Primer domingo de cuaresma – Ciclo A

Domingo primero de cuaresma, ciclo A

1. Introducción

La liturgia de este primer domingo de Cuaresma une la figura de Cristo con la de Adán. Somos solidarios el uno con el otro, escribe san Pablo en la carta a los Romanos. Solidarios en el pecado en Adán y solidarios en la salvación y la gracia en Cristo Jesús. En la primera lectura, nuestros antepasados hebreos sucumbieron en el desierto ante los ataques de la serpiente; en el Evangelio, Jesús triunfa sobre el demonio. Al principio de este tiempo de Cuaresma, reconocemos nuestro pecado. Con el Salmo, le pedimos a Dios que los borre y nos conceda la alegría de ser salvos.

2. Oración

Oh Dios que sabes que nuestra vida humana está sometida a tantos influjos, presiones, tentaciones, repulsiones… y también a tantos estímulos, inspiraciones y buenos ejemplos; te pedimos que la atracción y el influjo del bien sea mucho más fuerte en nuestra vida que la tentación y la fuerza del mal, y que el ejemplo modélico de Jesús nos ayude a seguirle por el camino del amor y del bien. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

3. Lectura del libro del Génesis 2,7-9; 3,1-7.

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló, en su nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: -Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte». La serpiente replicó a la mujer: -No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

La página de hoy quiere contestar esas graves preguntas: ¿de dónde procede el mal? ¿Por qué el hombre es malo a veces? ¿Por qué es penoso el trabajo? ¿Por qué la muerte?

La serpiente era el más astuto de todos los animales.

El término serpiente es «arum» en hebreo. El término mismo es simbólico porque también significa «astuto» y «desnudo». La serpiente es a la vez temible porque ataca por sorpresa, pero está desnudo, desarmado, sin caparazón, ¡nada protege su piel! Hemos de dar muestra de tener inteligencia para captar la sutileza del relato. En el Antiguo Oriente se adoraban las serpientes. La Biblia las desmitifica y las considera símbolo del «Adversario» del hombre y de Dios. A través de imágenes concretas el sabio nos previene de los mecanismos del mal que se infiltra en nosotros. Si somos perspicaces descubriremos la fina psicología de la tentación y eso nos ayudará a ser prudentes y saber vencerla. Sed más astutos que la misma «astucia», parece sugerirnos el narrador.

-«¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Esas primeras palabras contienen ya toda la maniobra. Dios no ha prohibido comer de todos los árboles. Por el contrario los ha dispuesto todos para que el hombre comiera de ellos. Pero el tentador, olvidando ese «don» fabuloso, concentra toda su atención en lo único «prohibido»: Así Dios, en lugar de ser «el que ama y lo da todo al hombre» es presentado como «el que traba, el que prohíbe ciertas cosas al hombre».

-«¡De ninguna manera moriréis! Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» La astuta «serpiente» sugiere que Dios tiene celos. Dios quiere impedir que seáis felices, sabios como El.

Dios quiere retener para sí sólo, su propia naturaleza. Es patente a qué profundidad se sitúa este relato aparentemente infantil: la raíz del pecado no es simplemente la desobediencia a Dios, es una deformación de la imagen misma de Dios. Es una «anti-fe», un «anti-Dios» un «contramensaje»: ¿os imaginábais que Dios era superior a vosotros, teníais miedo de él y de sus prohibiciones? Ved, en cambio, como está buscando sus intereses. ¡El es quien tiene miedo de vosotros!

Toda la revelación, que se irá desarrollando a través de la Biblia y del Evangelio, será el desenvolvimiento de ese pensamiento teológico admirable: es gran verdad que el hombre esta destinado a «compartir la naturaleza divina» (2 Pedro 1,4)… es gran verdad que el proyecto de Dios es «dar al hombre la vida eterna»… Es gran verdad que la Encarnación de Dios en la carne es el medio para ello…

Pero todo esto es un «don gratuito» de Dios y no una conquista orgullosa del hombre. Así, lo contrario del pecado es la «fe». Se trata de restablecer para el hombre la relación falseada y rota. Se trata de restablecer la confianza. Es preciso «corresponder» a lo que Dios quiere para nosotros. Hay que aceptar recibirlo todo de El: la fe es esto.

-La mujer tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban «desnudos». ¡Oh desencanto! Están ahora «desnudos» como la serpiente… lo estaban ya antes, pero ahora lo saben: son frágiles, indefensos.

¿De dónde procede el mal? De la fragilidad humana. El hombre no es Dios. Sólo Dios es perfecto. Todas las cosas creadas son sólo creaturas.

¿De dónde procede el mal? De un Adversario hábil. Este texto sugiere que el hombre es juguete de «fuerzas que le sobrepasan». Satán, el diablo… viene a añadirse a la fragilidad de la libertad humana.

4. SALMO RESPONSORIAL

Sal 50,3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

R/. Misericordia, Señor, hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

5. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5,12-19.

Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… [Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total; la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.] Si por la culpa de aquél, que era uno sólo, la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo. En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

El pecado entró en el mundo, y por el pecado vino la muerte”. Era de la muere que Dios quería proteger a Adán y a Eva. La prohibición no estaba ligada al hecho de tener o no el conocimiento sino al hecho de que la desobediencia conduce a la muerte. “Y la muerte ha pasado a todos los hombres por el hecho de que todos han pecado”, agrega Pablo. “Todos”, es decir, según las categorías de Pablo, los judíos y los paganas. En los capítulos precedentes, Pablo habla del pecado de los paganos que no han sabido reconocer al Dios creador en la belleza de sus obras (1,18ss). En cuanto a los judíos, ellos ponen su orgullo en la Ley mientras al mismo tiempo que la incumplen (2,17-24). Es así como para Pablo, tanto judíos como paganos están bajo las garras del pecado (3,9). Pero si en Adán, la multitud está tocada por el pecado, la muerte y la condenación, en Jesús, el don sin medida de Dios, esa misma multitud recibe la gracia, la vida, la justificación. Pablo pone en evidencia la solidaridad humana de la cual hablará en otros términos en 1ª Corintios 12,12ss: la unidad del cuerpo y la diversidad de los miembros. En fin, en el versículo 19, Pablo nombra el pecado que ha traído la muerte: la desobediencia, a fin de poner en evidencia la obediencia del Hijo de Dios por la cual ha sido salvado el mundo y él ha sido glorificado (ver Filipenses 2,7-8).

6. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 4,1-11.

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás, al Señor, tu Dios. Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

Con una frase característica de la narración bíblica, Mt nos presenta a Jesús en una situación de tener que decidir. Se tienta a uno en sentido bíblico, cuando se le coloca en una situación en que deberá dar buena prueba de sí o decidirse o al menos manifestarse. El marco y las circunstancias de la tentación de Jesús recuerdan la pasada historia del pueblo de Israel. «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones, si guardas sus preceptos o no» (Dt 8,2). Es muy probable que Mateo pensara en este texto al escribir el suyo, poniendo una vez más de manifiesto la matriz histórica en que Jesús se mueve y a la que da sentido y plenitud. Las pruebas de Jesús son tres, todas ellas puntualmente superadas haciendo suyos sendos pasajes del Dt, el viejo libro que contiene la Constitución del Pueblo de Israel.

Considerado globalmente, el texto es un desafío a Jesús para que elija sus prioridades como libertador prometido por Dios, como Mesías.

En primer lugar está la tentación de construir la nueva sociedad mediante medios económicos, convirtiendo las piedras en panes. Había ciertamente abundancia de personas hambrientas en el mundo que habrían aceptado gustosas ese pan, viniera de donde viniera. Jesús mismo conoció sin duda las estrecheces y el hambre. Además, el A.T. había descrito con frecuencia la nueva sociedad como una época de gran prosperidad material en la que los hambrientos serían alimentados y las necesidades de cada uno serían satisfechas. Había por eso abundantes y buenas razones para que Jesús se interesara por ello. Una palabra de Dios al pueblo de Israel en un momento crucial de su pasada historia ayudó a Jesús a vencer la tentación: «no sólo de pan vive el hombre». No es que Jesús deje de reconocer que el pueblo tiene necesidades económicas; más bien reconoció, por una parte, que no era ésta su más profunda necesidad y, por otra, que no era esto lo que Dios quería que fuera el objetivo principal de su obra. De hecho, Jesús proveyó posteriormente de alimento al pueblo hambriento. Pero sabía que ésta no debía ser la principal finalidad de su obra.

Una segunda tentación fue la de arrojarse abajo, sin hacerse daño, desde la torre del templo al concurrido atrio. Habría sido cosa fácil demostrar que era el Mesías obrando milagros, porque lo milagroso e insólito tenía y sigue teniendo un especial atractivo. También aquí había para esta tentación algo más que la simple lógica de la situación, pues existía efectivamente una profecía en el A.T. acerca del Mesías que aparecería de repente y de un modo dramático en el templo (Ml 3. 1-3). Había también una promesa en el salmo 91 que decía que Dios protegería a aquellos que le pusieran a prueba. ¿Y no era éste el momento de hacerlo? Si Jesús era realmente el Mesías, podía entonces con toda seguridad esperar que Dios cumpliera honorablemente sus promesas. Una idea muy seductora.

La respuesta a ella vino del mismo tiempo crucial de la pasada historia de Israel: «no pondrás a prueba al Señor tu Dios». El contexto de la promesa de Dios en el salmo 91 aclara que ésta era válida sólo para aquellos que vivían en obediencia a la voluntad divina. Y para Jesús hacer la voluntad de Dios significaba servicio y sufrimiento, y no el uso arbitrario de las promesas de Dios para sus propios fines personales y egoístas. Por eso rechazó la tentación de ser reconocido como el salvador prometido por Dios mediante un despliegue del poder de hacer milagros. Naturalmente que los obró, pero también dio a entender claramente que los milagros eran signos vivos de su mensaje: no eran el mensaje mismo.

La tercera tentación consistía en ser un Mesías político. No cabe la menor duda de que ésta debió ser la tentación más fuerte. Después de todo, esto era precisamente lo que los judíos esperaban del Mesías. También creían comúnmente que ellos gobernarían a todas las demás naciones en la nueva era que iba a seguir, y Jesús fue tentado para que aceptase la autoridad de Satanás con el fin de conseguir el poder sobre el mundo. La idea apareció todavía más viva mediante una visión del esplendor de los reinos del mundo, pero Jesús se dio cuenta de nuevo de que esto era muy diferente de la nueva sociedad que tenía que inaugurar. No es que Jesús no sintiera simpatía por el profundo deseo de libertad que experimentaba su pueblo. Después de todo, Él mismo vivía bajo la tiranía de Roma. Había trabajado con sus propias manos para producir lo suficiente para pagar los impuestos romanos. Conocía muy bien la miserable condición de sus compatriotas, pero rechazó el mesianismo político por dos razones: primeramente rechazó las condiciones en que el demonio se lo ofrecía: compartir soberanía con él. Si Jesús aceptaba que el demonio tenía autoridad sobre el mundo, entonces se le otorgaría una autoridad política limitada a cambio. Esto era algo que Jesús no podía aceptar. Su propio compromiso, y el que exigió a sus seguidores, era exclusivamente con Dios, como soberano y señor. Reconocer el poder del demonio en cualquier área de la vida habría sido negar la suprema autoridad de Dios.

Pero, además, a Jesús se le ofrecía la posibilidad de gobernar con la autoridad y la gloria de un imperio semejante al de los romanos. Y él sabía que ésta no era su misión. Sabía también que la ley de Dios nunca podía imponerse desde fuera en la vida de los hombres y en la sociedad. Si había una lección que aprender de la historia de su pueblo era ésta. Poseían todas las leyes del A.T., pero una y otra vez se habían mostrado totalmente incapaces de cumplirlas. Jesús veía que lo que los hombres necesitaban era entregar su voluntad y libre obediencia a Dios, y de este modo recibir la libertad moral para crear la clase de sociedad nueva que Dios quería que tuvieran.

Esta tercera tentación fue, ciertamente, la más fuerte y apremiante, y fue también rechazada del modo más decidido: «¡Apártate, Satanás!» Jesús no trataba de imponer un nuevo autoritarismo para reemplazar al viejo autoritarismo de Roma. Su nueva sociedad no iba a ser un gobierno tiránico y cruel como muchos judíos preveían, sino algo que brotaría de la nueva e íntima naturaleza de aquellos que formaban parte de ella, puesto que servían y adoraban a Dios únicamente.

7. Tres sugerencias prácticas para este tiempo de Cuaresma De lo anterior deducimos tres mensajes fundamentales que nos permiten permanecer con Jesús en estos cuarenta días.

(1) En el desierto Jesús hace una gran vigilia en la que ora constantemente. Ante todo se nos propone una intensa vida de oración como primera y última condición para la conversión cuaresmal, en el progreso espiritual de la santidad. Convertirse significa buscar siempre y de nuevo el perdón del Padre, quiere decir orar ininterrumpidamente sin cansarse. Es la oración intensa la que nos hace crecer en la gracia de la vocación bautismal, que nos ayuda a poner siempre ante el Señor nuestra fidelidad y nuestras negligencias, a entregarle nuestra pereza, nuestra poca fe y poca esperanza. Es la oración la que, día tras día, nos va familiarizando con el modo de pensar y de actuar de Dios, dándonos valentía y fuerza interior para que tomemos distancia de criterios de vida que hacen daño.

(2) En el combate con Satán, Jesús muestra que se toma en serio la Palabra de Dios. Por eso estrechamente conectado con el ejercicio de la oración se nos propone la escucha de la Palabra de Dios; escucharla y tomarla en serio. La Palabra es lámpara que ilumina los pasos de nuestro camino, alimenta nuestra oración y, junto con la comunión eucarística, nos sostiene y nos da fuerza. La palabra nos enseña a amar, a perdonar, a reconciliarnos, a llevar a cabos gestos de solidaridad, a acordarnos de los más pobres y todos los que sufren.

(3) Finalmente se nos propone un primer alto sincero ante Dios y nosotros mismos para que revisemos con lucidez cómo va nuestra vida. La página de las tentaciones y la victoria de Jesús nos estimula para que hagamos un examen de conciencia personal y comunitario: ¿cuáles son los factores que arruinan la comunión, que generan dolosas separaciones y distanciamientos con Dios, con las personas que amamos y con nuestros hermanos de comunidad? Este ejercicio de discernimiento de dónde están nuestras tentaciones nos ayuda por una parte a desenmascarar las falsas seguridades que nos impiden la conversión interior; y por otra, nos asegura que podemos vencer cualquier tentación si permanecemos unidos a Jesús y en la escucha de la Palabra de Dios. Todos tenemos tentaciones, es importante que tomemos conciencia de cómo funcionan. Pero la buena noticia de este domingo no está en el hecho de que sepamos que tenemos tentaciones sino que podemos vencerlas, que estamos llamados a ser victoriosos en Cristo Jesús.

La finalidad de nuestro camino cuaresmal es que nos hagamos cada vez más hijos en este Hijo perfecto del Padre, que nos realicemos en él, que pongamos nuestros ojos en él para contemplarlo, imitarlo y seguirlo hasta el final.

8. Oración

Señor, tú que animas nuestra fe, consolidas nuestra esperanza y fortaleces nuestro amor, haz que apostemos siempre por el bien, la justicia y la paz, de modo que tu Reino crezca siempre, superando toda tentación de construir este mundo y esta sociedad sin contar contigo en nuestra vida. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Domingo 9 del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo noveno del tiempo ordinario Ciclo A

1. Oración:

Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca; y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor.

La palabra es medio de comunicación, es decir, medio para compartir cultivado el mundo que nos ha sido dado en estado bruto. Sin embargo, hemos mercantilizado también la palabra, despertando la codicia de todos. Y unos pocos, los fuertes, se la han apropiado, sumiendo a la mayoría en el silencio. Ya no es medio de comunicación, sino de dominación.

2. Lectura del libro del Deuteronomio 11,18.26-28.

Moisés habló al pueblo diciendo: Meteos mis palabras en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra frente. Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios y os desviáis del camino que hoy os marco, yendo detrás de dioses extranjeros que no habíais conocido.

Este pasaje se sitúa dentro del conjunto 4, 45-11, 32 que es el segundo de los discursos de Moisés, según el Dt. En este c. 11 se viene a tratar de la promesa de la tierra como motivo para el cumplimiento de la alianza. La donación de la ley está íntimamente relacionada con la promesa de la tierra (cf 4, 1.5. 14. 21. 25. 38. 40). Por eso mismo, el cumplimiento de las palabras de Dios, de lo esencial de la ley, será requisito imprescindible para poseer la herencia que Dios promete.

Posteriormente, la interpretación de este texto dio por resultado el uso de las filacterias (pequeñas bolsas que contenían el texto sagrado) para el brazo izquierdo y la frente. Contenían cuatro pasajes esenciales de la ley (entre ellos este de Dt 11, 18) y una parte del shemá (Dt 6, 4-9). En tiempo de Jesús, esta costumbre estaba todavía muy en uso. Jesús criticará la ostentación y el exceso que conducía a alargar las filacterias (cf. Mt 23, 5). De todos modos, el texto es una exhortación a ir penetrando hondamente en el misterio de la palabra, guía de la vida del que cree.

En la formulación de la alianza, la bendición y la maldición son sanciones definitivas y se han de tomar absolutamente en serio; tienen un contenido más real que en nuestras culturas occidentales. Las partes contratantes o los vasallos (en los tratados de vasallaje) las recitaban sometiéndose a ellas.

Numerosas veces se hablará de estas bendiciones y maldiciones (cf. 7, 12-15; 27-11-28, 46), ya que en ellas están concentrados todos los deseos de trascendencia del creyente israelita. Se insiste fuertemente en el carácter existencial de la celebración de la alianza. Hay que tomar una decisión concreta y definitiva. Celebrar la alianza sin consecuencias en la vida es algo desprovisto de valor (cf. 3a lectura). Esta presentación bajo la forma de “dos caminos” de actuación pertenece al fondo del AT y de la tradición del bajo judaísmo (cf. Didajé 1, 1; 1 QS 4; Mt 7, 13-14).

La serie homilética comenzada en el c. 5 con las “diez palabras” termina aquí con estas maldiciones y bendiciones, según el clásico esquema de alianza. Desviarse de “los preceptos” es como ser un pagano, como adorar a dioses extraños. Hacer de la fe una teoría vacía es vivir como un pagano.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 30,2-3a. 3bc-4. 17 y 25

R/. Sé la roca de mi refugio, Señor.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo;
inclina tu oído hacia mí,
ven aprisa a librarme.

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 3,21-25. 28.

Hermanos: Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley.

Empezamos la lectura de la carta a los Romanos, que seguiremos a lo largo de 15 domingos después del tiempo de Pascua. Esta carta, de importante contenido teológico, es un desarrollo de la reflexión misionera del apóstol, que se centra en el descubrimiento de lo que significa que en este momento, gracias a Jesucristo, la posibilidad de la salvación llegue a todos los hombres: tanto los judíos que con la Ley se encontraban en continua transgresión, como los paganos, lanzados a un comportamiento contrario al que naturalmente podían descubrir como bueno. De este modo, pues, la carta se convierte en una exaltación del amor de Dios que conduce gratuitamente a los hombres hacia la salvación, si los hombres lo aceptan por la fe en Jesucristo. La carta empieza con una exposición negativa del tema; sin el Evangelio, la ira de Dios se manifiesta para con todos los hombres, tanto judíos como griegos, puesto que todos han pecado y viven lejos de lo que Dios quiere. Y a partir de ahí, comenzando por nuestro texto, presenta de qué modo con la venida de Jesucristo ha empezado una nueva etapa de la historia humana, puesto que esta venida es una manifestación de la justicia y fidelidad de Dios. El Evangelio, que proclama esta venida y sus efectos, es, pues, “el poder de Dios para salvar a todo el que tiene fe” (1,16).

Ahora, la justicia de Dios…” Con el adverbio “ahora” Pablo indica el comienzo de la nueva etapa, en contraste con la anterior etapa de la ira. Esta nueva etapa, la de la justicia de Dios (=bondad y salvación con que Dios libera a su pueblo, poniéndolo en la correcta relación para con él), se realiza sin que la Ley intervenga para nada, porque se ha demostrado suficientemente que era inútil para la salvación. Sin embargo, la nueva etapa está “atestiguada por la Ley y los Profetas”: el AT estaba en condición privilegiada para dar testimonio de la nueva etapa, puesto que Dios se había revelado en él preparándola; y Dios no ha renegado de esta revelación.

”Por la fe en Jesucristo”. Jesucristo es la manifestación concreta de la justicia de Dios, que sólo pueden entender los que tienen fe; y es por la fe que los hombres se apropian esta justicia así manifestada. Pablo insiste en la universalidad por encima de la Ley: Dios hace justos a todos los creyentes, “sin distinción alguna”.

Pues todos pecaron…”. Pablo sintetiza aquí su exposición del capítulo anterior: tanto los judíos con la Ley como los griegos sin ella, ninguno de ellos había podido seguir la voluntad de Dios y obtener, por tanto, por su cuenta, aquello a que estaba destinado: “la gloria de Dios”, que en el AT significaba la proximidad salvadora del Dios todopoderoso en medio de su pueblo.

”Son justificados gratuitamente…”. La misma idea de antes: la nueva época consiste en la justificación gratuita de Dios. Ello tiene lugar “mediante la redención de Jesucristo”: el término “redención”, que tiene resonancias de liberación de un esclavo, designa aquí la nueva y total liberación obrada por Jesucristo que lleva a término el sentido de la liberación de Israel en el Éxodo. Esta liberación ya ha tenido lugar en la muerte-resurrección de Jesucristo, pero se cumplirá plenamente en la parusía.

”Sacrificio de propiciación”. No se trata del aplacamiento de un Dios airado, sino de que Jesucrsito se ha convertido en el medio de dispensación de la gracia divina, como lo era en el AT el propiciatorio del ”sancta sanctorum”.

”El hombre es justificado por la fe”. Resumen y síntesis de la teología expuesta, y que desarrollará a lo largo de la carta.

Dios salva gratuitamente, y el hombre no puede presumir de nada: el hombre debe tener fe, es decir, aceptar la acción salvadora de Dios.

5. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 7,21-27.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu ‘nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.

Nos encontramos al final del sermón de la montaña. La última indicación, pues, para saber en qué consiste la función del discípulo de Jesús en cuanto “pescador de hombres”.

Veamos lo que está antes del texto: “Entrar en el Reino de los cielos”: metáfora para designar la salvación última y definitiva (=escatológica). “Aquel día”: término acuñado por los profetas para designar el futuro escatológico de juicio. Los vs. 21-23 están en la línea de las amonestaciones o conminaciones proféticas, cuya finalidad es la provocación de un cambio radical en los oyentes.

El v. 22 refleja cierta desconfianza de las primeras generaciones cristianas frente a movimientos carismático-taumatùrgicos, no avalados por el compromiso de vida. La parábola está en la línea sapiencial oriental antigua. La sabiduría o prudencia era la educación del sentido práctico de la vida humana, en orden a su fin y a partir de unas convicciones teóricas. Lo opuesto es la ignorancia o necedad. “Casa sobre arena”: casa edificada junto al lecho de un torrente seco.

Ahora bien la advertencia o amonestación a la acción (actuación, compromiso, praxis). Frente a la ilusión de una seguridad religiosa apoyada en la profesión de una fe y aun en unos carismas extraordinarios, Jesús propugna la necesidad absoluta de cumplir la Voluntad del Padre (v. 21). Los vs. 22-23 abundan en esta necesidad desde la perspectiva del momento final del caminar humano. Aviso contra toda tentación de estaticismo, intelectual o sentimental. No basta creer en Jesús ni recibir auditivamente su mensaje; es necesario hacer ese mensaje (vs. 24-27). No basta la sintonía “lógica” (oir); es necesaria la sintonía “operativa” (hacer). Pidiendo que la palabra se oiga y se haga (v. 24). Jesús se aparta de un gnosticismo como de un pragmatismo. “La sabiduría del evangelio no admite el planteamiento de una disyuntiva entre la primacía de la palabra o la de la acción. No se pueden aislar como elementos independientes, debiendo integrarse ambos en una mejor actitud: la síntesis de la Palabra-en-acción.”

6. Dejemos que la palabra de Dios resuene en nuestro corazón:

Al final lo que cuenta no son las palabras, lo que cuenta son las obras de amor.

”Señor, ¿no profetizamos…, expulsamos demonios… e hicimos milagros en tu nombre?” (v.22). Si, “pero no os conozco; ¡apartaos de mí, malvados!” (v.23). Podemos refugiarnos en las palabras, en las teorías, en las catequesis, en los sermones; también podemos caer en la trampa de acciones maravillosas y milagrosas… (v.22). Todo con autoridad, ortodoxia y eclesialidad y sin embargo “ser unos desconocidos para Dios” (v.23); otra traducción “nunca os he conocido”. ¿Cómo pasar a Dios de los labios al corazón?, de la palabra a la acción; he ahí la clave de la figura de la casa que estamos todos construyendo a lo largo de la existencia.

Jesús nos entrega sus palabras para que las usemos realizándolas en “acciones de amor” concretas, que construyan nuestra existencia, que nos hagan “templos vivos” de su Espíritu; “palabras prácticas” que sean respuestas concretas a las necesidades de los que nos rodean.

El camino que conduce a la “sensatez” (v.24) de “hacer la voluntad de Dios (v.21) es el camino de la Palabra que pasando por el corazón nos hace templos sólidos, vivos y eficaces; casas de Dios construidas con el amor práctico y operativo a los hermanos.

Siguen “cayendo lluvias, viniendo torrentes y soplando vientos” (v.25) pero con la Palabra y los Hechos de amor seguiremos firmes sobre nuestra ROCA que es Dios. No nos refugiemos en las doctrinas, siempre expuestas a los vientos que soplan, vivamos y practiquemos la PALABRA eficaz de Dios que es nuestra ROCA firme que nos salva.

Domingo 8 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo octavo del tiempo ordinario ciclo A

1. Introducción:
Las lecturas del domingo VIII del tiempo ordinario, en particular, el evangelio, nos invitan a comprender nuestra existencia y realidad humana y terrena en la óptica de comunión con lo divino. Si verdaderamente participamos sacramentalmente de la doble existencia de Jesucristo, tal condición necesariamente ha de tener su impacto en la forma en que enfrentamos nuestras propias necesidades materiales. Llamar a Dios “Padre celestial” tiene consecuencias profundas, es esencial a la existencia del cristiano.

Uno de los elementos que caracterizan al Dios cristiano es su infinita generosidad para con sus hijos, que se expresa plenamente en la vida y misión de Jesús de Nazaret, quien con sus actitudes y comportamiento hacen presente el Reino de Dios, es decir, el amor y la solidaridad incondicional de Dios que sale al encuentro del ser humano, con el fin de darle vida en abundancia. Éste es el tema central de hoy.

1.1. Oración:

Concédenos, Señor, que el curso de los acontecimientos del mundo se desenvuelva, según tu voluntad, en la justicia y en la paz, y que tu Iglesia pueda servirte con tranquilidad y alegría. Amén.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 49, 14-15

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.» ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

El texto que leemos del profeta Isaías se enmarca en la época de la deportación en Babilonia, en donde la mayoría del pueblo de Israel pierde su confianza y esperanza en Yahvé a causa de la fuerte y violenta influencia religiosa, política y social de Babilonia y por la poca capacidad de espera y resistencia del mismo pueblo desterrado; Israel se siente abandonado y olvidado por Dios, siente que las promesas de liberación nunca se cumplirán, y se resigna y doblega por entero al dominio babilónico. La tarea del profeta es entonces animar la esperanza del pueblo resignado, por medio de la Palabra, haciéndole ver que Dios no le ha abandonado, que está ahí junto a él sufriendo y luchando por la liberación, que no lo ha olvidado y que lo ama entrañablemente como una madre ama a sus hijos. Con este texto, Isaías manifiesta la ternura de Dios, su preocupación de madre por el bienestar de sus hijos, distinta a la experiencia de sufrimiento en Babilonia. Dios actúa desde la ternura, desde la misericordia con quien sufre. Ésta es la manera como Yahvé anima y salva a su pueblo.

2.2. Salmo Responsorial Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab

R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación;
mi alcázar: no vacilaré. R.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.
Pueblo suyo confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón. R.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Pablo, en esta sección de su primera carta a los corintios, responde a las críticas de quienes, después de tomar partido por un anunciador del evangelio en particular y por una manera concreta de proclamarlo, juzgan el modo de actuar del mismo Pablo, juicio que es apresurado, poco fundamentado e inmaduro. Pablo les recuerda que lo importante para él es que lo consideren servidor y administrador fiel de los misterios de Dios, pues los creyentes sólo pueden ser eso y nada más. Por lo tanto, el juicio sobre la forma de servir y administrar de las personas le corresponde únicamente a Dios. Lo importante es el servicio fiel al misterio y la correcta administración de los carismas dados por Dios a los apóstoles. Lo que verdaderamente juzga Dios es la capacidad de servicio y entrega de los anunciadores del Evangelio; lo que a Dios le importa es qué misericordiosos y justos somos con nuestros hermanos, pues en esto se distingue a un legítimo apóstol de Cristo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos como crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. »

La exhortación que Mateo pone en boca de Jesús se dirige particularmente a la gente pobre que sigue al Maestro, a la gente que siempre está en riesgo, que está preocupada por el presente y el futuro, preocupada por su subsistencia y por su vida. Jesús los invita a ponerse en las manos de Dios, quien es tierno y compasivo para con todos, que mira por las necesidades de todas sus criaturas. Con la mente y el corazón puestos en la generosidad de Dios, lo realmente importante o prioritario entonces es buscar el Reino de Dios y su justicia. Ésa debe ser la preocupación fundamental del seguidor de Jesús. Es un llamado a ser como el mismo Dios es, justo, tierno, compasivo, solidario, amante de los pobres y débiles; por eso, es tarea de todos expresar al mundo, por medio del testimonio y la fraternidad, la ternura de nuestro de Dios.

La primera lectura pone ante nosotros uno de los poquísimos textos en que la Biblia compara a Dios con una madre. El evangelio de Mateo que hoy leemos nos estaría presentando ese carácter materno de Dios a través de lo que tradicionalmente hemos llamado «la divina Providencia», una dimensión del amor de Dios a la que la tradición espiritual popular le ha dado mucha relevancia en la vida diaria. Ha sido una forma de ejercicio de la fe que nos hacía descubrir la mano materna de Dios cuidando nuestros pasos, para evitarnos problemas, para atender siempre nuestras necesidades.

La última frase del párrafo exige optar entre Dios y el dinero. Ahora las palabras de Jesús, que Mateo toma en la tradición, ilustran en qué consiste servir a Dios. Los afanes y preocupaciones de la vida cotidiana (la comida, el vestido…) pierden importancia cuando en la vida del discípulo aparece con claridad la preocupación fundamental por el reino. Entonces cambia todo, y es posible vivir en el ámbito de la confianza absoluta en el Padre, que vela por todos (Mt 5 43-48) y que conoce las necesidades de los discípulos (Mt 6 8). Él, que cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo, cuidará con mucho más motivo de sus hijos, a condición de que ellos busquen el reino y lo que es propio de él. Esta enseñanza de Jesús es una buena traducción de la actitud frente a la vida que proponen las bienaventuranzas y el Padrenuestro. Para los cristianos de todos los tiempos, hombres de poca fe, y preocupados siempre por el día de mañana, son, al mismo tiempo, una sacudida saludable, y una buena noticia, que libera de tensiones y sufrimientos innecesarios.

Nos encontramos hoy en primer lugar con unas palabras de Jesús -una especie de parábola- sobre el servicio exclusivo a Dios. En la vida ordinaria no era totalmente extraño que un esclavo perteneciese a dos amos; pero, a la larga, esto podía terminar como dice el evangelio: queriendo a uno y despreciando al otro, puesto que, “estar al servicio”, supone una dedicación total, y la aplicación de la parábola (“No pueden servir a Dios y al dinero”) nos indica que se trata de dos amos absorbentes y con intereses contrapuestos. Estamos en la perspectiva de la predicación del Reino, que exige una entrega total a Dios.

El punto central de los versículos 25-35 es la exhortación a buscar sobre e todo el Reino de Dios: ésta debe ser la primera preocupación del cristiano, la única preocupación verdaderamente importante. En Jesucristo, que vive totalmente orientado hacia el Padre, se nos manifiesta el Reinado de Dios. La gozosa preocupación del discípulo consistirá, por lo tanto, en orientar su existencia hacia Dios: en esto consiste la justicia del Reino.

Si el discípulo vive -como vivió Jesús- orientado hacia Dios, participa también de esta fe y de esta gozosa confianza en el Padre, que se refleja en estos versículos. Las Palabra de Jesús ponen el acento en el hecho de no preocuparse, repetido como un estribillo (“no se preocupen por su vida…; ¿quién de ustedes, a fuerza de preocuparse…?; ¿por qué se preocupan…?; no se inquieten pensando…; no se preocupen por el día de mañana”).

No preocuparse por la comida, la bebida o el vestido no significa vivir en una ingenua despreocupación. Preocuparse por esto, significa comprometer toda la vida y las energías de la persona en la adquisición de los bienes materiales, y perseguir esto, como preocupación fundamental de la vida, es propio de paganos.

El discípulo está llamado a vivir como hombre de fe en Dios, de quien provienen todos los bienes, especialmente la vida (“¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?”). Y vivir con esta actitud de fe en Dios, que se preocupa incluso de los pájaros del cielo y de la hierba de los prados -sinónimo de algo pasajero- supone orientar la vida de cara al Reino y trabajar con paz en el corazón y sin preocupaciones -fruto de la fe en Dios y de la orientación de la vida hacia él- por la vida de cada día.

3.- Resuena la palabra

En un mundo, una sociedad, donde el dinero es acumulado, adorado y servido…, hemos de ser muy cautos para no dejarnos tranquilizar por las personas que nos aportan argumentos prudentes y previsores.”No podéis servir a Dios y al dinero” (v. 24). Jesús nos indica la acertada orientación: Dios, su Reino, su justicia; “buscad: ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él” (v. 33).

En el mundo judío retener lo que no se necesitaba para sí era injusto, la justicia suponía compartir, distribuir providentemente. Jesús nos invita a vivir, buscar y servir al Reino como un absoluto en el que la justicia providente de Dios pasa por nuestras vidas, por nuestra solidaridad providente, por nuestra mirada y cercanía amorosas en los hermanos.

Vamos más allá de la comida y el vestido, dos ejemplos que nos aporta Jesús (v. 25-30). “No os inquietéis” (v. 31). En una sociedad que tiene un índice tan alto de falta de trabajo, de mendicidad, de corrupción y de injusticia, sí que estamos inquietos por estas lacras que estamos creando y arrojando sobre los pequeños y débiles de nuestro entorno. Nos inquieta, nos preocupa (v. 34) y nos quita el sueño no realizar hoy, ahora, en esta sociedad y en esta Iglesia que formamos, la JUSTICIA PROVIDENTE Y DISTRIBUTIVA que es el Reino, que es el amor providente y generoso de Dios.

Nos preocupa el mañana de tantos hombres y mujeres que sufren la “injusticia” de no tener de que comer y con que vestirse; me preocupa mi justicia lejos de la justicia providente y distributiva de Jesús. “A cada día le basta su propio afán” (v. 34). Este es nuestro afán y preocupación.

4. Para el diálogo y la experiencia

Podemos centrarnos en el versículo primero del texto: “Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero” (v. 24).

Jesús les hace ver a sus discípulos cómo viven los que no conocen a Dios, esto es, cómo se desviven por las cosas y se olvidan de lo fundamental. Jesús centra a sus discípulos: “busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura”. No hay un desprecio o rechazo por las cosas materiales. Lo que Jesús rechaza y denuncia es la idolatría del dinero, poner los medios como fin, servir y amar al dinero. A la luz de este evangelio, podríamos preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Qué cosas me inquietan o preocupan? ¿Dónde está el Reino de Dios y su justicia? ¿Qué es lo que Dios quiere y espera de nosotros? ¿Cómo hemos de entender el “servicio”?

”Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura” (Mt 6,33)

Si para Jesús el Reino de Dios ocupa siempre el primer lugar en su programa, en el nuestro, en general, suelen estar los propios intereses. Tomando la antigua concepción de las distintas formas del Reino de Dios en este mundo, pero quitándole lo que tenía de estático, se puede concretar lo que habría que esforzarse por conseguir en las diferentes dimensiones de la vida: la humanización de las relaciones y de la situación de los hombres, la democratización de la política, la socialización de la economía, la conversión de la cultura a la naturaleza, la orientación de la iglesia al Reino de Dios.

Oración: Te pedimos, Padre misericordioso, que nos fortalezcas y, nos permitas algún día participar de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Domingo 7 del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo séptimo del tiempo ordinario ciclo A

Es el amor de Dios el que nos reúne cada domingo en comunidad con los hermanos. Hoy la liturgia nos invita a ser santos porque el Señor es santo. El mensaje del amor total, a todos sin distinción, es propio de los hijos de Dios.

1. Introducción

Las lecturas de hoy nos hablan de la santidad. Es más, el evangelio termina con una invitación a ser “perfectos”. A eso estamos llamados todos los que queremos seguir las huellas de Jesús. Tenemos que ser perfectos. Pero la gran pregunta es: ¿qué significa ser perfectos? ¿En qué consiste la perfección? Pablo en la segunda lectura viene a plantear la misma cuestión pero desde otro punto de vista. En realidad Pablo nos dice que los cristianos ya somos perfectos. Por la sencilla razón de que ya somos “templo de Dios” y el Espíritu de Dios “habita en nosotros”. Lo que nos corresponde es comportarnos como debemos: no según la sabiduría de este mundo sino según la sabiduría de Dios. Acerquémonos a la lectura y reflexión de los textos bíblicos.

Lectura del libro del Levítico 19,1-2. 17-18.

Dijo el Señor a Moisés
Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

Si Dios es santo, santo ha de ser también el pueblo que ha elegido. La fórmula «Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo», se repite constantemente en el contexto de los capítulos 17 al 26 del Levítico. Estos capítulos constituyen una colección a la que se ha dado el nombre, por lo dicho, de «Ley de santidad». La prohibición del odio es un primer paso para el mandamiento del amor. Un segundo paso es la preocupación por los más cercanos, que excluye la indiferencia y se manifiesta en la corrección. A veces uno está obligado a corregir a los otros por su ministerio público, como es el caso de los profetas (cfr. Ez 3, 18: 33, 8), otras por su status en la familia o en la tribu.

Con la prohibición de la venganza se mitiga la «ley del talión», por lo menos dentro del ámbito del propio pueblo y de los parientes.

El «prójimo» es aquí el paisano y el correligionario. La máxima «amarás a tu prójimo como a ti mismo» puede ser una abreviacl6n de esta otra: «amarás a tu prójimo tal y como tú esperas ser amado por él»; en cuyo caso, no se iría más allá de la obligada correspondencia. Aunque en el resto del A.T. apenas se hace alusión a este mandamiento, los rabinos conocieron su valor normativo y su gran importancia.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 102,1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13

R/. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor
y no olvides sus beneficios.

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas.

Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 3,16-23.

Hermanos:
¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque, la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «El caza a los sabios en su astucia.» Y también «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.» Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

San Pablo en su amonestación a los corintios, avanza más allá de argumentos y consideraciones humanas sobre su comportamiento, exhortándoles a reconocer la gran dignidad a la que han sido elevados, pues en ellos habita el Espíritu Santo como en un templo.

La metáfora del templo ha sido ya preparada anteriormente con lo que ha dicho Pablo sobre la «edificación de Dios’ (v. 9ss).Si entonces aludía a la gran responsabilidad de los que edifican, ahora carga con esta responsabilidad a los que constituyen el mismo templo edificado, es decir, la Iglesia de Dios. Los corintios con sus divisiones («yo soy de Pablo», «yo de Apolo», v.4), ponen en peligro la solidez de una iglesia que sólo puede edificarse en Cristo y resquebrajan el templo de Dios. La ruina del templo conscientemente provocada es lo peor que puede suceder a un pueblo religioso.

La sabiduría de este mundo, la sabiduría meramente humana que tanto estiman los gnósticos, contradice al Espíritu Santo y se opone a la verdadera sabiduría de Dios. Por eso está en peligro la iglesia en Corinto, porque se dejan seducir por la sabiduría de los gnósticos. De ahí la urgencia de abandonar esa falsa sabiduría y aceptar humildemente la sabiduría que Dios revela a los sencillos para confundir a los sabios de este mundo (cfr. Mt 11,25-30).

Pablo está profundamente preocupado por la unidad de la iglesia y todo cuanto escribe aquí obedece a esta preocupación. Nadie debe envanecerse de seguir a éste o al otro maestro, todos tienen que liberarse del culto a las personalidades: «Pablo, Apolo, Cefas… son vuestros» y no vosotros de ellos, porque todos sois de Cristo.

Más aún, todo es de los creyentes. En consecuencia, nada debe ser sacralizado por ellos. Porque ellos son el verdadero templo en el que habita el Espíritu Santo, y su dignidad está por encima de todo. Ahora bien, ese templo es de Cristo y Cristo es de Dios. Sólo cuando se pone a salvo esta jerarquía interior es posible ordenar como es debido los valores y las relaciones humanas en el marco de la comunidad de Jesús. Resumiendo: el verdadero templo es la comunidad fundada en Jesucristo que es el Señor. En ese templo habita el Espíritu Santo, se da culto a Dios y Dios revela su sabiduría a los sencillos. Cualquier otro templo, cualquier otro culto, cualquiera otra sabiduría debe ser rechazada.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,38-48.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Sabéis que está mandado: «Ojo por ojo, diente por diente.» Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Continúa la enumeración de ejemplos concretos, iniciado el domingo pasado, poniendo de manifiesto la dinámica de sentido y significado conferida por Jesús a la Ley de Moisés. Sabéis que se dijo… Pero yo os digo… El texto de hoy recoge dos nuevos casos, los últimos de la enumeración.

Ojo por ojo; diente por diente”. Se trata de formulaciones concretas de la ley del talión que puede leerse en Ex. 21, 24; Lv 24, 20 y Dt 19, 21. La ley del talión pertenece al derecho penal y consiste en hacer sufrir al delincuente un daño igual al que causó. Responde a situaciones socio-culturales en las que la justicia es asunto de los particulares e introduce un criterio de objetividad en el ejercicio de esa justicia. Ante el recurso legal como medio disuasorio, Jesús ofrece la alternativa superior de un desarme del corazón y del espíritu con capacidad para renunciar a todo tipo de compensación y para desarmar al contrario por medio de la sorpresa de una actitud abierta y liberal.

En primer lugar se enuncia el principio general: no hacer frente al agresor, es decir, no recurrir a la violencia. Este principio viene después explicado prácticamente a base de casos gráficos, paradójicos, chocantes. Detengámonos en dos de ellos.

Al que te pone pleito para quitarte la túnica, dale también la capa. La túnica era la prenda interior de vestir, la capa, la exterior. Alguien te lleva a juicio por la ropa interior que llevas, pues cree que se la has robado. Jesús te dice: dale también la ropa exterior. La propuesta es de las de dejar a uno atónito, pues equivale a decir que te quedes desnudo.

A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. Los romanos, siguiendo una práctica persa, requisaban personas y animales para la realización de servicios públicos. El caso contemplado por Jesús es el del invasor romano obligando al judío a llevar una carga por espacio de un kilómetro. La propuesta de Jesús es, de nuevo, para dejar atónitos: dobla la distancia que te exige el invasor.

“Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.

Aunque la ley a la que se refiere Jesús, y que está recogida en Lv 19-18, habla sólo de amor al prójimo, en la práctica este amor llevaba al aborrecimiento de los no judíos: los no judíos no eran prójimo.

La alternativa de Jesús propone la superación del concepto de enemigo en base a la actuación de Dios Padre, quien desconoce por completo este concepto. A esta razón añade Jesús otra de tipo amistoso-práctico: el discípulo suyo debe ser diferente de los demás, para concluir con la invitación a ser perfectos. Perfecto en el sentido de completo, abarcador. Comentario: El texto de hoy es tal vez el texto bíblico que expresa con mayor claridad que lo específico cristiano es una diferencia en razón de una referencia.

La diferencia. Ser cristiano es estar situado en el espacio que se abre más allá de la ley, más allá de lo mandado y prohibido. Sabéis que se dijo en el espacio de la ley moral, de las pautas más o menos detalladas que orientan la vida de los humanos. Es, en suma, el espacio de la conciencia, por la cual los humanos nos diferenciamos de los animales.

«Pero yo os digo» es el espacio que surge después o más allá de la ley moral y de las adquisiciones de la conciencia. En ese espacio no hay pautas orientadoras. Sólo hay fantasía y sensibilidad para descubrir modos inéditos de ser y de relacionarse. ¡Ese es el espacio cristiano! El que se halla en él no es una persona mejor que las otras es sencillamente una persona diferente. La referencia. El espacio cristiano emerge cuando se descubre a Dios como Padre. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo. Sed completos como vuestro Padre celestial es completo. El Padre es la referencia que explica la razón de ser del cristiano.

¿Qué es ser cristiano sino ir haciendo nuestro el proyecto de vida de Cristo? ¿y nuestra su mentalidad, y su escala de valores, por encima -y a veces en contra- de la mentalidad y los valores de esta sociedad en la que vivimos? Por eso, cada domingo somos invitados a mirarnos al espejo de Cristo: a escuchar y aceptar su Palabra viva, orientadora. Hoy, sobre nuestra relación con el prójimo.

Recogiendo el espíritu de las lecturas contemplamos en síntesis: La ley del amor

Ya desde el A.T., como hemos escuchado en la primera lectura, se nos urge a que amemos: a que evitemos el odio, o el silencio cuando es cómplice del amor fraterno, o la venganza, o el rencor. Se nos da ya una buena «medida» de amor: amar al prójimo como a ti mismo… Se nos dice que así imitamos a Dios y somos santos como Él. ¿Cuál es la actitud de Dios que debemos imitar? Nos lo ha hecho repetir el salmo responsorial: «el Señor es compasivo y misericordioso».

No podemos decir que honramos a Dios si luego no imitamos su manera de actuar con nosotros: lento a la ira, comprensivo, perdonador, rico en clemencia… La caridad con el hermano aparece como una consecuencia absolutamente ligada a nuestra fe en Dios. Jesús, en el evangelio, ha concretado más esta ley del amor. Ya no debe regir para los suyos la ley del talión, aunque todavía hoy sea lo más espontáneo: ojo por ojo (no me habla, pues yo no le hablo; me critica, pues yo le critico a él). Los seguidores de Jesús deben aprender la nueva ley, la ley del amor. No vengarse del mal con el mal, sino intentar vencerlo con el bien. «Poner la otra mejilla», regalarle también la túnica», «recorrer con él no sólo una milla, sino dos», son expresiones muy plásticas del nuevo estilo.

El amor es dar gratuitamente. Lo otro (saludar al que ya nos saluda, tratar bien al que ya nos trata bien o para que nos trate bien) es más bien negocio. Cristo no nos enseña sólo un estilo civilizado de convivencia, sino uno claramente superior: un estilo basado en el amor gratuito, desinteresado, cosa que no nos enseña precisamente este mundo.

Un amor bien entendido

Amar no significa siempre callar. El silencio a veces sería colaboración con el mal. A veces el amor incluye, como ya nos dice la primera lectura, la corrección fraterna: unos padres no pueden consentir los malos caminos de sus hijos, los hijos deben saber decir también una palabra oportuna a sus padres, y lo mismo en la comunidad parroquial o en la religiosa. Amar no debe significar cruzarse de brazos y renunciar a una posible acción comprometida en la lucha contra las situaciones injustas.

Pero lo que sí comporta este nuevo estilo es hacer estas cosas desde una actitud de amor, y no de rencor o de venganza. Lo de la mejilla o lo de la túnica no hay que tomarlo necesariamente al pie de la letra, sino desde su urgencia de actitud pacífica, no violenta ni vengativa. Cuando a Jesús le dieron una bofetada, en la Pasión, no puso la otra mejilla, sino que preguntó serenamente por qué le golpeaban, qué mal había hecho.

Tenemos buenos maestros de esta ley del amor

El modelo primero, que nos proponen las lecturas de hoy, es Dios mismo. «Sed santos como yo», decía la primera lectura. Y ya hemos visto qué retrato de santidad de Dios nos ofrecía el salmo: el Dios lleno de misericordia. También en el evangelio se motiva nuestra actitud fraterna con los demás mirando a Dios: «así seréis hijos de vuestro Padre»: Dios, al hacer llover o salir el sol sobre todos, nos da ejemplo de un corazón universal y no vengativo.

El que mejor nos ha podido enseñar esta doctrina es Cristo Jesús, que con su modo de actuar y sus palabras nos ha dado este mensaje de perdón y de amor. En Él es donde mejor hemos podido experimentar en verdad que Dios es amor. Es Él el que ha cumplido en plenitud la nueva ley del amor. Y no porque no luchara contra el mal, ni se callara ante las situaciones que intentaba corregir. Cristo denunció el mal. Pero perdonó. Murió pidiendo a Dios que perdonara a los que le mataban. Dios nos enseña a superar la ofensa con el amor, no con otra ofensa justiciera.

La novedad y la audacia de esta ley del amor

Una vez más aparece que el estilo de vida que nos enseña Jesús es claramente nuestro, contra corriente, difícil, audaz. No sólo nos dice que no odiemos. Nos pide más: que amemos incluso al «enemigo», aunque estemos luchando contra el mal. La gran fuerza que transformaría el mundo si los cristianos la entendiéramos en la práctica, es el amor. Cuando, antes de ir a comulgar con Cristo en la Eucaristía, nos damos el gesto de paz con los de al lado, éste es un gesto amable, pero serio: es nuestro compromiso de que entendemos el «amén» que damos a Cristo como íntimamente relacionado con el «amén» que en la vida le vamos a decir a nuestros hermanos.

Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo sexto del tiempo ordinario ciclo A

1. Oración
Dios nuestro, que en nuestra tradición judeocristiana nos diste antiguamente una ley revelada, escrita en tablas de piedra y refrendada con la amenaza del castigo tras la muerte. Ayúdanos a pasar a descubrir un nuevo sentido moral, no basado en el temor del castigo ni en la promesa de los premios, sino en el valor mismo de la Verdad y del Bien. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús, tu Palabra para nosotros.
2. PRIMERA LECTURA
El sabio reflexiona sobre el hombre, y ve que por su libertad es dueño de su destino, responsable de su realización. El bien y el mal, la vida y la muerte, se le ofrecen como opción. Para decidir tiene una luz y una guía en los mandamientos que conducen a la vida (Dt 30,15ss). La libertad es a la vez grandeza y riesgo. Responsabiliza al hombre en su lograrse o malograrse. Ni lo uno ni lo otro acontecen en ausencia de Dios.

Lectura del libro del Eclesiástico 15,16-21.

Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

A modo de prólogo. El origen del mal y del pecado, tanto a nivel individual como colectivo, es un problema agudo que ha roído la mente humana en todas las etapas de su historia. Y han sido los sabios, los filósofos, los que más se han preocupado por el tema. Sabio es el autor de Gn. 2-3, y sabio es Ben Sirah; pero el enfoque de uno y otro libro es muy diverso: mientras el primero se fija de forma especial en el origen del mal colectivo, Ben Sirah habla del individual.
Una advertencia: es necesario leer íntegra esta unidad literaria (Eclo 15,11-20) y no recortada como hace la liturgia.
La gran tentación humana ha consistido siempre en no querer cargar con la maldad que cometemos y echar las culpas a los demás. Adán se las carga a «esa mujer que tú me diste», y Eva, a la serpiente. El discípulo de Ben Sirah objeta: «…Mi pecado viene de Dios…», «…El me ha extraviado…» (vs. 11-12); pero el maestro responde tajante: no digas eso (vs.11-12), Dios «no mandó pecar al hombre» (v.20). El pecado humano es siempre fruto del libre albedrío, de su propia elección (v.14). El Señor es inocente, no saca ninguna utilidad engañando; más aún, odia toda maldad tanto de palabra como de obra.
Sólo el hombre, haciendo mal uso de su libertad, es responsable del mal de esta película (v.14). A través de su libertad el hombre puede realizarse o degradarse. A veces podrá escoger entre dos bienes, pero otras veces deberá elegir entre el bien, que es vida, y el mal que es muerte. Y esta libertad no está exenta de responsabilidad: Dios está siempre atento a la elección humana (vs. 18 ss).
Elegimos la muerte si nos comportamos «como seres humanos separados, aislados, egoístas, incapaces de superar la separación con la unión amorosa». En la libertad el hombre se realiza, pero debe «gozar de una libertad no arbitraria sino que ofrezca la posibilidad de ser uno mismo, y no un atado de ambiciones, sino una estructura delicadamente equilibrada que en todo momento se enfrente a la alternativa de desarrollarse o caer, vivir o morir» (E.Fromm: «¿Tener o ser?», México, 1979, pp.122 y 163).

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 118,1-2. 4-5. 17-18. 33-34

R/. Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor.
Dichoso el que con vida intachable
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que guardando sus preceptos
lo busca de todo corazón.
Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente;
¡ojalá esté firme mi camino
para cumplir tus consignas!
Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos y contemplaré
las maravillas de tu voluntad.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de’ todo corazón.

4. SEGUNDA LECTURA
La fe cristiana no es fruto de un razonamiento científico, sino de una revelación gratuita de Dios. Sin embargo, una vez aceptada la revelación, los cristianos tienen que reflexionar mucho sobre ella, construyéndose fatigosamente su propia teología. Eso sí, una teología humilde y atenta a las preguntas de Dios y de los hombres.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 2,6-10.

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; y el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.

«Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo…»: La predicación de Pablo se centra en la sabiduría de Dios manifestada en Cristo resucitado. Pero, para comprenderla, es necesaria la fe. Por eso Pablo se dirige a aquellos que teniendo una fe más madura pueden comprender más plenamente sus palabras. Ahora bien, este misterio de la muerte y resurrección de Cristo queda todavía lejos de una parte de la realidad, lo que llama «este mundo», sujeto a los espíritus malignos y a la espera de ser transformada por Cristo. Es evidente que los dirigentes de este mundo no han entendido todavía esta sabiduría divina: los filósofos paganos no han sabido reconocer a Dios (tema de Rm 1,19-20) y los escribas y doctores de la Ley, en el judaísmo, no han reconocido a Jesús como el Mesías esperado. La sabiduría de Dios ha permanecido «escondida» en la cruz, escándalo para los judíos y necedad para los paganos.
«… nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria…»: la condena de Jesús por los dirigentes de este mundo ha manifestado su ceguera. No sabían qué hacían. Pero todavía podemos hacer una lectura mucho más crítica de esta frase «si hubiesen conocido al que condenaban no lo habrían hecho porque su misma actuación les ha llevado a la ruina. La muerte de Jesús ha significado la destrucción del mundo de pecado y el hundimiento de los hombres de este mundo.
«Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…»: Los bautizados, o quizá mejor, aquellos que han madurado más en la fe, son los que han conocido el misterio escondido en la cruz, gracias a la revelación de Dios por medio del Espíritu.

5. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,17-37.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: [No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos.] Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.] Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. [Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al Abismo. Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.» Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.] Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo]. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

Continúa el sermón del monte, iniciado hace dos domingos. La designación de los discípulos como sal y luz del mundo puede ser la razón por la que Mateo ha dado cabida a las afirmaciones de Jesús sobre la Ley. Esta, en efecto, era para los judíos la sal y la luz del mundo. ¿Cuál es su puesto y razón de ser si ya no es ella la luz y la sal, sino los discípulos? No he venido a abolir, sino a dar plenitud (v. 17). Mientras existan el cielo y la tierra, la Ley no perderá punto ni coma de su valor (v. 18). En el original ambas afirmaciones están en relación de efecto y causa, y por lo mismo la segunda afirmación, enunciando la vigencia de la Ley, constituye el punto de partida. Puesto que la Ley tiene validez y vigencia perpetuas, la Ley no puede ser abolida. Los siguientes versículos 19-20 extraen la conclusión lógica: la Ley, pues, debe ser enseñada y practicada en todos sus detalles por el discípulo de Jesús, quien deberá descollar en ello más incluso que los que dentro del judaísmo han hecho de la Ley la guía y norma de conducta.
Sin embargo, la primera afirmación del v. 17 deja ya entrever que la no abolición de la Ley no significa su mantenimiento mecánico y material. Dar plenitud es completar en línea de sentido y de significado. El v. 17 enuncia que Jesús no ha venido a anular la Ley de Moisés ni las enseñanzas de los profetas, sino a darles su verdadero significado. El resto del texto recoge cuatro ejemplos concretos de esta dinámica de plenitud.
Primer ejemplo (vs. 21-26). Ley: no matar; sentido pleno en la línea de erradicación de la ira y del insulto, trastienda del asesinato. El discípulo de Jesús no puede contentarse con no matar: debe ser generador activo de concordia, no dando pie a que nadie se sienta ofendido.
Segundo ejemplo (vs. 27-30). Ley: no cometer adulterio; sentido pleno en la línea de erradicación del deseo y deleite libidinosos, trastienda del adulterio. El discípulo varón no puede contentarse con no tener relaciones sexuales con la mujer, de otro; debe saber tener limpieza de intenciones. La Ley y la plenitud están redactadas desde la perspectiva del varón, en consonancia con las condiciones socioculturales de la época.
Mateo añade unas frases gráficas sobre el ojo y la mano, que Marcos sitúa en un contexto diferente. La función de las mismas es dar seriedad y urgencia a lo que en este segundo ejemplo se dice.
Tercer ejemplo (vs. 31-32). Ley: en caso de divorcio dar a la mujer un acta de separación, que la proteja de futuras inconsecuencias del ex marido; sentido pleno en la línea de reconocimiento y valoración de la mujer.
De lo que en este ejemplo se trata no es del divorcio, que más bien se presupone, sino de la mujer, ser de segundo orden en la consideración social y jurídica de la época. En un supuesto de divorcio, el acta de separación garantizaba a la mujer un mínimo de reconocimiento y de valoración. Jesús pide avanzar en esta línea reconociendo a la mujer idéntica capacidad jurídica y moral que al varón.
Cuarto ejemplo (vs. 33-37). Ley: cumplir lo prometido bajo juramento; sentido pleno en la línea de ser personas serias y de palabra.
Las afirmaciones iniciales del texto. (vs. 17-20) están catalogadas entre las de mayor dificultad dentro del Evangelio de Mateo por su defensa de la Ley, lo que parece más bien propio de un rabino que de Jesús.
La propia matriz judía de esas afirmaciones la que avala la atribución de las mismas a Jesús, judío inmerso como el que más en la corriente de savia y de tradición de su pueblo, y que por lo mismo puede desconcertar a quienes no estamos dentro de esa corriente. No me cabe la menor duda de que Mateo ha recogido palabras genuinas de Jesús, tal cual Jesús las pronunció, con toda la evocación y sabor de lo tradicional, pero a la vez con toda la fuerza y frescor de lo novedoso.

6. Oración final
Oh Misterio del Ser y de la Vida, que desde los inicios del cosmos has acompañado e impulsado internamente su evolución maravillosa, y que ahora, en el ser humano despliegas su poder co-creativo para reinventar una adecuación nueva de la vida con el corazón del cosmos, por la gratuidad de la Conciencia, la seducción de la Belleza, el Enamoramiento de la Vida… Ayúdanos a estar atentos a esta transformación, y a acomodarnos a ella, dejando caer los miedos y los intereses en la moralización de nuestra vida. Amén.

Quinto domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Quinto domingo del tiempo ordinario ciclo A

Sal y luz, el sabor y el color de nuestra vida en Jesús

1. Invocación al Espíritu Santo
Espíritu Santo concédenos tu luz, para que amanezca la luz de nuestro perdón y la ofrezcamos a aquellos hermanos que nos han ofendido.
Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de la alegría y la ofrezcamos con tu fuerza a los hermanos que viven tristes. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de una sonrisa y la brindemos a los hermanos que han perdido la esperanza. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz del compartir y seamos solidarios con los hermanos. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar sabor a nuestra vida según los valores del Evangelio. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar color a nuestra vida participando en la Eucaristía.

2. PRIMERA LECTURA
El predicador inspirado enseña a su comunidad que la religión no está tanto en las prácticas religiosas cuanto en la obra de justicia con el menesteroso. Dios está en el oprimido y el que necesita ayuda para realizarse como persona. Allí se le encuentra. El que promueve a la persona es luz de Dios en el mundo. Le hace también a él luminoso, en cuanto que le muestra colaborador del creador.

Lectura del Profeta Isaías 58,7-10.

Esto dice el Señor:
Parte tu pan con el hambriento, 
hospeda a los pobres sin techo, 
viste al que va desnudo, 
y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora, 
en seguida te brotará la carne sana; 
te abrirá camino la justicia, 
detrás irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor 
y te responderá. 
Gritarás y te dirá: 
«Aquí estoy.»
Cuando destierres de ti la opresión, 
el gesto amenazador y la maledicencia, 
cuando partas tu pan con el hambriento 
y sacies el estómago del indigente, 
brillará tu luz en las tinieblas, 
tu oscuridad se volverá mediodía.

Vueltos del destierro e instalados en Judea, las obras de reconstrucción del Templo y de las murallas son lentas y desalentadoras. Las grandes perspectivas del Deuteroisaías contrastan con la realidad presente. Se esfuerzan por encontrar el camino de Yahveh su Dios, por acercarse a él y realizar la nueva era de justicia y de paz.
A este propósito han multiplicado los días de ayuno. La Ley sólo les prescribía uno al año, el gran día de la expiación (Lev 16, 29). Pero ya desde los tiempos de Josué, de los jueces y posteriormente de Samuel se proclamaban estos días con motivo de cualquier calamidad. Probablemente el día en que actuó nuestro profeta fuera un gran día de ayuno en el que se conmemoraba la caída de Jerusalén y en el que pudieron nacer los cinco lamentos del llamado Libro de las Lamentaciones.

El pueblo se queja a Dios. Su fidelidad demostrada en la escrupulosa observancia del ayuno no sirve para nada. Dios ni oye ni entiende. El día de la salud para el pueblo no aparece por ningún lado. Cunde el desánimo y están dispuestos a abandonar incluso la estricta observancia ritual.
El profeta en nombre de Dios les sale al paso. Abre los ojos de los sencillos, cuyos gritos eran sinceros, para que vean la hipócrita maldad de las clases dirigentes. El ayuno debía ser un acto de igualdad social en que el rico, el único que puede realmente ayunar por ser el único que tiene algo de qué privarse, se igualará al pobre sintiendo ambos hambre, sintiéndose ambos iguales al menos ese día. En cambio, como el día de ayuno era el día de las grandes aglomeraciones de peregrinos lo aprovechaban para sus pingües negocios y para recordar las deudas a sus servidores. Y malhumorados por el ayuno exterior convertían el día en ocasión de riñas y disputas inicuas.

Este ayuno, gritará el profeta, no puede llegar al cielo. Es la forma más perversa de engreimiento. Por más que, como buenos orientales, sean escrupulosos observantes de las formas externas: saco, ceniza, cabeza torcida…

El ayuno que Dios quiere es el cumplimiento de los deberes morales y humanos para con el prójimo. Desde los más elementales de la comida, bebida y habitación hasta los más serios y básicos derechos de la persona humana como es el respeto a su libertad, romper ataduras y quebrar todos los yugos. Cuando Jesús nos hable del juicio escatológico, citará este pasaje y hará depender la felicidad o desdicha del cumplimiento o incumplimiento de las obras de misericordia -elementales exigencias humanas- aquí mencionadas. «Sólo entonces Yahveh te oirá».

Esta religión interior fue, asimismo, la exigencia de todos los profetas preexílicos. Es que los profetas han sido los auténticos atalayas de las exigencias éticas del Antiguo Testamento. La diferencia entre los preexílicos y nuestro autor está en que mientras allí se refrendaban las exigencias con amenazas, aquí se razona y exhorta. A pesar de todo, el nomismo y legalismo cundió hasta convertirse en el tan criticado fariseísmo de los tiempos de Cristo. Después de dos milenios de cristianismo, la cizaña del «fariseísmo» sigue sin extirpar.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 111,4-5. 6-7. 8a y 9

R/. El justo brilla en las tinieblas como una luz
En las tinieblas brilla como una luz 
el que es justo, clemente y compasivo. 
Dichoso el que se apiada y presta 
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará, 
su recuerdo será perpetuo. 
No temerá las malas noticias, 
su corazón está firme, en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor, 
reparte limosna a los pobres, 
su caridad es constante, sin falta, 
y alzará la frente con dignidad.

4. SEGUNDA LECTURA
Dios no se demuestra como un teorema matemático, un dato de física o un hecho histórico. Dios es gratuito. Sólo puede ser proclamado por un creyente, que se presenta ante el mundo de la razón sin razones y, por lo tanto, con cierto complejo de inferioridad: «con temor y temblor».

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 2,1-5.

Hermanos: Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Después de haber probado la superioridad del Evangelio sobre los sistemas de sabiduría (1 Cor. 1, 18-25), explica Pablo por qué no ha predicado una doctrina de sabiduría: realmente ha sido mucho mejor, puesto que ha presentado una base divina a las actitudes de los fieles.

Pablo no predica una doctrina de la sabiduría, sino que presenta un testimonio (v. 1). Ahora bien: el testimonio vale en razón de la calidad del acontecimiento que presenta y no en razón de la retórica con que va arropado. Las palabras del testigo son esencialmente relativas; su valor es extrínseco a ellas, al contrario de las palabras de sabiduría.

No obstante, Pablo parece haber realizado una selección en los sucesos de que da testimonio: ha insistido más en torno a la cruz que en torno a la soberanía de Cristo (v. 2), en torno a la humildad de Jesús que en torno a su sabiduría. No es que necesariamente haga esa misma diferenciación preferencial en todas las comunidades a las que evangeliza, pero sí la ha hecho en Corinto («entre vosotros»), sin duda para evitar los equívocos a que hubiera podido dar lugar otra postura diferente.

Además, puesto que el testimonio vale tanto como el acontecimiento de que habla y no lo que pueda valer la calidad del orador, Pablo no tiene reparo en expresarse a pesar de su lenguaje pobre y balbuciente (v. 3). Después de haber tenido un fracaso en la acrópolis de Atenas (Act. 17, 16-34), muy bien podía temerse un fracaso permanente en Grecia. Sin embargo, un testigo debe aducir un mínimo de pruebas para apoyar sus afirmaciones. A pesar de todo, Pablo no las ha presentado conforme a una técnica oratoria, sino en forma de una demostración de talento y de poder (v.7). No se trata necesariamente de milagros propiamente dichos, sino seguramente de los carismas repentinos distribuidos entre la comunidad de Corinto y, sobre todo, del cambio operado en la vida de muchos de los miembros de su auditorio.

Si Pablo defiende con tanto ardor el testimonio de Cristo crucificado (v.2), quizá sea porque durante mucho tiempo la Cruz fue para San Pablo un fenómeno incomprensible. No podía admitir que el Mesías esperado fuese un Mesías crucificado. La visión del camino de Damasco le hizo descubrir repentinamente que el Crucificado es realmente Señor y que vive entre igualmente perseguidos, con el fin de incorporarlos a su gloria. ¿No se diría entonces Pablo que, si Dios había podido convertirle con tanta facilidad, a él que era un fariseo exaltado, con solo hacerle ver que la gloria era una locura tan incomprensible como la cruz, el mejor medio de convertir a los hombres podía consistir en tomar como ejemplo esa experiencia del camino de Damasco y en presentarles la locura de la cruz como camino de la gloria? Por eso el testimonio que el apóstol presenta al mundo responde a una experiencia esencial concreta: el misionero no convierte a los demás sino porque él mismo se ha convertido. De lo contrario, no es más que un propagandista o un publicista, y sus palabras no constituyen un testimonio.

5. Leemos el evangelio de San Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– 13 Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14 Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. 15Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16 Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Contexto: Continúa el desarrollo de lo que significa ser «pescador de hombres». Texto. Equiparación discípulo/sal (v.13a). Reflexión-advertencia en forma de pregunta y respuesta (v.13b). Equiparación discípulo/luz (v.14a). Invitación a base de dos ejemplos (vs. 14b-15). Aplicación (v.16).

1. Los discípulos son sal, es decir, sazonan y evitan la corrupción, y esto con carácter absoluto (=la sal). Los discípulos de Jesús son necesarios e insustituibles en nuestro mundo. Cuando la sal se pierde, aún se puede usar en la limpieza pública. Pero inevitablemente los transeúntes la pisan. Si los discípulos no son sal no sirven para nada.

2. Los discípulos de Jesús son luz que ilumina a los hombres y no hay más luz que ellos. Invitación imperativa a serlo porque para esto están. De ellos depende que los demás hombres den gloria al Padre, es decir, descubran que Dios es Padre. Y esto sólo lo descubrirán si los discípulos viven y son hermanos. En esta fraternidad consisten las buenas obras a que Jesús se refiere. ¿Tienen los discípulos de Jesús una identidad entre los hombres? Ante este texto la duda sobra. ¡Qué inabarcable responsabilidad!

1. Orientaciones para la lectura

v.13: La sal comunica su sabor y conserva los alimentos, pero se puede desvirtuar. Los pueblos orientales a menudo la empleaban para ratificar las negociaciones, de modo que la sal se convirtió en símbolo de “fidelidad y constancia”. Era signo de la Alianza que existía entre Yahveh y su pueblo. (Nm 18,19; 2Cr. 13,5).

vv.14-15: La luz ilumina a todos y no puede ser escondida, sería contra su naturaleza. La luz tiene funciones muy variadas y acompaña todo el arco de nuestra vida:
En la aurora, amanece para nosotros la luz, en nuestro nacimiento y en el Bautismo.
En medio de la vida, recibimos luces inesperadas, que van indicándonos el camino, a través de los acontecimientos, de la Eucaristía y del contacto con la Palabra Divina.
En el ocaso, al final de nuestra vida, cuando comienza el día sin fin,  será la luz de la vida para siempre.
Contemplamos a Dios como luz y fuente de luz: Con toda propiedad podemos exclamar con el salmista: “En ti está la fuente viva y en tu luz vemos la luz” (Sal 36,10). Dios es la fuente de luz por excelencia, ver la luz equivale a recibir el don de la vida (Jb 33,30). Cada uno de nosotros participamos de este magnífico don. Por tanto, estamos llamados a comunicar esta luz, como Dios nos muestra su rostro luminoso, en un día sereno lleno de dones y bendiciones.

Dios es nuestra luz. Esta realidad nos llena de confianza. En un mundo donde las “tinieblas”, la oscuridad, parecen imponerse de una forma tan fuerte, encontramos en Dios un gran aliado que nos ofrece las armas de la luz para luchar. Dios nos ofrece dos fuentes muy concretas en las cuales podemos encontrar toda la luz que necesitamos para nuestra vida: La Palabra y la Eucaristía. La Palabra: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119, 105). La Eucaristía: En la Eucaristía recibimos la luz por excelencia: Jesús. Él se hace alimento para nosotros y nos enseña a entregar la vida cada día con alegría. Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo”. La luz descubre las formas y nos permite la visión, es el símbolo del conocimiento intelectual. La luz está íntimamente ligada con la vida: Vivir es «ver la luz del día” y el parto «es dar a luz”. Jesús se hizo la luz que nos permitió ver al Padre, invitándonos a nosotros a irradiarlo. Tanto la sal como la luz,  poseen una fuerza dinámica interna muy grande: discretamente van transformando el sabor y el color de la vida.  Así debemos ser nosotros, activamente portadores de luz y de sabor para el mundo. La luz y la sal son dones que Dios deposita en nuestras vidas y luego se hacen dones para nuestras familias, nuestras comunidades, nuestros ambientes de trabajo.

v.16: LLAMADOS A IRRADIAR LUZ

Dios es luz (1 Jn 1,5). Jesús es luz (Jn 1,4; 8,12). Nosotros, sus discípulos, debemos ser luz (Mt 5,14).
Nuestra conducta, con sus consecuencias, puede ser luz o tinieblas. Dios habita en nosotros en la medida que somos luz para nuestros hermanos; si andamos en la compañía del Señor, la luz se irradiará. En la vida humana hay valores importantes por los cuales luchar y comprometernos: El pueblo, la familia, la educación cristiana, la formación de criterios de vida y de acción. Todo esto nos lleva a sembrar e irradiar luz. Luz y generosidad se corresponden: la luz nos permite ver las necesidades de nuestros hermanos y compartir con ellos lo que somos y tenemos. En un mundo de tinieblas estamos llamados a trabajar por el triunfo de la luz, desde las pequeñas actividades de cada día.

2. Meditamos el evangelio
1. ¿Qué luz y qué sabor le doy a mi vida y a la de aquellos que me rodean?
2. ¿De las 24 horas de mi jornada, qué tiempo doy a la escucha de la Palabra?
3. ¿Qué otras formas concretas tengo de ser color y sabor en mi ambiente familiar y de trabajo?

3. Oramos el evangelio
Maestro Divino, como al ciego de Jericó, concede luz a mis ojos para reconocerte en los hermanos que sufren. Maestro Divino, como a Lázaro, concédeme la luz de «una vida nueva» para renacer de todas aquellas situaciones de muerte que hay en mi vida. Maestro Divino, como a la mujer pecadora, concédeme la luz de tu «perdón» para que, reconciliado conmigo mismo, viva en armonía con mis hermanos. Maestro Divino, como a tus discípulos, concédeme la luz de tu «amistad» para comunicarte con alegría a mis hermanos. Maestro Divino, como a las multitudes, dame siempre la luz de tu Palabra. Que encuentre en ella fuerza, para enfrentar los acontecimientos de cada día. Amén.

Cuarto domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo cuarto del tiempo Ordinario ciclo A


1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

PRIMERA LECTURA
El pueblo de Dios no coincide con una nación ni con una institución. Está de continuo naciendo en los humildes y los pobres, que buscan y tienen en Dios consuelo y sentido. Son un pequeño resto de la nación y de la institución, pero que sobrepasa sus fronteras y sus denominaciones; no se rige por ellas. La promesa de la vida lograda es para los que, sin duplicidad engañosa, orientan toda la persona por la aspiración al infinito.

2. Lectura del Profeta Sofonías 2,3; 3,12-13.

Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.

Situación histórica: Tras la invasión de Senaquerib (a. 7O1 a. de Xto.), Judá vive una etapa de decadencia política y religiosa. Durante el reinado de Manasés (698-643) no desaparece como reino, pero se ve obligada a pagar tributo al extranjero y a admitir el culto de los vencedores, incluso en el templo de Jerusalem (II Rey. 21,4ss). Es una etapa de idolatría, corrupción social e indiferencia religiosa: «¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora!… no confiaba en el Señor…; sus príncipes… eran leones rugientes; sus jueces, lobos a la tarde…; sus profetas, unos fanfarrones…; sus sacerdotes profanaban lo sacro…» (3, 1ss). Y en medio de esa densa niebla surge, a mediados del s. VII a. de Xto., una luz. Asur empieza a declinar políticamente (se predice la caída de Nínive) y en Judá, bajo la batuta de su nuevo rey Josías (640-609), se inicia un movimiento de restauración política y religiosa (reforma de Josías y promulgación del Deuteronomio).

Contexto: Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa. Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén («Día de la Ira»). El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración (3,9-20: se ha dudado mucho de la autenticidad de estos versículos). 
Texto: 1) 1,7-2,3: – En 1, 7-18 se describe el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. El heraldo anuncia un banquete en el que los invitados van a ser juzgados y destinados a morir. Entre los reos aparecen los nobles y los príncipes reales, los que buscan el enriquecimiento a través del engaño y de la virulencia, los comerciantes injustos, los que niegan la acción de Dios en la historia… La ira divina no es ninguna pasión, algo negativo, sino que por el contrario es algo muy positivo: el no conformarse, sublevarse y salir al paso de las injusticias humanas. Ese día de la ira es veloz como un soldado y trae la destrucción por doquier. El hombre debe prepararse para este día: En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: «el pueblo despreciable» que va a ser aniquilado y el «pueblo humilde» que buscando la justicia busca a Dios.

2) 3,9-20: -En forma de himno se invita a Sión al gozo y a la alegría: «grita, lanza vítores, festeja exultante» (v.14). El miedo debe ser desterrado: «no temas, no te acobardes» (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16). La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).

La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto «que no cometerá crímenes ni dirá mentiras…» (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El «se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo» (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto «pastarán y se tenderán sin que nadie les espante». Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio. El peligro de armas nucleares, las promesas políticas que no se cumplen, el miedo de los eclesiásticos al mensaje evangélico por servir a su señor de turno, el fallo de los jueces que sólo atienden al lucro… ¿Dejan pastar al pueblo y que se tienda sin que nadie les espante? ¿Pueden estar alegres y vivir en paz? Por eso, como Sofonías, también nosotros esperamos ese día de la venida del Mesías. Sólo El puede traernos la auténtica paz y alegría.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 145,7. 8-9a. 9bc-10

R/. Dichosos los pobres en el espíritu, 
 porque de ellos es el Reino de los Cielos.
El Señor hace justicia a los oprimidos, 
da pan a los hambrientos. 
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, 
el Señor endereza a los que ya se doblan, 
el Señor ama a los justos, 
el Señor guarda a los peregrinos.
El Señor sustenta al huérfano y a la viuda 
y trastorna el camino de los malvados. 
El Señor reina eternamente, 
tu Dios, Sión, de edad en edad.

En las comunidades cristianas no deberían ocupar los primeros puestos las excelencias o las eminencias mundanas. Allí el orden social se invierte en forma desconcertante. Una iglesia a imagen y semejanza del protocolo mundano es una caricatura del verdadero proyecto de Cristo.

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,26-31.

Hermanos: Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- el que se gloríe que se gloríe en el Señor.

Prosigue la argumentación defendida por Pablo en 1 Cor 1, 18-25 con el fin de demostrar que la sabiduría humana es incapaz, por sí misma, de conocer la persona de Dios y su designio de salvación. La prueba es que desde la manifestación de Dios y la realización de ese designio, todo lo que hace parece locura, es decir, que cae fuera de los cuadros de la inteligencia humana.
a) Pablo continúa diciendo que: Dios continúa operando por medio de locuras, puesto que para ser el signo de su presencia en el mundo escoge una comunidad tan poco cualificada en el plano humano como la de los corintios (vv. 26-28). Sirviéndose de este argumento, Pablo da dos golpes de una sola vez, puesto que recuerda al mismo tiempo a los corintios tan pretenciosos en sabiduría humana su falta de cualificación en este terreno: mejor harían en acomodarse a una vocación más en conformidad con su capacidad: dar testimonio de la locura de Dios. Que se atengan a ella en lugar de sentirse celosos de unas falsas filosofías de las que, por otro lado, son incapaces de comprender cosa alguna.

b) Los hombres no tienen títulos suficientes para vanagloriarse de la gracia de Dios (v. 29); los corintios, por el contrario, pueden hacerlo a condición de que lo hagan en Cristo. Los títulos de su gloria son múltiples: la justicia en la que Dios les constituye, la santidad que es la divinización de su ser, la redención, finalmente, que les libera de todas las alienaciones, el pecado y la muerte comprendidos. ¿Qué sabiduría humana puede procurar tales beneficios? De ahí que venga a ser lo mismo amoldarse a vivir en Cristo (v. 30) y encontrar en El la glorificación (v.31)

5. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a.

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios». Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

a) Contexto del discurso de Jesús:
En el Evangelio de Mateo, Jesús aparece como el nuevo legislador, el nuevo Moisés. Siendo Hijo, conoce al Padre. Sabe lo que el Padre tenía en su mente cuando, en el pasado, dio la ley al pueblo por medio de Moisés. Es por esto por lo que Jesús puede ofrecer una nueva versión de la Ley de Dios. El solemne anuncio de esta Nueva Ley comienza aquí, en el Sermón de la Montaña. En el Antiguo Testamento la Ley de Moisés está representada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando al viejo modelo, Mateo presenta la Nueva ley en cinco grandes Discursos repartidos en el evangelio: el Discurso de la Montaña (Mt 5 a 7), el Discurso de la Misión (Mt 10), el Discurso del Misterio del Reino presente en la vida (Mt 13), el Discurso de la Comunidad (Mt 18) , el Discurso del futuro del Reino (Mt 24 y 25). Pero para Mateo, no basta sólo el estudio de la Ley. Es necesario observar bien la práctica de Jesús, porque en ella obra el Espíritu de Dios, que anima desde dentro la letra de la Ley. La descripción de la práctica de Jesús ocupa las partes narrativas intercaladas entre los cinco Discursos y tiene la finalidad de mostrar cómo Jesús observaba la ley y la encarnaba en su vida.

b) Comentario del texto:

Mateo 5,1: El solemne anuncio de la Nueva Ley En el Antiguo Testamento, Moisés subió al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. También Jesús, nuevo Moisés, sube a la montaña y mirando a la gente que le seguía, proclama la Nueva Ley. Hasta este momento, sólo eran cuatro los discípulos de Jesús (Mt 4,18_22). Pero de hecho lo seguía un inmenso gentío. Rodeado de discípulos, Jesús comienza a enseñarles, proclamando las bienaventuranzas.

Mateo 5,3-10: Las ocho puertas de entrada al Reino Las bienaventuranzas constituyen la solemne apertura del Sermón de la Montaña. En ellas Jesús define quién puede entrar en el Reino. Son ocho categorías de personas. Ocho puertas de entrada. ¡No hay otra puerta para entrar en el Reino, en la Comunidad!. Los que desean formar parte del Reino deberán identificarse con una de estas categorías o grupos.

Bienaventurados los pobres de espíritu No es ni el rico, ni el pobre con mentalidad de rico. Sino el que, como Jesús, vive pobre (Mt 8,18), cree en el pobre (Mt 11,25-26) y ve en ellos a los primeros destinatarios de la Buena Noticia (Lc 4,18). Es el pobre que tiene el Espíritu del Señor.

Bienaventurados los pacíficos No es la persona pasiva que pierde las ganas y no reacciona por nada. Sino que son aquéllos que están “pacificados” y ahora, como María, viven en la “humillación” (Lc 1,48). Perdieron la tierra que poseían, pero la recobrarán (Si 37,7.10.11.22.29.34). Como Jesús, intentan ser “ mansos y humildes de corazón” (Mt 11,19).

Bienaventurados los tristes No se trata de cualquier tristeza, sino de la tristeza ante las injusticias y las faltas de humanidad que suceden en el mundo (Tb 13,16; Sir 119,136; Ez 9,4; 2Pe 2,7). Están tristes porque no aceptan la situación en la que se encuentra la humanidad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia No se trata sólo de la justicia que se busca en los tribunales y que muchas veces es la legislación de la injusticia. Sino sobre todo es la Justicia de Dios que se busca, haciendo de modo que las cosas y las personas puedan ocupar el lugar que deben ocupar en el plan del Creador.

Bienaventurados los que son misericordiosos No es la filantropía que distribuye limosnas, sino que se trata de imitar a Dios, la que tiene entrañas de misericordia por aquéllos que sufren (Ex 34,6-7). Misericordia quiere decir tener el corazón en la miseria de los otros para disminuir su dolor. Quiere decir obrar de modo que no nos sea ajeno el sufrimiento de los demás.

Bienaventurados los puros de corazón
No se trata de la pureza legal que sólo mira lo externo, sino que se trata de tener la mirada purificada para asimilar la Ley de Dios en el corazón, que se hace transparente, y permite a las personas reconocer la llamada de Dios en los hechos de la vida y de la naturaleza.

Bienaventurados los constructores de paz No es sólo la ausencia de guerra. La Paz que Dios quiere sobre la tierra es la reconstrucción total y radical de la vida, de la naturaleza, de la convivencia. Es el Shalôm, la Paz anunciada por los profetas y dejada por Jesús a sus apóstoles (Jn 20,21).

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia
En el mundo construído y organizado a partir del egoísmo de personas y grupos (como el sistema neoliberal que hoy domina al mundo), aquél que desea vivir el amor desinteresado, será perseguido y morirá en la cruz.

c) Ampliando la visión sobre las Bienaventuranzas:
* La comunidad que recibe las bienaventuranzas Mateo tiene ocho bienaventuranzas. Lucas tiene cuatro y cuatro maldiciones (Lc 6, 20-26). Las cuatro de Lucas son: “vosotros los pobres, vosotros que tenéis hambre, vosotros que lloráis, vosotros que sois odiados y perseguidos” (Lc 6,20-23). Lucas escribe para las comunidades de paganos convertidos. Viven en el contexto hostil del Imperio Romano. Mateo escribe para las comunidades de judíos convertidos, que viven en el contexto de rotura con la sinagoga. Antes de la rotura, gozaban de una cierta aceptación social. Pero, ahora, después de la rotura, la comunidad entró en crisis y en ella empezaron a aparecer diversas tendencias en lucha entre ellos. Algunos que pertenecían a la línea farisaica querían mantener el mismo rigor de la observancia de la Ley, a la que estaban acostumbrados antes de su conversión a Jesús. Pero al hacerlo, excluían a los pobres y pequeños. La nueva ley introducida por Jesús pide que sean escuchados todos en la comunidad como hermanos y hermanas. Por esto, al solemne comienzo de la Nueva Ley presenta ocho bienaventuranzas que definen las categorías de personas que debe ser escuchadas en la comunidad: los pobres, los mansos, los afligidos, aquéllos que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los promotores de paz, los perseguidos.

* ¿Pobres de espíritu? Jesús reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Su misión era “anunciar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18). Él mismo vivió como pobre. No poseía nada propio, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza (Mt 8,18). Y a los que quieren seguirlo Jesús pide que escojan entre Dios y el dinero (Mt 6,24). Pobre en Espíritu es la persona que tiene ante los pobres el mismo espíritu que Jesús. Cada vez que en la historia del Pueblo de Dios se intenta renovar la Alianza, se comienza también a restablecer el derecho de los pobres y de los excluídos. Sin esto, no es posible renovar la Alianza. Así hacían los profetas y así hace Jesús. Denuncia el sistema que excluye a los pobres y persigue a los que luchan por la justicia. En nombre de Dios, Jesús anuncia un nuevo Proyecto que acoge a los excluídos. La comunidad en torno a Jesús debe ser una muestra donde este futuro Reino comience a plasmarse. Debe caracterizarse con un nuevo tipo de relación con los bienes materiales, con las personas y con Dios mismo. Debe ser semilla de una nueva nación. He ahí el deber más importante para nosotros los cristianos, sobre todo para los jóvenes. Porque el único modo de merecer credibilidad es presentar una muestra bien concreta del Reino, una alternativa de vida que sea verdaderamente una Buena Nueva de Dios para los pobres y excluídos.

* Ser felices hoy El evangelio dice exactamente lo contrario de lo que afirma la sociedad en la que vivimos. En la sociedad el pobre es considerado un infeliz, y es feliz quien posee dinero y puede gastar a su antojo. En nuestra sociedad es feliz quien tiene fama y poder. Los infelices son los pobres, aquéllos que lloran. En televisión, las telenovelas divulgan el mito de las personas felices y realizadas. Y sin darse cuenta, las telenovelas se convierten en padrones de vida para muchos de nosotros. Estas palabras de Jesús todavía tienen sentido en nuestra sociedad: “¡Bienaventurados los pobres! ¡Bienaventurados los que lloran!”. Y para mí, que soy cristiano o cristiana, ¿quién de hecho es feliz?

6. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Tercer domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo A

En este domingo Cristo se nos muestra como luz, pero una luz que nos permite descubrir su persona. Jesús es la luz que poco a poco se enciende para iluminarnos a Dios. Es una luz para todos los hombres y que a su vez necesita de los hombres para continuar iluminando la humanidad. Y por último es la luz que nos envuelve a todos, que a todos nos une bajo su resplandor.

0. Oremos para que sepamos  seguir a Jesús radicalmente, hasta el fin.
Oh Dios y Padre nuestro: Tu Hijo nos invita, de modo suave pero insistente, a seguirle como discípulos fieles. Abre nuestras mentes a su luz, haz que respondamos a su amor y que le confiemos a él todo nuestro ser. Que su reino crezca en cada uno de nosotros y en todo el mundo, para que nos lleve con esperanza a la alegría que tú has preparado para nosotros en tu casa Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

0.1. Acerquémonos a la lectura y reflexión de la divina Palabra. » … Isaías anuncia en términos exultantes la liberación…, los que vivían en tristeza y en sombras vieron una luz grande… » (Is 9, 1-4).

1. Lectura del Profeta Isaías 9,14.

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombre los quebrantaste como el día de Madián.

v. 1: El mismo profeta que había anunciado la ruina del Reino del Norte (cf. cap. 5 y 8), es el que ahora anuncia su salvación. La ira de Dios no es lo último en sus caminos inescrutables, sino la misericordia y la gracia. Si Dios castiga es para salvar, no «para arreglar cuentas».

v. 2: Cuando una persona se halla en apuros y, de pronto, le ocurre alguna solución inmediata decimos que «le ha encendido el foco». De igual manera describe el profeta la salvación de Dios, «sol de justicia», para un pueblo que padecía la humillante opresión de sus invasores. La «luz grande» que verá ese pueblo esclavizado es la presencia de Dios que viene a salvarle y a poner en fuga a todos sus enemigos (cf. 10. 17; Sal 50. 2; 27. 1; 104. 2). La descripción de este cambio venturoso allí donde cundía el desespero de los sometidos y dominaba el despotismo de los invasores, se hace espontáneamente un canto de alabanza a Dios en boca del profeta.

v. 3: Los que son librados se alegran como el campesino se alegra en la cosecha. Los que vivimos en la ciudad y dependemos de un sueldo no podemos figurarnos la alegría desbordante del campesino que ha esperado pacientemente el fruto de su trabajo y ahora, al fin, mete con alegría y fuerza la hoz en su propia mies.

v. 4: En tiempos de Teglatfalasar III los asirios se anexionaron estas tierras que menciona el profeta y abrumaron con tributos a sus habitantes, trataron a los hijos de Israel como si fueran animales de carga. Se explica el gozo profundo y la alegría de estos hombres que ven ahora como el Señor desarma a sus opresores y rompe el yugo de su esclavitud. La nueva salvación aviva la memoria y confirma la fe de los hijos de Israel: una vez más sucede lo que ya sucedió el «día de Madián», el Señor salva a su pueblo. Las antorchas de Gedeón y de sus hombres en medio de la noche espantaron a los enemigos y disiparon los temores del pueblo (Jc 7.), así también ahora la «luz grande» que brilla en la Galilea ocupada por los asirios. Pero la verdadera luz está por ver, cuando aparezca en Jesús de Nazaret comenzará a brillar en estas mismas tierras. Respondamos a esta palabra, reconociendo que solamente el Señor es nuestra luz y definitiva salvación.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 26,1. 4. 13-14

R/. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación; 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida; 
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, 
eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor 
por todos los días de mi vida; 
gozar de la dulzura del Señor 
contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor.

Lo peor de todas esas sombras es el “divisionismo”: » … las rivalidades y divisiones acechan en toda estructura humana. A Pablo le duele que la Iglesia de Cristo se rompa y se divida. «

3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,10-13.17.

Hermanos: Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.» ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

La carta de Pablo a los cristianos de Corinto responde a las preguntas planteadas al apóstol por los notables que fueron a consultarle en nombre de la comunidad (1 Cor. 16, 15-16). Pero Pablo comienza por dedicar algunas líneas al problema de las facciones que dividen la comunidad.

a) Las facciones en la Iglesia de Corinto se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y… a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: algunos con un carácter judaizante (partidarios de Pedro), otros con una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y finalmente quienes seguían el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

Pablo ha tratado inmediatamente de disolver el grupo centrado en torno a él afirmando que no tiene prácticamente ninguna pretensión respecto a él, puesto que no ha bautizado a nadie (vv. 14-16). Rechazará a continuación el estatuto del grupo de Apolo mediante la exposición de la sabiduría cristiana (1 Cor. 1, 17-4, 21) y arremeterá contra los libertarios (¿los de Jesús?) en los caps. 5 y 6.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, las facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

b) Pablo manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17; cf. también Rom. 15, 15-16). El apóstol vive en una época en que el rito ocupa un lugar excesivo en todas las religiones; el judaísmo en Israel, la disputa sobre los bautismos entre los seguidores del Bautista y cristianos, los «misterios» de la religiones griegas, etc. Como no está de acuerdo con que el cristianismo se caracterice por la incorporación de ritos nuevos, insiste en hacer de él, ante todo, una religión de la Palabra y de la Misión. Pero no es que propugne una religión sin rito, sino que afirma que el rito está actualmente supeditado a la Palabra y a la Misión y no recibe su eficacia sino de la Palabra misionera y sacramental que le acompaña y de la fe con que es acogida esa Palabra.

Preparémonos para escuchar las palabras del Evangelio que nos sitúa a Jesús en un lugar concreto, iluminando las realidades humanas, Jesús inicia su predicación y llama a sus discípulos: Galilea es la frontera geográfica y teológica: su población es heterogénea, casi pagana, periférica, casi marginación del pueblo de Dios; ahí es donde Jesús inicia su ministerio, viene a eliminar fronteras… Jesús llama al Reino (Mt,4, 12-23)

4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 4,12-23.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. [Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes: a) la presentación de Jesús que predica en Galilea; b) el mensaje que predica; y c) la elección de los discípulos.

a) La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue «entregado» (más que «arrestado»): su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la «Galilea de los gentiles», es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la «luz» de la revelación porque viven en las «sombras» del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

b) El mensaje de Jesús es el mismo que Mateo pone en labios del Bautista: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2). Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, «está cerca»; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

c) Estrechamente unido a la proclamación del mensaje, vemos el seguimiento de los discípulos (Mt y Mc nos lo presentan de forma muy esquemática, y no sabemos qué tiempo transcurrió entre el inicio de la predicación y la elección de los discípulos). De todos modos, lo que más nos interesa es el significado de la expresión «seguir a Jesús»: en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Habrá también mucha gente que, atraídos por la autoridad de su palabra o por sus curaciones (cfr. 4,25) seguirá a Jesús; pero el propio Jesús les hará caer en la cuenta de que ser discípulo significa olvidarse de sí mismo, cargar la propia cruz y seguirle (cfr. 16,24).

Hagamos nuestro el mensaje de los textos que nos ofrece la liturgia dominical, reconociendo que Jesús es Luz para todos los pueblos, que nos llama para iluminar con su luz nuestra vida y la de los demás y, que nuestro seguimiento se centra en él.

Cristo es Luz de todos los pueblos
Lo que nos llama la atención de las lecturas de este domingo, y que debemos resaltar, es la perfecta armonía que existe entre ellas. Esto no sólo es debido a que en el Evangelio de Mateo se nos cite el pasaje de Isaías que tenemos como primera lectura, sino porque en todas ellas, incluyendo el salmo responsorial, Cristo se nos presenta como la Luz, que alumbra hoy muchas realidades. Para empezar vemos que Jesús es la luz que poco a poco se ha ido encendiendo. Pensemos que el relato nos habla del comienzo de su vida pública, pero ya hacia mucho tiempo que esa luz había comenzado a iluminar. Jesús no es un fogonazo que nos deja ciegos, sino justamente lo contrario, la luz que poco a poco nos deja ver más claro su amor “Tu luz nos deja ver la luz” (Sal 35). Pero aunque esta luz surja poco a poco no es tímida, es universal. Cristo es visto como una “luz grande” en la Galilea de los gentiles, en los lugares que la sociedad piadosa judaica, centrada en la luz de su amada Jerusalén, no alcanzaba a ver como buenos judíos porque “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 46). Y sobretodo está luz progresiva, que nos alumbra a todos para conocer a Dios, no es una luz muda sino que tiene un mensaje clave: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos”. Este anuncio no nos tendría que dar miedo, sino alegría. El Reino de los cielos es el momento en que Dios Padre lleno de Misericordia va a llenar nuestra vida de sentido. El Reino de los cielos no es otro imperio terrestre, sino el imperio de la justicia y el amor. Por ello esta luz nos deja ver la verdad de nuestra existencia: vivir plenamente ese amor. Pero hemos de convertirnos, es decir, dar la vuelta a nuestros valores para aceptar los valores del Reino/reinado de Dios con gozo porque Dios será nuestro Rey.

2. La llamada de Cristo es para todos
“Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar sólo; todo hombre, incluso, el hombre Dios es hombre con otros hombres. Por eso Jesús busca enseguida colaboradores”. Este bellísimo pasaje de Von Balthasar nos puede ayudar a comprender la siguiente acción de Jesús en el Evangelio. Cristo no sólo anuncia una nueva luz, sino que necesita de sus discípulos, de seguidores, de “amigos” suyos (Jn15, 14-16) para que esta luz continúe brillando. La misma encarnación fundamenta la llamada a otros hombres para que sean colaboradores de su misión. Pero un detalle importante es darnos cuenta de la forma de llamar de Cristo. Llama a quien quiere, como quiere y cuando quiere. Esta máxima libertad de Jesús es condición necesaria para nuestra propia vocación cristiana. Jesús llama a unos simples pescadores, unos “obreros” de la pesca. Pero también llama a unos pescadores con barca y redes, los “ricos” del negocio. La llamada al seguimiento es universal, para todos. La luz no es para muchos ni para pocos sino para todos los hombres y para todo el hombre. Pero a todos los llamados se les llama a lo mismo y se les dará la misma paga, aunque dejen diferentes cosas. Todos buscan seguirle y todos serán pescadores de hombres. Por ahora los discípulos serán “contemplativos” del maestro, pero cuando ellos también hayan de comenzar a actuar las misiones que recibirán serán las mismas para todos, pero también las adecuadas para cada uno de ellos. Esta es la forma real de la unidad de la Iglesia, que es tanto la que predica Pablo en la segunda lectura como en otros textos que la complementan (Rom 12, 1Co 12). Pero esta ya es nuestra última clave.

3. Jesucristo, el único objeto de nuestro seguimiento y pertenencia
Quizás este sea el aspecto de las lecturas de este domingo que más podemos aplicar a nuestra realidad cotidiana y eclesial. El apóstol Pablo comienza así esta carta a su querida comunidad de Corinto, que debía estar dando un ejemplo poco edificante al resto de sus iglesias hermanas. Y esto era debido a sus divisiones, a sus luchas intestinas dentro de la comunidad para ver quién era más o quién tenía toda la verdad: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¡Cuantas veces a nosotros nos pasa lo mismo dentro de la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas! Una constatación de todo ello la tenemos estos días muy presente, ya que estamos dentro del octavario de oración para la unión de los cristianos. Las divisiones siempre se dan por creerse las dos partes las únicas llenas de razón y romper el diálogo. Pero la lectura de Pablo, que es expresión de su propia experiencia de conversión, nos habla de la verdadera forma cristiana de luchar y vivir por la unidad: “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” No. Nosotros somos hijos de Dios por Cristo y su vida, muerte y Resurrección es la que nos ha mostrado el camino verdadero del hombre. Cristo es nuevamente una luz para todos, pero esta vez una luz que nos abarca a todos en su interior. Cristo es el fundamento único de nuestra pertenencia y unidad porque es el único que nos ha mostrado y amado como Dios. Por eso es todavía más sangrante que nosotros fundamentemos nuestras divisiones en su Persona. Tengamos así especialmente en cuenta este domingo esta intención, y pidámosla al Espíritu, principio de la unidad, que nos ilumine con la verdadera y única Luz: Cristo.

4. Oración final:
Señor Dios nuestro: En nuestro caminar hacia ti, Tú nos has iluminado con la Palabra de tu Hijo. Que él nos transforme a su imagen, como luz para el mundo; que llevemos una chispa de esperanza a donde haya desesperación, un resplandor de alegría  a donde haya tristeza, amor a donde haya indiferencia o, peor todavía, a donde haya odio y rencor. Te lo pedimos en el nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.

2º domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

El Cordero de Dios

El Cordero de Dios, Diric Bouts El Viejo.

Domingo II del tiempo ordinario

Ciclo A

Entre la despedida y la vuelta del Señor, los cristianos tenemos una tarea que realizar. Iniciamos un ciclo litúrgico, Domingos del Tiempo Ordinario, porque siguen y realizan la pascua pentecostal que viene a expandir la fe fuera de la Iglesia, y que manifiesta que los cristianos tenemos que ser los realizadores de la extensión del Reino de Dios. Su vida se ha convertido en misión de testimonio. Nace el tiempo del testimonio. Domingos de maduración cristiana, de afirmación cristiana desde el mayor conocimiento y compromiso con la fe en Jesús.

1. Lectura del Profeta Isaías 49,3.5-6.

«Tú eres mi siervo (Israel) de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel, -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-. Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El libro de la «Consolación de Israel» (Is 40-55) trata de abrir nuevos horizontes al pueblo abatido. Uno de los encargados será ese misterioso personaje que se llama «el siervo de Yahvé». Este siervo no es idéntico en cada uno de los cuatro cantos. En este segundo canto parece identificarse de una forma bastante clara a un solo personaje. La versión del texto hebreo no es muy clara. El sentido parece ser éste: Israel llegará a poseer la gloria del Señor en la persona del siervo. Por medio del siervo, Dios se sentirá orgulloso de Israel. De una cierta manera, el siervo se identifica o, mejor, representa en su persona a Israel como canalizador de la liberación que van a recibir todos los pueblos para gloria de Dios. Este «mediador» por excelencia lo será después Jesús.

Este tema del ser escogido desde el vientre de la madre es muy bíblico y signo de consagración profética (aparece ya en el v. 1; ver Jr 1; Lc 1). El creyente también está amorosamente destinado en los planes de Dios a que sea el encargado de ir haciendo camino a los hombres hasta que definitivamente lleguen a Dios.
Vuelve a aparecer el tema del nuevo éxodo, tan querido por los profetas del exilio. Ante el Dios que dispersa (cf. Ez 5,10, 6.9, 20,23), está el Dios que reúne (cf. Ez 11,17 34,13, 36, 24). Israel diezmado podrá regresar a Jerusalén, reconstruir el pueblo de Dios y volver a ser la luz de las naciones. Profecías que se han cumplido en la muerte de Jesús y que ahora hay que hacerlas vida en la tarea cristiana.

Esta proximidad del siervo para con Yahvé es la garantía de que los oráculos se cumplirán. De algún modo, el siervo queda constituido en prenda de salvación. Así ocurre con Jesús: en él tenemos la seguridad de que las promesas se cumplirán, de que su reino tiene sentido.

La progresión y distancia que hay entre los términos «desde el seno de la madre – hasta el confín de la tierra» es lo que se llama una fórmula de totalidad. Al siervo se le encomienda toda la tarea de llevar adelante la alianza que Dios ha hecho con su pueblo. A la luz de la resurrección, estas palabras adquieren verdadero sentido. En Jesús se ha cumplido todo esto con perfecta exactitud. Continuar la obra es tarea del cristiano.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 39,2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; 
El se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y en cambio me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio, 
entonces yo digo: «Aquí estoy 
-como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.

Dios mío, lo quiero, 
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios: 
Señor, tú lo sabes.

¡ABRE MIS OIDOSI
Abre mis oídos, Señor, para que pueda oír tu palabra, obedecer tu voluntad y cumplir tu ley. Hazme prestar atención a tu voz, estar a tono con tu acento, para que pueda reconocer al instante tus mensajes de amor en medio de la selva de ruidos que rodea mi vida. Abre mis oídos para que oigan tu palabra, tus escrituras, tu revelación en voz y sonido a la humanidad y a mí. Haz que yo ame la lectura de la escritura santa, me alegre de oír su sonido y disfrute con su repetición. Que sea música en mis oídos, descanso en mi mente y alegría en mi corazón. Que despierte en mí el eco instantáneo de la familiaridad, el recuerdo, la amistad. Que descubra yo nuevos sentidos en ella cada vez que la lea, porque tu voz es nueva y tu mensaje acaba de salir de tus labios. Que tu palabra sea revelación para mí, que sea fuerza y alegría en mí peregrinar por la vida. Dame oídos para captar, escuchar, entender. Hazme estar siempre atento a tu palabra en las escrituras.

Comienzo de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,1-3.

Yo Pablo llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros.

La primera carta a los corintios, que se lee durante los domingos, enfoca los grandes problemas de vida cristiana en el seno del mundo pagano y de la sociedad particularmente decadente de Corinto.

a) El encabezamiento de la carta contiene ya los temas fundamentales de la epístola. Pablo comienza por revalorizar su misión de apóstol (v. 1): la autoridad que va a necesitar para disciplinar a los cristianos de Corinto no se fundamenta en el hecho de que sea fundador de una secta o pensador filósofo, sino en un llamamiento de Dios y sobre una tradición: las palabras que dirá no serán suyas, sino Palabras de Dios lealmente retransmitidas.

b) Los cristianos de Corinto tienen igualmente títulos particulares que han de tomar en consideración en la manera de resolver sus problemas. El primero de esos títulos es la santidad (v.2). La Iglesia de Corinto sucede así al antiguo Israel que había de mantenerse en santa asamblea ante su Dios (Ex. 19, 6-15; cf. 1 Cor 6, 2-4, 6, 11): la santidad obliga, pues, a los corintios a rechazar el amoralismo de su sociedad y a hacerse los representantes de la trascendencia divina en el corazón del mundo pagano.

c) La segunda situación a que deben atender los cristianos de Corinto es su solidaridad con aquellos que, a través del mundo, invocan el nombre del Señor. Esta invocación del nombre de Yahvé era el privilegio de Israel en el seno de las naciones (Jer. 10,25; cf. Is. 43, 7). Invocando el nombre de Jesús, los cristianos cargan con la responsabilidad de la salvación del mundo, puesto que, mediante su oración y su conducta, garantizan la realización de esa salvación en ellos y a su alrededor.

Lectura del santo Evangelio, según San Juan 1,29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Y Juan dio testimonio diciendo: -He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: -Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Hoy al leer y releer despacio y atentamente el pasaje del evangelio que queremos conocer y orar: el del segundo domingo del Tiempo Ordinario. Fijémonos en lo siguiente:

1. Los personajes que aparecen, mencionados o implícitos:
El pasaje menciona a Juan Bautista, Jesús, el Espíritu Santo y Dios Padre («el que me envió a bautizar con agua»). Otros personajes que no aparecen identificados son aquellos a los que Juan habla. Es preciso acudir al contexto anterior y posterior de ese pasaje para saber a quién se está dirigiendo Juan.

El evangelio de Juan, capítulo 1,19, nos presenta a Juan Bautista bautizando al otro lado del Jordán, en una aldea llamada Betania (distinta de la ciudad de Marta, María y Lázaro cercana a Jerusalén). Los judíos de Jerusalén le envían sacerdotes y levitas fariseos para preguntarle si él es el Cristo. Él da testimonio diciendo: «Yo, voz del que clama en el desierto…». Al día siguiente sucede la escena de nuestro evangelio: Juan ve venir hacia él a Jesús y da testimonio de lo que ha visto y contemplado sobre este hombre. No se dice ante quién da testimonio. Quizá ante los mismos fariseos del día anterior, ante la gente que acudía a él para bautizarse, o ante sus mismos discípulos. Porque el evangelio continúa, después, narrando que, al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y les señaló a Jesús, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios». Quizá el hecho de que no se mencione a quién va dirigido el testimonio de Juan apunta al hecho de que los destinatarios somos todos nosotros, los oyentes del evangelio de todos los tiempos. Así pues, cada uno de nosotros es el quinto personaje de este pasaje.

2. ¿Hay un diálogo o un monólogo? ¿Quién habla?
Sólo Juan habla. Su testimonio ocupa todo el evangelio de este domingo.

3. ¿Qué dice Juan Bautista de Jesús?

3.1: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v.29). 
¿Qué te recuerda la imagen del «Cordero de Dios»? ¿Por qué crees que Juan la ha utilizado para referirse a Jesús?
En primer lugar, es indudable que esta expresión se refiere al Cordero Pascual cuya sangre liberó al pueblo de la muerte, según el relato del Éxodo 12,1-11. Otros pasajes del N.T. también comparan a Jesús con el Cordero Pascual: «Cristo, nuestro Cordero Pascual (nuestra Pascua) ha sido inmolado» (1 Cor 5,7); «Os rescataron… con la sangre preciosa del Mesías, cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,18), como debía ser el Cordero Pascual, sin defecto ni mancha. 
En segundo lugar, la expresión «Cordero de Dios» se refiere al Siervo de Yahveh, según el cuarto cántico del Siervo, en Is 53,7, donde se dice: «Como Cordero manso, llevado al matadero, no abrió la boca».
Este Cordero «quita el pecado del mundo». Del Siervo de Yahveh se dice que «mi Siervo justificará a muchos y sus culpas él soportará…; él llevó el pecado de muchos» (Is 53,11.12). Y la carta a los Hebreos dice que «Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de la multitud» (Hb 9,28). Esa ofrenda la realizó Jesús desde la Encarnación hasta su entrega a una muerte de cruz por fidelidad a la misión que recibió del Padre. El punto culminante de esa entrega fue su amor hasta el extremo, demostrado en el servicio y en la muerte por amor a nosotros. En efecto, en la última cena, sentado a la mesa con sus discípulos, Jesús tomó el cáliz y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,24). «Por muchos» es una expresión tomada de Isaías que significa, en este caso, «por todos».
En una sola frase, Juan Bautista condensa todo lo que Jesús es y toda su misión.

3.2: «Un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo» (v.30).
Juan deja bien claro que Jesús es mayor que él. Le corresponde ir por delante porque es el Mesías. Es el verdadero Maestro. Por eso Juan invita a sus propios discípulos a seguir a Jesús. Es «el Novio», el que tiene a la Esposa, que es el nuevo Israel, la Iglesia. Juan sólo es el amigo del Novio que se alegra cuando escucha su voz (cf. Jn 3,29). No hay rivalidad ni envidia en Juan. El Bautista disminuye para que Cristo crezca. 
De Jesús dice, además, que «existía antes que él». Desde un punto de vista humano, Juan existía antes que Jesús. Pero Juan reconoce en Jesús al Hijo de Dios preexistente, del que se habla en el prólogo de este evangelio: el Hijo que existía en el principio, por el cual y para el cual se hizo todo, que estaba en el seno del Padre y vino a poner su tienda entre nosotros.

3.3: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él» (…). «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él….» (vv.32-33).
a) Dos veces dice Juan que el Espíritu bajó del cielo y se posó sobre Jesús. Esta repetición indica su importancia. La expresión evoca la unción de David: cuando David fue ungido rey por Samuel, «el Espíritu del Señor invadió a David y estuvo con él en adelante» (1 Sm 16,13). David es el único rey sobre el que el Espíritu permanece. Esta evocación quiere transmitir que Jesús, ungido por el Espíritu, es el nuevo David, el Mesías-Rey que Israel estaba esperando.

b) Puede extrañarnos que no se diga que Juan bautizó a Jesús. El evangelista Juan no cuenta que Juan Bautista bautizara a Jesús porque quiere resaltar, más que los otros evangelistas, que el Bautista está subordinado a Jesús en todo y que Jesús es ungido directamente por Dios con el Espíritu Santo, sin mediación humana.

c)  La venida del Espíritu sobre Jesús corresponde a tres textos proféticos:
Is 11,1ss: «Retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará un vástago, sobre el cual reposará el Espíritu del Señor».
Is 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu para que promueva el derecho en las naciones».
Is 61,1ss: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad» (cf. Lc 4,18).

d) La imagen que se utiliza para referirse al Espíritu es la de una paloma que baja del cielo a posarse sobre Jesús. Esta imagen no aparece en la Escritura para referirse al Espíritu. ¿Qué quiere decir esta imagen? La expresión «como una paloma» denotaba el cariño al nido: el Espíritu encuentra su nido, su hogar, su lugar natural y querido, en Jesús. El amor del Padre tiene nostalgia de su nido, que es Jesús, y baja a establecerse en Él como su morada permanente. 
Por otra parte, al utilizar esta imagen los evangelistas han podido inspirarse en un comentario rabínico al relato de la creación de Génesis 1, que dice que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas como una paloma sobre su nidada. Con esta evocación, el evangelista querría decir que el Espíritu desciende sobre Jesús para hacer una nueva creación, el Hombre Nuevo del que nosotros estamos llamados a ser imagen por el bautismo (Rom 8,29).

3.4: Jesús «ha de bautizar con Espíritu Santo» (v.33).
¿Recuerdas algún pasaje de los evangelios que diga que Jesús bautizara?
Pues sí, el evangelio de Juan lo dice: «Jesús fue con sus discípulos a Judea. Y allí estaba con ellos y bautizaba» (Jn 3,22). Sin embargo, líneas más adelante se corrige diciendo: «aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos» (4,2). Entonces, ¿cómo bautizó Jesús con Espíritu Santo?
Fue Jesús Resucitado el que derramó el Espíritu sobre sus discípulos para hacer de ellos una nueva creación, tal y como nos cuentan los relatos de resurrección y el libro de los Hechos de los Apóstoles. El bautismo en el Espíritu no es un mero signo externo, como el bautismo de Juan, sino un acto por el cual el Espíritu nos transforma en hijos e hijas de Dios, llenos de la Vida abundante que Jesús vino a traer.

3.5: «Éste es el Hijo de Dios» (v.34)
Esta confesión solemne del Bautista cierra el pasaje. La misma confesión cerrará el evangelio en su primera conclusión, esta vez en labios de Juan Evangelista: «Estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).
En las narraciones del bautismo del Señor, en los otros tres evangelistas, es el Padre el que proclama, desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11)

4. ¿Qué dice el pasaje de hoy sobre Juan Bautista?

4.1:: «Yo no lo conocía» (vv.31.33)
Dos veces dice Juan que él no conocía a Jesús. Sabemos, por el evangelio de Lucas, que Juan era pariente de Jesús, pues María e Isabel eran primas. ¿Puede ser que no se hubieran visto a lo largo de su vida y en verdad no se conocieran o Juan habla de otro tipo de conocimiento?
Efectivamente, parece que es así: Juan está hablando de que no conocía la identidad profunda ni la misión de Jesús. Lo supo porque Dios, que lo envió a bautizar con agua, se lo reveló. Nadie puede reconocer a Jesús como Dios y Señor si no le es revelado de lo alto. Por eso la fe hay que pedirla. Es un don, no una imposición ni una conquista personal.

4.2: «He salido a bautizar con agua» (v.31)
El bautismo de Juan no quita el pecado del mundo ni comunica el Espíritu. Es como una figura o preanuncio del que había de venir. Es signo de la buena disposición a recibir el Reino. Pero no transforma. No recrea. No libera.

La liturgia de la Palabra para este domingo nos sitúa frente a la actitud de quienes son enviados por Dios para cumplir una misión. El Siervo de Dios ha de cargar sobre sí las consecuencias de las decisiones equivocadas de las gentes, abriendo la posibilidad de rehacer la vida.

La comunidad en Corinto viciada por tanto mal está llamada a vivir un nuevo estilo de vida, ordenada a la consagración a Dios de todo cuanto dice y hace.

Jesús de Nazaret carga sobre sí los pecados del mundo, orientando a las personas a seguir un estilo de vida de acuerdo a la voluntad de Dios, acompañados de su Palabra que no juzga ni condena sino que orienta para que se puedan tomar decisiones serias.

Dios estuvo atento a las decisiones de su pueblo y, aun en los equívocos mostró su misericordia enviando profetas que comunicaban su voluntad. En Jesucristo se hizo presente la Palabra de Dios, hablando y viviendo la voluntad de Dios, siendo el modelo de vida a la perfección. Hoy esta palabra sigue mostrándonos que vivir nuestra consagración de vida es de sacrificio, ofrenda permanente (Rom 12,1), como la de Jesús cordero inmolado, que entregó su vida por nosotros hasta el extremo. Aprendamos de él a vivir nuestra entrega por el bien de los demás.

El Bautismo del Señor

Domingo: Fiesta del Bautismo del Señor

La liturgia de este domingo nos va a poner ante la presentación «oficial» de Jesús en público. Su aparición ante los hombres y mujeres de su época para dar comienzo a los que tradicionalmente se ha llamado su «ministerio público». Pero, como punto de partida en esta cuestión, como es lógico y normal, lo primero será presentar al «protagonista»: ¿quién es Jesús? El evangelio de hoy nos dará una respuesta clara, una respuesta de fe, a esta pregunta: es el Hijo predilecto de Dios.
La memoria del bautismo de Jesús en el Jordán quiere responder a una serie de interrogantes que se planteó la comunidad primitiva y que se formulan también hoy. ¿Quién es Jesús? ¿En qué se funda la autoridad de su mensaje? Jesús es el siervo de Yahvé (1. lectura) que ha pasado haciendo el bien (2. lectura). El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12).

1. Lectura del Profeta Isaías 42,1-4. 6-7.

Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de «cantos del siervo de Yahveh». Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar «el derecho» a las naciones, que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel. «Siervo» es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el «Status» sociológico de los esclavos. Frecuentemente se llama «siervo» a personas físicas; por ejemplo, a Abraham, a Moisés, a David…, todos ellos son llamados en la Biblia «siervos de Yahveh». También se da este nombre a todo el pueblo de Israel.
Estas primeras palabras tienen el sentido de una designación; es decir, de una elección y de una presentación. Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Esta designación difiere de la designación de los reyes y de la vocación de los profetas. En el caso de los reyes, Dios elige a un caudillo carismático y lo presenta al pueblo para que éste lo acepte y después sigue la proclamación real; en el caso de los profetas, la vocación acontece sin testigos. Dios elige al Siervo porque quiere, porque se complace en él, sin fijarse en las cualidades que tenga y sin justificar ante nadie su elección. Dios elige a su Siervo soberanamente, y lo presenta después a todo el mundo.
La misión del siervo de Yahveh es sentenciar justicia y llevar el derecho a las naciones. El siervo dará una nueva constitución a los pueblos y establecerá un orden nuevo en el que habite la justicia. Se piensa aquí especialmente en la sentencia que ha de resolver el pleito de Yahveh con todas las naciones y que pondrá en claro que Yahveh es el único Dios. La proclamación del nuevo orden no se hará según la costumbre de los reyes orientales que sancionaban las leyes antiguas y establecían otras nuevas tan pronto ascendían al trono, que las hacían pregonar por las calles y las plazas en todas sus ciudades. El Siervo de Yahveh actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo, que, como Ciro, conmueven toda la tierra para establecer el derecho de los más fuertes. Esta sentencia no será ejecutada violentamente contra los débiles, los vencidos y los que estén ya moribundos.
Aunque el Siervo de Yahveh es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia. El será la fortaleza de todos los oprimidos. Como otro Moisés será mediador en la nueva alianza entre Dios y su pueblo. Como «luz de las naciones» llevará a todas partes el conocimiento de Dios. Su misión es universal. Por fin, se subraya el carácter liberador del Siervo de Yahveh.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 28,1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10

 R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, 
el Señor sobre las aguas torrenciales. 
La voz del Señor es potente, 
la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. 
El Señor descorteza las selvas. 
En su templo, un grito unánime: ¡Gloria! 
El Señor se sienta por encima del aguacero, 
El señor se sienta como rey eterno.

3. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: —Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.
Pedro se encuentra en casa de Cornelio, comparte con él la misma mesa y le anuncia el Evangelio. Comprende que no debe distinguir ya entre alimentos puros e impuros, tampoco entre gentiles y judíos. Pero proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios.

Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt, 10, 17; Rm 2, 11; Gal 2, 6) y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt, 28, 18-20; Jn 1, 1ss; Fl 2, 5-11).

Después de esta introducción, Pedro pasa ahora a predicar el Evangelio de Jesucristo. La descripción que se hace aquí de la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo. Jesús es el «ungido», es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.

Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos «salvadores y benefactores» no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: -Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Jesús le contestó: -Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12); en lugar de ello, ve venir hacia él a un hombre confundido entre la multitud. Así, Juan y Jesús representan dos concepciones mesiánicas. La afirmación me parece importante, y conviene documentarla con mayor cuidado. En el capítulo 3 se pueden distinguir tres unidades literarias, determinadas por la repetición de «entonces» (adverbio que Mateo usa con mucha frecuencia para relacionar las diversas escenas de un relato): 3,5.13.15.

En la primera unidad, el Bautista censura enérgicamente la religiosidad demasiado segura de sí, demasiado confiada en su patrimonio nacional, demasiado legalista. Juan invita a esta religiosidad a convertirse en profundidad. ¿Motivo? Va a sonar la hora del juicio, la hora en que el hacha está puesta en la raíz. Es el lenguaje de los profetas.

En la segunda unidad literaria (3,13-15a), al presentarse Jesús al bautismo como uno más de la multitud, desconcierta el proyecto mesiánico del Bautista. No es el juez, sino el siervo del Señor; se diría que más que el juicio le conviene la mansedumbre; aunque mejor podríamos hablar quizá de «solidaridad». El Mesías vive una profunda solidaridad con el pueblo judío; se muestra solidario con el momento penitencial que está llamado a vivir el pueblo, y todo ello por obedecer al plan de Dios.

La tercera unidad literaria (3,15b), brevísima, cuenta que el Bautista se sometió a Jesús. Así pues, ambos mesianismos se encontraron frente a frente, y el del Bautista (no así el de los fariseos y los saduceos) se abrió al proyecto de Jesús, lo aceptó y se sometió a él; un ejemplo de cómo hubiera debido comportarse todo el pueblo judío y, en mayor escala, de cómo debe conducirse cualquiera otra expectativa del hombre.

Ahora podemos entender mejor una afirmación ya expuesta: «cumplir toda justicia» significa someterse al plan de Dios revelado por las sagradas Escrituras, plan de Dios que se revela como proyecto de humildad y de solidaridad. En el gesto de Cristo, que se confunde con la muchedumbre de los pecadores, se contiene ya aquella lógica que le llevará a la cruz, a morir por los pecados del pueblo. No podemos pasar por alto el hecho de que las primeras palabras (3,15) de Jesús sean: «Conviene que se cumpla toda justicia». Estas breves palabras, las primeras de Jesús, definen su actitud profunda; ha venido a cumplir el plan de Dios, y no permite que nada le aparte de él. Su actitud profunda es la sumisión, la obediencia que se expresa como una lógica de humildad y de solidaridad con todo el pueblo pecador.

Mateo subraya luego que estas actitudes de Cristo, que definen la lógica de toda su existencia, suponen ciertamente una ruptura con las expectativas mesiánicas de su tiempo, pero no con el verdadero significado del AT. Ruptura con el judaísmo, pero no con lo que pretendían las Escrituras. La conversión a que son invitados el Bautista y todo el judaísmo es una vuelta a sus propios orígenes. El verdadero judío es el que se hace cristiano. -La Voz Celestial. Obviamente, no podemos reducir todo el significado del bautismo al diálogo que hemos examinado. Hemos de tomar en consideración otros elementos de gran importancia.
Para comprender el significado fundamental de la apertura de los cielos y del descenso del Espíritu, hay que referirse a Isaías 63,19: «¡Oh, si tú abrieses los cielos y bajases; ante tu rostro vacilarían los montes!» Se trata de un versículo que pertenece a un salmo (63,7-64,11), en el cual el que ora pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo, a fin de llevar a cabo un nuevo éxodo y guiar otra vez al pueblo hacia la libertad. Tal es el significado de nuestro episodio; después de un largo silencio por parte de Dios y por parte de su Espíritu, ahora comienza el tiempo esperado, el tiempo de la salvación, en el cual Dios de nuevo se da a los hombres y vuelve a hablar. Mateo modifica, respecto a Marcos y Lucas, las palabras de la voz celestial; la proclamación no está en segunda, sino en tercera persona: «Este es mi hijo amado». No es una revelación dirigida a Jesús, sino una revelación sobre Jesús dirigida a los hombres. Con ello Mateo encuadra el episodio en una perspectiva eclesial, convirtiéndolo en una profesión de fe hoy. Invita a los lectores a reconocer en Jesús al Hijo de Dios.

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