La Sagrada Familia

Domingo después de Navidad – La Sagrada Familia

Navidad es un tiempo hogareño, familiar. Y esto tiene una importancia religiosa y psicológica: necesitamos volver a los orígenes, a las raíces, a la familia de cuando en cuando. En el plano espiritual hacemos esto en nuestras celebraciones litúrgicas, renovando nuestros “orígenes sagrados” cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor. La cueva, el pesebre…, allí comenzó todo. Pero el hogar fue el entorno en el que aprendimos la fe por primera vez. Para los judíos de otros tiempos era una obligación sagrada la de volver al hogar y a la familia. Toda la noción del Año Jubilar da testimonio de esto: “Cada uno de vosotros recobrará su propiedad, cada uno de vosotros se reintegrará a su clan” (Lev 25,10). De esta manera, la navidad es una especie de celebración de familia en el plano humano y en el espiritual.

1. Lectura del libro del Eclesiástico 3,3-7. 14-17a.

Dios hace al padre más respetable que a los hijos
y afirma la autoridad de la madre sobre la prole.

El que honra a su padre expía sus pecados,
el que respeta a su madre acumula tesoros;
el que honra a su padre se alegrará de sus hijos,
y cuando rece, será escuchado;
el que respeta a su padre tendrá larga vida,
al que honra a su madre el Señor le escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre,
no lo abandones, mientras viva;
aunque flaquee su mente, ten indulgencia,
no lo abochornes, mientras seas fuerte.

La piedad para con tu padre no se olvidará,
será tenida en cuenta para pagar tus pecados;
el día del peligro se te recordará
y se desharán tus pecados
como la escarcha bajo el calor.

Las relaciones familiares constituyen una de esas áreas en las que, según el Sirácida, se tiene ocasión de practicar la devoción a Dios. En 30, 1-13 y 42, 9-14 trata de los deberes de los padres en la educación de los hijos; aquí en cambio se refiere a las actitudes que han de observar los hijos frente a los padres. El cuarto de los diez mandamientos era muy importante en el judaísmo tardío (Prov 19, 26; Rut 1, 16; Tob 4, 3-4).

Además de pertenecer a la naturaleza de las cosas, el derecho paterno sobre los hijos está refrendado por Dios; y la Biblia asocia siempre a la madre a la autoridad del padre: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra, que Yahveh tu Dios te va a dar” (Ex 20, 12). El anciano Tobías se dirige a su hijo en estos términos: “honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de tu vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno”. Según el Eclesiástico, existen varias maneras de borrar los efectos del pecado. Por supuesto, los sacrificios del templo, pero también la limosna (3, 30), perdonar a los demás (28, 2), ayunar (34, 26), evitar el mal (35, 3) y la piedad hacia los padres: El que respeta a su madre, acumula tesoros. Tanto aquí como en 1 Tim 6, 19, el verbo “atesorar” se emplea en sentido metafórico, para designar ese cúmulo de buenas obras y de méritos que son fuentes de recompensas.

Además de recibir el contento de sus propios hijos, el que honra a su padre ve atendidas sus plegarias cuando en momentos de necesidad se dirige a Dios. Es como la ley del talión: la conducta observada con sus padres, esa misma observarán los suyos propios con relación a ellos (cf Mc 4, 24). Finalmente, la piedad hacia los padres se verá compensada con una larga vida.

Los últimos versículos especifican de una manera más concreta el amor y la veneración que se debe a los padres.

2. Salmo Responsorial

R/. ¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!

¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor:
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

-SER. Para ser felices, primeramente, hay que reaccionar contra la tendencia al menor esfuerzo… El espíritu construye laboriosamente, mediante y más allá de la materia. Tal es el sentido del “trabajo”…

-AMAR. En segundo lugar para ser felices, hay que reaccionar contra el egoísmo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, a someter a los demás bajo nuestro dominio. Tal es el sentido de la “familia” .

-ADORAR. Para ser felices, perfectamente felices, hay que transferir el polo de nuestra existencia al “más grande” que nosotros, para alcanzar la zona de las grandes alegrías estables… Discernir el Inmenso que se hace y que nos atrae… Subordinar nuestra vida a la vida mayor que la nuestra: ¡adorar! “Incorporarnos y subordinarnos” a una totalidad organizada de la cual somos, cósmicamente tan sólo partículas conscientes. Un centro de orden superior nos espera -y ya ha aparecido- más allá y sobre nosotros mismos. El ideal del hombre es pues, primero “desarrollarse” uno mismo… Luego entregarse a otro igual a uno mismo… Y finalmente someterse y orientar la vida a alguien mayor que uno mismo: ser. amar, adorar… Tales son las fases de nuestra felicidad. Noviazgo… Amor conyugal.. Realidades divinas. Bendiciones divinas. El amor humano es algo bueno, creado por Dios, querido por Dios.

Recitemos este salmo pensando en los que amamos, orando por su felicidad, pidiendo que ellos aprendan a “amar”. Las dos imágenes, la viña y el olivo, evocan la alegría: dos árboles frutales típicos del oriente… que dan el vino y el aceite. La imagen de los “hijos alrededor de la mesa” nos invita a orar por los niños, por su unión fraternal, porque las oposiciones entre padres e hijos no se agudicen.

El trabajo profesional… La humanidad… La Sociedad, la felicidad de Jerusalén condiciona la felicidad de cada familia judía. Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna familia, ningún grupo particular construye su felicidad en contra de la felicidad de los demás. La dimensión social de la existencia humana es constantemente subrayada por la Biblia: oro por mi país, por los organismos en que estoy comprometido, por la ciudad en que vivo, por mis conciudadanos. La felicidad… Tenemos marcada tendencia, a pensar en Dios sólo cuando “algo va mal”, como si fuera el “tapa-huecos” de nuestras debilidades, de nuestros fracasos. Damos una imagen muy mezquina de Dios, cuando hacemos de El “motor auxiliar” de nuestras incapacidades. Descubramos la alabanza, y la oración festiva: que se alegra cuando “algo va bien”, y que dice “¡gracias!”

3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,12-21.

Hermanos:

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

No va dirigida directamente a la vida familiar, sino a las relaciones en el interior de la comunidad cristiana. Pero la comunidad familiar debe ser un lugar privilegiado para vivir cristianamente las relaciones humanas. Además de lo que hemos dicho anteriormente, recojamos su invitación al perdón: “perdonaos, cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo”. Solamente si nos reconocemos perdonados por el Padre de todos y por el Señor Jesús sabremos perdonarnos.

La segunda parte de esta lectura nos remitiría -aplicada a la familia- al tema de la “Iglesia doméstica” y a la oración familiar, que hoy resulta difícil, a todos los niveles. La última parte sí habla directamente de las relaciones en el seno de la familia, pero en su formulación es tributaria de una concepción que va quedando atrás: la mujer sumisa al marido y los hijos deben obedecer punto por punto a los padres. Andemos con cuidado en no insistir en estas connotaciones socio-culturales, y mucho menos en decir que Dios quiere que las mujeres estén sometidas a sus maridos y que los hijos se limiten a obedecer a sus padres. Fijémonos, en cambio, en la defensa que hace de la parte débil: “maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos”.

4. Lucas 2, 41-52

41 Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.42 Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, 43 y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.44 Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; 45 al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.46 A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: 47 todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. 48 Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: – Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. 49 Él les contestó: – ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? 50 Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. 51 Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. 52 Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Comentario. En el siglo primero el judío accedía a la mayoría de edad a los doce años. En el caso de los varones esta mayoría comportaba la asunción total de derechos y obligaciones. Entre estas estaba la de ir a Jerusalén cada año por las fiestas de Pascua. Esta es la situación de la que parte el relato de Lucas. A la luz de ella es evidente que resulta inexacto hablar del niño Jesús. La traducción litúrgica y la costumbre piadosa así lo hacen, basándose probablemente en unos hábitos occidentales y en el término con que el texto griego designa a Jesús. Pero no hay que olvidar que el término griego puede significar, además de niño, muchacho, joven o sencillamente hijo. Cualquiera de estas tres últimas acepciones está más en consonancia con la situación presupuesta por el autor que la de niño. Esta, además, tiene el inconveniente de desvirtuar el relato introduciendo a éste por unos derroteros y una problemática completamente ajenos al autor.

La preocupación, por ejemplo, por justificar a unos padres de lo que en una mentalidad occidental aparece como desatención o descuido por su parte. A nivel de exégesis hay que olvidarse de todo esto, aunque será muy difícil dado lo arraigado emotiva y artísticamente de la visión tradicional. No es, pues, de un niño de lo que el relato trata, sino de un hijo adulto. ¿Quién es este hijo? ¿Cuál es su razón de ser? ¿Cual es su mundo? En estas preguntas podríamos tipificar la preocupaciones de Lucas al escribir el relato. Se evita así también otro riesgo en el que podríamos caer: leer el relato en clave de rebeldía o de emancipación de la familia. También ésta sería una problemática completamente ajena al autor. Lo que éste parece querer decir es que Jesús es el Hijo de Dios, la razón de su vida es el Padre y su mundo es la familia de los hijos de Dios. Todo ello en un contexto y ambiente muy determinados: el de los maestros de Israel, cuyas enseñanzas y orientaciones constituían la base y el alimento del Pueblo de Dios. Lucas nos presenta, pues, a un adulto maestro.

Y paralela a esta imagen, su correlativa de discípulo. Tipificada no en un hombre, sino en una mujer. Predilección de Lucas por los marginados. Su madre conservaba todo esto en su corazón. El evangelista completa así la figura de discípulo que empezó a esbozar en la lectura del día de la Inmaculada y continuó en la del domingo pasado (cuarto de Adviento). Pero estamos todavía en los comienzos de la obra. Todo esto lo escribe el autor como prólogo-preludio de lo posterior. De momento el mundo de Jesús está en el silencio de Nazaret, al que Lucas dedica un escueto y elogioso comentario basado en un verso del libro de los Proverbios que dice así: Alcanzarás favor y aceptación de Dios y de los hombres (Prov.3,4).

5. Oramos

María, tú que has vivido una prueba de gran sufrimiento en los días de la Pascua de Jesús en Jerusalén, obtennos buscar al Señor con perseverancia y sin cansarnos. Jesús, concédenos comprender tu misterio, cómo Dios está siempre más allá, y es siempre más grande, no reductible a ninguna medida nuestra, porque es Él el que nos programa a nosotros, sin nosotros saberlo, sorprendiéndonos.

Concédenos no asustarnos por el alternarse de sombras y de luces. Enséñanos a creer que también en la oscuridad nosotros caminamos hacia ti. Haznos leer, en los momentos en los que te escondes, tu amor que nos purifica. Jesús, tú que has dicho que hagamos siempre lo que le complace al Padre, danos comprender que en el Padre está la paz de nuestras elecciones.

Y tú, Padre, que nos has creado en Jesús, que nos has llenado de Espíritu Santo, que nos amas y nos llevas de la mano, haz que podamos confiar a ti nuestra vida. Señor, concédenos estar contigo y como Tú ante el Padre, en su voluntad, en su proyecto salvífico de amor por nosotros, por cada hombre, por toda la humanidad. Danos, Señor, la libertad que se regala en la obediencia y la obediencia que engendra libertad.

María, que has vivido en el sufrimiento y en la oración el desarrollo de la personalidad de Jesús, su crecimiento, el esclarecimiento ante los hombres de su misión, asiste, con paciencia y bondad materna, el entreabrirse, en cada uno de nosotros, de esta personalidad que responde al maravilloso designio de Dios, designio eterno que no tendrá nunca fin.

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