Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

XV domingo del tiempo Ordinario

Ser elegidos y enviados

La V Conferencia del Episcopado Latinoamericano interpreta el tiempo actual como “una hora de gracia”, “un nuevo Pentecostés”, considerando que “el reto fundamental que se afronta es: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo… No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, enunciado y comunicado a todos” (Aparecida 14).

Si la Iglesia peregrina por naturaleza es misionera, a todo discípulo de Cristo le incumbe el deber de difundir el Evangelio en cuanto le sea posible. En la mesa de la palabra que se nos ofrece este domingo se reafirma que la vocación misionera hunde sus raíces en el misterio mismo de Dios. Todo Bautizado está llamado a comunicar la palabra de Dios, palabra que no es suya sino que Dios mismo se la ha comunicado. Acerquémonos a los textos que la liturgia nos ofrece este domingo.

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Amós 7,12-15

En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país. Respondió Amós: No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: «Ve y profetiza a mi pueblo de Israel».

Comentario

Para tener una mejor comprensión del texto que nos ofrece la liturgia de este día se hace necesario leer  el capítulo 7, 10-17. Se presenta los personajes y sus oficios: Jeroboán-rey, Amasías-sacerdote, Amós-profeta y YHWH. Realmente es un triángulo de funciones, competencias y relaciones mutuas. A) Sacerdote/rey: el sacerdote es un funcionario real, encargado del santuario nacional, que controla el rey; tenemos que recordar  que Jeroboán I nombró una nueva clase sacerdotal, sacada del pueblo; B) sacerdote/profeta: la relación es aquí de ámbitos de competencia; C) Rey/profeta: el rey quería controlar y tener a sus servicio al profeta; Amós es mediador de una instancia más alta. Si el rey  lo es por la gracia de Dios y el sacerdote está al servicio-culto de Dios, el profeta tiene la palabra de Dios que juzga a todos.  De estas relaciones hablará Dt 17-18.

Se presenta la clave del conflicto profético, la tensión entre profecía e institución. Ante el rey, que tiene su santuario oficial, con su sacerdocio institucional, levanta su voz el profeta, y el rey no lo puede controlar. Por eso el profeta hace alusión a su vocación y el origen de la misión: él no es profeta profesional o contratado; él tiene que profetizar, pero no como si esa fuera su profesión o su oficio habitual, sino como resultado de una acción “violenta” de Dios que interrumpe la normalidad de su vida. El se ganaba la vida como pastor, no como profeta. El que hace de la profecía un medio de vida no es un verdadero profeta y no se atreverá a profetizar contra el pueblo ni contra su rey ya que en ello se juega su sustento. Amós no pertenece a esa clase de profetas; ante la componenda que le sugiere Amasías (Am 7,16), su reacción es la del verdadero profeta: nuevo anuncio del castigo para Israel (la deportación) y anuncio dramático del final de Amasías.

Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-14

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo -antes de crear el mundo- para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la Persona de Cristo -por pura iniciativa suya- a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. [Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros -que habéis escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados, y habéis creído- habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual -mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios- es prenda de nuestra herencia.]

Comentario

Este texto es una maravillosa doxología en la que se reconocen los beneficios que Dios ha otorgado a su pueblo. Atendiendo a la obra que se atribuye a cada una de las divinas personas reflexionémoslo en  tres momentos:

1. El Padre nos elige y nos predestina (Ef 1,3-6).
Desde la eternidad, en acto singular de amor, nos ha elegido para ser su pueblo y en consecuencia para que nos mantengamos sin mancha en su presencia, como ofrenda agradable a sus ojos.
A la elección sigue la predestinación cuyo objeto es la adopción de hijos suyos por Jesucristo. Adopción no meramente legal, al estilo de la humana, sino real que nos hace partícipes de la naturaleza misma de Dios (2Ped 1,4).  Dos notas se mencionan respecto de la predestinación: el carácter gratuito de la misma y, el último fin a que se ordena, la alabanza de la gloria de Dios. La causa final de nuestra predestinación es la glorificación de la benevolencia y liberalidad con que Dios nos ha concedido todos los dones que nos a otorgado en Cristo.

2. El Hijo nos redime (1,7-12)
Cristo ha llevado a cabo nuestra redención muriendo por nosotros en la cruz. La sangre derramada en la cruz es el signo que rubrica la nueva alianza, como se expresa en las palabras de la consagración eucarística  (Lc 22,20). Pero es sobre todo una prueba de su inmenso amor a los hombres. Dios que amó tanto al mundo que le entregó a su hijo unigénito, quiso que la llevara a cabo de modo cruento, para poner ante nuestros ojos el amor inmenso que Dios tiene a los hombres.

3. El Espíritu Santo Sello y Prenda de nuestra salvación (Ef 1, 13-14)
La inhabitación del Espíritu Santo en nosotros constituye el sello y garantía de que un día participaremos de la herencia celestial.  El Espíritu Santo es el espíritu de la familia divina que Dios comunica a quienes ha constituido hijos suyos y miembros de la misma. San Pablo quiere indicar que la vida de gracia que tenemos ya aquí en la tierra y que lleva consigo la inhabitación del Espíritu Santo, se continuará en la patria con el esplendor y felicidad propia de ella, la acción del Espíritu Santo, como la del Padre y la del Hijo, tiene como fin la alabanza de la gloria de Dios. Es el fin para el que Dios ha creado al hombre y que se identifica con su suprema felicidad.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6,7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: – Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.  Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Comentario

El grupo de los doce es el de la verdadera familia de Jesús, su comunidad. Trataremos de indicar los distintos lineamientos enumerando una lista de los dones y de los deberes del apóstol y del discípulo de Cristo.

1. “Jesús llamó a los doce”

En el fondo de toda vocación esta la iniciativa de Dios; al principio, esta la gracia; la llamada es un don que descansa en nuestra libertad. Nosotros podemos rechazar dicha invitación, cerrar los oídos a esa voz que nos llama; pero si ella no resonara permaneceríamos en nuestro pequeño horizonte, en nuestra vida superficial, en nuestros propios sueños.

2. “Los envió de dos en dos”

La misión es un salir del seno de las propias costumbres, es dejar el pasado, abandonando padre, madre, hermanos, campos, etc. Como dirá Jesús; es entrar en una aventura del espíritu que exige desapego, generosidad, donación, libertad. El ir de dos en dos significa el ser testigos, confirmando la verdad como también el mutuo apoyo fraterno. No estamos solos porque esta la mano de Dios, y también la mano del hermano.

3. “Les dio poder sobre los espíritus inmundos”

En la frase final de la narración se nota también que los doce “expulsaban muchos demonios”. La misión es una lucha contra el mal y su poder. La vida cristiana es una continua elección de campo, conoce la tensión, sabe que esta sumergida en un tejido histórico en donde la violencia, la injusticia, la arrogancia están bien arraigadas. “Os envío como corderos en medio de lobos. Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt. 10, 16)

4. “Les ordenó que no llevaran nada”

Jesús enumera las exclusiones: Pan, alforja, dinero, dos túnicas. La pobreza, la sobriedad, la sencillez, el desapego, son cualidades decisivas para el discípulo auténtico de Cristo, Jesús fue siempre exigente, consciente como era de la tentación constante representada por el ídolo del dinero y de las cosas: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc. 16, 13). La credibilidad del testimonio debe recordar siempre la advertencia severa de Cristo sobre este tema.

5.”Cuando entren en una casa permanezcan en ella”

El don de la hospitalidad que florece alrededor del discípulo y que Jesús recomienda con particular intensidad a la comunidad: “El que los recibe a ustedes, a mi me recibe” (Mt. 10, 40).  Pero aparece también el rechazo: Algunas puertas se cierran, se hace burla de las palabras del apóstol, se crean murallas de hostilidad.  Aun en este caso el discípulo permanece sereno, se va a otra parte; pero después de haber dado testimonio de la verdad y de haber indicado el pecado de la ruptura de la comunión. En efecto, el gesto de “limpiarse el polvo de los pies” en el mundo judío significaba la fractura de una relación, la distancia que se crea. El judío repetía este gesto cuando regresaba de una región pagana a su patria. El que no escucha el evangelio se coloca fuera de la salvación, en un territorio impuro y marcado por el mal.

6. “Predicaban que la gente se convirtiera”

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea, decía a sus oyentes; “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1, 15) La conversión es según el original griego, un “cambiar mente”, es decir, de visión de la vida, es elegir un nuevo camino, es cambiar radicalmente la propia existencia modelándola sobre las exigencias del Evangelio.

7. “Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”

El aceite era, ciertamente, un conocido fármaco, usado en toda la medicina antigua. Pero aquí adquiere un valor particular, es signo del apoyo y de la conformación ofrecida por Dios al cuerpo enfermo y talvez anticipa la declaración de Santiago: “El que este enfermo llame a los presbíteros de la iglesia y oren sobre él, después de haberlo ungido con aceite, en el nombre del Señor” (5,14). En este signo se condensa toda actividad caritativa de la iglesia que no es por tanto, pura asistencia sino un acto sagrado, liturgia, testimonio de amor, del Reino de Dios y de su salvación.

En estos siete numerales esta encerrada la fisonomía del apóstol y del discípulo de Cristo: Gracia, misión, lucha contra el mal, pobreza, hospitalidad, conversión y amor. Es un perfil con el que debemos confrontarnos; como un examen de conciencia para que podamos decirnos sinceramente cristianos y para que no tengamos que escuchar en aquel día las frías palabras de Jesús “Jamás los he conocido; alejense de mi, agentes de iniquidad” (Mt. 7,23)

Habiendo meditado los tres textos que nos ofrece la liturgia, nos preparamos para celebrar nuestra propia vocación el ser iglesia, exige de nuestra parte descubrir la naturaleza de la vida de la iglesia: esta consiste en ser llamada por Dios para evangelizar. Cada persona bautizada ha sido llamada y elegida por Dios para anunciar con su vida y la palabra la llegada del Reino de Dios.

Nuestra celebración Eucarística esta orientada a celebrar esta llamada que Dios ha hecho a cada uno de nosotros. Por eso, llevamos al altar el trabajo humano y pastoral que hemos realizado a lo largo de la semana, ofreciéndolo como verdadera ofrenda. Imploramos de Dios su bendición para poder llevar a cabo la misión que él nos ha encomendado: ser sus profetas, discípulos y apóstoles de su reino.

Preparemos nuestra celebración:

(Los enlaces vinculados son responsabilidad de sus administradores)

Canto de entrada: El canto de entrada debe ser “expresión de fe, unidad y, armonía entre los hermanos”. Para esta celebración queda de manifiesto que se trata de vivir en profundidad nuestro compromiso de ser Iglesia. Para ello se proponen algunos cantos. “Iglesia peregrina” (C. Gabaraín), “Cantando la alegría” (C. Gabaraín), “Iglesia somos (C. Gabaraín)”.

Canto para acompañar la presentación de los dones: “Para ti nos hiciste, Señor (J.M.Martínez)”, “Te presentamos el vino y el pan (J.A. Espinosa)”, “Con amor te presento Señor (C. Endorzaín)´(Midi alojado en trovador.com)

Cantos para acompañar la procesión de la comunión:Donde hay caridad y amor”, (J Madurga). “Id y Proclamad (C. Erdozaín)”, “Amigo” (J. Madurga), “Envía obreros”, “Canción del misionero”.

Canto de salida:Id y enseñad” (C. Gabaraín), “Canción del testigo”, “Madre de los Apóstoles (C. Gabaraín)”.

Autor: Padre Antonio Zuleta

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