III Domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua3

El diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. San Agustín, comentando este pasaje evangélico, dice: «Interrogando a Pedro, Jesús interrogaba también a cada uno de nosotros». La pregunta: «¿Me amas?» se dirige a cada discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas; es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesucristo. Muchas veces, durante su vida terrena, había preguntado a las personas: «¿Crees?», pero nunca: «¿Me amas?». Lo hace sólo ahora, después de que, en su pasión y muerte, dio la prueba de cuánto nos ha amado Él.

Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Hch 5, 27-32b. 40b-41:

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

EN aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles, diciendo:
    «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
    «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.

Se han elegido los versillos más conspicuos del relato.

Han sido, al parecer, los envidiosos saduceos quienes han incitado la reacción del Sinedrio. Los apóstoles continúan impertérritos anunciando la Buena Nueva, la obra de Jesús. Su predicación encuentra eco en los oyentes; tienen éxito. Se les escucha con agrado, y muchos dan un viraje completo a su pensamiento; se convierten. La autoridad interviene de nuevo. La actividad de aquel grupo de hombres iletrados inquieta a la máxima autoridad religiosa del pueblo judío. Los discípulos del Crucificado han hecho caso omiso de la prohibición primera. Se les acusa de desacato a la autoridad. Se les encarcela, y, tras ser liberados milagrosamente, se les obliga a comparecer ante el Sumo Sacerdote.

La réplica de Pedro es categórica: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro y los apóstoles son conscientes de su vocación de testigos. Son profetas. Han sido llamados y enviados a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, de aquel que murió crucificado. En él obra Dios la Salvación tan largamente esperada. En otras palabras, Dios los ha enviado a predicar la Buena Nueva, cuyo núcleo es la obra redentora de Cristo en su Muerte y Resurrección. Es una misión suprema, ante la cual se estrellan todas las autoridades y poderes de todo tipo. Están investidos del poder de lo alto y su misión no puede fallar. No pueden claudicar. Testigos, pues, de la Resurrección y movidos por el Espíritu Santo han de continuar la obra por encima de todo. La suprema autoridad de Israel no tiene autoridad. Su función ha terminado. Continuar en ella, al margen de Cristo, es, además de anacrónico, opuesto a los planes de Dios. Vislumbramos ya la separación de comunidades. He ahí dos mundos: Ley-Espíritu, Sumo Sacerdote-Pedro, castigo-gozosa promulgación de la verdad.

Es característico de la primera comunidad el gozo. Se manifiesta así la presencia del Espíritu. La Iglesia perseguida, la Iglesia gozosa en el Señor, la Iglesia que da testimonio. Así la Iglesia de todos los tiempos.

Salmo Responsorial: Sal 29, 2. 4-6. 11-13:

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

       V/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
                y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
                Señor, sacaste mi vida del abismo,
                me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.   R/.

        V/.   Tañed para el Señor, fieles suyos,
                celebrad el recuerdo de su nombre santo;
                su cólera dura un instante;
                su bondad, de por vida;
                al atardecer nos visita el llanto;
                por la mañana, el júbilo.   R/.

        V/.   Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
                Señor, socórreme.
                Cambiaste mi luto en danzas.
                Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.   R/.

Salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

La acción liberadora de Dios arranca del corazón del agraciado un canto de alabanza. La necesidad apremiante obliga a la súplica urgente. El beneficio personal se siente comunitario y la alabanza se alarga a todo el pueblo. La experiencia personal se eleva a principio, se convierte en regla de sabiduría y funda la decisión de un servicio perenne. El señor es más fuerte que la muerte. Es el mensaje del salmo.

Segunda Lectura: Ap 5, 11-14:

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza.

YO, Juan, miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente:
    «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
Y escuché a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo cuanto hay en ellos—, que decían:
    «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían:
    «Amén».
Y los ancianos se postraron y adoraron.

Estos versillos forman parte -la última- de un contexto más amplio. La visión comienza en el capítulo cuarto y se alarga hasta aquí. Es como el pórtico a todo el libro.

Preside la escena la figura de Dios Padre. Dios, Señor de la historia, ha trazado ya el destino de la Iglesia y del mundo. Ahí está el libro escrito: la decisión de Dios inmutable. Dios inaccesible, transcendente, se deja tocar por Cristo. A él se le ha otorgado la potestad de romper los sellos, de abrir el libro. Él puede revelar el contenido y puede asimismo acercar a Dios al hombre, o, si se quiere, introducir al hombre en la esfera divina. El contacto -de por sí imposible- del hombre con Dios se realiza por Cristo. Cristo es el único mediador, el único Salvador. Todo lo que está fuera de él es falso y engañoso. El Cordero señala -no una idea, no un ser impersonal- a una persona concreta en una misión bien determinada: Cristo paciente, muerto por nosotros y resucitado. Es el Verbo hecho carne. Nos recuerda al Cordero pascual con todo el peso bíblico, teológico y soteriológico que la imagen encierra. El Cordero es, además de la figura central, el acontecimiento clave. El más grandioso acontecimiento de la historia es la crucifixión de Cristo. Cristo es el realizador de las esperanzas mesiánicas. Cristo ha sido encumbrado a la soberanía de todo el mundo. A él la gloria y el poder.

En este contexto debemos leer los versillos apuntados. Nótese el carácter marcadamente litúrgico del pasaje. Estamos dentro de una liturgia, no dentro de una exposición teológica. Se nos invita a la aclamación. Es algo cultual. Nosotros mismos tomamos parte en esa liturgia. El Cristo celeste es el mismo que preside la liturgia terrestre. Y la liturgia terrestre, sin dejar de ser algo real, es pálida imagen de la liturgia celeste. Las voces de los ángeles, el eco que despiertan en toda la creación, la actitud de los ancianos nos envuelven y arrancan nuestras voces de alabanza. Los planos celeste y terrestre forman una sola voz; el Señor es uno y es el lazo que une a Dios con la creación entera. Cristo, muerto y resucitado, es el Señor del universo. Salirse de este coro es un suicidio; es como salirse de la existencia a la nada.

Evangelio: Jn 21, 1-19:

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
    «Me voy a pescar».
Ellos contestan:
    «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
    «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
    «No».
Él les dice:
    «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
    «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
    «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
    «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
    «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
    «Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez:
    «¿Me quieres?»
Y le contestó:
    «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
    «Sígueme».

Nos encontramos ante un episodio-milagro de fondo simbólico. Estamos en Juan. Y no debemos olvidar las características de su estilo y teología. Juan ve en la realidad visible de Cristo una realidad superior. El Cristo que vieron sus ojos y palparon sus manos es también el Cristo transcendente. También lo ven sus ojos y lo palpan sus manos.

No estará de más notar el carácter eclesial del capítulo 21. La conciencia y realidad de la Iglesia como prolongación de Cristo aflora constantemente en los últimos capítulos del evangelio. Aquí se delinea claramente. Podemos dividir la lectura en dos partes: a) la pesca milagrosa; b) el diálogo de Jesús con Pedro. Esta última continúa la primera.

Cristo es la figura central. Cristo resucitado, Cristo el Señor (así lo llama el discípulo amado). Tras él, Pedro. Pedro dirige la acción: toma la decisión de ir a pescar, se tira de la barca, arrastra la red repleta de peces, mantiene el diálogo con Jesús. Un poco más apartados, los Doce. Al fondo, la red llena de peces y el rebaño de ovejas y corderos. Todo bien medido, bien pensado.

Cristo resucitado es el centro. Sin él no tiene sentido la escena. Él realiza el milagro, él prepara la comida, él dirige la acción de lejos, él, el Señor de las ovejas, él, el punto de atracción -¿me amas?- y el elemento de cohesión. Cristo, el Señor.

Pedro es el primero. Cristo le confiere el Primado. Pedro había prometido ser el más valiente: Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré. Pero le había negado tres veces. A él va dirigida la pregunta: ¿Me amas? Cristo exige una sencilla, pero firme, declaración de amor. Pedro ama a Cristo. Pedro no se atreve a afirmar que le ama más que los demás. Pero sí sabe que le ama. La triple pregunta le recuerda su triple flaqueza y se entristece. Cristo le entrega el cuidado de su rebaño. No puede cuidar el rebaño quien no ame a Cristo tiernamente, pues él y el rebaño son una misma cosa. Pedro expresará así su amor al maestro: apacentando las ovejas. Su misión y oficio lo conducirán al martirio, expresión, la más palmaria, del amor que profesa al Maestro. Morirá, según una tradición antigua, en cruz cabeza abajo. Absoluta fidelidad al Señor. Así, pues, su seguimiento: apostolado, primado, martirio.

La Iglesia está aquí claramente simbolizada por la abundante pesca y el rebaño. Es una red que no se rompe, una red que arrastra toda clase de peces, muchos, abundantes. Los apóstoles son pescadores de hombres. Su mensaje va dirigido a todos los pueblos. Y por muchos y diversos que sean no han de romper la red. Lo asegura el Señor resucitado. Tampoco se ha de escindir el rebaño. Él es el Pastor. Pedro su representante. Cristo ha resucitado. Se adivina ya su ida al Padre. Se afirma su presencia entre los suyos. La Iglesia se reúne en torno a él. Los apóstoles la gobiernan en su nombre. Pedro es el primero. Una misión de este tipo sin amor sería imposible. Se alza visible la palma del martirio. Jesús dirige la acción desde dentro.

Consideraciones

El evangelio nos presenta a Cristo resucitado. Jesús atiende eficazmente a su Iglesia: la pesca milagrosa, la provisión del Primado. Es el Pastor supremo. Es el Señor. Es de notar el tono de reverencia y respeto, sin aminorar la confianza, que expresa esa denominación: es el Señor. Es ya objeto de culto.

La segunda lectura subraya ese aspecto trasladándonos a la liturgia celeste. El nombre del Cordero es sugestivo. Expresa la identidad, a la vez que alude al misterio mismo de la redención, del Cristo entronizado formando una unidad con Dios, con el Jesús que padeció por nosotros. La imagen es rica y podría desarrollarse sin mucho esfuerzo. Todos le deben adoración. Nosotros, y con nosotros la creación entera, lo adora como Señor y Salvador. El puesto clave, para la inteligencia del misterio de Dios, de sus planes y aun de la misma creación, se manifiesta evidente. El hombre se desconocerá a sí mismo y al mundo que le rodea, si no llega a Dios por Cristo. Honor y gloria a él. Conviene recalcar este elemento de adoración a Cristo, un tanto olvidado hoy día por desgracia. Los magníficos iconos orientales son una buena inspiración. Conviene recalcar también el elemento cultual. Es un aspecto intrínseco a la constitución de la Iglesia. También esto ha estado un tanto olvidado. La gran celebración cultual.

La Iglesia ve su destino y su imagen en la segunda lectura: reflejo de la liturgia celeste. También el evangelio le atañe bajo diversos aspectos. La pesca: la voz del Maestro, la abundancia de peces, la red que los contiene, la barca de Pedro. El Primado de Pedro: el rebaño, el pastoreo, el amor requerido, el Maestro.

Una instantánea de la Iglesia nos la ofrece la primera lectura. Los apóstoles dan testimonio de Cristo resucitado. Son testigos y mensajeros de la salvación realizada por Dios en Cristo. Un testimonio válido y contra toda oposición. La Iglesia padece en sus representantes la pasión de Cristo: son perseguidos. Por otra parte empalma bien con el evangelio. Para ser testigo es necesario amar al Maestro. Hay que estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión. Dios es antes que los hombres bajo todo punto de vista. La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, ha de sufrir persecución en el desempeño de su misión. Hay que ser valientes. Sobre todo sus representantes, los pastores. ¿Cómo se puede ser pastor, si no se ama? ¿Cómo se aguantarán los improperios, si no nos acompaña un tierno afecto a Cristo?

El tema del gozo no deja de ser también interesante. No vamos solos. El Espíritu nos sostiene. Eterna paradoja: sufrir gozosos.

 Sugerencia de cantos: https://goo.gl/WN51f6

Segundo domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua2

Continuamos celebrando con gozo la solemnidad de la resurrección del Señor. Estamos en el octavo día de la Pascua y nos hemos vuelto a reunir aquí, como los discípulos en el Cenáculo. El día de la resurrección de Jesús, el día primero de la semana, se ha convertido para nosotros en el día del Señor, -eso quiere decir domingo. Es nuestro gran día porque creemos que Cristo resucitado se hace presente en medio de nosotros.

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Domingo de Resurrección – Ciclo C

Pascua

A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús. Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.

 “Día de la Resurrección. Resplandezcamos de gozo en esta fiesta. Abracémonos, hermanos, mutuamente. Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección y cantemos así nuestra alegría: Cristo ha resucitado de entre los muertos con su muerte ha vencido la muerte y a los que estaban en los sepulcros les ha dado la vida” (Del Tropario).

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Domingo de Pentecostés – Ciclo B

Pentecostes 

Hace cincuenta días estábamos reunidos en la noche santa de Pascua, en la vigilia Pascual, y celebrábamos la gran alegría de la resurrección de Jesús. El, muerto por amor, fiel hasta derramar su sangre, nos ha abierto un camino de vida para siempre. Nosotros creemos en él, nosotros hemos recibido su misma vida, nosotros queremos ser como él. Y por eso cada año, en la noche de Pascua, empezamos la fiesta gozosa de su resurrección. Y ahora, al cabo de cincuenta días, concluimos esta fiesta celebrando el don que él nos ha dejado: su Espíritu.

 

  1. Oración Colecta

 

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestros Señor… Seguir leyendo “Domingo de Pentecostés – Ciclo B”

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo B

Pascua7B

 

Celebramos la solemnidad de la ascensión de Jesús. Esto quiere decir que Jesús, que fue el hombre cabal y perfecto, el mejor de los nacidos de mujer, el que más ha amado a los demás, ha llegado a la plenitud de meta. El Padre lo ha exaltado, lo ha hecho primogénito de todas las criaturas, el primero de los hombres y la cabeza de la Iglesia.

 

  1. Oración colecta:

 

Concédenos, Dios todopoderoso, rebosar de santa alegría y, gozosos, elevar a ti fervorosas gracias ya que la ascensión de Cristo, tu Hijo, es también nuestra victoria, pues a donde llegó él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros, que somos su cuerpo. Por nuestro Señor… Seguir leyendo “Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo B”

Sexto domingo de Pascua – Ciclo B

Pascua6B

La presencia de Cristo resucitado en el mundo tiene lugar especialmente a través del signo del amor. Por eso el evangelio de hoy insiste en el mandamiento dado por Cristo a sus discípulos: “Permaneced en mi amor”; “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros”. Y la segunda lectura relaciona explícitamente el amor fraterno a la misma fuente divina de la que procede la fuerza de la resurrección: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios”.

  1. Oración colecta:

«Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras». Seguir leyendo “Sexto domingo de Pascua – Ciclo B”

Domingo 5 de Pascua – Ciclo B

Pascua5B

El cristianismo no es un club de entusiastas admiradores de Cristo, ni un gremio de selectos, asociados y mentalizados por una filosofía dimanante del Evangelio. La Iglesia es fundamentalmente el misterio de nuestra incorporación personal y comunitaria a la Persona viviente de Cristo Jesús. Incorporación interior y profunda, mediante la vida de fe, de gracia y de caridad. Y también incorporación garantizada externamente, mediante nuestra permanencia visible a la propia Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Lo que Cristo instituyó para prolongar su obra de salvación hasta el fin de los tiempos.

  1. Oración colecta

«Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna». Seguir leyendo “Domingo 5 de Pascua – Ciclo B”

Cuarto Domingo de Pascua [Domingo del Buen Pastor] – Ciclo B

Pascua4B

Cada año en el cuarto domingo de Pascua leemos un fragmento del capítulo 10 de san Juan, que muestra la misión de Jesús a través de diversas imágenes referidas al tema de las ovejas y el pastoreo. En este ciclo B leemos la parte central de este capítulo que nos presenta a JC como buen pastor y destaca sus principales características, las cuales no son estrictamente las que podríamos deducir si nos imaginamos lo que es un pastor. Nótese también que en este domingo del buen pastor se nos invita a pensar y a orar por las vocaciones: un tema eclesial que vale la pena tener presente.

  1. Oración colecta:

«Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Seguir leyendo “Cuarto Domingo de Pascua [Domingo del Buen Pastor] – Ciclo B”

III domingo de Pascua – Ciclo B

Pascua3B

 

Jesús resucitado aparece en gloria, pero humanizada. Aparece como más humana, como más amiga, más bueno. No va a vengarse o reírse de los enemigos que lo condenaron. No reúne a la gente para decirles que se equivocaron. Se manifiesta tan solo a los que realmente ama y desea. Jesús, se hizo presente en medio de sus discípulos y en adelante siempre se hará presente en medio de ellos. Cuando se reúnen para orar y reflexionar, para compartir y servir, él estará en medio de ellos.

 

  1. Oración colecta

 

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo….

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II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia – Ciclo B

Pascua2B

En este domingo se nos habla en las lecturas de cómo la noticia de la Resurrección: ¡Ha resucitado!, produce unos efectos transformadores en la primera comunidad de Jerusalén. De estar acobardados por “miedo a los judíos” y con la esperanza por los suelos, porque a Jesús, el Maestro, lo han matado, pasan a llenarse de alegría porque han vuelto a ver al Señor. De esta experiencia pascual nace la comunidad donde “todos pensaban y sentían los mismo”. Así reciben el envío, la paz y la fuerza del Espíritu para el perdón de los pecados.

  1. Oración colecta:

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo… Seguir leyendo “II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia – Ciclo B”