Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre

¡Qué oportuno es el evangelio de este domingo! Los hombres buscamos siempre sobresalir para ser invitados y tenidos en cuenta, nos parecemos a los fariseos del tiempo de Jesús que apetecían honras exteriores y soñaban con destacarse de la plebe. El egoísmo puede cegarnos de soberbia e impedirnos ver a los que son más dignos. La autojustificación y la arrogancia nunca son buenas consejeras.

1. Oración:

Señor Jesús nos estás colocando de lleno  en aquello que debe identificar nuestro seguimiento, nuestra identificación contigo, cuando nos invitas  a vivir tu Palabra, en el anonimato, en la entrega, en el servicio, en la generosidad, buscando hacer el bien sin aparentar, simplemente para ayudar  al que necesita, al que precisa de ayuda, dando la mano al que no puede retribuirte, al que no puede hacer lo mismo contigo, para demostrar así la gratuidad del amor de Dios, que nos ama independiente de nuestra condición, para que actuando como lo haces Tú, nos identifiquemos siempre más contigo, buscando en todo momento, amar y servir como lo hiciste Tú. Amén.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará.

Al sabio le corresponde el consejo. Y el consejo hay que buscarlo en la boca del sabio. El «sabio» ha estudiado, ha meditado, ha observado la vida, ha «vivido». De sus labios procede la sabi­duría, la palabra oportuna, el consejo acertado, el pensamiento útil, la norma de conducta. El sabio es un maestro. Un maestro humilde y modesto. El sa­bio conoce los límites de su ciencia, la profundidad de su ignorancia. El sabio es atento, respetuoso. No esconde sus misterios. El sabio transmite generoso lo que generosamente le entregó la vida. Da de todo corazón. Da un trozo de su corazón, una parte de su vida. Deposita fuera de sí una parte de su persona. El discípulo escucha discreto y acoge agradecido el pedazo de aquel «yo» que vuela a su encuentro. El sabio engendra otro sabio. El sabio se torna «padre» y el discípulo «hijo». La sabidu­ría entabla relaciones, engendra amistades, funda familia. Tras el sabio que habla, se encuentra Dios. Tras el maestro que enseña, se esconde el Pa­dre. La Sabiduría de Dios engendra Sabios; la Pa­labra del Padre crea Hijos. La Sabiduría de Dios es Cristo. Nosotros escuchamos su Palabra como hijos.

La experiencia humana y religiosa enseña y elogia la humildad. El recto sentir de sí mismo agrada a Dios y a los hombres. El humilde sabe apreciar lo grande y lo pequeño. Y lo grande a sus ojos es todo ser que refleja a Dios, Grande. Y pe­queño, lo que le impide ver, sus ojos manchados. El hombre hu­milde ve en todas partes la mano de Dios, y se inclina reverente. Y el que se inclina ante Dios se abre a sus bendiciones y se hace depo­sitario de sus miste­rios. Dios se manifiesta al que le escucha atento; llena la mano del que se la tiende abierta; da al que pide humilde y enseña al que busca la Sabiduría. Es grande la humildad. Ante Dios y ante los hombres. Todos la aprecian. La hu­mildad es como la sabiduría: entabla rela­ciones, engendra amistades, funda familia.

Lo más opuesto a la Sabiduría es la soberbia y el cinismo. Es un mal que no tiene cura. Sólo Dios puede curarlo; no el hombre. La corrección del sa­bio exaspera y enloquece al soberbio. La arrogan­cia es principio de muchos males. La Sabiduría, la humildad, es un arte y una ciencia de lo humano y de lo di­vino. Conviene reflexionar.

2.2. Salmo responsorial Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11(R.: cf. 11b)

R. Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor. R.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece. R.

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. R.

Salmo de alabanza. Al menos en la selección de versillos que presenta la li­turgia aparece claro el aire de himno. Invitación a la alabanza y moti­vos. La bondad de Dios se manifiesta en la protec­ción del humilde e indefenso, y en la providencia amorosa sobre el pueblo. Dios mira con verdadera piedad paternal a los pobres y humildes. Lo pro­clama la experiencia secular de Israel. El Señor Dios merece la alabanza. Cristo ratificará de forma solemne esa imagen de Dios: pobre, hu­milde, por los pobres y humildes de la tierra.

2.3. Lectura de la carta a los Hebreos 12, 18-19. 22~24ª

Hermanos: Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Dios habló en un tiempo… por los profetas…, en los últimos tiempos habló en el Hijo. Dios habló es la afirmación fundamental. En el Hijo, la novedad transcendental. El Aconteci­miento Cristo, Palabra de Dios, el tema de la obra.

Dios habló y Dios habla: Dios continúa ha­blando. El autor recurre al enton­ces de la Antigua Alianza para, por contraste, presentar la hondura y trans­cendencia del Hoy de la Nueva. La compa­ración de una con otra atraviesa toda la carta. También aquí aparece el contraste; el fin es pare­nético. La Voz de Dios debe ser escuchada. El juicio sobre el que la desoiga será terrible. Terri­ble fue en la Disposición Antigua, terrible en extremo será el juicio en la Nueva. Responsabilidad mayor en una revelación mayor. Cristo ha abierto el acceso a Dios. El único, el verdadero acceso. ¡Ay de quien descuida tan gran salvación! Es el contexto.

Dios habló en el Sinaí a Moisés. Fue una teofa­nía tremenda. Veamos los pormenores: Dios habló en el Sinaí. En un monte. Monte alto y apartado. Una masa de tierra tangible. Dios habló sobre la tierra. El lugar era terreno, de este mundo. Dios habló desde el monte. Habló con voz de trueno, de forma espantosa. Los oyentes queda­ron despavoridos. A Dios lo cubría la nube, lo en­volvía el fuego, lo defendía el trueno. En realidad la voz de Dios hacía temblar y repelía. El mismo Moisés estaba espantado. Los hombres no «podían» oír aquella voz. Pidieron que Dios no les hablara, que les hablara Moisés. En realidad el pue­blo no tuvo acceso a Dios. Aun siendo un monte tangible no se podía tocar. Había amenaza de muerte sobre el que osara acercarse a él. El pueblo no vio a Dios ni entendió sus palabras. Necesitaron del intérprete Moisés. La manifes­tación terrena del Dios Santo se mostró insoportable. Así fue el «hablar» de Dios entonces.

En cambio, el hablar de Dios AHORA es di­verso. No es un monte tangible, terreno. Es la Ciu­dad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, la Asamblea de… Es algo divino. Y con ser divino es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, tangi­ble. ¡Tenemos acceso a Dios! Estamos ya dentro. No está castigada con la muerte la entrada a tan sa­grado recinto. Todo lo contrario, la Muerte ame­naza al que se queda fuera. La Voz de Dios, su Hijo, es audible. No espanta, atrae; no aterra, con­suela; no hiere, sana; no mata, salva. La Voz del Hijo nos hace hijos; como la voz del siervo Moisés hacía siervos. Jesús no es un media­dor; es el Me­diador. Y la alianza es la eterna Alianza. La Voz de Dios se ha hecho carne nuestra. Jesús no se aver­güenza de llamarnos hermanos. No lo rodea niebla y fuego, sino luz y Espíritu. Por eso, ¡hay que oír su voz!

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: – «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste.” Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.”Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. »Y dijo al que lo había invitado: – «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.  Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos. »

Jesús ha sido invitado a comer por un fariseo. Otra vez lo fue por un publi­cano, Mateo. Jesús acepta la invitación, venga de donde venga, pues ha venido para todos. Los invitados pertenecen, naturalmente, al grupo de los fariseos. Hombres cumplidores de la Ley, conscientes de su piedad, engreídos, propensos a honores y primeros puestos, autosuficientes y perfectos. No hay allí pordiosero alguno, ni andra­joso, ni publicano bien vestido: impuros y prácticamente irreligiosos. La concu­rrencia es de lo más limpio y florido religio­samente.

Los comensales espían y acechan a Jesús. ¿Qué hace allí Jesús? En reali­dad no es un amigo más. No es uno de su grupo. Eso sí, Jesús es un hombre que cumple y un hombre que, como predicador y maes­tro, ejerce gran influjo en el pueblo. Hay quien lo tiene como profeta. Pero su conducta deja mucho que desear: no observa las tradiciones de los anti­guos. Los «sabios y perfectos» de Israel espían al Sabio y Santo de Dios. Las palabras de Jesús enca­jan bien en el contexto. Los dos ejemplos que pro­pone se refieren al banquete, y los dos to­can direc­tamente la mentalidad y conducta de los oyentes.

El primer ejemplo, claro y transparente, pre­tende expresar una verdad reli­giosa. Jesús no se propone dar un consejo que atañe a la buena educa­ción o crianza, a la etiqueta o a la misma ética. Todo esto, sin dejar de ser intere­sante, bueno, suges­tivo, no transciende el terreno social humano. El ejemplo quiere revelar no las relaciones de los hombres entre sí, sino las relaciones con Dios. Un ejemplo de sociedad con transcendencia religiosa. Sería así: El fariseo, autosuficiente, pagado de sí mismo, consciente de su valía, dig­nidad e importancia, busca afanosamente su puesto a la cabeza de los comen­sales. Él se sabe cabeza y principal (por su conocimiento de la Ley, por su comportamiento, por su piedad…). Otro invitado, que no tiene motivos para creerse alguien, tiende a ocupar naturalmente el puesto que le corresponde: el último. Pero he aquí que el anfitrión opina de otra manera y tras­torna los puestos. Vergüenza para el uno, honor para el otro. Puede suceder en cual­quier invitación. En la invitación de Dios, ¡siempre! Es la ense­ñanza del ejem­plo.

La postura farisaica no agrada a Dios. Dios co­loca en los primeros puestos a los que se tienen por nada: a los pequeños, a los inútiles, a los que no ven en sí motivo alguno para colocarse los primeros. Je­sús manifiesta de esta forma una gran verdad reli­giosa que el mundo, aun el mundo religioso de en­tonces, no puede comprender. El fariseo, a pesar de cumplir la Ley, está lejos del Señor de la Ley; a pe­sar de su piedad, no agrada a Dios; a pesar de su co­nocimiento, desconoce la verdad. Está el último. Más aún, está fuera. Le ha tocado de lleno la hu­millación. Dios declara nulos sus títulos, sus arro­gancias, sus honores y su comportamiento. Ante él no valen nada. Más bien desdicen. Lucas lo recor­dará con insistencia en su evangelio. Es enseñanza típica de Je­sús.

El segundo ejemplo expresa también una verdad religiosa. El comer juntos facilita las relaciones so­ciales. Y la invitación a un banquete es ya signo de amistad. Jesús se dirige al fariseo que le ha invi­tado. Y en señal de amistad y correspondencia le ofrece una máxima de valor religioso incalculable. Es una revelación de Dios. Jesús no intenta decir, sin más, que los banquetes hay que ofrecerlos a los indigentes, precisamente porque éstos no pueden devolvernos el beneficio. Hay algo más profundo. Los lisiados, los maltrechos, los cojos, cie­gos y po­bres andrajosos son, por su tenor de vida y su dolen­cia, «impuros». Todo el mundo los desecha, todo el mundo los rehúye. Un grupo semejante no tiene ca­bida en una cena de tal altura. Desdicen, rebajan, ensucian. No caben en una reunión de «piadosos». Los del Qumram prohibían la entrada en sus reu­niones sagradas a todo maltrecho, porque están los ángeles de Dios.

Jesús exhorta al fariseo, y con él al grupo que le rodea, a) a extender su be­neficencia al grupo de ne­cesitados que no pueden devolverle el beneficio -Dios se lo premiará- y b) a entablar con ellos re­laciones de amistad. No se trata simplemente de dar, de socorrer. Se trata de invitar, de acoger en torno a sí, como amigos y hermanos, al grupo de personas que desdicen, que rebajan, que son mal vis­tos y viven marginados. Dios lo hace así. Y si Dios así lo hace, así debe hacerlo el hombre. De lo con­trario demostrará con su conducta que no po­see la piedad de Dios. El fariseo tiene un falso concepto de la piedad y de la pureza. Los marginados, los desechados necesitan de nuestra amistad; noso­tros necesitamos de la suya. La amistad -fraternidad cristiana- operativa en ellos está preparando y realizando nuestra admisión en el Reino.

La enseñanza de Jesús a los fariseos permanece actual para todo cristiano. No hay más que una auténtica piedad y una postura verdadera única: la en­señada por Cristo. O somos piadosos en Cristo o no lo somos de ninguna forma.

REFLEXIONEMOS:

Jesús es la Voz de Dios. Voz de Dios declara­toria y reveladora. Jesús es la Sabiduría del Padre. Sólo a través de él conocemos a Dios, conocemos las ver­daderas realidades y los auténticos valores.

Conozcamos a Cristo. El cristiano debe ser la voz de Cristo. Y la voz del cristiano, voz de Cristo, debe ser reveladora y eficiente como la del Señor a quien representa. La vida del cristiano es un grito y una apelación. El cristiano debe buscar las verdade­ras realidades y vivir los auténticos valores. El cristiano es la «sabiduría» en este mundo.

El evangelio de hoy nos recuerda algo muy im­portante: la verdadera pie­dad, la auténtica postura, los valores genuinos. Dios mira complacido al pe­queño, al pobre, al humilde. Al que no encuentra en sí nada en qué gloriarse, en qué considerarse más que los demás. Dios rechaza como falso, y como falsa su piedad, al autosuficiente, al en­greído, al que tiene a otros por menos y des­pre­ciables. No es más el rico y poderoso -venga de donde venga su poderío y ri­queza- por más que se encuentre en los primeros puestos, se vea sa­ludado por las gentes o admirado por numeroso público. Si se cree más y mejor, ante Dios es un fantoche. No le agrada. Todos sus títulos, todos sus honores, son humo que dispersa el viento. Dentro de la comunidad cristiana cabe una intromi­sión del fariseísmo. Sería fatal. Sólo el que piensa y se comporta como pequeño, en­cuentra bene­plácito ante Dios y ante los hombres. Es el men­saje del evangelio. La primera lectura nos lo im­parte como enseñanza del sabio. ¿No es verdad que hasta a los hombres nos molesta el soberbio y el engreído? ¿No nos caen pesados, inoportu­nos y deprimentes? Desde la forma más refinada del cínico hasta las más vulgares y ridículas del fan­farrón, la soberbia se hace insopor­table. Tanto a Dios como al hombre. ¡Cuánto de­bemos reflexionar en este punto! Nuestra pos­tura, nuestra voz, nuestras palabras, nuestros ges­tos: todo ello puede delatar una actitud de en­greimiento. En realidad es un desconocimiento de sí mismo y de Dios. Seremos sabios, seremos hijos, sere­mos ensalzados, si sabemos humillar­nos.

La comunidad cristiana invita a todos, en espe­cial a los que nada pueden ofrecerle, a la comuni­cación de vida. La comunidad cristiana debe asistir al pobre, al indigente. Ha de ser una asistencia amistosa, fraterna. Toda asis­tencia humillante, de­gradante, deja de ser cristiana. No necesariamente exige esto la igualdad material de los miembros. Sí, en cambio, la relación fraternal.

Lucas piensa probablemente en las comunida­des cristianas de su tiempo. Los títulos, las rique­zas, los valores según el mundo, ponen en peligro la con­vivencia cristiana. Al menos pueden ponerla. Recordemos la descripción que hace Pablo de las paganas celebraciones eucarísticas en la iglesia de Corinto. No sería improbable que Lucas piense aquí en las reuniones eucarísticas. El tema ban­quete lo sugiere. El dirigente de la Eucaristía debe preocuparse de forma muy especial de los po­bres, humildes y marginados, sea cual sea el mo­tivo, para tenderles y estrecharles la mano llena, amiga y fraterna.

Nosotros invitamos con preferencia a los gran­des. Y no está mal. Estará mal, si olvidamos a los otros y nuestras preferencias dañan de alguna ma­nera las relaciones fraternas con los otros miem­bros. ¿Cómo nos comportamos en este punto? No basta socorrer al pobre, hay que invitarlo. Je­sús, que ha muerto por nosotros, se ha colocado entre los marginados. El que recibe a uno de estos pequeños… a mí me recibe, son sus palabras. Él presenta nuestra flaqueza al Padre. Su mano nos ha colocado en una ciudad superior. Allí rei­nan otros valores y otras relaciones.

3. Oración final

Señor Jesús, nos invitas a actuar como Tú, a buscar tus actitudes, a hacer el bien sin mirar a quien, a ayudar sin esperar recompensas, a darnos a los demás, simplemente por ayudar y darles la mano, y no esperando una retribución o compensación, sino simplemente amar a tu manera, amar desinteresadamente, amar buscando el bien del otro, amar como Tú, dándonos totalmente por el que nos necesita, amar dándonos al otro, siendo instrumentos tuyos, dando testimonio de nuestra fe en ti, por eso, Señor, derrama tu gracia en nosotros y danos tus mismos sentimientos, para que como Tú, nos demos y amemos al otro, buscándote a ti, en el que nos necesita. Amén.

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