Domingo 10 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

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Jesús es siempre una respuesta de sí rotundo a la vida. Jesús está entre las gentes y con las gentes como un don maravilloso de comunicación. Nunca estuvo el cielo más cerca de nosotros. Y este cielo, posible y realizable, Jesús lo plasmó no sólo en doctrina, sino que fundamentalmente nos dejó unas formas y modos de acción. No estaría de más que esta lectura evangélica de este domingo la hiciéramos transparente a través de aquel maravilloso texto de la “Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual” del Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Jesús. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (“Gaudium et spes”).

1. Oración inicial

Tu rostro en cada esquina

Señor, que vea… …que vea tu rostro en cada esquina. Que vea reír al desheredado, con risa alegre y renacida. Que vea encenderse la ilusión en los ojos apagados de quien un día olvidó soñar y creer. Que vea los brazos que, ocultos, pero infatigables, construyen milagros de amor, de paz, de futuro. Que vea oportunidad y llamada donde a veces sólo hay bruma. Que vea cómo la dignidad recuperada cierra los infiernos del mundo. Que en otro vea a mi hermano, en el espejo, un apóstol y en mi interior te vislumbre. Porque no quiero andar ciego, perdido de tu presencia, distraído por la nada… equivocando mis pasos hacia lugares sin ti. Señor, que sea… … que vea tu rostro en cada esquina.

José M. R. Olaizola

2.      Lectura y comentario

2.1. Lectura del libro primero de los Reyes 17,17-24.

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Entonces la mujer dijo a Elías: ¿Qué tienes tú que ver conmigo?, ¿has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo? Elías respondió: Dame a tu hijo. Y, tomándolo de su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor: —Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar haciendo morir a su hijo? Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor: Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración. El Señor escuchó la súplica de Elías: al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre diciendo: Mira, tu hijo está vivo. Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad.

Una mujer madre, viuda, con un solo hijo y todavía pequeño, es todo lo que tiene. Aquel niño está en las últimas; aquel niño se muere. Es como si a aquella mujer le arrancaran el corazón, le desgarraran las entrañas. Sin aquel niño carece de sentido su vida, de aliento, de ilusión. ¿Qué le queda si aquel niño de sus entrañas muere? Dolor de ma­dre, desamparo de viuda. Una auténtica tragedia.

El dolor hace las frases cortantes y agresivas. Suenan a acusación tanto en boca de la mujer como en la oración del profeta. El Señor escuchó la sú­plica. El Dios de Elías, Yahé, tiene oídos y oye, es bueno. Lo definen sus obras. La mu­jer lo bendice agradecida. Ha visto el signo de su presencia. El Dios de Elías en un Dios vivo. Elías es acreditado como profeta y siervo: Dios ha escu­chado su oración. La maravilla lo acredita como enviado del Dios del Cielo. Profeta auténtico, Dios vivo y bondadoso, mujer agradecida.

2.2.SALMO RESPONSORIAL Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R/.  Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado,
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí,
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Salmo de acción de gracias. Gracias por un bene­ficio recientemente recibido. Beneficio de haber sido librado de la muerte: Sacaste mi vida del abismo. Sea por el acoso de los enemigos, sea por la enfermedad (más probable), El sal­mista estaba a punto de bajar a la fosa. La mano amiga de Dios lo alzó a la vida y lo alegró con cantares y danzas. Es justo proclamarlo y cantarlo: Dios es bueno. Una vida a Dios gracias se convierte en una acción de gracias por toda la vida: Te daré gracias por siempre. El Señor libera de la muerte, el Señor da la vida. Pensemos en la vida eterna, eterna libera­ción de la muerte

2.3.  Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 1,11-19.

Hermanos: Os notifico que el evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza como partidario fanático de lis tradiciones de mis antepasados. Pero cuando Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó a su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro Apóstol; vi solamente a Santiago, el pariente del Señor.

Pablo insiste en que su evangelio, su mensaje no son de origen humano. Ni se le ha ocurrido a él, ni lo ha reci­bido de hombre alguno; ni de Pedro, ni de Juan, ni de nadie. Tan sólo por re­velación de Jesucristo. Pueden estar completamente seguros de que no es cosa suya, a poco que recuerden su vida en el ju­daísmo. Lejos de simpatizar con el nuevo movi­miento, se convirtió en su más acérrimo persegui­dor. No ha sido, pues, en virtud de una decisión meramente personal; tampoco lo ha recibido, de forma inmediata, de los apóstoles, a quienes no vio sino mucho tiempo más tarde, después de su con­versión. El verdadero origen de su Evangelio y de su misión, arranca del encuentro personal con Cristo en el camino de Damasco. Cristo se le ha re­velado en poder y en gloria y lo ha enviado a pre­dicar el evan­gelio a los gentiles. Pablo evoca en su palabra la vocación de los grandes pro­fetas (Jeremías). Es consciente de encontrarse en la misma línea. Al principio de todo, su misión está en Dios está en Cristo. Pablo predica el evangelio de Dios en Cristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 7,11-17.

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: No llores. Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo: Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Un muerto, un muerto conducido a enterrar, jo­ven, hijo único de una viuda, sostén y alegría de su madre. Madre sumida ahora en la tristeza y des­con­suelo. Situación especialmente dolorosa. El pú­blico muestra su condolencia acompañando el cor­tejo fúnebre. Silenciosos y apenados caminan hacia el lu­gar del sepelio. Al Señor ¡al Señor! le da lás­tima. Su corazón, sensible al dolor, se conmueve, y por propio impulso, con voz de mando, arranca de la muerte aquella vida joven. Con un gesto deli­cado y atento se lo devuelve vivo a su madre. La voz del Señor es poderosa: nadie se le resiste, ni si­quiera la muerte. El espanto, primero, y la alabanza después, surgen espontáneos de aque­llos pechos sencillos. La maravilla presenciada les abre los ojos. Allí está Dios. Allí un gran profeta. Jesús de Nazaret es un hombre de Dios. Dios se ha acor­dado de su pueblo. La presencia del profeta trasluce la presencia de Dios. Temor santo y cordial alabanza: Dios ha vi­sitado a su pueblo en Jesús, pro­feta con poder y au­toridad.

 La maravilla declara la presencia de Dios. La admiración, un acercamiento del hombre a Dios. Jesús, -Salvador, Dios con nosotros- evidencia la presencia salvadora de Dios. En su persona toca el hombre a Dios. La gloria de su nom­bre, y la convic­ción de que Dios ha visitado en aquel hombre a su pueblo son el efecto saludable de la resurrección del muchacho. Eso es lo importante. Las obras de Dios no se presentan caprichosas ni extravagantes. Las obras de Dios son obras de amor y misericor­dia. El Dios que hace acto de presencia en el pro­feta Jesús es un Dios de amor y compasión. Jesús, su enviado, participa de los mismos sentimientos. La obra de Jesús es una obra salvadora de amor.

Reflexionemos:

Jesús al resucitar a un muerto, muestra así tener poder sobre la muerte y ser Señor de la vida. El Señor que actúa lleno de misericordia es el Señor re­sucitado. Así lo entiende el cristiano que escucha este evangelio. Así también nosotros, Je­sús nos resucitará. Esa es nuestra esperanza firme. Esa su gran obra de misericordia. Esa la gran gloria de Dios.

 Es el sentido profundo del salmo. La resurrección que vendrá después viene anunciada en forma de sino en la resurrección del muchacho. Todo es obra de la misericordia y bondad del Señor, como lo nota Lucas. Nadie le pidió el mila­gro, pero sus entrañas se conmovieron ante aque­lla tra­gedia. Jesús ha muerto y ha resucitado. Jesús ha su­frido el terror de la muerte y ha sido devuelto a la vida en honor y gloria. Jesús ha sido exaltado a la dere­cha de Dios y ha sido constituido Señor y Da­dor de vida. Jesús se compadece de la trage­dia del hombre alejado de Dios y en estado de muerte. Jesús nos levanta del féretro. Jesús nos devuelve a la vida.

 La Iglesia se alegra y glorifica a Dios. Jesús nos resucitará en el último día. La eucaristía celebra el misterio. Jesús tiene un corazón sensible, un cora­zón que vibra al dolor humano. Pero no es la muerte física el dolor supremo del hombre, es su muerte eterna; de ella nos libra Jesús.

 La maravilla revela a Jesús como profeta. Pro­feta de Dios que ama y da la vida. Jesús no puede menos de amar, conservar y dar la vida. Es el signo de su autenticidad. Nosotros, cristianos, continua­dores de la obra de Cristo, ha­blamos de un Dios que ama y da la vida; un Dios que nos resucitará. ¿Hasta qué punto somos signo de ello? Nuestro profetismo ha de verse confirmado por nuestras obras; a la palabra ha de acompañar la acción. Cuando la gente sen­cilla vea en nosotros a un He­raldo de Dios, entonces habremos alcanzado algo en este sentido. Nuestras obras buenas, de amor, de misericordia, de perdón, han de evidenciar ante los sencillos la presencia de un Dios que ama y que salva. Ese es nuestro Evangelio, esa nuestra mi­sión. Pablo nos lo recuerda. Un evangelio que viene de Dios y conduce a Dios. Un evangelio predica a Cristo salvador y salva en un Libera­dor. El cristiano está siempre en favor de la vida, cueste lo que cueste.

3.      Oración final:

“¡Oh, Verbo Eterno, Palabra de mi Dios! quiero pasar mi vida escuchándote; quiero prestar oídos dóciles a tus enseñanzas, para que seas mi único Maestro. Y, luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las debilidades, quiero mantener mis ojos clavados en Ti y permanecer  bajo el influjo de tu magnífica luz”.

(Sor Isabel de la Trinidad).

 

 

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