La Ascención del Señor – Ciclo C

Fuenteycumbre

 

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR Ciclo C

 

Con la Ascensión, los cristianos asumimos la misma tarea del Salvador: consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia. Para el cristiano cada día es una liturgia de alabanza y bendición de Dios. No hay ninguna actividad de la vida diaria de los hombres que no pueda convertirse en una ofrenda santa y agradable a Dios. Por el bautismo estamos llamados a confesar ante los hombres la fe que recibimos de Dios por medio de la Iglesia. Como discípulo de Cristo confieso mi fe en la familia, en las reuniones de amigos o de trabajo; pongo mi fe por encima de todo, y hago de ella la medida de mi decisión y comportamiento. ¿Es ya mi vida una liturgia santa y agradable a Dios? ¿Es éste mi deseo más íntimo y mi más firme propósito?

 

1.      Oración inicial:

 

Señor Jesús, Tú que antes de ascender, de volver al Padre, nos has dejado la misión de ser nosotros los que lleváramos tu Palabra hasta los confines de la tierra, nos has prometido el Espíritu Santo que vendría y nos capacitaría para la misión que nos has dejado, ahora que vamos a reflexionar este pasaje para conocer lo que nos pides, te pedimos que nos ayudes a comprender y valorar todo lo que significa ser instrumentos tuyos, para que otros te conozcan y te sigan. Desde ahora derrama tu Espíritu en nosotros, para que valoremos el don que nos das, al enviarnos en tu Nombre. Que así sea.

 

2.      Textos y comentario:

 

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

 

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse. »

 

Comienza el libro llamado Hechos de los Apóstoles. Se atri­buye a Lucas y constituye la segunda parte de su preciosa obra. El pró­logo, con que se abre el libro y el acontecimiento, de que arranca, descubren la liga­zón que lo une a la primera parte, al evangelio. Los hechos de los Apóstoles se enraízan en el hecho de Jesús y lo continúan; la obra de Jesús se alarga en las obras de sus discípulos; la historia de la Iglesia entreteje la historia del Señor. La historia de la Iglesia y la historia de Jesús son histo­ria de la salvación. No se pueden separar. Una y otra son obra del Padre en la fuerza del Espíritu Santo. Para una mejor inteligencia, dividamos el pasaje en dos momentos: diá­logo de Jesús con sus discípulos y relato de la ascensión. Ambos, con todo, integran un mismo momento teológico: la exaltación del Señor.

 

Habla Jesús. Y habla disponiendo.

 

En torno a él los once; tras ellos y con ellos, todos nosotros. Es Jesús resucitado. Nos encontramos, jubilosos, den­tro del misterio pascual. La realidad pascual ha entrado en movimiento y se ex­tiende, transformante, a los Apóstoles y a la Iglesia. El aire pascual ha de du­rar hasta el fin de los tiempos: el soplo de su boca, el Espíritu Santo, (cf. 20, 21) ensamblará los miembros dispersos, restañará las articulaciones sueltas y animará con vigor inaudito el corazón humano a transcenderse a sí mismo. Jesús el elegido, Jesús el enviado, Jesús el lleno del Espíritu de Dios, elige y envía y confiere el don del Espíritu. La elección y la misión im­plican la unción del Espíritu y la investidura del poder salvífico. El texto lo declara abierta­mente: Seréis bautizados en el Espíritu Santo. Es la gran promesa del Padre: lo contiene todo, lo entrega todo, lo transforma todo. La repetida mención del «reino» en este contexto nos hace pensar, temática­mente, en la misión de los once y en la realidad resultante de la misma como obra del Espíritu Santo: la Iglesia. El acontecimiento, que arranca del pa­sado -vida de Jesús- y sostiene el presente -Jesús resucitado-, se lanza a conquistar el futuro estable y per­manente. Un impulso irresistible levanta la creación hacia adelante. Los tiempos del verbo lo indican con toda claridad.

 

La Ascensión del Señor.

 

Lucas la relata dos veces de forma un tanto di­versa: una, al final de su Evangelio, y otra, aquí, al comienzo del libro de los Hechos. La primera, como remate de la obra de Jesús a su paso por la tie­rra; la segunda, como inicio de la obra de Jesús perpetuada en la historia. Una bendición, la primera; un impulso, la segunda. La primera cierra la presencia sensible de Jesús entre los suyos; la segunda abre el tiempo de la Iglesia con una presencia espiritual del Señor en ella. La Ascensión del Se­ñor deja los cie­los abiertos, bendiciendo; y anuncia, ya desde ahora, su ve­nida gloriosa; la nube que lo ocultó a los ojos de sus discípulos lo traerá glo­rioso, en poder y majestad, a presencia de todas las gentes. La despedida, privada, anuncia la venida pública. La Iglesia se extiende, con la fuerza del Espíritu, desde ahora hasta el fin de los siglos. Tiempo de espera activa, de transición creadora, de testimonio vivificante y de acendrada caridad fra­terna.

 

2.2.Salmo responsorial  Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9

 

R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R.

 

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.

 

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23

 

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo -sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

 

Escribe Pablo.

 

Pablo, prisionero, testigo y apóstol de Jesucristo. Con el tiempo suficiente, con la suficiente experiencia cristiana y con la serenidad su­ficiente para adentrarse contemplativo en la obra de Dios en Cristo. Es­tamos prácticamente al comienzo de la carta. De la abundancia del corazón, dicen, habla la boca. Y la boca, en este caso, parece no poder dar con la ex­presión adecuada a la maravilla que se ha contemplado. ¡Tan imponente es el des­bordamiento del corazón! La frase se inicia en el v. 15, para terminar, de un tirón, al impulso de sucesivos y densos añadidos, en el v. 23. Pa­rece que hay miedo a detenerse por no perder el cuadro sabroso de la visión; ¿o es tan grande y bella que nos impide respirar? Hay cierta solemnidad. El tema y la expresión nos recuerdan la liturgia. Inconfundible el aire de acción de gracias y de himno que anima a estas líneas.

 

Dios ha obrado una maravilla

 

La gloria de Dios ha reventado como una gigantesca flor y ha llenado de color y perfume toda la creación, el cielo y la tierra. Hasta los seres celes­tes se han visto envueltos en ella, Es como una creación nueva, en la que lo viejo se transciende a sí mismo y se dispone a perpetuarse sin fin. El núcleo del que radialmente se expande y al que de todos los rincones confluye es Cristo. Cristo que ha muerto y resucitado. Dios lo ha sentado a su derecha, por en­cima de todo principado y señorío; dotado del ingente poder de trans­formarlo todo. Todo lo ha sometido a sus pies. Y todo recibe en él existencia y consis­tencia. Cristo articula en su cuerpo glorioso a aquél que cree en él, y lo consti­tuye miembro glorioso de su gloriosa humanidad. Personalmente con­siderado, es cabeza de la Iglesia: la Iglesia es su cuerpo. Plenitud de Jesús, la Iglesia; y de la Iglesia, Jesús. La Iglesia está «llenada» de Cristo y, a su vez, lo llena a él.

 

Podemos notar, si leemos desde el v. 15, la presencia de las tres virtudes teologales -expresión inefable de la presencia divina- y la mención de la San­tí­sima Trinidad -Padre e Hijo expresamente y, al fondo, el Espíritu, en la sabi­duría y revelación-. Podemos notar también la abundancia de términos refe­rentes a la contemplación del misterio: conocimiento, sabiduría, revela­ción… Es una realidad más para saborear que para expresar. Cristo en el centro, como príncipe de la esfera celeste y cabeza de la Iglesia; el Padre en el fondo, como origen último de todo; y el Espíritu Santo, hálito vital, que nos acompaña en el conocimiento, en la acción de gracias y en la alabanza y nos introduce en las mismas entrañas de Dios. Cristo une en sí el cielo y la tie­rra, lo creado y la nueva creación, a Dios y al hombre y los tiempos todos.

 

2.4. Lectura del evangelio según san Lucas 24, 46-53   

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

 

También aquí nos encon­tramos al final del evangelio. Pero con la particu­la­ridad de tratarse del evangelio de Lucas. Y Lu­cas, sabemos, continúa su obra en el libro de los He­chos. Este final, por tanto, señala más bien el tér­mino de una etapa. Lucas muestra interés por la historia de la salvación: tiempo de Juan, tiempo de Jesús, tiempo de la Iglesia. Parte de atrás, se detiene en Je­sús, se lanza hacia el futuro: la anti­gua economía (las Escrituras), la vida de Jesús (pasión, muerte y resurrección), testimonio de los Apóstoles en virtud del Espíritu Santo (la Igle­sia).

 

Conviene leer el texto desde el v. 36: la apari­ción de Jesús a los once en una comida de ambiente familiar. No hay duda, Jesús ha resucitado: su fi­gura, sus gestos, sus palabras, su voz… Jesús resuci­tado es epifanía de Dios. Dios se muestra en Jesús resucitado poderoso salvador. Dios besa la tierra y la transforma; y el barro, a su soplo, se convierte en llama de fuego y en aire sutil que atraviesa los cielos. Todo el que toque con veneración y respeto la humanidad gloriosa del Verbo quedará con él glorificado. Los discípulos reci­ben a su contacto, e identificados con ella, el encargo y el poder de predicar la conversión y de ofrecer la remisión de los pecados. Podemos distinguir en las palabras de Jesús cuatro elementos inseparables entre sí: su Pa­sión y Muerte, su Resurrección gloriosa, el testimo­nio de la Iglesia y el don del Espí­ritu Santo. La Pasión del Señor da cumplida satisfacción a las palabras de la Escritura y desemboca en la Resu­rrección; más, la justifica. La Resurrección mani­fiesta el sentido y el valor de la Pasión como acon­tecimiento salvífico. Las dos se presentan insepa­rables. ¿Qué sería de la Muerte del Señor sin la consi­guiente Resurrección? ¿Y cómo presentar ésta sin el valor de aquélla? Y a su vez ¿qué sentido tendrían ambas sin la realización, en el tiempo y en el espa­cio, de la salvación que entrañan, sin la realidad misteriosa de la Iglesia? ¿Y cómo enten­der ésta sin entroncarla en el misterio, Muerte y Resurrección, del Señor? No se puede comprender la existencia de la Iglesia sin referirla a Cristo «muerto y resucitado»; ni se puede estimar debi­damente la realidad miste­riosa de la Muerte y Resurrección sin incluir a la Iglesia. ¿Y cómo expli­carse el poder de la Iglesia sin la presencia en ella de algo divino, sin la creadora y transformadora actividad del Espíritu Santo? ¿Y cómo, a su vez, admitir su presencia maravillosa entre los hom­bres sin partir del acontecimiento Muerte-Resu­rrección del Señor? Distintos momentos, diversas, hasta cierto punto, es­tas cuatro realidades, pero un mismo misterio.

 

La segunda parte del texto es un digno final del evangelio: la Ascensión del Señor. Jesús bendice, y, bendiciendo, desaparece. Los cielos guardan para siempre ese gesto de bendición volcado a la tierra. La bendición del Señor des­cansa sobre los suyos para siempre, y los fieles, benditos del Señor, bendicen a su vez a Dios. Y la bendición se alarga y extiende desde Jerusalén hasta los confines de la creación. Todo está ahora bajo el signo de la bendi­ción. Ala­banza, adoración, gozo para siempre. El relato lleva un aire litúrgico inconfun­dible. El Se­ñor deja en nues­tras manos la bendición, ¡el Espí­ritu Santo!, y nosotros, movidos por él, la con­ti­nuamos. Seamos bendición en la bendición del Se­ñor. Amén.

 

Reflexionemos:

 

Pongamos los ojos en Cristo y contemplemos. Sabo­reemos, en extensión y profundidad, la grandeza y esplendor que envuelven a su persona. No olvide­mos en ningún momento que su gloria nos alcanza a nosotros y que su gran­deza nos eleva a la dignidad de miembros de su cuerpo. En su Resurrección resuci­tamos nosotros y en su Ascensión subimos nosotros al cielo.

 

Jesús, Rey y Señor. Es en cierto sentido el motivo de la fiesta. El salmo responsorial lo celebra triun­fador en su ascenso al Padre. Jesús asciende entre aclamaciones. Y no son tan sólo las nuestras las que acompañan tan señalado momento. La creación en­tera exulta y aplaude con entusiasmo. Es el Señor, el Rey. El salmo 109, mesiánico por tradición y por tema, lo canta sentado a la derecha de Dios en las alturas. Es el Hijo de Dios coronado de poder y de glo­ria. En dimensión trinitaria, Hijo predilecto del Padre y poseedor pleno del Es­píritu Santo. Si miramos a la creación, Señor y centro de todo. Y si más nos acercamos a los hombres, cabeza gloriosa y glorificadora de un cuerpo maravi­lloso, la Iglesia. La Iglesia es plenitud de Cristo por ser Cristo ple­nitud de la Iglesia. Hacia atrás, cumplidor y re­mate de toda intervención divina en el mundo: cumplidor de las Escrituras. Hacia adelante, el Señor Resucitado que vendrá sobre las nubes. No hay nada que no tenga sentido en él, ni nada que tenga sentido fuera de él. Tan sólo la muerte y el pecado se resisten a una re­conciliación: desapare­cerán aplastados por el poder de su gloria. Adore­mos a nuestro Señor y aclamemos su triunfo. En él estamos nosotros.

Jesús, Cabeza de la Iglesia. Jesús es el Salva­dor, Jesús salva. Es su mi­sión. Pero la salvación se realiza en, por y para su cuerpo. No hay duda de que la Iglesia, su cuerpo, vive y de que vive por es­tar unida a su humanidad glo­riosa. Tampoco cabe la menor duda de que la cabeza se expresa «salvadora» a través de sus miembros; de forma, naturalmente, misteriosa. Ni podemos ig­norar que la gracia salvadora de Cristo es una fuerza asimi­lante, adherente y coherente en grado máximo: la salvación hace a unos miembros de otros y a todos, cuerpo de Cristo.

 

Las tres lecturas evangélicas, y a su modo también la lectura del libro de los Hechos, hablan de este misterio: de la misión salvadora de la Iglesia en la misión salvadora de Jesús. «Predicar el evangelio», «hacer discípulos», «dar testimonio», «bautizar», «lanzar demonios»… son funciones diversas de una misma realidad. La Iglesia es parte del misterio de Cristo, Cristo y la Iglesia son una sola carne. Negar esta realidad es negar a Cristo y, por tanto, desconocer a Dios, que se ha revelado en Cristo. Es algo así como despojar a Cristo de su gloria y a la Iglesia de su cabeza. El Espíritu Santo los ha unido para siempre. Atentar contra uno es atentar contra la otra y vice­versa. No podemos separar lo que Dios unió. San Agustín lo expresa bella­mente en su Comentario a la Carta de San Juan a los Partos: Pues toda la Iglesia es Es­posa de Cristo, cuyo principio y primicias es la carne de Cristo, allí fue unida la Esposa al Esposo en la carne… (II, 2). Su tabernáculo es su carne; su tabernáculo es la Iglesia… (II, 3). Quien, pues, ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios; y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre; y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo; y quien ama al Hijo ama, también, a los hijos de Dios… Y amando se hace uno miembro, y se hace por el amor en la trabazón del Cuerpo de Cristo; y llega a ser un Cristo que se ama a sí mismo. (X, 3).

 

Misión de la Iglesia. La Iglesia recibe la salva­ción y la opera. Para ello la presencia maravillosamente dinámica del Espíritu Santo. Nosotros, sus miembros y componentes, la recibimos y debemos operarla, en nosotros y en los demás; no ope­rarla es perderla. Es como la caridad; quien no ama se des­prende de la caridad, que lo salva. So­mos en principio salvos y salvadores; salvadores en cuanto salvos y salvos en cuanto salvadores; procuramos intro­ducir a otros en las realidades trinitarias en que por gracia hemos sido intro­duci­dos. Debemos ser expresión viva de la presencia salvadora de Cristo en el mundo. Enumeremos al­gunos aspectos: «testigos» de la Resurrección de Cristo, con la resurrección gloriosa de nuestra vida a una vida nueva; «anunciadores» de la peniten­cia, con la vital conversión de nuestra vida al Dios verdadero; «predicadores» del amor de Dios, con el amor cristiano fraternal y sencillo a to­dos los hombres; «perdonadores» del pecado, con los sa­cramentos preciosos de Cristo y con el sagrado per­dón que nos otorgamos mutuamente y a los enemi­gos; «lanzadores» de demonios, con la muerte en nosotros al mundo y a sus pompas; «comunicadores» con Dios, en la oración y ala­banza, personal y co­munitaria; «sanadores» de en­fermedades y flaquezas con las admirables obras de misericordia de todo tipo y color. Dios nos ha dado ese poder en Cristo, pues somos misteriosa­mente Cristo. Es un deber y una gracia ejercerlo. Hemos de proceder sin miedo, con decisión y ente­reza, aunque con sencillez y fe pro­funda; personal y comunitariamente, como miembros y como cuerpo del Señor. El Señor glorificado está por siempre con nosotros. Hagamos extensiva a todos la bendi­ción preciosa que nos legó en su Espíritu. Recorra­mos los caminos del mundo en dirección ascendente, con los ojos puestos en lo alto y elevando todo a la gloria de Dios con la gloria que en el Señor se nos ha comunicado.

 

3.      Oración final:

Señor Jesús, Tú que te has ido para quedarte, que has vuelto al Padre para estar más cerca de nosotros y para llenarnos de tu Espíritu Santo, para que pudiéramos ser partícipes de tu obra, siendo instrumentos tuyos, para que muchos otros te conozcan y te sigan, ven en nuestra ayuda, ven y acompáñanos, ven y derrama tus gracias en nosotros, para que podamos llevar tu Palabra, para que la anunciemos con la vida, para que la demos a conocer con nuestra vida y nuestras actitudes. Señor, Tú que nos has dado, la misión de ser tus testigos, ayúdanos a vivir como Tú quieres y haz que transmitamos lo que creemos, dando testimonio de ti y de tu Palabra. Que así sea.

 

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