Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 1

El miércoles, con el rito penitencial de la Ceniza, comenzamos la Cuaresma,  tiempo de renovación espiritual que prepara para la celebración anual de la Pascua. Pero, ¿qué significa entrar en el itinerario cuaresmal? Nos lo explica el Evangelio de  este primer domingo, con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El  evangelista san Lucas narra que Jesús, tras haber recibido el bautismo de Juan,  “lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo  fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo” (Lc 4, 1-2). Es  evidente la insistencia en que las tentaciones no fueron contratiempo, sino la  consecuencia de la opción de Jesús de seguir la misión que le encomendó el Padre  de vivir plenamente su realidad de Hijo amado, que confía plenamente en él. Cristo  vino al mundo para liberarnos del pecado y de la fascinación ambigua de programar  nuestra vida prescindiendo de Dios. Él no lo hizo con declaraciones altisonantes,  sino luchando en primera persona contra el Tentador, hasta la cruz. Este ejemplo  vale para todos: el mundo se mejora comenzando por nosotros mismos,  cambiando, con la gracia de Dios, lo que no está bien en nuestra propia vida.

BENEDICTO XVI  ÁNGELUS  Plaza de San Pedro  Domingo 21 de febrero de 2010

Oración:
Al celebrar un año más la santa Cuaresma concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Miércoles de Ceniza

Miercoles de C

El miércoles de Ceniza es para nosotros, los cristianos, un día particular, caracterizado por un intenso espíritu de recogimiento y de reflexión. En efecto, iniciamos el camino de la Cuaresma, tiempo de escucha de la palabra de Dios, de oración y de penitencia. Son cuarenta días en los que la liturgia nos ayudará a revivir las fases destacadas del misterio de la salvación.

Homilía de Benedicto XVI

Oración
Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lecturas

Primera lectura: Joel 2,12-18

Así dice el Señor:

12 Pero ahora, oráculo del Señor,
volved a mí de todo corazón,
con ayunos, lágrimas y llantos;
13 rasgad vuestro corazón,
no vuestras vestiduras,
volved al Señor vuestro Dios.
El es clemente y misericordioso,
lento a la ira, rico en amor
y siempre dispuesto a perdonar.
14 ¡Quién sabe
si no perdonará una vez más
y os bendecirá de nuevo,
permitiendo que presentéis ofrendas
y libaciones al Señor vuestro Dios!
15 ¡Tocad la trompeta en Sión,
promulgad un ayuno,
convocad la asamblea,
16 reunid al pueblo,
purificad la comunidad,
congregad a los ancianos,
reunid a los pequeños
y a los niños de pecho!
Deje el esposo su lecho
y la esposa su alcoba.
17 Entre el atrio y el altar lloren
los sacerdotes, ministros del Señor,
diciendo: “Perdona, Señor, a tu pueblo
y no entregues tu heredad al oprobio,
a la burla de las naciones.
Por qué han de decir los paganos:
“¿Dónde está su Dios?”.
18 El Señor se apiadó de su tierra
y perdonó a su pueblo.

El mensaje del profeta Joel se pronunció probablemente después del destierro, en el templo de Jerusalén: una plaga de langostas devastó los campos, ocasionando carestía y hambre (1,2-2,10); como consecuencia, cesó el culto sacrificial del templo (1,13-16). El profeta debe leer los signos de los tiempos; por eso anuncia la proximidad del “día del Señor” invitando a todo el pueblo al ayuno, a la oración, a la penitencia (2,12.15-17a).

La palabra clave de este fragmento, repetida tres veces en los primeros versículos, es volver (shúb en hebreo): verbo clásico de la conversión. En el v. 12 manifiesta la invitación al pueblo, indicando las modalidades de esta conversión, es decir, con el corazón y con los ritos litúrgicos, que serán auténticos y agradables a Dios si manifiestan la renovación interior. En el v. 13 la invitación a volver aparece de nuevo y la motivación es: porque el Señor siempre es misericordioso. En el v. 14 el mismo verbo se refiere a Dios abriendo una puerta a la esperanza: `perdonará una vez más”. Un amor sincero a Dios, una fe más sólida, una esperanza que se hace oración coral y penitente, a la que ninguno debe sustraerse: con estas promesas el profeta y los sacerdotes podrán pedir al Señor que se muestre “celoso” con su tierra, compasivo con su heredad (vv 17s).

Segunda lectura: 2 Corintios 5,20-6,2

Hermanos, 5.20 somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios. 21 A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado para que, por medio de él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios.

6, 1 Ya que somos sus colaboradores, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. 2 Porque Dios mismo dice: En el tiempo favorable te escuché; en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad, éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.

Pablo, como un embajador en nombre de Cristo, es portador de un mensaje de exhortación de parte de Dios (v 20). Lo esencial del anuncio se centra en una palabra: reconciliación. Dicha palabra manifiesta la voluntad salvífica del Padre, la obra redentora del Hijo y el poder del Espíritu que mantiene la diakonía(servicio) de los apóstoles (vv. 18-20). El culmen del fragmento es el v 21, en el que se proclama el juicio de Dios sobre el pecado y su inconmensurable amor por los pecadores, por los que no perdonó a su propio Hijo (cf. Rom 5,8; 8,32). Cristo ha asumido como propio el pecado del mundo, expiándolo en su propia carne para que nosotros pudiésemos apropiarnos de su justicia-santidad. El apóstol utiliza un lenguaje radical. La asunción del pecado por parte de Jesús para darnos su justicia no es para que el hombre pueda tener algo de lo que carecía, sino para convertirse en algo que no podría ser por naturaleza: el Inocente se ha hecho pecado, maldición (cf. Gál 3,13), para que nosotros lleguemos a ser justicia de Dios. Esta extraordinaria gracia de Dios, concedida al mundo (v 19) mediante lakénosis de Cristo, no debe acogerse en vano. El anuncio apasionado de sus ministros nos hace presente aquí, para nosotros, el tiempo favorable: dejémonos reconciliar (katallássein) con Dios.

Este verbo indica una transformación de la relación del hombre con Dios y, consiguientemente, de los hombres entre sí. Por iniciativa de Dios se brinda a la libertad de cada uno la posibilidad de llegar a ser criaturas nuevas en Cristo (5,18), a condición de rendirse a su amor, que nos impulsa a vivir no yá para nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto y resucitado por nosotros (vv. 14s).

Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 1 Cuidad de no practicar vuestra “justicia” para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará. 2 Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonándolo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alaben los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. 3 Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. 4 Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

‘ Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. 6 Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

16 Cuando ayunéis, no andéis cariacontecidos como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. 17 Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, 18 de modo que nadie note tu ayuno, excepto tu Padre, que ve en lo escondido. Y tu Padre, que ve hasta lo más escondido, te premiará.

“Cuidad de no practicar vuestra `justicia’…” (así, literalmente, en el v 1): Jesús pide a sus discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos (cf. Mt 5,20) aun cuando las prácticas exteriores sean las mismas; reclama la vigilancia sobre las intenciones que nos mueven a actuar. Tras el enunciado introductorio siguen las tres típicas “obras buenas”, en las que se indica, en concreto, en qué consiste la justicia nueva: la limosna (6,2-4), la oración (6,5-15) y el ayuno (6,16-18).

Dos elementos se repiten como un estribillo a lo largo de toda la perícopa: “recompensa” (o más literalmente salario: vv. 2.5.16) y “tu Padre que ve en lo escondido” (vv. 16.18). Nos enseñan que la piedad es una gran ganancia (cf. 1 Tim 6,6) si no se fija en el aplauso de los hombres ni busca satisfacer la vanidad, sino que busca la complacencia del Padre en una relación íntima y personal y si el salario esperado no es de este mundo ni del tiempo presente, sino para la comunión eterna con Dios, que será nuestra recompensa. De lo contrario, al practicar la justicia nos haríamos hypokritoí, que significa “comediantes” y, también, en el uso judaico del término “impíos” .

CONVERTÍOS PORQUE EL REINO DE LOS CIELOS HA LLEGADO

Desde los primeros siglos del cristianismo han existido tiempos especiales de gracia. Coinciden con las grandes solemnidades que celebran los misterios de nuestra salvación. Los modos para prepararnos a acoger estos pasos de Dios por nuestra vida han sido de lo más variado. Hasta nosotros han llegado muchas viejas costumbres que tienen profundo arraigo en la práctica cristiana. Pero todas, tengan hoy sentido o no, son indicadores que conducen a un solo camino. Se expresa con la palabra conversión.

Las primeras palabras de Jesús cuando salió a predicar el Evangelio fueron estas: “Convertíos”. Tienen forma de mandato. Por ello podemos intuir que la razón debe ser muy poderosa. Y ciertamente lo es. La única razón que explica profundamente el sentido de este mundo y de esta vida: “Porque Dios -el Reino de los Cielos- ha llegado”. Y si Dios ha llegado el hombre no es Dios sino un necesitado de Dios. Y esta es la razón para que nos convirtamos, para que nos volvamos a Él.

“Convertíos”, dice Jesús. ¿Cómo entender estas palabras? Porque, a veces, las hemos comprendido mal. Y hasta nos han podido culpabilizar porque las hemos tomado como una tarea sólo nuestra -síntoma de nuestra autosuficiencia-. Cada historia personal está cargada de propósitos: tengo que cambiar; esto no puede seguir así… Y como el poeta expresó bellamente, después de cada llamada y propósito y de un año y otro año “en que su amor a mi puerta llamar porfía”, la respuesta sigue siendo la misma: “mañana te abriré, respondo, para lo mismo responder mañana”. Muchos, ante el hecho de que nada cambie, han llenado de desánimo sus corazones y, como los discípulos en la noche, están cansados de no haber conseguido nada. Hemos entendido mal la conversión. Seguimos en nuestras fuerzas y propósitos. En el mismo lugar la red se llenó de peces por el mandato de Jesús. La conversión, como simple tarea humana termina en el desánimo o en la neurosis. Porque ¿cómo ser perfectos como lo es nuestro Padre del cielo? ¿cómo ser santos como lo es Él? ¿cómo amar a los enemigos? ¿cómo alegrarse cuando nos humillan o dicen mal de nosotros? ¿cómo no escandalizarse del dolor y de la cruz? ¿cómo abandonarse a las manos de Dios en el centro de nuestras crucifixiones? ¿y de nuestra muerte?

Nuestra historia interior muestra la verdad de las palabras de Sto. Tomás de Aquino: “La letra del Evangelio, sin la unción del Espíritu Santo, nos mataría”. Porque nos han educado así o por nuestra propia autosuficiencia, “nos hemos cargado en la vida pesadas cargas” que dijo Jesús. Pero añadió: “mas entre vosotros no ha de ser así”.

Y esto ¿por qué?. Porque Dios ha venido. La gran tentación de Adán ha sido valerse por su cuenta. La palabra de Jesús “convertíos” tiene la medicina secreta para esa autosuficiencia. Porque convertirse, en la lengua de Jesús, significa “hacerse como niños”, que es la condición que Él nos puso para entrar en el Reino de los Cielos. Y esto lo cambia todo, porque un niño no puede hacer pero si acoger. Así lo entendió su discípulo amado. Juan, al comienzo del Evangelio, dice: “Vino a los suyos y los suyos no le acogieron. Pero a los que le acogieron les dio poder para ser hijos de Dios.” ¿De qué se trata en la vida?. De ser hijos y no esclavos “porque el hijo se queda en la casa para siempre y el esclavo no”.

Los fariseos eran esclavos. Intentaban cumplir desde sí mismos y con gran perfección la ley, y no les extrañaba decir de sí mismos: “Yo no soy como los demás hombres”. Pero Jesús les resistió porque, aunque Dios había llegado, les bastaban las obras de sus manos. ¿No fue la primera tentación seréis como dioses? No es tan difícil querer sustituir a Dios por nuestras acciones y que luego nos las bendiga. Convertirse es acoger a Dios y, para ello, sólo sirve la humildad. La conversión es gracia, don de Dios para nuestra nada. Al hombre cristiano no se le propone otro ideal sino Jesucristo, “el que todo lo hizo bien”. Para nosotros un imposible, pero posible “porque Dios ha venido”.

Quien acoge a Dios de verdad sabe que su vida ya no le pertenece. Tiene la misión de dar lo que él ha recibido. Precisamente porque convertirse es romper el propio yo y morir a la propia autosuficiencia, el que acoge es el único que acaba siendo eficaz desde esa gracia de Dios. Pero esta eficacia tiene ya otra fuente. Y este es el sentido del texto de Pablo a los romanos: “Ninguno de vosotros vive para si mismo, ni ninguno muere para si mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor y si morimos, morimos para el Señor. O sea, que en vida o en muerte somos del Señor. Para eso murió Cristo y recobró la vida, para mantener señorío sobre vivos y muertos”

Pablo llama estado de pecado a “un vivir para sí mismo”. Y lo califica como de impiedad, que consiste en no abrirse a Dios, no glorificarle ni darle gracias. Y esto parece que no fuera con nosotros los cristianos. Pablo dice que sí -él tenía experiencia de su propia conversión desde el fariseísmo. Por eso ahora habla con tanta seguridad y señala a los cristianos el camino para salir de él y desenmascara esa extraña ilusión de las personas piadosas y religiosas de considerarse conocedores del bien y del mal, y hasta de poder aplicar la ley a los demás mientras que para ellas hacen una excepción porque están de parte de Dios.

Y, sin embargo, hay una impiedad y una idolatría larvadas que siguen presentes a veces en nosotros: adorar la obra de nuestras manos en vez de la obra de Dios; adorar nuestro propio ídolo, nuestro propio yo que quiere ser centro y que busca su propia gloria aún en el cumplimiento de la ley.

Esta es nuestra verdad tantas veces. Y no debemos desalentarnos porque así somos. Pero cuando lo aceptamos ante Dios todo comienza a cambiar, porque puedo pedir perdón, puedo pedir piedad, y aquí comienza el milagro del Espíritu Santo del que Jesús hablaba: “El Espíritu cuando venga convencerá al mundo de pecado”. De nuestro pecado de cristianos, de piadosos.

Aquí comienza a suceder la conversión: de vivir para nosotros mismos a vivir para el Señor. Es un sistema nuevo de vida que ya no gira alrededor de mi tierra -mi yo- sino alrededor del sol -Cristo es el sol de justicia-. Esto supone una nueva existencia: “Él que está en Cristo es una criatura nueva, lo viejo pasó”. En adelante vivir para uno mismo es estar muerto.

Nos puede ayudar a realizar esta conversión la contemplación del misterio de la piedad, Jesucristo en su pasión, ante el que no cabe orgullo alguno. Y ahí veremos también que “vivir para el Señor” significa vivir para su Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Vivir desde sus necesidades, porque el que acoge a los miembros a Él acoge. Convertirse es ir creciendo en el camino del amor como servicio.

Enlaces de interés:

http://es.catholic.net/op/articulos/18284/mircoles-de-ceniza-el-inicio-de-la-cuaresma.html

http://infocatolica.com/blog/delapsis.php/1302130124-9-cosas-que-conviene-saber-so

http://forosdelavirgen.org/3773/el-significado-del-miercoles-de-ceniza/

http://www.corazones.org/diccionario/cenizas.htm

http://encuentra.com/cuaresma/miercoles_de_ceniza16148/

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo B

6CuarBRamos

“Ha llegado la hora”

Con el Domingo de Ramos comenzamos las celebraciones de la Semana Santa. Entramos en los días más importantes para la vida de los cristianos. Para nosotros esta sí que es la Semana Grande por excelencia de todo el año. En ella recordamos nuestra propia vida sentida en las situaciones límite en que todos, tarde o temprano, nos vemos inmersos. La liturgia de este domingo, tras cantar el triunfo mesiánico de Jesús, nos invita a seguirle en sus humillaciones, en su entrega, en su Pasión. Seguir leyendo “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo B”

Quinto domingo de Cuaresma – Ciclo B

5CuarB

Se acerca la hora de Jesús. Esta expresión aparece tres veces en el evangelio de hoy (una cuarta dice “ahora”). La hora de Jesús es el ahora en el tiempo donde se hace presente el hoy eterno de Dios; son “los días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva” (1. lectura). Pero es también, inextricablemente, “vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,35).

  1. Oración Colecta

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Jesucristo.

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Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo B

4CuarB

 

DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO B 2015

En el primer domingo de cuaresma la liturgia celebró a Jesucristo como nuevo Adán, humanidad realizada en el paraíso: en convivencia pacífica con los demás vivientes, pero “servido por ángeles”, es decir en intimidad con el Creador que es “Abba”, ternura infinita. En el segundo domingo la liturgia proclamó la fe de la comunidad cristiana que aún debe soportar los conflictos y crisis de la vida: Jesús tiene que enfrentarse con el sufrimiento y la muerte, los discípulos no lo entienden, “están dormidos”, pero en la transfiguración es confesado como el Hijo amado, con el vestido resplandeciente del Resucitado. En el tercer domingo el gesto profético de Jesús echando fuera del templo a los vendedores del templo que, con su lógica comercialista, prostituían el lugar de oración o atrio de los gentiles, sugirió que la liturgia cristiana no se reduce a prácticas religiosas sino que implica una conducta existencial para construir la fraternidad o reinado de Dios; un culto en espíritu y en verdad. Y en esa misma línea la Palabra en este domingo 4º de cuaresma da un paso más: hacer la verdad de Dios y la verdad del ser humano en la verdad del mundo.

1. Oración colecta

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor…. Seguir leyendo “Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo B”

Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo B

3CuarB

Entramos en la segunda fase de la Cuaresma, los domingos 3, 4 y 5, caracterizados por la presencia de evangelios propios para cada ciclo, que se centran en un aspecto determinado del camino cuaresmal: en el año A la iluminación bautismal; en el año C, la misericordia de Dios y nuestra conversión; en este año B, el misterio pascual de JESUCRISTO.

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Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B

2CuarB

Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro.” Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro (Sal 26, 8-9)

  1. Oración colecta:

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos tu rostro. Pon nuestro Señor….

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Primer domingo de Cuaresma – Ciclo B

1cuab

Inauguramos el camino hacia la Pascua (ofrendas) y habrá que hacerlo notar, porque pocos de los que se congregan el domingo debieron participar el Miércoles de Ceniza. Este domingo y el próximo forman una unidad, y los evangelios dibujan, simbólicamente, el movimiento pascual: de la prueba a la transfiguración.

  1. Oración colecta

Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo….

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Quinto domingo de Cuaresma – Ciclo A

VCuaresma

Cristo sabía que su amigo Lázaro estaba gravemente  enfermo, pero que esta enfermedad no acabaría en la  muerte, sino que serviría para gloria de Dios. No deja de  sorprender el contraste existente entre nuestra manera de  pensar y la de Cristo, entre nuestro vocabulario y el suyo.  Llamamos muerte a la enfermedad, al dolor, a la pobreza,  a todo aquello que conduce a la muerte física. Sin  embargo Cristo la llama “sueño”; por eso va a despertar a  su amigo.

Hoy somos invitados a reflexionar sobre la muerte  verdadera, de la que nos habla claramente San Pablo. Se  trata de la muerte fruto del pecado, muerte de la que  Cristo no nos puede resucitar sin nuestra propia voluntad.  Hay muchos vivientes que andan como muertos, porque  les falta el Espíritu que da la verdadera vida. Hay muchos  que soportan enfermedades irreversibles, que aceptan la  cruz del desprendimiento total, la muerte física, sabiendo  desde la fe que es camino de resurrección y de vida  eterna.

 1. Oración

«Cristo lo es todo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico. Si la fiebre te abrasa, Él es la fuente de agua fresca. Si te oprime el peso de la culpa, Él es la justicia. Si necesitas ayuda, Él es la fuerza. Si temes la muerte, Él es la vida. Si deseas el cielo, Él es el camino. Si huyes de las tinieblas, Él es la luz. Si buscas comida, Él es el alimento. Buscad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que espera en Él.» 

 2. Texto y comentario

2.1.Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

Así dice el Señor: -«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.

Ezequiel experimentó en propia carne las esperanzas del destierro. O bien deportado a Babilonia con el primer grupo de vencidos, o bien más tarde tras una más o menos amplia actividad profética en Palestina, Eze­quiel se nos presenta como el profeta que vive el destierro. Su nombre signi­fica Dios fortalece.

Uno de los pasajes más famosos lo constituye la tan conocida visión de los huesos. Los versillos de la lectura están tomados de él. Tras sucesivas destrucciones acaba por ser deportado a Babilonia el pueblo de Israel. Todo es llanto, desolación y amargura. La ciudad santa ha sido devastada, sus muros arrasados, el templo de Dios altísimo convertido en un montón de escombros; el país asolado, la población diezmada, la flor y nata de la nación arrastrada, como esclava, a un país lejano y extraño. No hay rey, no hay templo, no hay nación. Todo se ha hundido. La nación de Is­rael ha sido borrada de la vida nacional e internacional. No hay esperanza. Sobre Israel se cierne el porvenir más negro. Se ha secado sus huesos; está como muerto y sus miembros descoyuntados. Al parecer ha dejado de existir para siempre el pueblo de Israel.

2.2.Salmo responsorial Sal 129, 1-2- 3-4ab. 4c-6. 7-8 (R.: 7)

R. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. R.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. R.

Mi alma espera a en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. R.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos. R.

Es difícil con todo conocer la situación con­creta del salmista. Por una parte se habla del perdón: súplica intensa y con­fiada que apela a la misericordia divina, superior en grandeza a todo delito y maldad del hombre. Por otra, casi media parte del salmo, es una plena confianza, una anhelante espera, lo que embarga el espíritu del salmista. Se pasa del ámbito personal al comunitario. ¿Es que el salmista, un individuo, pide perdón por los delitos de Israel, partiendo de los propios? ¿O es quizás que un salmo, originariamente de súplica individual, ha sido reinterpretado posteriormente como comunitario por el pueblo de Israel? Esto último no se­ría imposible. En realidad el pueblo, como el individuo, tiene conciencia de su pecado y de su delito. La mano del Señor misericordiosa lo libera de todos los males. Israel debe esperar confiado el perdón de sus pecados. Dios lo redimirá de todos sus delitos.

La conjunción de los dos aspectos, personal y comunitario, en la confianza y súplica del perdón de los pecados es verdaderamente interesante. Así clama la Iglesia en tiempo de Cuaresma. Tradicionalmente es considerado el salmo como «salmo penitencial»: «Desde lo hondo a ti grito Señor». Es en grito de misericordia. La redención de Dios se alarga hasta la vida eterna: «Redimirá a Israel de todos sus delitos». Esperamos la «redención» copiosa de Cristo en una liberación definitiva.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

El apóstol ha comenzado su carta, constatando la ruina en que se encuen­tra el hombre abandonado a sus propias fuerzas, es decir el hombre al mar­gen de Cristo. En Cristo encuentra el hombre la victoria sobre el pecado y sobre la muerte; en Cristo encuentra el hombre también la liberación de sí mismo, la liberación de la Ley y de todo aquello que lo aparta de Dios. Estamos ahora en una sección intermedia. Pablo habla del «don» que nos trae Cristo: don que nos libera de la condenación, don que nos «espiritualiza», don que nos hace hijos de Dios, don que nos transforma ya desde ahora y nos dispone positivamente para la resurrección y transforma­ción completa de todo nuestro ser. Ese «Don» es el Espíritu Santo.

La palabra «espíritu» es susceptible de varios significados relacionados entre sí. Unas veces señala al Espíritu Santo en persona; otras al don que en él se nos concede; otras al espíritu humano opuesto a la «carne», es decir al espíritu del hombre «renovado» por el «don» de Dios en nosotros. Como se ve, todos ellos relacionados entre sí.

Con el término «carne» designa Pablo todo aquello que se opone a Dios o actúa al margen de voluntad, ya sea de tipo material, ya de tipo espiri­tual. «Carne» es por ejemplo la lujuria, la avaricia, la gula, la soberbia… Por contraposición, «espíritu» es todo aquello cuyo principio de acción procede de Dios o está informado por la acción del Espíritu en nosotros. Con estas pun­tuaciones se hace más fácil la inteligencia del vocabulario de San Pablo. El Espíritu de Dios habita en nosotros. Es un don que nos ha merecido Cristo y que en él se nos concede. Precisamente por eso se le llama «Espíritu» de Cristo: de él procede. La participación de ese Espíritu transforma todo nues­tro ser humano. Su «justicia» hace vivir a nuestro espíritu (alma) y mata lo que queda de pecado. Ese mismo Espíritu, de quien somos habitación y mo­rada, acabará transformando nuestro cuerpo mortal de la misma forma como transformó el cuerpo mortal de Cristo. El Espíritu de Cristo crea en nosotros un nuevo «Cristo»: un principio nuevo de vida que transforma todo el conjunto.

Como principio de vida exige de nosotros un tenor de vida conforme a su naturaleza; exige de nosotros un vivir netamente cristiano. La obra de la transformación ya está en marcha. Nuestra obligación es secundarla. De­bemos ser «espirituales» no «carnales».

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: -«Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: -«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -«Vamos otra vez a Judea.»

Los discípulos le replican: -«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó: -«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió: -«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.» Entonces le dijeron sus discípulos: -«Señor, si duerme, se salvará.»

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: -«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -«Vamos también nosotros y muramos con él.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo:

-«Tu hermano resucitará.» Marta respondió: -«Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: -«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: -«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -«¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: -«Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

-«¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: -«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: -«Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: -«Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

No necesita un comentario extenso este pasaje de San Juan. El tema com­pleto de la última sección de la primera parte del evangelio es: El tema «Cristo Luz» venía desarrollado en el pasaje del Ciego de nacimiento (domingo pasado). El tema «Cristo Vida» en el de la resurrección de Lázaro. La alegoría del Buen Pastor enlaza los dos pasajes. Cristo, que, como Buen Pastor, da la vida por las ovejas y las encamina hacia pastos frescos y abundantes, se opone, por una parte, a los falsos dirigentes de Israel (milagro del Ciego) y se presenta, por otra, como dador de vida (resurrección de Lázaro). Cristo se afirma a sí mismo. Como es normal en este evangelio, a una revelación de Cristo acompaña una «señal», que prueba la veracidad y verdad de las palabras de Cristo.

Anotemos lo más saliente de este milagro:

a) Se trata de una verdadera resurrección, es decir de una real vuelta de la muerte a la vida. El texto no deja lugar a dudas: aviso de que está gra­vemente enfermo, tardanza intencionada de Cristo, declaración a los apósto­les «Está muerto»; amigable queja de las hermanas, presencia de judíos para consolarlas; ida al sepulcro, hedor de corrupción, vendajes y sudario, mu­chos testigos; la posterior afirmación de Cristo.

b) La gloria de Dios y la fe de los hombres. Cristo realiza el milagro «para que crean que tú me has enviado». La resurrección de Lázaro «revela» la «gloria» de Cristo: Cristo es. Resurrección eterna y Vida sobrenatural. Cristo ha venido al mundo a darnos la Vida. A la Vida se llega por la fe. El tema de la fe aflora constantemente en el relato: «para que creáis» dice a los discípulos; «Crees esto» ruega a Marta; si crees esto verás la gloria de Dios le repite. Así termina el evangelio en su primera conclusión. Y en efecto así lo afirma personalmente Cristo. La vida que Cristo nos promete es de natura­leza sobrenatural. La resurrección de Lázaro es un pálido anuncio de la vida y de la resurrección que Dios nos concede en Cristo. La «gloria» de Dios se nos comunica en Cristo.

c) La amistad de Cristo. Es emocionante: Cristo llora abiertamente. Cristo amaba entrañablemente aquella buena familia, comentaron los pre­sentes. Es curioso; Juan, el gran teólogo, el que se adentró en las profundi­dades misteriosas de la divinidad de Cristo, es el evangelista que más y más notables rasgos humanos nos ha conservado de Cristo. «El Verbo se hizo carne»; Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Esa es su teología. Aquí se pone de relieve la entrañable y sincera amistad que unía esos cora­zones. El amor entrañable de Cristo a los suyos es algo que conmueve. Así nos ama Cristo. ¿No dio su vida por nosotros?

d) La intrepidez de los discípulos. Más que como tema, podemos conside­rarlo como nota curiosa. Bien se vio que por sus fuerzas no llegaban a tanto. Tienen, no obstante, buen ánimo.

Reflexionemos:

Jesús es la resurrección y la vida. Vida sobrenatural. Vida que supera los límites de la vida humana en sus tres dimensiones: a lo largo, a lo ancho y a lo alto. La vida que Cristo nos ofrece supera la muerte; supera la condición actual de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, sujetos a mil necesidades y límites (seremos transformados en cuerpos y seres celestes); supera la vida natural, introduciéndonos en la vida trinitaria: veremos a Dios tal cual es y disfrutaremos, sin el menor temor de perderlo, del gozo que el mismo Dios tiene de sí mismo. Ese precioso don nos lo confiere Cristo. La gloria de Dios se nos comunica ahora de forma incipiente, por nuestra adhesión a Cristo. La resurrección de Lázaro es una pálida, pero que muy pálida, imagen del don que Dios nos prepara en Cristo. Lázaro volvió a la vida, pero a una vida llena de deficiencias, necesidades y temores. Es muy distinta la otra vida que Cristo nos da. La resurrección de Lázaro nos la anuncia, aunque no la define.

Las palabras de Pablo son el mejor comentario al evangelio. Dios nos ha dado el «don» del Espíritu. Somos su habitación y su morada; somos su san­tuario. Él nos va transformando desde dentro real y eficientemente, hacién­donos de «carnales» «espirituales». Estamos viviendo ya la transformación. El Espíritu acabará la obra comenzada: «El mismo Espíritu que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos morta­les». El Espíritu es capaz de transformarlo todo. Él es la garantía de nuestra futura resurrección y glorificación. La «visión» de Ezequiel nos representa al vivo la fuerza vivificadora del Espíritu de Dios. Aquellos huesos, descarnados ya y a punto de pulveri­zarse, volvieron a vivir gracias al soplo del Espíritu. Así también los nues­tros. No puede perecer para siempre lo que Dios eligió para su morada. El Espíritu restauró al pueblo muerto. El Espíritu restaurará nuestro cuerpo muerto. La visión del profeta nos recuerda esta verdad. No es raro que los Padres vieran aquí un anuncio de nuestra futura resurrección. El salmo nos habla de la redención definitiva. Eso es lo que esperamos en Cristo Jesús.

El tema de la fe. Para alcanzar la vida, hay que acercarse a la fuente; esa es Cristo. La fe viva es la condición necesaria. El evangelio lo subraya. San Pablo nos recuerda que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. En otras palabras, los que se comportan «carnalmente» no pueden dar cabida al Espíritu Santo. El Espíritu Santo ha comenzado ya su obra por nuestra incorporación a Cristo. Es menester seguir viviendo en él. De­bemos alejar de nosotros el pecado y vivir «espiritualmente». Hay que cola­borar con él, para que nuestro espíritu, agraciado por el don de lo alto, as­cienda hacia arriba y no caiga de nuevo en las profundidades del pecado. Vivir santamente porque nuestra vida cristiana así lo exige; en ello está nuestra futura resurrección.

Presencia del pecado. Lázaro estaba muerto. Podemos tomarlo como fi­gura de la humanidad muerta en el pecado. Cristo tiene compasión profunda – nos ama – y nos resucita. El pueblo estaba destrozado a causa de sus peca­dos. Dios se apiada de él y lo vuelve a la vida. Nosotros estamos cargados de iniquidades. Cristo nos perdona y nos da su Espíritu. Sin embargo, todavía andamos cayendo y cayendo. El salmo responsorial responde a esta situa­ción. Súplica penitencial: ten compasión y piedad, borra nuestros delitos. El tiempo de Cuaresma es el más apropiado para ello. Individual y colectiva­mente pidamos a Dios perdón de nuestros delitos. Esa es nuestra esperanza: que Dios perdone a su pueblo y lo haga vivir fielmente en Cristo. Súplica an­helante y confiada espera. Se acerca la Vigilia Pascual. La esperamos y nos preparamos para ella. Que ella quite de nosotros definitivamente todo delito y toda culpa.

 3. Para la oración final

Cristo, como hombre mortal,  lloró a su amigo Lázaro, y como Dios y Señor de la vida, lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva.

Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo A

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Hoy un ciego comparte con Jesucristo el protagonismo de la página evangélica. Siempre, pero mucho más en la época en la que vivía Jesús, el ciego es un hombre que, por su defecto físico, carece de autonomía; un hombre que en determinados momentos necesita de los demás; un hombre, en una palabra, dependiente. El paso de Jesús cerca de este hombre y la atención especial que le demuestra tienen para él una consecuencia inmediata y positiva: queda curado de su ceguera y convertido en un hombre completo y liberado. Ya no necesitará de otro hombre que lo guíe por las intrincadas calles, y ya no necesitará que una mano misericordiosa ponga en su mano extendida una limosna. El ciego del Evangelio se ha convertido, por obra y gracia de Jesús, en un hombre que puede andar solo.

1. Oración

Señor Jesús, de la misma manera como Tú te acercaste a la Samaritana y buscaste que ella se encontrara consigo misma y así contigo,…así también te pedimos que nos ayudes a mirar nuestro corazón y ver cómo estamos viviendo nuestra fe en ti, para ser conscientes de nuestra situación y nuestra realidad, para que Tú puedas ayudarnos a vivir como Tú quieres y esperas de nosotros. Por eso Señor, te pedimos que nos ayudes a encontrarnos a nosotros mismos dejando que Tú nos transformes interiormente, como lo hiciste con la Samaritana. Que así sea.

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