Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C

 

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Tabor y Calvario, dos elevaciones, dos montes, son también dos modos de posicionarse  en la vida y frente a la vida. Desde la altura del Tabor todo es luz, resplandor, claridad, las  cosas pierden sus aristas y los acontecimientos su contrapunto. ¡Qué bien se está! Es la  tentación de quedarse en la idealización de la vida, en el gozo inmediato de la evasión, por  encima del bien y del mal, que queda como a los pies. Desde el monte Calvario, coronado  de cruces, la cosa cómo cambia.

1.     Oración:

Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Seguir leyendo «Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C»

Primer domingo de cuaresma – Ciclo C

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Las lecturas de este domingo nos invitan a la fe, que es un gesto de confianza absoluta en el Señor. Moisés invita al pueblo a recordar las bondades de Dios para con ellos. El salmista le ora a Dios en su Templo y reposa a la sombra del Todopoderoso. Pablo afirma su fe en Jesús Resucitado, quien es el salvador de todos los hombres. Finalmente el Evangelio nos presenta a Jesús como un ejemplo para todos los creyentes: venciendo los ataques del demonio, Jesús invita a no adorar sino sólo a Dios, este Dios que en él se revela como Padre.

 

1.      Oración:

 

Señor Jesús, Tú que lleno del Espíritu Santo, fuiste llevado al desierto, y allí el diablo buscó seducirte, tentándote, buscando desviarte de tu misión, te pedimos que estos días de cuaresma nos ayudes a mirar nuestra vida y así ser conscientes de las tentaciones que cada uno de nosotros tenemos y que iluminados por tu Espíritu Santo tengamos su ayuda para que como Tú podamos vencer todo aquello que nos aleja y separa de ti. Derrama tu gracia en nosotros y ayúdanos a vivir lo que creemos, dejando de lado aquello que no corresponde a tu estilo de vida y a tus enseñanzas, danos Señor, la gracia de con tu ayuda vivamos lo que nos pides aferrándonos siempre más a tu palabra viviendo plenamente lo que nos pides. Ayúdanos Señor, y danos tu gracia para ser fuertes en los momentos y en las circunstancias de tentación, ayúdanos a ser fieles como lo fuiste Tú.

Que así sea.

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Domingo 5 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

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Se hace necesario descubrir  el modelo propuesto por Dios en la respuesta de su llamada para ser profeta, acercándonos a la figura del profeta Isaías, el escenario, casi teatral, que describe frente a nosotros. Quizá entonces descubramos que sus palabras despiertan nuestra imaginación y nos introducen en un espacio en el que la Gloria se hace presente, pero su grandeza no domina la libertad humana, sino que interroga y llama al compromiso. De igual manera el nuevo Testamento pondrá ante nuestra mirada la figura del apóstol Pedro, reconociendo su estado de pecador, frente al llamado que Jesús le hace para convertirlo en pescador de hombres.

1.      Oración:

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo….

2.      Texto y comentario

2.1. Lectura del Profeta Isaías 6, 1-2a. 3-8

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: –¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: –¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: –Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: –¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: –Aquí estoy, mándame.

La escena, que nos relata Isaías, reviste un aire de gran solemnidad y ma­jestad. Se trata de una teofanía. Dios se manifiesta a Isaías en poder y glo­ria. Aunque no tan tremenda, imponente y sobreco­gedora como la teofanía del Si­naí, en truenos, nu­bes y llamas, también aquí se revela la majestad y la grandiosidad del Dios de los ejércitos, del Dios de Israel. Es el Dios de la crea­ción, es el Santo por excelencia, el Transcendente, el Único, el separado por naturaleza de toda la creación. Su gloria y po­der se derraman por toda la tie­rra; ¿no son los cie­los los que cantan día y noche su gloria? El templo, morada especial de su gloria, se conmueve. El humo lo cubre; nadie puede ver su ros­tro, nadie está capacitado para ello. Ni los mismos Serafi­nes, seres celestiales, inmediatos servidores de su palabra, se atreven a mirarle. Sus ojos no lo aguan­tarían. Respetuosos se cubren ante El, pues ante El se sienten desnu­dos. Unos a otros lanzan y devuel­ven la voz: Santo, Santo, Santo. Nos recuer­dan la liturgia celeste. Por algo estamos en el templo.

A Isaías se le ha concedido participar, en parte, en esta liturgia; primero como espectador, después como interlocutor. La grandeza de Dios es impo­nente. Isaías la experimenta en sí mismo y cae ante Dios sobrecogido de es­panto. Ante El, el Santo, todo es imperfecto, todo impuro, todo ende­ble, todo profano. Los ojos de Isaías no pueden con­templar aquella escena sin sentirse desnudo, im­puro, profano, indigno y pecador. La luz que des­pide Dios es tan penetrante y aguda que disipa toda sombra. El hombre, sombra ante Dios, siente, ante la fuerza de esa luz, derrumbarse totalmente. Quien ve a Dios, dispóngase a morir; ha traspa­sado el umbral del mundo divino. La creatura no puede hacerlo impunemente, no puede soportar a Dios visto de frente; ha de morir. Ha mancillado con su presencia la pureza del lugar sagrado. Su des­tino es la muerte. Así piensan aquellos hom­bres. Pero Dios no ha decretado la muerte por aquel atrevimiento. Dios quiere confiar a Isaías una misión. Pri­mero lo purifica, lo consagra. Desde ahora le pertenecerá por entero. Una vez purifi­cado, la voz del Señor llega a él como una apela­ción: ¿A quién mandaré? Isaías fortalecido por el fuego, contesta resuelto: Heme aquí. Notemos al­gunos detalles en el relato:

1.- Se trata de la vocación profética de Isaías. Isaías es elegido, es consa­grado profeta del Señor. La voz del Señor, el fuego del altar, la contesta­ción del profeta lo dicen claramente. Isaías es agraciado con una revelación; en otras palabras, Isaías goza de cierta intimidad divina: ha visto a Dios, sin morir. Esto explica, en cierto modo, la pronta y decidida contestación de Isaías: Envíame. Contrasta con la renuencia de Moisés y de Jeremías. Nos recuerda la prontitud de Abraham en el Antiguo Testamento y de María en el Nuevo. Ad­mirable la disposición de Isaías. Tras la con­templación, la intervención.

2.- Merece cierta atención la majestad de Dios. Dios es el Santísimo. El respeto de los Serafines, la nube de humo que lo oculta, el temblor del tem­plo y del propio Isaías, la voz sin ver el rostro, el canto de los Serafines… Dios es Santo; hay que ser puro para acercarse a Él. Es muy importante. Dios purifica al que se acerca y se acerca purificado.

3.- El pensamiento del profeta es instructivo: Estoy perdido. El hombre, a quien de algún modo se le presenta Dios o a quien Dios toca más de cerca o que siente más de cerca a Dios, se encuentra siem­pre en una situación seme­jante: recibe un fuerte im­pacto de impuro, de indigno, de pecador. Un en­fren­tamiento con Dios cara a cara sería para el hombre horroroso. No lo aguanta­ría, sufriría un colapso; todo su ser sentiría desplomarse total­mente. Para acercarse a Dios, el hombre necesita una transformación, una purificación pro­funda. Los santos la han vivido. Cuanto más se acerca Dios, más tiembla el alma. Dios, sin embargo, la sos­tiene. Si no fuera por la gracia de Dios, el hombre no podría sostener impune su presencia. El símbolo del fuego es sugestivo. El fuego puri­fica, consagra para una mi­sión.

2.2. Salmo Responsorial: Sal 137, 1-2a, 2bc-3. 4-5 7c-8 R.

Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R.

Daré gracias a tu nombre
por tu misericordia y tu lealtad.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande. R.

Extiendes tu brazo y tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R.

Pertenece este salmo al grupo de los salmos de acción de gracias. Efectiva­mente, la acción de gra­cias domina el salmo entero, para desembocar, en los últimos versículos, en una confiada oración. El mismo estribillo arranca como acción de gracias, tomando un movimiento de alabanza. Es patente el sabor litúrgico del salmo. En presencia de Dios, en su Casa, delante de los ángeles, eternos y agracia­dos servidores de la divinidad, nos toca a nosotros, por pura misericordia divina, tener parte en la alabanza. El pasado rompe en el pre­sente (alabanza) y condiciona, por propia experiencia de la misericordia de Dios, el futuro: No abando­nes la obra de tus manos. Afectuosa, sincera, autén­tica esta oración.

Domingo, día del Señor. Acción de gracias (Eucaristía), alabanza, oración. Tomamos parte en la liturgia dando gracias, alabando, pidiendo, sin perder de vista la santidad del lugar y la presen­cia de Dios y de los ángeles.

2.3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 1-11

Hermanos: Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Parece ser que a los corintios no les entusias­maba mucho la idea de la re­surrección corporal. Es curioso, encontramos en ellos como un eco de aque­lla sonrisa irónica que apareció en los labios de los filósofos del areópago ate­niense, cuando escucha­ban de Pablo la nueva filosofía que hablaba de re­su­rrección. La mentalidad griega, fuertemente orientada por los pensadores he­lenos, en especial por Platón, veía en la resurrección de los muertos algo así como un obstáculo serio a la sublimación y a la perfección del hombre. Creían en la inmorta­lidad, sí; pero la recuperación del cuerpo aparecía ante sus ojos como algo inconcebible. El cuerpo, con sus pasiones sensibles, es obstáculo para la unión del hombre con el mundo ideal, con la divinidad. Al cuerpo hay que reducirlo a esclavitud, hay que superar sus exigencias, hay que huir de él. El ideal de perfección contaba, por tanto, con el desposei­miento del cuerpo que estorbaba ¿Y hemos de resu­citar, recobrando el cuerpo? ¡Qué desencanto! Los corintios no han penetrado todavía bien el alcance del mensaje cristiano.

Pablo había llegado a Corinto después de su fracaso en Atenas. Los corin­tios habían oído de su boca la buena nueva, el kerigma cristiano. Piedra fun­damental del edificio doctrinal presentado por Pablo era la Resurrección de Cristo. Para dar tes­timonio de ella precisamente había sido Pablo constituido apóstol. Al parecer, Pablo predicó con énfasis esta verdad, habida cuenta del fracaso de Atenas. Los corintios no parecen haber visto el al­cance de este anuncio. A Pablo le han llegado noti­cias de la actitud escéptica y despreocu­pada de algunos corintios. La posición de sus fieles en este caso, delata una desviación fundamental. Pablo dedica todo el capítulo 15 a la exposición de este dogma. Las lecturas de los domingos próximos nos darán el pensamiento de Pablo, de la comunidad primitiva cristiana, a este respecto. Pablo juzga la enseñanza esencial. Es el contexto general.

Pablo les vuelve a recordar, en la lectura pre­sente, el contenido de su predi­cación primera entre ellos. La subraya y la urge como necesaria para la salva­ción. El evangelio, dice, nos trae la salva­ción. Hay que aceptarlo por la fe. Sin fe no hay salvación. Contenido esencial de esta fe es la fe en la Resurrección de Cristo y en la de los cristianos. En la de Cristo como ya acaecida, en la de los cris­tianos como realidad futura. La lectura se detiene en la primera parte.

Pablo coloca ante los ojos de sus fieles de Co­rinto la fórmula de fe, que él anteriormente les en­señó. El mismo la ha recibido así ya de otros. El no ha compuesto la fórmula. No es de su estilo. Es an­terior a él. Quizás de los años 40; oriunda proba­blemente de Antioquía. El la enseña tal cual la ha recibido. No se atreve a tocarla. Es algo sagrado y firme. Sólo al final añade a la lista de testigos la propia experiencia de Cristo resucitado.

Cristo murió por nuestros pecados, fue sepul­tado, resucitó al tercer día con un cuerpo glorioso. De ello dan testimonio testigos oculares que toda­vía viven. Hasta las mismas Escrituras lo anun­ciaban ya desde antiguo. No hay que du­dar de la veracidad del testimonio. Es un hecho real. Quien no acepta su con­tenido no es cristiano; como tal no está en vías de salvación. La afirmación de Pablo es rotunda. No caben tergiversaciones. Así es y basta. Es un testimonio unánime. En defensa de él dieron la vida los apóstoles. A ello y para ello fue­ron enviados.

Pablo recuerda, a este propósito, su vocación de apóstol. Ha sido elegido por Dios y enviado por El. Es una gracia, tanto la elección como el desem­peño de la misma. El menor, pero apóstol. Pablo no puede olvidarlo. Sería su perdi­ción.

Con un Cristo no resucitado, nos encontraríamos con un Cristo incapaz de salvar.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: –Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: –Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: –Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: –No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

San Mateo y San Marcos nos dan una visión algo diversa de la vocación de los primeros discípulos de la que nos ofrece Lucas. Mucho más distante to­da­vía San Juan. Los dos primeros, Mateo sobre todo, lo relatan de forma concisa y elemental. Los llamó y le siguieron. Está ausente el milagro. Con ello se pone de relieve, de forma especial, la auto­ridad y, por consiguiente, la eficien­cia de la pala­bra de Cristo. A su voz, que manda, obedecen deci­didas las vo­luntades de los hombres. En Lucas, siendo los mismos los personajes de la es­cena e idéntico el resultado del relato, entra, como parte integrante, la narra­ción del milagro. ¿Fue real­mente así? ¿Lo unió Lucas por su cuenta? Poco pro­bable esta segunda suposición. No podemos dudar, de todos modos, de que el milagro jugó un papel muy importante en la decisión de los apóstoles en seguir al Maestro. Los milagros persuaden al hom­bre. Este en particular les debió llegar muy aden­tro a los primeros discípulos. Eran pescadores. Co­nocían el arte de pescar en aquellas aguas del mar de Galilea. Sabían muy bien que después de una noche en vela, sin éxito alguno en el trabajo, era inútil seguir lanzando las redes a un lado o a otro. Sin embargo, el éxito, que corona su obediencia a la voz de aquel Maestro, los coloca ante un mundo nuevo. El mi­lagro los enfrenta cara a cara con un ser superior, que alcanza la esfera de lo divino. El temor, el respeto, la admiración y cierto pasmo se apoderan de ellos. Todo termina en un incondicio­nal seguimiento. Pero notemos algunos detalles.

1.- La palabra del Señor.- La gente se agolpaba al rededor de Cristo para oír la palabra de Dios. Es la actitud adecuada del siervo para con el se­ñor, del discípulo para con el maestro, del pueblo para con el profeta, del hombre para con Dios.

La palabra de Cristo, escuchada atentamente y ejecutada fielmente, es efi­caz. La indicación de Cristo de echar las redes hacia aquel lado, obede­cida por Pedro contra toda esperanza, se ve coro­nada por el éxito más maravilloso. Las palabras de Pedro son preciosas en este contexto:…por tu pa­labra, echaré las redes.

Otra vez al final aparece la palabra de Cristo:…serás pescador de hombres. Es una palabra efi­caz, creadora. Desde aquel momento aquellos hombres son constituidos pescadores de hombres, Apóstoles. Los ha hecho así la voz de Cristo. ¡Los ha convertido!

La palabra de Cristo formula, aquí implícito, un Sígueme. El seguimiento es inmediato y defini­tivo. El mismo efecto en Mateo, Marcos y Juan.

2.- Actitud de Pedro.- Puede que Pedro fuera el más viejo del grupo. A él le tocaba tomar las reso­luciones comunes. De todos modos, es siempre Pedro quien toma la palabra en los momentos más impor­tantes de tomar una deci­sión respecto a Cristo. Así su confesión en San Mateo; así su decisión de seguir a Cristo con motivo del discurso eucarístico en San Juan. Pedro es un hombre suelto, sensible y sincero. En este caso son encantadoras su fe y obediencia al Maestro: En tu palabra, echaré las redes. La ma­ravilla que corona su obe­diencia lo coloca ante un poder superior. Allí está la mano de Dios. Es, en cierto sentido, una teofanía lo que presencian sus ojos atónitos. Ante ese Dios que actúa de modo tan manifiesto tan cerca de él, Pedro se ve desnudo, pe­queño, impuro, pobre, pecador. La confesión no se hace esperar: Apártate de mí, que soy un pecador. No podía ser menos. La visión de sí mismo, así de re­pente, frente a la grandeza de Dios, no puede menos de causar temblor y tur­bación. Pedro se arroja a los pies. Allí está el Santo. Pedro confiesa su indig­nidad de permanecer ante él. Su fe y pron­titud obediencial le valen ahora el tí­tulo de pes­cador de hombres. No hay nada que temer. La pa­labra de Cristo purifica, santifica, consagra y constituye a Pedro apóstol. Tras él están los otros compañeros. También ellos son elegidos. La obe­diencia al Señor produ­cirá milagros. Los autores notan la extraordinaria frecuencia del nombre de Simón (Pedro), la relevancia excepcional de su persona en esta escena. El cua­dro es marcadamente Petrino. Pedro y su barca, el supremo pastor y la Igle­sia.

Lucas insiste, más que Mateo, en el radicalismo de la decisión. Lo dejaron todo. Completa disponi­bilidad a lo que Cristo mande. Lucas es exigente. Es la mejor actitud para un seguimiento fructuoso.

 

Reflexionemos:

 

Si quisiéramos continuar los temas del domingo pasado, convendría volver de nuevo sobre el tema de la vocación. Es verdaderamente admirable que Dios, Santo y Transcendente, tenga a bien hablar a los hombres. Es admira­ble asimismo que Dios les encomiende una misión. ¿No podría ha­cerlo El por propia cuenta, sin necesidad de echar mano de nadie? Evidentemente que sí. Pero no ha sido ese su querer, ni esa su disposición. Dios habla a los hombres por medio de hombres. Su palabra se transmite con tono y sonido humanos. Y tanto se acerca Dios a los hombres, que llega, en cierto modo, a confundirse con ellos. Dios se hará hombre y su Palabra eterna se revestirá de la natu­ra­leza humana.

Hemos considerado, en el domingo pasado, parte de este misterio: Dios elige y envía profetas (Jeremías, Cristo). La misión ha de estar llena de difi­cultades. Nos toca meditar ahora el misterio desde un punto de vista distinto, desde el interior del hombre. ¿Qué actitud toma el hombre ante la llamada de Dios? ¿Temblará, rehusará, aceptará? ¿Qué siente dentro de sí al encontrarse con Dios que le habla? Podemos aventurar, ya de ante­mano, que el hombre ha de recibir una fuerte con­moción en presencia de Dios, conmoción a veces per­ceptible hasta para los espectadores. No po­demos, en verdad, repasar la his­toria de los per­sonajes que, en el transcurso del tiempo, han re­cibido una lla­mada de Dios, para examinarlas aten­tamente en lo que concierne al impacto producido en su ser por la voz divina. No podemos detener­nos en todos los vi­dentes. Vamos a limitarnos a los que aparecen en las lecturas de hoy.

A) Vocación profética. La primera lectura y la tercera nos colocan ante ese misterio. Aun la misma lectura segunda lo recuerda tenuemente. Las gran­des figuras de Isaías, de Pedro y de Pablo van a constituir nuestro objeto de con­templación.

Tanto Isaías como Pedro muestran el impacto producido por la percepción de la gloria de Dios. (Del mismo modo Pablo en la lejana visión de Cristo en el camino de Damasco). Dios se acerca al hombre. El hombre no puede, sin más, soportar a Dios. La majestad, la grandeza, la suprema fuerza y santidad de Dios conmueven de tal forma al hombre, que éste siente derrumbarse total­mente. La nada del hombre, su impotencia, su fragilidad, su infinita distancia de Aquél que lo creó aparecen con tal fuerza a sus endebles ojos, que éstos amenazan quedar ciegos. El instinto de conserva­ción le obliga a cubrirlos con sus manos o a apartar­los del objeto. Con ser la manifestación de Dios al hom­bre parcial, es, con todo, el efecto el mismo, en mayor o menor grado. Isaías tiembla, Pedro se arroja a los pies, (Pablo cae derribado y queda ciego). Am­bos confiesan a su modo la propia in­dignidad e impotencia de mantenerse en pie ante El. Quizás sea éste el sentido profundo de aquello de que quien ve al Señor debe morir. El hombre se derrumbaría realmente si Dios no lo sostu­viera. Por algo la visión de Dios se nos dará en la otra vida cara a cara. Para que el hombre pueda ver a Dios directamente, debe morir. Para acercarse a Dios debe renunciar a sí mismo. Y para que el hombre pueda renunciar más fácilmente a sí mismo, viéndose lo que es en realidad, Dios se le acerca y se le muestra en poder y gloria. Sólo así puede el hombre, con cierta perfección, verse a sí mismo como es. La luz de Dios es sumamente dolorosa, cegadora, pero saludable; purifica y cura. Es el fuego del altar de Dios. Los místicos ha­blan de una noche del sentido y de otra del espíritu doloroso y saludable. No es otra cosa. Para ver a Dios hay que sufrir una purificación; la visión de Dios, a su vez, purifica, quema, derrumba el edifi­cio que el hombre ha construido de sí mismo. Es el comienzo de una nueva forma de ver y de ser. El hombre verá como Dios ve, querrá lo que Dios quiere, hará lo que Dios quiere que haga. De esta forma se convierte el hombre en un instrumento dócil en las manos de Dios. Este hundimiento del propio yo hace al hombre enteramente disponible al servicio de Dios.

Las figuras que venimos recordando son un be­llo ejemplo de la disponibili­dad del hombre a los deseos de Dios. Isaías contesta resuelto Envíame. Pedro y los compañeros siguen incondicionalmente al Maestro, dejándolo todo. Pablo se convertirá en un consagrado apóstol de los gentiles. El hombre ha muerto a sí mismo. Ya no cuenta su propio yo. Lo que cuenta es la Voz de Dios. Es ya un profeta, un apóstol.

Todo cristiano, por el mero hecho de serlo, debe contar, pues es ya de por sí una vocación, con una disponibilidad fundamental semejante. La fe en Cristo y el bautismo en su nombre lo han muerto a sí mismo y lo han unido al Señor muerto y resucitado. Esta dependencia de él lo capacita para verlo y para par­ticipar de su gloria. Su vida debe ser Cristo; su ver, su pensar, su querer los de Cristo. La gloria del Señor (el Espíritu) lo irá penetrando progresivamente ha­ciéndolo más ágil y más disponible a su llamada. El camino es dolo­roso, como lo fue para Cristo; pero saludable y santificador. Dependerá naturalmente de la misión específica que se le encomiende, dentro de la vo­cación común. La ac­titud ideal del cristiano ante Dios, que lo llama a ser hijo, es la que nos re­cuer­dan Isaías (Envíame), Pedro (Dejándolo todo, le siguieron), Pablo (Señor, ¿qué quieres que haga?), María (He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra), Abraham, etc. Esa ha de ser nuestra actitud constante de­lante de Dios.

La palabra de Dios constituye a Isaías profeta y a Pedro apóstol. Así de poderosa es. No es algo meramente externo. En su interior recibe el hom­bre una transformación en orden a la misión que tiene que cumplir. También la recibe el cristiano: es hijo de Dios, no dueño de sí mismo; su vida es la divina, no la propia. Pedro, Pablo, María, Cristo en su humanidad. El tema de la fe es, pues, impor­tante. De la fe habla Pablo a sus fieles de Corinto. La fe es ne­cesaria para la salvación. Es menester dejar la propia opinión y dejarse llevar por Dios mismo. Esa fe nos conducirá a la percepción per­fecta de la gloria de Dios cara a cara. Siempre dis­puestos a escuchar y ejecutar su palabra. La pa­la­bra del Señor realiza milagros: la pesca milagrosa. La barca de Pedro puede que apunte a la Iglesia.

Es instructiva la conducta de Pablo. Pablo se confiesa fiel transmisor de la verdad revelada. Para eso ha sido llamado y consagrado apóstol. ¿Cómo de­sempeñamos nosotros ese papel de transmiso­res de la verdad revelada? Pedro y Pablo dedica­ron toda su vida a ello. Hermoso ejemplo. (No abandones la obra de tus manos. Salmo).

B) El dogma de la Resurrección de Cristo. Es necesario para la salvación. Cristo ha muerto y ha resucitado. No podemos olvidarlo. Más aún, de­bemos anunciarlo constantemente de palabra y de obra. Ese es nuestro destino. Esa nuestra voca­ción.

C) Santidad de Dios. No podemos olvidar que estamos consagrados al Dios Altísimo, al Dios tres veces Santo. Esto exige de nosotros serie­dad, respeto, dedicación absoluta a su voluntad. Estamos en su presencia. Los ángeles cu­bren su rostro. ¿Ya pensamos en ello? El santo temor es siempre saludable. Los antiguos recitaban varias veces al día el trisagio. Hermosa devoción. Dejarlo todo: la mejor disposición para ser apóstol.

 

3.      Oración final:

Escucha, Señor, nuestra oración, y ya que recompensaste la fe de los discípulos que echaban las redes en nombre de tu Hijo dándoles una pesca abundante, no desoigas nuestras súplicas para que respondamos mejor a tu llamada, siendo como ellos discípulos tuyos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Domingo 4 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre

Hoy, como en tiempos de Jesús, es difícil que un profeta sea bien visto y aceptado en la sociedad; por el contrario, resulta ser una persona que incomoda porque denuncia el pecado y las malas acciones de los seres humanos. Por eso, el profeta de este tiempo debe ser una persona profundamente inmersa en el proyecto de Dios y su palabra, para resistir las continuas amenazas de su acción misionera. De eso nos hablan las lecturas que a continuación leemos y meditamos.

1.     Oración:

Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Domingo 3 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

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En la Sinagoga estaba establecido el pasaje que debía leerse. Pero,  sea cual sea el pasaje, hoy está escrito para mí. Tanto si escucho la  Escritura en la asamblea de los fieles, como si la escucho en privado,  si Tu (Señor) lees por mí, siempre habrá un texto que me dirá algo en  la situación en que me encuentro. Y si mi corazón está lleno de ti,  descubriré inmediatamente la palabra que me puede dar el empuje y la  ayuda que necesito» (Un monje de la Iglesia Oriental)

Comenzamos este domingo el evangelio según san Lucas. La lectura de hoy tiene dos  partes: los primeros versículos corresponden el prólogo que Lucas puso a su obra y los  restantes narran la primera aparición en público de Jesús.

1.     Oración:

Dios todopoderoso, que gobiernas cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor…..

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Domingo 2 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre

La Iglesia es la Esposa de Cristo. Cada vez que celebramos la Eucaristía festejamos las  bodas de Cristo con la Iglesia. Por eso no tiene nada de extraño que Jesús, en Caná de  Galilea, cuando todavía no había llegado «la hora», anticipara misteriosamente el banquete  eucarístico en medio de la celebración de una boda: ¿Qué otra cosa puede significar la  abundante conversión del agua en vino que aquella otra conversión del vino en su propia  sangre…? En las bodas que Cristo contrae con la Iglesia nos ofrece a todos  abundantemente el mejor vino, su propia sangre derramada por todos los hombres.

1.      Oración:

Muéstrate propicio, Señor, a los deseos de tu pueblo: danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo….

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El Bautismo del Señor – Ciclo C

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR ciclo C

bautismo

Con la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en el segundo domingo de Enero se cierra el tiempo de Navidad para introducirnos en la liturgia del tiempo ordinario. En la Navidad y Epifanía hemos celebrado el acontecimiento más determinante de la historia del mundo religioso: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y se ha revelado como Aquél que nunca nos abandonará a un destino ciego y a la impiedad del mundo. Esa es la fuerza del misterio de la encarnación: la humanidad de nuestro Dios que nos quiere comunicar su divinidad a todos por su Hijo Jesucristo.

1.     Oración (colecta)

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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La epifanía del Señor – Ciclo C

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Navidad y epifanía son fiestas complementarias que se enriquecen mutuamente. Ambas celebran, desde diferentes perspectivas, el misterio de la encarnación, la venida y manifestación de Cristo al mundo. Navidad acentúa más la venida, mientras que epifanía subraya la manifestación. La oración principal de la fiesta, oración atribuida a san Gregorio Magno, sugiere este último enfoque. Es una oración que enlaza tres ideas: la vocación de las naciones, la estrella como símbolo de fe y el premio de la fe, que es la visión de Dios cara a cara.

1.      Oración inicial (colecta)

Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Seguir leyendo «La epifanía del Señor – Ciclo C»

Domingo de la Sagrada Familia – Ciclo C

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA

En la fiesta de la Sagrada Familia, pedimos la intercesión de María y José. Ellos fueron testigos y promotores del crecimiento vital y personal del Hijo de Dios encarnado en la humanidad. En su entrega y en su humanidad dieron cumplimiento a los planes de Dios. Que ellos nos sirvan de guía, en especial a los esposos y a las familias para que su andadura alcance la plenitud de su vocación.

 

1. Oración:

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios en el hogar del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo 4 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO IV DE ADVIENTO CICLO C

“¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”

Dios manifiesta su predilección por lo pequeño y por la grandeza de ánimo de los pequeños y humildes. Lo que hay que hacer en la vida cotidiana está, pues, al alcance de todos y de cada uno. Es Dios quien acrecienta el resultado de nuestros esfuerzos. Nada nos exime de colaborar con el Dios que se acerca anunciando un mundo mejor. Las grandes dificultades que vivimos son un desafío para la creatividad y la solidaridad, y también para la fe en que Dios mismo, hecho uno de nosotros, nos acompaña con su ternura y con su poder.

1.      Oración:

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.      Textos y comentario

2.1.Lectura del Profeta Miqueas 5, 2-5a

Esto dice el Señor: Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo  en que la madre dé a luz,  y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel. En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y ésta será nuestra paz.

Miqueas conoció la caída de Samaría y es con­temporáneo de Isaías. Con él tiene, en algunos pa­sajes, bastante semejanza. Hoy nos toca leer un mensaje de salvación.

Comienza el pasaje con una apelación a Belén. Es, en este punto, una de las profecías más deter­minadas y concretas que se encuentran en el Anti­guo Testamento. De Belén de Judá era oriundo David, el pastor de Israel, el gran rey que supo unir bajo su cetro a todas las tribus del reino. Bajo su reinado el pueblo vivió la paz, el esplendor y el bienestar. David fue el gran siervo de Dios. Mi siervo David dirán algunos textos antiguos. A él fueron hechas las so­lemnes promesas, promesas de asistencia particu­lar, de bendición singular y de sal­vación univer­sal. De él descendería uno en quien Dios mismo ha­bría de colocar el poder, a quien habría de asistir el Espíritu en todas sus obras y a quien habría de acompañar siempre la paz divina. De ello habla­ban los profetas.

Miqueas lo recuerda y, emocionado, dirige la mirada hacia ese príncipe que sucede a David. Allí nace el vástago, donde se encuentra la raíz: en Belén de Judá. Desde antiguo van apuntando hacia él las promesas divinas. Él reunirá -recordemos a David, rey de todo Israel- a su pueblo, desbara­tado por el mo­mento en la deportación (alusión a la dispersión con ocasión de la toma y des­trucción del reino del Norte). Él será el nuevo pastor que lo guíe, Pastor pode­roso. El Señor estará siempre con él. Volverá de nuevo la paz, de la que es pá­lido anuncio la paz davídica. Su grandeza abarcará los confines de la tierra. Él es el Señor y la Paz. El nuevo David supera con creces al antiguo.

Es una bella promesa coloreada por las circuns­tancias en que se encuentra el pueblo. El lugar del nacimiento está señalado: Belén de Judá.

2.2.Salmo Responsorial: Sal 79, 2-3. 15-16. 18-19:

 Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa. R.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste,
no nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R.

Es una petición intensa y fervorosa. El versículo que sirve de estribillo re­sume admirablemente el objeto de la petición. La alusión, al final, del Un­gido le da un carácter suavemente mesiánico.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has reparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: «Aquí estoy, oh Dios,  para hacer tu voluntad». Primero dice: No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias,
–que se ofrecen según la ley–. Después añade: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.
Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados  por la oblación del cuerpo de Jesucristo,  hecha una vez para siempre.

La oblación del cuerpo de Jesucristo más bien dirigiría nuestra atención, por lo que suena, al misterio de la pasión y de la muerte de Cristo que al misterio de su en­carnación. Sin embargo, la oblación que Cristo hace de sí mismo, lo coloca al frente de una nueva economía, en la cual todos quedamos santificados. La postura de Cristo como instaurador y salvador es evidente. En esta dirección encuentra la lec­tura de la carta a los Hebreos una adecuada conforma­ción con el tiempo de Adviento. Veamos a grandes rasgos el sentido de estos versículos. He aquí la línea principal y los asertos fundamentales del pá­rrafo. Al frente de la lectura nos encontramos con una cita del salmo 40. El autor de la carta acude por regla general al Antiguo Testamento en busca de apoyo a sus afirmaciones. No hay más que leer el capítulo primero de la carta, para darse cuenta de ello. El autor no quiere alejarse de la palabra de Dios reve­lada a los antiguos. Ella da luz a los acontecimientos nuevos. Hay continuidad entre los dos testamentos. La continuidad no excluye el con­traste. A veces, se­ñala el autor, hay oposición. Es­tamos en un caso de estos.

El salmo opone dos actitudes. Los sacrificios, en número y en especie, no agradan a Dios. Sí, en cam­bio, le agrada la obediencia a su voluntad. La obe­diencia a Dios es mucho más valiosa que el sacrifi­cio de reses. Así lo procla­maban también los profe­tas de Israel. El autor de la carta a los Hebreos no se limita a repetir y a poner de relieve el contraste entre el culto interno -culto a Dios mediante la obediencia a su vo­luntad- y el culto externo, -culto ritual de sacrificios y ofrendas-, sino que esta­blece, par­tiendo del mismo texto del salmo, una oposición entre la Antigua Economía y la Nueva.

La Antigua Economía basa su religiosidad en los sacrificios, ordenados por la Ley, y en las ob­servancias de la misma Ley. La Nueva, en cambio, basa su religiosidad en la obediencia de Cristo al Padre. La primera es externa, aun­que tenga ele­mentos internos, la segunda es interna, profunda y transforma­tiva. No son sólo dos modos los que se oponen, son dos períodos distintos de naturaleza diversa. Parecería audaz la deducción del autor. No lo es tanto, si consideramos atentamente los párrafos que siguen.

Hemos de notar, en primer lugar, que ya Jere­mías había anunciado la su­peración de la actual disposición (A. T.) por otra superior (Jr 31, 31-34;). El autor lo recuerda en su carta. Según Jeremías la nueva disposición iba a colo­car dentro del corazón humano algo que haría del hombre un ser más dó­cil y más inclinado a la voz divina. Dios pondría la Ley en el corazón. Jeremías no había especifi­cado el modo. Hay que notar, en segundo lugar, que el autor es conocedor de la obra de Cristo. Cristo con su obra ha abierto una nueva época, una nueva disposición. No es extraño, pues, que el autor vea en el salmo 40 una indicación de ese aconteci­miento: Oblación del cuerpo.

Efectivamente, Dios ha transformado interna­mente al hombre -esta es la Nueva Economía- por la adhesión de Cristo a la voluntad divina hasta la muerte. En ese momento, y, partiendo de ese momento, Dios escribe en noso­tros sus leyes. No es otra cosa que el don del Espíritu Santo en nosotros, Ley y Virtud nuevas. Él nos hace dóciles; él nos asimila a Cristo, obediente a Dios hasta la muerte. Cristo ofrece su cuerpo, sustitución de los sacrificios y Ley an­tiguos. El cuerpo aquí es expre­sión de la obediencia efectiva de Cristo hasta la muerte. No basta la intención de obedecer; es su obra obediente hasta la muerte, donde él mismo -su cuerpo- se entrega por nosotros. La obra de Cristo redunda en favor nuestro; por él quedamos santificados.

Todo parte de Dios, a quien debemos esta dispo­sición maravillosa, de Él también la obra de Cristo. Cristo ha sido constituido, en su obediencia al Pa­dre, el Santo perfecto, el Nuevo Hombre, el hombre glorioso, la nueva creación. De él nos viene a nosotros: somos partícipes de los títulos de Cristo; santifica­dos, nueva creación. Estamos, no obstante, en proceso de mayor santificación. La glorificación definitiva todavía no la hemos al­canzado. La esperamos. Cristo obediente es la causa de la salvación que nos viene. La venida del Salvador nos recuerda su obra salvífica.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: –¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la  madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

La infancia de Cristo en Lucas está impregnada de luz y alegría. Por do­quier surge el gozo y la exultación. Es, sin duda, la presencia del Espíritu quien la motiva. El Espíritu llena los corazones; el Espíritu ilumina las men­tes; el Espíritu acerca a los hombres al misterio que está realizándose y les hace prorrumpir en alabanzas, himnos y cánticos de júbilo.

Nos encontramos en uno de los episodios más tiernos de esta historia. Las dos madres, la de Juan, el más grande nacido de mujer, y la de Jesús, el Me­sías, son las protagonistas de la escena. La madre de Juan entrevé, por el salto del hijo en sus entrañas y por la iluminación del Espíritu en su in­terior, el misterio de que es portadora su pariente María. La exclamación que brota de sus labios es significativa: Bendita tú entre todas las mujeres… Es la más antigua alabanza y el más respetuoso acatamiento y reconocimiento que haya surgido de boca humana. Desde un principio comprendió Isa­bel la grandeza de María: Madre del Mesías. Es a lo más que podía aspirar una mujer judía. Si los tiempos mesiánicos habían sido la expectación an­siosa de los antiguos pa­triarcas y profetas; si su sola certeza los había colmado de gozo, aun tan dis­tantes de él; si las promesas de Dios no tenían otro término que este magno acontecimiento; ¿qué podemos pensar de la persona a quien toca, no digo vivir en ellos, sino ser nada menos que la madre del Mesías?

Las palabras de Isabel se han eternizado. Ellas han sido el saludo de mul­titudes y generaciones en todo lugar y en todo tiempo. Es el más cordial sa­ludo que, con las palabras del ángel, cotidiana­mente le dirige el cristiano a María.

El reconocimiento de Isabel nos recuerda el re­conocimiento de Juan: No soy digno… Isabel hace la misma profesión de fe ante María. Alaba su disponibi­lidad y fe. La actitud de María a las pa­labras del ángel merecen todo enaltecimiento y toda ala­banza.

Meditemos:

El cuarto domingo de Adviento nos presenta el más sublime modelo de pre­paración al Señor que viene: María, sierva del Señor y madre de todo co­razón. María no es sin más madre de un hijo que resultó ser el Mesías. La fe, la dis­posición servi­cial, la actitud de absoluta obediencia a Dios la han hecho ma­dre. En ella comienza la presencia maravi­llosa de Dios entre los hombres. Y el Señor, que ha comenzado la obra, la cumplirá. Un magnífico futuro: Cumplirá; un precioso pre­sente: Bendita. La fe ha he­cho a María Madre de Dios. Fe única, Madre única. Pero no es la única que tiene fe ni la única que llega a ser madre. Ma­dres y hermanos son los que en fe y amor siguen a Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Para ellos la preciosa bendición y dicha, que se convertirán en la Dicha y Bendición supremas.

 

El cristiano, como el Adviento, ha de ser po­ema, canto, grito de triunfo: Grito de victoria: ¡Viene el Vencedor de la Muerte! Abogamos por la vida y la gozamos eter­namente.

Canto: Alborozo sereno de gentes que llevan dentro la luz y la irradian en el rostro. Toda su fi­gura, en profundidad y anchura; el hombre entero, hasta los huesos más podridos cantan: ¡El Señor ha venido!

Poema: Acción intensa, acción fecunda; acciones bellas del Señor que llega. Tensión encantadora, transformadora del sonido en verso y del ser hu­mano en espejo terso. Acción de gloria que trans­porta a Dios en la historia. Vencedores, gritamos, y, trovadores de la Vida Nueva, alegramos los tiempos y hacemos el bien:

¡Ven, Señor Jesús, Nacido en Belén!

 

  1. 3.                  Oración final:

Aquí nos tienes, Señor, para hacer tu voluntad. Bendice nuestras vidas, acoge nuestras oraciones, y ayúdanos a preparar el camino a tu Hijo que viene a salvarnos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.