarnos.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente;
tu Dios, Sión, de edad en edad.

c) Lectura de la carta del Apóstol Santiago 5,7-10.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

En los primeros tiempos del cristianismo, los primerísimos por mejor decir, existía el convencimiento de que el Señor Jesús había de volver rápidamente para instaurar pública y gloriosamente su Reino, ya comenzado en su primera venida, pero todavía germinalmente en muchos aspectos. Eso es lo que suele llamarse espera de la parusía inminente y que ha sido mencionado en muchos momentos de nuestras exégesis para comprender el contexto en que se mueven.

En la Carta de Santiago, encaminada toda ella a exhortar a conductas éticas, no podía faltar esta motivación. Está en la línea del «vigilad porque no sabéis el día ni la hora». El corto tiempo que nos separa del final definitivo y glorioso, no triste, es una razón para aprovechar el tiempo, a fin de que uno no tenga la impresión de haberlo perdido cuando las cosas ya no tengan remedio.

Lo mismo sirve para soportar las penalidades (vv. 9-10). Total es poco el tiempo en que uno ha de sufrir.

Hoy día -y ya desde la segunda y tercera generación cristiana-, no creemos que el Señor vaya a venir tan a las inmediatas. Al menos de la forma en que ellos imaginaban. ¿Ha perdido entonces esa motivación, su fuerza? La respuesta es que no del todo.

Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone esta perícopa en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues El nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según El.

Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a El. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta.

d) Lectura del santo Evangelio según San Mateo 11,2-11.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí! Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un Profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.

El texto del domingo pasado terminaba con el anuncio-amenaza de Juan a fariseos y saduceos con uno que está al llegar. Literalmente: el que viene, el que llega. Una de las expresiones utilizadas por los judíos para designar al Mesías, el personaje que inauguraría el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos, circunlocución esta última para designar a Dios, ya que los judíos no pronunciaban jamás su nombre por respeto. El texto de hoy comienza con esta misma expresión. ¿Eres tú ese personaje? ¿Estamos ya en el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos? La pregunta la hace el propio Juan. Pero entre la pregunta de hoy y el anuncio del domingo pasado median ocho capítulos en los que Mateo ha ido moldeando dichos y hechos de Jesús.

-Versículos 4-6. La respuesta es del que ha llegado y Mateo la concibe como cita y como recuento. Recuento de los ocho capítulos anteriores. Cita de textos de Isaías que hablan de un futuro maravilloso, del día de Yavé. Se trata en concreto de Is. 29, 18-19 y 35, 5-6. Mejor leer ambos capítulos en su totalidad. Pero la respuesta no es sólo esto. Es también promesa de alegría y de dicha. Dichoso el que no se escandalice por causa mía. La intención del evangelista parece muy clara: nos hallamos en el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos. Pero alberga la sospecha de que esto se lo creen muy pocos. A éstos va dirigidos la bienaventuranza.

-Versículos 7-11. La liturgia ha cortado las palabras de Jesús en el momento tal vez más aclarador de las mismas. En su estado litúrgico se trata de palabras sobre Juan, cuando en realidad no es de Juan de quien Mateo quiere hablar aquí, y ni siquiera de Jesús. Obsérvese como en su respuesta Jesús no habla de él, sino de la situación en torno a él. Mateo quiere hablar del Reino de los cielos que ya ha llegado. Juan es la recta final que precede a la meta, su precursor, su heraldo, ascético, duro, recio, admirable. Pero no es la meta. Esta la constituye el Reino de los cielos. Este Reino es lo central, lo verdaderamente importante. Su presencia lo eclipsa todo.

Comentario. El interés absorbente de la mayor parte de los comentaristas ha enfocado la problemática de este texto hacia las disposiciones psicológico-religiosas por las que el bautista prisionero se decidió a enviar su embajada. Estado de duda, de impaciencia, estrategia pedagógica para fomentar y favorecer la fe en Jesús. Todo esto puede tener su razón de ser a nivel de pre-texto, pero en absoluto la tiene a nivel de texto. El centro de interés del texto, ya lo hemos visto, no es Juan. El centro es la utopía. Sí, eso que todos anhelamos y que todos andamos buscando. Eso mismo de lo que nadie tenemos la osadía de decir que exista y de lo que, a lo sumo y con mucho escepticismo, decimos que puede que a lo mejor alguna vez exista.

Un visionario judío llamado Isaías dijo una vez lo siguiente: En aquel día oirán los sordos las palabras del libro y, libres de las tinieblas y la oscuridad, los ojos de los ciegos verán. Así imaginaba él lo que nosotros denominamos utopía y que él denominaba día de Yavé. Siglos más tarde, un judío llamado Mateo cayó en la cuenta de que esto era precisamente lo que había sucedido en torno a Jesús. Es entonces cuando tiene la osadía de escribir lo que hoy hemos leído y escuchado. Que no es otra cosa que lo siguiente: el Reino de los cielos existe ya. Dichoso el que crea y acepte esto de corazón. Es el mayor acontecimiento y la mayor grandeza que pueda darse.

Segundo domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo segundo de Adviento ciclo A

1. Introducción:

En el domingo pasado la palabra de Dios nos iluminó sobre la última venida de Cristo, con un mensaje esperanzador, el estar atentos a los signos de su venida. Ahora en el segundo domingo nos ofrece una presentación del rostro de Dios, ¿cómo encontrarle en la comunidad? Solo será posible descubrirle en los rasgos de la bondad y la misericordia.

2. Lecturas y comentarios

2.1. Lectura del Profeta Isaías 11,1-10.

En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Después de haber sido rechazado el rey Acaz por su falta de fe y después de haber amenazado el profeta con la ruptura de la dinastía davídica, le es comunicada la visión sobre el nuevo intermediario fiel a la alianza. Con él aparecerá una nueva situación en la que se podrá decir realmente que «Dios-es-con-nosotros». A medida que avanza el tiempo se afianza la predicción de un juicio sobre la casa de David. Cuando «la espesura del bosque» sea cortada a hierro (10,34), caerá también bajo el golpe el árbol poderoso de la casa de David. En él descansará el espíritu de Yahvé con mayor plenitud, tres veces más, que en otro tiempo sobre David (1 Sm 16,13: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió a la vista de sus hermanos, y en aquel momento invadió a David el espíritu de Yahvé»). La fuerza del ungido no reside en un carisma como hasta entonces había sido en Israel, sino en un gran número de carismas. Gracias al espíritu, el nuevo mediador aparece revestido de todas las virtudes de gobernante, capaz de gobernar al pueblo con justicia. Puede parecer modesta esta esperanza en el cuadro del Ungido del Señor. Pero éste era un factor esencial de los tiempos antiguos. Un representante de Yahvé tenía que defender ante todo el derecho de los débiles, tenía que hacer triunfar el dominio de Dios sobre la tierra.

La venida del nuevo ungido significa la inauguración de una era de paz para toda la creación. Una paz que no es simplemente bienestar, sino también justicia y fruto de la justicia. Correlativamente, el pecado, negación de la justicia, se ve como un elemento que perturba el equilibrio al introducir un estado de violencia con Dios, con los hombres y con el cosmos. La catequesis bíblica no predica una paz utópica; exige modificaciones fundamentales que se pueden llevar a término cuando hay espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de temor de Dios. Este no es un programa abstracto para los cristianos porque Jesús es el camino de la paz, mejor, él «es nuestra paz» (Ef 2,14), y porque está al servicio de la conciliación de todos los hombres. Tenemos que seguirlo aun en la incertidumbre tras el Gólgota.

Acerquémonos ahora a la oración. La palabra nos ilumina sobre los dones que Dios da para los que gobiernan, se hace necesaria la oración por quienes están al frente de las instituciones, la Iglesia y la familia. Meditemos sobre los que expresa el salmo responsorial.

JUSTICIA PARA LOS OPRIMIDOS

La oración de Israel por su rey era una oración por la justicia, por el juicio imparcial y por la defensa de los oprimidos. Mi oración por el gobierno de mi país y por los gobiernos de todo el mundo es también una oración por la justicia, la igualdad y la liberación.

«Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes: para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. Que los montes traigan paz, y los collados justicia. Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador».

Rezo, y quiero trabajar con toda mi alma, por estructuras justas, por la conciencia social, por el sentir humano entre hombre y hombre y, en consecuencia, entre grupo y grupo, entre clase y clase, entre nación y nación. Pido que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy.

Al rezar por los demás, rezo por mí mismo, es decir, despierto y traduzco a mi situación lo que he pedido para los demás en la oración. Yo no soy rey, los destinos de las naciones no dependen de mis labios y no los puedo cambiar con una orden o con una firma. Pero soy hombre, soy miembro de la sociedad, soy célula en el cuerpo de la raza humana, y las vibraciones de mi pensar y de mi sentir recorren los nervios que activan el cuerpo entero para que entienda y actúe y lleve la redención al mundo. Para mí pido y deseo sentir tan al vivo la necesidad de reforma que mis pensamientos y mis palabras y el fuego de mi mirada y el eco de mis pisadas despierte en otros el mismo celo y la misma urgencia para borrar la desigualdad e implantar la justicia. Es tarea de todos, y por eso mismo tarea mía que he de comunicar a los demás con mi propia convicción y entusiasmo, para lograr entre todos lo que todos deseamos.

2. 2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 71,2. 7-8. 12-13. 17

R./ Que en sus días florezca la justicia
y la paz abunde eternamente.

Para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Porque él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres.

Que su nombre sea eterno
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

2. 3.Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 15,4-9.

Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

El cristiano es el hombre liberado por Cristo. Es el hombre libre. Por eso su libertad, más que conquista, es don. Dirigiéndose a los romanos, Pablo dice que su libertad es su privilegio, su bien (14,16), un privilegio de los hombres fuertes en la fe frente a quienes se sienten ligados por prescripciones que ya no tienen vigencia, como la prohibición de comer carnes sacrificadas a los ídolos.

Como todos los dones y carismas del cristiano, la fortaleza no se concede únicamente para la salvación personal. Mejor, se concede para salvarse como miembro, es decir, para salvar a todo el cuerpo, para edificar la Iglesia (v 2).

Pero si la libertad cristiana de los firmes en la fe no es actuar como quiere el Señor, de acuerdo con su palabra-ley, ¿de qué me sirve la libertad? Puede ser que el Señor te haya dado tal privilegiada sensación, viene a decir Pablo, no para usarla sino para «edificar» al hermano, para construir la comunidad, «para bien de él y de la Iglesia» (v 2). Actuar con libertad es obrar como queremos en el Señor. Pero Cristo no buscó lo que quería. Así lo prueban los ultrajes de la pasión, dice Pablo citando el Sal 69,10. En la actitud de Cristo encuentra Pablo la articulación del problema eterno: libertad de los fuertes-escándalo de los débiles en la fe. Si en el ejercicio de la libertad cristiana buscamos nuestra satisfacción espiritual -aunque hablemos pomposamente de «realización personal», no imitamos a Cristo, el cual conquistó nuestra libertad con los ultrajes de la pasión, de los que pide ser liberado.

Por eso Pablo continúa describiendo la obra de la redención como un servicio, servicio hecho precisamente en favor de los hermanos, de los judeocristianos, que ahora son los débiles en la fe. Cristo, siervo del pueblo judío, ha libertado a los judíos, y con ellos, subraya el autor, a vosotros, a los paganos (vv 7-8). La libertad, si es cristiana, debe ser como la de Cristo, no debe estar al servicio del propio placer o deseo, sino al servicio de los otros, cuando así lo exige su fe. Que el carisma de nuestra libertad esté al servicio de los otros no implica ponerse a merced del capricho de unos eternos niños en la fe, sino contribuir constantemente a su crecimiento en la fe.

Únicamente en este servicio podemos estar orgullosos de la audacia y de la gloria de la libertad cristiana.

2. 4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos. Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: -Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

Juan el Bautista es una figura señera que marca la espiritualidad del tiempo de Adviento. Su importancia no viene dada sólo por el hecho de ser el último y «el mayor de los profetas», sino, sobre todo, porque él es el profeta de la inminencia, el que anuncia la presencia del Señor: por este motivo Juan escapa de los tiempos antiguos y se inserta destacadamente en el NT. Los tres sinópticos coinciden en reservar una parte importante de su narración a la descripción del ministerio de Juan el Bautista.

Concretamente, el evangelio de san Mateo, hoy, hace intencionadamente hincapié en que la aparición del Bautista representa el cumplimiento de las profecías recordando Is 40, 3, en que la expresión «camino a Yavhé» queda sustituida por «camino al Señor»: Jesús es la manifestación suprema de Dios entre los hombres. Nos encontramos, pues, dentro de una época nueva: la expresión inicial «por aquel tiempo» es cronológicamente poco concreta, pero suficientemente para enterarnos de que la narración evangélica no se coloca en la línea de las teorías, sino dentro de la temporalidad de los hechos de la historia. No es el hombre el que interpreta unos hechos, sino que son los hechos los que revelan el sentido de la historia que ahora empieza a narrar el evangelista.

Notemos el poder de convocatoria que tiene la predicación de Juan. Más allá de todo partidismo, los evangelistas ven y destacan el universalismo de su palabra. En torno a su persona comienza a formarse el nuevo pueblo mesiánico del cual surgirá Jesús. El contenido de la predicación, centrado especialmente en las palabras dirigidas contra los fariseos y saduceos, muestra una vez más que una realidad nueva empieza: no es suficiente la religión formalista, ni la pureza del linaje; el tiempo nuevo se debe caracterizar por una conversión fáctica, nacida del fondo del corazón del hombre. El tiempo de la «fidelidad de Dios» exige asimismo la fidelidad del hombre.

Mateo deja claro que, a pesar de la importancia de Juan, él queda sujeto y subordinado a la persona de Jesús. Sólo él es portador del Espíritu de Dios y del juicio definitivo sobre la vida de los hombres y de los pueblos.

Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXXII del tiempo ordinario ciclo C

1. Introducción
El fiel sabe que Dios ama la vida hasta el punto de haberla hecho el don de una existencia que no termina nunca. Recordémoslo siempre: la vida eterna es una continuidad del existir en la fe.
El cristiano dispone de una certeza: Dios ha resucitado a su Hijo Jesús. Este, luchador entregado a la verdad, a la justicia y al amor, triunfa del dominio de la muerte. Todo aquél que se une a este combate de Jesús, por la fe, participará de su victoria. Aquí se abre la perspectiva de la esperanza. La fe en la resurrección es la fuente de la valentía y de la capacidad de mantener la firmeza hasta la muerte si es necesario. Puesto que se cree en la resurrección, las tareas del mundo encuentran un nuevo sentido, son trabajo por el Reino, abonan la tierra para construirlo.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2. 9-14.
En aquellos días arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo prohibida por la ley. El mayor de ellos habló en nombre de los demás: -¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: -Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente. -De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba a la muerte, dijo: -Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.

-El contexto histórico.
Contra las intenciones de los griegos seléucidas de «obligar a los judíos a abandonar las costumbres tradicionales y a no gobernarse por la Ley del Señor» (6, 1ss) surge la sublevación judía iniciada por Judas-Macabeo, el año 167 a. de Cristo. De esta sublevación nos hablan los libros de los Macabeos. No se trata de un relato histórico en sentido moderno; sus personajes son más prototipos a imitar que seres individuales. Así, por ejemplo, se dice de Eleazar: «Así terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes sino a toda la nación un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud» (6, 3).

-El texto.
El autor nos presenta un nuevo caso a imitar, el ejemplo de estos siete jóvenes y su madre que siguen la conducta del venerable anciano (6, 18-31) y que padecerían martirio por ser fieles a la Ley del Señor (cap. 7). El relato nos resulta familiar desde la infancia.
Más que detenernos en discutir si su conducta fue fidelidad a Dios o cerrazón mental nos interesa resaltar los contrastes que aparecen entre «vida presente» y «vida futura», «morir» y «resucitar». La fe en la resurrección alimenta la lucha de estos hermanos, despreciando las amenazas y los tormentos del tirano. Según la enseñanza de sus discursos, el que nos dio el don de la existencia nos dará también el don de la vida tras la muerte (v. 11): «os devolveré el aliento y la vida si ahora os sacrificáis por su ley» (v. 2). Premio de la gran misericordia divina (vs. 21. 29) es esa vida que ya han comenzado a disfrutar estos hermanos, ya muertos (v. 36). Esta madre que se dirige a sus hijos es símbolo de Sión (Is 49. 54. 60. 62.), también madre de siete hijos (Jr 15. 9), que les exhorta a permanecer unidos como pueblo siendo fieles al Señor, con la esperanza de la resurrección. Y la nueva Sión para nosotros los cristianos es la Iglesia (cf.Alonso Schökel, `Los Macabeos`, Ed. Cristiandad).

2.2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 16,1. 5-6. 8b y 15

 R/. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.
Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío,
inclina el oído y escucha mis palabras.
A la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2,15-3,5.
Hermanos: Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

El espíritu del creyente, como el de cualquier hombre, es débil e influenciable. La paz y la visión realista de sí mismo y de la propia tarea en la vida no se establecen de manera imperturbable, sino que siempre están sujetas al peligro de ser alteradas por factores diversos. Uno de ellos es la palabra. En este sentido, las «teorías» no son inofensivas, sino todo lo contrario.
La palabra dirigida a un hombre siempre deja en él una huella, superficial o profunda. Por eso, el creyente tiene que tener claridad de criterio y agudo sentido crítico para saber discernir lo que le conviene de entre todo lo que oye. De hecho, ya tiene en sí mismo el criterio. Pablo alude a él muy claramente en el texto que leemos hoy. El fiel debe rechazar toda palabra que le haga perder la sensatez, que le quite la paz, que le provoque temor (v 2), que tienda a oscurecer la luminosidad del destino de su vida, conocido mediante el anuncio del evangelio (14). A la vez, el Apóstol sugiere a los tesalonicenses y a todos los creyentes que consideren por qué razones o motivos han acogido el evangelio y dónde reside la fuerza de éste para sus vidas, diciéndoles que es para los hombres «una consolación indefectible y una magnífica esperanza» que los anima interiormente y los afianza en todo bien de palabra y por obra (16s). De este modo, la tarea del cristiano consiste en descubrir el bien y hacerlo. Se entiende, pues, que toda palabra o doctrina que tienda a desviarlo del cumplimiento de esta vocación suya se le revelará, por este solo hecho, como perniciosa. Es mala la doctrina que hace mal al hombre. Por otra parte, la decisión de llevar una vida cristiana en la búsqueda y práctica del bien no está tampoco condicionada por la oscuridad de ciertos párrafos extraños y sorprendentes, como una parte del texto de hoy, que a veces encontramos en la Escritura. Por lo que respecta al presente texto de la segunda carta a los Tesalonicenses, la inteligencia podría quedar satisfecha viendo que el Señor Jesús, anunciado en el evangelio, tiene ya de antemano ganada la batalla contra el mal (8). Guiándose por un sano realismo y en beneficio de su paz y serenidad, el creyente debe saber dejar a Dios que haga la obra que sólo él puede hacer. Para llevar adelante su obra de creyente, le basta saberse escogido para la santificación, amado por Dios y llamado a alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 20,27-38
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección [y le preguntaron: Maestro Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.» Pues bien había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, v así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.] Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

-El texto
Se sitúa ya en el final del camino, en la ciudad santa de Jerusalén. Aquí tenía su enclave principal la corriente saducea, formada por la aristocracia laica y sacerdotal. Hombres realistas y pragmáticos, los saduceos se mostraban especialmente receptivos a la cultura helenístico- romana. Doctrinalmente conservadores, su fuente de inspiración y de religiosidad era la Torá, cuyos cinco libros eran los únicos a los que otorgaban validez. De uno de ellos, de Deuteronomio 25, 5, toman la cita que les sirve de base para argumentar en contra de la resurrección de los muertos. Una tal resurrección, argumentan, plantearía problemas matrimoniales en el más allá.
La respuesta de Jesús reproduce el punto de vista fariseo en este tema. De hecho, al final de las palabras de Jesús, Lucas recoge la intervención aprobatoria de unos fariseos: Bien dicho, Maestro (Lc. 20, 39). El punto de vista fariseo que Jesús hace suyo habla de una condición humana diferente en el más allá, condición caracterizada por la incapacidad de morir y que, consiguientemente, hará innecesaria la procreación de nuevos seres que reemplacen a los desaparecidos. Se responde así a la dificultad de problemas matrimoniales aducida, tal vez irónicamente, por los saduceos. Por último, en los vs. 37-38 se aborda el tema central, afirmando explícitamente la resurrección de los muertos. La argumentación es típicamente judía: aducir un texto de la Escritura, en este caso Éxodo 3, 6, y extraer de él una consecuencia: Dios no podría llamarse el Dios de los patriarcas, si éstos no siguieran viviendo.

-Comentario
En el texto de hoy no se trata ya del caminar cristiano, sino de la meta de ese caminar, del mas allá de la actual condición humana. Dos son las afirmaciones que hace el texto. Primera: el más allá de la actual condición humana es una nueva condición, a la que no son extrapolables los datos y la experiencia de una continuidad personal: aquí y allá es la misma persona la que vive, realmente y no imaginativamente. Esta realidad personal es lo que se quiere indicar cuando se habla de la resurrección física de los muertos. Segunda afirmación del texto: la garantía de esa realidad personal es la realidad de Dios, vida sin mezcla de muerte. Desde el momento que la futura condición humana tiene su base y fundamento en la realidad de un Dios que no es empíricamente controlable ni demostrable, desde ese mismo momento tampoco lo es la realidad de nuestra futura condición. Por eso alguien con vista miope de realista y pragmático puede perfectamente negarla. Pero la miopía nunca es la perfección en vista.
El caminante cristiano sabe de su futura condición. Su caminar es pletórico, debido, entre otras cosas, a la certeza del sentido del camino. Lo que pasa es que hay certezas que sólo son tales desde una sensibilidad y un talante determinados, en este caso desde la sensibilidad y el talante nacidos de la sintonía y de la familiaridad con Dios, vida sin mezcla de muerte.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXX del tiempo ordinario

La Iglesia nos presenta esta celebración en el marco de la Jornada mundial y de colecta por la evangelización de los pueblos. Es lo que tradicionalmente llamamos el día del DOMUND. El Domingo mundial de las Misiones es decir, hoy es el día en que toda la Iglesia universal reza por la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con ellos en su labor, especialmente entre los más pobres y necesitados.

1. Textos y comentarios:

1. 1. Lectura del libro del Eclesiástico 35,15b-17. 20-22a.

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Este fragmento del libro del Eclesiástico se halla en un contexto que habla del culto y su relación con la vida. Siempre es una tentación del creyente pensar que Dios escucha más si el culto es más esplendoroso. El autor recuerda unas verdades que están en el origen de la fe judaica, son la experiencia del Éxodo: Dios escucha el grito de los oprimidos y se pone a su lado para defenderlos.

Como dice el Deuteronomio (10, 17), con una formulación solemne, el Dios único que está por encima de todo no hace acepción de personas, no se deja seducir por los regalos. Si lo hiciera, es evidente que lo tendrían mejor parado los ricos y los poderosos. Pero, al contrario, Dios escucha a los oprimidos, a los huérfanos y a las viudas, que son el "modelo" del pobre afligido que no tiene quien le defienda.

A Dios le llega el grito de auxilio de los justos (de los que se mantienen fieles a la alianza) y de los afligidos. Su grito "atraviesa las nubes", es decir, llega hasta el mismo Dios, sin intermediarios.

La esperanza del pobre desvalido está puesta totalmente en el Altísimo, en aquel que puede intervenir en favor suyo. Cuando Jesús anuncia el Reino de Dios con palabras y signos, está haciendo presente la intervención del Dios que ha escuchado las súplicas de los oprimidos y los gritos de los pobres.

El Salmo expresa la confianza en este Dios que escucha y se hace cercano a los que actúan según su voluntad y a los que se hallan desamparados por los hombres.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 33,2-3. 17-18. 19 y 23

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca,
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.

3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4,6-8.16-18.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí ante el tribunal, todos me abandonaron y nadie me asistió. -Que Dios los perdone-. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

Pablo es ya un anciano que está en la cárcel y espera la sentencia de muerte. No se hace ilusiones humanas, pero mantiene viva la esperanza en el Señor, que es un juez justo. Como todo hombre, teme la muerte; como creyente, la afronta con serenidad y la acepta como un sacrificio que ha de hacer a Dios y un retorno a la casa del Padre.

Pablo se acuerda de su vida, como un atleta que piensa en los incidentes de su carrera. Está contento porque ha sabido mantener encendida la antorcha de la fe hasta llegar a la meta, porque ha sabido luchar por esa fe y su combate ha sido bueno. Ahora confía recibir la corona merecida, la que el Señor tiene preparada para cuantos aman su venida al fin de los tiempos.

Las palabras de Pablo pueden parecer, a un lector superficial, muy semejantes a las del fariseo que se vanagloría de sus propias obras delante de Dios. Pero el tono es muy diferente, también la expresión: Pablo agradece al Señor la ayuda recibida para cumplir su misión en el mundo (v.17); además concluye su discurso dando toda la gloria al Señor (v.18). Ninguna de esas cosas hace el fariseo en su oración.

Esta "primera defensa" puede referirse a la primera cautividad de Pablo en Roma, en cuyo proceso, no obstante haber sido abandonado por todos, fue absuelto. Y después de conseguir la libertad, continuó su misión evangelizadora y llegó hasta los confines de la tierra prometida, hasta España (cf. Rom 15,24 y 28). Según otros comentaristas, puede tratarse también de la primera defensa en la segunda cautividad. Pablo perdona a los que le dejaron solo en el peligro ante los tribunales. Y no espera ya otra liberación que la definitiva. El Señor, que nunca le ha abandonado, le librará y le acogerá en su reino.

4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18,9-14.

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás: -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

En continuidad con la temática del domingo pasado, Lucas añade una parábola sobre la oración de un fariseo y de un recaudador. También en esta ocasión el centro de interés viene señalado al comienzo: la parábola va dirigida a los que, teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás.

Suprimiendo toda referencia personal concreta, Lucas abre expresamente el texto a todas las épocas y a todas las personas con conciencia de justas.

-Subir al templo a orar. El templo de Jerusalén estaba ubicado en un alto. Se podía orar a cualquier hora del día en los diferentes patios de que constaba el templo. Las nueve de la mañana y las tres de la tarde eran las horas de la oración pública. La postura para orar era de pie. Así, en efecto, lo hacen los dos personajes de la parábola, aunque la traducción litúrgica no lo ha recogido adecuadamente. El erguido del que en ella se habla a propósito del fariseo es exagerado.

La parábola contrapone dos figuras representativas del judaísmo de la época. El fariseo representa al judío observante, el recaudador, al judío pecador. En la historia que Jesús cuenta, cada uno de ellos ora desde su propio experiencia de vida: el fariseo, desde su justicia; el recaudador, desde su pecado. Lo que cada uno de ellos dice de sí mismo es verdad. Tal vez por eso lo verdaderamente significativo en la historia sea sólo el siguiente aspecto: el fariseo se compara con los demás; el recaudador ahonda en sí mismo. La parábola empalma así con el centro de interés señalado al comienzo del texto.El comentario de Jesús a la parábola remite también a ese comienzo, pero invirtiendo las situaciones: tenerse por justo no siempre coincide con serlo a los ojos de Dios.

Comentario. El trazado del camino cristiano de Lucas aparece una vez más afectando a áreas profundas de la estructura de la persona, tales como la autocomplacencia en las propias prestaciones, los derechos adquiridos en razón de las mismas y la tendencia a verse y entenderse uno a sí mismo en comparación con los demás. La parábola y el posterior comentario de Jesús los entiende Lucas como una invitación a revisar esas áreas, a las que tampoco escapa la personalidad religiosa, por más que ésta se revista a menudo de simpatía y de humildad. Vemos una vez más que la dificultad verdadera del camino cristiano consiste en cuestionar las estructuras mismas de la persona y sus bases de comportamiento. Por eso se explica que el cristiano sea una persona diferente.

En la conciencia cristiana existe una imagen distorsionada de los fariseos; de ellos conocemos poco y mal. Olvidamos, por ejemplo, que el texto de hoy no sirve para formarse una imagen del fariseísmo, porque se trata de una parábola, es decir, de un texto de choque y de trazos intencionadamente exagerados y caricaturescos. La parábola, sin embargo, presupone en sí misma mucha valentía al no proponer como modelo de oración a personas socialmente aceptadas por su piedad y sí, en cambio, hacerlo con personas tildadas de pecadoras. De paso que Lucas concede preeminencia una vez más a los socialmente marginados, consigue relativizar el valor de las apariencias.

Nos encontramos ante un "test" de vida cristiana. Actual y de todos los tiempos: esto es la parábola del fariseo y del publicano.

Jesús la pronunció por algunos que se creían buenos, que estaban seguros de sí mismos y que despreciaban a los demás. Tres características presentes hoy en la vida de muchos cristianos.

El fariseo de entonces y de todos los tiempos tiene una base doctrinal para su actuación. Él piensa: "en la medida en que cumpla la ley de Dios, en esa medida Dios me premiará y me salvará". La salvación para él no depende tanto de Dios cuanto de sí mismo, de su propia fidelidad, de su propia vida. Esto hace que para el fariseo la ley sea fuente de derechos ante Dios. Para él las obras buenas hacen al hombre bueno y merecedor, por derecho propio, de la propia salvación. Como consecuencia inmediata lo principal para el fariseo es la fidelidad a la ley y en el cumplimiento fiel de todos sus detalles fundamenta la confianza en sí mismo, otra de sus características, y de esta confianza se deriva la seguridad. Se creen "los buenos", los cumplidores, los religiosos, los perfectos. De aquí a despreciar a todos cuantos no cumplan la ley no hay más que un paso que no tardan en dar.

Este fariseísmo está hoy presente en nuestro mundo cristiano tanto a nivel individual, lo cual es grave, como a nivel comunitario, lo que es infinitamente peor.

A nivel individual debemos confesar que hemos educado muchas veces en fariseo a nuestros cristianos. Les hemos dado las leyes como norma fundamental de sus vidas. Como consecuencia tenemos unos cristianos cuya preocupación principal es el cumplimiento de lo mandado, cristianos que, porque han cumplido a la perfección la letra del precepto, ya están tranquilos, ya se sienten con derechos ante Dios, ya están seguros de sí mismos. Cristianos que piensan que sus obras buenas son como ingresos en una caja de ahorros celestial que podrán exhibir ante Dios para reclamar capital e intereses. Cristianos que, juzgando como pecadores a quienes no cumplen las leyes, con la minuciosidad con que ellos lo hacen, si no llegan a despreciarlos, al menos los compadecen y, comparándose con ellos, se creen en el fondo mejores… y hasta agradecen a Dios el serlo.

A nivel comunitario se da también el fariseísmo en la Iglesia de nuestros días. Fariseos son no pocos grupos cristianos, de carácter conservador o de carácter progresista, que se creen, como grupo, los buenos, los cumplidores, los fieles, grupos que, menospreciando a los otros los juzgan equivocados, dignos de conmiseración y sin espacio apenas en la comunidad de hermanos.

¡Ah!, eso sí: unos y otros piden por la conversión de quienes no piensan como ellos. ¿Dónde radica el mal del fariseísmo? En su propia visión de Dios a quien ven como un comerciante que vende cielo a cambio de obras; en su visión de Jesucristo y de su salvación, a la que no ven como una novedad gratuita, como justificación por amor sin pedir nada a cambio, sino solo fe. El fariseo no entiende la Redención.