Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XIV

Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra. El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos, su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no solo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad: la pobreza, el desinterés, la renuncia, que más que virtudes son signos de la disponibilidad hacia el don de la salvación que Dios ofrece a todos y que debemos traspasar a los demás.

1. Oración inicial:

Señor Jesús, habías elegido a unos discípulos para que fueran en tu Nombre llevando la Buena Nueva, confiando plenamente en ti, esperando todo de ti, sabiendo que eras Tú el que los enviabas; al reflexionar esta Palabra, te pedimos Señor, que nos ayudes a tomar conciencia de lo que implica vivir nuestra fe en ti y así danos la gracia de corresponder a todo lo que nos pides, para que Tú puedas hacer tu obra en y por nosotros, así como lo hiciste con los primeros discípulos. Amén. Seguir leyendo «Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo C»

Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XIII

En el tercer evangelio, el de Lucas, la vida de Jesús se expresa, a partir de ahora, como subida a Jerusalén, es decir, como camino hacia la cruz. En cambio la vida del discípulo se llamará “seguimiento”. Esta es la vocación cristiana: llamada al seguimiento de Cristo por el camino de la abnegación, pero sabiendo que al final de la ruta se encuentra la resurrección y la vida con Él.

El seguimiento de Cristo aunque conlleva ruptura total con el viejo modo de vivir, es vocación a la libertad. El discípulo de Cristo no tiene más límites a su libertad que los que señalan al Espíritu, el amor y el servicio fraterno irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y la vida sin religión. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Si los guía el Espíritu no están bajo el dominio de la ley”, nos dirá San Pablo.

1. Oración inicial:

Tú que iniciabas tu camino hacia Jerusalén, donde ibas a mostrarnos el límite de tu amor y así nos has aprovechado para que tus discípulos y nosotros aprendiéramos de ti tu manera de ser y de actuar, tu disponibilidad y tu entrega total, por eso, te pedimos, que al reflexionar estos llamados, tengamos de ti, la gracia de seguirte incondicionalmente, viviendo con alegría nuestra entrega, asumiendo tu estilo de vida, aun sabiendo que no tenías ni un lugar donde reclinar tu cabeza. Ayúdanos a vivir lo que nos pides, y a imitar tu entrega y tu disponibilidad. Amén. Seguir leyendo «Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C»

Domingo XII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XII

En el Evangelio de este domingo, el Señor pregunta a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9, 20). A esta pregunta el apóstol Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo de Dios, el Mesías de Dios» (cf. ib.), superando así todas las opiniones terrenas que consideraban a Jesús como uno de los profetas. Según san Ambrosio, con esta
profesión de fe, Pedro «abrazó todas las cosas juntas, porque expresó la naturaleza y
el nombre» del Mesías (Exp. in Lucam VI, 93: CCL14, 207). Y Jesús, ante esta profesión de fe renueva a Pedro y a los demás discípulos la invitación a seguirlo por el camino arduo del amor hasta la cruz. También a nosotros, que podemos conocer al Señor mediante la fe en su Palabra y en los sacramentos, Jesús nos propone que lo sigamos cada día y también a nosotros nos recuerda que para ser sus discípulos es necesario adueñarse del poder de su cruz, vértice de nuestros bienes y corona de nuestra esperanza.

Benedicto XVI

Oración:
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XI

El cristianismo es este amor por Jesús, la fe que salva es apertura a la salvación traída por Jesús. La conversión más profunda es, por consiguiente, el simple hecho de reconocerse necesitado del perdón. La mujer aparece como un espejo no sólo para Simón, sino también para todos nosotros cada vez que sentimos dificultades para inclinarnos a los pies de Jesús: sólo quien se hace pequeño y se echa por tierra puede tocar los pies del mensajero que lleva el alegre anuncio de la salvación y de la paz.(Pedro Sergio Antonio Donoso Brant)

Primera Lectura: 2 Sam 12,7-10.13

El Señor perdona tu pecado. No morirás.

EN aquellos días, Natán dijo a David:
«Así dice el Señor, Dios de Israel:
“Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl. Te entregué la casa de tu señor, puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco, te añadiré mucho más.
¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después de haberlo matado por la espada de los amonitas. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás».

El rey y el profeta. El rey de Israel y el profeta del señor. El rey, cetro victorioso de Dios. y el profeta, voz del Altísimo. Los dos hacen remontar su oficio al Señor. David y Natán. La Voz de Dios acusa al rey. David, el ungido, ha pecado. Y ha pecado gravemente; ha vertido sangre inocente, ha cometido adulterio. Y Dios se lo recrimina por boca de Natán. El pecado merecía la muerte. el profeta se lo recuerda. En esta escena ambos personajes se muestran grandes: David por reconocerlo, -¡un rey!- y Natán por acusarlo -¡un súbdito!-

A David le había resultado fácil cometer el crimen. ¿Quién podía impedírselo? ¿Quién se lo iba a recriminar? Rey afortunado, señor absoluto, podía actuar a sus anchas. Y en esta ocasión lo hizo así. Pero Dios salió al paso de aquella felonía. Pudo engañar a los hombres, pero no a Dios. Pudo salvar las apariencias ante los hombres, no así ante Dios. La conducta de David irritó a su Señor. El crimen, una vez cometido, vuelve sobre su cabeza. El mal que salió de sus entrañas, vuelve al lugar de origen. Su corazón dio rienda suelta a deseos desordenados, éstos vuelven ahora cargados de muerte. La espada no se apartará de su familia, y el adulterio vergonzoso, a escondidas, tomará cuerpo en sus propios familiares a la luz del día. La maldad vuelve a su dueño. Pero no lo mata. David lo recoge como merecido fruto. Dios perdona. Dios olvida. Dios le devuelve la amistad.

He pecado contra el Señor. Es la gran frase, la gran confesión. El reconocimiento de la propia culpabilidad hace a David Grande. La grandeza del hombre que reconoce su debilidad. David será, a pesar de su pecado, mediante su arrepentimiento, el gran rey de Israel. La gran verdad subyacente: ¡Dios perdona! ¡Dios es justo! Es un Dios admirable: no deja impune el crimen y perdona. Así el gran dios de Israel.

Salmo Responsorial: Sal 31

R/.   Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
        V/.   Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
y en cuyo espíritu no hay engaño.   R/.
        V/.   Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
                y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.   R/.
        V/.   Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.   R/.
V/.   Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.   R/.

Salmo de acción de gracias. Un canto a la misericordia de Dios que perdona. Gozo de sentirse perdonado. La confesión sincera de los pecados arranca de Dios el perdón infaliblemente. Es una de las grandes enseñanzas del salmo. De ahí también la alabanza. ¡Dichoso quien alcanza el perdón!

Segunda Lectura: Ga 2,16.19-21

No soy yo, es Cristo quien vive en mi.

HERMANOS:
Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley.
Pues por las obras de la ley no será justificado nadie.
Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
No anulo la gracia de Dios; pero si la justificación es por me- dio de la ley, Cristo habría muerto en vano.

La última frase del texto da razón de pensamiento del apóstol. Cristo ha muerto y ha resucitado. Es el magno acontecimiento en el que Dios realiza la salvación. Dios ha actuado así: Dios salvador se ha revelado así. La salvación la imparte Dios en Cristo, que murió y resucitó por nosotros. Afirmar ahora que uno puede alcanzar la salvación por las obras, al margen de Cristo, ea ignorar por completo la novísima y definitiva intervención de Dios salvador. No son las obras por si mismas, las que salvan; Es Cristo quien nos salva por su magnífica obra de obediencia y de amor. ¿Qué otra cosa puede hacer la ley sino señalar y orientar? La Ley no cura. La Ley a lo sumo nos declara enfermos. El impulso vital, el aliento de vida, nos viene de lo alto a través de Cristo.

Esta postura no anula sin más el valor de nuestras obras; como tampoco anula la acción de la gracia el concurso humano. Las obras en Cristo salvan. DE otra forma, la adhesión viva a Cristo, cumpliendo la voluntad del Padre, nos salva; De no ser así, la muerte de Cristo hubiera sido inútil; todo el acontecimiento Cristo, carecería de sentido. Y la muerte de Cristo, sabemos, junto con su resurrección, son la obra maestra de Dios, en Sabiduría y fuerza. La muerte de Cristo, expresión suprema del amor a los hombres -se entregó por mí-, toma cuerpo en mí por la fe viva en él. Así, ya no vivo yo, sino él en mí. Y esta vida es ya la salvación. El cristiano lleva en sí de forma imborrable la muerte de Cristo, pues por ella nos vino la salvación. He muerto a la Ley, pero vivo en Dios por su Hijo, que me amó y se entregó por mí. Así el Evangelio de Pablo. Así nuestro Evangelio. Ese por mí es conmovedor en extremo. También por mí.

Evangelio: Lc 7,36-8,3

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

EN aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Pasaje propio de Lucas. Volvemos al evangelista de la misericordia de Dios, la señala con sus obras, la encarna en su persona. Aquí recibe la forma de perdón; expresión la más hermosa del amor de Dios. Jesús, expresión la más perfecta del amor de Dios a los hombres. La escena ha inspirado a pintores y poetas. Tal es el encanto humano que irradia.

Jesús acepta la invitación de un fariseo. También será huésped de publicanos. Jesús no odia ni desprecia a nadie. La misericordia llega a todos. La postura de uno y de otro han de condicionar el efecto de aquella. El fariseo se interesa por Jesús, al parecer, debido a su fama de profeta. Hay mucho de curiosidad y de prestigio personal en esta invitación. La participación en la comida es signo de comunión de vida. el fariseo justo, invita a Jesús tenido por profeta.

La presencia de aquella mujer parece perturbar el cuadro. Una pecadora; pecadora de profesión. Prostituta, probablemente. Nadie la ha llamado; nadie la espera. Sin embargo, no se encuentra ahí por casualidad. No la ha empujado la curiosidad. Viene decidida. Trae en su mano un frasco de perfume precioso. Viene resuelta a encontrarse con Jesús y mostrarle su afecto. Nadie se va a molestar en tocarla. Nadie se lo va a impedir. No le turban las miradas ni los pensamientos de los presentes. Se arrodilla y besa los pies de Jesús. ¿Humillación afectuosa? Llora. La mujer pecadora llora a los pies de Jesús, y llora abundantemente. ¿Arrepentimiento? ¿Afecto agradecido? La mujer deja suelta su abundante cabellera y comienza a enjugar los pies que bañaron sus lágrimas. La mujer da rienda suelta a sus sentimientos. aquellos ojos, aquellos labios, aquella cabellera, aquel perfume, instrumentos en un tiempo de pecado, son ahora, en sincero afecto, rendidos siervos del Señor. Jesús le deja hacer. Jesús acepta aquella expresión extraordinaria de arrepentimiento y de amor.

El fariseo, justo y puro, condena en su pensamiento aquella postura. Parece sufrir un desengaño. De ser aquel hombre profeta, hubiera arrojado lejos de sí indignado, quizás con violencia, a aquella mujer. ¿O e que no sabe la catadura de aquella persona que se acoge a sus pies? Y si no lo sabe ¿Cómo puede presumir de profeta? Aquel hombre no es un profeta. Su actitud con aquella mujer lo declara abiertamente.

Jesús le sale al paso. Jesús no le reprocha la falta de atención tan cordial y tan rendida como la que muestra aquella mujer. Jesús quiere hacerle ver, en primer plano, en el sentido del gesto de aquella mujer. La mujer, guarda respeto a Jesús, profunda reverencia y profundo afecto. La compostura, desorientadora, de aquella mujer, tiene una razón. La breve comparación que aduce Jesús y el versillo 47 intentan declararlo. ¿Cómo hay que entender todo esto?

La interpretación de estos versillos puede dar lugar a sentidos encontrados. ¿Se perdonan los pecados porque ama mucho? ¿O es que ama mucho porque es que se le han perdonado los pecados? He aquí las dos direcciones que puede tomar el texto. ¿Con cual nos quedamos?

En favor de la primera abogan los versillos 47 y 50. Las lágrimas de la mujer expresarían el arrepentimiento. La mujer llora arrepentida. El amor así expresado motiva el perdón de los pecados. Se le perdona porque ama. Así la opinión tradicional.

Si nos fijamos, en cambio, en la breve comparación declaratoria traída por Jesús, observamos que el pensamiento va por otro camino. Habría que elegir la segunda dirección. Esta mujer, que se siente perdonada, muestra así su amor y agradecimiento al que cree fautor de aquella gracia. El besar los pies, el enjugarlos y perfumarlos, expresión de sumo afecto, son el signo del perdón que ha recibido. En un momento dado se ha sabido la mujer perdonada por Jesús o en Jesús. Ahora le muestra agradecimiento. Si esto es así, el porque entonces del v. 47 no tendría un sentido causal, sino indicativo, serviría de señal. Señal de que se le han perdonado los pecados es el afecto que ahora muestra. De otra forma, por el amor que ves en ella puedes colegir el perdón tan grande que ha recibido.

Podemos aventurar un acercamiento en las interpretaciones y presentarlo así: La mujer ve en Cristo el perdón de Dios; conmovida y arrepentida se acerca a él en expresión de amor; este amor, conmoción y arrepentimiento, recibe de Jesús el perdón y la paz.

Sea cual fuere la interpretación que adoptemos, siempre queda Jesús como centro de la escena. Jesús es el vehículo de la misericordia de Dios, en este caso en forma de perdón. La mujer muestra su profundo arrepentimiento y agradecimiento. Jesús amigo de los pecadores.

El fariseo no se siente deudor. el fariseo se considera justo y puro. El fariseo no extrema las expresiones de afecto y reconocimiento. al fariseo no se le ha perdonado nada. La mujer, en cambio, se siente deudora de Cristo, beneficiada por el perdón de los pecados. La mujer pecadora, extrema las expresiones de amor y agradecimiento. La mujer, ha entendido a Jesús; encarnación de la misericordia de Dios y lo agasaja fervorosamente.

El fariseo no puede entenderle porque no entiende a Dios. El fariseo no entiende la postura de la mujer porque no siente sobre sí el peso del pecado. la culpa La idea que él tiene de Dios no encaja con la figura de Dios que presenta Jesús. el fariseo no entiende aquel amor porque no entiende lo que significa sentirse perdonado. ¿No habrá una segundo intención de Jesús cuando replica la dificultad del fariseo?

Nótese como lo más notable de la escena, el silencio inicial de Jesús: deja a la mujer que exprese sus sentimientos -¡Pecadora pública!- con él, aun a fuerza de poner en peligro su reputación propia como hombre de Dios ¡Jesús acepta complacido las muestras de agradecimiento y de amor que le ofrece aquella desgraciada pecadora! ¡Dios se complace en nuestras expresiones de amor!

Consideraciones

Dios perdona. Jesús perdona. Jesús encarna el perdón de Dios. El Dios que predica Jesús es un Dios de perdón y misericordia. Jesús ha venido a perdonar y a dar la paz. Jesús posee el poder de perdonar los pecados y conferir la paz. Paz y perdón que el mundo ni sabe ni puede dar. Jesús reconcilia y pacifica; Jesús da la gracia, y de enemigos nos hace amigos, de deudores hijos de Dios. En Jesús está la salvación. Su muerte, su vida entregada por nosotros tiene el poder de hacernos vivos para Dios. Cristo nos justifica; no la Ley, no nuestras obras solas no nuestros cómputos y números. Sólo en Jesús seremos perdonados, seremos curados. No hay enfermedad ni pecado que se le resista. ¿Estás convencido de ello? Jesús es amigo de los pecadores; en otras palabras; Jesús alarga bondadoso la mano a todo aquel que lo necesita. ¿Acudimos confiados a que nos perdone? ¿Nos retiene el temor, la vergüenza, el miedo? El ejemplo de David y la pecadora deben animarnos.

Jesús ha venido a buscar a los pecadores. Pecadores somos todos. A todos nos acusa la conciencia de algo. Sólo los pecadores, pueden encontrar a Jesús. Sólo los que se sienten enfermos, débiles, tristes, apesadumbrados, vacíos, deudores, pueden encontrar en Jesús la salud y el consuelo que buscan. Para ser perdonado es menester sentirse pecador. Recordemos la parábola del fariseo y el publicano. Solo el pecador, el necesitado puede tener el gozo de verse perdonado. Dichoso el que está absuelto de su culpa, canta el salmo. Y no es menos expresiva la figura de la mujer que llora, agradecida a los pies de Jesús.

El salmista confesó su pecado; David admitió, humilde y contrito su culpa; la mujer pecador a mostró su arrepentimiento. Condición necesaria: confesar el pecado, pedir perdón. Dios lo otorga en Jesús infaliblemente. Los sinceros y contritos de corazón alcanzarán la paz y la gracia. La paz con ellos, porque con ellos está el Perdón y la Paz, Jesús el Señor. ¿Nos sentimos pecadores? ¿Nos confesamos deudores? ¿Pedimos perdón y misericordia? La figura del fariseo es, por contraste, aleccionadora. Da la impresión de que Jesús ha pasado por su casa sin dejar huella. Como justo no necesita perdón, como sano no necesita de médico. en la parábola se nos dice que no bajó justificado, sí, en cambio, el pecador publicano.

El mundo de hoy no está abierto al perdón, porque no admite su pecado. Y no es que no peque. Siempre se ha pecado; pero ahora se intenta justificar hasta los más horrendos pecados: aborto, homicidio, adulterio… No es todo ello sino ejercicio de la soberana voluntad del hombre. El mundo actual, irreligioso, corre el peligro, gravísimo, de perder la sensibilidad y humanidad elemental de sentirse deudor, necesitado, pecador. ¿Qué hacer para recuperar la sensibilidad perdida? ¿Ya pensamos en ello? Somos enfermos que han perdido la conciencia del mal y no sienten el dolor. Es la enfermedad de las enfermedades.

El tema de Dios perdonador en Cristo es importante. Nótese la afectuosa confesión de Pablo: Me amó y se entregó por mi. El perdonado canta el perdón y se adhiere a Cristo formando una sola cosa con él. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. La postura conmovedora de la pecadora a los pies de Jesús lo sugiere. El amor, al perdonar, engendra amor en el perdonado. El perdonado puede perdonar, el comprendido comprender, el sanado animar… El perdón engendra perdón y la paz engendra paz. Son el perdón y la paz que el mundo ni sabe ni puede dar. ¿Perdonamos también nosotros? ¿Liberamos las deudas a nuestros deudores?

En la Eucaristía nos encontramos con Jesucristo perdonador, dispuestos a perdonar como él nos perdona.

La mujer oyó de la boca de Jesús el perdón de Dios. La voz de Jesús sigue resonando en la Iglesia. A la Iglesia se le ha concedido el poder, y el deber, de perdonar los pecados. Debe ejercitarlo. La iglesia pecadora -mujer del evangelio- se acerca a la -Iglesia portadora del perdón- Jesús que se lo ha encargado. Y tan importante es lo uno como lo otro: confesar el pecado y conceder en la palabra -vete en paz- la amistad con Dios. La Iglesia es instrumento de reconciliación, y en ella todos sus miembros, en especial, por su condición los ministros del sacramento.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo C

Corpus
La celebración eucarística de esta tarde nos remonta al clima espiritual del Jueves Santo, el día en que Cristo, en la víspera de su pasión, instituyó en el Cenáculo la Santísima Eucaristía. Así, el Corpus Christi constituye una renovación del misterio del Jueves santo, para obedecer a la invitación de Jesús de «proclamar desde los terrados» lo que él dijo en lo secreto (cf. Mt 10, 27). El don de la Eucaristía los Apóstoles lo recibieron en la intimidad de la última Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Precisamente por eso hay que proclamarlo y exponerlo abiertamente, para que cada uno pueda encontrarse con «Jesús que pasa», como acontecía en los caminos de Galilea, de Samaria y de Judea; para que cada uno, recibiéndolo, pueda quedar curado y renovado por la fuerza de su amor.
Oración:
Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas.

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V domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua 5

Este domingo pertenece ya a la segunda parte de la cincuentena pascual. Hemos celebrado las cuatro primeras semanas, fuertemente marcadas por el misterio de la presencia del Señor resucitado en su Iglesia; los acentos de los textos bíblicos y litúrgicos se orientan ahora en un sentido más eclesiológico: el Presente es también el Ausente, el que está presente por el Espíritu que nos ha dado, el que urge el testimonio de sus fieles…

1.      Oración:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo «V domingo de Pascua – Ciclo C»

IV Domingo de Pascua – Ciclo C

Domingo del Buen Pastor

Pascua4

En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este designio divino sobre sus vidas.

 1.      ORACIÓN

Dios, todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la Resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. Seguir leyendo «IV Domingo de Pascua – Ciclo C»

III Domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua3

El diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. San Agustín, comentando este pasaje evangélico, dice: «Interrogando a Pedro, Jesús interrogaba también a cada uno de nosotros». La pregunta: «¿Me amas?» se dirige a cada discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas; es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesucristo. Muchas veces, durante su vida terrena, había preguntado a las personas: «¿Crees?», pero nunca: «¿Me amas?». Lo hace sólo ahora, después de que, en su pasión y muerte, dio la prueba de cuánto nos ha amado Él.

Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Hch 5, 27-32b. 40b-41:

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

EN aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles, diciendo:
    «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
    «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.

Se han elegido los versillos más conspicuos del relato.

Han sido, al parecer, los envidiosos saduceos quienes han incitado la reacción del Sinedrio. Los apóstoles continúan impertérritos anunciando la Buena Nueva, la obra de Jesús. Su predicación encuentra eco en los oyentes; tienen éxito. Se les escucha con agrado, y muchos dan un viraje completo a su pensamiento; se convierten. La autoridad interviene de nuevo. La actividad de aquel grupo de hombres iletrados inquieta a la máxima autoridad religiosa del pueblo judío. Los discípulos del Crucificado han hecho caso omiso de la prohibición primera. Se les acusa de desacato a la autoridad. Se les encarcela, y, tras ser liberados milagrosamente, se les obliga a comparecer ante el Sumo Sacerdote.

La réplica de Pedro es categórica: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro y los apóstoles son conscientes de su vocación de testigos. Son profetas. Han sido llamados y enviados a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, de aquel que murió crucificado. En él obra Dios la Salvación tan largamente esperada. En otras palabras, Dios los ha enviado a predicar la Buena Nueva, cuyo núcleo es la obra redentora de Cristo en su Muerte y Resurrección. Es una misión suprema, ante la cual se estrellan todas las autoridades y poderes de todo tipo. Están investidos del poder de lo alto y su misión no puede fallar. No pueden claudicar. Testigos, pues, de la Resurrección y movidos por el Espíritu Santo han de continuar la obra por encima de todo. La suprema autoridad de Israel no tiene autoridad. Su función ha terminado. Continuar en ella, al margen de Cristo, es, además de anacrónico, opuesto a los planes de Dios. Vislumbramos ya la separación de comunidades. He ahí dos mundos: Ley-Espíritu, Sumo Sacerdote-Pedro, castigo-gozosa promulgación de la verdad.

Es característico de la primera comunidad el gozo. Se manifiesta así la presencia del Espíritu. La Iglesia perseguida, la Iglesia gozosa en el Señor, la Iglesia que da testimonio. Así la Iglesia de todos los tiempos.

Salmo Responsorial: Sal 29, 2. 4-6. 11-13:

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

       V/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
                y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
                Señor, sacaste mi vida del abismo,
                me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.   R/.

        V/.   Tañed para el Señor, fieles suyos,
                celebrad el recuerdo de su nombre santo;
                su cólera dura un instante;
                su bondad, de por vida;
                al atardecer nos visita el llanto;
                por la mañana, el júbilo.   R/.

        V/.   Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
                Señor, socórreme.
                Cambiaste mi luto en danzas.
                Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.   R/.

Salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

La acción liberadora de Dios arranca del corazón del agraciado un canto de alabanza. La necesidad apremiante obliga a la súplica urgente. El beneficio personal se siente comunitario y la alabanza se alarga a todo el pueblo. La experiencia personal se eleva a principio, se convierte en regla de sabiduría y funda la decisión de un servicio perenne. El señor es más fuerte que la muerte. Es el mensaje del salmo.

Segunda Lectura: Ap 5, 11-14:

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza.

YO, Juan, miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente:
    «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
Y escuché a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo cuanto hay en ellos—, que decían:
    «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían:
    «Amén».
Y los ancianos se postraron y adoraron.

Estos versillos forman parte -la última- de un contexto más amplio. La visión comienza en el capítulo cuarto y se alarga hasta aquí. Es como el pórtico a todo el libro.

Preside la escena la figura de Dios Padre. Dios, Señor de la historia, ha trazado ya el destino de la Iglesia y del mundo. Ahí está el libro escrito: la decisión de Dios inmutable. Dios inaccesible, transcendente, se deja tocar por Cristo. A él se le ha otorgado la potestad de romper los sellos, de abrir el libro. Él puede revelar el contenido y puede asimismo acercar a Dios al hombre, o, si se quiere, introducir al hombre en la esfera divina. El contacto -de por sí imposible- del hombre con Dios se realiza por Cristo. Cristo es el único mediador, el único Salvador. Todo lo que está fuera de él es falso y engañoso. El Cordero señala -no una idea, no un ser impersonal- a una persona concreta en una misión bien determinada: Cristo paciente, muerto por nosotros y resucitado. Es el Verbo hecho carne. Nos recuerda al Cordero pascual con todo el peso bíblico, teológico y soteriológico que la imagen encierra. El Cordero es, además de la figura central, el acontecimiento clave. El más grandioso acontecimiento de la historia es la crucifixión de Cristo. Cristo es el realizador de las esperanzas mesiánicas. Cristo ha sido encumbrado a la soberanía de todo el mundo. A él la gloria y el poder.

En este contexto debemos leer los versillos apuntados. Nótese el carácter marcadamente litúrgico del pasaje. Estamos dentro de una liturgia, no dentro de una exposición teológica. Se nos invita a la aclamación. Es algo cultual. Nosotros mismos tomamos parte en esa liturgia. El Cristo celeste es el mismo que preside la liturgia terrestre. Y la liturgia terrestre, sin dejar de ser algo real, es pálida imagen de la liturgia celeste. Las voces de los ángeles, el eco que despiertan en toda la creación, la actitud de los ancianos nos envuelven y arrancan nuestras voces de alabanza. Los planos celeste y terrestre forman una sola voz; el Señor es uno y es el lazo que une a Dios con la creación entera. Cristo, muerto y resucitado, es el Señor del universo. Salirse de este coro es un suicidio; es como salirse de la existencia a la nada.

Evangelio: Jn 21, 1-19:

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
    «Me voy a pescar».
Ellos contestan:
    «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
    «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
    «No».
Él les dice:
    «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
    «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
    «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
    «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
    «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
    «Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez:
    «¿Me quieres?»
Y le contestó:
    «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
    «Sígueme».

Nos encontramos ante un episodio-milagro de fondo simbólico. Estamos en Juan. Y no debemos olvidar las características de su estilo y teología. Juan ve en la realidad visible de Cristo una realidad superior. El Cristo que vieron sus ojos y palparon sus manos es también el Cristo transcendente. También lo ven sus ojos y lo palpan sus manos.

No estará de más notar el carácter eclesial del capítulo 21. La conciencia y realidad de la Iglesia como prolongación de Cristo aflora constantemente en los últimos capítulos del evangelio. Aquí se delinea claramente. Podemos dividir la lectura en dos partes: a) la pesca milagrosa; b) el diálogo de Jesús con Pedro. Esta última continúa la primera.

Cristo es la figura central. Cristo resucitado, Cristo el Señor (así lo llama el discípulo amado). Tras él, Pedro. Pedro dirige la acción: toma la decisión de ir a pescar, se tira de la barca, arrastra la red repleta de peces, mantiene el diálogo con Jesús. Un poco más apartados, los Doce. Al fondo, la red llena de peces y el rebaño de ovejas y corderos. Todo bien medido, bien pensado.

Cristo resucitado es el centro. Sin él no tiene sentido la escena. Él realiza el milagro, él prepara la comida, él dirige la acción de lejos, él, el Señor de las ovejas, él, el punto de atracción -¿me amas?- y el elemento de cohesión. Cristo, el Señor.

Pedro es el primero. Cristo le confiere el Primado. Pedro había prometido ser el más valiente: Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré. Pero le había negado tres veces. A él va dirigida la pregunta: ¿Me amas? Cristo exige una sencilla, pero firme, declaración de amor. Pedro ama a Cristo. Pedro no se atreve a afirmar que le ama más que los demás. Pero sí sabe que le ama. La triple pregunta le recuerda su triple flaqueza y se entristece. Cristo le entrega el cuidado de su rebaño. No puede cuidar el rebaño quien no ame a Cristo tiernamente, pues él y el rebaño son una misma cosa. Pedro expresará así su amor al maestro: apacentando las ovejas. Su misión y oficio lo conducirán al martirio, expresión, la más palmaria, del amor que profesa al Maestro. Morirá, según una tradición antigua, en cruz cabeza abajo. Absoluta fidelidad al Señor. Así, pues, su seguimiento: apostolado, primado, martirio.

La Iglesia está aquí claramente simbolizada por la abundante pesca y el rebaño. Es una red que no se rompe, una red que arrastra toda clase de peces, muchos, abundantes. Los apóstoles son pescadores de hombres. Su mensaje va dirigido a todos los pueblos. Y por muchos y diversos que sean no han de romper la red. Lo asegura el Señor resucitado. Tampoco se ha de escindir el rebaño. Él es el Pastor. Pedro su representante. Cristo ha resucitado. Se adivina ya su ida al Padre. Se afirma su presencia entre los suyos. La Iglesia se reúne en torno a él. Los apóstoles la gobiernan en su nombre. Pedro es el primero. Una misión de este tipo sin amor sería imposible. Se alza visible la palma del martirio. Jesús dirige la acción desde dentro.

Consideraciones

El evangelio nos presenta a Cristo resucitado. Jesús atiende eficazmente a su Iglesia: la pesca milagrosa, la provisión del Primado. Es el Pastor supremo. Es el Señor. Es de notar el tono de reverencia y respeto, sin aminorar la confianza, que expresa esa denominación: es el Señor. Es ya objeto de culto.

La segunda lectura subraya ese aspecto trasladándonos a la liturgia celeste. El nombre del Cordero es sugestivo. Expresa la identidad, a la vez que alude al misterio mismo de la redención, del Cristo entronizado formando una unidad con Dios, con el Jesús que padeció por nosotros. La imagen es rica y podría desarrollarse sin mucho esfuerzo. Todos le deben adoración. Nosotros, y con nosotros la creación entera, lo adora como Señor y Salvador. El puesto clave, para la inteligencia del misterio de Dios, de sus planes y aun de la misma creación, se manifiesta evidente. El hombre se desconocerá a sí mismo y al mundo que le rodea, si no llega a Dios por Cristo. Honor y gloria a él. Conviene recalcar este elemento de adoración a Cristo, un tanto olvidado hoy día por desgracia. Los magníficos iconos orientales son una buena inspiración. Conviene recalcar también el elemento cultual. Es un aspecto intrínseco a la constitución de la Iglesia. También esto ha estado un tanto olvidado. La gran celebración cultual.

La Iglesia ve su destino y su imagen en la segunda lectura: reflejo de la liturgia celeste. También el evangelio le atañe bajo diversos aspectos. La pesca: la voz del Maestro, la abundancia de peces, la red que los contiene, la barca de Pedro. El Primado de Pedro: el rebaño, el pastoreo, el amor requerido, el Maestro.

Una instantánea de la Iglesia nos la ofrece la primera lectura. Los apóstoles dan testimonio de Cristo resucitado. Son testigos y mensajeros de la salvación realizada por Dios en Cristo. Un testimonio válido y contra toda oposición. La Iglesia padece en sus representantes la pasión de Cristo: son perseguidos. Por otra parte empalma bien con el evangelio. Para ser testigo es necesario amar al Maestro. Hay que estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión. Dios es antes que los hombres bajo todo punto de vista. La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, ha de sufrir persecución en el desempeño de su misión. Hay que ser valientes. Sobre todo sus representantes, los pastores. ¿Cómo se puede ser pastor, si no se ama? ¿Cómo se aguantarán los improperios, si no nos acompaña un tierno afecto a Cristo?

El tema del gozo no deja de ser también interesante. No vamos solos. El Espíritu nos sostiene. Eterna paradoja: sufrir gozosos.

 Sugerencia de cantos: https://goo.gl/WN51f6

Segundo domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua2

Continuamos celebrando con gozo la solemnidad de la resurrección del Señor. Estamos en el octavo día de la Pascua y nos hemos vuelto a reunir aquí, como los discípulos en el Cenáculo. El día de la resurrección de Jesús, el día primero de la semana, se ha convertido para nosotros en el día del Señor, -eso quiere decir domingo. Es nuestro gran día porque creemos que Cristo resucitado se hace presente en medio de nosotros.

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Domingo de Resurrección – Ciclo C

Pascua

A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús. Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.

 “Día de la Resurrección. Resplandezcamos de gozo en esta fiesta. Abracémonos, hermanos, mutuamente. Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección y cantemos así nuestra alegría: Cristo ha resucitado de entre los muertos con su muerte ha vencido la muerte y a los que estaban en los sepulcros les ha dado la vida” (Del Tropario).

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