Domingo 3 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO C

Juan y Jesús aparecen en la vida pública en una época de crisis en Palestina: la mayor parte de la población vivía en una gran pobreza, mientras que sólo unos pocos disfrutaban de abundantes riquezas; esa misma población estaba sometida a la dura colonización del imperio romano, a sus impuestos y arbitrariedades; además, los sacerdotes del templo de Jerusalén habían perdido toda su credibilidad entre la gente, porque no era el servicio a Yahvé lo que les movía, sino la usura y los privilegios propios. En palabras del profeta Juan, aquella sociedad necesitaba un vuelco radical, una conversión y un arrepentimiento. Esa visión radical sobre la situación de maldad de Israel no sólo la compartió Jesús en sus inicios, sino que permaneció también a lo largo de toda su misión posterior.

También hoy nuestra sociedad de la abundancia necesita un cambio radical, una conversión y un arrepentimiento de los que la formamos, porque somos pocos los que la disfrutamos y muchísimos –cada día más– los que padecen la exclusión, el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, el paro, el desalojo de sus viviendas y otras dolorosas miserias. Los cristianos estamos llamados a ser colaboradores del Jesús que está presente y es el profeta de la salvación. ¿Cómo? Llevando la ayuda allá donde la gente esté padeciendo cualquier tipo de esclavitud, de carencia o de sufrimiento.

1.      Oración:

Oh Dios, que ves a tu pueblo esperando con fe la festividad del nacimiento del Señor, concédenos alcanzar la gran alegría de la salvación, y celebrarla siempre con ánimo dedicado y jubiloso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

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Domingo 2 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO II DE ADVIENTO ciclo C

 

La liturgia de este domingo nos recuerda que nuestra meta es siempre Cristo, la gran promesa de la salvación hecha por el Padre para todos los hombres de todos los tiempos. Y que el camino que nos conduce hasta Cristo es también de iniciativa divina. Los grandes profetas de Dios no han tenido otra misión en la Historia de la Salvación que preparar ese camino bajo la luz esplendorosa de la Revelación, es decir, abriendo las conciencias a la Palabra de Dios, renovadora de los corazones para el misterio de Cristo.

 1.      Oración:

 

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo I de Adviento – Ciclo C

DOMINGO I DE ADVIENTO ciclo C

Comenzamos un nuevo año litúrgico con profunda expectativa, al saber que el Señor viene a nuestro encuentro; también porque estamos en el año de la fe celebrando los cincuenta años del Concilio Vaticano II y veinte años del catecismo de la Iglesia católica, en que de manera especial el Espíritu Santo, con su presencia anima y vivifica la vida de la Iglesia llamándola a la conversión e impulsándola a la santidad.

En el Adviento es el Espíritu Santo quien nos prepara para ir al encuentro del Señor, viene a nosotros y dispone nuestra inteligencia y nuestro corazón a la Palabra del Señor para que nos abramos a la salvación.

Este es el sentido del Evangelio que hoy nos regala la liturgia, no es un anuncio del fin del mundo, sino la venida del Señor. «Estén siempre despiertos… y manténganse en pie ante el Hijo del Hombre». Somos invitados a permanecer vigilantes, como disposición necesaria para no dejarnos sorprender, debemos alegrarnos, pues la llegada del Señor nos trae la plena libertad y el gozo de su presencia.

1.      Oración:

 

Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijo con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre del bien y gozar de sus consuelo. Por Cristo Nuestro Señor.
Amén.

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Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

DOMINGO TRIGÉSIMO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

«La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean».

La liturgia de este domingo, intenta marcar la pauta de lo que es la apertura al último destino del hombre y de la vida. Efectivamente, sin la sabiduría, que es la esencia de lo bueno, de la felicidad, de lo ético y estético, la vida perdería su hermosura y su dimensión escatológica (lo que la lleva más allá de la experiencia de la finitud y de la muerte). Por ello, ser sabio, en la Biblia, no es estudiar una carrera para aprender muchas cosas; no es cuestión de cantidad, sino de calidad; es descubrir constantemente la dimensión más profunda de nosotros mismo y de Dios. Seguir leyendo «Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo A»

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO. Domingo 34 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXXIV del tiempo ordinario: SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO

1. Introducción:

Con la fiesta de Cristo Rey termina el Año Litúrgico, Hoy celebramos la soberanía universal de Cristo. Él, que es Señor de la creación, es nuestro Rey por su muerte y resurrección. Él venció y ahora nos dirige con su dominio de amor, perdón y paz. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado. La inscripción colocada sobre el madero de la Cruz decía: "Jesús de Nazaret es el Rey de los judíos". Esta inscripción es completada por San Pablo cuando afirma que Jesús es "imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, reconciliador de todos los seres".

2. Lecturas y comentario

2.1. Lectura del segundo libro de Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel". Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

La unión en un solo pueblo de todas las tribus descendientes de Jacob fue casi siempre un deseo más que una realidad. De hecho, prácticamente sólo podemos hablar de un solo pueblo durante los reinados de David y de su hijo Salomón.

En el fragmento que leemos vemos que, después de que las tribus de Judá (reino del Sur) ungieran a David como su rey, ahora lo hacen las tribus de Israel (reino del Norte). David se había instalado en Hebrón, ciudad importante del reino de Judá. Allá van a proponerle los del norte que sea también su rey. Le dan tres razones. La primera es que son "hueso tuyo y carne tuya", es decir, son parientes. La segunda es que ya había ido a la cabeza del ejército de Israel en tiempos del rey Saúl. Y la tercera, que el mismo Señor le había escogido para ser rey de todo el pueblo.

Notemos en las palabras del Señor dos elementos importantes: el pueblo es del Señor y el soberano es su pastor, imagen frecuente para hablar de la función real. El rey, pues, no es el dueño y señor del pueblo, que sólo pertenece al Señor, sino que es un instrumento de Dios para que lo conduzca por el buen camino.

David y los ancianos de Israel establecen un pacto, una alianza. La unión sella el pacto y confiere a David la misión real sobre Israel (cf. 1 Samuel 16, 13). Así David se convierte en rey de todo el pueblo y símbolo de su unidad y pertenencia al Señor.

2.2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 121, 1-2. 3-4a. 4b-5

R/. Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor"

Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del señor"
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Pablo resume en tres puntos la obra salvadora de Dios en Cristo; Dios nos ha hecho participar graciosamente de la herencia que había preparado para su pueblo santo, nos ha sacado del dominio de las tinieblas y trasladado al reino de su Hijo, y nos ha concedido el perdón por la sangre de Cristo. Por eso es justo y necesario dar gracias a Dios, al Padre, por medio de Jesucristo. Vale la pena hacer notar que Pablo se sirve de categorías del éxodo cuando hace esta memoria de la salvación de Dios en Jesucristo: herencia, pueblo santo, dominio de las tinieblas o esclavitud, traslación al reino, redención por la sangre. Por lo tanto, Pablo anuncia el evangelio de la liberación de todos los pecados y de cuanto esclaviza al hombre interna y externamente.

Quizás con la única excepción de Flp 2, 6-11, Pablo nos presenta aquí la síntesis más lograda de toda su cristología. Sin duda quiere que sus lectores sepan quién es el Señor al que sirven con su fe y se vean libres de los errores que amenazan la comunidad de Colosas.

El "Dios invisible" es el Padre. Jesús es la "imagen del Padre"; por eso quien ve a Jesús, ve también al Padre (cfr. Jn 14, 9). Sólo por Jesús y en Jesús tenemos acceso al conocimiento del Dios invisible, del Dios vivo, que no es el Dios de la filosofía sino el Dios de la vida y de la historia, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.

"Primogénito", pues no ha sido creado sino engendrado por el Padre; "Primogénito", porque es el heredero de todas las promesas y el primero entre muchos hermanos; "Primogénito" también porque es anterior a todo cuanto por él ha sido creado. Como Hijo de Dios, Jesús es de la misma naturaleza que el Padre.

Nada ha sido creado sin la mediación del "Hijo querido del Padre". Lo visible y lo invisible, lo terrestre y lo celeste es por él y para él. Con estas rotundas afirmaciones, Pablo sale al paso de algunas desviaciones doctrinales que disminuían la persona y la obra de Cristo en el universo. Uno de los errores principales que tiene a la vista Pablo cuando escribe estas palabras, es una especie de culto que se tributaba a los elementos fundamentales del cosmos (el agua, la tierra, el fuego y el aire) que se creían animados por espíritus celestes e invisibles. Pablo afirma claramente que nada ni nadie está por encima de Cristo, el Señor. Cristo, por quien y para quien todo ha sido creado, es también el que todo lo conserva y lo salva.

El universo, alejado de Dios por el pecado del hombre, estaba a punto de perecer definitivamente ante la amenaza de la muerte. Pero el Hijo de Dios se hace hombre para llevar a cabo una restauración universal, mejor, una recreación. Para ello Cristo se ha constituido en cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo y el sacramento eficaz o señal de esta segunda creación. De Cristo procede ahora la nueva vida, él es el principio supremo de un nuevo orden. El es el primero que ha resucitado de entre los muertos y el principio de toda regeneración.

"Residiera toda la plenitud", esto es, la plenitud divina. Toda la riqueza inestimable de la divinidad que los falsos maestros suponían repartida entre los espíritus y potestades celestes, Pablo la ve concentrada en Cristo, que es el único Señor. Sin Cristo no es posible la salvación de los hombres y del universo.

Pero en Cristo ha querido el Padre reconciliar consigo y salvar así todos los seres. Cristo ha muerto para que todos y todo tenga vida, en su sangre se alcanza aquella paz universal y aquella reconciliación sin la que es imposible la existencia. Judíos y gentiles son llamados en Cristo para formar un solo pueblo; el cielo y la tierra, todas las criaturas, están ahora en dolores de parto hasta que se manifieste la salvación universal operada por Dios en la sangre de Cristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según san Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos". Uno de los malhechores lo insultaba, diciendo: -No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba: -Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso

Este texto pertenece a la meta del camino de Jesús. La escena se desarrolla en el lugar llamado la Calavera, donde Jesús y dos criminales han sido crucificados. En la descripción de la escena Lucas procede por acumulación de datos: el pueblo; a él se añaden las autoridades; a éstas, los soldados, y a éstos, por último, un letrero sobre la cabeza de Jesús. La traducción litúrgica no ha reflejado adecuadamente esta acumulación y gradación de datos. El conjunto resultante es un inmenso sarcasmo. ¡Valiente Mesías y Rey! La segunda parte del texto se desarrolla arriba, en las cruces. Tampoco allí reina el silencio, aunque en esta ocasión las palabras no sean irónicas, pues los dos criminales gritan desde su situación de condenados. Los dos, sin embargo, la vivencian de diferente manera: con despecho y amargura uno, con reconocimiento y esperanza el otro. Y así, en medio del griterío abajo y arriba, surge el único diálogo del texto sobre un malhechor y un rey. Por enésima vez en el Evangelio de Lucas un marginado se convierte en vehículo de enseñanza para el caminante cristiano.

Manejada por el autor, la ironía que recorre toda la primera parte del texto expresa la pura verdad. Jesús es, en efecto, el Mesías y el Rey. Pero lo es en cuanto que está en la cruz. Es sin duda una verdad inesperada y, por eso mismo, escandalosa. El camino y los títulos de Jesús tienen estas cosas, a la vez que rompen esquemas y expectativas. Nos lo ha ido mostrando Lucas en los sucesivos domingos del tiempo ordinario; nos lo confirma en este solemne domingo regio.

Porque Jesús es rey no es tiempo ya de triunfalismo ni de discursos. Nos sigue costando entender esto. La cruz no son los sacrificios que uno se impone a sí mismo. Si así fuera, la cruz podría convertirse en el momento más refinado de orgullo. La cruz no se autoimpone.

La realeza de Jesús es de difícil asimilación. Por su rudeza y crudeza, por un lado; por su sensibilidad para el otro y por su sencillez, por otro. De hecho, Lucas no parece hacerse muchas ilusiones sobre la asimilación de esta realeza, pues una vez más recurre a un marginado para darnos la gran lección. Hay últimos que son primeros, y primeros que son últimos. Son cosas de la realeza de Jesús.

Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXXIII del tiempo ordinario ciclo C

1. Introducción

Las lecturas que hoy escucharemos son una enérgica llamada a no vivir adormecidos. Dios nos ama, pero también nos exige fidelidad a su amor hasta las últimas consecuencias. Y debemos ser conscientes de que esta fidelidad puede acarrearnos problemas e incluso persecuciones.

Las lecturas de este domingo nos invitan a confiar, a no tener miedo, a descubrir en cada encrucijada de nuestra vida y en cada una de sus luchas, las huellas del Dios Bueno y a vivir dando testimonio de Él y de su presencia misericordiosa en este tiempo. Él nos contagia eternidad, la misma que nos regaló su Hijo en la Pascua.

2. Lectura del Profeta Malaquías 4,1-2a.

Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas.

Malaquías es un profeta que escribió en el s. V a.C. En la gran decepción que siguió al retorno de Babilonia, el profeta, junto con otros, levanta su voz para mostrar que Dios no sólo no ha abandonado a su pueblo, sino que él en persona vendrá en el "día de Yahvé" para hacer justicia. La expresión "día de Yahvé" no es original de Malaquías, y fue utilizada por otros profetas con expresiones más o menos semejantes, subrayando la justicia y la recompensa de Dios, que haría desaparecer a los malvados como paja en el fuego, y premiaría a los buenos con bendiciones y felicidad. Así, el día de Yahvé era considerado como una intervención de Dios en la historia. Rodeado siempre de metáforas (fuego, paja, tinieblas, luz, sol) quería enseñar la certeza de una fe en un Dios que ama y no abandona a sus fieles, que un día, "su día", va a intervenir en la historia de los hombres y va a hacer una justicia ejemplar. De este modo se fortalecía la fe y la confianza en un Dios que no abandona a su pueblo y que en su justicia sabe dar a cada uno lo que le corresponde.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 97,5-6, 7_8, 9

R/. El Señor llega para regir la tierra con justicia.

Tocad la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines ,y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan,
aplaudan los ríos, aclamen los montes,
al Señor que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia,
y los pueblos con rectitud.

4. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 3,7-12.

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: No viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar. Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Acaba la Carta a los Tesalonicenses, la segunda. En ella, Pablo -muy probable autor de este escrito- llama la atención sobre un hecho curioso. Parece que algunos tesalonicenses, debido a la espera de la parusía inminente, a la vista de que el mundo iba a durar poco, tal como pensaban, descuidaban las ocupaciones humanas normales, sobre todo el trabajo y vivían a costa de los demás.

En este párrafo Pablo les dice que esta actitud no está justificada. No refuta el convencimiento de los tesalonicenses, aunque parece también que en esta época el propio Pablo ya no pensaba que el Señor Jesús iba a venir rápidamente. De todas formas, ya ha dicho algo de ello en el capítulo anterior de la carta. Lo principal es decir que hay que trabajar. Se pone él mismo de ejemplo y dice luego algo de tanto sentido común como el que no trabaja que no coma (v. 10).

En términos más generales se puede decir que el cristianismo, con toda su carga real de espiritualidad, no debe ser obstáculo para una actividad humana productiva. Lo cual no siempre se ha entendido así, particularmente entre países donde la mayoría son católiccos. Los que se ocupan del Espíritu y de sus cosas, no se preocupan de producir lo necesario para vivir. Y viven a costa de los demás, de los más "imperfectos", que sí trabajan y producen. Hay en este terreno no pocos engaños y autoengaños que todos conocemos. Vivir recibiendo de los otros porque uno está muy ocupado en algo más elevado que el vulgar quehacer cotidiano puede ser auténtico y aceptable. Pero también encubre otras actitudes tan poco de recibo como las de los tesalonicenses, aunque por otros motivos. La teología del trabajo, la construcción del Reino con el quehacer humano normal, es algo que también ha de entrar en nuestras consideraciones.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 21,5-19.

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: -Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Ellos le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? El contestó: -Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: «Yo soy» o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. Luego les dijo: -Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

El texto se sitúa en el templo y van a ser precisamente unos comentarios anónimos sobre la belleza y riquezas del templo los que van a motivar el tajante comentario de Jesús sobre su destrucción en un futuro que no precisa (vs. 5-6). Es el detonante para la pregunta sobre el cuándo preciso y las señales premonitorias de esa destrucción (v. 7). Lo que sigue pone de manifiesto que Jesús no entra en la dinámica de la pregunta. A lo largo de los domingos de este año hemos tenido ocasión de constatar cómo en sus respuestas el Jesús de Lucas corrige con frecuencia los planteamientos de sus interlocutores. Hoy nos hallamos ante un nuevo caso. Jesús comienza haciendo unas recomendaciones: "Cuidado con que nadie os engañe" a propósito del cuándo o de las señales; "no vayáis tras ellos; no tengáis pánico". Cierra estas recomendaciones una afirmación rotunda: "El final no vendrá en seguida". En otras palabras: Jesús desautoriza toda especulación sobre el cuándo y las señales. Más aún: guerras y desórdenes no son señal alguna de fin de mundo. Los que hablan en este sentido son simples embaucadores. Guerras y desórdenes son, desgraciada y lamentablemente, una necesidad. ¡Es impresionante el realismo de Jesús! Lo mismo pasa con los terremotos, epidemias y fenómenos cósmicos. Nada de esto es señal de fin de mundo. Esto supuesto a partir del v. 12 y ya hasta el final, Jesús aborda lo que sí tiene importancia según él. Y aquí sí que prevé un tiempo no lejano: "Antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán… por causa de mi nombre". Aunque no lo diga explícitamente, Lucas presupone que son los discípulos los interlocutores-destinatarios de las palabras de Jesús. De nuevo el acoso, la acusación, la comparecencia ante los tribunales. Las mismas situaciones con que nos encontrábamos hace cuatro domingos. Y aún prevé otra: la muerte. ¡La muerte a manos de quien menos se podía esperar! El odio total por causa del estilo de vida de Jesús, que no es otro sino el compromiso con los valores del Reino. Este es el cuadro que Jesús pinta ante los suyos, el futuro que les espera. Este es el futuro que interesa y no el de las especulaciones sobre el fin del mundo. Y de cara a ese futuro dos nuevas recomendaciones: espontaneidad y tesón. El versículo final tiene dos posibles acepciones; con vuestra perseverancia ganaréis vuestra vida o ganad vuestra vida con vuestra perseverancia.

Lo que hace cuatro domingos era sólo un presupuesto, hoy es un dato explícito: Lucas no espera un final inminente de esta historia nuestra. Perspectiva de futuro y perspectiva final no se mezclan ni se confunden, como puede ser el caso, por ejemplo, en Marcos. La destrucción del templo no es el final; las guerras y cataclismos no son el final. Son otra cosa, pertenecen a otra dinámica, misteriosa, realística, pero no premonitoria de fin de mundo. Son agoreros embaucadores. "No vayáis tras ellos". Lo que hay que hacer a cambio es asumir esta historia en toda su crudeza.

Apostar en ella desde los valores del Reino y caminar. Sin discursos retóricos de autodefensa. Con la espontaneidad y el frescor del espíritu de Jesús. Dando cabida a su lenguaje, a su sabiduría, a lo imprevisible divino, en la sencilla e imponderable certeza de que, a pesar de perder la vida en el empeño, ésta se gana. Porque todo es gracia con el Dios de Jesús.

Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXXII del tiempo ordinario ciclo C

1. Introducción
El fiel sabe que Dios ama la vida hasta el punto de haberla hecho el don de una existencia que no termina nunca. Recordémoslo siempre: la vida eterna es una continuidad del existir en la fe.
El cristiano dispone de una certeza: Dios ha resucitado a su Hijo Jesús. Este, luchador entregado a la verdad, a la justicia y al amor, triunfa del dominio de la muerte. Todo aquél que se une a este combate de Jesús, por la fe, participará de su victoria. Aquí se abre la perspectiva de la esperanza. La fe en la resurrección es la fuente de la valentía y de la capacidad de mantener la firmeza hasta la muerte si es necesario. Puesto que se cree en la resurrección, las tareas del mundo encuentran un nuevo sentido, son trabajo por el Reino, abonan la tierra para construirlo.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2. 9-14.
En aquellos días arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo prohibida por la ley. El mayor de ellos habló en nombre de los demás: -¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: -Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente. -De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba a la muerte, dijo: -Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.

-El contexto histórico.
Contra las intenciones de los griegos seléucidas de «obligar a los judíos a abandonar las costumbres tradicionales y a no gobernarse por la Ley del Señor» (6, 1ss) surge la sublevación judía iniciada por Judas-Macabeo, el año 167 a. de Cristo. De esta sublevación nos hablan los libros de los Macabeos. No se trata de un relato histórico en sentido moderno; sus personajes son más prototipos a imitar que seres individuales. Así, por ejemplo, se dice de Eleazar: «Así terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes sino a toda la nación un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud» (6, 3).

-El texto.
El autor nos presenta un nuevo caso a imitar, el ejemplo de estos siete jóvenes y su madre que siguen la conducta del venerable anciano (6, 18-31) y que padecerían martirio por ser fieles a la Ley del Señor (cap. 7). El relato nos resulta familiar desde la infancia.
Más que detenernos en discutir si su conducta fue fidelidad a Dios o cerrazón mental nos interesa resaltar los contrastes que aparecen entre «vida presente» y «vida futura», «morir» y «resucitar». La fe en la resurrección alimenta la lucha de estos hermanos, despreciando las amenazas y los tormentos del tirano. Según la enseñanza de sus discursos, el que nos dio el don de la existencia nos dará también el don de la vida tras la muerte (v. 11): «os devolveré el aliento y la vida si ahora os sacrificáis por su ley» (v. 2). Premio de la gran misericordia divina (vs. 21. 29) es esa vida que ya han comenzado a disfrutar estos hermanos, ya muertos (v. 36). Esta madre que se dirige a sus hijos es símbolo de Sión (Is 49. 54. 60. 62.), también madre de siete hijos (Jr 15. 9), que les exhorta a permanecer unidos como pueblo siendo fieles al Señor, con la esperanza de la resurrección. Y la nueva Sión para nosotros los cristianos es la Iglesia (cf.Alonso Schökel, `Los Macabeos`, Ed. Cristiandad).

2.2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 16,1. 5-6. 8b y 15

 R/. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.
Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío,
inclina el oído y escucha mis palabras.
A la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2,15-3,5.
Hermanos: Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

El espíritu del creyente, como el de cualquier hombre, es débil e influenciable. La paz y la visión realista de sí mismo y de la propia tarea en la vida no se establecen de manera imperturbable, sino que siempre están sujetas al peligro de ser alteradas por factores diversos. Uno de ellos es la palabra. En este sentido, las «teorías» no son inofensivas, sino todo lo contrario.
La palabra dirigida a un hombre siempre deja en él una huella, superficial o profunda. Por eso, el creyente tiene que tener claridad de criterio y agudo sentido crítico para saber discernir lo que le conviene de entre todo lo que oye. De hecho, ya tiene en sí mismo el criterio. Pablo alude a él muy claramente en el texto que leemos hoy. El fiel debe rechazar toda palabra que le haga perder la sensatez, que le quite la paz, que le provoque temor (v 2), que tienda a oscurecer la luminosidad del destino de su vida, conocido mediante el anuncio del evangelio (14). A la vez, el Apóstol sugiere a los tesalonicenses y a todos los creyentes que consideren por qué razones o motivos han acogido el evangelio y dónde reside la fuerza de éste para sus vidas, diciéndoles que es para los hombres «una consolación indefectible y una magnífica esperanza» que los anima interiormente y los afianza en todo bien de palabra y por obra (16s). De este modo, la tarea del cristiano consiste en descubrir el bien y hacerlo. Se entiende, pues, que toda palabra o doctrina que tienda a desviarlo del cumplimiento de esta vocación suya se le revelará, por este solo hecho, como perniciosa. Es mala la doctrina que hace mal al hombre. Por otra parte, la decisión de llevar una vida cristiana en la búsqueda y práctica del bien no está tampoco condicionada por la oscuridad de ciertos párrafos extraños y sorprendentes, como una parte del texto de hoy, que a veces encontramos en la Escritura. Por lo que respecta al presente texto de la segunda carta a los Tesalonicenses, la inteligencia podría quedar satisfecha viendo que el Señor Jesús, anunciado en el evangelio, tiene ya de antemano ganada la batalla contra el mal (8). Guiándose por un sano realismo y en beneficio de su paz y serenidad, el creyente debe saber dejar a Dios que haga la obra que sólo él puede hacer. Para llevar adelante su obra de creyente, le basta saberse escogido para la santificación, amado por Dios y llamado a alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 20,27-38
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección [y le preguntaron: Maestro Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.» Pues bien había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, v así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.] Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

-El texto
Se sitúa ya en el final del camino, en la ciudad santa de Jerusalén. Aquí tenía su enclave principal la corriente saducea, formada por la aristocracia laica y sacerdotal. Hombres realistas y pragmáticos, los saduceos se mostraban especialmente receptivos a la cultura helenístico- romana. Doctrinalmente conservadores, su fuente de inspiración y de religiosidad era la Torá, cuyos cinco libros eran los únicos a los que otorgaban validez. De uno de ellos, de Deuteronomio 25, 5, toman la cita que les sirve de base para argumentar en contra de la resurrección de los muertos. Una tal resurrección, argumentan, plantearía problemas matrimoniales en el más allá.
La respuesta de Jesús reproduce el punto de vista fariseo en este tema. De hecho, al final de las palabras de Jesús, Lucas recoge la intervención aprobatoria de unos fariseos: Bien dicho, Maestro (Lc. 20, 39). El punto de vista fariseo que Jesús hace suyo habla de una condición humana diferente en el más allá, condición caracterizada por la incapacidad de morir y que, consiguientemente, hará innecesaria la procreación de nuevos seres que reemplacen a los desaparecidos. Se responde así a la dificultad de problemas matrimoniales aducida, tal vez irónicamente, por los saduceos. Por último, en los vs. 37-38 se aborda el tema central, afirmando explícitamente la resurrección de los muertos. La argumentación es típicamente judía: aducir un texto de la Escritura, en este caso Éxodo 3, 6, y extraer de él una consecuencia: Dios no podría llamarse el Dios de los patriarcas, si éstos no siguieran viviendo.

-Comentario
En el texto de hoy no se trata ya del caminar cristiano, sino de la meta de ese caminar, del mas allá de la actual condición humana. Dos son las afirmaciones que hace el texto. Primera: el más allá de la actual condición humana es una nueva condición, a la que no son extrapolables los datos y la experiencia de una continuidad personal: aquí y allá es la misma persona la que vive, realmente y no imaginativamente. Esta realidad personal es lo que se quiere indicar cuando se habla de la resurrección física de los muertos. Segunda afirmación del texto: la garantía de esa realidad personal es la realidad de Dios, vida sin mezcla de muerte. Desde el momento que la futura condición humana tiene su base y fundamento en la realidad de un Dios que no es empíricamente controlable ni demostrable, desde ese mismo momento tampoco lo es la realidad de nuestra futura condición. Por eso alguien con vista miope de realista y pragmático puede perfectamente negarla. Pero la miopía nunca es la perfección en vista.
El caminante cristiano sabe de su futura condición. Su caminar es pletórico, debido, entre otras cosas, a la certeza del sentido del camino. Lo que pasa es que hay certezas que sólo son tales desde una sensibilidad y un talante determinados, en este caso desde la sensibilidad y el talante nacidos de la sintonía y de la familiaridad con Dios, vida sin mezcla de muerte.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXX del tiempo ordinario

La Iglesia nos presenta esta celebración en el marco de la Jornada mundial y de colecta por la evangelización de los pueblos. Es lo que tradicionalmente llamamos el día del DOMUND. El Domingo mundial de las Misiones es decir, hoy es el día en que toda la Iglesia universal reza por la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con ellos en su labor, especialmente entre los más pobres y necesitados.

1. Textos y comentarios:

1. 1. Lectura del libro del Eclesiástico 35,15b-17. 20-22a.

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Este fragmento del libro del Eclesiástico se halla en un contexto que habla del culto y su relación con la vida. Siempre es una tentación del creyente pensar que Dios escucha más si el culto es más esplendoroso. El autor recuerda unas verdades que están en el origen de la fe judaica, son la experiencia del Éxodo: Dios escucha el grito de los oprimidos y se pone a su lado para defenderlos.

Como dice el Deuteronomio (10, 17), con una formulación solemne, el Dios único que está por encima de todo no hace acepción de personas, no se deja seducir por los regalos. Si lo hiciera, es evidente que lo tendrían mejor parado los ricos y los poderosos. Pero, al contrario, Dios escucha a los oprimidos, a los huérfanos y a las viudas, que son el "modelo" del pobre afligido que no tiene quien le defienda.

A Dios le llega el grito de auxilio de los justos (de los que se mantienen fieles a la alianza) y de los afligidos. Su grito "atraviesa las nubes", es decir, llega hasta el mismo Dios, sin intermediarios.

La esperanza del pobre desvalido está puesta totalmente en el Altísimo, en aquel que puede intervenir en favor suyo. Cuando Jesús anuncia el Reino de Dios con palabras y signos, está haciendo presente la intervención del Dios que ha escuchado las súplicas de los oprimidos y los gritos de los pobres.

El Salmo expresa la confianza en este Dios que escucha y se hace cercano a los que actúan según su voluntad y a los que se hallan desamparados por los hombres.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 33,2-3. 17-18. 19 y 23

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca,
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.

3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4,6-8.16-18.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí ante el tribunal, todos me abandonaron y nadie me asistió. -Que Dios los perdone-. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

Pablo es ya un anciano que está en la cárcel y espera la sentencia de muerte. No se hace ilusiones humanas, pero mantiene viva la esperanza en el Señor, que es un juez justo. Como todo hombre, teme la muerte; como creyente, la afronta con serenidad y la acepta como un sacrificio que ha de hacer a Dios y un retorno a la casa del Padre.

Pablo se acuerda de su vida, como un atleta que piensa en los incidentes de su carrera. Está contento porque ha sabido mantener encendida la antorcha de la fe hasta llegar a la meta, porque ha sabido luchar por esa fe y su combate ha sido bueno. Ahora confía recibir la corona merecida, la que el Señor tiene preparada para cuantos aman su venida al fin de los tiempos.

Las palabras de Pablo pueden parecer, a un lector superficial, muy semejantes a las del fariseo que se vanagloría de sus propias obras delante de Dios. Pero el tono es muy diferente, también la expresión: Pablo agradece al Señor la ayuda recibida para cumplir su misión en el mundo (v.17); además concluye su discurso dando toda la gloria al Señor (v.18). Ninguna de esas cosas hace el fariseo en su oración.

Esta "primera defensa" puede referirse a la primera cautividad de Pablo en Roma, en cuyo proceso, no obstante haber sido abandonado por todos, fue absuelto. Y después de conseguir la libertad, continuó su misión evangelizadora y llegó hasta los confines de la tierra prometida, hasta España (cf. Rom 15,24 y 28). Según otros comentaristas, puede tratarse también de la primera defensa en la segunda cautividad. Pablo perdona a los que le dejaron solo en el peligro ante los tribunales. Y no espera ya otra liberación que la definitiva. El Señor, que nunca le ha abandonado, le librará y le acogerá en su reino.

4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18,9-14.

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás: -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

En continuidad con la temática del domingo pasado, Lucas añade una parábola sobre la oración de un fariseo y de un recaudador. También en esta ocasión el centro de interés viene señalado al comienzo: la parábola va dirigida a los que, teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás.

Suprimiendo toda referencia personal concreta, Lucas abre expresamente el texto a todas las épocas y a todas las personas con conciencia de justas.

-Subir al templo a orar. El templo de Jerusalén estaba ubicado en un alto. Se podía orar a cualquier hora del día en los diferentes patios de que constaba el templo. Las nueve de la mañana y las tres de la tarde eran las horas de la oración pública. La postura para orar era de pie. Así, en efecto, lo hacen los dos personajes de la parábola, aunque la traducción litúrgica no lo ha recogido adecuadamente. El erguido del que en ella se habla a propósito del fariseo es exagerado.

La parábola contrapone dos figuras representativas del judaísmo de la época. El fariseo representa al judío observante, el recaudador, al judío pecador. En la historia que Jesús cuenta, cada uno de ellos ora desde su propio experiencia de vida: el fariseo, desde su justicia; el recaudador, desde su pecado. Lo que cada uno de ellos dice de sí mismo es verdad. Tal vez por eso lo verdaderamente significativo en la historia sea sólo el siguiente aspecto: el fariseo se compara con los demás; el recaudador ahonda en sí mismo. La parábola empalma así con el centro de interés señalado al comienzo del texto.El comentario de Jesús a la parábola remite también a ese comienzo, pero invirtiendo las situaciones: tenerse por justo no siempre coincide con serlo a los ojos de Dios.

Comentario. El trazado del camino cristiano de Lucas aparece una vez más afectando a áreas profundas de la estructura de la persona, tales como la autocomplacencia en las propias prestaciones, los derechos adquiridos en razón de las mismas y la tendencia a verse y entenderse uno a sí mismo en comparación con los demás. La parábola y el posterior comentario de Jesús los entiende Lucas como una invitación a revisar esas áreas, a las que tampoco escapa la personalidad religiosa, por más que ésta se revista a menudo de simpatía y de humildad. Vemos una vez más que la dificultad verdadera del camino cristiano consiste en cuestionar las estructuras mismas de la persona y sus bases de comportamiento. Por eso se explica que el cristiano sea una persona diferente.

En la conciencia cristiana existe una imagen distorsionada de los fariseos; de ellos conocemos poco y mal. Olvidamos, por ejemplo, que el texto de hoy no sirve para formarse una imagen del fariseísmo, porque se trata de una parábola, es decir, de un texto de choque y de trazos intencionadamente exagerados y caricaturescos. La parábola, sin embargo, presupone en sí misma mucha valentía al no proponer como modelo de oración a personas socialmente aceptadas por su piedad y sí, en cambio, hacerlo con personas tildadas de pecadoras. De paso que Lucas concede preeminencia una vez más a los socialmente marginados, consigue relativizar el valor de las apariencias.

Nos encontramos ante un "test" de vida cristiana. Actual y de todos los tiempos: esto es la parábola del fariseo y del publicano.

Jesús la pronunció por algunos que se creían buenos, que estaban seguros de sí mismos y que despreciaban a los demás. Tres características presentes hoy en la vida de muchos cristianos.

El fariseo de entonces y de todos los tiempos tiene una base doctrinal para su actuación. Él piensa: "en la medida en que cumpla la ley de Dios, en esa medida Dios me premiará y me salvará". La salvación para él no depende tanto de Dios cuanto de sí mismo, de su propia fidelidad, de su propia vida. Esto hace que para el fariseo la ley sea fuente de derechos ante Dios. Para él las obras buenas hacen al hombre bueno y merecedor, por derecho propio, de la propia salvación. Como consecuencia inmediata lo principal para el fariseo es la fidelidad a la ley y en el cumplimiento fiel de todos sus detalles fundamenta la confianza en sí mismo, otra de sus características, y de esta confianza se deriva la seguridad. Se creen "los buenos", los cumplidores, los religiosos, los perfectos. De aquí a despreciar a todos cuantos no cumplan la ley no hay más que un paso que no tardan en dar.

Este fariseísmo está hoy presente en nuestro mundo cristiano tanto a nivel individual, lo cual es grave, como a nivel comunitario, lo que es infinitamente peor.

A nivel individual debemos confesar que hemos educado muchas veces en fariseo a nuestros cristianos. Les hemos dado las leyes como norma fundamental de sus vidas. Como consecuencia tenemos unos cristianos cuya preocupación principal es el cumplimiento de lo mandado, cristianos que, porque han cumplido a la perfección la letra del precepto, ya están tranquilos, ya se sienten con derechos ante Dios, ya están seguros de sí mismos. Cristianos que piensan que sus obras buenas son como ingresos en una caja de ahorros celestial que podrán exhibir ante Dios para reclamar capital e intereses. Cristianos que, juzgando como pecadores a quienes no cumplen las leyes, con la minuciosidad con que ellos lo hacen, si no llegan a despreciarlos, al menos los compadecen y, comparándose con ellos, se creen en el fondo mejores… y hasta agradecen a Dios el serlo.

A nivel comunitario se da también el fariseísmo en la Iglesia de nuestros días. Fariseos son no pocos grupos cristianos, de carácter conservador o de carácter progresista, que se creen, como grupo, los buenos, los cumplidores, los fieles, grupos que, menospreciando a los otros los juzgan equivocados, dignos de conmiseración y sin espacio apenas en la comunidad de hermanos.

¡Ah!, eso sí: unos y otros piden por la conversión de quienes no piensan como ellos. ¿Dónde radica el mal del fariseísmo? En su propia visión de Dios a quien ven como un comerciante que vende cielo a cambio de obras; en su visión de Jesucristo y de su salvación, a la que no ven como una novedad gratuita, como justificación por amor sin pedir nada a cambio, sino solo fe. El fariseo no entiende la Redención.

Domingo 29 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXIX del tiempo ordinario ciclo C

1. Introducción

Orar para el cristiano debería ser tan natural como lo es hablar para el hombre; porque debería ser natural la necesidad de ponerse en contacto con Dios para decirle que le amamos y que le necesitamos. Ciertamente que, tal como se indica en la homilía, el hombre debe hacer un esfuerzo para hablar con Dios al no encontrar, inmediatamente, la relación directa que encuentra aquí con "el otro" a quien se dirige. Pero no es menos cierto que si tenemos una fe viva y operante crecerá la exigencia de acudir al Señor, y aun ejercitándose en un monólogo aparentemente sin respuesta, poner cerca de El todas las inquietudes de nuestra vida.

Jesús insiste cerca de sus apóstoles en la necesidad de orar. Por algo será. Y hasta se toma el trabajo de enseñarles cómo hay que hacerlo y qué es lo que hay que decir cuando se dirijan al Padre.

2. Lecturas y comentario

2.1. Lectura del libro del Exodo 17,8-13.

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué: -Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano.Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec; Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec: Y como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase; Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Rafidim es el final de una de las etapas que hace el pueblo de Israel en su peregrinación hacia el Sinaí. La ruta del desierto es dura, pero absolutamente necesaria para alcanzar la liberación, la tierra de promisión. En los caps. 16 y 17 del Éxodo se esquematizan tres tipos de peligros que amenazan la supervivencia del pueblo en su ruta por el desierto, tras la salida de Egipto: el hambre (cap. 16), la sed (17,1-7) y la guerra (18, 8ss.). Son el precio necesario de una libertad que hay que conquistar diariamente.

La lectura de hoy recoge un episodio de guerra. Amalec es enemigo tradicional de Israel, pueblo vagabundo del desierto que se dedicaban a la rapiña. Descendía de la rama de Esaú (Gén. 36,12) y se movía por la región del Sinaí atacando a los habitantes del sur de Palestina (Núm. 13,29;1 Sam.27,8 ss.).

Ante el peligro se organiza el combate: Josué hará de general y Moisés observará la batalla desde lo alto del monte. Tal vez la lucha tuvo lugar en algún oasis del desierto, pero no lo sabemos, ya que el narrador no está interesado en la descripción del combate, sino en presentarnos a Moisés. El éxito o fracaso de la lid dependen de él: la victoria o la derrota guardan relación directa con el gesto de tener levantados o no los brazos. ¿Y qué significado encierra este gesto? Las respuestas no pueden ser más variopintas en la historia de la exégesis: Tanto los judíos como los primitivos cristianos lo aplicaban a la oración. En un sentido más profundo lo que sucedió realmente en aquella ocasión es algo muy importante en toda época: la radical verdad de la comunicación entre Dios y el hombre. El narrador escribe desde el presupuesto de una cosmovisión integral, en la que Dios y el hombre son igualmente protagonistas de la historia. Esta historia está simbolizada en el gesto de los brazos levantados en alto.

2.2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 120,1-2. 3-4. 5-6. 7-8

R/. El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?,
el auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha,
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 3,14-4,2.

Querido hermano:Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado; sabiendo de quién lo aprendiste, y que de niño conoces la Sagrada Escritura: Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía.

Después de haber recordado a Timoteo las maravillas pasadas de la evangelización (2 Tm 1.) y expuesto las dificultades presentes (2 Tm 2.), Pablo pasa a enfocar el futuro y sus peligros: herejías y corrupción de la doctrina, apostasías y persecuciones, signos, según él, del combate decisivo entre el bien y el mal. Preocupado por armar a su discípulo con vistas a las luchas que tendrá que librar, le manda que huya de los herejes (2 Tm 3. 1-9), que imite su ejemplo y que siga su doctrina (2 Tm 3. 10-14). Que se instruya también en la Sagrada Escritura (vv. 15-16). Y que, "equipado" de esa forma (v.17), hable "a tiempo y a destiempo" (v.2).

Estos versículos son los más explícitos del N.T. en torno al alcance y al valor de las Escrituras. Pablo empieza recordando a Timoteo que toda su educación se ha desarrollado a la manera judía, a partir de las santas letras (v.15): su formación no se apoya sobre teorías o fórmulas mágicas como las que montan los herejes, sino que se apoya sobre documentos, sobre "escrituras".

Por otra parte, esas Escrituras encierran una eficacia por sí mismas: no sólo proporcionan un conocimiento filosófico o cósmico, sino una "sabiduría" que no es otra que la "fe". Es, pues, normal que quienes hacen profesión de instruir a los demás se apoyen sobre las Escrituras en sus tareas docentes (v.16), ya se trate de la didascalia, de la apologética o de la ética.

El hombre de Dios (v.17) que explicita las múltiples virtualidades de las Escrituras y cuenta con su eficacia es un "hombre completo", realmente equipado para su ministerio. Pablo subraya de paso que las Escrituras están inspiradas (v.16): sus palabras tienen un valor que las distingue de las palabras humanas, puesto que están formuladas con el poder del Espíritu que ha dirigido a los profetas. Esta precisión va destinada a explicar por qué las Escrituras son útiles al predicador y por qué es importante que se impregne de ellas. Esta afirmación de la prioridad de las Escrituras en la formación y la enseñanza del apóstol encuentra afortunadamente su eco en el movimiento bíblico de nuestro tiempo. La presencia de Dios en la historia de la salvación, tal como nos la relatan las Escrituras y que ha tenido su culminación en Jesucristo., es el cobijo por excelencia con que cuenta la fe y la esperanza del cristiano.

Pero un auténtico conocimiento de la Escritura sólo lo consigue el creyente que está no menos preocupado por leer la presencia de Dios en el hoy del mundo y los compromisos de los hombres. La Escritura es regla de la fe, pero es la lectura de los "signos de los tiempos" lo que desentraña toda su actualidad.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18,1-8.

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó; pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»Y el Señor respondió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

Los evangelios de hoy y del próximo domingo nos presentan cada uno una parábola relacionada con la plegaria: hoy la del juez inicuo y la viuda y el próximo domingo la del fariseo y el publicano. La finalidad principal de la parábola que hoy leemos es la enseñanza sobre cómo debe ser la verdadera oración: perseverante y humilde; la misma introducción a la parábola nos da ya esta orientación: "para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse".

El protagonista de la parábola es una viuda que acude a un juez para que le haga justicia, seguramente, en cuestiones monetarias o de herencia, contra un adversario mucho más rico, poderoso e influyente que ella, ante el cual no tiene otra arma más que su constancia y tesonería. En el mundo bíblico la viuda equivale a la mujer casada que perdió no sólo al esposo sino también y especialmente el soporte financiero de algún miembro masculino de su familia y necesita, por tanto, protección legal. El acento recae, por tanto, en lo que nosotros llamaríamos secuelas de la viudez. Su condición era considerada incluso como un oprobio. La viuda era la imagen más viva del dolor y de las lágrimas. El juez, finalmente, cede. Lo hace a causa de las molestias que le provocan las continuas quejas de la mujer. Quiere que le deje en paz de una vez.

Si la parábola está centrada sobre todo en la actitud de la viuda, la aplicación que Jesús hace de ella se fija en el juez. Los oyentes de Jesús deben dar un salto y trasladar la conclusión del juez a Dios: si este juez injusto, movido puramente por un motivo egoísta, es capaz de escuchar, ¿habrá alguien capaz de imaginar que Dios no escucha siempre a todos y especialmente a sus elegidos, a los pobres y necesitados? De este modo pasamos de las cualidades que debe tener la oración, tema de la parábola en sí misma, a la seguridad y confianza de que esta oración siempre será escuchada, tema principal de la aplicación puesta en labios de Jesús, en la que el juez es presentado como figura contrastante con el modo de actuar de Dios.

Los discípulos de Jesús, ¿serán capaces de mantener la fidelidad a su Señor durante todo este tiempo en que esperan su retorno, tiempo a veces de dudas y oscuridades? Esto debe preocuparles mucho más que el querer saber si su oración es escuchada por Dios, sobre lo cual no deben tener ninguna duda.

Domingo 28 del TIempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario ciclo c

1. Introducción

Casi siempre nuestra oración es de petición, Esperamos recibir de Dios lo que pedimos pues, equivocadamente, creemos que nos lo hemos ganado. La liturgia de la Eucaristía, que siempre es acción de gracias, nos presenta hoy gratitud de los hombres por el don recibido. Su actuación revela la calidad de su corazón.

2. Lecturas y comentario

2.1. Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 14-17

En aquellos días, Naamán de Siria bajo al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedo limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: – «Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.» Eliseo contesto: – «¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada.» Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo: – «Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor.»

La escuela deuteronomista que recopiló los relatos de Eliseo no pretendió presentarnos una biografía de este profeta, simplemente se contentó con plasmar en su escrito el eco, la fama que este hombre de Dios dejó entre los habitantes de su pueblo. Historia y leyenda se mezclan sin que podamos deslindarlos con claridad; pero lo importante es dejar patente que Dios actúa a través de sus profetas.

El texto de la curación de Naamán (5,1-27) es uno de los relatos milagrosos (¿hasta dónde llega la historia y la leyenda?) del ciclo de Eliseo. Los contrastes son muy frecuentes a lo largo de este capítulo: orgullo de Naamán enfermo (v.11) y su humildad después de la curación (v.15); desprendimiento de Eliseo (v.16) y afán avaricioso de su siervo (vs.20ss); al comienzo Naamán es el enfermo, al final lo será el siervo de Eliseo.

En la primera parte se muestra en vs.1-5a. La paz reina entre Israel y Siria, pero no es estable (v.2). El general sirio Naamán tiene una enfermedad cutánea (no se trata de lepra, ya que en este caso debería estar apartado de la sociedad, Lv.15,5). Los médicos y magos sirios no han podido hacer nada; sin embargo una pobre esclava le sugiere confiarse a los cuidados de un profeta hebreo. ¡No es poco el aceptar el consejo de una esclava y acudir a un profeta extranjero! Es el eterno mensaje bíblico de que en la debilidad radica la fuerza. Dios escoge lo débil para confundir al poderoso.

En una segunda parte los vs.5b-8. El rey de Israel, al recibir el mensaje del sirio, se indigna y cree que es un mero pretexto para declararle guerra. El no es un Dios para poder curar la enfermedad. Eliseo le increpa y desea el encuentro con Naamán para que éste pueda descubrir al verdadero Dios. El poderoso rey de Israel no ha encontrado a Dios porque desprecia al profeta.

En una tercera parte los vs.9-12. A este descubrimiento de Dios no se llega a través de la grandeza: Naamán llega con todo su lujo y el profeta ni siquiera le recibe sino que le envía un mensajero con el encargo de lavarse en el río Jordán. Se trata de un test puesto por el profeta a la fe de Naamán, pero el mandatario sirio no lo entiende sino que cree que el profeta le insulta premeditadamente. Naamán, tampoco ha encontrado a Dios ya que no ha descubierto aún al profeta. Le considera socialmente inferior, y debería salir a recibirle. ¡Qué ironía la del autor! ¡Cómo si Dios tuviera en cuenta las clases sociales! Tampoco Naamán podrá encontrar a Dios a través de un mero ritual: invocación de Dios+tocar la parte enferma. Dios está por encima de todo rito religioso.

En una cuarte parte: vs.13.20a. El Naamán furioso y orgulloso sólo encontrará la salvación al aceptar la palabra del profeta a través de la insinuación de unos siervos (nuevamente aparece esta clase social como en el cuadro primero). Así obtiene su curación y, lo que es más importante, ha encontrado a Dios (v.15: "ahora reconozco que no hay más Dios en toda la tierra que el de Israel").

Termina el relato con la no aceptación de dones por parte del profeta (tampoco con ellos se encuentra a Dios) y que sirve para contraponer la actitud de Eliseo a la de su siervo.

Hoy también nosotros como Iglesia enferma, jerarquía y pueblo, ¿qué medios utilizamos para encontrarnos con Dios? ¿La voz del pueblo sencillo que insinúa o la de los poderosos con sus riquezas, rituales y grandilocuencias? También sería irónico que no nos encontráramos con el Médico y Pastor.

2.2. Salmo Responsorial

Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4 (R.: cf. 2b)

R. El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cantico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo. R.

EI Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera,

gritad, vitoread, tocad. R.

2.3. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 8-13

Querido hermano: Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada: Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna. Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará, Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

En medio del sufrimiento, la imagen de Cristo nos trae el recuerdo de su resurrección. La vida del cristiano debe estar, por la fe, apoyada en Cristo resucitado. El camino de muerte y resurrección, que experimentó Cristo, debe alentar al cristiano en todas las situaciones y dificultades de la vida.

Pablo sufre en su cuerpo como un vulgar malhechor. Sufre particularmente porque se siente impotente para proclamar la Palabra. Pero se consuela en el valor de sus sufrimientos, que hacen que la Palabra de Dios no esté encadenada. Sus padecimientos no son estériles, pues tienen un inmenso valor en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo (Col 1.24). Hemos de estar seguros de la correspondencia entre nuestros padecimientos y los de Cristo, entre nuestra glorificación y la suya. Nosotros morimos con Cristo en el bautismo, inicio de una serie de muertes continuas que nos darán el derecho a participar en su resurrección. Nuestra celebración eucarística nos congrega en torno a Cristo, muerto y resucitado, y nos invita a hacer nuestra esta muerte, para así poder vivir su plena resurrección.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: – «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: – «Id a presentaros a los sacerdotes.» Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: – «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Y le dijo: – «Levantate, vete; tu fe te ha salvado.»

La lepra bíblica comprende una serie de enfermedades de la piel y no sólo la lepra en sentido propio. Los judíos consideran estas enfermedades como un castigo especial de Dios. De ahí que el leproso fuera tratado como un muerto para la sociedad y se le obligara a vestir como se vestía a los muertos: ropas desgarradas, cabelleras sueltas, barba rapada. No se les permitía habitar dentro de ciudades amuralladas, pero sí en las aldeas con tal de no mezclarse con sus habitantes. Por eso, vivían en las afueras de los pueblos. Todo lo que ellos tocaban se consideraba impuro, por lo que tenían obligación de anunciar su presencia desde lejos. Eran "impuros’ ritualmente y vivían una especie de vida de excomulgados. Caso de obtener la curación, necesitaban presentarse a los sacerdotes y someterse a una especie de reconciliación cultual con la comunidad. Entonces los sacerdotes les daban de alta. En la respuesta de Jesús a los enviados de Juan Bautista, el Señor indica la curación de los leprosos como señal mesiánica y cumplimiento de las promesas que ya anunció Isaías (35,8).

La desgracia común une a los desdichados. Estos leprosos habían superado la tradicional enemistad entre judíos y samaritanos: forman un solo grupo. La fama de Jesús había llegado hasta los proscritos de la sociedad, hasta los leprosos. Jesús manda a los leprosos que se pongan en camino para ser reconocidos por los sacerdotes. Antes de curarlos, los somete a prueba y les exige un acto de fe. Sólo el samaritano vuelve para alabar a Dios y reconocer en Jesús al Rey-Mesías. La postración delante de Jesús no es una adoración, sino el reconocimiento de esta realeza mesiánica.

Los otros nueve no vuelven. Parece como si vieran natural que en ellos, hijos de Abrahán, se cumplieran las promesas mesiánicas. Pero, al decir Jesús al samaritano, al extranjero, "tu fe te ha salvado", nos enseña que el verdadero Israel se asienta en la fe agradecida.

El Reino está entre nosotros.

Lucas añade una discusión entre Jesús y los fariseos sobre la fecha de la venida del Reino. Éstos creían que el Reino sólo llegaría cuando el pueblo hubiera alcanzado la perfecta observancia de la Ley de Dios. Sería una recompensa de Dios por el buen comportamiento de la gente. Jesús dice lo contrario: la llegada del Reino no es como la llegada de los reyes de la tierra. Para Jesús. ¡El Reino de Dios ya ha llegado! Está entre nosotros, independientemente de nuestro esfuerzo o mérito. Jesús tiene otro modo de ver las cosas, tiene otra forma de ver la vida: prefiere al samaritano que vive en gratitud a los nueve que creen que merecen el bien que reciben de Dios.

El significado del gesto del Samaritano para las comunidades de Lucas: la mayoría de sus miembros procedían del paganismo. Después de acoger el Evangelio y ser bautizadas, soportaban el desprecio de los cristianos de origen judío. La mancha de haber sido paganos permanecía. También era ésa la experiencia del samaritano. Fue curado de la lepra y ahora podía participar de la comunidad. Pero continuaba la mancha de ser samaritano que nadie podía curar. La experiencia de ser un eterno marginado le aumenta la capacidad de reconocer el don de la acogida que le da Jesús. Por eso, vuelve para agradecer.

La acogida que se les da a los samaritanos en el evangelio de Lucas: para Lucas, el lugar que Jesús da a los Samaritanos es el mismo que las comunidades deben dispensar a los paganos. Jesús presenta un Samaritano como modelo de gratitud (Lc 17.19-19) y de amor al prójimo (Lc 10.30-33). Debía de ser muy chocante, porque los samaritanos y los paganos eran lo mismo para los judíos. No tenían acceso a los atrios interiores del templo de Jerusalén y no podían participar del culto. Se les consideraba portadores de impureza. impuros desde el seno materno. Sin embargo la Buena Noticia se dirige, en primer lugar, a las personas y grupos considerados indignos de recibirla. La salvación de Dios que nos llega por Jesús es puro don. No depende de los méritos de nadie. La lepra y la búsqueda de la pureza en tiempo de Jesús: los leprosos eran marginados, despreciados y excluidos del derecho de convivir con sus familias. Según la ley de pureza, tenían que andar con la ropa rasgada y los cabellos desgreñados e ir gritando: "¡Impuro! ¡Impurol! (Lv 13.45-46). La búsqueda de la cura significaba para los leprosos lo mismo que la búsqueda de la pureza, para poder integrarse en la comunidad y entrar en el santuario.

Me preparo para orar…

La invitación está ya clara en mi corazón: el Amor del Padre me espera, como aquel único samaritano que ha vuelto lleno de gozo y de agradecimiento. La Eucaristía de mi sanación está lista ya; la sala de arriba está adornada, el banquete está preparado, el cordero ha sido inmolado, el vino ha sido servido… mi lugar está listo. Vuelvo a leer con atención el pasaje deteniéndome en las palabras, en los verbos, miro los movimientos de los leprosos, los repito, los hago míos, yo también me muevo, hacia el encuentro con el Señor Jesús. Y me dejo guiar por El, escucho su voz, su mandamiento. Yo también voy hacia Jerusalén, hacia el templo, que es mi corazón y al realizar este santo viaje vuelvo a pensar en todo el amor que el Padre me tiene. Me dejo envolver por su abrazo, siento en mi alma la sanación… Y por esto, lleno de alegría, me levanto, vuelvo atrás, corro hacia la fuente de la verdadera felicidad que es el Seños. Me preparo para decirle gracias, para cantarle el cántico nuevo de mi amor para con El. ¿Cómo devolveré al Señor todo el bien que me ha hecho? …