Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre cover 12 TO

Reconocer y confesar que Jesús es el Señor no es cualquier cosa; es una de las decisiones fundamentales que el hombre puede tomar en su vida y, por tanto, tal proclamación debe transformar radicalmente la vida entera de quien la hace. No se puede decir que Jesús es el Señor para vivir, después, bajo cualquier otro señorío: el del dinero, el placer, el poder, la estética, etc. Si de verdad Jesús es nuestro Señor, nuestra vida quedará libre de toda atadura para poder entregarnos, sin limitación de ningún tipo, a trabajar por el Reino de Dios, la causa por la que Jesús luchó, vivió y murió. Con el firme propósito de no tener en nuestra vida otro Señor que Jesús, damos comienzo a nuestra celebración.

1. ORACIÓN COLECTA

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu Santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del Profeta Zacarías 12, 10–11

Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén
un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Hadad–Rimón en el valle de Meguido.

Palabras misteriosas las del profeta. En primer término, una bendición so­bre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén. Dios no olvida ni abandona la dinastía de David A pesar de las catástrofes que ha amontonado la historia sobre la casa de David y sobre Jerusalén, Dios continúa mi­rando con complacencia aquello que va a constituir el centro de los tiempos: el Me­sías y los tiempos mesiánicos. Cierto aire mesiánico, marcado carác­ter escato­lógico.

Las palabras siguientes son sumamente oscuras. ¿De quién habla el pro­feta? ¿A qué acontecimiento se refiere? ¿Se extiende hasta aquí la misteriosa figura del Siervo de Yahé de Isaías? El pensa­miento de la frase se acoplaría muy bien con la mi­sión de éste. ¿O se trata de algún personaje y acon­teci­miento, de momento totalmente desconocido para nosotros? No lo sabemos. De todos modos ahí han quedado las palabras con su misterio; y con las palabras el mensaje; y el mensaje mirando al fu­turo. Así es la palabra de Dios; muchas veces arrancada de su contexto histórico, convertida en «piedra clave» en espera de un cumplimiento mejor.

La muerte de un ser querido, como de hijo único, mo­tivada injustamente va a ser llorada con amargo llanto, como se llora al primogénito. Día de gran luto para Jerusalén, desgracia para todo el pueblo.

La comparación seguida nos lleva al mundo pa­gano. El luto alborotado, el plañir estridente de las gentes en los cultos de la fertilidad, a la muerte del dios Hadad-Rimón. Juan recuerda el texto (19,37) con motivo de la muerte de Jesús. El texto bíblico recibe así su sen­tido más pleno. Leído el mensaje a la cruz de Cristo, encuentran ambas frases sorprendente cohe­rencia: El Mesías, el tiempo me­siánico, misión del Mesías…

2.2. Salmo Responsorial (Sal 62. 2. 3-4 5-6. 8-9 R.)

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu, fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R.

Toda mi vida te bendeciré,
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti
y tu diestra me sostiene. R.

Cada una de las frases merece un comenta­rio; por lo menos, una serena reflexión. Son expre­sivas las imágenes de la tierra reseca -desértica- para significar el ansia casi fisiológica; la del co­bijo de las alas, para la seguridad jubilosa de una protección indefectible… La experiencia guarda relación con el culto. En el fervor del culto ha expe­rimentado el sal­mista la presencia envolvente y saturante de Dios. El favor de Dios vale más que la vida. Es la experiencia central.

El cristiano se apropia, en Cristo, los senti­mientos del salmo, ya como ex­periencia que arre­bata a la alabanza y a la confianza, ya como invi­tación a gustar la gracia y la plenitud de dios. El culto es el mejor momento señalado por el salmo.

2.3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 3, 26-29

Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.
Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, y herederos de la promesa.

Somos Hijos. Hijos de Dios. Hijos verdaderos del verdadero Dios y lo somos todos. Y todos significa todos. No tan sólo los sabios, los listos, los fuertes; los hebreos, los griegos, los romanos; los maduros, los varones, los… Todos, sea cual sea su procedencia, su edad, su condición, su estado o sexo. Todos los que creen en Jesús. Y a creer en Jesús son llamados todos y en todos los tiempos. La fe en Je­sús -es la buena nueva- opera la maravilla. De otra forma, Jesús confiere a los suyos su propia condición de Hijo. Porque la adhesión a Jesús no es una adhesión cualquiera. Es una participación de su vida: incorporación y revestimiento de Cristo hasta llegar a no vivir nosotros, sino Cristo en nosotros. El bautismo realiza misteriosamente el por­tento. Realidad transformadora es que todos somos Cristo. No hay diferencia mun­dana que nos separe de la condición de hijos. Somos hermanos, y como tales, herederos de la Promesa, el don del Espíritu que lo transforma todo. El nos transforma desde dentro. El nos hace sentirnos hi­jos, y sentirnos hermanos. Eso somos y eso debemos ser. Es la civi­lización cristiana, con frecuencia des­cuidada. Nuestras obras egoístas, anti-Espíritu y anti-hermandad, pueden empañar el bruñido es­pejo de las pala­bras de Pablo. Las pasiones huma­nas pueden retorcer y tergiversar su sentido diá­fano. El 12,13 de 1 Cor. ofrece el mismo pensa­miento.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
–¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: –Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. El les preguntó:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: –El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: –El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y, dirigiéndose a todos, dijo: –El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.

La «confesión» de Pedro constituye la parte céntrica del Evangelio de Mar­cos. Hasta ese momento flota en el aire el «misterio» ¿quién es éste que obra y habla con autoridad y poder? Nadie ha dado todavía una respuesta acertada. Juan Bautista, aseguran unos; Elías, proponen otros; los más, algún otro pro­feta. Nadie ha visto con claridad. Solamente los demonios han adivinado algo de la grandeza que se esconde detrás de aquella extraña persona: El hijo de Dios. Ha venido a destruirlos. Lo han palpado. Y no se engañan. El público, en cambio, no ha visto nada.

Pero ha llegado el momento cumbre, el momento de declararlo. Están solos sus discípulos. ¿Quién soy yo? les lanza Jesús. «Tú ERES EL MESÍAS» res­ponde Pedro. Se ha descorrido el velo, se ha revelado el «secreto». Jesús de Nazaret no es un «cualquier» profeta; ni siquiera Elías o el gran Juan vuelto a la vida. Jesús de Nazaret es el MESÍAS. Esta declaración señala un cambio de dirección en el evangelio. Los discípulos «saben» el misterio de su persona. Ya no le siguen como a un profeta; le siguen como a Mesías, enviado por Dios para la restauración de Israel. Ya «saben» quién es. Pero ignoran «cómo» es, qué tipo de Mesías es. Queda por conocer el «misterio» de su misión. Jesús, el Mesías, es ¡el Hijo del Hombre! Este misterio constituye el tema de la segunda parte.

Jesús comienza a instruirles. El Hijo del Hombre será entregado a manos de los gentiles, por obra de los dirigentes de Israel. Será condenado a muerte; pero resucitará al tercer día. Y es su voluntad, firme y decidida, de abrazar la pasión y la muerte porque tal es la voluntad de Dios. Jesús tiene conciencia de su misión y la confía a sus amigos. Es un misterio, y como misterio debe per­manecer oculto, en secreto. Es el famoso «secreto mesiánico» de Marcos. Terri­ble situación la de Jesús. Sus obras, por una parte están gritando que, tras la mano que las realiza, se encuentre el Mesías. Por otra, Jesús es consciente de que su obrar lo llevará a la muerte. Y no por una casualidad, sino por voluntad di­vina. Y Jesús quiere «cumplir» de todo corazón esa misión encomendada.

Los hombres no pueden comprenderlo. Tan lejos están los pensamientos humanos de los de Dios, que corren peligro de cerrarse por completo. Pedro es el mejor exponente. Pedro trata de estorbarlo. El Mesías no puede acabar Así. Es atentar contra Dios. Pero Pedro se equivoca. Su postura sí es una oposición a Dios. Sus pensamientos no son acertados. No pasan de ser humanos. Y lo humano, opuesto a Dios, se convierte en malignos y endiablados. «Quítate de mi vista, Satanás» es la respuesta indignada de Jesús. Pedro, ignorando, pre­tende retraer a Jesús del cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Hay algo más horrible? Una obra verdaderamente satánica. ¡Hasta Pedro puede hacer el oficio de Diablo sin saberlo! La voluntad de Dios, sea cual sea, es santa, y el intento de desacatarla ha de ser, sea cual sea la causa, satánica. Los discí­pulos lo entenderán más tarde.

Las condiciones que propone Jesús para seguirlo están en consonancia con su propio destino. La «misión» de Jesús se alarga a sus discípulos; el «misterio» de Jesús se hace destino y misterio cristiano. He aquí las condicio­nes: negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. El discípulo no ha de tener otra voluntad que la voluntad de Dios. Ha de ser su único alimento. Ha de tomar su cruz. Y tomar la cruz significa ser despreciado, perseguido; ser condenado a muerte como malhechor; ser tenido como escoria de la sociedad por el nombre de Cristo. La imagen del condenado que portaba su cruz camino del suplicio decía mucho a aquellas gentes. Hay que seguirle. Ultima condición en el orden, primera en la importancia. De nada sirve negarse, de nada sirve sufrir, si no es «en el seguimiento» de Jesús. Es la típica exigencia de Jesús en los evangelios. La voluntad del Padre es seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es obedecerle e imitarle. Y la imitación consiste en negarse a sí mismo y cargar con su cruz. Está en juego la vida. Y quien no esté dispuesto a dar la vida- temporal- en obediencia a Dios, al evangelio, éste, por cuidar de su vida, la perderá -la auténtica. Quien, por el contrario, la entregue por amor a Cristo, al evangelio, cumpliendo así la voluntad del Padre, ese la alcanzará; como Cristo que resucitó de entre los muertos. El destino del discípulo es el destino de Cristo: muerte y resurrección. Ese es el «misterio» cristiano que todos y todos los días debemos recordar. La celebración litúrgica, «recuerdo» de la muerte y resurrección del Señor, el mejor momento.

REFLEXIONEMOS:

Cinco veces aparece el nombre de Cristo en las palabras de Pablo. Comen­cemos por él. Es la clave de los siglos. Sin este nombre no entende­remos nada. En él todo el plan de Dios.

Jesús enviado del Padre. Jesús, el Cristo. Je­sús, el Mesías de Dios. Así el Evangelio. No es Juan ni Elías. No es Jesús un profeta cualquiera; ni siquiera, un profeta cualificado como fuera Juan y Elías en su tiempo. Jesús es El Pro­feta. Aquellos, Juan en especial, no tuvieron otra misión que pre­parar un pue­blo digno para la venida de Jesús el gran acontecimiento de Dios. Algo los une: son profetas. Mucho los separa, él es el Mesías. Y el mesías es el heredero de los siglos, tiene carácter real, es el Ungido. Es el Rey, el Señor.

Pero Jesús es el Señor, no como lo esperaban los de su tiempo. Jesús es el Rey, el profeta, el Hijo del Hombre , ¡el siervo paciente de Yahé! Jesús es un mesías misterioso, lleno del Espíritu de Dios. Un Mesías, que tiene que pade­cer, morir y resucitar. Un mesías que lleva la cruz a sus espaldas y que muere en ella, y que a través de ella es constituido Señor del universo, Sal­vador del mundo. Maravilla de Dios. Fuerza y sa­biduría divinas.

El Evangelio señala su carácter misterioso: el misterio de la muerte de Cristo, Primogénito e hijo único de Dios (como lo anunciaba la primera lectura). No todos lo entienden, ni todos lo aceptan. Noso­tros lo celebramos reverente­mente en el sacrificio de la Misa. Ante él, un profundo respeto y un de­voto si­lencio.

La obra de Mesías es llevarnos al Padre, re­conciliarnos con él. Jesús nos hace Hijos de Dios, sus predilectos, sus amigos y confidentes. Es ne­cesaria la fe, seguirle y llevar la cruz con él. Y esto, todos los días. Porque la adhesión a Cristo, su seguimiento, compromete al cristiano en todo tiempo y en todo lugar y en toda acción. Nos he­mos incorporado a él y somos con él una sola cosa. Nos hemos revestido de él y llevamos su imagen gravada en nuestra vida. El bau­tismo nos ha caracterizado para siempre. Hemos muerto con él, hemos sido sepultados con él y hemos resuci­tado en él a una nueva vida. Somos una crea­tura nueva, La Sión Celestial, y portadores, ya aquí, de una civilización nueva. Hemos sido ungidos por el espíritu y somos el mesías de Dios en este mundo.

Formamos un solo pueblo, una familia unida. Superamos las barreras del tiempo y del espacio; trascendemos un tanto la historia, tenemos algo del Cristo glorioso. Estamos sobre el color y la raza; sobre la edad y el sexo; sin destruirlos, sin aplas­tarlos. Somos hermanos, y lo somos los coetáneos y son hermanos nuestros los que ya durmieron en el Señor. Hemos heredado la promesa, el Espíritu Santo. El don de lo alto que nos transforma, que nos her­mana, que nos trasciende sobre el mundo y sobre no­sotros mismos. Somos la bendición del mundo. ¿Lo somos en realidad? ¿Somos conscientes de nuestra misión? ¿Conscientes de ser mesías, dado­res de la paz y de la vida, y dispuestos a ser sa­crificados en aras del amor? ¿Cuidamos de mante­ner nuestra identidad de hijos de Dios y de herma­nos celosos? ¿Nos per­catamos de que, estando en el mundo no somos del mundo? ¿De qué nues­tra vocación vale más que la vida? ¿De qué… ? Hay que acentuar hoy día este ele­mento de fraternidad en Cristo. La Iglesia es nuestra casa y nuestra pa­tria, no el rincón perdido que nos vio nacer. Hemos nacido a otra vida. Debemos mostrarlo. Somos, en este aspecto, más que Juan y más que Elías.

El carácter personal y colectivo se refleja en el salmo: La sed de Dios satis­fecha, la unión con él alcanzada, la gracia de su presencia saboreada en la convivencia en paz y amor entre hermanos, en especial en el culto. Allí el re­cuerdo eficaz del Me­sías de dios muerto y resucitado por nosotros. Otro ele­mento necesario de resaltar en nuestros días” El Culto como fuerza y expresión de la vida cristiana Hay que insistir en ello. El salmo nos da un sinfín de afec­tos. Conviene gustarlos. Es una palmaria invitación.

 3. ORACIÓN FINAL

Por Jesucristo, tu Hijo amado, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas, y nos lo enviaste, para que hecho hombre del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor. Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió los brazos en la cruz y así adquirió para ti un pueblo santo.

Amén.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s