Domingo 27 del Tiempo Ordinario

XXVII domingo del tiempo ordinario

“…Ya no son dos, sino una sola carne” “El que no acepte el Reino de Dios como un niño no entrará en él”

1. Introducción
Jesús continúa su camino hacia Jerusalén y, a la vez, continúa su instrucción a los discípulos. Los relatos que siguen a lo largo del capítulo 10 irán descubriendo y definiendo valores nuevos del Reino. Cada uno de ellos cambia uno de los principios del orden establecido, y nos introduce en la nueva moral de la comunidad nueva.

2. Lectura del libro del Génesis 2,18-24

El Señor Dios se dijo: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba, ninguno como él, que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

2.1. Comentario
“No está bien que el hombre esté solo”. La intención del autor es explicar la fuerza del amor, la atracción recíproca de los sexos. Hombre y mujer tiene cada uno sus características, pero son esencialmente semejantes, iguales en dignidad. El texto lo expresa al decir “es carne de mi carne…” Dios crea la mujer. El acto de la creación no admite espectadores. El hombre está en un sueño profundo, ignora el origen de la mujer. El hombre ha tenido tiempo para reconocerse y tomar posesión de las cosas que le rodean, dándoles un nombre (vv. 18-20). La leyenda de la costilla sacada de Adán (v. 21) corrobora esta idea: la mujer es la carne de su marido. Estamos lejos de la igualdad de los dos miembros de la pareja presentada por la tradición del primer capítulo del Génesis (Gén 1, 27-28). El hombre no agota su vocación con el dominio de la naturaleza y la vida: es, además, portador de un llamamiento al encuentro de un ser irreducible, capaz de comunión con él. En la mujer, el hombre descubre otro él, pues esta no se le presenta en su misterio de alteridad, sino al contrario, como el hueso de sus huesos, la carne de su carne; su mismo nombre (ishsha) no es sino el diminutivo del término que corresponde al hombre (ish, v. 23). Y la leyenda, según la cual la mujer nace de una costilla del hombre (v. 21) es un dato más que confirma esta dependencia de la mujer (v. 22).

Así, pues, el hombre mide a la mujer a partir de su propia conciencia; él mismo se sitúa en el centro de esta experiencia, siendo su compañera una mera “ayuda”, adquirida por él como un medio para llevar a buen término su proyecto. Se le considera únicamente como una “ayuda proporcionada” al hombre, aun cuando conserva su propia originalidad; la vemos sacar al hombre de su aislamiento y ofreciéndole su convivencia (v. 18). En cambio, en este pasaje no se hace la menor aclaración en el sentido de si la mujer, en su función de “auxiliar” del hombre, llega a superar su propio aislamiento. Pero se adivina ya que el misterio de la mujer le atrae y le invita a salir de sí mismo; acaba de descubrir el valor de la pareja y de su unidad.

Una pareja: el hombre no existe para sí mismo, no aguanta estar solo. Para vivir, necesita que exista alguien con quien poder estar frente a frente. Creado a imagen y semejanza de Dios, no puede vivir siendo él solo: lleva injerto en su ser el amor, y sólo en el encuentro y en la relación llegará a ser él mismo. Por haber nacido de Dios, el hombre es participación. Por toda la eternidad llevará Adán la cicatriz de su carencia, de su autosuficiencia imposible; es un ser incompleto. Eva, nacida del costado de Adán, será el símbolo viviente de la complementariedad inalienable.

Misterio del hombre, que para ser él mismo tiene necesidad de otro; que para encontrarse a sí mismo necesita compartir, y dar para llegar a ser. Misterio del hombre, que para poder existir como “yo” necesita que exista otro que le diga “tú”; que se descubre a sí mismo en la mirada del otro; que tiene conocimiento del mundo, de las cosas y de los seres a través de un lenguaje recibido de los otros. Misterio del hombre, que es sociedad. Adán llevará por siempre la señal de que él solo existe con los otros, por ellos y para ellos. El uno hacia el otro: el hombre es, desde su origen, un ser conyugal. Y desde entonces, la pareja es sacramento de Dios. “Dios -hace notar Teófilo de Antioquía- creó a Adán y a Eva para el máximo amor entre ellos, reflejando así el misterio de la divina unidad”. Y Dios llevará en su pecho, por toda la eternidad, la marca de su pasión por el hombre: el costado traspasado de Jesús en la cruz.

Dios es Amor y el Amor es encuentro y, por lo tanto, carencia y súplica: para existir, Dios necesita al hombre y, para existir como Amor, tiene que ser Trinidad. Grandeza de la pareja: se hace sacramento de Dios. “No separen lo que Dios ha unido”, dirá Jesús a sus detractores. El matrimonio es un sacramento no porque consagre la promesa solemne de los esposos, ni tampoco por fundarse en la mutua ternura; es sacramento por ser la imagen más perfecta de lo que es Dios y de lo que es la vida según Dios. En la relación entre un hombre y una mujer descubrimos y experimentamos que Dios es encuentro, don, participación, amor.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 127,1-3. 3. 4-5. 6

R/. Que el Señor nos bendiga
todos los días de nuestra vida.

¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel!

3.1. Comida en la familia
Es una gracia de Dios comer juntos, sentarse a la mesa en compañía de hermanos, tomar en unidad el fruto común de nuestro trabajo, sentirse en familia y charlar y comentar y comer y beber todos juntos en la alegre intimidad del grupo unido. Comer juntos es bendición de Dios. El comedor común nos une quizá tanto como el templo. Somos cuerpo y alma, y si aprendemos a rezar juntos y a comer juntos, tendremos ya medio camino andado hacia el necesario arte de vivir juntos.

Quiero aprender el arte de la conversación en la mesa, marco elegante de cada plato en gesto de humor y cortesía. Cada comida tiene también su liturgia, y quiero ajustarme a sus rúbricas por la reverencia que le debo a mi cuerpo, objeto directo de la creación de Dios.

La buena comida es bendición bíblica a la mesa del justo. Por eso aprecio la buena comida con agradecimiento cristiano, para alegrar lo más terreno de nuestra existencia con el más sencillo de los placeres en su visita diaria a nuestro hogar. Si el cielo es un banquete, cada comida es un ensayo para el cielo.

Que la bendición del salmo descienda sobre todas nuestras comidas en común al rezar y dar gracias: «Comerás el fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

4. Lectura de la carta a los Hebreos 2,9-11.

Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

4.1. El santificador y los santificados proceden todos del mismo

Hoy empezamos la lectura de la carta a los cristianos hebreos, que continuaremos a lo largo de los seis próximos domingos.

El autor parte de una experiencia personal: Cristo resucitado comparte la vida de Dios; es hombre y Dios al mismo tiempo. A partir de su sensibilidad litúrgica comprende que Cristo ha realizado en verdad lo que el antiguo culto pretendía alcanzar simbólicamente: hacer entrar al hombre a la misma presencia de Dios. Por ello, en los primeros capítulos de la carta, el autor presenta a sus lectores el doble rostro de Cristo, humano y divino al mismo tiempo.

Nuestro texto de hoy se centra en este doble rostro. Cristo ha compartido nuestra condición humana, nos llama “hermanos”, “lo hiciste casi igual que los ángeles” (cf. Salmo 8,6). Pero, al mismo tiempo, después de su pasión y muerte, ha sido “coronado de gloria y honor”. Por su solidaridad con el linaje humano, su destino de gloria no le afecta tan sólo a él; sino que, gracias a él, también es nuestro propio destino: quiso “llevar una multitud de hijos a la gloria”. Nuestra vida de cristianos participa de este doble rostro de Cristo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,2-16

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? El les replicó: ¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. El les dijo: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido. y se casa con otro, comete adulterio. [Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]

5.1. Comentario
El hombre no puede destruir una unidad inscrita en su naturaleza.

a) La discusión sobre el divorcio se sitúa en tres niveles sucesivos. Al comentar el Dt 24, 1, los fariseos habían ampliado considerablemente los motivos de ruptura, pero no se habían puesto de acuerdo en torno a la lista de éstos (cf. Mt 19, 3). El evangelista no alude a estas discusiones; únicamente supone que los fariseos acaban de preguntar a Jesús si está permitido repudiar a su mujer, pregunta un tanto sorprendente por parte de aquellos, ya que tal posibilidad era admitida por el Dt 24, 1. Marcos no ofrece, en este aspecto, la versión original.

El evangelista considera que los fariseos se refieren a la propia ley (v. 4). Pero esta prescripción, les dice Jesús, debe ser abolida y la solución ha de buscarse a nivel de la voluntad de Dios, inscrita en la naturaleza (Gén 1, 27; 2, 24), según la cual el hombre y la mujer deben permanecer unidos. Ningún hombre, incluido Moisés, tiene derecho de deshacer esta unidad radical del matrimonio (vv. 11-12).
b) Para comprender bien el alcance de este texto no debe olvidarse que el mensaje que contiene forma parte del anuncio del Reino que viene bajo el aspecto de un paraíso por segunda vez encontrado. Marcos ha hecho ver ya que el Reino era una victoria sobre el pecado original (Mc 2, 1-10), una victoria sobre la enfermedad y la muerte (Mc 5, 21-43).

En este pasaje, Marcos precisa que el Reino es también una reanudación del proyecto inicial, concerniente a la unidad del matrimonio por el amor. La aventura conyugal es, en definitiva, uno de los terrenos privilegiados en que toma cuerpo la venida del Reino, con tal de que sea vivida con la máxima fidelidad a la iniciativa original de Dios.

La doctrina de Marcos es, pues, muy clara: el matrimonio no es solamente un contrato facultativo entre dos personas, sino que está implícito en él la voluntad de Dios, inscrita en la complementariedad de los sexos. No basta la sola voluntad de los esposos para explicar el matrimonio y su unidad: la propia voluntad de Dios y su unidad son parte interesada en el matrimonio. Esta es la razón por la que el divorcio no es solamente una injusticia contra el consorte perjudicado; es también una injusticia contra el mismo Dios. Aún se puede preguntar si la armonía de las voluntades es hasta tal punto clara que lleva consigo realmente -con todas las posibles limitaciones de los compromisos humanos- una unión natural aceptable y, como consecuencia, la expresión de la voluntad divina.

6. Preparemos los cantos para la liturgia dominical

Entrada: Alabemos al Señor (J. Madurga)

Presentación de ofrendas: Con amor te presento Señor (C. Erdozaín)

Comunión: El Señor me amó (A. Luna). Siento que tú eres Dios. Uno en el amor (Brotes de Olivo). Donde hay caridad y amor (J. Madurga)

Salida: Madre de los jóvenes

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