Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo C

Fuenteycumbre

 

Hoy la liturgia nos regala la oportunidad de reconocer a  Jesús vivo y presente en el pan eucarístico, es la fiesta de  su Cuerpo y de su Sangre, el alimento de vida eterna que  los cristianos debemos recibir y adorar con profundo  cariño.


1.      ORACIÓN COLECTA

 

Oh Dios que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas….

2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro del Génesis 14, 18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abrahán diciendo: –Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo que ha entregado tus enemigos a tus manos. Y Abrahán le dio el diezmo de todo.

El texto nos retrotrae a la prehistoria de Israel. En concreto, a las tradicio­nes sobre Abraham. Y, entre éstas, a una realmente singular por varios as­pectos: Abraham guerrero; Abraham ante un sa­cerdote cananeo, ofreciéndole diezmos y recibiendo su bendición.

Recordemos el contexto; Abraham vuelve victo­rioso de la persecución de unos reyes que ha­bían apresado a su sobrino Lot. Dios le ha acompa­ñado en la empresa. Suenan de lejos las bendiciones del capítulo 12: Bende­ciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Lot, por su perte­nencia al grupo hebreo, disfruta de esa bendición. Por otra parte, no está de más recordar que Dios le había prometido -era ya suya de derecho- aquella tierra. Se mueve, pues, dentro de su propiedad.

Y ahora el texto leído: un sacerdote del Dios Altísimo lo bendice, le invita a bendecir a Dios y le ofrece pan y vino. Inteligible el ofrecimiento de pan y vino: es un guerrero que necesita restaurar las fuerzas. Menos inteligible, que sea un sacerdote pagano. Y misterioso, especialmente para la pos­teridad, que, con un nombre tan propio, aparezca y desaparezca sin dejar rastro de sí. El ser rey, ade­más de sacerdote, parece que entraba en las cos­tumbres de la época.

Queda, pues, como lo más notable, el nombre y el oficio de Melquisedec, rey y sacerdote, a quien Abraham ofreció diezmos. Podemos detenernos, explo­tando el contenido simbólico, el significado de los nombres: Melquisedec, rey de justicia, o, me­jor, la justicia es del rey, y Salem, como alusión a la ciudad santa de Jerusalén y significado de paz. La tradición rabínica se disparó en suposiciones y le­yendas en lo referente a la persona, figura y nom­bre. Nosotros nos mantenemos dentro de las líneas marcadas por el texto inspirado que tan sólo lo re­cuerda, misteriosamente por cierto, el salmo 109 y, a partir de él, la deta­llada y profunda exposición de la carta a los Hebreos. Queda, pues, el cuadro misterioso en sí para figurar otro misterio: Melqui­sedec, sacerdote y rey / Je­sús, Sacerdote-Mesías; pan y vino / Eucaristía; superioridad de Jesús sobre el sacerdocio de Aarón, por recibir, en figura, los diezmos de Abraham.

2.2. Salmo responsorial (Sal 109, 1. 2. 3. 4)

 R. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.» R.


Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R.


«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.» R.


El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.» R.

 

Salmo real; al fondo, quizás, el momento de la entronización del rey. El rey es descendiente de David, hijo de Dios, salvador. El salmista-pro­feta lo canta y, al cantarlo, lo ensancha hasta desbordar todo sujeto de la casa real. Señala un ideal; pero, por ser en nombre de Dios, no como uto­pía irrealizable, sino como acontecimiento futuro que Dios dispondrá. En el salmo, un versículo misterioso: Sacerdote según el orden de Melquisedec. Sabemos dónde se encontraron el rey y el sacerdote sin desdoblar la personalidad: en Cristo Jesús, Hijo de Dios, Salvador, Sacerdote y descendiente de David. El momento culmen, la en­tronización: su gloriosa Resurrección, Ascensión y Sesión a la de­recha del Pa­dre.

2.3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 11, 23-26

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

San Pablo dirige a sus fieles de Corinto, animosos en verdad, pero en su conducta, como niños frecuentemente, que se sienten deslumbrados por el relum­bre y lo extraordinario de los carismas, olvidando lo más fundamental de la vida cristiana, como la caridad por ejemplo, sabias amonestaciones y oportu­nas correcciones. Una de ellas se refiere al buen orden que debe observarse en las asambleas litúrgicas. El aire en que debían desenvolverse las reuniones li­túrgicas ha degenerado un poco. Los carismáticos, por una parte, como niños con zapatos nuevos, se obstinan unos con otros por las procedencias de sus dones. Discuten, al parecer acaloradamente, sobre cuál de los carismas es mejor. Con ellos queda debilitada en extremo la unión de sentimientos.

Algunas mujeres, por otra parte, pretenciosas, se extralimitan en sus liber­tades, dejando en mal lugar ante las demás iglesias a la propia de Corinto. Son un tanto desaprensivas, y esto motiva disgusto y escándalo. Son atrevidas al pase­arse descubiertas en las reuniones, cuando en las demás iglesias se practica lo contrario. Hay además, y esto es bastante grave, divisiones internas. En las celebra­ciones eucarísticas se echa de ver la falta de caridad y de hermandad. Cada uno lleva su cena propia, según su rango o apetito. Unos se llenan y emborra­chan, mientras otros pasan hambre. ¿Por qué no se van a sus casas a beber y a comer? Tal conducta es una vergüenza. Es un escarnio al Señor de quien ha­cen memoria santa en la celebración eucarística que sigue a continuación. To­mar parte en la Cena del Señor en tal estado es propia para condenación y no para salvación. Hacen así agravio al Señor y a los hermanos.

La Cena del Señor es algo sagrado. Allí está su Cuerpo y allí su Sangre en­tregados por nosotros. Se exige dignidad. Una conducta que desprecie al her­mano de la forma indicada no es para alabarla. Mejor no asistir. De asistir, unidos y limpios.

Podemos distinguir:

A) San Pablo se remite a la Tradición. Son técnicas sus palabras: recibir, transmitir. Era el oficio de los predicadores y de los discípulos. Pablo no in­venta, transmite. El mismo vocabulario lo indica. No se limita, sin embargo, Pablo a transmitir como del Señor la doctrina de la Cena, sino que transmite hasta la misma fórmula. Es una antigua fórmula cultual. Pablo es fervoroso siervo de la Tradición.

B) Fórmula de la institución de la Eucaristía. Se trata del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, entregado y vertida sobre nosotros, comida y bebida por no­sotros en su Memoria. Así participamos nosotros de su Muerte y de su Resu­rrección (hasta que vuelva). La Eucaristía nos recuerda algo pasado (cuyo efecto perdura) algo presente (Cristo vivo), algo futuro (vendrá). Así la Iglesia vive del pasado, del presente y del futuro. Abarca todos los tiempos. No sin razón se ha dicho que la Eucaristía es el centro de la Iglesia

C) Nueva Alianza. Este tema lo desarrollará la Carta a los Hebreos. La Sangre de Cristo selló la Nueva Alianza., superior a la Antigua. Se trata de su Muerte. Muerte que fue un sacrificio perfecto. También recordamos esto.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle: –Despide a la gente que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado. El les contestó: –Dadles vosotros de comer. Ellos replicaron: –No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres.) Jesús dijo a sus discípulos: –Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce canastos.

Multiplicación de los panes y de los peces. El título puede desorientar un poco. Pues no parece que el evangelista quisiera poner de relieve el mi­lagro como tal -el relato no termina con la general admiración y aclamación de las gentes-, sino más el hecho de que Jesús satisfizo el hambre de una multitud en el desierto. Interés, por tanto, cristoló­gico y eclesial. Pues es Jesús quien satisface el hambre y es la multitud -comunidad- en el de­sierto la beneficiaria de semejante acción. El acon­tecimiento, que tuvo lugar en su tiempo, descubre una realidad perenne en Cristo Jesús para todos los tiempos. Es, pues, el Se­ñor quien da y es la Iglesia la que, además de escuchar sus palabras, recibe de sus manos el pan.

No hay duda alguna, en efecto, sobre el valor cristológico del pasaje. Note­mos, para recordarlo, el contexto próximo anterior y posterior: el versículo 9, que ha dejado pendiente la pregunta, de gran importancia: ¿Quién es este de quien se cuentan ta­les cosas?, encuentra la respuesta correspondiente en los versículos 18-27 -confesión de Pedro- y en la escena de la Transfiguración que inmediatamente le sigue -Jesús, hijo de Dios. El mismo versículo 11, que habla del reino de Dios y evoca la actividad taumatúrgica de Jesús, aboga por esta perspectiva. Y el versículo 16, tan amplio y solemne y, por tanto, tan significa­tivo, está centrado en la misma acción de Jesús con alusión eucarística. Para terminar, los autores reconocen, por tema y vocabulario, la presencia, al fondo, de los pasajes Ex 16, 10 y 2; 1R 4, 42-44. El milagro transparenta visiblemente la Eucaristía. Jesús en el centro; y, en el centro, su gesto de to­mar los panes y los peces, de mirar al cielo, de bendecir y repartirlos a los pre­sentes.

El pasaje posee, además, un marcado carácter eclesiológico. Nótese, de en­trada, el diálogo de Je­sús con los suyos, único, por el tenor y extensión, en todo el evangelio. Única, también, y llamativa en la taumaturgia de Jesús, la apor­tación positiva de los discípulos: cinco panes y dos peces. La colabo­ración ser­vicial en la ejecución Haced que se sien­ten… y en la distribución. El detalle de “guardar los doce canastos” resalta también cierto sentido eclesial. El con­texto, por otra parte, no andaba le­jano de ello: envío y vuelta de la misión, en los versículos anteriores. Por último, ese significativo y urgente Dadles vosotros de comer.

Reflexionemos:

El evangelio nos depara la estampa central: Je­sús sacia maravillosamente en el desierto el ham­bre de una multitud. Sopesamos los detalles, pues el re­lato tiene por trasfondo la celebración cris­tiana de la Eucaristía. Es en el de­sierto: lugar in­hóspito, de tránsito, camino de la ciudad de la que somos ciu­dadanos. Es para todos: donde todos se sienten todos; no desperdigados, sino en co­munidad. Es maravilloso: no creación de manos humanas, celeste; es multiplicación: nada se pierde con la distribución, antes bien, crece a medida que se distribuye. Viene de las manos de Jesús, como una bendición, y es ali­mento que sacia. Es el gran don de Dios salvador.

La segunda lectura nos ofrece la celebración del misterio de la comunidad. Podemos señalar, en la línea del evangelio, el carácter de comida y de bebida: alimento. También el carácter de cena fra­terna. Celebrar el misterio es ha­cerse misterio con él. Pero el mensaje fundamental de las palabras de Pablo es recordar la realidad del misterio: co­mer el Cuerpo de Cristo y beber su San­gre. El misterio de su Pasión y Muerte, ofrecido como ali­mento superior y ac­ción salvadora de Dios. Mira hacia el pasado -Memorial-, lo verifica presente -Cuerpo y Sangre del Señor- y lo lanza hacia el fu­turo celeste -celebración esca­tológica-. Sobresale el carácter de urgencia -Haced esto en memoria mía- y de anuncio salvífico -Anunciamos tu muerte hasta que vuelvas-. Anuncio vital con una real y vital presencia de su persona que mantiene viva la es­peranza de su Venida, la anuncia y adelanta en una comunidad viva. Aparece también el tema de la Alianza en relación con su Sangre: sacrificio expia­torio con aire pas­cual -Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado-.

La primera lectura abunda en el elemento de comida y bebida: pan y vino. Restaura las fuerzas desgastadas en la pelea. Melquisedec apunta de­cidido a Jesús y al Dios Altísimo, al Padre. Es Rey y Sacerdote. Confluyen en él las tradiciones me­siánicas y culturales. La Eucaristía también lo cele­bra así.

Discípulos-Iglesia. Sobresale la frase Dadles vosotros de comer. El poder y misión de la Iglesia de dar y de recibir, en nombre de Cristo, a Cristo mismo. El milagro no parte de cero: son cinco pa­nes y dos peces. Es contribución mate­rial, necesa­ria por disposición de su Señor. He ahí el pan y el vino, nuestra co­laboración, símbolo de nuestra en­trega a Dios en la entrega que Jesús hizo de sí mismo. La Eucaristía también lo celebra. El servicio de los discípulos apunta a la disponibilidad efec­tiva de todos los miembros de la Iglesia en el gran contexto de la Eucaristía. De inmediato, a los sier­vos, servidores en la lí­nea del sacerdocio ministe­rial de Cristo.

3. Sugerencias para orar

Me sitúo dentro de esta escena evangélica. Y me sitúo, a la vez, en cualquier eucaristía en la que participo. Jesús nos sienta a todos con igual dignidad. Nos alimenta, me alimenta. Nos hace compartir su don. No hay eucaristía, ni habrá multiplicación de los panes si no respondo evangélicamente a la invitación de Jesús: Dadles vosotros de comer. Orar es escuchar tal invitación. Pido ser capaz de vivir la experiencia del compartir y la solidaridad todos los días, en cada momento de la vida. Dejo que Jesús rompa mis esquemas egoístas e insolidarios.

EL MILAGRO DE COMPARTIR

Si tanto nos preocupa la gente y la situación clama al cielo, no me salgan diciendo que son muchos y no llega, que hay que despedirlos, que no es tiempo de vacas gordas… ¡Denles ustedes de comer! ¡Aquí hay cinco panes y dos peces! Son los primeros del banquete. Y tú, ¿qué es lo que tienes? Vacía tu alforja y, ligero, pregunta a tu compañero si quiere poner también él lo que lleva. Corran la voz. Que se haga mesa fraterna; que nadie guarde el pan de hoy para mañana. Despréndanse de lo que llevan encima. Tomen todo lo que llega. Levanten los ojos al cielo y bendigan al Dios de la vida que tanto vela y vela. Lo repartieron los que nada tenían. Llegó para todos y aun sobro para sonar utopías. Días habrá en que tendrán que compartir no lo de un día, ni lo de una mochila, ni lo que lleváis encima, ni las sobras, sino lo mejor de su cosecha y aun su vida misma. Gracias, Señor, por romper nuestras murallas y enseñarnos a compartir siguiendo tu palabra.

 

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

 

La comunión de tu Cuerpo y Sangre, Señor, signo del banquete de tu reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llene del gozo eterno de tu divinidad. Tú que vives y reinas….

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