VI Domingo de Pascua – Ciclo A

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La gran promesa que nos hizo Cristo fue el envío del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, don del Padre a los que por la fe y el amor se entregan a Cristo. Es también el Espíritu de Verdad, fuente de vida y de santidad para toda la Iglesia.

  1. Oración inicial

¡Oh Padre!, ya Cristo tu Hijo está orando por nosotros, pero tú concédenos que nuestro corazón se abra a Ti en la plegaria profunda, intensa, verdadera, luminosa, dentro de las pautas de esta tu Palabra, que, para nosotros, es vida. Mándanos el Consolador, el Espíritu de la verdad, para que no sólo more junto a nosotros, sino que entre dentro de nosotros y se quede por siempre en nosotros. Él es el fuego de amor que te une a Jesús, es el beso que incesantemente os intercambiáis; haz que también nosotros, a través de tu Palabra, podamos entrar en este amor y vivir de él. Tocad nuestro espíritu, nuestra mente, y todo nuestro ser, para que podamos acoger los mandamientos, escondidos en estos pocos versículos, conservarlos, o sea, vivirlos en plenitud y en verdad, delante de ti y de nuestros hermanos. Amén.

  1. Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 8,5-8.14-17:

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Al fondo del cuadro, la dispersión de numerosos discípulos. La persecu­ción que se ha iniciado con la muerte de Esteban obliga, en especial a los cristianos helenistas, a dejar Jerusalén y a desparramarse por los territo­rios adyacentes. Persecución providencial. Los sembradores deben ir hacia las tierras del mundo entero llevando la semilla de la salvación. La tormenta desatada en Jerusalén ha dado vuelo a su brazo y campo abierto a su siembra. Con ellos va el evangelio, pues ellos, de alguna forma, son ya evangelio.

Felipe llega a Samaría. A la Samaría entre gentil y hebrea. Es ya un paso para el universalismo de la fe. Los samaritanos no están excluidos del reino. También ellos esperaban y añoraban al Mesías (Jn 4, 5-50). Y es eso, precisamente, lo que predica el evangelizador: Jesús, el salvador. Le acom­pañan “signos“: la palabra autorizada con expulsión de demonios y curación de enfermos. Jesús, el Mesías, continúa salvando en la salvación que, en su nombre, realizan sus discípulos. El resultado inmediato es “la alegría” grande. Hay que relacionarla con la presencia actuosa del Espíritu Santo. (Toca, pues, las relaciones con Dios, en las que el hombre experimenta, por participación inefable en lo bueno, verdadero, santo y bello, el sentido de su existencia en una llamada a convivir con él). A la predicación de Felipe sigue el bautismo en “el nombre de Jesucristo“. Desde ahora estos hombres y mu­jeres son de Cristo y Cristo de ellos.

En este momento, aparecen los apóstoles con la imposi­ción de y el don del Espíritu.

A) Los Apóstoles -los doce- envían a sus más notables representantes: a Pedro y a Juan. Pablo los llamará «columnas de la Iglesia». Y los envían desde Jerusalén -madre de todas las comunidades- ensancha sus brazos fra­ternales y estrecha contra su pecho a la recién nacida comunidad de Sama­ría. Y lo hace con toda solemnidad y poder salvífico: Pedro y Juan, orando sobre ellas, imponiéndole las manos y confiriéndole el don del Espíritu Santo. La Iglesia es una, y es apostólica, y es en virtud del bautismo y la fuerza del Espíritu.

B) El bautismo confiere el Espíritu y une místicamente a Cristo; al fin y al cabo se ha realizado «en su nombre» y poder. Pero es, por principio y natura­leza, comienzo de convivencia eclesial y carismática: está abierto y orien­tado positivamente a una participación más plena del Espíritu; mira decidi­damente a la «imposición de manos». Por eso, la «imposición de manos» que realizan los Apóstoles hay que entenderla en relación estricta con el bau­tismo. Inconcebible el uno sin la otra; aunque distanciados en el lugar y en el tiempo.

C) La «imposición de manos» es, en este caso, un gesto sagrado y sacra­mental; está vinculado a la comunicación del don del Espíritu. El don del Es­píritu nos e circunscribe al bautismo, aunque el bautismo lo confiere. El texto, sucinto y elemental, queda, en la tradición de la Iglesia, a más deta­lladas aplicaciones y explicaciones. Pensemos en el sacramento de la Con­firmación.


2.2. Salmo responsorial Sal 65,1-3a.4-5.6-7a.16.20

R/. Aclamad al Señor, tierra entera

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R/.

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente. R/.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R/.

Salmo de alabanza y acción de gracias. A la alabanza acompaña la con­templación de las maravillas de Dios y a la acción de gracias el reconoci­miento gozoso del beneficio recibido. Las maravillas de Dios se centran en Cristo glorioso y en la luz y fuerza que dimana de él; el reconocimiento, en el don precioso de su persona y obra. En este canto pascual y en esta acción de gracias no podemos menos de incluir, en estrecha relación con el Cristo resucitado, el don maravilloso de su Espíritu. Cantad al Señor himnos a su gloria. La creación se estremece de gozo y se une a nuestro canto. La Iglesia es un canto prolongado a la gloria del Señor durante toda la historia y una «eucaristía» perenne en nombre de Jesús.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3,1.15-18:

Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.


El misterio de Cristo es el misterio del cristiano: una realidad transcen­dente y dinámica que empeña a toda la persona y la capacita para ser mis­teriosa epifanía de Dios. El cristiano debe estar dispuesto a asumirla por en­tero y a dejarse transformar por su luz. Es obra diaria; tanto a partir de la propia iniciativa, en la fe, en una progresiva asimilación de valores, como también a partir del mundo que nos rodea, en enfrentamiento y provocación, a una integración más firme. Y no es una menos activa y personal que la otra, por más que la última pueda presentar ribetes de pasividad y aguante. Todo, personal y extraño, lo entenderemos a la luz de Cristo: el trabajar por la salvación y el sufrir persecución por ella.

Cristo, el justo por excelencia, padeció por nosotros: murió en la cruz por nuestros pecados. Y su padecimiento fue el momento cumbre de su actividad personal salvífica. El resultado fue una resurrección gloriosa sin parangón alguno imaginable. Sufrió en la «carne”, en su ser humano, alma y cuerpo, para entendernos, y por ello fue vivificado en el «espíritu», en el Espíritu Santo, que transformó su contextura humana en condición «espiritual», di­vina.

Injustos éramos, y murió por nosotros para ofrecernos a Dios. Nosotros queremos hacer nuestra esa ofrenda de Cristo: la suya al Padre por nosotros y la nuestra por el a Dios. Y la queremos viva y eficaz. El camino va a ser el mismo: la tribulación que se volcó sobre él -injustos sobre el justo- se ha de cerner sobre nosotros. Aceptémoslo; y justos, por su gracia, combatidos por los «injustos», seremos, también en Cristo, -esto está subyacente- justicia en su nombre y causa de salvación para los demás. Dichosos, pues, si sufrimos por la «justicia». ¿Quién no recuerda, de fondo, aquello de «dichosos cuando os per­sigan por mi causa»? Todo el Sermón del Monte podría servir de acompa­ñamiento a este canto.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 14,15-21:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Debemos encuadrar el presente pasaje en el marco, un tanto amplio, de la segunda parte del evangelio (cap.13-20) -suprema manifestación de Jesús en su pasión, muerte y resurrección-, y en el más restringido de los “discursos” después de la Cena y antes del relato de la pasión. Dentro, pues, de la Exal­tación del Señor y de sus efusivas comunicaciones a los discípulos. Amistad, cordialidad, familiaridad, manifestaciones profundas y cariñosas antes de su muerte.

Jesús se va. Y se va al Padre. Y esta su ida desata una serie de noveda­des que ponen al descubierto el misterio relacional de su persona: Jesús y el Padre, el Padre y Jesús; Jesús; y los suyos, los suyos y Jesús; el Padre y los discípulos, los discípulos y el Padre; y con unos discípulos, y con otros, Padre e Hijo, la figura saliente del Espíritu Santo. Mirando, pues, hacia arriba, Jesús, en vías de Exaltación, nos descubre y nos comunica su realidad trinitaria y, mirando hacia nosotros, su corazón de hermano para introducirnos en él. Algunos temas y pormenores.

Podemos comenzar por una observación de tipo literario: toda la perícopa parece sostenerse, a modo de bóveda, sobre dos pilares simétricos. Lama­mos a esto inclusión. El versículo 15, comienzo de la perícopa, se repite temá­ticamente en el 21, final de la misma, y relaciona el amor a Jesús con el cumplimiento de sus mandatos. Ese tema, pues, debe considerarse con el cumplimiento de su voluntad. Por muy simplista que a uno parezca – amor y mandatos, ¿cómo no? -, y por muy paradójico que a otros se les antoje – ¿cómo? ¿amor y mandatos? -, la relación de uno con los otros ha de abrirnos un maravilloso mundo de saludables referencias y contrastes. Al fin y al cabo, el tema es central en la muerte de Cristo: (Jn 10, 17-18). Pero el estilo de Juan no permite una mera reiteración del tema; ha de haber siempre un progreso. Y así es de hecho: del amor a Jesús a través del cumplimiento de su voluntad se salta, en maravillosa cabriola teológica, al amor que el Padre y el Hijo profesan a esos tales y a la consecuente manifestación-comunica­ción que hace de sí mismo a quienes lo aman. ¡El discípulo es amado por el Padre y por el Hijo en una admirable participación de su gloria! He ahí otro gran tema.

Dentro de la inclusión, como jardín de flores, surgen implicaciones miste­riosas, pero naturales – misterio trinitario -, el son del Espíritu Santo y la permanencia del fiel en Jesús y, por él, en el Padre. Respecto al primer tema, el don del Espíritu, nótense los calificativos de «Paráclito» – consolador, abogado, defensor… – y de «Espíritu de la Verdad» – de comunicación salví­fica de Dios en Cristo; nótese, también, respecto a su permanencia, la serie de preposiciones «con», «junto a» y «en» vosotros que señalan su papel res­pecto al mundo y su presencia vivificadora de experiencia inefable en la co­munidad y en las personas: «conoceréis». En lo tocante a la permanencia de los fieles en Jesús, nótese la gracia que se les promete de participar de su vida gloriosa, ya aquí en el Espíritu, de forma misteriosa, ya en la vida plena con Dios, resucitados en su resurrección. La breve fórmula de inma­nencia del v.20 es de profundidad y amplitud insospechada; así también nuestra realidad en Cristo.

Reflexionemos

El evangelio – de Juan este domingo – nos obliga a centrar nuestra aten­ción en Cristo, en su misterio. Su recia personalidad salvífica ha de ser con­templada bajo los aspectos – varios y coherentes – que resalta la lectura evangélica. Es capital el tema del amor a su persona y de la guarda de sus mandatos como su expresión más legítima. La revelación cristiana integra maravillosamente el amor con el mandato: el precepto, por amor, de amar en el precepto, y el amor, por precepto, de prescribir el amor en la ejecución de los mandatos. Debemos examinar la pureza y calidad de nuestro amor a Cristo en la disponibilidad y empeño en cumplir sus mandatos, que no pue­den ser otra cosa, en última instancia, que disposiciones de amor para el amor. Hay que amar en la manera y modo en que el amado desea ser co­rrespondido. Salirse de este marco es caer en el mar de los subjetivismos, veleidosos y anodinos, que no conducen sino a la deformación del amor y de los amantes.

Vinculado a este tema podemos recordar el amor que Jesús y el Padre nos profesan, si sabemos corresponder. De hecho la fuente del amor es el Padre, y Jesús, su expresión más perfecta. Dios, según S. Juan, es amor. También caben aquí las consideraciones que surgen de la segunda lectura: vinculación del fiel a Cristo y participación en su misterio. El cristiano ve las cosas cristianamente y cristianamente las transforma en medios de salvación. La pasión del Señor es la pasión del cristiano, como la pasión del cris­tiano es la pasión del Señor.

Es también capital el tema del Espíritu Santo. Y hasta más importante, quizás, en la liturgia de hoy, habida cuenta de las lecturas primera y ter­cera y del momento que celebramos, VI domingo de Pascua – antesala ya de la Fiesta de Pentecostés. El don del Espíritu Santo es el don por excelencia del Resucitado; no se entendería la Exaltación de Jesús sin la efusión de este precioso Don. Es acontecimiento pascual primario. No en vano lo relaciona Juan con el Cristo que va a ser exaltado: Jn 14, 26;15, 26; 16, 7-13, además de éste. Las perspectivas de sus misterios son múltiples y reveladoras. Los mismos calificativos de «Paráclito» y «Espíritu de la Verdad» ya dan de por sí significativas pautas. Añádanse las relaciones ya con el Hijo – «yo pediré» – y el Padre -, ya con nosotros, respecto a nuestro enfrentamiento con el mundo – «Abogado» – y respecto a la introducción a la vida trinitaria – «en vosotros», «lo conocéis».

La primera lectura puede encuadrarse muy bien en este tema en dimen­sión eclesial: bautismo, imposición de manos, don del Espíritu. ¿Qué duda cabe que el pasaje evoca el acontecimiento de Pentecostés? Bonito texto para la teología del sacramento de la confirmación.

  1. Oración final

Señor, estoy lleno de ti, de tu amor: reboso de gozo, de paz profunda. Tú me has amado mucho en este encuentro a través de la Palabra. Tú te me has dado en plenitud; nada has dejado al olvido, de mí, de mi persona, de mi historia, de toda mi vida. Yo soy, porque tú eres; estás conmigo, en mí. Tú hoy me has hecho renacer de lo alto, me has vuelto nuevo, yo conozco, yo veo, yo siento en mí tu misma vida. Esta es la verdadera Pascua, verdadero paso de la muerte a la vida. ¡Señor, gracias por este amor indecible, que me sumerge, me supera, incluso me levanta me realza! Dejo aquí mi cántaro vacío, inútil, incapaz y corro a la ciudad, Señor; voy a llamar a mis amigos, aquéllos que tú amas, para decirles: ¡Venid también vosotros a conocer el Amor! Señor, una última cosa: que yo no te traicione. Si el Amor no se da, no se comparte, se aleja, desvanece, se transforma en enfermedad, en soledad. Ayúdame te ruego, haz que yo sea amor. Amén.

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