Domingo de Pentecostés – Ciclo C

Fuenteycumbre

La fiesta de Pentecostés, en efecto, corona la fiesta de la Resurrección del Señor y cierra litúrgicamente el tiempo pascual. La fiesta señala, hacia adelante, el inicio de la Iglesia, de forma tauma­túrgica y so­lemne; hacia atrás, nos introduce -el Espíritu pro­cede del Padre y del Hijo- en el costado de Cristo glorioso revelador del Padre. Celebramos -y al ce­lebrar, confesamos, proclamamos y suplicamos- la presencia en nosotros del Espíritu Santo como par­ticipación de la gloria del Señor. Él nos introduce, con el Hijo, en el corazón del Padre; él nos abre sus entrañas; él nos introduce de tal manera en la misión filial de Cristo en el mundo, que nos confunde con ella; él nos capacita para gustar y manifestar de múltiples maneras a Dios creador y salvador.

 

¡Ven Espíritu Santo!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu y todo será creado y renovarás la faz de la tierra.

1. Oración:

Oh Dios que has instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos según el mismo Espíritu conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: -No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

Jesús, después de resucitado, ha convivido de forma intermitente con sus discípulos durante un tiempo determinado: cuarenta días, señala Lucas. Les ha hablado del Reino y los ha constituido su reino. Tras ello desapareció de sus ojos y quedó para siempre huido de su vista. Permanece «espiritual» entre ellos y se les manifestará glo­rioso al final de los tiempos.

 

Los discípulos han preguntado momentos antes al Señor por «el tiempo de la implantación del reino de Israel». Jesús los ha desligado, en su res­puesta, de las ataduras del tiempo y del espacio para señalar, al mismo tiempo que la naturaleza del reino, la responsabilidad que les compete a ellos en su restau­ración: No os toca a vosotros saber el tiempo… sino que recibiréis poder del Espíritu Santo… y seréis mis testigos… hasta lo último de la tierra. Sabemos que nadie tiene derecho a exigir de las cosas algo que supere los límites que marca su naturaleza. Antes de exigirlo, hay que transformarlas. Y la trans­formación no se lleva a cabo si no es dotando las cosas de una virtud que las ca­pacite para producir el efecto que se les exige. A la Iglesia se le encomienda transformar al hombre y su historia.

 

Abarca, por tanto, la predicación testimonial de Pedro y la «convivencia» carismática de los hermanos. Ele­mentos inseparables entre sí e inseparables de la presencia del Espíritu. La acción del Espíritu salta al mundo, imponente, como testimo­nio de salva­ción para todos los pueblos y los reúne -así son a su vez testimo­nio- en convivencia fraterna. Son las líneas fundamentales del organismo vivo de la Iglesia: voz creativa de Dios que testifica su vo­luntad operativa de trans­formar al hombre, indi­viduo y sociedad, en imagen perfecta del Dios Trino y Uno en Cristo Jesús. Pero dejemos hablar al texto.

 

Llegaban a su término los días de Pentecostés. Era ésta en la tradición ju­día una fiesta esencial­mente agrícola. Fiesta de las siete semanas. Fiesta de la cosecha del cereal: alegría y acción de gra­cias. El texto añade que todos es­taban juntos en el mismo sitio; se supone que los discípulos. Es el grupo de los creyentes como grupo de creyentes. So­bre ellos, de improviso, viene un fragor, como viento impetuoso, que llenó la casa donde estaban, y lenguas, como de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. A este fenómeno, signo de una reali­dad interna con proyección al mundo entero, acom­paña la presencia del Espíritu Santo que llena, que mueve e impulsa a los discípulos a hablar en len­guas extrañas a todos los habitantes de Jerusalén, visitada entonces por judíos oriundos de todas las naciones conocidas. Sucede en Jerusalén, y en Je­ru­salén, para todas las naciones del mundo. Un ver­dadero acontecimiento.

 

Recordemos, como fondo y en contraste, el relato de la Torre de Babel; se trata del movimiento y efecto contrarios. La Iglesia es la nueva Jerusalén, en­sanchada por la fuerza del Espíritu a todas las naciones. La Iglesia ensambla en sí y articula como miembros vivos a todos los pueblos. Se trata de un «fragor», de un sonido portentoso, de un estruendo: carácter llamativo y apela­tivo de esta nueva rea­lidad dirigida a todas las gentes; por venir de lo alto, nos recuerda, como voz de Dios, su poder crea­tivo y su índole escatológica: ha dado comienzo la nueva y definitiva creación. La presencia del tér­mino «viento» nos acerca a la realidad subyacente que lo anima, al viento, al Espíritu Santo. Es «impetuoso», capaz de proveer de alas al barro y de levantar de la sepul­tura a los muertos. Se nos recuerda cierta «plenitud»; asistencia sincrónica y diferenciada, por los efectos, en todos y a todos los rincones de la «casa». ¿Y quién no piensa, a propó­sito de «casa», en la Iglesia, como edificación, templo y familia? Rico y profundo el simbolismo de las «lenguas como de fuego»; hablar; y hablar con Dios y de Dios. Comunicación inefable de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; comuni­cación de los hermanos entre sí en Dios, y co­muni­cación de Dios a través de ellos al mundo entero. Celebrar el misterio, proclamarlo, cantarlo, ense­ñarlo. Alabar a Dios, anunciar su presencia salva­dora, expresarla, comunicarla; con vehemencia, con ardor, con ímpetu, con fuerza persuasiva, con arrastre, ¡con éxito inesperado! La palabra que en­seña, la palabra que ilumina, la palabra que mueve, la palabra que cura y que salva; en exten­sión a todos los pueblos y en longitud a todos los tiempos. Una lengua en la que se expresan los pue­blos como Pueblo y en la que se entienden los hom­bres como hermanos. Aúna, sin romper la diversi­dad; ensambla, sin deteriorar la personalidad; consuma, superando la particularidad. El aconte­cimiento continúa, sustancialmente, por todos los siglos. Es la Iglesia. Y todo, por la presencia ac­tiva y vivificante del Espíritu Santo. Es una ma­ravilla que debemos confesar; un acontecimiento que debemos celebrar; una realidad que deseamos vivir; un compromiso que queremos compartir. Es fe, enseñanza y Buena Nueva.

2.2. Salmo responsorial Sal 103,  y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. / o bien: Aleluya.

Bendice, alma mía, al Señor:
Dios mío, qué grande eres!
Cuántas ‘Son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R
.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Los corintios, miden la perfección de la persona por la excelencia del don recibido y la excelencia del don por su espectacula­ri­dad. Por otra parte, no parecen estar muy capaci­tados para distinguir lo ca­rismático de lo que no lo es. Y es que gran parte de los fieles de Corinto no ha pasado de la nada al todo, en lo que a experien­cia religiosa se refiere, sino de una experiencia re­ligiosa, el paganismo, a otra, el cristianismo, de signo con­trario en muchos aspectos: ha pasado del culto a los ídolos al culto de Dios vivo en Cristo Je­sús. Las experiencias de uno y otro ámbito religioso pueden presentarse, en situaciones concretas, muy similares en lo que a lo sensible se refiere: cierto fervor expansivo, cierta holgura placentera, cierta elevación, im­presión de palpar y gustar algo divino, exaltación del cuerpo y del espíritu… Todavía débil en la fe y carnal en los sentimientos, el corintio puede detenerse peligrosamente en lo sensible y perderse en ello, con el agravante, ade­más, de creerse, por las mismas experiencias, supe­rior a todos. ¿Cómo lograr distinguir una y otra de las experiencias? ¿Cómo saber separar lo humano de lo divino, lo mundano de lo cristiano, lo carnal de lo espiritual? Sabemos que el demonio -culto a los ídolos- acecha constantemente, ¿cómo soslayar sus trampas? Y, co­nocida como auténtica la expe­riencia, ¿cómo valorarla debidamente en su fun­ción personal y eclesial? Como puede apreciarse por la serie de interrogantes, la problemática en que se mueve Pablo en esta instrucción a los corin­tios, se­ñala una situación que puede repetirse en cualquier momento de la historia de la Iglesia. Nos encontramos, nada más y nada menos, con lo que la teología clásica denomina «discreción de espíritus». La doble realidad en que se mueve el cristiano -carne y espíritu-, mientras va camino del Padre, obliga a tomar en seria consideración las directrices que aquí propone San Pablo y que la suce­siva experiencia de la Iglesia irá engrosando. Es de capital importancia. No puede estar movido por el Espíritu quien niegue, afee, mutile o deje malparado el san­tísimo misterio del Verbo encarnado, considerado en toda su real amplitud. Por el contrario, garan­tiza la presencia del Espíritu quien «confiese» cordialmente a Jesús «Kyrios». Por supuesto que no hay que entender el término «confesar» en sentido material, como una confesión o pro­clamación me­ramente formal. La «confesión » de Jesús como Se­ñor implica y expresa, en lo que las circunstancias permitan, un profundo acto de fe, de es­peranza y amor: una adhesión personal radical a la persona de Cristo. El Es­píritu de Cristo no puede menos de proclamar a Cristo vitalmente; y procla­marlo en todo su misterio.

 

En esa misma línea, alargándola, debemos no­tar otra señal: unidad y bien común. El carisma, ac­ción vivificadora del Espíritu, no rompe la uni­dad, antes bien la crea y la conserva. Las interven­ciones del Espíritu en la comunidad lle­van un aire comunitario inconfundible, son para la comunidad; no crean, no fomentan, no consienten la anarquía o el desconcierto desmembrador. Todo lo contrario, son fuerzas adherentes, coherentes e inherentes: componen, articu­lan, edifican. Si vienen de un Es­píritu han de formar un cuerpo. Ésa es preci­sa­mente la maravilla: levantar, de partes y elemen­tos dispersos y dispares, un edificio bien ensam­blado y articulado. La imagen del cuerpo humano y de los miembros que lo integran es iluminadora. Pablo se detiene largamente en ella, aunque de por sí es transparente. Signo evidente de que, a pesar de la claridad de la comparación, nos sentimos reacios a encarnarla. No hay duda alguna de que la realidad misteriosa de la «unidad» y «distinción variada» como realidad viviente -cuerpo y miem­bros- no siempre es cumplidamente aceptada y vi­vida en la comunidad de la Iglesia. Las tendencias ocultas, naci­das de la carne, que no siempre cono­cemos y sujetamos debidamente, se muestran re­nuentes a admitirla y a encuadrarse en ella. Es necesario saberse «uno» en el cuerpo «uno» -Cristo e Iglesia- y tratar de ensamblar todas las as­piraciones, tendencias, movimientos y cualidades en esa «nueva» realidad. Es necesario también aceptarse y, en el recto sentido, gloriarse como miembro vivo con una específica función de «miembro», con­vencido de que quedará ga­rantizada la propia personalidad y desarrollada convenientemente en el en­raizamiento y articulación en el Cuerpo y en su comportamiento de miembro como tal. Y en tanto será miembro eficiente, en cuanto contribuya a la unidad vital del conjunto; y creará la unidad en tanto, en cuanto sepa mantenerse «miembro». Hay que conservar vivos y frescos, y en tensión, los dos elementos: unidad en la diversidad y diversidad en la unidad. Exagerar uno de ellos con menoscabo del otro es deteriorar ambos. El equilibrio ade­cuado y la sana compenetración son algo que tan sólo el Espíritu Santo puede conseguir. No cual­quier crecimiento hermosea y agiliza el cuerpo: hay tumores y diviesos que entorpecen, ridiculizan y matan. Ni tampoco gana mucho en figura si atro­fia­mos la función de los miembros o coartamos su debido crecimiento. En ambos casos no se trataría de la belleza de la «obra de Dios», por muy estu­penda que a nosotros, hombres sin gusto adecuado, nos pareciera la cosa. El equilibrio entre los dos pesos o fuerzas dará el resultado apetecido. Los dos elementos, abrazados, crecen; enzarzados, se ahogan y mueren.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. No al ver a Jesús, sin más; sino al ver a Jesús Señor. Porque Jesús se presenta como Señor. El Se­ñor es Jesús y Jesús es el Señor. No hay otro Señor que Jesús ni otro Jesús que el Señor. Los discípulos vie­ron al Señor, a Jesús de Nazaret, al resucitado, Hijo de Dios. Su alegría es la alegría por excelen­cia, la auténtica, la soberana e indescriptible ale­gría del discípulo de Cristo para todo lugar y para todo mo­mento. Es la alegría específica de la Igle­sia: la seguridad sabrosa de saberse siempre en las manos del Señor; del Señor bueno y poderoso, Es­poso, Hermano y Maestro.

 

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Uno de los temas preferidos de este evangelio, como Buena Nueva, es el «envío» del Hijo por el Padre. El Padre envía al Hijo; el Hijo procede del Padre. Tocamos las relacio­nes trinita­rias. El Padre, genitor, envía al Hijo; el Hijo, en­gendrado, acata y ejecuta la misión que recibe del Padre.

 

Misión como «envío», misión como encomienda. Personalidad y misión coinci­den. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, procede inefablemente del Padre. Señalamos con ello su naturaleza, divina, y su transcendencia, aunque hombre, por en­cima de todo lo creado. Dentro de lo creado, como «enviado», pone en movi­miento y conduce a feliz término el plan salvífico de Dios, la nueva creación. Es con el Padre una misma cosa: en la naturaleza como Hijo y en la misión como En­viado. No podemos apreciar debidamente el mis­terio de Cristo resucitado, si no lo situamos en la línea del origen misterioso que tiene en el Padre y en la encomienda que recibe de él. Los discípulos entran misteriosamente en la mis­teriosa misión del Hijo y en su misteriosa relación con el Padre: son hijos y son enviados. Y enviados como hijos y, como hijos, enviados.

 

La misión de los apóstoles está en la línea de la misión de Jesús; y decla­rada por Jesús en el mo­mento más apropiado: en virtud de su resurrección. Jesús, hombre, ha recibido todo poder. En su poder, como en su «misión», está el poder, como la misión de investir a los hombres del mismo poder y de «enviarlos» a ejecutar la «misión» que le ha enco­mendado el Padre. Hijos en el Hijo y enviados en el enviado, recibimos el poder de vivir como hijos y de cum­plir la misión sagrada de llevar al hom­bre a Dios, haciéndolo hijo y enviado. La unión del Hijo con el Padre, inefable de todo punto, aunque real y pro­funda, fundamenta y engloba la unión de los fieles con Jesús, inefable tam­bién, real y pro­funda. Es efecto admirable de la resurrección del Señor. Los términos comparativos «como…», «así…», van más allá de un parangón: seña­lan identidad y continuidad, misteriosas por cierto, de los fieles con Jesús y de Jesús con el Padre, y a la in­versa en movimiento descendente. Dios se revela en Jesús y Jesús en los suyos; los discípulos mani­fiestan a Jesús y Jesús al Padre. Es de notar la con­ciencia tan constante y profunda que ha tenido, y tiene, la Iglesia de su dignidad, misión, poder y encomienda. Los evangelistas rematan sus respec­tivos evangelios con la misión que recibe la Iglesia de Cristo resucitado. Nos toca a nosotros ahora adentrarnos en la contemplación de este misterio y vivirlo con verdadero entusiasmo.

 

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les será retenidos». Tras el «envío», el poder que los capacita y la fuerza que los impulsa: el don del Espíritu Santo. ¿Cómo cumplir, en efecto, misión tan «divina» sin una virtud del mismo signo? ¿Cómo establecer relaciones persona­les e íntimas con el Padre en el Hijo y mantenerlas vivas por siempre, si el Padre y nosotros en el Hijo no somos una misma cosa? ¿Y cómo serlo, si no po­seemos una misma vida? Sabemos la vinculación tan estrecha que existe entre «espíritu» y «vida» en toda la re­velación bíblica. De tener vida hay que poseer «espíritu»; de recibir la vida de Dios ha de serlo tan sólo en el Espíritu Santo. Para ser hijos de Dios, para permanecer en tan maravillosa condi­ción, para vivirla con intensidad, para poder comunicarla a otros es imprescindible el don del Es­píritu Santo. Jesús nos entrega la Paz y nos llena de alegría; nos da como raíz y fundamento, causa y razón de todo, al Espíritu Santo. Tan sólo así po­demos entender nuestra incorporación a Cristo y, en ella, nuestra introduc­ción en las relaciones trinita­rias. Con el Espíritu la Vida, y la Vida y el Espí­ritu no se entienden como supremos dones sin Jesús resucitado.

 

Conviene señalar, a propósito de la última ex­presión, la estrecha relación que existe entre el don del Espíritu y la resurrección de Jesús. El mismo evan­gelista muestra interés en subrayarlo en 7, 39: Dijo esto a propósito del Espí­ritu que recibirían los que creyeran en él; pues todavía no había Espíritu, por­que Jesús no había sido aún glorificado. No es, pues, casual que la misión de los discípulos y el don del Espíritu estén íntimamente unidos entre sí y vincu­lados a Jesús resucitado. Si el evangelista quiere a todas luces poner de mani­fiesto la reali­dad de la resurrección, también, y en la misma lí­nea, la real vin­culación de la misión de los discí­pulos y el don del Espíritu con la Exaltación de Je­sús. Dentro de este contexto podríamos detenernos en el detalle, tan ex­presivo, del «soplo» de Jesús: Jesús sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Es el «soplo» físico de la humanidad exaltada de Je­sús, signo, al parecer, del Soplo, del Espíritu Santo, que de ella como don dimana. Sin separar­nos mu­cho, podemos retroceder en el tiempo, no en el misterio, al momento de la muerte de Jesús. El evangelista la describe con estas sorprendentes y revela­doras palabras: E inclinando la cabeza, en­tregó el espíritu. No resulta dema­siado audaz atribuir al evangelista un interés especial por re­lacionar estos dos elementos -muerte de Jesús y en­trega del «espíritu»- como reveladores de una rea­lidad misteriosa. El término «pneuma» los enca­dena en esa dirección: la muerte de Jesús se pre­senta como «una entrega del espíritu» y la entrega del Espíritu a los discípulos como don y regalo del Jesús resucitado adornado con las señales de la muerte. No es extraño, la Exaltación, en Juan, abarca tanto la muerte como la resurrección del Se­ñor. Nos encontramos en terreno bíblico con un len­guaje marcadamente sacramental. Ya hemos com­pletado, venerado y besado las preciosas llagas con las que ahora se presenta Jesús para dar la paz, la alegría y al Espíritu Santo. Su humanidad glo­riosa, impregnada, «ungida», del Espíritu Santo, llena del Espíritu Santo a todo el que se adhiere a él.

 

El poder, ilimitado de por sí en cuanto a la eje­cución de la misión que Jesús les encomienda, recibe aquí una especificación formalmente bien concreta: per­donar y retener los pecados. ¿Se reduce a eso la misión de Jesús y, por tanto, también la de los dis­cípulos? ¿O se trata tan sólo de expresar con un elemento, quizás el más característico y saliente, la total obra salvadora de Jesús? En este último caso habría que entender el texto en sentido más amplio, en ex­tensión y profundidad. El mismo con­texto parece sugerirlo por la solemnidad del mo­mento en que ha sido colocado: la aparición de Je­sús glorioso a sus dis­cípulos. Intentemos una expo­sición a partir de Juan, pero sin olvidar momen­tos y dichos de Jesús transmitidos por los sinópticos.

 

La obra de Jesús, por tanto, no hay que entenderla como una mera «absolución» de peca­dos, de faltas, de deudas. Implica toda una nueva forma de ser: hijos de Dios. Si el mundo se caracteriza por su «apartamiento» de Dios, por su negación de un Dios amoroso y salvador, por su falta de fe en la intervención divina en nuestro fa­vor, la ausencia de pecado se caracteriza por la presencia en el hom­bre de la fe y del amor. A la Iglesia se le confiere el poder de vivir, y de conce­der la vida, en fe salvífica y en amor trinitario. Todo eso, me parece, es perdo­nar los pecados y el pecado. Por eso, cabe interpretar las palabras de Jesús resucitado a los suyos de forma amplia y pro­funda.

 

Los discípulos reciben, con el poder de perdonar los pecados, el poder de re­tener los pecados. Des­pués del optimismo despertado por la presencia en no­sotros de un poder capaz de salvar y salvarnos, suena esta segunda parte del binomio un tanto des­concertante. Sin embargo resulta necesaria para enten­der la primera y valorar con más precisión el misterio de amor en que nos mo­vemos. Sigamos un desarrollo paralelo al empleado en la primera, pero a la inversa, es decir, con carácter negativo.

 

El perdón de los pecados es un acto, visto desde arriba, divino-humano; desde abajo, humano-di­vino. Se trata, naturalmente, del perdón salvífico en Cristo, no lo olvidemos. Por ser un acto de tal índole, divino-humano, nos in­troduce en el miste­rio, doble, del amor: de Dios y del hombre. Dios ama, el hombre ama. Uno y otro gozan de libertad: de suprema, el primero; por parti­cipación, el se­gundo. Ambos deben caminar unidos. Cualquiera de los dos que falte, trunca el misterio.

 

Y la Iglesia ejerce ese poder amoroso de condenar como lo ejerció Cristo: condenando todo lo que aparta de Dios y de los hermanos. ¿Quién no piensa también en Mt 18, 15-20? Es teológicamente un paralelo. El ejercicio concreto de este poder reves­tirá seguramente di­versas formas: será la excomunión; será la negación de los sacramentos, del bautismo, de la absolución; será la acusación vital del pe­cado del mundo. La Iglesia -Cristo mediante sus ministros, según los casos- retiene de todo corazón todo aquello que de todo corazón es negación del amor de Dios. Dentro de la real situación del hombre en este mundo, del misterio de la libre elección o colaboración del hombre a la gracia divina que toma la ini­ciativa, los discípulos, al recibir el poder de retener los pe­cados, continúan en toda su amplitud, ya con sus miembros propios, ya con los del mundo, la mi­sión «salvadora» de Cristo. Todo miembro recibe, por poseer el Espíritu Santo, ese poder, en la medida y expresión concreta de su posición en el organismo vivo de la Iglesia. Cuando el ministro retiene, re­tiene la Iglesia, retiene Cristo, retenemos todos. Hablo, naturalmente, de una retención debida. De una re­tención indebida deberá dar cuanta a Dios quien temerariamente abuse de su ministerio. La Iglesia, que recibe el poder de amar perdonando, recibe tam­bién la facultad y el poder de rechazar, negando el perdón, al que de corazón no desea te­nerlo.

3.      Oración final: CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón. Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones.

¡Oh Santo Espíritu! Dígnate formarme con María y en María, en otro Cristo Jesús, para gloria tuya y salvación del mundo. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

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