Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

XXVI domingo del tiempo ordinario

1. Oración para disponer el corazón

Con San Pablo, doblamos las rodillas ante el Padre para que nos conceda, según los tesoros de su gloria, fortalecernos en el hombre interior por medio de su Espíritu, y acoger a Cristo en nuestros corazones por medio de la fe, para que, enraizados y fundados en el amor, logremos conocer el Amor de Cristo que trasciende todo conocimiento, y así nos llenemos de la total plenitud de Dios (cf. Ef 3,14-19).

2. Lectura del libro de los Números 11, 25-29.

En aquellos días el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos; al posarse sobre ellos el espíritu se pusieron en seguida a profetizar. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad; aunque estaban en la lista no habían acudido a la tienda, pero el espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: -Eldad y Medad están profetizando en el campamento. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: -Moisés, señor mío, prohíbeselo. Moisés les respondió: -¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!

2.1. Comentario

El pueblo se había quejado ante Moisés, y Moisés se había lamentado delante de Yavé de tener que cargar sobre sus espaldas toda la responsabilidad de un pueblo tan numeroso. Para resolver el problema, Moisés elige 70 varones entre los ancianos de Israel. Después se dirige con ellos a la Tienda de Reunión, que estaba fuera del campamento, y en donde el Señor manifiesta su presencia con el símbolo de la nube. La comunicación del espíritu, que posee Moisés, a los 70 varones, significa que éstos van a compartir con él la difícil tarea de gobernar al pueblo.

La institución de los ancianos jugó un papel importante en toda la historia de Israel: los encontramos ya en Egipto (Ex 3, 16); durante la monarquía presiden las diferentes comunidades locales; los vemos de nuevo en el exilio de Babilonia (Ez 8, 1; 14, 1), y después de la repatriación (Esd 10, 8 ss) hasta los tiempos de Jesús. El presente pasaje de los Números confiere un carácter sagrado al origen de la institución de los ancianos, fundando así la importancia que tuvo siempre tanto religiosa como política. No es fácil determinar el significado de la palabra “profetizar” en el presente contexto. Posiblemente se trata de una especie de trance extático en el que se manifiesta la presencia de Dios, a semejanza de lo que se dice en 1 Sam 10, 5 y 19, 20.

Los celos de Josué anticipan la misma actitud de los discípulos de Jesús frente al exorcista que arrojaba demonios sin ser de su grupo (evangelio de hoy), y la respuesta de Moisés nos hace pensar de inmediato en la de Jesús a la pregunta de Juan. La gran tentación de la autoridad religiosa ha sido siempre monopolizar el espíritu, pero el Espíritu se comunica a quien quiere y como quiere. Los que mandan no deberían estar celosos, de que el pueblo profetice alguna vez; más bien debiera tomar nota de lo que dice Pablo a los obispos: “No apaguéis el Espíritu” (1 Tes 5, 19). El deseo de Moisés se convertirá con el tiempo en promesa para los tiempos mesiánicos (Joel 3, 1 s) y se cumplirá con la venida del Espíritu Santo sobre toda la comunidad de Jesús (Hech 2, 1-13).

3. SALMO RESPONSORIAL Sal 18,8. 10. 12-13. 14

R/. Los mandatos del Señor alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila
para guardarlos con cuidado
¿quién conoce sus faltas?
Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia,
para que no me domine:
así quedaré libre e inocente
del gran pecado.

3.1. Reflexión

Puedo fiarme de la naturaleza. La salida del sol y la llegada de las estaciones, las fases de la luna y el surgir de la marea, las órbitas de los planetas y el puesto de cada estrella. Maquinaria cósmica de precisión eterna. Los cielos hablan de orden y regularidad, y nos dan derecho a esperar hoy el mismo horario de ayer, los días y los años. Es la marca de Dios sobre su creación, un Dios que es el Dios del orden y de la garantía, un Dios de quien puedo fiarme en todo lo que hace, como me fío de que el sol saldrá mañana.

Así como me fío de Dios en la naturaleza, me fío también de él en su creación de espíritu y de gracia. En su ley y su voluntad y su amor. La voluntad de Dios dirige el mundo de la gracia en el corazón del hombre con la misma seguridad providente con que hace salir el sol y llover a las nubes, fiel en su cariño salvífico como lo es en guardar su puesto la estrella polar. «Su ley es perfecta, su precepto es fiel, sus mandatos son rectos, su voluntad es pura». La misma divina voluntad es la que dirige las estrellas del cielo y el corazón del hombre. Una creación es el espejo de la otra, para que al ver a Dios llenar de belleza los cielos nos entre la fe de dejarle que llene también nuestros corazones con su misma belleza.

«El día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».

Ese pregón, ese lenguaje, esa sabiduría secreta nos habla a nosotros también. Su mensaje es claro: Dios no falla nunca. Ese es el secreto de las estrellas. Y la misma mano que las guía a ellas eternamente por las rutas invisibles del cielo nos guía también a nosotros por los laberintos imposibles de nuestro viaje sobre la tierra. Mira a los cielos y cobra ánimo. Dios respalda a su creación.

Cielo y tierra al unísono. Tu Hijo nos enseñó a pedir que tu voluntad se haga en la tierra como en el cielo. Veo a todos los cuerpos celestes que obedecen a tu voluntad con fácil perfección, y pido para mí esa misma facilidad en seguir las rutas de tu gracia. Esa es la oración que rezo a diario, enseñado por tu Hijo. Es verdad que yo tengo la libertad -que el sol y la luna no tienen- de escoger dirección y desviarme de tu camino. Por eso te pido que me dirijas despacio, me corrijas suavemente, me cuides a lo largo de mi órbita. Dame fe en tu santa voluntad para que me sienta seguro de que al seguir su dirección me coloco en mi lugar en ese universo que has creado, y así contribuyo con mi libertad a la belleza del conjunto. Hazme amar tus mandamientos y acatar tus preceptos. Llévame a adorar tu ley, la ley única e indivisa que rige en armonía los cielos y la tierra. Enséñame a pensar en ti cuando saludo al sol naciente, y a darte gracias cuando despido a las sombras de la noche. Hazme sentirme cerca de tu creación, cerca del milagro de la naturaleza, cerca de tu ley. Adiéstrame para que cante tu gloria en mi vida en feliz unísono con el himno de cielos y tierra. «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos».

4. Lectura de la carta del Apóstol Santiago 5,1-6.

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza.

4.1. Comentario

Con una inspiración semejante a la de los antiguos profetas cuando atacaban la injusticia de los ricos, Santiago se vuelve ahora contra aquellos que se aferran de un modo culpable a sus bienes (vv. 2-3) hasta el extremo de no pagar debidamente a sus obreros (v. 4) y de oprimir, por añadidura, a las personas menos afortunadas que ellos. Santiago adopta contra estos ricos el estilo de las invectivas empleado por los profetas. Comienza invitándoles a llorar a gritos: tan enormes son las desgracias que les amenazan (v. 1). Sin duda se vale de este género de amenazas para tratar de mover a unos corazones tan endurecidos (cf. Am 8, 3). Por lo demás, el castigo es inminente. Santiago lo describe valiéndose de verbos en perfecto: el mal ha comenzado ya y solo quedan los ricos para que no haya lugar a dudas de que el castigo se cierne sobre ellos. El oro comido por el orín y la podredumbre de las riquezas llegarán a sus detentadores como un fuego devorador.

El pecado de esos ricos consiste en no pagar a sus obreros (v. 4), a pesar de los insistentes reproches de la ley (Lev 19, 13; Dt 24, 15) y de los profetas (Mal 3, 5; Eclo 31, 4; 34, 21-27). Este procedimiento era, en aquella época, uno de los medios más rápidos de enriquecimiento, y los procesos (v. 6) permitían las más de las veces, gracias al procedimiento judicial y a la venalidad de los jueces, desposeer al justo y al inocente en provecho de los grandes terratenientes (cf. la viña de Nabot, 1 Re 21). Santiago no teme lanzar sus duras invectivas contra los ricos.

Esta misma disposición de espíritu podemos encontrarla en el tercer evangelio (Lc 6, 24; 12, 16-21; 16, 19-31). Como los ricos de nuestro tiempo no han cambiado sustancialmente su actitud y las riquezas se edifican, ahora como siempre, sobre las espaldas de los pobres, las invectivas de Santiago conservan todavía su razón de ser. Pero ¿quién se preocupa, sin temer las consecuencias, de proclamarlas? ¿Es que, acaso, no hay ricos en el pueblo de Dios para que la audacia profética de Santiago no encuentre en él un lugar absolutamente necesario?

5. Evangelio según san Marcos 9,38-43.45.47-48

En aquel tiempo, 38 dijo Juan a Jesús:

– Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros. 39 Jesús respondió: – No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. 40 El que no está contra nosotros está a favor nuestro. 41 El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. 42 El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que el encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. 43 Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la Vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga.45 Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la Vida que ser echado con los dos pies al abismo. 47 Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado al abismo con los dos ojos, 48 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

5.1. Comentario

El evangelio de este domingo es la continuación del pasaje del domingo anterior. Jesús está atravesando las regiones de Galilea, enseñando a sus discípulos (cf. Mc 9,30). En el evangelio de hoy, Juan, en nombre de los demás discípulos, le cuenta al Maestro cómo había un hombre expulsando demonios en nombre de Jesús y se lo han querido prohibir (v.38). Este diálogo de los discípulos con Jesús muestra cómo los discípulos suelen exponer ante el Maestro sus decisiones y actitudes para que sean juzgadas-verificadas por Él. Los discípulos están llenos de buena voluntad en la obra de colaboración con Jesús para construir el Reino de Dios, pero, como en otros momentos, sucede que aún no han entrado lo bastante profundamente en la mentalidad de Jesús y por eso sus decisiones y actitudes no son conformes con los deseos de Cristo, es decir, con el designio del Padre. Este desajuste se revela en situaciones como la de hoy o como la precedente, cuando los discípulos discutían entre sí sobre quién había de ser el mayor (cf. Mc 9,34).

Juan indica, como motivo de la prohibición, que este hombre “no es de los nuestros”, como dice la traducción litúrgica. Literalmente, el texto dice: “porque no nos sigue”. Este pertenecer al grupo que sigue a Jesús es, para los discípulos, un aspecto muy importante y parece decisivo para poder realizar milagros en Su Nombre. Pero, en esta ocasión, resulta que, de nuevo, sus pensamientos no son los del Señor, y sus caminos no son los suyos (cf. Is 55,8).

Jesús les responde que no prohíban a los hombres realizar obras buenas en Su Nombre, porque ninguno de éstos que obran así puede, después, hablar mal de Él (v.39). Con estas palabras, Jesús está abriendo el corazón de sus discípulos para que acojan las diversas manifestaciones de la acción del Espíritu, que a veces se dan precisamente allí donde no se esperan. Porque el Espíritu de Dios sopla donde quiere (cf. Jn 3,8) y distribuye sus dones a cada cual como quiere (cf. 1 Co 12,11). El hombre debe someterse a la sorprendente acción del Espíritu, y no puede controlar o limitar su actuación con sus propias normas. A cada uno de nosotros ha sido concedida la gracia según la medida del don de Cristo (Ef 4,7). Y esta medida del don de gracia ha sido establecida por Dios, no por nosotros mismos. En su respuesta, Jesús subraya que la relación con Él constituye el criterio justo para verificar las obras de los demás. Si alguno realiza un milagro en el Nombre de Jesús, quiere decir que se ha abierto a su Espíritu y cumple estas obras con su poder. Nadie puede servir a dos señores (Mt 6,24). Por ello, quien ha acogido a Jesús como Señor y en su Nombre realiza milagros, no puede, al mismo tiempo, estar en su contra. Como en Jesús no hay “sí” y “no” (cf. 2 Co 1,19), así tampoco en los que le pertenecen y, de diversos modos, le siguen. Nadie movido por el Espíritu de Dios puede decir: “Anatema sea Jesús” (1 Co 12,3). Si una persona maldice a Jesús, esto quiere decir que antes, en su corazón, se ha separado de Él y después, como fruto, surgen palabras y obras malas.

En efecto, “quien no está contra nosotros, está con nosotros” (v.40). Jesús ensancha la perspectiva y aprecia toda expresión de bien. Incluso aunque este bien no haya sido realizado en plena unidad con la comunidad de los discípulos de Jesús, igualmente edifica la Iglesia, porque es signo de la acción del Espíritu en los corazones de estos hombres y mujeres. Quien no está con Jesús está contra Él, y quien no recoge con Él, desparrama (Lc 11,23). A veces, incluso inconscientemente, el hombre se declara, con su vida, o con Jesús o contra Él.

Jesús promete que no se perderá ningún gesto de bondad, y menos aún si está realizado en su Nombre: “quien os dé a beber un vaso de agua en mi nombre tan sólo porque sois de Cristo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa” (v. 41). En este dar de beber un vaso de agua se puede ver un símbolo de todo gesto bueno hacia el prójimo para sostenerlo en el camino de la vida, así como el agua renueva las fuerzas del sediento. Y del mismo modo que en el texto anterior Jesús enseñaba a sus discípulos a convertirse en siervos de todos y a crecer en la acogida a los niños en su Nombre (9,35ss), así también aquí los discípulos deben dejar a los demás que realicen hacia otros gestos de bondad en nombre de Jesús. De este modo, los hombres podrán servir a Jesús y expresar su amor hacia Él (cf. Mt 25,40). El bien debe ser realizado por todos. Todo hombre debe dar su propia contribución en el servicio y en el amor por el bien común de todos.

El versículo 42 es la continuación del discurso de Jesús. Pero, entre el 41 y el 42 hay un giro un tanto áspero en el tono de las palabras de Jesús: de la alabanza del bien cumplido hacia los que pertenecen a Jesús se pasa a la admonición acerca de no escandalizar a “uno de estos pequeños que creen”. Y, como en la primera situación, a los que realizan el bien Jesús les promete recompensa.

Es, en este momento, cuando Jesús pronuncia palabras llenas de dureza hacia el hombre que guía a otros, a menudo a los más débiles, hacia el mal. Ser para otros motivo de pecado quiere decir ser la causa de su autodestrucción a todos los niveles (natural, espiritual, social…). Quiere decir conducirles a la muerte, no sólo presente, sino también eterna. No se trata aquí de un mal ejemplo en el plano moral, sino que el escándalo al que se alude es algo mucho más grave. Es una conducta que amenaza a los pequeños, es decir, a los que son todavía débiles en la fe. Las palabras tan fuertes de Jesús indican la necesidad radical del rechazo del pecado y de mantenerse alejados de todo tipo de mal (cf. 1 Ts 5,25).

Los versículos siguientes (43.45.47) afirman que este pasar del bien al mal se realiza primero en el corazón y en la vida de cada uno de nosotros. Desde el v.43, Jesús se dirige directamente a mí y a ti, para que, mirándonos atentamente a nosotros mismos, cortemos todos lo que haya en nosotros de escándalo. Dios, Señor de la vida, nos ha creado a su imagen (cf. Gn 1,27); por ello, también nuestro cuerpo debe estar al servicio de la vida. Él nos ha dotado de los varios miembros que forman nuestro cuerpo para que podamos desarrollarnos para su gloria y el bien de los otros y, de este modo, alcancemos la plenitud de la vida en el Reino de Dios. Pero debemos recordar que somos carne, vendidos como esclavos del pecado y que en nuestros miembros obra la ley del pecado (cf. Rm 7,14.23). En esta situación, Cristo no nos deja solos, y no solamente nos enseña la novedad de la vida según el Espíritu de Dios, sino que nos libera del estado de pecado y nos hace capaces de caminar bajo el soplo del Espíritu (cf. Gál 5,16). Por consiguiente, la expresión: “cortar la mano o el pie”, o “sacar el ojo” no se puede comprender literalmente, sino que, como nos invita San Pablo, debemos, con la fuerza que viene de Cristo, hacer morir los miembros terrenos. La repetición de las expresiones: “es mejor para ti entrar manco (… cojo, tuerto) en la vida que ir con todos tus miembros al abismo”, hace ver a dónde pueden conducirnos, definitivamente, las pequeñas elecciones del bien o del mal. Luchar contra el mal en nosotros mismos y en el mundo y hacer crecer el bien nos llevará a alcanzar la plenitud del bien en Dios, en la eterna felicidad. Pero la tolerancia y el consentimiento del mal, incluso de aquel escondido en nuestro corazón, nos hace entrar en un camino que, finalmente, podría conducirnos a la perdición.

El versículo 48 parece subrayar aún más que este ir al abismo no terminará jamás, sino que durará eternamente. Si esto es así, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su propia vida? (Mc 8,36).

6. Oración final

a) Salmo 90, 1.12

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato.

b) Oración personal

Señor, te pido la gracia del discernimiento espiritual. Haz de mí una persona recta, que sepa elegir el bien y rechazar el mal. Ayúdame a vivir lo cotidiano según las promesas del Bautismo. Dame la delicadeza de acoger las pequeñas semillas de bien, escondidas en mí mismo y en mis hermanos. Y ayúdame a vivir vigilante y a apagar todos los dardos encendidos del maligno, con el escudo de la fe (cf. Ef 6,16)

Preparemos los cantos de la misa:

Entrada: Vienen con Alegría (C. Gabaraín)

Presentación de ofrendas: Te presentamos el vino y el pan (J. A. Espinosa)

Comunión: Si vienes conmigo (C. Gabarain). Sal y luz (Brotes de Olivo) Hazme un instrumento de tu paz. Bendito Serás(C. Gabarain).

Salida: Madre nuestra (F. Palazón).

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