Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo primero del tiempo ordinario ciclo B

 

La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.

 

  1. 1.      Oración:

Oh dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que , en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

 

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: —«Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: —«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Antes de morir, quiere Josué dejar firmemente asentada la unidad reli­giosa en Yavé del pueblo israelita. Reúne en Siquén a todo el pueblo de Dios en sus representantes más conspicuos: Ancianos, Jueces, Magistrados… Renovación del Pacto. Había pasado toda una generación desde que se realizara la Alianza, por primera vez, en el Sinaí. Había transcurrido mucho tiempo. Y con él habían cambiado las circunstancias y las personas. Al desierto inhóspito había su­cedido la tierra habitada; a la vida nómada, sin lugar fijo, la vida sedenta­ria; a la trashumancia, campos, tierras y viviendas. A una generación había sucedido otra. Muchos, la mayoría, de los que ahora entraban en posesión de la tierra no habían presenciado las «maravillas» de la salida de Egipto y de la «teofanía» del Sinaí.

El pueblo era otro. ¿Continuaría siendo pueblo de Dios? ¿No trocaría la religión yavista por la religión del país? El país de Canaán se les ofrecía abundante en cultos naturalistas, atractivos por tanto, con una civilización material superior a la de ellos. ¿Qué postura iban a tomar? Era un momento crucial.

 

Josué renueva el Pacto. Pero no a la fuerza. La elección ha de ser «libre», aunque razonable. Josué evoca las «maravillas» de Yavé en el llamado pró­logo histórico. Es en forma sucinta, la historia del pueblo. No cabe duda: Yavé es un Dios que ama a su pueblo, el Santo, el Terrible. Josué y su fami­lia se deciden resueltamente por el Dios que los ha llevado hasta allí. Es un acto de sensatez y de agradecimiento. El discurso parece que ha persuadido a los oyentes. Todos optan por Yavé el Dios de los padres, ante cuyo santua­rio se han concentrado. Lo juran ante el arca, símbolo de su presencia. La fe de Josué en Yavé es la fe del pueblo: Yavé nos sacó de Egipto; a él le servi­remos; él es nuestro Dios. ¿A qué otro van a ir que tenga palabras de vida? Elección libre, responsable, personal. Motivo: con él está la vida.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.16-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Se ha elegido el mismo salmo, aunque con versículos diferentes. El estribillo sigue el mismo. Persiste la invitación de «gustar y ver qué bueno es el Se­ñor». Actitud de contemplación y de búsqueda. El tono aquí es: la bondad del Señor con sus fieles. «El Señor redime a sus fieles» lo resume en parte. Es un recuento de las obras de Dios para con los que le son fieles. Ese es el Dios de Israel. Esa es la fe del pueblo. Un Dios que salva y redime, en todas ocasio­nes, de todos los males. Nosotros lo contamos, lo celebramos, invitados por él, contemplamos las maravillas del Señor.

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. R/.

 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. R/.

 

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. R/.

 

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32

 

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

 

Texto de tenor exhortativo. Corre claro y transparente. Con todo, la luz es nueva. El «Misterio» de Cristo lo ilumina, le da sentido, lo penetra. Aun­que el tema inmediato sea el tema del matrimonio, éste, como cristiano, se engloba en el tema más amplio del «Misterio» de Cristo Cabeza de la Iglesia, tema importante de la carta. Le acompaña embelleciéndolo otra imagen, de recia ascendencia bíblica, que corre en la misma dirección y expresa la misma verdad misteriosa: Cristo Esposo – Iglesia Esposa. El primer versículo, de carácter más general, sirve de paso a la exhorta­ción dirigida en particular al estado de matrimonio: Sumisión de unos a otros con respeto cristiano. Es la «nueva» comunidad, y las relaciones han de ser de todo punto «nuevas», cristianas. El ejemplo de Cristo, sumiso al Pa­dre, ha de ser continuado en la Comunidad que lleva su nombre. Unos, sier­vos de otros en respeto y caridad. Han de vivir el «Misterio» de Cristo, ha­ciéndolo en su vida «misterio» cristiano.

 

El mismo «Misterio» ha de ser vivido en la institución estable del matri­monio. El matrimonio ha de ser reflejo del «Misterio» de Cristo. En otras pa­labras, el matrimonio, la vida matrimonial, ha de ser elevado a «cristiano». La actitud de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, respecto a su Señor debe ser vi­vida por la esposa en el matrimonio. Sin perder de vista «que han de some­terse unos a otros con respeto cristiano», la actitud sumisa de la mujer al varón ha de ser, en cuanto a ella respecta, la expresión «cristiana» de su es­tado. No se habla de esclavitud indecorosa ni de sumisión degradante, sino de una sumisión en la cual, en último término, el «señor» no es el marido, sino el Señor Jesús. La actitud de sumisión, de atención, de respeto, de delica­deza y de servicio, es en realidad la actitud querida por el Señor. En reali­dad se somete a Cristo. Su función queda, pues, elevada a reproducir en su conducta el Misterio de la Iglesia Cuerpo del Señor. La Iglesia recibe la sal­vación de Cristo Cabeza. La mujer «cristiana», sumisa, recibe en ello la sal­vación del mismo Señor. En lo que a ella toca, reproduce en su vida, como «cristiana», el Misterio de Cristo y la Iglesia: amor, respeto, sumisión… «Sed sumisos unos a otros… » ¿No es esto una maravillosa dignidad y una espec­tacular elevación de la mujer? ¡Reproducir en su estado el gran Misterio de Dios en su amor al hombre!

 

La amonestación se vuelve, a continuación, a los esposos. La exigencia es la misma en el fondo aunque se empleen diversos términos. El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a la suya, la Iglesia. La amó y se entregó por ella para que no le faltara nada; para tenerla adornada de toda gloria; para hacerla perfecta y santa, sin mancha ni arruga. El marido debe encar­nar, en su puesto de marido, el «Misterio» de Cristo Esposo. Amor, dedica­ción, entrega, respeto. Cristo mantiene y alimenta a la Iglesia, Cuerpo suyo. Así también el esposo «cristiano». En resumidas cuentas, todo ese volcar del corazón en atenciones auténticas a la esposa redunda en beneficio propio ¿No son ya, esposo y esposa, una sola carne? ¿No se extiende el amor de Cristo a todos nosotros, que somos su Cuerpo? Los miembros, que somos no­sotros, han de expresar un amor semejante a aquel que parte de la cabeza. La realidad de ser una sola carne, apuntada ya en el Génesis, se confirma en toda su amplitud, en el misterio de Cristo y la Iglesia.

 

El matrimonio humano, envuelto, no digo ya en la luz superior, sino en la realidad misma del Misterio de Cristo, se convierte él mismo en vehículo de salvación, es decir, se torna «misterio» cristiano, «misterio» de salvación. El esposo y la esposa realizan por su parte, como miembros de la Iglesia el gran «Misterio» revelador de Cristo y su Iglesia. Santa institución, sagrado estado. La dignidad y la responsabilidad de los esposos se agrandan y su­bliman, haciéndose carne viva del Misterio de Cristo. Cristo y su Iglesia son el gran Misterio de salvación.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: —«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

—« ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: —«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»  Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: —«¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: —«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Con la lectura de hoy termina, en la liturgia, el discurso eucarístico de Jesús. Crisis de fe en sus discípulos. Jesús, en sus exigencias y pretensiones ha intentado llevar a los oyentes a una toma de posición radical respecto a su persona. Se acepta o no se acepta a Jesús; no hay término medio. No se trata de admirar o aplaudir sus obras. Se trata de aceptarlo o no como salvador. Si se le acepta como salvador, hay que seguirle a donde quiera que vaya. Va en ello la Vida. Si por el contrario no se le acepta, habrá que abandonarlo como a loco, por no decir como a blasfemo. Esto que llega a la gran masa de forma urgente, llega con más aguda urgencia al círculo que, con más o menos devoción lo venera como Maestro. Crisis de fe en el grupo más próximo a Jesús.

 

Muchos de los discípulos habían visto en Jesús una figura profética, no más. Hablaba con autoridad y realizaba portentos. Pero Jesús se procla­maba mucho más: Pan de vida. Sus pretensiones chocaban con la mente normal humana. Sus palabras habían sonado «nuevas» en un principio. Pero ahora sonaban ya a locura. Se hacían duras e insoportables: ¡Comer su carne y beber su sangre! Muchos de sus admiradores cierran los oídos, dan media vuelta y lo abandonan. Reconocen en su interior que no es este el que esperaban. Jesús no está en disposición de ofrecer otro Signo que el propio cumpli­miento de su misión y de su palabra: su Exaltación Gloriosa, la Subida del hijo del hombre a donde antes estaba; su Muerte y su Resurrección. No hay otro Signo. La visión por parte de los discípulos de Jesús resucitado dará razón y sentido a sus pretensiones. Jesús se remite a ese acontecimiento su­premo. Los discípulos podían haber sospechado algo así en las palabras del Ma­estro. Podían haber barruntado que en ellas se velaba un misterio cuya re­velación vendría más tarde. A poco que hubieran pensado, podrían haber visto que no es la carne la que da la vida sino el Espíritu. Todo el A. T. lo venía testificando: la carne se corrompe; el Espíritu da vida. No es la carne de Cristo sin más, sino el Espíritu de quién aquélla está llena, es el que da vida. La «carne» -humanidad- de Jesús es el vehículo del Espíritu. Como tal, la «carne» de Jesús da la vida. Sus palabras -ha repetido con frecuencia el Maestro- son «Espíritu y Vida»: son una manifestación del Espíritu y dan vida.

Muchos se echaron atrás; no aceptaron a Jesús. No aceptaron a Jesús Salvador. Jesús contaba con esta defección. Así lo manifiestan sus palabras. La obra es de Dios. Y Dios se comporta de forma incomprensible para el hombre. Y la Salvación viene de él y no del hombre. Dios cambia su corazón y su mente. Pero el hombre se resiste con frecuencia. No ha habido en ese caso «atracción» del Padre.

 

La confesión de Pedro es la vertiente positiva de la crisis. Jesús no es un cualquiera; ni si quiera un profeta de gran tamaño tan sólo. Jesús es el Santo consagrado por Dios. Es alguien que toca lo divino y, como tal en po­der de dar la vida eterna. Pedro y los demás apóstoles tampoco han enten­dido, seguramente, las palabras del Señor. Para ellos resultaban tan miste­riosas como para los demás. Pero ellos veían que decía verdad. Se fiaron de él. Jesús había mostrado poseer palabras de vida eterna. ¿No lo gritaban sus signos y portentos? «Nosotros creemos» es la confesión apostólica. Tal adhesión tuvo su recompensa: todos ellos -fuera del «hijo de la perdición»- fueron testigos de la Resurrección gloriosa de Jesús y destinatarios del Es­píritu de lo alto. Así, con ellos, desde entonces, la confesión de la Iglesia. También ella espera ser agraciada con la visión del Señor Resucitado, pose­yendo ya en arras el don del Espíritu.

 

Reflexionemos:

Quizás podamos aportar algunas reflexiones partiendo del tema «crisis de fe». Es por todo conocido el dramatismo que anima al cuarto evangelio. La revelación de Jesús se desarrolla en forma de drama. Jesús se revela a si mismo paulatinamente. Poco a poco, con palabras y en signos, va decla­rando Jesús el «misterio» -salvífico- de su persona. Las obras lo gritan, las palabras lo proclaman. A la actitud reveladora de Jesús responde la actitud de aceptación o de incredulidad de los oyentes. No existe la indiferencia en el cuarto evangelio. Los que no le aceptan, acabarán por condenarlo a muerte. Los que se fían de él, terminarán por seguirle en todas sus andanzas. Los primeros se cierran a la luz; los segundos se dejan iluminar por ella. De aquéllos se apoderan las tinieblas; éstos se convierten en hijos de la luz. Dramatismo, crisis: Jesús en la encrucijada de todo hombre.

 

El capítulo 6 tiene por tema: Jesús se declara Pan de Vida. Esta declara­ción provoca una profunda crisis de fe en los discípulos. Y la «crisis» se re­suelve en dos posturas diametralmente opuestas: «Este modo de hablar es inaceptable» murmuran unos; «Tú tienes palabras de vida eterna» confiesan otros. La revelación de Jesús ha sido «alta», de algo que el hombre por sí mismo no puede comprender. La exigencia del Maestro extraordinaria: co­mer su carne y beber su sangre. Unos y otros han presenciado la multiplica­ción de los panes. Lo han admirado y lo han aplaudido: allí hay un profeta. Pero unos no han visto más que el milagro, y no han pasado de ahí. En el momento en que Jesús exige la aceptación de algo que supera la inteligencia y criterios humanos, se tiran atrás. Le niegan la fe. No entienden… No acep­tan. Los otros tampoco han entendido mucho. Pero han entrevisto el sentido del «signo». Allí hay un Alguien. Y, sin entender, se fían. Han creído. Esa es la FE. La fe implica una forma nueva de ver las cosas. La crisis puede repetirse en cada uno de nosotros. Por una parte, los criterios humanos, aun religio­sos; por otro, las exigencias de Jesús, a quien asiste el Padre. Muchos eligen el primer camino. Otros muchos el segundo. ¿A qué grupo pertenecemos no­sotros y hasta qué punto? La aceptación formal de Jesús continúa en la aceptación Práctica de su doctrina. La FE es una postura de vida, no sólo de mente. Nuestro pueblo «cristiano» da la impresión de estar perdiendo la fe. Los valores y criterios humanos absorben de tal modo a muchos de ellos que pa­recen haber destruido en ellos los más elementales sentimientos cristianos. El mundo clerical y religioso no parece encontrarse en mejor situación. Cri­sis de Fe, de fe viva. ¿A quién seguimos? Nosotros, con Pedro, queremos con­fesar nuestra Fe en Cristo de forma radical: Creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios; ¿A quién vamos a ir sino a ti que tienes palabras de vida eterna? Es la Fe de nuestros padres, la fe de veinte siglos de Iglesia. Quere­mos elegir, fiados por la Iglesia, ese camino. Y, como la Iglesia, esperamos ver al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, como afirmaron haber visto los apóstoles. Un día saldremos a su encuentro y estaremos siempre con el Señor. La primera lectura presenta una decisión semejante: con nues­tro Dios vida. Dios ha sido y sigue siendo bueno (también el salmo); de él nos fiamos. Ahí están los signos de su amor: la creación, la historia de la Iglesia, los dones espirituales en Cristo. «Gustemos» y «veamos» qué Bueno es el Se­ñor. La fe que profesamos nos lo hará gustar y ver.

La segunda lectura pone de manifiesto el compromiso de la fe: la partici­pación vital en el «Misterio» de Cristo. Seguimos a Cristo, y le seguimos se­gún su voluntad. Sumisos unos a otros con un amor y una dedicación cual la tuvo Cristo con nosotros. El gran Misterio de amor de Dios se convierte en nosotros en «Misterio» y «amor» cristianos. Es la expresión de la FE. La apli­cación al matrimonio es sumamente interesante. He ahí la vocación de los esposos: reproducir en su vida el Misterio del amor de Cristo a la Iglesia. Convendría insistir en ello cuando se habla a jóvenes que van a contraer matrimonio. ¡Realizan, los engloba, el Misterio de Cristo!

 

  1. 3.      Oración final:

Danos Señor, tu Espíritu para que podamos comprender tus palabras de vida eterna. Sin tu Espíritu podemos echar a perder tus realidades, trastornar tu palabra, tener miedo a tus preceptos, cosificar la eucaristía, construirme una fe a mi medida. Danos tu Espíritu para que no nos echemos atrás. Sino que como Pedro digamos “a quien vamos a ir si solo tú tienes palabras de vida eterna”. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009 (Con sugerencia de cantos)

Nueva sugerencia de cantos para este domingo

 

Domingo 20 de Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo del tiempo ordinario ciclo B

Hasta ahora habíamos leído los pasajes que hablaban de «creer en Jesús». Aspecto que se ve reflejado en la primera parte de la celebración, la liturgia de la Palabra. Hoy damos un paso adelante: además de «venir» a Jesús y «creer» en él, hay que «comer» su Carné y «beber» su Sangre. Que en el fondo es lo mismo, pero ahora con lenguaje específicamente sacramental. Son las dos dimensiones básicas de la Eucaristía. Comulgar con Cristo-Palabra en su primera parte nos ayuda a que sea provechosa la comunión con Cristo-Pan-y-Vino en la segunda.

EL SÍMBOLO DE LA COMIDA Y BEBIDA

El sorprendente anuncio de Jesús -hay que comerle y beberle- ha sido preparado por la primera lectura. Es lo que en los domingos de durante el año sucede cada vez: la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.

La promesa era estimulante. Dios preparaba para su pueblo un banquete: «Venid a comer mi pan y a beber el vino», porque «la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa». Una promesa que nosotros consideramos cumplida de un modo admirable en Cristo, que no sólo ha querido ser nuestro Maestro, nuestro Médico y nuestro Pastor, sino también nuestro Alimento, y nos ha dejado, en el sacramento, su propia persona como alimento para el camino ( «viático»).

Cristo Jesús, ahora «experimentable» de un modo privilegiado en la Eucaristía, esta vez en clave de pan y vino, es la respuesta de Dios a las preguntas y los deseos de la humanidad. A la objeción que hicieron -con lógica- sus oyentes de entonces: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?», la respuesta que el mismo Juan apunta más adelante, y la teología de la Iglesia aclara más es: el que se nos da como alimento es el Señor Resucitado, el que está ya libre de todo condicionamiento de espacio y tiempo, desde su existencia gloriosa, totalmente distinta de la nuestra. Él toma posesión del pan y vino que hemos traído al altar e, identificado con ellos; se nos da como alimento.

1.      Oración:

 

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.      Lecturas y comentario

 

2.1.Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6

 

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banqucte, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: «Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.»»

Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado.

La «sabiduría» es un don divino, como lo es también la vida. Son inseparables. Quien camina en «sabiduría» alcanza la «vida» demuestra ser «sabio». La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre la historia y la me­ditación de los vaivenes de la vida son el sustento del sabio. Hay muchos inte­rrogantes en la vida y muchos misterios en la creación y en la historia. La experiencia, propia y ajena, y la revelación de lo alto ayudan a ordenarlos y a comprenderlos de alguna forma. Sobre la creación y sobre el hombre, en particular, hay un ser que lo ordena y dirige todo. Orden y concierto en todo lo creado. ¿Cómo llegar a conocer el espíritu que los anima y la finalidad que lo orienta? Están, al mismo tiempo, sembrados de paradojas y contrastes. ¿Cómo encontrar la clave de todo ello? El hombre es menguado de inteligencia y de corta duración. ¿Cómo conocer el propio destino y el camino práctico que a él conduce en medio de tanta encrucijada intelectual y afectiva? La Sabiduría, personificación de saber divino, «orden» y «providencia», le sale al encuentro y se le ofrece abiertamente. Es un don de Dios.

Un palacio suntuoso, un «banquete» espléndido, una invitación cordial a todos. Invita con sencillez, acoge benigna, sacia con prontitud. Reparte el pan de la vida y escancia el vino de la inmortalidad. Gratis, gustosa, atrac­tiva. A los hambrientos, a los sedientos, a los sencillos. Llama a los incautos, disciplina a los inexpertos. Es el arte del «buen vivir». La vida está en el ca­mino de la «prudencia». La «inexperiencia», la falta de «juicio», llevan a la muerte. La «sabiduría» comienza por el temor de Dios. El «sabio» invita a caminar según los preceptos del Señor. En ellos encontraremos la vida. Pues Dios hizo la vida, no la muerte. Es un bien ofrecido a todos los hombres. ¡Venid: comed y bebed! La Sabiduría, personificación, se revelará persona, Cristo, Sabiduría de Dios, Sabiduría nuestra.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.10-15:

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

La experiencia religiosa está siempre revestida de nuevos matices. Dios es inabarcable. Hay que repetir una y otra vez el in­tento de «gustar» y de «ver» que bueno es el Señor. Nuestra condición actual lo necesita. Nos limitan el espacio y el tiempo. La bondad del Señor se hace sentir de diversas formas y en distintos momentos. También nuestra actitud es diferente: pedimos, esperamos, agradecemos, contemplamos, reflexionamos, con­sideramos. Queremos bendecir al Señor en todo momento. Cuando llueve y cuando no llueve; cuando tenemos y cuando no tenemos; cuando estamos sa­nos y cuando estamos enfermos: Siempre. Los versículos elegidos presentan un carácter marcadamente sapiencial. El salmista quiere darnos una instrucción para alcanzar la vida y días de prosperidad. La última estrofa señala el camino: Guarda tu lengua del mal… busca la paz y corre tras ella. El camino del Señor es el camino de la vida. El salmo nos invita a reflexionar. Reflexionemos y actuemos en conse­cuencia.

Sal 33, 2-3. 10-1 1. 12-13. 14-15 (R/.: 9a)

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

 

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? R/.

 

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20

 

Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

 

Daos cuenta de lo que el Señor quiere.

El cristiano está iluminado por la fe. La fe obliga a ver las cosas en una dimensión que el ojo humano, por si mismo, no puede descubrir. La fe, aun­que en cierta oscuridad, aprecia el sentido auténtico de las cosas y de los acontecimientos en su verdadero valor, en su relación con Dios. La fe, con todo, hay que ejercitarla; corre el peligro de atrofiarse. Y ejercitarla en cada momento y en cada acontecimiento de la vida. Pues el cristiano es un ser que camina. El día último se perfila ya cercano, se avecina. Y la luz que despide dibuja ya en este mudo el tamaño y valor de cada cosa. Portadores e iluminados por aquella luz superior, debemos aprovechar al máximo el valor que cada cosa y momento nos brindan. Es cosa de sabios.

Debemos reflexionar y actuar. Debemos, como cristianos, conducirnos a la luz de aquel «día». Sería una insensatez portarse de otra forma. En todo y ante todo busquemos la voluntad de Dios. Es lo que vale, lo que cuenta. Sin aturdimiento, con serenidad y aplomo. Como hombres maduros y conscientes del fin que les espera.

Los gentiles ofrecen en sus orgías, banquetes y fiestas religiosas, una es­tampa engañosa y falsa de la vida. No son el bullicio y el entusiasmo que producen el vino y las comilonas expresión genuina de la vida iluminada por Dios. Es cierto que tales celebraciones, por el vino, por los manjares, por las mixturas de bebidas fermentadas, por la presencia contagiosa de los inicia­dos, por el canto rítmico de himnos y coplas, experimentan los hombres cierta euforia, cierta elevación de ánimo, cierta sensación de pertenecer a otro orden, a otra esfera, a una esfera sobrehumana. Hasta hay algunos que, movidos por los espíritus danzan y hablan de forma extraña. Pero todo ello es engañoso. Es una falsa alegría. En el fondo es una huída. Las bebidas producen más sed y las comidas más hambre. El hombre no se une real­mente con Dios. La vibración auténtica, por el contrario -paz, alegría, gozo, seguridad, entusiasmo, etc- viene del Espíritu Santo. El Espíritu «llena», «ilumina», «anima», «consuela», «levanta» y «empuja» de forma auténtica. Las reuniones cristianas llevan pues otro aire. Son auténticos «banquetes», «ágapes», donde la comunión fraterna de amor y comprensión se funda en la comunión con Dios en Cristo. Una comida auténtica, una bebida auténtica, un entusiasmo y una vibración comunitaria en el Espíritu Santo. También hay cantos, himnos, salmos de todo tipo, pero religiosos, que, ordenadamente ejecutados, son expresión de la acción de Dios en nosotros. Es la magní­fica «Acción de gracias» (Eucaristía) a Dios Padre en nombre de nuestro Se­ñor Jesucristo.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: —«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: —«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: —«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

La lectura de hoy reasume los dos últimos versículos de la lectura del do­mingo pasado. Sirven de puente. Aquí encabezan la declaración de Jesús y enlazan el tema del «Pan de vida» con el de la «Carne» y «Sangre» que deben ser comida y bebida. Pasamos de un misterio a otro en la misma línea. O, si se quiere, damos un paso adelante en la revelación del misterio. Así es el es­tilo de Juan. Procede a modo de espiral. Siempre delante, la misma figura, y ésta, bajo diversos aspectos, y éstos, bajo diversas posturas. Jesús ha declarado ser Pan de vida. Y no cualquier pan, sino el único, el «divino», capaz de dar la Vida al mundo. Para alcanzar la Vida hay que aceptar a Jesús por la fe. Fuera de él no hay vida divina posible. Era una pretensión atrevida. ¿Qué signo haces? ¿Quién eres tú? , había sido la réplica de los oyentes. Pero Jesús no presenta otro signo, apuntado ya en la multiplicación de los panes, que la misma realidad de su persona y de su misión: Dios ofrece en su Hijo la Vida al mundo. No hay otro pan ni otro alimento, que comuniquen la vida divina, que Jesús, Hijo de Dios. El signo será, de alguna forma, la propia exaltación de Jesús. El gran signo de Jonás, en los sinópticos.

Comienza ahora una nueva sección dentro del mismo discurso. Jesús va a dar «carne» en comida y su« sangre» en bebida, para la vida del mundo. El Pan de vida es, avanzando en el «misterio», la carne y la sangre de Jesús. La pregunta de los oyentes pasa del « ¿Quién es éste?» al « ¿Como lo hará?». Y Jesús, como es su costumbre, contesta con una declaración reveladora: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Jesús no razona, no explica el misterio. Los acontecimientos futuros irán revelando e institu­yendo la verdad aquí anunciada. Sólo los que lo han aceptado como Pan de vida, los que creen en él, los fieles, recibirán la revelación preciosa.

También la expresión «para vida de mundo» desemboca en una formula­ción más precisa: «Habita en mí y yo en él». En eso consiste la Vida. Jesús vive por el Padre. De la misma manera, quien come su carne y bebe su san­gre, vivirá por él. Y esa vida no es otra cosa, dentro del misterio, que la vida eterna. Quien come a Cristo, asimila a Cristo, vive en él. Y si vive en él, vive en el Padre. Y si vive en el Padre, posee la vida eterna: «…Y yo lo resucitaré en el último día». Es, pues, necesario alimentarse de ese manjar para alcan­zar la Vida. La alusión, de nuevo, al maná de los padres, señala la conclu­sión del discurso y lo resume: «El que come de este pan vivirá para siempre». La referencia a la Eucaristía cristiana es clara y segura. La Iglesia que escucha este evangelio no puede menos de pensar en ella. Los térmi­nos «carne» y «sangre» no pueden tener otro sentido. De forma implícita se re­cuerda la muerte de Cristo por nosotros; muerte que, para Juan, es ya la Exaltación. En la Eucaristía comemos y bebemos, de forma misteriosa, la carne y la sangre de Cristo exaltado. En este Banquete se nos confiere la vida eterna. Misterio de fe, Misterio de esperanza, Misterio de amor.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de los domingos anteriores apuntaban ya al misterio de Cristo hacia la Eucaristía. : El milagro de los panes; el maná nuevo; el Pan de vida que promete Jesús. Es el alimento nuevo. Alimento que es necesario tomar. Y hay que tomarlo como él se presenta: venido del Padre y muerto por nosotros. Necesaria la fe. Seguimos con el mismo tema. Sólo que con una tonalidad un tanto nueva. Vamos a probar a representarlo bajo la imagen de «banquete». Al término comer, de los domingos pasados, se añade el de beber. Comer la carne y be­ber la sangre un auténtico banquete. El banquete evoca la compa­ñía:«comen», «beben»; hay un plural significativo. La promesa «habitará en mí y yo en él» encaja satisfactoriamente. En ese banquete está la Vida: «Lo resucitaré en el último día». Así se da también cumplida respuesta a la más profunda aspiración humana, representada en el salmo: « ¿Hay alguien que ame la vida?». Y la constante e imperiosa invitación a acercarse: «Gustad y ved que bueno es el Señor». Por otra parte, la Eucaristía nos introduce en una comunión inefable con Dios en Cristo: «Como el Padre vive y yo vivo por el Padre, el que come mi carne y bebe mi sangre vivirá por mí». Soberano y divino alimento la Eucaristía. Por otra parte, la Sabiduría, Cristo, según san Pablo se presenta bajo la figura de un banquete: una sala suntuosa, vino mezclado, pan, invitados. ¿No fue el deseo de ser «sabio» el que introdujo la muerte en el mundo?» Así fue en efecto; por envidia de la serpiente. De nuevo se presenta el mismo apetitoso fruto; pero con notable diferencia. La oferta viene de Dios, no del diablo; por amor a los hombres, no por envidia; no para romper con Dios, sino para vivir en él su misma vida. Es Cristo y sus dones. El Árbol de la Vida, la Cruz de Cristo, nos señala el camino: cumplir la voluntad de Dios. Y esta es creer en su Hijo, comer su carne y beber su sangre. Banquete que comunica la Sabiduría, banquete que da la Vida.

Las palabras de Pablo evocan, en el fondo, el banquete cristiano, la Euca­ristía. No las comilonas, no el alcohol, no los cantares paganos, sucios y or­giásticos. No las drogas, no la embriagueces, no falsa euforia y huida de la realidad. Todo lo contrario: «la Acción de Gracias a Dios Padre en nuestro Señor Jesucristo». Cena del Señor, comunicación fraterna de bienes; cantos inspirados, himnos, acción de gracias; asistencia mutua, consuelo de los afli­gidos, amor entrañable; plenitud del Espíritu, dones espirituales. El capítulo 11 de I Corintios puede iluminar esta maravilla. Un verdadero Banquete: comemos, bebemos, cantamos, exultamos, nos sentimos un en el Señor. El Espíritu que se nos otorga en este banquete, ilumina, consuela, anima, ro­bustece, embriaga, sostiene y sublima la realidad. Es el Vino de Dios, el au­téntico vino que precisa el hombre. El don está vinculado al comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo. El Banquete eucarístico, prepara y anuncia el Gran Banquete del cielo. Es prenda segura y pregustación de aquella Gran Cena de Bodas que el Se­ñor tiene preparada para los que lo aman.

3.      Oración final:

Señor, Dios nuestro, escúchanos y despierta en nosotros el hambre del pan de vida. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009.

Domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo décimo noveno del tiempo ordinario ciclo B

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a «comer», a «comulgar» con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

1.      Oración inicial

 

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto, para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón para acoger el eco del Silencio para que el alba envolviéndonos en la nueva luz matutina nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, el sabor de la santa memoria.

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

 

En aquellos dias, Elias continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: —«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —«¡Levántate, come!» Miró Elias, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Después del dramático encuentro con los profetas de Baal en el monte Carmelo, donde éstos acabaron trágicamente, Elías teme por su vida. El pueblo había deseado un signo. Elías lo había dado. El Señor que él predi­caba había mostrado ser el Señor de los Ejércitos, el Señor del cielo y de la tierra, el único Señor. No obstante, Jezabel, esposa del monarca, pagana y propulsora del culto pagano en Israel, le ha jurado odio eterno y le persigue a muerte. El siervo de Dios se ve obligado a huir. Elías, el gran defensor del yavismo en un pueblo que claudicaba aplaudido y dirigido por la monarquía, corre peligro de muerte en manos de una desdichada mujer. Una dura prueba para el profeta.

 

Elías huye. Pero la huida se convierte en una peregrinación religiosa. El viaje, duro y penoso, está cargado de simbolismo religioso. Elías huye de Je­zabel y se encamina hacia Horeb, hacia el Monte del Señor. No se dirige a Jerusalén, templo elegido por Dios y lugar de peregrinación de Judá. El Reino del Norte empalma directamente, al carecer de un santuario autén­tico, con las tradiciones del desierto: Yavé, el Dios de la Alianza, el Dios que se reveló a Israel, con gloria y majestad, en el Sinaí, llamado aquí – tradición elohísta – Horeb. Elías vuelve a las fuentes de su religión: al desierto, al lu­gar del encuentro con Dios. Magnífico propósito.

 

El camino es largo y penoso – cuarenta días y cuarenta noches – ; más pe­noso aún en las circunstancias en que lo realiza el profeta: amenazado de muerte. A Elías le pesa la profesión; desea la muerte. Todo es difícil en su vida. Las angustias le agobian demasiado. Y él no se considera mejor que sus antepasados. «¿Por qué, Señor, no tomas mi vida?» Quizás acabe con él el desolado desierto.

 

Pero Dios lo ha reservado para edificación de su pueblo; de él debe surgir un resto que le sea fiel. Elías debe caminar. Dios sale al paso de la necesidad más perentoria: hambre, sed, cansancio. Una retama, un jarro de agua, pan. Por dos veces experimenta Elías la providencia especial de Dios. Aquel pan lo confortará para el camino. «Con la fuerza del aquel alimento caminó… hasta el monte del Señor». Maravilloso alimento.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R/.: 9a)

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R/.

 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

 

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Salmo de acción de gracias con abundantes consideraciones sapienciales. El beneficio recibido, muy al fondo del salmo, motiva la acción de gracias en forma de alabanza. La alabanza viene coloreada, como también la acción de gracias, con una exhortación, o exposición de máximas, a seguir el camino que conduce a la «bendición». La verdad fundamental de estas enseñanzas, que el autor ha experimentado en su propia carne, es la benévola y extraor­dinaria providencia de Dios sobre los que acuden a él. Las máximas «los que buscan al Señor, no carecen de nada», «el Señor salva al afligido de su an­gustia», «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles», «contempladlo y quedaréis radiantes», «vuestro rostro no se avergonzará», son suficiente­mente expresivas. Todo ello lo recoge el precioso estribillo que da la tónica al salmo en esta liturgia: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Es una invita­ción, un apremio, una urgencia, dada, al fondo, la necesidad a la que están expuestos todos los mortales. La experiencia del autor invita a multiplicar las «experiencias» de un Dios bueno y providente. Elías, en el relato primero, confiesa haberlo experimentado.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

 

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entrego por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Una exhortación típicamente «cristiana». Hemos de ser «imitadores» de Dios. Al fin y al cabo somos, por definición, imagen suya. Dios origen de todo ser, de toda vida, de todo bien, es el ejemplar supremo. Hemos de ser «imitadores», y no de cualquier forma. Imitadores de Dios como «hijos». Y no como cualquier hijo, sino como hijos «queridos». Y queridos no de cualquier modo, sino «queridos» misteriosamente de forma inefable, como lo expresa el «amor» de Cristo que se entregó por nosotros. El misterio de Cristo – sacrificio y oblación -, expresión del maravilloso amor de Dios a los hombres, es la raíz y causa formal de la imitación cristiana. Dios nos amó así. Así debemos amarlo nosotros.

 

Nuestra vida ha de ser una imitación de Dios, una imitación de Cristo. La vida cristiana recibe la impronta de Cristo: oblación y víctima. Así Cristo, así nosotros. La vida cristiana recibe también la impronta del misterio trini­tario: «imitadores» de Dios como Cristo nos «amó», «marcados» por el Espí­ritu Santo. En la obra de la salvación se comprometen las tres divinas per­sonas. ¿No es la vida cristiana una participación en la vida trinitaria? De­nota ternura y afecto la recomendación «No pongáis triste al Espíritu Santo». ¿Cabe mayor delicadeza y respeto? El pensamiento del «sufrimiento» de Dios no es ajeno a la Biblia. Dios «siente» nuestro mal, nuestra ruina. ¿No es esto grande y maravilloso?

 

El Espíritu Santo es la garantía, el sello vivo en nuestro espíritu y nues­tro cuerpo, de nuestra pertenencia a Dios. En el día último será él, su pre­sencia en nosotros, la señal, el sello, que nos detenga como propiedad suya. Será el día de la liberación suprema. Sería horrible si nos alejáramos de él. Lo «sentiría»

 

La aplicación práctica se desprende con naturalidad: perdonad como Dios os perdonó en Cristo; sed bondadosos, comprensivos, como Dios lo ha sido con nosotros. Lejos la ira, el enfado, el resentimiento, la maldad. Sed miseri­cordiosos (Lucas) y perfectos (Mateo) como el Padre celestial se ha mostrado en Cristo perfecto y misericordioso. Buen espejo para un examen de concien­cia. Es nuestro programa de vida. Es la vida del hombre nuevo creado en Cristo.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: —« ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿ No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? » Jesús tomó la palabra y les dijo: —«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. »

 

Jesús ha afirmado categóricamente: «Yo soy el Pan bajado del cielo». Apunta, a todas luces, a su transcendencia. Jesús es un ser «superior» con prerrogativas que tocan lo divino La misma expresión «Yo soy» evoca el ha­blar propio de Dios en el A. Testamento. Esas pretensiones no pasan desa­percibidas a los oyentes. La exigencia de Jesús de creer en él para salvarse les parece exagerada y suena a blasfemia y a extravagancia. En efecto, to­dos conocen la procedencia de Jesús, conocen a sus padres, a sus familiares, saben cuál es su patria. ¿Por quién se tiene? Al fin y al cabo no es más que el hijo de un carpintero, oriundo de Nazaret. La objeción es seria.

 

Es curioso, la Encarnación del Verbo, que debiera en sí facilitar las cosas, las complica. La misma «exaltación» del Hijo del Hombre, manifestación es­tupenda de la sabiduría y del poder de Dios, será para unos escándalo, para otros irrisión. La carne pues, que ha tomado el Verbo, transparencia de lo divino, es para estos judíos un obstáculo. Los oyentes de Jesús no superan, en sus cavilaciones, los criterios humanos, no pueden ver. Jesús responde a esta situación fundamental. Para ver hacen falta ojos nuevos, luz nueva, cri­terios nuevos. Y ellos vienen de Dios. Dios, ya lo había anunciado por los pro­fetas, va a convertirse en Maestro, va a iluminar las mentes y a atraer los corazones. Los oyentes de Jesús dan muestras de insensibilidad y de cerra­zón a lo divino. No ven más allá de lo que sus ojos de carne puedan apreciar. La acción de Dios no ha logrado cambiarlos. Por lo visto se han cerrado.

 

El hombre no puede con sus solas fuerzas alcanzar a Cristo; necesita ayuda de lo alto. La ayuda no destruye la libertad, antes bien la responsabiliza en ir, al parecer, a contra de los criterios humanos. Aquellos oyentes, familiari­zados con el actuar de Dios en la historia de su pueblo, de­berían estar preparados para entrever el misterio. No dan señales de ello. No alcanzan a ver la verdad que van gritando los «signos». El misterio de la atracción de Dios.

 

En realidad nadie tiene una «experiencia» directa e inmediata de Dios: Nadie ha visto a Dios. El único, el Hijo. El Hijo ha venido del Padre y puede hablarnos de él. (Jn 1,18). El Hijo posee la vida eterna. Sólo el Hijo perte­nece a la divinidad. Sólo él puede comunicarnos la vida eterna. El hijo es el único Mediador. En el fondo de todo esto estamos tocando el misterio de la Encarnación.

 

La vida que ofrece Jesús es la vida eterna. No como la vida de los padres en el desierto. Murieron, por más que habían comido el pan descendido del cielo. No era aquel el auténtico pan del cielo. Jesús es el verdadero Pan del cielo. Y hay que comerlo para poseer la vida. No perdamos de vista la hu­manidad de Cristo, vehículo de salvación. Al hablar Jesús de su carne está aludiendo a ella de forma muy concreta: La Eucaristía. La Eucaristía nos in­troduce, dentro de la Encarnación, en el misterio de muerte y resurrección: «carne para la vida del mundo». Jesús, Verbo encarnado, muerto y resuci­tado por nosotros, se ofrece a los hombres como Alimento indispensable de vida eterna. Se precisa la fe: misterio de fe. El hombre se abre a la revela­ción salvadora que viene del Padre.

 

Reflexionemos:

 

Conviene partir del «misterio de Cristo». No podemos desterrar de la cele­bración litúrgica, y en resumidas cuentas de nuestra vida cristiana, el ele­mento «misterio».

 

Tocamos en este «misterio» dos aspectos ó momentos fundamentales: la Encarnación, es decir, el Verbo encarnado, hecho hombre – «bajado del cielo», «venido de Dios», «hijo de José» que «ha visto a Dios» – y su alargamiento en la muerte. Ambos se proyectan vehículo de salvación en una misma línea: el que cree en mí, tiene la vida eterna. Jesús es el único Intermediario: da su carne para vida del mundo. Este último elemento recuerda el «misterio» de su muerte, celebrado sacramentalmente en la Eucaristía, donde el Hijo del Hombre, «misteriosamente», se da como comida para la vida del Mundo. El tema de la muerte, expansión del amor «misterioso» de Jesús a los hombres, aparece en las palabras de Pablo. «Nos amó, dice el apóstol, y se entregó por nosotros como oblación y víctima de su suave olor». La Eucaristía también recuerda este aspecto: «Tomad y comed: este es mi Cuerpo que será entre­gado por vosotros». Hablamos con razón del «Sacrificio» de la Misa y de la «Víctima» eucarística.

 

Sugiere el tema del «misterio» la «misteriosa» atracción del Padre. La fe es un don divino, una luz de lo alto, una prolongación de la Encarnación: luz divina en la carne del hombre. Las palabras del apóstol «no pongáis triste al Espíritu Santo», «Dios nos ha sellado en él» declaran nuestra vida como «misterio». Estamos viviendo en el gran «misterio» del Dios Trino: Habitación de Dios, Templo del Espíritu.

Partiendo del «Misterio» de Cristo podremos hacernos una idea de la acti­tud que debe tomar el cristiano en la celebración del «misterio» de la Euca­ristía. Respeto, veneración, adoración, acción de gracias, alabanza… Recor­demos que recibimos al Verbo Encarnado, Muerto y Resucitado por noso­tros. Recordemos el motivo del amor inefable de su Entrega. Recordemos el misterio de Fe que lo envuelve. Recordemos la necesidad de acercarnos con reverencia. Recordemos que es el único Mediador; no podremos vivir sin él. No podemos caminar ni vivir sin este Alimento.

 

El tema del alimento «maravilloso» viene recordado por la primera lec­tura: Elías de camino, en peligro de perecer. No llegaremos al «Monte» del Señor, a la Jerusalén celestial sin este viático ¿No es justo y necesario can­tar con el salmo la «misteriosa» Providencia divina «Gustad y ved qué bueno es el Señor»?.

 

La vida cristiana es una prolongación del «misterio» eucarístico. Co­miendo a Cristo, vivimos con Cristo, vivimos como Cristo. Es el programa que presenta Pablo. El don del Espíritu procede de Cristo. El Espíritu nos acompaña, acuñados por él, hasta el día de la liberación, cuando, superadas con el maravilloso alimento, las dificultades de este desierto, logremos en­trar en el Santo Monte de Dios. Somos imitadores de Dios. Reproducimos en nosotros el admirable «Misterio» del Verbo de Dios hecho hombre. No odia­mos, no injuriamos, no deseamos ni obramos el mal. Perdonamos, soporta­mos, comprendemos. Nuestra vida es fruto de la Eucaristía y preparación adecuada para ella. ¡Qué bueno es el Señor!

 

3.      Oración final

 
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 
Vea también: Domingo 19, Ciclo B (2009)

Y únase a nuestra página en facebook y esté atento a más sugerencias de cantos y las gotitas litúrgicas que publicamos cada semana.

Domingo 18 del Tiempo Ordinario

Domingo décimo octavo del tiempo ordinario ciclo B

Un tema tipológico de base, en todo el capítulo sexto de Juan, es el maná. Está muy claro  que entre la narración del Éxodo (1. lectura) y el diálogo entre Jesús y los judíos hay un  paralelismo de estructuras dinámicas que permite hablar de «tipología». Es decir: lo que  sucedió en el desierto entre Dios y su pueblo, por mediación de Moisés, es repetido y  superado por esto que sucede entre Dios y los hombres, por Jesucristo y en Jesucristo. Concretamente: Dios dio alimento terreno al pueblo, para «ver si guarda mi ley o no» (1.  lectura), y manifestarle su presencia salvífica. El Padre de Jesús da a los hombres un  alimento celestial -Jesucristo su Hijo- marcándolo con su sello personal, para que crean en  El, el enviado.

  1. Oración:

 “Concédeme, Señor, este día, parar un poco para escuchar mi propio corazón para interpretar mis agitaciones internas con la luz de tu Palabra, para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones y para descubrirte y confesarte a ti una vez más, como el sentido de mi vida”.

 

  1. Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

 

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: —«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»  El Señor dijo a Moisés: —«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: «Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.»» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, habIa una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: —«¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: —«Es el pan que el Señor os da de comer.»

En el capítulo anterior el pueblo es presentado como una multitud sedienta junto a la fuente de agua amarga que Moisés hizo potable. Estas tradiciones estaban arraigadas en el corazón del pueblo (por eso aparecen duplicadas; ver Números 11 y 20). El término hebreo que se traduce por “pan” tiene un sentido general de “alimento”. Se han dado diversas explicaciones naturales para el maná. La más común es que se trata de la secreción de un árbol del Sinaí, el “Tammarix mannifera”, cuyas gotas se solidifican en el suelo con el frío de la noche y tiene un sabor dulce. Pero más que insistir en el milagro, el autor sagrado presenta una confesión de fe: Dios se muestra como un padre providente, socorriendo su pueblo (bebida, alimento, defensa de los enemigos, de los animales, orientación en el camino). Lo mismo se aplica a las codornices (que en la primavera regresaban y, exhaustas, se posaban en la península del Sinaí). El texto da una interpretación popular del nombre maná. La literatura rabínica vio en él el alimento de los futuros tiempos mesiánicos. Con todo, parece que la multitud no entiende. El discurso va a tomar un nuevo impulso a partir de este malentendido: lo que es dado es Aquel que se da.

2.2.Salmo responsorial Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 (R/.: 24b)

R: El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
Las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó.

Dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
Hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo.

El hombre comió pan de ángeles,
el Señor les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras
hasta el monte que su diestra había adquirido.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

 

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

El texto comienza de forma solemne: “Digo en el Señor”. La exhortación se dirige a los recién convertidos de la comunidad: entre la vida en el paganismo y la vida en Cristo hay un contraste profundo. La vida en Cristo impone exigencias serias que Pablo expresa con las siguientes imágenes: “abandonar la vida de antes”, o “el hombre viejo y corrompido”, “renovar la mente y el espíritu”. El lenguaje de la carta está influenciado por las imágenes de la liturgia bautismal, especialmente del vestido (subrayando la costumbre de cambiar de vestido al salir del agua): “revestíos del hombre nuevo”. En realidad, el bautismo marca el comienzo de una vida nueva, de una nueva creación.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: —«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: —«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: —«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: —«La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: —«¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:»Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: —«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: —«Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: —«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Cristo acaba de realizar la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Con este motivo consigue un éxito entre la muchedumbre bastante considerable (vv. 22-25) El discurso sobre el pan de vida parte de estos dos hechos. Las gentes han comido un alimento perecedero, pero, hay otro alimento que sirve para la vida eterna (vv. 26-27); la muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, pero la personalidad de Jesús es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento por el pueblo no son las que van a poder merecerle la salvación: lo único que cuenta es el seguir a Cristo (vv. 28-29).

Los oyentes se decepcionan evidentemente ante esta argumentación y quieren rebatir las pretensiones de Cristo: su milagro es insignificante, los antiguos vieron cosas mejores (versículos 30-31). Así, pues, si Cristo quiere revelar el misterio de su persona, que dé una señal más inteligible. Jesús responde afirmando que El es el pan de vida (vv. 32-35).

a) Estos versículos plantean, de manera enigmática, pero excitante, el problema de la persona de Jesús y de la capacidad de la fe para descubrir el misterio que se encierra detrás de los signos que lo manifiestan. Invitan expresamente al oyente a ponerse en estado de búsqueda auténtica para poder descubrir el alcance del discurso que sigue.

b) Choca bastante ver a Cristo presentando este proceso de búsqueda que es, en resumen, la fe (v. 29) con términos como «trabajo» (v. 27) y «obras a realizar» (v. 28). Efectivamente, el trabajo que hay que hacer no es perderse en la multitud de comportamientos que implica la ley, sino comprender que la vida de Cristo es la obra del Padre por excelencia (cf. Jn 5, 17). Que los hombres renuncien a discutir inútilmente sobre las muchas obras que ellos tienen que realizar para salvarse y que reconozcan la necesidad de una sola obra: la que el Padre cumple en su hijo y que está marcada con su sello (v. 27) y se manifiesta especialmente en el signo del pan.

c) Los signos y obras realizados por Cristo no son solo medios para legitimar su reivindicación o justificar su misión. El problema no está en dar pruebas de tipo intelectual, sino signos que comprometan ya desde ese momento y continúen la obra de salvación que Cristo trae. Con esto no es que El quiera competir con el maná. No se trata de demostrar que El es superior a Moisés, sino de hacer comprender que tanto el maná del desierto como los panes multiplicados por Jesús son ambos expresión del amor que el Padre ofrece al mundo. Jesús, al ir más allá de la significación material del maná (v. 32), estaba completamente en la línea del Antiguo Testamento que buscó con frecuencia ver la Palabra de Dios detrás de este alimento (Dt 8, 2-3; Sab 16, 26). Jesús deja entender, con esto, que El también, al multiplicar los panes, trasciende la vida material y física por su mensaje y el misterio de su persona simultáneamente (versículo 35). Pero los interlocutores de Cristo no trascienden el plano material (v. 34). En esta situación, a Cristo no le queda otra cosa que hacer que declarar abiertamente que el pan multiplicado va unido a su misión espiritual y a su propia persona hasta el punto de confundirse con ella (v. 45).

d) Cuando Cristo revela su propia persona, emplea una fórmula nueva: pan de vida, que era algo desconocido en el Antiguo Testamento. Juan ha, sin duda, forjado esta fórmula, así como creó las expresiones «luz de vida» (Jn 8, 12), palabra de vida (1 Jn 1, 1), agua de vida (Ap 21, 6; 22, 1). Probablemente pensó en el árbol de la vida del Paraíso, símbolo de la inmortalidad de la cual el hombre quedó privado por el pecado, que el maná del desierto no fue capaz de restituir, pero que Jesús concede como respuesta a la fe (cf. Jn 6, 50, 54). Existe, pues, en el concepto de pan de vida un matiz paradisíaco y escatológico: Jesús es la verdadera vida inmortal a la que el hombre tiende desde el primer momento y que, finalmente, le es accesible por la fe.

Juan relaciona el misterio eucarístico con la encarnación (v. 35): el verdadero pan es el Hijo de Dios que ha venido del cielo. El hambre se sacia recurriendo a El. Todo el que cree en Cristo y en su doctrina se está ya alimentando de Él. Pero la dimensión pascual de este pan no puede ser descartada. Es fácil que la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) haya sugerido a Cristo el tema del maná, así como las homilías pronunciadas en las sinagogas con motivo de la proximidad de tal festividad (cf. Jn 6, 59).

La palabra «dar», que se repite tres veces en el pasaje de este día, anuncia ya el don del Calvario y expresa que no existirá pan verdadero más que cuando se haya cumplido totalmente la obra salvífica de Cristo. El pan de vida no puede ser comido solo con la fe; es necesario un pan concreto, que exigirá ser comido realmente y así nos integrará dentro del misterio de la cruz.

Reflexionemos:

La actualización de las lecturas puede ser perfectamente una explicación del ritmo básico  de la vida cristiana: gracia de Dios -fe- acción de gracias. Uno puede acentuar cada uno de  estos elementos, según le parezca más conveniente; pero es importante que los tres estén  simultáneamente presentes; de otro modo, podría desequilibrarse el ritmo.

La gracia de Dios es el mismo Jesucristo, comunicado a los hombres con la fuerza del  Espíritu. Acentuar este principio es «personalizar» la realización entre Dios y nosotros, huir  de una posible cosificación de la gracia y de los dones de Dios. Es también -y muy  importante- «personalizar» la Eucaristía, como actualización sacramental de la iniciativa  salvífica realizada definitivamente en el misterio de Cristo.

La fe es, a la vez, gracia de Dios y esfuerzo del hombre. Aquí puede ayudar mucho el  texto de la segunda lectura: «Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de  Dios». La alusión, indicada antes, al tema del paraíso queda completada. Hay que hacer el  esfuerzo de revestirse, despojándose antes de la naturaleza envejecida; pero el nuevo  vestido no es autodado, sino «creado por Dios». Difícilmente se puede explicar mejor el acto  de fe. Su consecuencia está clara en las palabras de Jesús: los que van=creen en él,  quedarán perfectamente saciados.

La acción de gracias es el ambiente en el que se vive la fe. No puede ser de otro modo  cuando esta fe es consciente de su naturaleza. Por eso, la vida cristiana es una vida  «eucarística», que tiene en la Eucaristía, «su fuente y su culminación». La fuente, porque en  la Eucaristía se actualiza, para cada creyente y para toda la Iglesia, el misterio del don de  Dios: el pan que baja del cielo para dar la vida al mundo. La culminación, porque la vida en  la fe no tiene otra manera más perfecta de expresarse que la de incorporarse a la acción  sacrificial y de alabanza del Padre, que es la oblación amorosa del Enviado.

  1. Oración final:

Mi reposo eres tú, mi meta eres tú, el sentido de mi vida eres tú. En la comunión contigo lo tengo todo. Cuando tú me dices “Yo soy”, me dices también “Tú eres”. Me invitas, me atraes a una alianza contigo, una aventura de amor que no tendrá fin. Amén.

Vea también:  Domingo XVIII del Tiempo Ordinario -Ciclo B [2009] con sugerencia de cantos

Para más sugerencias de cantos, estén pendientes de las publicaciones en la página de Facebook.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Décimo séptimo domingo del tiempo ordinario ciclo b

“Tú les das el alimento a su tiempo”, le dice el salmista al Señor. Por medio del profeta Eliseo, el Señor nutrió a su pueblo. A orillas del lago de Tiberíades, Jesús alimentó a la multitud que le seguía. Hoy Cristo resucitado continúa nutriendo a su pueblo en la mesa de la Palabra y del pan. Como lo dice Pablo, el pueblo se convierte así en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu. La escena de la multiplicación de los panes, también presente en los demás leccionarios, asume en el leccionario B un relieve especial, conectando la temática de Marcos con la de Juan.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Seguir leyendo «Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo sexto del tiempo ordinario ciclo B

Como un buen pastor que cuida de su rebaño, Jesús invita a sus discípulos que se tomen el tiempo para descansar. Presionado por la multitud, no se resigna a despacharla sino que la acoge y le da su enseñanza por bastante tiempo. Jesús es el buen pastor anunciado por el profeta Jeremías y cantado por el Salmo. Él reúne en un solo cuerpo a judíos y paganas, nos dice Pablo en la segunda lectura.

  1. 1.     Oración inicial:

Bendito seas, Padre, porque cuidas de tu pueblo con amor y por medio de Cristo lo proteges y le das vida en abundancia. Tú has constituido a Jesús sacerdote y pastor de la Iglesia,
Y nadie podrá arrebatarle las ovejas que tú le has encomendado. Amén

  1. 2.     Lecturas y comentario:
    2.1. Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor–. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: A los pastores que pastorean a mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones –oráculo del Señor–. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá –oráculo del Señor–.Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: «El Señor nuestra justicia.»

Reuniré el resto de mis ovejas y les pon­dré pastores.

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, desperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han desperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de ustedes, malos pastores! Dios les va a exigir cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido, si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

2.2.Salmo responsorial: Sal 22, 1-6

 El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
En verdes praderas me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
Tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versículo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versículo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versículo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versículo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versículo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versículo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y Gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo.
Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa.

Los fieles de Éfeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: –Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Jesús vio a la multitud y le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor.

Estos versículos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio (domingo anterior). Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre? Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Reflexionemos:

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» – la Cruz – es cobijo y orientación, por una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran desperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz? Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, desperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.

  1. Oración final:

Te damos gracias porque Cristo confió su misión pastoral a hombres sacados del pueblo para transmitir tu palabra, administrar los sacramentos y presidir la comunidad de fe,
Sirviendo a sus hermanos con amor y solicitud pastoral. Así perpetúa Jesús, el Buen Pastor, su pastoreo entre nosotros. Pero la mies es mucha y los trabajadores son pocos.
Te pedimos, Señor, que envíes vocaciones a tu Iglesia.

Amén.

 

 

 

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo Décimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

En este domingo la liturgia nos ofrece la celebración de la llamada de Dios a ser Misioneros. En el texto de Amós podemos ver que el profeta rara vez es bien recibido. El mensaje que viene de Dios suele ser incómodo para el que lo recibe. Hemos leído hace unos días como el mismo Jesús es despreciado en la sinagoga de su pueblo. Hay una frase que el profeta de todos los tiempos, también el de hoy, debe estar listo para escuchar: “Vete a predicar a otro lado; aquí tenemos unas leyes laicas aprobadas por mayoría y tus prédicas van por otro lado. Eres un subversivo antisocial y antidemocrático”. El texto de San Pablo es el himno cristológico que cantamos con frecuencia en la hora de Vísperas. El Evangelio del día nos habla de la misión y de cómo debemos desarrollarla.

  1. 1.      Oración:

 

Padre que podamos reconocer en tu Hijo tu rostro de amor, la Palabra de salvación y de misericordia, para que podamos seguirlo con un corazón generoso y lo anunciemos de palabra y obra a los hermanos que esperan el Reino y su justicia. Cólmanos de tu Espíritu para que nuestra escucha sea atenta y nuestro testimonio sea auténtico y libre, incluso en los momentos de dificultad y de incomprensión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

  1. 2.      Lectura y comentario

2.1.Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: –Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país. Respondió Amós: –No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Mal iban las cosas en aquel reino, muy mal. La relativa libertad e inde­pendencia de que venían gozando desde hacía algunos años los habitantes del país, los habían ensoberbecido un tanto. Mucha prosperidad, mucha hol­gura; riquezas, lujo, reconocimiento, mediante pactos y alianzas, de los pue­blos limítrofes; culto espléndido en los santuarios; seguridad, alegría… Mu­cho de eso, sí, pero el país estaba podrido. Todo parecía hermoso y en orden. Pero era una ilusión. Era sólo la superficie. Dentro se devoraban unos a otros. El rico oprimía al pobre; el poderoso explotaba al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas de campo, lechos de marfil; vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista. El pueblo de Dios estaba podrido. ¿Qué hacer? ¿Habrá cura? El mal era que todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. El pueblo no se daba cuenta y los «profetas» habían dejado de levantar su voz. Amós es enviado a recriminar la situación. El mejor lugar, el santuario, y el momento más oportuno, la celebración cultual: Betel. Betel gozaba de la protección real. Era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. ¡Qué engaño! Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yavé. Amós condena todo aquello; no respeta ni la afluencia de gentes ni el carácter real del lu­gar. Amós habla con autoridad. El sacerdote custodio del santuario lo ha confundo con un «profeta» de «profesión», un carismático «empobrecido» e in­digente, envidioso y extravagante, extraño, además, al país. «Vete de aquí» es la réplica. Pero el encargo de Amós no es cosa humana. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Amós viene arrastrado por el «soplo» de Dios. Y el «soplo» de Dios es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la «voz de Dios».

2.2.Salmo Responsorial Sal. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

Los hombres estamos siempre necesitados de misericordia. Somos cons­cientes del estrecho límite en que nos movemos – espacio y tiempo -y senti­mos pesadamente sobre nosotros la dura carga de la necesidad, ya corporal, ya espiritual. Apenas hemos salido de una, cuando ya se avecina otra. Surge, pues, espontáneo, el hombre de fe, el clamor a Dios: «Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación».

 

R: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles
y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el ciclo.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. [Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también ustedes –que han escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que han sido salvados, y han creído– han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual –mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios– es prenda de nuestra herencia.]

Pablo celebra la obra de Dios, que se proyecta desde el fondo de lo eterno en la escena de la historia humana, para recogerse de nuevo heredad eterna. Se delinean, vigorosos, rasgos trinitarios: El Dios uno se revela trino en su obra. La Ver­dad divina se manifiesta amorosa y salvífica. El Padre nos comunica, por el Hijo, en el Espíritu Santo, su naturaleza. Es un canto, un himno, una ala­banza gozosa; una profesión de fe jubilosa, cargada de esperanza. Allí el amor del Padre – nos ha bendecido – la obra del Hijo – «plenitud de los tiem­pos» – el don del Espíritu – sello, prenda, anticipo.

La alabanza a Dios es el eco del favor divino: bendecimos y glorificamos a Dios que nos ha bendecido plenamente y nos ha hecho partícipes de su glo­ria. El punto de encuentro es Cristo. En él, que ha bendecido nuestra natura­leza, reflejamos limpia y tersa la luz recibida. Santo, e inmaculados delante de Dios. Todo parte de un acto de amor de Dios a nosotros. Un amor comuni­cativo y transformante, un amor creador: hijos en su Hijo Unigénito. La obra lleva el nombre – entre otros – de redención. Jesús, en su muerte, nos ha librado de las tinieblas y de la ignorancia. Ahora vivimos en la luz. Vemos las cosas con luz divina. Sabemos apreciar las cosas en su debido valor y cami­namos al impulso de una fuerza superior. La creación vuelve a cobrar su sentido primero en Cristo. Y nosotros, con él, somos herederos de los bienes eternos. El Espíritu que se nos comunicó el aceptar la Buena Nueva es «garantía» de él. Es más, estamos sellados por él. Es el «sello» de la Alianza en Cristo. Ya participamos aquí – «prenda» de lo que hemos de recibir des­pués. Esperamos la revelación plena. Gozamos del «anticipo».

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel lugar.
Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al salir sacúdanse el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Unos capítulos antes nos ha relatado Marcos la elección de los «doce». Je­sús había atraído sobre sí la atención del pueblo de Palestina. Unos le ha­bían seguido de lejos; otros de cerca. Unos con simpatía y entusiasmo; otros con recelo. Unos cuanto admiradores se habían convertido en sus «seguidores». De ellos Jesús había elegido «doce». Les había llamado «apóstoles». Los había convertido en «pescadores de hombres». Le acompa­ñan a todas partes, oyen sus predicaciones y viven con él. Jesús los envía ahora a anunciar el Reino. Para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen; son sus colaboradores.

Los envía de dos en dos. Así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los términos del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Han de predicar la «conversión». Sin «conversión» no puede implantarse el Reino. Así predicaba él y así también el Bautista. Y las ma­ravillas que han visto realizar al Maestro brotan de sus manos: lanzan de­monios, curan enfermos, limpian leprosos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los «doce» continúan la obra de Cristo. Esa es su «Misión» y no otra. No tienen otra razón de ser que esa. Todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla: «la sencillez apostó­lica». Nada que impida su «Misión» o la desvíe. Sobriedad al máximo. Su «Misión» es su riqueza. Sólo el bastón y las sandalias – un par – para cami­nar ligeros. Corre prisa. La hospitalidad de las gentes – proverbial en aque­llas tierras – les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza; no se verán obligados de ir de aquí para allá. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y puede que no vuelva más. Les espera un juicio te­rrible. Los apóstoles son el Maestro. Algo que hace temblar.

Reflexionemos:

La primera y tercera lectura coinciden en un punto importante: la «misión». El pastor Amós es enviado a profetizar. Nadie puede impedírselo. La voz del Señor lo ha constituido «profeta» y «apóstol». Lo ha investido de su poder y autoridad. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada. Ni el rey ni el sacerdote pueden nada en él. Los «doce» fueron crea­dos «Apóstoles», enviados a proclamar el mensaje del Señor. Están investi­dos de poder. Toda oposición o desacato son condenados irremisiblemente. Quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. «Seriedad» tanto para el «enviado» como para los destinatarios. La «misión» de Cristo es salvadora. Sus enviados son «salvadores». Lan­zan demonios, curan enfermos, anuncian la Buena Nueva. Lo son por voca­ción y oficio. Para ello sus poderes. La Iglesia continúa esa función, en espe­cial en los miembros cualificados: obispos, presbíteros… ¿Cómo cumplimos nuestra «misión»? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desdichados?

Para realizar expeditamente esa «misión» el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. En realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar Cristo. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto equipaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas….

3.  Oración final

 

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, por los siglos de los siglos.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

 

Normalmente en la propia tierra es donde se espera que haga más un personaje importante. En el caso de Jesús pasa lo contrario: mientras los más lejanos creen en él, los más cercanos no. El Evangelio de Marcos nos pone hoy ante una escena de fracaso misionero. No hay que perder de vista que, desde el primer momento, se dice que los discípulos estaban allí con Jesús, por lo tanto hay una lección orientada también al discipulado.

 

  1. 1.      Oración:

 

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1. Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5

 

En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: –Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor.» Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

 

Admirable la vocación del profeta. Enviado de lo alto para transmitir al pueblo la palabra de Dios, encuentra con frecuencia un auditorio indiferente, cuando no hostil. Es para desanimar a cualquiera. No será rara la sensación de que hace el ridículo. Más aún, el predicador sagrado expone con frecuen­cia no sólo su reputación de hombre sensato y doblegado, sino tam­bién la propia paz y tranquilidad y hasta pone en peligro su vida. Hombre valiente, arriesgado y decidido. Tes­timonio de Dios entre los hombres, signo de contradicción por lo común. Se encara con el pueblo y sus palabras toman un matiz diverso, según la situación del auditorio. Anima al pusilánime, levanta al abatido, consuela al pobre, defiende al desvalido, infunde esperanza a los que la han perdido o están a punto de perderla. Truena, en cambio, la voz del profeta, amenazadora y asusta, en la casa del rico avariento y del acu­sador injusto; retumba en los oídos del pueblo insensato idólatra, ebrio de placer y de orgías, acusa con desenfado al profeta hipócrita y falseador y desenmascara al adulador aprovechado.

 

En una misión semejante encontramos ahora, en la lectura, al profeta Ezequiel. Los padres han pecado. Dios les anunció por Jeremías el gran de­sastre, el destierro. No hicieron caso. Los hijos, ya en el destierro, parecen seguir el mismo camino. Han cerrado los oídos a la voz del profeta. No im­porta. El profeta debe seguir gritando, debe seguir anunciando la palabra de Dios. No debe dejarse intimidar por la actitud hostil o indiferente del pueblo.

 

Al profeta no se le garantiza el éxito. Hay que cumplir la misión apasiona­damente. Es misión divina. Tendrán que aguantarle. Dios lo envía para el propio provecho del pueblo. Suya es la culpa si no le escuchan. Dios ha cum­plido con su promesa: ha enviado un profeta. El pueblo tomará una actitud que lo salvará o lo condenará. La voz del profeta no suena en balde; lleva consigo la eficacia de Dios mismo, que salva o condena. Admirable la misión del profeta. Nos obliga a tomar una decisión.

 

  2.2 Salmo responsorial: 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

 

La imagen del esclavo y de la esclava que no retiran su mirada de las manos bondadosas de los señores, es suges­tiva y tierna. Así nosotros ante Dios. Saciados de desprecios y agravios pe­dimos humildes, pero con insistencia, la ayuda del Señor, su misericordia.

 

R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia

 

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

 

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10

 

Hermanos: Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: –Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

San Pablo es obligado a presentar a los corintios una justificación deta­llada de su conducta. Alguien se ha dedicado a difamarlo y a acusarlo injus­tamente de múltiples defectos. Al parecer, intentan aminorar su autoridad y desautorizar así sus enseñanzas. Pablo no puede soportarlo. Se defiende.

 

La defensa comienza en el cap. 10. En el cap. 11 Pablo comienza a elo­giarse a sí mismo, contra su voluntad. Dentro de este contexto general con­tinúa el cap. 12.

 

San Pablo puede gloriarse. Ha sido objeto de visiones y revelaciones es­peciales. Los estudiosos discutirán la naturaleza de ellas. A nosotros nos basta saber que Pablo ha sido favorecido de gracias muy especiales. Pablo puede gloriarse, tiene de qué. Junto a lo sublime está lo rastrero; al lado de la virtud-fuerza de Dios está la debilidad humana, mezclado con la dulzura de las co­municaciones divinas gusta al hombre lo desabrido de su poquedad. Así en Pablo; lo humano sirve de contrapeso para que su espíritu no se engría tor­pemente.

 

Es interesante la situación en sí misma. Pablo, profeta de Dios, gustador como nadie de los dones divinos, se halla rodeado de flaqueza, siente la nece­sidad en propia carne y la persecución lo lanza de una parte para otra. Dios lo ha dispuesto así sabiamente. Para Pablo la disposición de Dios es maravi­llosa. De este modo puede gloriarse de sus flaquezas; la acción de Dios pode­rosa brillará con más fuerza. La luz resalta más con un fondo de sombra. Cuando soy débil, soy fuerte.

 

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: –¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: –No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

 

Cristo se presenta un buen día por su patria, acompañado de sus discípu­los. Sin duda, que éstos, aunque incipiente tienen fe en él. Las maravillas que obra y las palabras que pronuncia los han cautivado. Para ellos Jesús es un profeta. Le siguen entusiasmados. El entusiasmo que ellos sienten ha­cia el Maestro, lo echan de menos en los compaisanos del Señor.

 

La fama de taumaturgo ha llegado, cómo no, a oídos de los nazaretanos. Su predicación ha encontrado amplio eco en Palestina. Puede que de ello se sientan orgullosos. Pero la presencia de Cristo entre ellos va a obligarles a tomar una posición bien definida.

 

Según Lucas, amigo de dar a los acontecimientos un cuadro más sicoló­gico, nos presenta a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Cristo dice ser profeta, ser enviado por Dios a evangelizar a los pobres y a curar las llagas de los heridos. Las palabras de Cristo suscitan, como en todas partes, admiración y sorpresa. Pero ante una pretensión tal -ser profeta de Dios- los habitantes de Nazaret pasan de la sorpresa a la indignación, a la repulsa. Lo rechazan. Ahí están las razones: es hijo del carpintero, su madre y her­manos viven allí mismo. ¿Cómo es posible que de esta humilde familia surja un profeta de Dios? Ellos conocen bien su niñez y su vida. No lo aceptan, se escandalizan.

 

1) Cristo taumaturgo, profeta, Hijo de Dios no tiene éxito en su tierra. Los suyos no le escuchan. Un verdadero fracaso. Los primeros en aceptarlo, que debieran ser, son los que primero se oponen en bloque. Cristo se admira de la poca fe.

 

2) Los argumentos del pueblo de Nazaret son dignos de consideración. «Su madre está entre nosotros; es hijo del carpintero». Dan mucho qué pen­sar.

 

Es interesante notar que el pasaje se encuentra en los tres sinópticos. To­davía San Juan nos lo recuerda (4, 44). Parece ser que para los primeros cristianos, como para Cristo, tuvo gran importancia. La humildad de Cristo de pertenecer a una familia, en su apariencia, común llegó a causar escán­dalo a los compaisanos. Dios se hizo un más entre nosotros para llegar a no­sotros. En lugar de acercarnos, nos alejamos. Es un misterio esto. Está en la línea de la gran humillación de Cristo que muere entre dos ladrones en la cruz. El acontecimiento de Nazaret prepara el acontecimiento del Calvario. Así hay que interpretarlo. Puede que ésta fuera la razón por la cual los evangelistas lo recuerdan admirados.

 

3) La humillación, llaga también a los padres. Po­díamos pensar en María. No le sería nada fácil oír tales palabras.

 

Reflexionemos:

 

La antífona de entrada nos recuerda la misericordia divina: la diestra de Dios está llena de justicia, es decir, de misericordia. Surge espontánea la alabanza; alabanza que recibe su mejor ambiente en la celebración litúrgica. Allí se medita en la misericordia de Dios y en sus grandes obras: la obra de Cristo salvador; ese recuerdo, realizado en fe viva, es ya una alabanza. Ante la magnitud de las maravillas, la alabanza debe ser eterna. Es un deseo y una petición  (3ª oración). Pero la misericordia de Dios no ha terminado. En el salmo la suplicamos de un modo particular. También la 1ª oración recuerda, a la par de justicia de Dios llevada a cabo en Cristo -«levantó a la humanidad caída»- la necesi­dad de perpetuarla en nosotros: disfrutar de los gozos del cielo.

 

Misericordia, salvación en Cristo, elevación del hombre en la humillación de Cristo, recuerdo, alabanza, petición. La misericordia no ha desplegado toda su virtud. Pidamos, alabemos, recordemos. La santa Misa es una ac­ción de gracias, un recuerdo, una alabanza… Eucaristía.

 

Cristo es siempre el punto de comparación y referencia en todo lo que  de inteligencia y penetración en los misterios divinos. Profeta por excelencia, Enviado del padre, Palabra misma de Dios, agraciado de las más altas comunicaciones, auténtico inter­mediario entre Dios y los hombres, Hombre como nosotros, desechado, per­seguido, injuriado, muerto. En él reciben sentido las manifestaciones de todo tipo de Dios a los hombres. En el misterio de Cristo se aclara al misterio del hombre

 

A) Cristo Profeta-Enviado de Dios. Cristo tenía por misión comunicar a los hombres las decisiones divinas y hacerlos partícipes de la vida eterna, expresión todo ello de la misericordia de Dios.

 

Sin embargo, a Cristo no se le acepta. «Y los suyos no lo recibieron» será la queja de San Juan. A Cristo no le acompaña el éxito, según lo entendemos nosotros. Cristo Hombre será la excusa de los incrédulos: es hijo del carpin­tero, es hijo de María; haz los signos que has hecho en Cafarnaún; baja de la cruz y creemos… La gloria de Cristo estaba oculta; Cristo estaba sujeto a la debilidad hu­mana: de una época determinada, de una educación, de una profesión, per­teneciente a una familia. Así es Cristo y no se le puede cambiar. Es verdade­ramente un misterio, pero así es.

 

Algo semejante hallamos en Pablo. Enviado, agraciado, autorizado por Dios choca con la oposición de algunos y con las limitaciones que le imponen las propias flaquezas. Ezequiel está en la misma línea: «hijo de hombre». Es un hombre, pero portador de la palabra de Dios. Hay que admitir la paradoja: elemento divino – al máximo en Cristo, que es Dios – y elemento humano – máximo también en Cristo. Es quizás el deno­minador común de las tres lecturas. Para Cristo es un momento más de la Pasión, como lo son para Pablo y Ezequiel sus respectivas limitaciones y persecuciones. El Profeta de Dios debe estar preparado para ello.

 

B) Las debilidades o limitaciones humanas, fuera naturalmente del pe­cado, no quitan prestigio, no valor, ni eficacia a las comunicaciones divinas. Ahí está Cristo, Hijo de Dios, Salvador, a pesar de ser también hombre. La primera oración nos recuerda: «Por medio de la humillación de tu Hijo levan­taste a la humanidad caída». Fue precisamente en su humanidad donde nos salvó. En Pablo las debilidades ponen de relieve la fuerza de Dios. Es un tema muy familiar a Pablo: Dios ha elegido lo más humilde para confundir a los poderosos.

 

Dios ha hecho las cosas bien. La gloria de Dios nos ofuscaría, su voz nos amedrentaría. Se hace hombre y nos habla lenguaje de hombres. Es un medio de salvación. Y cosa curiosa, la debilidad de Cristo fue el gran escán­dalo de los Judíos. Esto nos debe llevar a una consideración importante. Dios nos habla por medio de hombres. Hijo del carpintero era Cristo; su humillación nos trajo la salvación. ¡Atención! No debe ser este misterio escándalo para nosotros. De­bemos admitirlo como es, pues es obra de Dios.

 

La voz de: Dios, la voz de Cristo sigue resonando con ecos humanos. Que no sean las limitaciones humanas las que nos impidan ver en ellos la voz de Dios. Dios está en los hombres. Llena está la historia de la Iglesia de hom­bres – hijos de carpintero – en los que Dios se ha comunicado y mediante los cuales Dios nos ha hablado. Debemos desechar lejos de nosotros toda pre­sunción y vanidad.

 

Es por cierto un misterio. Es para alabar a Dios que emplea medios tan suyos. Respecto el profeta, al encargado de predicar la palabra de Dios, tenga presente el ejemplo de Cristo y de Pablo. No se le garantiza el éxito. Habrá ocasiones en que no encontrará atención; se le reirán, le perseguirán. Todo es posible. Pablo es un buen ejemplo.

 

Eucaristía. Alabanza. Cristo en especies tan humildes nos trae la salva­ción. No podemos desecharla. Recuérdese el sermón eucarístico en San Juan. «Duro es esto», dijeron algunos. Es menester admitir las cosas con fe. Fe es lo que echó en falta Jesús entre los suyos. En la Eucaristía se nos ma­nifiesta la misericordia de Dios. Pidámosla.

 

  1. 3.      Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Domingo 13 del tiempo ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

La liturgia de este domingo irradia optimismo; es un canto a la vida. Desde la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría,  se transmite este mensaje de vida: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera”. El evangelio de hoy nos narra el drama de dos contemporáneos de Jesús, agobiados por la desesperanza, a quienes éste devolvió  la alegría. Veamos cómo actuó Jesús a favor de la vida, venciendo así a la enfermedad y a la muerte.

1.      ORACIÓN:

 

Padre de bondad, por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Seguir leyendo «Domingo 13 del tiempo ordinario – Ciclo B»

Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

  1. 1.      ORACIÓN:

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en sólido fundamento de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro de Job 38, 1. 8-11

El Señor habló a Job desde la tormenta y le dijo: ¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbotando; cuando le puse una nube por vestido y del nubarrón hice sus pañales; cuando le tracé sus linderos y coloqué puertas y cerrojos? «¡Llegarás hasta aquí, no más allá – le dije -, aquí se romperá el orgullo de tus olas.

Aquí romperá la arrogancia de tus olas.

El apremiante y eterno problema del sufrimiento. El hombre lleva el sufri­miento pegado a su carne, desde que nace hasta que muere. Como sociedad y como individuo. A todos niveles: físico, moral… ¿Cuál es su razón de ser? La filosofía y la teología buscan una respuesta. He ahí una terrible interro­gante: el porqué del sufrimiento. Anejo, el misterio del pecado.

 

A Job le ha maltratado la suerte, diríamos hoy. Pero para aquellos hom­bres, y en verdad para todos, no hay suerte o destino ciego. Tras aquella fuerza que lo tiene postergado, se esconde Dios. Job es piadoso, Job es un hombre cabal, Job cree mantener una conducta irreprochable. Y, no obs­tante, la desgracia le llega hasta la médula de los huesos. ¿Por qué esto? Los amigos se esfuerzan en darle la respuesta, poseen la sabiduría. Todo lo que dicen es verdad o puede serlo, pero no encaja. Sus reconvenciones no acier­tan, lo confunden y alteran. Job no ha pecado. ¿Por doquier grandeza, sabi­duría, orden, concierto, bondad. Dios no hace nada sin sentido. Dios es el Señor de todo. Lo transciende todo y está en todo. El hombre no puede abar­carlo. ¿Cómo exigirle cuentas? Tan solo su voz infunde ya terror. El hombre debe retirarse dentro de sus propios límites, reconocerlos, y admitir sobre sí una razón suprema que lo gobierna todo, una providencia misteriosa, cierta y segura. ¿Quién es el hombre, Señor, para pedirle razón de su obrar? Posición justa y acertada.

 

El sufrimiento tiene un sentido, una razón de ser. Una relación profunda lo une con el pecado. Aunque el pecado personal no es la razón inmediata de su existencia en cada uno de los individuos. Dios dirige sabiamente y con au­toridad. La creación en su magnificencia nos invita a aceptarlo. El es bueno. Hay que dejarse llevar por él. El «misterio» de la muerte de Jesús iluminará el problema. Morimos en Cristo para resucitar con él. Esa es la respuesta de Dios en los «tiempos últimos». Esperamos ver con nuestros propios ojos la realidad suprema que este misterio encierra. Dios, pues, responde, y el hombre pierde el habla. En Job la creación que impone. En el Evangelio el «Misterio» de Jesús qué maravilla.

2.2.Salmo responsorial: Sal 106, 23-26.28-31:

Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Los que la mar surcaban con sus naves,
por las aguas inmensas negociando,
el poder del Señor y sus prodigios
en medio del abismo contemplaron. R./

Habló el Señor y un viento huracanado
las olas encrespó;
al cielo y al abismo eran lanzados,
sobrecogidos de terror. R./

Clamaron al Señor en tal apuro
y él los libró de sus congojas.
Cambió la tempestad en suave brisa
y apaciguó las olas. R./

Se alegraron al ver la mar tranquila
y el Se
ñor los llevó al puerto anhelado.
Den gracias al Señor por los prodigios
que su amor por el hombre ha realizado. R.
/

Salmo de acción de gracias. Un amplio salmo litúrgico. Recoge el agrade­cimiento de los fieles a Dios por los beneficios recibidos. El salmo separa a los agraciados por grupos. El texto aquí elegido representa la acción de gra­cias de los salvados de la muerte en su travesía por el mar. Dios es el Señor de los mares. A él el honor y la alabanza. La descripción de la angustia en una tormenta marina es asombrosa.

2.3.Lectura de la 2Cor. 5, 14-17

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

El que vive con Cristo es una crea­tura nueva.

De nuevo las palabras de Pablo. Breves, pero de profundo sentido. Cristo ha resucitado. He ahí el Acontecimiento por excelencia. La Resu­rrección de Cristo ha cambiado de signo a las cosas. Ha comenzado un mundo nuevo. El hombre ha sido recreado, la creación liberada. La humani­dad se encuentra de nuevo a sí misma y con su destino en Cristo Resucitado. Fuera de él se desvanece, se avieja y muere.

Cristo murió por nosotros. Cristo resucitó por nosotros. Cristo murió y re­sucitó por todos. Nosotros hemos muerto en su muerte y hemos surgido vivi­ficados en su resurrección. La muerte de Cristo es la expresión extrema de un amor sublime. El amor lo llevó a la muerte y en él quedó la muerte ven­cida. Y su amor a nosotros nos hizo capaces de quererle. Más aún, nos apremia, nos empuja, nos obliga. El amor que Cristo nos tiene ha creado en nosotros un movimiento singular hacia él. Es un cambiazo profundo. El don del Espíritu. Cristo nos ha amado y nosotros lo amamos a él.

La muerte y la resurrección de Cristo conforman nuestra vida. Y tanto ésta como el amor a que nos obliga llevan el signo de la muerte y la resu­rrección. Hemos muerto al pecado, hemos muerto a la carne, hemos muerto a lo viejo, a todo aquello que nos distancia de Dios. Vivimos en Cristo la vida nueva, la vocación celeste, la vida divina que nos introduce en Dios. El es­tado actual del cristiano -en este mundo- lleva ese doble signo gravado en su carne. El amor -que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado- se desarrolla aquí en una continua «muerte» a todo aquello que le obstaculiza su plena expansión: sensualidad, avaricia, odio, soberbia, egoísmo, aficiones descompuestas… No hay una vida divina sin una muerte, portamos la cruz de Cristo en la propia carne, todos los días, toda la vida. Esa es nuestra condición. Vivimos matando a la muerte. Ya llegará el mo­mento en que la «muerte» sea aniquilada en toda su amplitud: la resurrec­ción de los muertos, la vida futura.

En esta vida nueva hasta los criterios han cambiado. Ya no vemos, ni sentimos, ni deseamos, ni amamos, según la carne, según lo humano, al margen de la revelación de Cristo. Cristo vive en nosotros. Las relaciones con los demás han de ser de otro signo: en Cristo. Es toda una nueva pos­tura. El cristiano tiene un nuevo ser, una nueva vida, una moral peculiar, un pensar propio, una lógica que supera toda lógica, unos criterios y una forma de valorar las cosas que lo distingue de los demás. ¿Es así en verdad? Pablo nos invita a reflexionar apremiados por el amor de Cristo.

2.4.Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago.»  Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado en un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿No te importa que nos hundamos?»  El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar «¡Cállate, enmudece!». Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aun no tienen fe?» Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?».

¿Quién es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen.

Volvemos a Marcos. El evangelista del «secreto mesiánico». Un misterio profundo envuelve a Jesús. Sus palabras, sus acciones, su comportamiento, suscitan por doquier interrogantes. ¿Quién es éste? Algo de ello tenemos aquí. Jesús se aleja con los suyos. Jesús duerme en la barca, mientras ruge fu­riosa la tormenta. Jesús debía estar físicamente agotado. No era para me­nos, atendido su trabajo. La barca amenaza hundirse, los discípulos temen morir ahogados. Una voz descompuesta, desabrida, sacude al Maestro. No son en verdad muy respetuosos. ¿Saben en realidad quién es? Parece que no lo han descubierto todavía. La reconvención de Jesús lo sugiere: «¿Aún no tienen fe?» Fe ¿en qué o en quién? Fe, al parecer, en su persona. Todavía no se han enterado de quién es él, el Mesías, el Señor, el Grande. Tras la calma, se levanta en su corazón un sentimiento de temor. Sienten la presen­cia de lo divino, de lo grande. Y su espíritu se encoge, se turba y rebosa res­peto. Ahí está el Señor.

 

La barca simboliza la Iglesia. La Iglesia, representada aquí por sus «fieles» amigos, no parece sentir la presencia de su Señor en momentos de zozobra. A la Iglesia la sacuden tempestades de todo tipo. Parece amenazar ruina y desastre. ¿Dónde estás, Señor? El reproche de Jesús cae sobre noso­tros: ¿Qué temen? ¿Todavía no se han percatado de quién es el que va con ustedes? Y vuelve otra vez la voz del Maestro: ¡Calla, enmudece! Y vuelve la calma. ¿Hasta qué punto tenemos fe? No deja, con todo, de ser mis­terioso que nuestra vida en Cristo -la barca- sea zarandeada por los vientos, aun estando en ella Cristo. Contamos con ello.

Reflexionemos:

Comencemos por el evangelio. La barca de Pedro zozobra, y Cristo va dentro. Estamos ante un misterio. ¿Por qué lo permite? La barca, la Iglesia, está expuesta a las inclemencias del tiempo, como lo estuvo Jesús en su vida. Son sus debilidades, su cruz. Con todo, la seguridad le acompaña. Cristo victorioso estará ahí, dentro de ella. También ella saldrá victoriosa. Se apaciguaran los vientos y se calmará el mar. No hay por qué temer.

 

Estamos tocando el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo padeció, murió; pero surgió victorioso. La pasión, el sufrimiento, el dolor, la muerte tienen un sentido. Son expresión de un amor inefable. Ante un mundo viejo y podrido, que odia, que mata, egoísta, interesado, particularista, ale­jado de Dios, el amor de Dios ha de padecer, ha de sufrir. Pero ha de vencer. Así la Iglesia: lleva su cruz, su pasión; se le ha prometido la gloria.

 

La vida del cristiano, como tal, lleva ese signo. Un amor en lucha, en pa­sión, en sufrimiento. El cristiano participa de la debilidad de su Señor. Su vida transcurre dentro de los estrechos límites del espacio y del tiempo, con las flaquezas personales y la oposición ajena. También le acompaña la «fuerza» de su Señor. Jesús va en la barca, aunque parezca dormido. El su­frimiento nos configura a Cristo. Sufrimos en obediencia al Padre -en esta condición humana- y en amor a todos. Ya pasarán las tempestades. La vida de Job y el salmo nos lo recuerdan.

 

La segunda lectura nos invita a vivir el misterio de la vida nueva. Hemos muerto y debemos morir todos los días. Postura nueva, sentir nuevo en Cristo. Aquí cabrían muchas reflexiones. ¿Es verdad que nuestra postura es nueva? ¿Nos diferenciamos en la expresión de la caridad, en el justo aprecio de las cosas, en el carácter personal, de lo que llamamos mundo? ¿Dónde está esa piedad, esa religiosidad, esa paciencia, esa bondad, ese aguante, ese sentir con Cristo? ¿Nos tragará el mar? ¡Cuidado! ¡Llama a Cristo.

 

El interrogante piadoso que presentaba Job, queda solucionado en el «misterio» de la muerte y resurrección de Cristo.

 

  1. Oración final:

Que tu bondad, Señor, nos escuche; por tu gran misericordia vuélvete a nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

No deje de visitar nuestra página de Facebook para obtener las sugerencias de cantos.